por Alberto López Girondo | Oct 30, 2021 | Sin categoría
“Nos ha dado mucho en qué pensar y nos tomaremos nuestro tiempo para tomar nuestra decisión”. Las palabras de Ian Burnett, uno de los dos jueces de la audiencia de apelación de Estados Unidos sobre la extradición de Julian Assange, no debieron sonar tranquilizadoras para el creador de WikiLeaks. Porque pueden significar que la corte londinense espere la ocasión política más propicia para cumplir con la voluntad de Washington de tener entre rejas –sus rejas– al periodista que difundió millones de documentos que prueban crímenes de guerra cometidos en Irak, Afganistán y Guantánamo, actos de corrupción que involucran a dirigentes políticos de EE UU, entre ellos la excandidata Hillary Clinton, y las herramientas informáticas que utilizan ilegalmente agencias de inteligencia para la vigilancia global.
La audiencia había sido solicitada por el gobierno de Estados Unidos luego de que en un primer debate sobre la extradición, la jueza Vanessa Baraitser, en enero pasado, rechazara la demanda de extraditar al australiano de 50 años tras un informe psiquiátrico que determinó el peligro para su salud de padecer las inhumanas condiciones del sistema penitenciario estadounidense. El fiscal de ese país James Lewis dijo que no era creíble el informe médico y que EE UU se compromete a llevar a Assange a una cárcel con todas las garantías.
Si bien Assange es extranjero, los tribunales de EE UU lo acusan de 17 cargos por la Ley de Espionaje y sus abogados saben que en la práctica ya está condenado. Es que el llamado “Tribunal de Espionaje”, en el que se juzgan delitos contra la seguridad nacional, está ubicado en Alexandría, Virginia, donde el 85% de los residentes trabaja en las agencias de inteligencia (CIA o NSA), o las secretarías de Defensa y de Estado. Según las normas estadounidenses, el jurado estará integrado abrumadoramente por personas que no podrían ser imparciales, aunque se lo propusieran.
Pero a medida que avanza el caso resulta más que claro que EE UU logró torcer el eje del debate en torno a WikiLeaks y Assange de manera asombrosa. Consiguió que los medios dominantes lo catalogaran de un simple hacker, que lo acusaran de haber violado a dos jóvenes –que nunca presentaron cargos en su contra–, de ser narcisista e inescrupuloso.
Esos mismos medios que en noviembre de 2010 destilaron agua bendita en sus páginas publicando las revelaciones de WikiLeaks (El País de España, Le Monde de Francia, The Guardian de Gran Bretaña, The New York Times de EE UU, Der Spiegel, de Alemania), y que entonces habían incrementado sus tiradas con los secretos más incómodos que los gobiernos de Occidente querían ocultar, cambiaron el enfoque hacia la ética del periodista.
Un camino inverso busca el Tribunal de Belmarsh, que unos días antes de esta audiencia reunió a varios referentes internacionales para debatir los crímenes cometidos por el gobierno de EE UU en Asia y las torturas en la base de Guantánamo. Bautizado con el nombre de la prisión de máxima seguridad donde está alojado Assange, emula al tribunal impulsado por los filósofos Bertrand Russel y Jean Paul Sartre que en 1967 juzgó en Estocolmo y Copenhage a Washington por la guerra de Vietnam.
Reunidos en la Church House, el hogar de la iglesia anglicana, en el extremo sur de la Abadía de Westminster donde se congregaba el Parlamento durante la Segunda Guerra Mundial y se realizó la primera reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, el acto contó con la conducción del filósofo croata Srećko Horvat y la participación presencial del exlíder laborista Jeremy Corbyn, el escritor Tariq Ali, el periodista Ewen MacAskill, y de manera virtual el expresidente Rafael Correa, Daniel Ellsberg –quien en 1971 reveló los Papeles del Pentágono, la gran filtración sobre Vietnam– y el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, entre otros.
