por Alberto López Girondo | Ene 14, 2023 | Sin categoría
Tres años pueden ser un soplo en la vida o parecer una eternidad. El 16 de enero de 2020 Brasil se retiraba de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) por decisión de Jair Bolsonaro, con la excusa de que no podía compartir podio con gobiernos no democráticos como los de Venezuela, Nicaragua y Cuba. Hacía poco más de un mes que en Argentina había asumido Alberto Fernández y Evo Morales estaba exiliado en Buenos Aires tras un golpe que contó con apoyo del ultraderechista Luis Fernando Camacho y de sectores de las fuerzas armadas y la policía y la anuencia de la OEA. También del Planalto y la Casa Rosada, al punto que Mauricio Macri aparece implicado en el envío ilegal de armas para reprimir las manifestaciones contra el gobierno de facto de Jeanine Añez. Perú atravesaba una de sus tantas crisis institucionales y se disponía a votar en elecciones parlamentarias luego de que el presidente interino Martín Vizcarra hubiese disuelto el Congreso en setiembre de 2019. Chile vivía en plena ebullición tras el estallido del octubre de 2019 contra 30 años de neoliberalismo.
Este 12 de enero, el gobierno de Lula da Sliva confirmó que Brasil vuelve a ese organismo regional creado en 2010 para integrar a los países de la región con historias e intereses comunes en pie de igualdad. Por eso ni Estados Unidos ni Canadá fueron llamados a formar parte. Es como una OEA pero sin injerencia en asuntos internos.
Este 24, Buenos Aires será sede de un nuevo encuentro de jefes y jefas de Estado y los países que integran la Celac vuelven a ser 33. El regreso de Brasil es importante por el peso económico y político del gigante sudamericano. Pero básicamente por el peso simbólico de este acontecimiento. Lula es un miembro fundador de ese club de naciones que buscan su lugar en el mundo sin tutelas imperiales. Bolsonaro en la Celac era una disonancia por su estrecha relación con Donald Trump. El organismo es tan ideológicamente amplio como para que su primer presidente haya sido el chileno Sebastián Piñera y el segundo, el cubano Raúl Castro.
Autoexililado en Florida, el expresidente brasileño está implicado en el intento de golpe del domingo pasado. Si no directamente, por agitar los fantasmas golpistas con su prédica antidemocrática. En Bolivia, la crisis secesionista que enfrentó Morales en 2009 –abortada gracias a la intervención de otros de los fundadores de la Celac, miembros de la Unasur– se mantiene con los mismos protagonistas. Hace unos días, fue detenido Camacho, líder de esa oposición ultraderechista y actual gobernador de Santa Cruz. Por su papel en el golpe de 2019.
En Perú, la efímera presidencia de un dirigente del gremio docente, Pedro Castillo, enardeció al establishment ultraconservador. La represión encarada por la interina Dina Boluarte contra manifestantes que piden el respeto a la voluntad popular ya causó medio centenar de muertos.
Estos tres años fueron muy intensos para las tres Américas, justo es decirlo. Porque en la nación que se pretende faro de la democracia occidental «pasaron cosas» y hasta un grupo de ultraderechistas tomaron por asalto el Capitolio, dando el ejemplo a los bolsonaristas del domingo pasado. Como sea, este es el escenario en que los mandatarios de la región se encontrarán en nueve días. Para no aburrirse.
Tiempo Argentino, 14 de Enero de 2023
por Alberto López Girondo | Dic 30, 2022 | Sin categoría
Lula da Silva vuelve al gobierno y como siempre que un pobre se divierte, diría el Gaucho Martín Fierro, «nunca faltan encontrones». Estuvo divertido la primera vez, cuando por esas cosas del destino coincidió con Néstor Kirchner Hugo Chávez y armaron aquella fiesta de los primeros años del siglo, a la que luego se sumaron Evo Morales, Tabaré Vásquez, Rafael Correa y Fernando Lugo.
