Giancarlo Summa es periodista y politólogo. Colaboró en las campañas de Lula da Silva en 2002 y 2006 y fue director de comunicación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Brasil, México y África Occidental. En Buenos Aires presentó una obra colectiva coordinada junto con Mónica Herz, El desorden del mundo. La extrema derecha contra el multilateralismo en América Latina, editado por la UNSAM.
-Tengo mis dudas de si la ONU sirvió de mucho en estos más de 80 años, salvo esporádicamente.
-Yo pienso que la ONU tuvo un papel importante al organizar un lugar de encuentro y de diplomacia sobre temas diversos. Funcionó mejor en algunos periodos y ahora está una crisis como nunca se vio antes. También organizó una visión del mundo que hasta hace diez años funcionaba. La Declaración Universal de Derechos Humanos, las convenciones de Derechos Humanos, los acuerdos globales de la OIT sobre trabajo. Todo eso era una referencia civilizacional. Fue muy fuerte en el proceso de descolonización de África. En América Latina las luchas por los Derechos Humanos no hubieran sido posibles de no existir el marco de lo que es aceptable o no.
-Pero después algo pasó.
-Yo digo que en 2015 fue el Canto del Cisne. Ese año la ONU aprobó por unanimidad el acuerdo de París sobre cambio climático y la agenda 2030 con los objetivos de desarrollo sostenible, que era una cosa aspiracional: combatir el hambre, educación para todos, reducción de la desigualdad, igualdad de género. Todos los países firmaron. Hoy hay gobiernos como el de Trump y oposiciones como Vox en España que denuncian a esta agenda como un globalismo estúpido que quiere subvertir los valores nacionales. El 2016 fue el año del Brexit, primera elección de Trump y en Brasil el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff. Fue el año en que se abrió la caja de Pandora. Pero mirando en perspectiva (yo entonces no me di cuenta), el año del quiebre en realidad fue 2008, la gran crisis financiera internacional a la que los gobiernos dieron malas respuestas.
-Salvaron a los bancos.
-Salvaron a los bancos y no a la gente. Eso llevó a la quiebra del acuerdo mínimo de confianza en los representados y los representantes. Impactó en la política, porque en los últimos 20 hubo un aumento sin precedentes en la concentración de riqueza en las manos de pocos. Los milmillonarios.
-El famoso 1% de la población.
-El 1% funciona bien como eslogan, aunque es mucho menos, tal vez el 0,1. Pero son los que dominan el planeta, tienen más recursos que los gobiernos.
-Una interpretación dice que la disputa de la actualidad es entre el capitalismo atlántico y el indopacífico.
-También hay milmillonarios allí.
-Sí, pero el Estado mantiene el control.
-En todo caso, el resto del mundo funciona con este arreglo: tú tienes microélites en cada país con sus intereses económicos y los gobiernos hacen lo que les sirve a esas élites.
-Si esas élites tienen más poder que los gobiernos era natural que la ONU se fuera diluyendo.
-Hubo algunos momentos de fricción evidente, por ejemplo, en toda la cuestión ambiental, donde tenemos a los grandes productores de combustibles fósiles, que además hacen que los gobiernos se pongan a su servicio y le den subsidios que se cortan a los pobres. Cuando la ONU empezó a estructurar una respuesta, abogando por un cambio de la matriz energética, varios Estados sabotearon ese acuerdo. Los estados hoy son una especie de instrumentos al servicio de intereses de las élites.
-Como un departamento administrativo de las élites.
-Un sociólogo inglés, Michael Mann, habla de las cuatro patas del poder social. El poder político, el poder económico, el poder militar y el poder cultural. Otros hablan del poder de las redes internacionales, la circulación de ideas, la información. Un error muy básico de los gobiernos progresistas fue concentrarse sobre la dimensión política. Lo que importa es las elecciones, sin atender las otras dimensiones del poder. Las élites, mientras los gobiernos hacen lo que ellos quieren, no necesitaban del control político. La novedad de estos diez años es que hay élites que acaban apoyando a la extrema derecha.
-En el 2015-2016 Donald Trump y Mauricio Macri, que forman parte de las élites, también llegaron al gobierno.
