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Vladimir Safatle: “Brasil es un laboratorio mundial para un nuevo tipo de extrema derecha”

Vladimir Safatle: “Brasil es un laboratorio mundial para un nuevo tipo de extrema derecha”

Por esas sinuosidades de la historia latinoamericana, Vladimir Safatle nació en Chile, donde sus padres se habían exiliado debido a la dictadura brasileña. Era un país todavía gobernado por Salvador Allende, aunque pocos meses más tarde el golpe pinochetista trastocó también ese escenario. Tal vez por eso encuentra similitudes en estas Fuerzas Armadas que sustentan al gobierno de Jair Bolsonaro con el proyecto neoliberal que se implantó en la nación trasandina. Y si ese Chile fue el laboratorio de ensayo para la Escuela de Chicago, este de Bolsonaro, para este filósofo egresado de la Universidad de San Pablo -donde ahora es titular de la cátedra de Teoría de las Ciencias Humanas- sería un laboratorio de ensayo para un nuevo fascismo. Un experimento para desplegar una revolución cultural conservadora en la que nadie parece dispuesto al diálogo.

-La actitud de Bolsonaro con relación a la pandemia lo enfrenta con muchos sectores de la sociedad que apoyaron su candidatura, pero logra el apoyo fanatizado de otros que no dudan en salir a las calles a manifestarse, a pesar del peligro que corren. ¿Cómo se interpreta eso?

-Creo que Brasil es un laboratorio mundial para un nuevo tipo de extrema derecha. No se trata solamente de una nueva hegemonía de poder sino de un proyecto de cambio de la sociedad brasileña. Lo podemos definir como una revolución cultural conservadora. Bolsonaro representa esto. Yo no tengo ningún problema en utilizar estos términos porque son un recurso analítico y no solamente retórico. Este es un proyecto con claras tendencias fascistas. Hay cosas que me parecen importantes. Hay una historia del fascismo brasileño que la podemos encontrar desde los años treinta. El partido fascista brasileño, la Acción Integralista Nacional, tenía en esa época 1.200.000 miembros. Su candidato a presidente en la elección de 1955, Plinio Salgado, un tipo claramente fascista, tuvo 10% de los votos. Hay una historia del fascismo brasileño que estaba sumergida y está apareciendo de nuevo ahora.

-Había quienes vieron influencias fascistas en Getulio Vargas, que gobernó luego de un golpe en 1930.

-Vargas era un tipo populista con un modelo peronista. Había una franja de adherentes que eran fascistas como Filinto Müller, pero yo no lo pondría a Vargas en este lugar. Sin embargo hay otra historia muy fuerte: nosotros no tuvimos, como Argentina, un trabajo de memoria sobre la dictadura militar. No hay un solo torturador procesado o detenido. No hay nada. La estructura misma de la represión y tortura se ha preservado en la Nueva República (por la Constitución de 1988). Pensemos que el militarismo brasileño es una pieza importante en la política brasileña.

-¿Es fascista ese militarismo?

-Hay tendencias muy fuertes de fascismo. No es un grupo homogéneo. Bolsonaro representa lo que acá llamamos la línea dura del militarismo, que incluso en la dictadura no era hegemónica. Lo fue solamente en el gobierno de (Emilio Garrastazú) Medici (1969-1974). Pero es importante, para que la gente comprenda, que este no es un proyecto que se pueda parar. No es un proyecto con el cual podamos negociar . Con ellos no se puede negociar”.

-¿Cuál sería una respuesta adecuada desde la izquierda, si no se puede negociar?

-Yo creo que la izquierda brasileña murió. No hay más izquierda brasileña. En la situación actual, la lucha política es entre la derecha y la extrema derecha. Ni siquiera la oposición es organizada por la izquierda. La izquierda es un socio minoritario en la oposición. Hoy la oposición esta organizada por el gobernador de San Pablo, Joao Doria, y el gobernador de Rio de Janeiro, Wilson Witzel. Los dos son de derecha. Lo que pasó es que contra un proyecto revolucionario conservador no hay otra solución que otro proyecto revolucionario. En momentos de radicalización de la política brasileña, la izquierda no fue capaz de radicalizarse. Es la izquierda más legalista que se pueda imaginar en el mundo.

-¿Ese fue un error de la izquierda, de Lula, del PT?