Perseguido como el personaje definitorio de la idiosincrasia argentina escrito por José Hernández –de cuya publicación se cumplieron hace poco 150 años– este obrero metalúrgico que cuando un juez lo quiso chucear en una indagatoria declaró como profesión «tornero mecánico». Y ya había sido dos veces presidente de Brasil, y había logrado construir no solo un gremio y un partido político de masas sino un camino para otro mundo posible, como decían aquellos encuentros en Porto Alegre al despuntar el siglo. Pero eligió ese, el título logrado con tanto esfuerzo en su juventud. Y hablemos de meritocracia.
Como a Fierro, a Lula un juez y un sistema que rechazan la diversión del pobre lo sacaron de juego tanto a él como a su sucesora, Dilma Rousseff. No les fue mejor al cura paraguayo, al economista ecuatoriano y al dirigente cocalero boliviano. Con tal de acabar con la fiesta, apelaron a golpes y persecuciones. Lo que deja en claro que por las buenas no hubieran podido. Una suerte similar corre en Argentina la vicepresidenta.
Este 1 de enero vuelve al Planalto el hombre que como buen metalúrgico, tiene fierro en la sangre. Para volver tuvo que armar alianza, hacer concesiones, juntar cabezas que apostaran a derrotar a la ultraderecha. ¿Es una vuelta como la de Fierro? Resultaría tan tentador asimilar a ambos personajes…
Lo que si queda claro es que ante la inminencia del regreso de Lula da Silva, no faltaron encontrones para advertirle que si antes no la tenía fácil, ahora están dispuestos a hacérsela imposible. El golpe contra Evo en noviembre de 2019, unas semanas antes de que Alberto Fernández asumiera su cargo, tenía un sentido similar. Marcar la cancha, mostrar de qué son capaces y de qué viene la cosa. La arremetida de la derecha boliviana desde hace meses, comandada por el gobernador de Santa Cruz, Fernando Camacho tenía ese sentido.
Camacho es aquel que en un éxtasis místico ingresó en el Palacio Quemado con una Biblia en la mano y se arrodilló frente a una bandera de Bolivia desplegada en el piso. Líder racista de una región que abomina de las raíces indígenas del pueblo boliviano, es uno de los responsables de las atrocidades cometidas en el interinato de Jeanine Añez. En su terruño es imbatible electoralmente. En las calles sus esbirros lucen una violencia comparable solo a los grupos nazis de entreguerras. La fiscalía boliviana lo acusa de aquel golpe y de los paros que organizó ahora contra el gobierno de Luis Arce bajo la excusa de la fecha para el censo de población.
Unas semanas antes, los poderes fácticos terminaron de concretar el golpe contra Pedro Castillo en Perú. No lo querían dejar asumir en julio de 2021 y no lo dejaron gobernar. Como en Bolivia hace tres años, la represión desatada por la interina Dina Boluarte se ensañó con quienes apoyaban a este dirigente docente de sangre indígena y hubo un reguero de muertes. Si uno se pusiera a hilar fino, podría sumarse a este rosario de advertencias los últimos fallos judiciales contra Cristina Fernández y el de la Corte Suprema a favor de la ciudad de Buenos Aires. Muy oportunas decisiones para aguar la fiesta popular por el triunfo del seleccionado argentino en Qatar.
Este domingo habrá fiesta en Brasil, pero los bolsonaristas no se fueron. Seguían en las puertas de los cuarteles exigiendo que los militares no dejen asumir a Lula. El último gesto de Jair Bolsonaro fue la designación del nuevo jefe del Ejército. Se dice que con acuerdo de las autoridades que llegan. En todo caso, una señal preocupante de malestar en la institución que fue el principal sostén de Bolsonaro. El sostén armado. Y que no se fueron.
Tiempo Argentino, 30 de Diciembre de 2022
por Alberto López Girondo | Oct 30, 2022 | Sin categoría
Lo primero que debería decirse es que el triunfo de Lula da Silva calma los espíritus. Pero la foto mostró que Brasil está dividido justo al medio. Que el resultado, aunque suficiente para volver al Planalto, es el más exiguo en su carrera a la presidencia. Y que deberá acostumbrase a dormir con el enemigo. Porque se trata de un enemigo que no le va a hacer las cosas fáciles. Y un enemigo, además, que construyó un liderazgo que no se podrá soslayar. De nada vale decir ahora que fue sobre la base de haber excluido al dos veces presidente mediante una operación de lawfare en 2018. El presente es el que manda.