-Mi impresión es que ante esa placa tectónica que estamos viendo, ellos sintieron que los mecanismos de ese poder tradicional no eran suficientes. Y la forma de garantizar la continuidad del modelo de concentración de la riqueza era con una disminución de los espacios posibles de democracia, para evitar el peligro de que las cosas no fueran en la dirección que querían. Creo que en eso estamos.
-Quizás este documento de Palantir viene a ser como la frutilla del postre de todo esto.
-Probablemente cuando ellos llegaron a esa conclusión lo codificaron a partir de algo que ya está en curso. No es el Qué hacer de Lenin lo que vamos a hacer, sino lo que ya hicimos, una constatación.
-Sí, Palantir no es IA sino recopilación y estrategias con los datos que ya estaban. Entonces, ¿qué puede hacer una democracia para no fallecer en el camino?
-La articulación de los intereses del capital rentista financiero y los de la extrema derecha funcionan a nivel transnacional. Superan las fronteras. La respuesta democrática tradicionalmente intentó concentrarse en lo nacional, lo que hoy es una batalla perdida antes de empezar el combate. En ese sentido la única cosa que positiva que hemos visto en varios años fue en el encuentro progresista que se desarrolló en Barcelona (el 16 y 17 de abril pasado). No es la revolución, pero es la primera vez en años que diferentes fuerzas progresistas, democráticas, se encuentran para por lo menos empezar a hablar.
-¿El Foro Mundial Social de Porto Alegre desde 2001 no era eso?
-Es interesante, porque Porto Alegre funcionó hasta que se implementó la llamada “Marea rosa”.
Foto: Agencia de Noticias NA
-¿Hasta que Lula llegó al gobierno?
-Lula, Néstor. La izquierda consideró la discusión sobre la movilización social y la lucha por la equidad solo hasta que llegaron al poder político, sin entender la dimensión más completa del poder. La derecha hace de otra forma. En los últimos 25 años la extrema derecha realizó más de 2500 reuniones transnacionales, algunas más chiquitas, otras más grandes. Y cuando se hace la reunión de la CPAC o del Foro Madrid van los presidentes junto con los líderes de partidos, influencers, movimientos sociales. Porto Alegre funcionó y fue importante en la gestación y hasta que se llegó al gobierno, pero el gobierno es solo una parte del poder. Esto la derecha lo sabe de forma mucho más sofisticada que nosotros.
-Ellos nacieron en esa vereda.
-Exactamente, y hasta pocos años atrás no necesitaban tener a los suyos en el gobierno. Ahora, algo cambió para ellos también. Mi hipótesis es que ante esta crisis entre el viejo equilibrio y el nuevo equilibrio, el desorden actual, ellos quieren tener e la mano sobre el poder: el poder militar, el poder represivo, el poder de la fuerza.
-¿Por qué?
-Para la derecha, la cuestión de la violencia siempre fue central. El monopolio del uso de la fuerza es la violencia simbólica, la motosierra es simbólica pero práctica también, como las bombas de Trump sobre Irán. Son dos dimensiones del mismo fenómeno. Es bueno poder controlar quién utiliza directamente la fuerza, tal vez sea eso. En el 2008, quién sabe si pasaron cosas que todavía nosotros no sabemos. Pienso en si los gobiernos hubieran decidido salvar a los pueblos y no a los bancos. Un gran riesgo.
-Sí, además la crisis de 2008 no se solucionó nunca.
-Nunca. Porque no es solucionable, hay un exceso de capital circulando en el mundo, hay plata que no se sabe dónde colocar.
En la tarde del 13 de diciembre de 1828 fue fusilado en la estancia El Talar, de la localidad bonaerense de Navarro, el gobernador Manuel Críspulo Bernabé Dorrego. Tenía 41 años y hacía trece días había sido destituido por el general Juan Galo de Lavalle, un héroe de la guerra contra el Imperio del Brasil pero “una espada sin cabeza”, como lo recuerda la historia. Las razones para el asesinato, el primero de la serie de barbaries que a nombre de la civilización cometieron las fuerzas antipopulares, fue que Dorrego era una amenaza para consolidar el proyecto de los unitarios.