-Sí, creo que fue un error muy grave. Hubo un momento donde nosotros teníamos una hegemonía muy grande de la sociedad. Lula tenía 80% de aprobación popular, una cosa que no va a existir nunca más. Pero era el máximo representante de esta idea que llamamos “reformismo débil”. Esa idea de que “vamos a hacer reformas puntuales”. Consideraron que era la mejor forma de conservar lo que habíamos ganado. Pero el resultado fue catastrófico.

–Lo que se ve entre los seguidores de Bolsonaro es un fanatismo que lleva al propio riesgo de muerte. Nadie tiene miedo de morir.

-Esto explicita un nivel de identificación muy impresionante entre esa parte de la población brasileña que apoya a Bolsonaro, que será de 25 o 30 por ciento.  Nosotros ahora tenemos manifestaciones de gente que va la calle para pedir la normalización de la situación.

-Con féretros, burlándose.

-Pero esas personas no están lobotomizadas. Saben del riesgo que corren. Pero están dispuestas al autosacrificio.

-Uno podría pensar que así como grupos armados en los ’60 o ’70 eran capaces de arriesgar su vida por una idea, esta podría ser una contrapartida de la extrema derecha.

-Exactamente. Por eso yo creo que tienen una lógica revolucionaria. Estas personas no van a parar, no hay nada que las pueda detener.

-¿Las FF AA no lo intentarían?

-Es que las FF AA están mucho más cerca de esta posición que de una posición moderada. No existen las FF AA moderadas. La única manera de parar yo creo que es con un juego de polaridades. Seria necesaria la misma fuerza del otro lado. Un juego de fuerzas.

-Uno imagina que este escenario sería disputar la calle hasta con violencia.

-No es una cosa a descartar. Porque estamos yendo a una situación en la que tendremos milicias armadas de derecha. Ya hay personas que están literalmente organizadas porque dicen que este es el momento de ucranizar a Brasil.

-¿Que sería ucranizar Brasil? En Ucrania hay una guerra civil desde 2014.

-Ellos comprenden que no es posible gobernar Brasil. El nuestro es un país ingobernable. La única posición posible es la tentativa de organizar un cambio radical. Que esta tentativa sea a través de un golpe de Estado, que se haga a través de un estado dual, un espacio de un estado de milicias, habrá que ver. Pero esto de ucranizar Brasil es un término que ellos utilizan. Son personas que vienen de algunos movimientos populares de derecha. Hay estructuras de youtubers, mucha gente que utiliza redes sociales. Es un grupo grande.

-Llama la atención que las FF AA apoyen un modelo neoliberal como el de Paulo Guedes, con la tradición desarrollista que tuvo el golpe de 1964.

-Es un cambio. Es la misma lógica del modelo chileno. Esta idea de que eran una fuerza desarrollista es algo de los años setenta, pero ya no hay más. Lo máximo que puedes encontrar es grupos que quieren preservar ciertas estructuras del Estado porque ellos se sirven de esas estructuras.

-¿Quiénes por ejemplo?

-Hay grupos interesados en preservar Petrobras porque hay acuerdos muy fuertes entre Petrobras y las FF AA. Son intereses absolutamente corporativos. No hay nada como un gran proyecto nacional como había en los años ’60 y ’70.

-No hay un proyecto de Brasil Potencia industrial.

-Eso ha terminado completamente. Porque incluso la élite ya no es una élite industrial, es una élite financiera. No quiere funcionar como una burguesía nacional. Ellos quieren funcionar como el socio minoritario de la burguesía global.

-Y desde allí ser como un capataz o gendarme regional.

-Exacto. Eso explica este alineamiento tan absurdo incluso para la historia brasileña entre Brasil y EE UU. Nunca hubo un alineamiento tan fuerte.

-¿Ni aun en tiempos de la Segunda Guerra Mundial? Brasil envió tropas a combatir en Europa contra Alemania.

-Ni entonces, porque Vargas hacía un juego. Aceptó alinearse con EE UU durante un tiempo muy corto, los dos últimos años de la guerra.

-Es difícil entender cómo pudo llegarse a esta situación en Brasil.

-Después de la dictadura, Brasil intentó un esquema de gran coalición. En el gobierno de Dilma, eran 15 partidos. Desde el Social Cristiano, fundamentalista de derecha, de los evangélicos, al Partido Comunista de Brasil. Te imaginás el tipo de parálisis que una coalición de esta naturaleza produce. Esto llevó a una frustración popular muy grande.  En 2011-2012 todos creían que éramos la quinta economía del mundo. Pero con este sistema era imposible hacer grandes cambios. Eso hizo crecer un deseo anti institucional muy fuerte. El único grupo que comprendió y le dio forma a ese deseo anti institucional fue la extrema derecha. Nosotros, desde la izquierda insistíamos en que no podíamos dejar que eso sucediera. Debíamos tener otra alternativa. Pero no se hizo nada.