Hubo coincidencia en que Assange no solo no debe ser extraditado sino que debe ser liberado en forma inmediata. No fue él quien cometió crímenes, fue solo el mensajero de documentos que recibió de personas con acceso a esos archivos que no toleraban la forma en que su gobierno se maneja en el mundo. Y que una condena al periodista australiano es una condena a la libertad de prensa de funestas consecuencias para la declamada democracia occidental.
Tiempo Argentino, 30 de Octubre de 2021
por Alberto López Girondo | Oct 29, 2021 | Sin categoría
Hace 30 años, el Gobierno de Carlos Menem ponía en marcha la primera reforma laboral del período que había iniciado anticipadamente en 1989. Una frase quedó grabada en la memoria de quienes vivieron aquella época, signada por la expansión global del modelo neoliberal: «Si decía lo que iba a hacer no me votaban». Por el contrario, en sus discursos electorales prometía atacar la desocupación con una «revolución productiva».
Esa primera reforma –la Ley de Empleo 24.013, promulgada el 5 de noviembre de 1991– iba de la mano del otro modelo que se había puesto en marcha meses antes: la convertibilidad. El objetivo era frenar la hiperinflación mediante un cambio de moneda, que debía quedar atada al dólar de manera indisoluble. Como salida a una misma crisis recurrente para los argentinos, el incremento de precios, la pérdida de valor de la moneda y la desocupación podían comenzar a solucionarse milagrosamente a partir de leyes más flexibles para que los empresarios pudieran contratar y despedir personal sin ataduras. El corsé del 1 a 1 podía mantenerse si se daba ese paso decisivo de eliminar la sujeción a las leyes laborales.
«Las reglas de juego que operan sobre el mercado de trabajo argentino, definidas en sus grandes trazos en las primeras cuatro décadas de este siglo, se han demostrado inadecuadas para acompañar el proceso de crecimiento, estabilidad e integración en los mercados mundiales en el que se encuentra inmersa la economía argentina», afirmaba por entonces un personaje clave en esos escarceos, Armando Caro Figueroa, asesor y luego ministro de Menem, que había participado en el Gobierno de Raúl Alfonsín. Una continuidad llamativa en un país históricamente en grieta.
Distintos estudios de especialistas como Daniel Cieza, Carlos Dasso, Daniel Contartese, Norberto Zeller y Javier Lindenboim, entre otros, muestran el derrotero de aquellas panaceas laborales. Y más allá de los datos sobre el avance de la precariedad en el caso de los trabajadores que lograron tener empleo y al crecimiento de la desocupación en el resto, quizás la manifestación de que esa modificación no sirvió de gran cosa es que hubo otras tres leyes durante esa última década del siglo XX: la reglamentación de la Ley Pyme 24.467 de 1995, la Ley 25.013 de Reforma Laboral de 1998 y ya en el período de Fernando de la Rúa, la Ley de Reforma Laboral 25.250 –recordada como Ley Banelco por el escándalo de coimas que desnudó– del año 2000.
Mientras tanto, y con estabilidad monetaria y una inflación por momentos negativa, la desocupación pasó de 7% a 14% entre 1989 y 1999 –con picos de 18%– llegando al 20% cuando estalló la convertibilidad, en 2001. La precariedad laboral creció en ese lapso bastante más de diez puntos y en 2002 llegaría a casi 43%. En algún tramo de este sendero de declive, el entonces superministro de Economía, Domingo Cavallo, explicó que el índice de desocupación crecía porque los trabajos estaban bien remunerados y había más gente buscando un empleo.
Habría una nueva modificación al sistema de contratación en 2004, con Néstor Kirchner en la Casa Rosada, la ley de Ordenamiento del Régimen Laboral 25.877. No fue un retorno al modelo histórico del peronismo, pero les devolvió a las asociaciones sindicales el rol de sujeto, junto con el trabajador, de una negociación colectiva. También fija su objetivo como la promoción del «trabajo decente», una definición en consonancia con la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
La misma receta
Un informe de la Universidad Nacional de Mar del Plata muestra que en el período 2004-2015 la economía nacional creció a un promedio de 2,6% anual, que el salario real subió un 43,2% y el desempleo bajó de cerca de 15% al 5,9%. Todo esto en el marco de la crisis internacional de 2008 y la caída consecuente de la actividad económica mundial.