Era demasiado querido por las clases bajas del campo y el pobrerío de la ciudad, razón muy fuerte para el desprecio. Además había sido el líder de la oposición contra Bernardino Rivadavia y, como tal, había rechazado los términos de la paz que habían negociado con el emperador sus enviados a Río de Janeiro. Pero hay otro condimento para la eliminación de semejante personaje: tuvo una visión geopolítica peligrosa para los intereses de la oligarquía del puerto y para el imperio británico, del que soñaban formar parte un día.
Sabía de qué venían las revoluciones americanas y había participado en los ejércitos del Norte, con Manuel Belgrano y José de San Martín, pasó por Chile, pero habrá que decir que cometió el error histórico de haber luchado contra las fuerzas de José Gervasio Artigas por orden del Directorio. En cierto sentido se reivindicó al rechazar la política del Supremo Juan Martín de Pueyrredón de arreglar con el imperio portugués en 1815 para atracar al caudillo oriental, lo que le valió el destierro, en 1816. Exiliado, Dorrego recibió cobijo del líder haitiano Alejandro Pétion, adalid de la independencia de ese país. Luego se trasladó a Baltimore, Estados Unidos, donde llegó a editar un periódico en castellano.
Vuelto a Buenos Aires, se convierte en gobernador de la provincia de Buenos Aires, entre el 29 de junio de 1820, y septiembre de ese año. Pero ya encabeza el movimiento federal y ejerce el periodismo en El Tribuno, donde promociona las ideas republicanas cuando todavía había quienes buscaban algún monarca desocupado para poner al frente de las Provincias Unidas. Puntualmente se opuso al centralismo rivadaviano plasmado en la Constitución de 1826, y defendió el derecho a voto de los «criados a sueldo, peones jornaleros y soldados de línea».
Cuando estalla la guerra contra Brasil también estuvo contra los rivadavianos, que habían cedido a la voluntad imperial pesar de que las tropas rioplatenses lograron triunfos resonantes en la batalla naval de Juncal y la de Ituzaingó, ambas en febrero del ’27. En agosto, Dorrego es elegido gobernador y en noviembre firma un convenio con un jefe de mercenarios contratados por el emperador Pedro I, Federico Bauer. Sabía que los alemanes no cobraban desde hacía meses y ensayó una estrategia de alto vuelo para instaurar una república al norte de Rio Grande. Si había que hacer un estado tapón, prefería allá lejos para mantener el control de las dos orillas del Plata. No era mala idea. Mantuvo también contactos con movimientos republicanos en Pernambuco.
El tema de los mercenarios es interesante. Pedro se había casado con la archiduquesa de Austria, María Leopoldina de Habsburgo. La gran idea entonces fue atraer a migrantes alemanes para poblar el sur de Brasil y mantener el control de la Banda Oriental. Y ya que estaban, si tenían antecedentes como soldados, servirían para cubrir cualquier eventualidad. Entre ellos había un tal Auguste Bullrich, capturado en Ituzaingó y traído a estas tierras como prisionero. El hombre se quedó, hizo fortuna y dejó un legado muy interesante.
El contrato de Dorrego con Bauer está en el Archivo General de la Nación y dice, entre otras, cosas, que tampoco cobró de los porteños y que habían decidido unirse a las huestes nacionales por el “tratamiento y comportación de este soberano” (por el Emperador), “siendo que a los soldados alemanes -sus compatriotas- los habían por la fuerza obligado a hacerse soldados de un tirano en vez de honrados lavradores (sic)”.
Dice el documento que el proyecto elaborado con el malogrado gobernador era:
«1º) Terminar la guerra que existía con la República. 2º) Desembarazar a sus compatriotas de la tiranía de aquel Emperador. 3º) Proclamar al Brasil livre e independiente para siempre».
Se entiende mejor que Dorrego era algo más que un caudillo populista.
Javier Milei y su experimento anarcocapitalista llega a los dos años en el poder con la sensación de que ganó un campeonato en el que sus detractores no lo creían capaz de pasar siquiera la primera ronda. Cualquiera que haga un corte del espacio-tiempo del pasado miércoles podría decir que como por arte de magia el partido violeta es la primera minoría en la Cámara de Diputados, capeó el temporal económico que se le desató en la previa a las elecciones del 26 de octubre y parece tener el camino despejado para cumplir con su programa de liberalismo extremo de «ejemplo mundial».