-¿Hubo inocencia en el gobierno del PT?

-Completamente. Recuerdo reuniones en el Palacio del Planalto donde me decían “no comprendemos por qué el pueblo está contra nosotros, si somos el gobierno del pueblo”. Yo decía que por ese lado no íbamos a ir muy lejos. La cuestión no era esa, la cuestión era que la gente demandaba un cambio fuerte y nosotros no teníamos ninguna propuesta de cambio.

-Brasil crecía, pero eso no se tradujo en la vida cotidiana.

-Pasó algo muy impresionante. Pensemos en una familia que tenía un ascenso social. Lo primero que hizo fue sacar a los hijos de la escuela pública y llevarlos a una privada. Fueron 27 millones de nuevas matriculaciones. Lo otro fue salir del sistema público de salud. La tercera fue comprar un coche. Hubo nuevas necesidades para estas personas, porque el Estado no era capaz de garantizar buenos servicios públicos. Y esta gente comprendió muy rápidamente que el desarrollo no era para ellos.

-Las primeras protestas contra el gobierno de Dilma fueron por el precio del transporte público en San Pablo, en 2013.

-Fue la expresión de esta racionalidad. La gente decía “¿cómo podemos estar bien si tenemos un transporte terrible?”. Había slogans que decían “queremos escuelas calidad FIFA”.

-¿Calidad FIFA?

-Por los estadios de Fútbol que se hicieron para el Mundial.

Tiempo Argentino, 17 de Mayo de 2020

Bolsonaro se apoya en milicias fascistas para dar su pelea contra la corte brasileña

Si hay algo que Jair Bolsonaro no haría es recular en su postura de privilegiar la economía sobre la salud. Así lo demostró al participar de una marcha desde la sede del gobierno al edificio del Supremo Tribunal Federal (STF) para reclamar que la corte le permita poner fin a la cuarentena que dispusieron los gobernadores. Fue un apriete a gran escala con el objetivo de presionar al máximo órgano judicial y que tuvo el respaldo de ministros clave de su Gabinete, como el de Economía Paulo Guedes; el de Defensa, general Fernando Azevedo e Silva; y el jefe de la Casa Civil, general Walter Braga Netto. Por si esto no bastara, una veintena de empresarios acompañaron la movida.

Lo que preocupó a los togados no fue el despliegue que hizo el mandatario, sino la amenaza que significan las milicias fascistas que se apostaron frente al Palacio de Justicia para brindar el apoyo incondicional a Bolsonaro. Son, según la prensa brasileña, integrantes del Grupo 300, y realizan una suerte de entrenamiento militar cerca del edificio del STF gritando que mientras “los magistrados comen langostas, el pueblo pasa hambre” por la falta de trabajo debido al cierre de industrias decidido por gobiernos estaduales frente a la pandemia.

Brasil es el país latinoamericano con más cantidad de casos de Covid-19, medidos en cifras absolutas o relativas a la cantidad de población, con cerca de 150 mil contagiados y unos 10 mil muertos. La economía brasileña se desplomó, es cierto, pero lo mismo ocurre con la actividad en el resto del mundo. Y ya venía bastante golpeada por las medidas neoliberales desde la destitución de Dilma Rousseff.

Bolsonaro, que definió como “gripecita” al virus, se enfrenta con los gobernadores, algunos como el paulista o el carioca, que apoyaron su candidatura pero ahora deben lidiar con el drama de la pandemia. El STF defendió la potestad de los mandatarios estaduales para decidir las políticas sanitarias en base a la constitución federal. Es la excusa del presidente para alegar ante sus fanatizados seguidores que no lo dejan gobernar.

Este viernes, Joao Doria, gobernador de San Paulo, extendió la cuarentena en el distrito más poblado y poderoso de Brasil -y el polo industrial más importante de América Latina- hasta el 31 de mayo.

En paralelo, el STF autorizó una investigación sobre las bandas fascistas a pedido de la Procuraduría General de la República. Son los que la semana pasada marcharon pidiendo una intervención militar más directa aún y que, según se sabe, son financiados a través de una recolección de dinero a través de las redes sociales.

