El nivel de disolución de la dirigencia de Estados Unidos es cada día más notorio y las imputaciones cruzadas entre el “republicano-trumpismo” y los últimos vestigios de los demócratas cruzaron estas semanas quizás los últimos márgenes. Por un lado, el sainete en torno a los archivos Jeffrey Epstein escaló de tal modo que para los medios opositores solo el presidente Donald Trump pareciera haber sido cliente en las fiestas orgiásticas con menores de las que se imputó al fallecido empresario. Desde la administración, contraatacaron con un informe lapidario de la directora del Departamento de Inteligencia Nacional (DNI en inglés) Tulsi Gabbard, sobre el armado de imputaciones mendaces acerca de una supuesta injerencia de Rusia en las elecciones de 2016, que perdió la exsecretaria de Estado Hillary Clinton.
De ahí a acusar al expresidente Brack Obama de traición a la patria había un paso, y lo dio el actual inquilino de la Casa Blanca. “Obama intentaba liderar un golpe de Estado”, dijo Trump en rueda de prensa, tras publicar en su red social que el entonces jefe de Estado había sido personalmente responsable de “la farsa de Rusia, Rusia, Rusia (con) la corrupta Hillary, el dormilón Joe (Biden) y muchos otros participaron de esto”.
Obama no respondió directamente a la acusación. El que salió a dar la cara fue su vocero, Patrick Rodenbush, quien dijo, con tono solemne: “Por respeto al cargo de la presidencia, nuestra Oficina no suele dignificar con una respuesta las constantes tonterías y desinformaciones que salen de la Casa Blanca”. Y agregó que las declaraciones del gobierno “son ridículas y un débil intento de distracción”.
Es cierto que se trata de una maniobra de distracción, a medida que el escándalo por las listas de Epstein -que primero iban a ser publicadas ni bien Trump volviera al poder y luego se anunció que no existen- impacta fuertemente en la imagen presidencial. En un país con un imaginario de pureza moral que no condice con el historial de Trump y mucho menos con lo que se conoce de las juergas con menores que organizaba el suicidado Epstein, la andanada de fotos de ambos amigotes de décadas están apareciendo a raudales en todos los medios. Pero la manipulación creada en el último estertor de la administración Obama no es menos cierta. Y al igual que el caso de la corrupción de menores se conocía desde hace mucho, también se sabía del armado de una gran fake news sobre la participación de hackers rusos en una elección que en las urnas había ganado Hillary Rodham Clinton pero quedó trunca en el colegio electoral.
Este choque Trump-Obama revela además las gruesas contradicciones del “Estado Profundo” sobre las relaciones que debe mantener Estados Unidos con Rusia. Porque cabría decir que Obama al principio de su gestión, en 2009 -el año en que fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz por sus promesas electorales de salirse de Irak y Afganistán- intentó un acercamiento con Moscú que llevó hasta un célebre encuentro en una hamburguesería con el entonces presidente Dmitri Medvedev. Con el actual vicepresidente del Consejo de Defensa ruso firmaría en abril de 2010 el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, conocido por sus siglas en inglés como START III, suspendido en febrero de 2023 por Vladimir Putin en el marco de la guerra en Ucrania, ya durante el gobierno de Joe Biden.
Luego de aquella “entente” Obama-Medvedev, las presiones contra Obama fueron llevando a un endurecimiento paulatino entre Washington y Moscú y en otro orden, al abandono de su pretensión de pacifista. Mucho hizo en ese sentido la que era portavoz del Departamento de Estado y luego sería subsecretaria de Estado para los Asuntos Políticos de Biden, Victoria Nuland. Ella fue la gran impulsora del golpe de Estado en Kiev de febrero de 2014 que devino en un gobierno ucraniano antirruso. De ahí se llegó a la incorporación de Crimea a la Federación de Rusia semanas más tarde y luego se desataría la tormenta que asola al este de Europa desde 2022.
La denuncia de injerencia llevó hace casi nueve años a un comentario de Putin bastante ilustrativo: “¿Alguien piensa seriamente que Rusia puede influir en la elección del pueblo estadounidense? ¿Es EE UU una especie de ‘país bananero’?”. El caso es que fue caballito de batalla luego del resultado electoral. La candidata demócrata tenía casi tres millones de votos más que el empresario inmobiliario, pero el sistema político y en todo caso las matufias sobre la composición que se establece para el colegio electoral, de las que no se posible culpar a los rusos, le dieron el triunfo a Trump. Las denuncias de los demócratas y sus medios afines buscaban conseguir que algunos electores cambiaran su boleta en el momento de la certificación de los resultados. Lo mismo pretendió Trump en 2020 denunciando fraude y luego, en famoso 6 de enero de 2021, cuando sus partidarios coparon el Congreso. Que también se calificó de intento de golpe de estado, por cierto.