Desde 2016 comienza a incrementarse la desocupación y ese primer año de mandato de Mauricio Macri la cifra asciende a 8,5%. Paralelamente, se empieza a discutir a través de voceros gubernamentales y los medios concentrados una nueva reforma laboral. Y aparece un tema que no se había explicitado hasta entonces: la posibilidad de extender al resto de las ramas industriales el sistema de indemnización del gremio de la construcción.
Ese régimen laboral fue implementado en 1967 durante la dictadura de Juan Carlos Onganía. Básicamente establece un aporte patronal mensual que se deposita en una cuenta a nombre del empleado y que queda a disposición cuando la relación se rompe, ya sea por decisión patronal como del trabajador. Se lo llamó Fondo de Desempleo y, luego de otra dictadura, en 1980 se convirtió en Fondo de Cese Laboral. Recibe aporte del 12% mensual durante el primer año y 8% en los posteriores.
El titular de la Cámara Argentina de la Construcción contaba las bondades de ese sistema cuando se cumplieron los 50 años de vigencia. «Con este sistema va a costar menos despedir a alguien, ya que los empleadores irán pagando las indemnizaciones mensualmente, conformando un fondo a tal fin. Ese fondo se actualiza cada mes por la evolución de la UVA, lo que en la práctica representa una forma de abonarlo en cuotas. Llegado el final del vínculo, ese dinero se pone a disposición del empleado y resta poco por pagar», declaró Gustavo Weiss a El Cronista el 10 de noviembre de 2017.
Tras este recorrido histórico que marca el devenir de la flexibilización laboral como una medida que no solo no favorece la creación de empleo, sino que, por el contrario, acompañó los períodos de mayor desocupación, unos días antes de las PASO del 12 de septiembre, Horacio Rodríguez Larreta sorprendió a propios y ajenos con una propuesta de reforma laboral que tenía muchos de esos ingredientes. Se sumaba a una recorrida por los medios del empresario textil Teddy Karagozian, quien viene impulsado lo que llama la Mochila Argentina o Flexiseguridad. Una suerte de seguro de desempleo que abarate el costo de la indemnización tomado del sistema austríaco. Pronto se sumó el senador radical Martín Lousteau con un proyecto de ley.
El enfoque es que los empresarios temen contratar personal por el costo de romper contratos considerados demasiado rígidos y que otorgarían beneficios exorbitantes a los trabajadores. Si en las leyes del primer peronismo el empresario tiene el deber de mantener la fuente de trabajo ante una posible crisis económica, ahora –y esto forma parte del vademécum neoliberal– el riesgo de una crisis repercute en las espaldas del empleado, y sin paracaídas.
Los antecedentes desmienten que una flexibilización laboral reduzca el desempleo o mejore las condiciones de los que consigan trabajo. Pero el viejo deseo de las cámaras patronales de reducir la responsabilidad inherente a una contratación sigue vigente. Y como ocurrió históricamente, siempre dicen que se trata de «modernizar» un sistema anquilosado que traba las ansias productivas del empresariado nacional. Y hasta parece culpable de la inflación y déficit fiscal.
Lo que sí se ve como una novedad es que los candidatos hablan de estos temas en plena campaña electoral. En tiempos de focus groups y estudios de mercado supertecnificados, cabe pensar que ya no necesitan ocultar sus propósitos para conseguir votos, como le ocurrió a Menem. Peor aún, que luego de más de un año de visibilidad mediática de las posturas más radicalizadas de los llamados «libertarios», ese discurso tiene aceptación en grandes capas de la sociedad y las derechas compiten por ese votante. El tiempo dirá, estamos a las puertas del 14 de noviembre.