Los bolsonaristas están indignados con la Corte, que ya había bloqueado la designación del jefe de los espías brasileños al frente de la Policía Federal, para poder controlar investigaciones judiciales contra los hijos presidenciales. Ven al STF como la institución clave para frenar las transformaciones que Bolsonaro pretende para Brasil.

Y parte de verdad tienen, porque la dirigencia política no parece encontrar el modo de reaccionar ante una crisis que desde lo sanitario amenaza con destruir a la sociedad brasileña.  Salvo las declaraciones contundentes de Lula da Silva contra Bolsonaro o un artículo que firmaron el expresidente Fernando Henrique Cardoso, el excandidato del PSDB y ex ministro de Relaciones Exteriores José Serra y los excancilleres Celso Amorim, Celso Lafer y Rubens Ricúpero, en el que rechazan “la violación sistemática por la política exterior actual de los principios rectores de las relaciones internacionales de Brasil definidos la Constitución de 1988”. Esto es, la subordinación de Bolsonaro a Estados Unidos.

EN AMAZONIA

Mientras en la Argentina se habían registrado 11 muertos en una jornada completa, en Brasil se produjeron 751 víctimas en igual lapso. Incluso se sospecha que la cantidad de fallecidos son muy superiores a los oficiales. En especial en el sur del país y en la zona de Amazonia: acusan 845 muertos, pero se sospechas que son varios miles.

Tiempo Argentino, 10 de Mayo de 2020

Brasil se descompone y Bolsonaro no acierta a capear el temporal

Brasil se descompone y Bolsonaro no acierta a capear el temporal

La descomposición política de Brasil es de tal nivel que el adalid del uso malicioso de escuchas telefónicas, que torció una causa judicial para sacar de la carrera presidencial a Lula da Silva, se fue del gobierno que surgió de esa maniobra, mostrando mensajes de WhatsApp que comprometen a Jair Bolsonaro. Sergio Moro, el juez que aceptó gustoso ser ministro de Justicia del mandatario que había contribuido a instaurar tras la destitución de Dilma Rousseff, dejó el cargo luego de que el propio presidente echara al jefe de la Policía Federal. La medida era resistida por Moro desde hace un año y tiene como objetivo salvar a los hijos presidenciales.

Según explicó a la prensa, con ese rostro de prócer malhumorado que supo construirse el exjuez federal de Paraná, el presidente quería en ese cargo a alguien que le contara de qué iban las investigaciones. Algo que según el ahora exministro, es inadmisible para el funcionamiento de las instituciones. La defensa de Bolsonaro fue que Moro era un traidor y que él lo había defendido cuando el portal The Intercept comenzó a difundir los chats con los fiscales que perseguían a Lula en los que se revelaba la utilización de un procedimiento ajeno a las reglas institucionales para detener al líder metalúrgico y dos veces presidente.

Hay, que se sepa, dos fuertes razones para querer en la jefatura de la PF a alguien de confianza. Y ambas tienen el nombre de dos de sus hijos, Carlos y Flavio.  Uno, porque la investigación por un coordinado ataque de fake news contra al Supremo Tribunal Federal lo hace responsable de una granja de trols conocida como Gabinete del odio. El otro, por sus vinculaciones con una banda de milicias parapoliciales que, entre otros delitos, no es ajena al asesinato de la concejala Marielle Franco y su chofer en una favela carioca.

La Policía Federal brasileña es un órgano auxiliar de la justicia. Es el equivalente del FBI en EEUU. Moro puso al frente a Mauricio Valeixo, un abogado que se incorporó a la PF en 1996 y al que conoce de Paraná. Fue un hombre clave en el caso Lava Jato, que terminó en condena para dirigentes políticos y fue determinante de la prisión de Lula. Al igual que Moro, Valeixo pasó por Washington, en su caso, como agregado policial, mientras que el exjuez hizo cursos de combate al lavado de dinero.

Carlos, concejal en Río de Janeiro, es el que posteó en Twitter una balacera al grito de Bolsonaro, el día que su padre hablaba en una marcha contra la Corte Suprema. El SFT frenó la intención de decretar el fin de aislamiento que la mayoría de los gobernadores ordenó para evitar la expansión de la pandemia, que ya se ha cobrado 3800 muertos y 55.000 contagios.

Flavio, senador carioca, está en la mira de la fiscalía de Río de Janeiro por un esquema de corrupción que le permitió incrementar su fortuna personal -ahora tiene hasta parte de una tradicional chocolatería – a través del desvío de fondos para una empresa constructora de miembros de la milicia. El testigo más comprometedor de esas intrigas, el ex agente policial devenido en mafioso Adriano da Nóbrega, apareció convenientemente ejecutado en febrero pasado. De su chofer, Fabricio Queiroz, el prestanombres que tenía cuentas bancarias difíciles de conseguir con su sueldo, no se sabe nada desde principios de año.