Y el presente dice, crudamente, que no solo Jair Bolsonaro y los “bolsominions” estarán haciendo bulla en su contra. También sectores pentecostales y de las Fuerzas Armadas, que fueron grandes sostenes del actual mandatario. Incluso los policías, que como demostraron este domingo, no dudarían en detener a todos los votantes del líder sindical con tal de que no pueda gobernar.
Por empezar, el nuevo gobernador de San Pablo será Tarcísio de Freitas, de 47 años, ingeniero recibido en la Academia Militar das Agulhas Negras y que participó en la misión en Haití ordenada por el presidente Lula en 2004. Tuvo cargos de su especialidad durante los gobiernos del PT y luego fue ministro de Infraestructura de Bolsonaro.
Para el bolsonarisno, San Pablo es el triunfo más preciado, ya que desde allí consolidará una fuerte expresión opositora al nuevo presidente. No por nada es el distrito más poblado y poderosos del país, sede de los grandes capitales económicos y financieros y que cantó sus loas a Bolsonaro, que le sacó 11 puntos de ventaja a Lula en la presidencial.
El escenario en el Congreso no será más auspicioso. Nunca el PT tuvo el control de las cámaras legislativas, pero era la primera minoría y Lula ha sido un gran articulador de alianzas. A veces al precio de tener que comerse algunos aliados circunstanciales que mejor hubiera sido no encontrar en el camino.
Esta vez contará con alrededor del 10% de los legisladores en el Congreso. Pero el bolsonarismo propiamente dicho (el Partido Liberal, PL) ganó 22 bancas más en la cámara baja de 513 diputados, donde ahora sumará 99 escaños, mientras que el PT solo tendrá 68 representantes. En el Senado, el PL logró 14 bancas contra 9 del PT. Pero los partidos más identificados con la derecha superan con creces el 50% de los curules en ambas cámaras.
Es decir que la derecha está en condiciones de bloquear cualquier iniciativa o incluso avanzar hacia un escenario de impeachment como ocurrió contra Dilma Rousseff en 2016. Pensar que el bolsonarismo es diferente al fujimorismo que acosa a Pedro Castillo en Perú desde el día en que resultó elegido, también por mínima diferencia, es ilusorio. Cierto que Lula tiene el cuero duro y la muñeca experta, pero estos sectores extremos no se caracterizan por aceptar negociaciones.
En todo caso el vicepresidente electo, Geraldo Alckmin, que también fue gobernador paulista -entre 2011 y 2018- no debería ser de arriar con el poncho en una eventual embestida destituyente. Integrante del PSB (Partido Socialista Brasileño) Alckmin en la práctica llevó adelante políticas de centroderecha y acompañó al PSDB durante más de 20 años, pero no tendría mucho para ganar si cede, como hizo Michel Temer hace seis años. A los 69 años, este médico ligado en su origen al Opus Dei todavía puede aspirar a una carrera política propia y no diluirse como ocurrió con el vice de Dilma, que en ese momento tenía 76 años y no le hacía asco a retirarse de la política.
Este domingo también hubo balotajes gobernadores en 12 estados. Además de San Pablo, hubo comicios en Río Grande do Sul, donde el bolsonarista Onyx Lorenzoni cayó contra Eduardo Leite, reelecto con el PSDB. Al petista Jerónimo Rodrigues Souza ganó en Bahía, mientras que Raquel Lyra, también del PSDB, derrotó en Pernambuco a Marilia Arraes, que contó con apoyo del PT.
