Finalmente, cuando se habían escrutado el 97% de los sufragios, el Tribunal Supremo Electoral (TSE), el órgano encargado de verificar la transparencia de los comicios en Brasil, confirmó que matemáticamente era imposible modificar el resultado y habrá un balotaje entre el actual presidente Jair Bolsonaro y el challenger, Lula da Silva, el 30 de octubre. A cuatro años de esa otra que el juez Sergio Moro se encargó de bloquear encarcelando al líder del PT.
Contra los pronósticos de la mayoría de las encuestadoras, que volvieron a fallar como lo vienen haciendo en casi todo el mundo, el excapitán del Ejército brasileño tiene un caudal de votos propios realmente impactante, más de 50 millones de ciudadanos habilitados. Lo mismo podría decirse del dos veces presidente, que superó los 55 millones, con lo cual esta segunda vuelta tendrá un toque de incertidumbre importante hasta el último domingo del mes.
Por lo pronto, habrá que ver como toma el actual ocupante del Palacio del Planalto este resultado. Había adelantado que si no ganaba con 60% es porque le habían hecho fraude. Intentó por todos los medios cambiar el sistema de votación electrónico, cuestionó al TSE y, para peor, tiene un núcleo duro de seguidores que no duda en recurrir a la violencia con tal de llevar a cabo sus propósitos.
Sus hijos son los primeros en esa lista de personajes iracundos. Al cierre de esta edición, ninguno de ellos había recurrido a su cuenta de Twitter, una de las armas de mayor filo que suelen utilizar, para poder prever si reconocerán el resultado o habrá más amenazas como las que fueron desplegando desde que la ultraderecha está en el gobierno.
El balotaje será inédito también porque la diferencia entre los dos casi exclusivos contendientes es la menor desde que el sistema fue instaurado en ese país: apenas cuatro puntos. El escenario de polarización deja afuera a contendientes relegados a espacios ni siquiera testimoniales. Ciro Gomes quedó en cuarto lugar, con poquito más de 3% de apoyos, certificando que los votantes que alguna vez lo siguieron se corrieron hacia un voto útil, quizás más cercano a Bolsonaro que a Lula, pero habrá que ver. Simone Tebet, en tercer lugar y representando una suerte de “avenida del medio”, es toda una incógnita. En todo caso, su paso por las urnas atestigua que no hay espacio para quedar en el medio, al menos por el momento. Los otros ocho candidatos apenas superan el 1% del electorado.
Un punto aparte para las encuestadoras. El pronóstico de que Lula podría ganar en primera vuelta era casi más un deseo que una certeza, pero salvo una de ellas, Atlas, que le dio 41% de intención a Bolsonaro, estuvo cerca. El margen para las otras fue desde el 36% al 31% para el actual mandatario. Estuvieron más cerca, si, en relación a los votos para Lula
Eso y que los primeros cómputos eran de las regiones donde el bolsonarismo -o mejor dicho en “antilulismo”- es mayor, hicieron pensar que sería un triunfo incluso en primera ronda para el exmilitar. Finalmente, como alguien pudo deslizar en broma, haciendo analogías locales, llegaron los votos de “A Matança” -Nordeste brasileño y el ex metalúrgico pasó al frente.
El 30 de octubre, tres días después de cumplir los 77 años, Lula enfrentará a Bolsonaro. Ahora si, será la gran final que en 2018 un juez -devenido luedo en ministro del presidente Bolsonaro- y un fiscal rabiosamente conservadores impidieron. La gran final en que se juega buena parte del futuro de Brasil y de la región. Una gran final con sabor a revancha pero nada fácil para Da Silva.
Decir que las elecciones de hoy en Brasil son de un tremendo impacto regional sería una obviedad. No es lo mismo un proceso de integración con un Lula en el Planalto que otros cuatro años del individualismo violento que despliega Jair Bolsonaro. Vamos, no es lo mismo un proceso con la gente adentro que con la gente matándose por un ingreso miserable.
Hay aspectos simbólicos que también se juegan en las urnas brasileñas este 2 de octubre. Es, básicamente, la disputa entre un obrero metalúrgico que lideró un sindicato combativo en históricas huelgas y un excapitán del Ejercito expulsado por haber intentado poner una bomba en un reclamo salarial en esa fuerza hay un abismo, no exento de similitudes.