Pero había algo previo. La de 2016 fue una campaña sucia como pocas en la historia de EE UU. Fue ahí que se usaron todas las denuncias que se encontraron contra el ostentoso millonario por su historial sexual, no tan puro como el ideario exige. Algunas de esas causas regresaron en 2024, claro, pero con el aplastante triunfo republicano la “justicia” las dejó de lado. Ocurre. Como sea, el trumpismo recurrió aquella vez a correos de Hillary y de su asesor de campaña John Podestá, que lo implicaba en una red de pedofilia en varios restaurantes del país. Se lo conoció como el Pizzagate. La gentileza demócrata volvió cuando Trump asumió el cargo y tuvo que renunciar el recién designado Consejero de Seguridad Nacional, el general Michael Flynn. El hombre también era partidario de recomponer relaciones con Rusia en una estrategia tendiente a enfocar todos los esfuerzos estadounidenses en China. Pero Flynn terminó acusado de haber mantenido una reunión secreta con el embajador ruso en Washington.
Ahora, mientras Tulsi Gabbard hurga en documentos que, jura, son irrefutables, pierde sentido aquella vieja frase de que en Estados Unidos no había golpes de Estado porque no hay embajadas de Estados Unidos. «
Trump en Escocia, de la sombra de Epstein a negociaciones con la UE
La maldición Epstein persigue a Donald Trump dondequiera que vaya. Esta vez, con un pie en la explanada antes de tomar el avión que lo llevaría a Escocia, debió responder sobre sus relaciones con el empresario suicidado. “Hablan de mí. No tengo nada que ver con él”, dijo. “Deberían hablar de Larry Summers, (Profesor emérito de la Universidad de Harvard), de Bill Clinton, a quien conocen muy bien, y de muchos otros amigos, muy cercanos, de Jeffrey Epstein”, concluyó.
El primer mandatario estadounidense pasó un día dedicado el golf y este domingo se reunirá con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en un encuentro que tendrá lugar a pocos días de que expire el ultimátum dado por el mandatario norteamericano antes de imponer el 1 de agosto aranceles generalizados sobre las producciones europeas. Von der Leyen dijo que había tenido una «buena» llamada telefónica con Trump y se siente confiada en el buen futuro para «las relaciones comerciales transatlánticas y cómo reforzarlas».
Por las dudas de que no prospere la bilateral en el norte de la isla de Gran Bretaña, el canciller de Alemania, Friedrich Merz, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y el primer ministro británico, Keir Starmer, hablaron este sábado en una “tripartita” telefónica para tratar una postura coordinada sobre las situaciones en la Franja de Gaza, Irán y Ucrania.
El nuevo contacto tuvo lugar tras la publicación de un comunicado conjunto en el que declaran que «ha llegado la hora de poner fin a la guerra de Gaza» y también después de una nueva ronda de conversaciones directas con Irán sobre el programa nuclear de la república islámica que se desarrollaron en Estambul. En esa ciudad turca hubo una ronda de negociaciones entre representantes ucranianos y rusos para acercar posiciones en torno a un alto el fuego. Este encuentro no fue demasiado provechoso y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, declaró que podría conversar esta semana con Vladimir Putin y Trump para explorar la posibilidad de celebrar una cumbre en Estambul. “Veremos si podemos reunir a estos líderes en Estambul. Ese es nuestro esfuerzo”, enfatizó.
Trump, siempre deseoso de ofrecerse como mediador en cuanto entuerto surja, normalmente fomentado desde la Casa Blanca, anunció este sábado que habló con el primer ministro de Tailandia, Phumtham Wechayachai, y su par de Camboya, Hun Manet, para intentar alcanzar un alto el fuego tras un recrudecimiento del conflicto en la frontera entre ambos países. «Resulta que, por coincidencia, actualmente estamos haciendo negocios con ambos países, pero no queremos hacer ningún trato con ninguno de ellos si están peleados, y así se lo he dicho», dijo Trump.