Habrá que recordar, sin embargo, que estos «éxitos» se basan en préstamos de corto alcance y condicionalidades quizás irreparables. Verbigratia: la cantidad de legisladores que pegaron el salto repentino a La Libertad Avanza luego de haber ganado la banca con otros colores –predominantemente amarillo, el complementario en la escala cromático-política– tranquilamente pueden pegar otro salto en cuanto los vientos cambien. El salvataje de la administración Trump ante los desaguisados del ministro de Economía argentino plantean el riesgo de embarcar al país en los disparates más peligrosos de la Casa Blanca, sobre todo a nivel regional. Pero quién se pondría a pensar en esas nimiedades cuando todo parece un suave camino a la gloria y aparece el viejo anhelo de los presidentes en circunstancias como esta de la reelección.
Para entender la película desde el 10 de diciembre de 2023 sería bueno reparar en dos fotos. La de la asunción de Milei, con un escenario a espaldas al Congreso con invitados del talante de Jair Bolsonaro, Volodimir Zelenski y Viktor Orban, a la sazón, expresidente de Brasil, actual jefe de Estado ucraniano con mandato cumplido y primer ministro de Hungría. El primero terminó preso con una sentencia de 27 años por intento de golpe contra Lula da Silva, el segundo presionado para firmar un acuerdo lastimoso con Rusia. El único que sigue incólume es el húngaro, gran amigo del ruso Vladimir Putin.
Dos fotos El miércoles 3 de diciembre, un Milei sosegado y bastante diplomático asistió al Parlamento nacional para la jura de los nuevos diputados. Dejó atrás 24 meses de insultos de baja estofa contra enemigos «culturales» como podrían ser los sectores más cercanos al kirchnerismo y hasta de ese grupo de gobernadores y legisladores ávidos de transfundir gobernabilidad. Todo ese clima se fue tensando a lo largo de este año y se calmó luego de los comicios de medio término, con un resultado que dejó ganador al oficialismo con algo más del 40% de los sufragios contra alrededor del 35% de los peronismos. O sea, una diferencia que si no fuera por el discurso mediático –un gran logro, también prestado– sería considerada como ajustada.
En el medio de estas dos fotos, la película fue de ajustes perpetuos contra los menos favorecidos en la escala social, apenas dibujados por estadísticas «creativas» que disimulan el impacto real de una inflación que no cesa, pero sirvió para alimentar la esperanza de que ese flagelo que castigó a la población con fuerza en el último tramo de la gestión de Alberto Fernández acabe. Y la consecutiva represión contra los jubilados que cada miércoles se repite con mayor ferocidad.
Este panorama da cuenta de otro ámbito al que el mileísmo pretende llevar la disputa ideológica. El de su «batalla cultural», que no es sino el regreso a épocas arcaicas tanto en las relaciones laborales, la justicia social y hasta los roles y las identidades sexuales. Cierto que el cambio de época se da en el occidente mayoritario. La verborrea de Milei tiene su cuño en Donald Trump, como en Bolsonaro y la ultraderecha española de Vox. El patrón de desprecio por el otro y el ensalzamiento de la brutalidad no tienen correlato en la historia moderna desde la entreguerra europea. Tanto que una reivindicación del nazismo hasta generaría atención mediática. Basta ver la cobertura de los ataques tanto verbales como físicos a los discapacitados.
Palazos Un ejemplo de esta degradación se pudo ver este jueves en la represión a las protestas de trabajadores del INTI contra la disolución del Servicio Argentino de Calibración y Medición (SAC). Un agente acusó a un manifestante de ñoqui. El hombre le recordó que ellos verificaban la seguridad de los chalecos antibalas. El policía se retiró con una sonrisa nerviosa.
Los efectivos que dispararon contra el fotógrafo Pablo Grillo, o los que gasearon a una nena de 10 años o los que tiraron al piso a una señora de 87 años también actúan imbuidos de ese espíritu de tropas de ocupación que les viene de arriba. Un problema social a largo plazo, porque la pérdida de derechos que ellos defienden a los palazos los va a afectar cuando les toque la jubilación, o un despido, o la baja de salarios les resulte incompatible con la vida digna.