Bolsonaro padre quiere poner como jefe de la PF a Alexandre Ramagem Rodriguez, actual director de la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN), muy cercano a él desde aquella cuchillada durante la campaña electoral. Para el Ministerio tiene a Jorge Oliveira, actual secretario general de la presidencia, hijo de un capitán del Ejército y amigo de la infancia de sus hijos.

Muchos sostienen que Moro vio la oportunidad de salirse de un gobierno que viene en picada con una alta imagen que le permitiría postularse en las futuras elecciones. La dimisión del ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, también tenia esta lectura: el médico militar estaba en alza por su postura para el combate del coronavirus, totalmente contraria al dejar hacer del mandatario.

En todo este entuerto, es cada vez más claro que Bolsonaro ya es una molestia para los mismos que contribuyeron a su ascenso. Los militares que conforman áreas claves en su gabinete ya habían puesto al general Walter Braga Netto como jefe de la Casa Civil y virtual comandante de operaciones. Se dijo que era por el Covid-19, pero esta semana presentó el llamado Programa Pro-Brasil. Un Plan Marshall para salir de la crisis económica pero, básicamente, un proyecto más cercano al keynesianismo que a la Escuela de Chicago. Tal vez por eso en la presentación no estuvo presente Paulo Guedes, el ultra neoliberal ministro de Economía, ¿La próxima víctima de esta crisis?

Los uniformados no quieren quedar pegados a un fracaso sanitario del gobierno, que se sumaría al económico, desde antes de la pandemia. Para Bolsonaro, la tabla de salvación puede ser aceptar este cambio de rumbo en medio de la tormenta. Una vez, siendo capitán, fue expulsado del Ejército por no respetar jerarquías. Habrá que ver cómo sigue la historia.

7000 Millones de dólares de reserva vendió el Banco Central de Brasil para intentar frenar al dólar, que trepó en el mercado hasta 5,70 por real. Al asumir Bolsonaro, estaba a 3,80.

Tiempo Argentino, 26 de Abril de 2020

Mourão se prueba la banda y sueña con un Brasil imperial

Mourão se prueba la banda y sueña con un Brasil imperial

Que Jair Bolsonaro ya no tiene el poder como para desprenderse de un ministro incómodo fue más que evidente este lunes, cuando se quedó con las ganas de despedir al titular de la cartera de Salud, Luiz Henrique Mandetta. Ese día quedó también expuesto el peso decisivo del jefe de la Casa Civil, el general Walter Braga Netto, en el rumbo del Brasil. Pero esas son apenas dos manifestaciones de un proceso que tiene como objetivo final desplazar al ex capitán de la primera magistratura con el menor daño posible a las Fuerzas Armadas. Y el que se peina para esa foto de liderazgo es el general Hamilton Mourao, el actual vicepresidente y sucesor constitucional. Un militar de gran formación histórica que -por lo que deja trascender en las redes sociales – aspira a ser la continuidad de una línea imperial que concrete el sueño de Brasil Potencia.

La crisis entre Bolsonaro y los militares que apoyaron su candidatura se fue profundizando en las últimas semanas. El presidente se puso tan en contra de las recomendaciones de la OMS para luchar contra el coronavirus que hasta la organización Human Right Watch lo considera un peligro para la humanidad. Ni qué decir de los 5700 alcaldes y 25 gobernadores que al igual que las federaciones de médicos y de sanitaristas que venían alertando sobre las consecuencias de no dictar un aislamiento obligatorio para impedir la diseminación del virus.

El empecinamiento de Bolsonaro y el sector fundamentalista evangélico en que sustenta sus raíces ideológicas lo lleva a tomar actitudes de “adolescente caprichoso”. Desde asegurar que el Covid-19 es apenas una gripecita hasta pasearse entre sus seguidores sin ninguna protección o, como hizo estos días, recorrer un shopping como si nada. Solo para desafiar a los médicos.

Si bien los sectores financieros, el gran capital y los medios hegemónicos apostaron fuerte por Bolsonaro como el único modo de frenar a Lula, ahora perciben que las actitudes del mandatario comprometen al propio sistema, por mas que estén de acuerdo con no frenar la economía. Por ello ahora no verían con malos ojos un reemplazo, aunque se conforman con el rol de “reina loca” que le dejaron entre Braga Netto, los presidentes de ambas cámaras legislativas y el Supremo Tribunal Federal (STF), que ya se plantó en declarar inconstitucional un posible levantamiento por decreto de la cuarentena que impusieron los gobernadores estaduales.