Rechazo a Lamelas
El equipo de Mundo Sur, grupo de discusión de política internacional que integran, entre otros, los excancilleres Rafael Bielsa y Jorge Taiana y los exembajadores Oscar Laborde, Carlos Tomada, Ariel Basteiro y Carlos Raimundi, repudió “las insólitas e insolentes declaraciones del designado embajador de EEUU en Argentina, Peter Lamelas” y el “silencio cómplice del gobierno que encabeza Javier Milei”. Al mismo tiempo, en un breve comunicado indica que no se trata de un exabrupto, sino “lo que más preocupante y se necesita combatir desde el campo nacional y popular es una lógica y un recargado proyecto imperial detrás en el marco del repliegue de EEUU hacia lo que entiende su ‘patio trasero’, al que busca aplicar un revival de la Doctrina Monroe”. Concluye en una adhesión a “las voces que han pedido la declaración de persona no grata de Lamelas.
“Todavía no me han enterrado”, dijo Joe Biden este domingo y lo demostró dos días más tarde, cuando en una remontada que ningún sondeo previó, ganó en la mayoría de los estados donde se disputaron las primarias del partido Demócrata. Con el resultado a la vista, y a pesar de que el cómputo final de California, el más poblado y el que mayor cantidad de delegados aporta para la Convención, es claro que quedan solo dos contendientes con aspiraciones para enfrentar a Donald Trump en noviembre, Bernie Sanders y el vicepresidente de Barack Obama. Los grandes derrotados son el magnate Michael Bloomberg -que dilapidó más de 400 millones de dólares de su exuberante fortuna en la construcción de una candidatura que los votantes no apoyaron y que ahora lo llevaron a renunciar- y la senadora Elizbeth Warren, que le disputa el arco progresista a Sanders.
Para llegar a esta instancia con un aire ganador, Biden, que representa a la elite dominante de los demócratas, consiguió que se apartaran de la carrera al ex alcalde Pete Buttigieg y la senadora Amy Klobuchar, quienes le dieron su apoyo explícito, y que le diera su espaldarazo en Texas el excongresista Beto O´Rourke.
Lo de Bloomberg es una consecuencia de una carrera errática que buscaba competir contra Trump en base a su billetera pero sin el menor carisma y luego de un debate televisado en el que mostró graves falencias de un área que debería dominar a la perfección, como es la comunicación, ya que es dueño de un emporio que lleva su apellido. El dinero que gastó en mostrarse no le sirvió de nada, aunque 400 millones para quien tiene 64 mil millones tal vez sea un vuelto.
Precisamente en Texas, que otorga 228 delegados, fue donde Biden dio el batacazo. El estado aparecía como una plaza firme para Sanders, que tiene un perfil y un programa progresista, de tendencia socialdemócrata, lo que para los estándares de la política estadounidense de las últimas décadas suena a una irreverencia.
Allí el resultado final fue de 656,568 votos para Biden y 585,036 para Sanders, (33,6% a 30%). Esos 71532 sufragios de diferencia le cambiaron la cara al exvicepresidente. Biden, que había recibido un soplo de aire fresco en Carolina del Sur, donde el sábado se impuso por un aplastante 48,8% sobre un 19,9% de su principal competidor, triunfó en el “supermartes” en Carolina del Norte, Virginia, Alabama, Oklahoma, Tennessee, Arkansas, Minnersotta, Maine y Massachusetts, además de Texas.
Sanders quedó al frente en Vermont, el estado al que representa en el Congreso desde 1991, Utah, Colorado y estaba liderando el escrutinio en California, bastión de la izquierda, que otorga 495 delegados peor tiene un intrincado sistema de votación que podría demorar el resultado definitivo hasta un mes.
Sanders, a los 78 años, es un “old man terrible” de la política estadounidense. Defiende la educación y la salud pública, sostuvo una visión favorable a liderazgos progresistas de América Latina y se opuso tradicionalmente al ingreso de su país en las guerras en el Oriente extendido. Había logrado un empate en Ohio y ganó ampliamente en New Hampshire y Nevada.
Biden, en tanto, a los 77 años, tampoco es un niño que busca llegar a la Casa Blanca, donde fue usual invitado durante los ocho años de gobierno de Obama. Envuelto en la denuncia contra Trump que derivó en el pedido de juicio político contra el primer mandatario, es un representante del status quo no solo de su partido sino de Estados Unidos.