Revista Acción, 29 de Octubre de 2021
por Alberto López Girondo | Oct 23, 2021 | Sin categoría
Pedro Sánchez se fue de Bruselas con gusto a nada. Pretendía que la cumbre de estos días, a las puertas del invierno, se enfocara en la exorbitante suba en el precio de la energía. Pero un poco por el enfrentamiento con Polonia, otro poco por el tema migratorio aunque, lo más probable, porque hablar de regulación y control son mala palabra, el tema quedó para que cada uno se las arregle como pueda. Mientras tanto, los organismos de la UE “analizarán el funcionamiento de los mercados de gas y electricidad y el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión para evaluar si ciertos comportamientos requieren acción regulatoria”.
El presidente del gobierno español fue a la cumbre de la UE con el propósito de convencer a sus pares de la necesidad de ponerle el cascabel al gato. Los precios del megavatio/hora en Alemania y Francia rondaban los 56 euros en septiembre de 2020 y ahora treparon a 166 según la consultora global ICIS, citada por la BBC. En España los precios se dispararon en el mismo período de 50 euros a 177, más del 150% en un año en países que tienen inflación de menos del 5 por ciento.
El precio del gas se multiplicó por 7, según otras estimaciones, y las reservas están en mínimos históricos. Normalmente a esta altura del año los depósitos están al 90% de su capacidad, hoy día no superan el 70% y el invierno promete ser tan frío como el anterior.
Pero hay otras cuestiones climáticas que afectan la provisión y se usan para justificar el explosivo aumento de los precios. Europa inició hace bastante un proceso de reconversión para el uso de energías sustentables. Para ello establecieron un sistema por el cual las empresas reciben beneficios en la medida en que pasen a energías eólicas. Sucede que, de acuerdo a otro estudio de ICIS, esta temporada la generación de viento en el continente fue de las más bajas que se registran.
En este contexto aparecieron voces que culpan de la crisis a Rusia, en consonancia con la estrategia de la OTAN, de Estados Unidos y Gran Bretaña. El que salió con los botines de punta en ese tema fue alguien que no tiene un sitial en la UE, aunque ganas no le faltan.
“Hay una real agresión de Rusia con el gas contra la Unión Europea”, dijo el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, y alentó a que “los países de la UE se den cuenta de la necesidad sin precedentes de realizar esfuerzos conjuntos y que el respeto por los valores y las normas europeas es la única forma de preservar la independencia energética europea”.
Claro que las palabras de Zelenski no son inocentes. Parte importante de los ingresos de Ucrania surgen del tránsito de gas ruso a través de un ducto que atraviesa el país. Para el mandatario ucraniano, enfrentado con Moscú, el gobierno de Vladimir Putin se niega a aumentar el envío del combustible para que aumenten los precios y así forzar la puesta en marcha del gasoducto que pasa por el Báltico. “Rusia quiere obligar a Europa a lanzar Nord Stream II sin respetar las reglas europeas”, alega.
Otros dirigentes de la UE, más cercanos a posiciones antirrusas, sostienen que ese gasoducto incrementará la dependencia de Rusia y pondrá a Europa de rodillas ante cualquier extorsión de Moscú.
Por ahora la única solución que ofrece la Comisión Europea, el órgano ejecutivo de la región, es lo que denominan “una caja de herramientas” para reducir el precio que pagan los consumidores. Entre ellos figuran precios regulados por los estados, recortes de impuestos trasladables a la tarifa, y subsidios para los hogares más pobres.
Sánchez logró aunar criterios con los gobiernos de Francia, Grecia, Rumania y la República Checa para reformar el mercado mayorista y establecer un mecanismo de compras conjuntas de gas para lograr mejores precios. El mandatario español puso como ejemplo los contratos para la compra de vacunas, que bajo la batuta de Bruselas consiguió mejores condiciones de las farmacéuticas.
Por ahora, la unidad regional no incluye fortalecer la capacidad reguladora de los 27, según comprobó amargamente Sánchez.
Tiempo Argentino, 23 de Octubre de 2021
por Alberto López Girondo | Oct 23, 2021 | Sin categoría
Hubo dos consensos destacados en la cumbre de líderes europeos que terminó este viernes. Uno fue el unánime homenaje a la canciller Angela Merkel, que deja su cargo y que se despide de este tipo de encuentros que protagonizó y encauzó en sus 16 años ininterrumpidos en el poder. El otro fue no levantar olas en el enfrentamiento de la UE con Varsovia que estalló estos días.