Más allá de estas elucubraciones, tranquilamente se podría afirmar, como ya alertaba desde el año pasado el sutil analista Marcelo Falak en el portal Letra P, el plan de Milei encaja en un proyecto encarnado con fuerzas de ocupación para cambiar irreversiblemente el rumbo del país en el futuro. Un proyecto para el que la destrucción del Estado nacional es indispensable, siempre que otro Estado exterior saque las papas del fuego.
En esa ocasión se refería a la política exterior, que le costó el cargo a su primera canciller, Diana Mondino, por haber aprobado una votación en la ONU que mantenía la tradición democrática argentina de oponerse el bloqueo a Cuba. Fue el inicio. Luego se profundizaría la sumisión a las políticas de Estados Unidos e Israel, al punto de que en no pocas ocasiones son los únicos tres países en sostener alguna votación específica, como ocurrió con una resolución contra la tortura. Otra tradición argentina se tiró por la borda cuando la ofensiva militar en el Caribe comenzó a poner en riesgo a Venezuela y a Colombia en una política de presunto combate al narcotráfico de Trump. Da la casualidad de que la Doctrina Drago, que enorgullece a la historia diplomática argentina, fue la respuesta de nuestra cancillería –a cargo entonces de Luis María Drago– ante amenazas de potencias coloniales para cobrar manu militari deudas del Gobierno venezolano de Cipriano Castro en 1902. La adhesión automática a los deseos estadounidenses puede llevar, temerariamente, a colaborar en una posible intervención armada contra el país caribeño, un territorio que se autoproclamó «zona de paz» en 2014.
Escena repetida. La acción violenta contra manifestantes y trabajadores de prensa que cubren las protestas fue una constante en los últimos dos años.
Foto: Getty Images
La caída de Mondino, alguien del «palo» neoliberal desde los albores del mileísmo, fue uno más en una catarata de expulsiones y deserciones de estos dos años. Algunos, marcados por disidencias que en aras de mantener la «infalibilidad neopapal» del presidente, resultarían inadmisibles. Otros, por serias desavenencias con sus políticas. El segundo canciller, Gerardo Werthein, y el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, se fueron en este contexto de manoseos fruto de internas entre el monotributista Santiago Caputo y Karina Milei.
La hermana presidencial apareció en el centro de una investigación por presuntas coimas en la Andis (Agencia Nacional de Discapacidad). Un hecho que sumado al escándalo por la criptomoneda $Libra, en otro Gobierno hubiese dejado un olor a cala muy perceptible y, sin embargo, luego del 26 de octubre, quedó prolijamente acomodado debajo de la alfombra. Los mismos comunicadores que sostuvieron al Gobierno hasta poco antes de esa crucial elección, aparentaron correrse estratégicamente a un costado y, con el resultado puesto, acudieron prestos en ayuda del ganador. Lo mismo ensayaron gobernadores que ya habían apoyado al Gobierno desde el 2023. El Decreto 70/23 quedó vigente por falta mayoritaria de ganas para rechazarlo, lo mismo ocurrió con la llamada Ley Bases. Dos amplias reformas de la Constitución sin mayor debate electoral. Esa misma falta de discusión, gracias a una suerte de aletargamiento social, producto de una oposición que no alcanza a fijarse un horizonte de discusión política por sus propias contradicciones, avizora un 2026 con el camino despejado para la nueva etapa de reformas, el viejo sueño húmedo de las élites económicas de sellar el futuro del país de manera definitiva. Y sin justicia social ni derechos humanos a la vista.
El 7 de septiembre de 1822, Pedro I de Braganza, desde las orillas del río Ypiranga, en San Pablo, anuncia la creación (independencia) del Imperio de Brasil. Hasta ese momento, el inmenso territorio formaba parte del Imperio de Portugal, y el emperador era Juan de Braganza, su padre, que había huido de las tropas napoleónicas a Río de Janeiro y debió volver a las apuradas para no ser destronado en Lisboa.