Por eso la postura indignada de la líder demócrata Nancy Pelosi en la cámara Baja, que impulsó el impeachment, se choca de bruces con la realidad de que el hijo de Biden hizo negocios en Ucrania aprovechando el cargo de su padre.
Como sea, lo que queda claro desde este supermartes, donde se completa la votación en primarias del 40% del electorado estadounidense, es que quedan en disputa dos formas de interpelar al electorado en la crucial elección de noviembre de 2020. Una posición más disruptiva con el esquema de tinte neoliberal que inauguró Ronald Reagan en los 80 y que ninguno de los presidentes que los sucedieron, de cualquiera de los dos partidos, osó interrumpir. Y un programa que bien se parece al tradicional modelo distribuicionista que comenzó con Franklin Roosevelt en los años 30 y se continuó por medio siglo.
Otra cosa que queda clara es que entre los cinco postulantes dentro de ese partido, ninguno tiene menos de siete décadas sobre sus espaldas. Sanders es el mayorcito, ya que cumplió los 78 en setiembre pasado. Por unos meses, Bloomberg, que los cumplió a mediados de febrero, era el segundo. Biden tiene 77 y Warren 70. Entre los más jóvenes, Buttigieg, de 38, se retiró este fin de semana. Sigue por ahora en carrera, aunque con pocas aspiraciones, Tulsi Gabbard también de 38. Si uno se guía por los programas que tienen en carpeta, podría decirse que esta veterana de la guerra de Irak que propugna el retiro de tropas de EEUU de todos los países del mundo y que se llegó a entrevistar con el líder sirio Bashar al Assad, debería darle su apoyo a Sanders. Lo mismo quizás debería hacer Warren. Pero en política nunca se sabe.
En mayo de 2010 Lula y el entonces premier turco Recep Tayip Erdogan anunciaban un acuerdo con el presidente Mahmud Ahmadineyad para la limitación y control del plan nuclear iraní. Hacía poco más de un año que Barack Obama estaba en el poder y el acuerdo fue celebrado por el mandatario estadounidense. Irán, y especialmente su presidente, eran la encarnación del mal sobre la tierra, y el documento representaba una posibilidad de evitar una guerra como la que alentaban la derecha norteamericana y el gobierno israelí. Pero el acuerdo fue abortado por la secretaria de Estado Hillary Clinton, según revelaron en aquel entonces fuentes diplomáticas brasileñas a este diario .
Lula era para la mayoría de los medios un líder de fuste y la economía de Brasil lo ubicaba como uno de los más influyentes a nivel internacional. Brasil aspiraba a un puesto permanente en el Consejo de Seguridad en la ONU y tenía con qué. Incluso se unió al grupo BRICS, con Rusia, India, China y Sudáfrica, llamados a ser las potencias del siglo.
En junio de 2009, el golpe contra el presidente hondureño había enfrentado a Lula y la ex primera dama. Aquel respaldó a Manuel Zelaya y ordenó alojarlo en la embajada brasileña en Tegucigalpa, mientras que Hillary decidió reconocer a los golpistas de inmediato. En 2012, un golpe similar derrocó en Paraguay a Fernando Lugo. Dilma fue una de las adalides de la expulsión de ese país de los organismos regionales, aplicando la cláusula democrática.
En septiembre de 2013 Dilma pospuso un viaje a Washington acordado con la antelación que exige el protocolo, luego de las revelaciones del analista de la CIA Edward Snowden sobre el espionaje de las agencias estadounidenses al gobierno brasileño y la empresa Petrobras. Una insolencia quizás para Obama, que en enero había comenzado su segundo período y esperaba una reconciliación, luego del entredicho por Irán y el acercamiento de Brasil a las potencias emergentes.
En 2014 Dilma ganó la reelección con 54 millones de votos, 3,3 puntos o 3 millones de votos más que el conservador Aecio Neves. Suficientes para ganar –de hecho, la diferencia es mayor a la de Mauricio Macri sobre Daniel Scioli– pero la derecha pidió recuento de votos y denunció fraude. Una estrategia común de los partidos antipopulares de la región.
En enero de 2015 Dilma asumió su segundo mandato. En septiembre el gobierno de Obama y los miembros del Consejo de Seguridad más Alemania anunciaron un acuerdo nuclear con Irán muy análogo al que había alcanzado Lula cuatro años antes.