Las diferencias latentes en la Unión Europea hicieron eclosión en la controversia entre Bruselas y Polonia por la reforma judicial que promovió el gobierno del primer ministro Mateusz Morawiecki. El entuerto que disparó luego de que el partido ultraderechista Ley y Justicia (PiS por sus siglas en polaco) aprobara una reforma judicial que, entre otras cuestiones, creó una Cámara Disciplinaria con facultad para supervisar a los jueces, una suerte de Consejo de la Magistratura pero con integrantes designados por el Poder Ejecutivo.
Desde el primer momento, la Comisión Europea se mostró en desacuerdo con esa medida, por considerar que iba contra la independencia judicial. Morawiecki pidió -no inocentemente- al Tribunal Constitucional de Polonia (TCP) que definiera si una disposición de la UE puede ser pertinente en el país. El TCP respondió que los artículos 1 y19 del Tratado de la Unión son incompatibles con el ordenamiento constitucional polaco. La UE contragolpeó boqueando fondos para la pospandemia -unos 36 mil millones de euros- lo que obviamente fue considerado como una extorsión por Morawiecki.
El desafío polaco implica el desconocimiento de la unidad regional, la base de la creación de la UE. Para Varsovia, hay una peligrosa deriva hacia una UE “centralizada y sin control democrático”. La pelea de fondo es por qué grado de autonomía debe aceptar una nación para formar parte de un organismo de integración. Morawiecki escribió en una carta abierta que “algunos dicen que el apego a la idea del Estado-nación en el siglo XXI es un sentimiento ingenuo. Si para alguien la tradición o la historia nacional es un sentimiento ingenuo, no voy a convencerlo de lo equivocado que está”.
Los analistas comenzaron a hablar de Polexit, como el prolegómeno de otro divorcio como el británico. Pero los polacos son abrumadoramente favorables a la UE. Aunque sí hay un mar de fondo que Bruselas no sabe cómo resolver.
En el Brexit mucho tuvo que ver el “Método Steve Bannon”, que combina manipulación electoral con la articulación de fuerzas retrógradas de cada sociedad para torcer el discurso público más y más a la derecha. Los ejes, como se vió con Donald Trump, son xenofobia, misoginia y nacionalismos elementales. Un populismo de derecha, en resumen.
Con sólo ver quiénes son los aliados ideológicos de Morawiecki se puede percibir que un Polexit implicaría una partición de la UE en pedazos. El húngaro Victor Orban es un “bannonista” convencido, lo mismo que el italiano Matteo Salvini. Estos días muchos ciudadanos polacos se sumaron a la construcción de una valla en la frontera con Bielorrusia para impedir el ingreso de emigrantes. Ya lo habían hecho los húngaros en el fragor de la crisis migratoria. Esta semana, Morawiecki se reunió con la francesa Marine Le Pen. Cierto es que la lideresa gala ya no es lo más a la derecha que puede mostrar la sociedad en la que nacieron los valores liberales, ya que le apareció un ultra-ultra como Eric Zammour.
El reclamo de Bruselas de acatar centralidad europea se da de bruces con la realidad de que precisamente estas diferencias impidieron que se pudiera aprobar una Constitución en 2005. La iniciativa debía ser refrendada por todas las naciones, pero fue rechazada en Holanda y Francia. La solución fue imponer las mismas normas pero con el Tratado de Lisboa, de 2007. Las diferencias de enfoque entre las sociedades y las instituciones son las mismas, solo que ahora, el riesgo es que toda la UE se vuelque más a la derecha para no partirse. Y muy lejos no está: de 27 miembros, dos son de ultraderecha (Polonia y Hungría), y otros diez de centro derecha. Solo hay seis consideradas de centroizquierda y uno calificado de izquierda, España. El resto son coaliciones de centro.
Tiempo Argentino, 23 de Octubre de 2021
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