Ahora, los cuatro estados nordestinos quedan en manos del PT (Bahía, Ceará, Río Grande do Norte y Piauí). El Partido Unión Brasil, fundado en 2021 en base a agrupaciones de centroderecha en lo que da en llamar el “centrão”, obtuvo otras cuatro gobernaciones. Con 59 diputados y 10 senadores, es el que puede inclinar la balanza en cualquier disputa de posiciones. Nadie augura que lo haría por el futuro oficialismo de buena gana, pero habrá que ver. Con Bolsonaro supieron acomodarse.
Tiempo Argentino, 30 de Octubre de 2022
por Alberto López Girondo | Oct 30, 2022 | Sin categoría
No hay ninguna originalidad en sostener que Brasil muestra en espejo el drama que atraviesan las democracias en Occidente. Y asociar a Jair Bolsonaro con Donald Trump, o Giorgia Meloni, o Viktor Orban es casi de manual. Más difícil sería encuadrar a Lula da Silva con alguna personalidad equivalente en el resto del planeta.
Cuando se popularizó, en los 80, era la versión “sudaca” del polaco Lech Walesa, dirigentes metalúrgicos y protagonistas de huelgas memorables ambos. Pero el líder sindical está casi retirado luego de que en 2000 apenas logró el 1% de los votos al presentarse a un tercer período de gobierno.
Si Bolsonaro es Trump, ¿Lula es Biden o Barack Obama? El primero está enfrascado en una guerra en Ucrania en la que EE UU juega sus cartas de potencia hegemónica al precio de una guerra nuclear. El segundo ganó el Premio Nobel de la Paz y fue uno de los presidentes más belicosos. ¿Lula hubiera comenzado una guerra en algún rincón del mundo? Trump, por su parte, no inició ninguna.
¿Bolsonaro sintetiza mejor los tiempos que corren? La respuesta es que sí. Por la innegable influencia de sus hijos, sabe sacarle el jugo como nadie a las redes sociales. Y en esos vociferantes meandros de la cultura actual, el lema es “el que dice la verdad y es civilizado pierde”.
Bolsonaro llegó al Planalto utilizando lo peor de las nuevas tecnologías y desde allí legitimó la manipulación y la violencia. No es el único, pero tal vez es el mejor en ese universo extremo y antisocial.
En el último debate presidencial los cruces más ásperos se dieron cuando Lula y Bolsonaro se acusaron mutuamente de mentirosos. Pero a Lula le cuesta más esa disputa. No porque no sepa qué es la lucha o sea originario de ese pueblo de los problemas de lógica donde todos dicen la verdad. Viene curtido de un movimiento sindical en el cordón industrial más grande de América Latina durante la dictadura. Pero aquellas eran otras peleas.
Hace mucho que el discurso político no es sobre programas o enfoques, salvo en círculos más politizados como las páginas de este diario. Pero en los medios hegemónicos, en ambientes familiares, la verdad asume un valor secundario. En el primer caso porque en el negocio de los algoritmos garpa más el “Gri-Gri” (Grieta y Grito). En el segundo, porque con tal de no romper con la armonía, mejor no hablar de ciertas cosas.
La gran batalla de hoy en Brasil es por dos modelos políticos y económicos, pero de última por dos formas de compartir. Un dirigente sindical que conoce la palabra “compañero” y un representante del egoísmo, el individualismo más deshumanizado.
En condiciones normales, el resultado de hoy debería estar cantado. Lula ganó en primera vuelta, le falta menos del 2% de los votos para derrotar al ultraderechista. La diferencia debería ser indescontable. Y sin embargo…
¿Por qué será que parientes, amigos y favorecedores preguntan, preocupados, cómo vendrá la mano? ¿Será que necesitan confirmar que sus deseos y evidencias no serán traicionados por la realidad? No esperan análisis sesudos y centrados, la lógica también murió estos años. Apenas una esperanza, aunque sea una mentira piadosa.
Pero la pregunta clave sigue en el aire, ¿Cómo vendrá la mano? Porque bueno, en términos matemáticos, los bolsonaristas son menos de la mitad de los brasileños. Pero son cerca de la mitad. Y la mano queda entre antibolsonaristas y antilulistas.
Tiempo Argentino, 30 de Octubre de 2022
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