El jueves la «santa alianza» de medios dominantes y legisladores venales, con una chorrera de causas por corrupción, sobre sus cabezas desplazaron a Dilma. Luego de meses de acoso judicial sobre la dirigencia política y especialmente el partido de la. El PT encabeza la lista de los enemigos a combatir por O Globo, que cuando se cumplieron 50 años del golpe militar de 1964 publicó un editorial de arrepentimiento por aquel «desliz» ¿Habrá que esperar otros 50 años para que se arrepienta de este?
El extravagante Donald Trump finalmente está a las puertas de la nominación a la presidencia de EE UU por el Partido Republicano. Una campaña sazonada con todos los condimentos que cualquier experto en marketing político hubiese impugnado le dieron suficiente peso específico en las primarias como para imponerse contra todos los precandidatos e incluso contra el establishment partidario. Pero ahora deberá enfrentar no solo a su contrincante demócrata –todo señala a la ex primera dama Hillary Clinton- sino a los rebeldes republicanos que no confían en el magnate inmobiliario. Pero también al poderoso lobby militar-industrial, que teme que sus primeros esbozos en política exterior le quiten su principal sustento, que es la agresiva expansión de los antecesores en la casa Blanca, como George W. Bush y el Nobel de la Paz Barack Obama.
Así podría explicarse la animadversión que despertó en las principales espadas republicanas, que primero intentaron reforzar la candidatura de Marco Rubio o Ted Cruz. Ante el fracaso de esas opciones, ahora aparecen voces que proclaman alguna propuesta salvadora por fuera de la estructura partidaria. Por lo pronto, ya varios altos dirigentes del PR anunciaron que no piensan apoyar la aspiración de Trump.
Es lo que informaron los voceros de la familia Bush, una de las aristocracias republicanas, quienes desde las páginas de un diario tejano dijeron que no participarán en la campaña. El líder republicano en el Capitolio y ex candidato a vicepresidente, Paul Ryan, miembro del ala derechista, también tomó distancia, lo que motivó una réplica feroz del polémico empresario.
«No estoy preparado para sostener esa candidatura, es necesario unificar al partido», declaró Ryan. «Yo no estoy preparado para apoyar la agenda de Ryan», respondió Trump. Quien fuera el aspirante a la presidencia por esa fórmula en 2012, Mitt Romney, fue aún más lapidario: «Es un embustero, un fraude.»
Pero también hay rechazo desde los think tanks estratégicos ligados al PR. «Trump sigue siendo radiactivo de los principales estrategas de seguridad nacional del partido, que advierten que su enfoque «incoherente» de los asuntos del mundo y podría resultar peligroso para EE UU», detallan Hannah Allam y Nicholas Zazulia, sobre un análisis realizado por 121 miembros del equipo de expertos en seguridad nacional del PR.
Thierry Meissan, el fundador de la Red Voltaire, acota en tal sentido que en un discurso ante el The National Interest, una revista nacida del riñón del Nixon Center que alberga a sobrevivientes del equipo de Henry Kissinger, Trump deslizó su planteo sobre la política exterior estadounidense. «Haber tratado de exportar por la fuerza el modelo democrático occidental y haber querido imponerlo a pueblos que no están interesados en ese modelo ha sido un error fundamental», declaró entonces, para alarma de los belicistas que pululan en los despachos de la secretaría de Estado. Es para Meissan el ataque más duro desde los tiempos de John Kennedy a las apetencias del complejo militar industrial.
El dato es que Clinton, que fuera titular de esa cartera en el primer gobierno de Obama y parte del segundo, no sólo obedece –al decir de Bernie Sanders, su rival demócrata en la inerna– a las necesidades de Wall Street sino a los deseos de la industria bélica de su país. Aparato ávido de dinero y a la vez creador de mano de obra.
En ese contexto se puede entender que Trump, empresario mediático al fin y alejado de los circuitos de la política tradicional, sea una amenaza para esos sectores por su concepción radicalmente diferente de los manejos de la cosa pública. Hay quienes lo comparan con Silvio Berlusconi y Nicolas Sarkozy por su carácter de outsider del mundo político.
La pregunta es, teniendo en cuenta los conflictos bélicos en que incursionaron los Clinton, tanto Bill en la presidencia como Hillary en el ministerio, quién es el candidato más conveniente para las necesidades de los países al sur del río Bravo. Y quizás la promesa de Trump de construir un muro en la frontera con México sea la mejor noticia para los latinoamericanos, a pesar del discurso xenófobo del candidato.
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