Mucho se habló de que se le hizo un “golpe blanco” a Bolsonaro. Y que el nuevo jefe de operaciones, Braga Netto, es el presidente en operaciones. Todo indica que no será tan fácil convencer al ocupante del Palacio del Planalto de que resigne el cargo. Pero el poder detrás del poder es sin dudas Mourao.

Hijo de un general de prestigio y padre de un economista neoliberal, Hamilton Mourao nació en la capital de Río Grande do Sul, un territorio que alguna vez soñó con separarse del imperio de Brasil y donde también nacieron Getulio Vargas y Joao Goulart. Fue elegido como vice de Bolsonaro, según Eduardo, uno de los hijos del presidente, porque “tiene cara de cuchillo en la calavera”. Pero desconfiaron de él desde el primer día en el cargo.

El perfil oficial de Mourao dice que es artillero y fue escalando dentro del Ejército, hasta ser representante de Brasil en una misión de paz en Angola en 1997 y agregado militar en la embajada en Venezuela, entre 2002 y 2004. Integra la Logia Masónica Grande de Oriente y como defensor del golpe militar de 1964, fue castigado durante la gestión de Dilma Rousseff por declaraciones contra el gobierno siendo jefe de un comando militar. Fue clave también una frase suya en 2018 para que el STF fallara por mantener a Lula en prisión e impedir que fuera candidato.

Para saber cómo piensa, no hace falta hurgar demasiado. Alcanza con mirar @GeneralMourao en Twitter. Allí, el mismo día en que Bolsonaro que atragantó con la permanencia de Mandetta, publicó que se cumplía un nuevo aniversario del triunfo de la armada imperial contra la porteña, al mando del almirante Brown, en la batalla de Monte Santiago, en la desembocadura de Río Santiago, en Ensenada, “asegurando la supremacía naval de Brasil en el Rio de la Plata, esencial para la victoria del Imperio en los conflictos con los dictadores de la región que ocurrieron a lo largo del siglo XIX”.

Semanas antes, el 3 de febrero, había recordado otra batallas en estas tierras, la de Caseros, cuando “la División del Brigadier Manuel Marques de Souza, el Centauro de Luvas, tomó por asalto a las fuerzas del dictador Rosas, una victoria de argentinos, uruguayos y brasileños para la independencia nacional, la democracia y la paz en la región”.

También celebró el cambio de guardia en la base Antártica brasileña, una tardía estrategia para poner un pie en el continente blanco inaugurada en 1984 en el mismo sector que reclama Argentina. El 31 de marzo pasado, recordó como hito la “intervención militar” de 1964. Luego de justificarla como una necesidad ante el desorden, la corrupción y la subversión, escribió que “con la elección del general Castello Branco se iniciaron las reformas que desarrollaron a Brasil”.

Convendría aclarar que no fue una elección sino un golpe de estado.

«A donde vayamos, irá Latinoamérica»

Alguna vez el expresidente de Estados Unidos Richard Nixon lanzó una frase que sería señera para los sucesivos gobiernos brasileños: “A donde vaya Brasil, irá América Latina”. Claro que ese lema tiene sus contratiempos, porque si sirvió para sostener el giro represivo de la región en los ’70, el Brasil de Lula fue también un pívot para la integración progresista en los primeros años del siglo XXI. Que Bolsonaro es un pro-estadounidense sin fisuras no es secreto para nadie. Tanto es así que llevó al extremo el negacionismo trumpiano del cambio climático y de los efectos del Covid-19. También exageró sus críticas a China, poniendo en riesgo al principal mercado para las exportaciones primarias de Brasil. Como sea, mientras un embate contra JB crece, el gobierno de Trump busca en alguna medida sostener a su amigo del sur acelerando una asociación económica. Se trata de una continuación del ALCA, abortado en Mar de Plata en 2005. El representante comercial de EE UU, Roberto Lighthizer, anunció en Washington que ambas administraciones avanzan hacia la formulación de un Acuerdo de Comercio y Cooperación Económica entre las dos naciones en el marco de conversaciones que comenzaron en 2016, con otros presidentes a cargo de los ejecutivos.

Tiempo Argentino, 12 de Abril de 2020