En enero de ese año, el ministro de Asuntos Extranjeros del Imperio, José Bonifacio, había pergeñado la idea de construir una Federación de Brasil y las Provincias Unidas, que no prosperó ni en Rio ni en Buenos Aires. Tropas brasileñas ocupaban desde 1817 la Provincia Cisplatina, como llamaban a la Banda Oriental, y estallaron hostilidades entre los militares que pretendían seguir al mando de Juan y los que se integraron al Imperio de Pedro. Los orientales miraban a Buenos Aires, pero Bernardino Rivadavia mandó a decir al Cabildo de Montevideo que “no podía comprometer su dignidad ni el orden público iniciando una contienda con un poder vecino”. El encargado de negocios de los Estados Unidos, John Murray Forbes, le orejeó las cartas y escribió al secretario de Estado, John Quincy Adams, que “por el tono de desafío de este Gobierno se diría que estamos ante hostilidades inminentes, pero la verdad es que ese tono se adoptó simplemente para gozar de alguna popularidad (…) La gran carnada (…) es una guerra con Portugal, para reconquistar la Banda Oriental”. Ese Quincy Adams fue el que dos años antes había diseñado la llamada Doctrina Monroe, por el presidente que la proclamó.
En 1824 se había decidido la suerte de América en la batalla de Ayacucho, y desde Buenos Aires Manuel Dorrego apostaba a que las tropas multinacionales de Bolívar continuaran su cruzada libertadora hasta Río de Janeiro. Tampoco prosperó.
Así llegamos a ese dramático 1825. El 23 de enero los diputados aprobaron de manera unánime que el manejo de las relaciones exteriores de las Provincias Unidas estuviera en manos del gobierno de Buenos Aires. El 28 de enero era asesinado en Lima Bernardo de Monteagudo. Bolívar calculó que iban a por él y acusó a esbirros de la Santa Alianza, esa entente de monárquicos reaccionarios vueltos al poder a la caída de Napoleón. El caraqueño intenta hacer un Congreso Panamericano para organizar y unificar las colonias democráticamente. Lo acusan de tirano. El 28 de marzo, la Junta de Gobierno del Mato Grosso acepta el pedido de anexión al Imperio de Chiquitos, en el Alto Perú y los adelantados brasileños ocupan Moxos, la otra provincia jesuítica.
Para entonces, el mariscal Antonio José de Sucre convoca a una asamblea en Chuquisaca para decidir qué se hará con esos territorios tan alejados de la capital virreinal. Bolívar le pide informar a los porteños, que el 9 de mayo responden que hagan lo que les parezca. El 6 de agosto se decreta la independencia de la nueva República, Bolivia, en honor al Libertador.
En el puerto de Santa María de los Buenos Aires, en tanto, un grupo de nacionales de ambas orillas, conocido con el masónico apelativo de “Los 33 Orientales”, harto de promesas y esquives oficiales, había decidido encarar por las suyas la expulsión de los brasileños de la otra orilla. Estaba a la cabeza Juan Antonio Lavalleja de la Torre. Cruzaron desde San Isidro y Quilmes y el 25 de agosto, el Congreso instaurado en San Fernando de La Florida declara la independencia oriental de toda dominación brasileña y pide la reincorporación a las Provincias Unidas. El 29 de agosto Portugal reconoce la independencia del Imperio de Brasil, una deuda pendiente entre padre e hijo.
El 10 de diciembre de 1825, Pedro Il declara la guerra a las Provincias Unidas y el 22 de diciembre ordenó el bloqueo del puerto de Buenos Aires. El 1 de enero de 1826 el gobierno de la incipiente nación declara la guerra al Imperio de Brasil y otorga patente de corso para combatir las naves que comerciaban desde todas las costas de ese país. Fue el inicio de una sangrienta contienda que terminaría tres años después con el triunfo en los campos de batallas de las tropas rioplatenses, la derrota en la mesa de negociaciones encaradas por Manuel José García y la independencia de la República Oriental del Uruguay.
El resto es otra historia que continúa hasta estos días, con acercamientos virtuosos y divergencias calamitosas -como la actual- entre las dos naciones más grandes de la América del Sur.
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