Lula, nacido en la mayor pobreza nordestina –matrimonio con siete hijos, padre que dejó el hogar, madre encargada de sacar a flote al piberío hambriento– luce con orgullo el único título profesional que consiguió en su vida, el de tornero mecánico. Así se definió ante el juez Sergio Moro cuando lo indagó en una de las causas que le armaron para sacarlo de circulación en 2018.
Luiz Inacio Lula da Sliva había perdido el meñique de la mano izquierda en una fábrica automotriz a los 17 años. Dice que entendió la necesidad de crear un partido político para tener representación gremial en el Congreso y aún en dictadura impulsó la creación del Partido de los Trabajadores (PT). Fue varias veces condenado: en 1980 por una huelga que duró 42 días en el cinturón industrial de San Pablo de la que participaron 300.000 trabajadores. En 2017, en causas amañadas por Moro, que luego sería ministro de Justicia de Bolsonaro. Pasó 580 días en prisión hasta que terminó liberado en noviembre de 2019.
Bolsonaro, descendiente de una familia de emigrantes de Italia y de alemanes, de padre dentista sin título, tuvo cinco hermanos. En el último debate, insistió con el latiguillo de que Lula es un expresidiario. Pero él también estuvo entre rejas: fue arrestado en 1986, cuando era capitán en el 8º Grupo de Artillería de Campaña Paracaidista por haber publicado una carta en la revista Veja reclamando por los bajos salarios. Fueron solo 15 días y ante el escándalo interno que se armó terminó liberado. Un año más tarde fue arrestado nuevamente por un intento de sabotaje a un oleoducto como una escalada de ese mismo reclamo. En 1988 pasó a la reserva y comenzó su carrera política. Se puso el hombro la defensa legislativa de los crímenes de la dictadura.
Lula representa ese mundo con olor a limaduras de hierro y grasa grafitada. Bolsonaro hubiera deseado poder olfatear el «aroma del napalm», como aquel teniente coronel Killroy interpretado por Robert Duvall en Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola.
Lula representa el mundo de las luchas colectivas junto con los de overol, un mundo basado en el trabajo registrado y los beneficios sociales. Bolsonaro, el de la corporación de uniforme y armada en defensa de los intereses particulares. Los dos defendieron el salario desde sus orígenes, pero no es lo mismo el que arriesga sus manos en una maquinaria para ganarse el sustento que el que jala el gatillo, como diría Killroy. O el que celebra a los que jalan el gatillo, como el excapitán que homenajea a militares torturadores.
Fabio Luis Barbosa dos Santos es historiador y docente en la Universidad Federal de San Pablo. En esta charla con Tiempo aplica a la realidad urgente de su país algunos de los conceptos del libro que escribió con su colega Daniel Feldmann, Brasil Autofágico.
-Jair Bolsonaro aparece como el exponente de la derecha más recalcitrante y como una amenaza de guerra civil en Brasil. -Hay que separar la dimensión coyuntural y la de largo plazo o estructural. No creo que vaya a haber una guerra civil en Brasil, las manifestaciones de este 7 de septiembre han sido masivas por segundo año consecutivo, pero no hay posibilidad de un golpe de Estado, creo que básicamente porque no le interesa a EE UU, que se posicionó de manera clara en favor de que se respete el resultado de las elecciones. Y no tengo conocimiento de un golpe de Estado en América latina que sea exitoso en contra de EEUU. Cuando eso sucede, lo llamamos revolución (ríe). A mi manera de ver el involucramiento de Bolsonaro con esta agitación tiene mas que ver con la posibilidad de negociar su impunidad personal y la de sus hijos después de las elecciones.
-¿Eso implica que teme una derrota?
-Lo más probable es la derrota, y creo que debe saberlo. Él no va a jugar una carta golpista, un golpe no tiene posibilidad concreta de éxito, sin embargo sí puede movilizar una retórica, una energía en esta dirección, como para decir “mira, yo tengo esa gente atrás”. Un poco para evitar lo que sucedió en Honduras a Juan Orlando Hernández, que deja el gobierno y va a la cárcel en EE UU.
-Pero el martes circulaba información de que grandes sectores dentro de las fuerzas armadas estarían dispuestos a dar un golpe.
-Esa sería una segunda dimensión, más allá de las elecciones. Hay sectores importantes de la sociedad que podríamos denominar el “partido armado”, que incluye al ejército, las policías y también la seguridad privada, que es bastante grande. La policía se está conformando como un actor político importante, y se perciben a si mismos con la misión de salvar al país. Como el último bastión de salvaguarda del desorden, del caos o del comunismo.
-Un cierto mesianismo.
-Podríamos ponerlo así. Y en otra vereda está el cristianismo conservador: los pentecostales, los evangélicos, la Iglesia Universal, el catolicismo conservador, que también movilizan multitudes y se miran a sí mismos como salvadores. Estos dos actores no enfocan la política como un asunto institucional sino más bien como una guerra. Para ellos la elección de Lula puede ser una batalla que se pierde, pero no es la guerra.
-A largo plazo entonces sí vislumbrás un escenario semejante en el único país de América latina que no tuvo una guerra por la independencia ni guerra civil.
-El bolsonarismo es una forma política que corresponde a una dinámica social violenta, de ricos contra pobres, o violencia policial en un Estado que mata a los pobres y a los negros. Pero también es una «sociabilidad concurrencial», de competencia, de unos contra otros. Los que están trabajando contra los que no están trabajando. Históricamente para el capitalismo ha sido necesario tener mediaciones. Lo que hace el neoliberalismo es vaciar estas mediaciones. Entre la dinámica violenta del capital, la reproducción del capital y la reproducción de la vida, hay cada vez menos cosas en el medio. La misma dinámica de la sociedad es una dinámica violenta, conflictiva. En este contexto, Bolsonaro mira esta dinámica y la naturaliza. «Así es la vida, así son las cosas”. En esa dinámica de lucha y competencia uno tiene que estar al lado de los más fuertes, tiene que armarse para sobrevivir. ¿Qué hace Lula? Mira esa misma dinámica y dice “vamos a suavizar, a hacer unas políticas para que eso no se ponga tan bruto”. Es lo que llamamos contención, mientras que el eje de Bolsonaro es la aceleración de este proceso.
-Es habitual caratular al bolsonarismo como neofascismo. Pero el “que se mueran los que se tengan que morir” suena individualista.
-Como historiador tengo prurito de trasladar conceptos de otra época para entender la nuestra. Bolsonaro moviliza, sin embargo no hay intentos de organizar. El suyo ha sido el “partido armado”: ejército y policías y los evangélicos, pero no han sido organizados por Bolsonaro y para Bolsonaro. Esa es una debilidad de él, pero una fortaleza de esas fuerzas sociales, que estarán con o sin Bolsonaro. Otro punto es el del trabajo: el fascismo tenía una propuesta de una sociedad orgánica que se articulaba en torno al trabajo. Eso no está en el horizonte y Bolsonaro no lo promete, más bien al revés. Es una politización del emprendedorismo de sí mismo.
-Una uberización de la sociedad.
-Exacto. Una forma altamente individualista del mundo del trabajo. Comprender el discurso de Bolsonaro en la pandemia es clave. Estaba dirigido a la gente que no puede quedarse sin trabajar, que si se queda en casa no tiene qué comer. Siempre hay una racionalidad detrás de la locura bolsonarista. Otras personas en Brasil discuten el fascismo desde la perspectiva de psicología social, lo que sería una personalidad autoritaria. Pero el Estado bolsonarista no ha sido particularmente represivo. No más que otros gobiernos que tuvimos. Una parte importante de su retórica violenta se queda en la retórica. Sin embargo eso no es indiferente, porque banaliza una violencia que cometen otros, no en nombre del Estado. Como ese hombre en Foz de Iguazú o ese otro en Matto Grosso que asesinaron a simpatizantes del PT. O el ataque a la vicepresidenta argentina. Hay personas que se sienten autorizadas a actuar por su cuenta de manera violenta. El bolsonarismo dilata los límites de lo que es aceptable en política y el espectro se va desplazando más a la derecha.
-El PT condujo al país por 15 años. ¿Se replantean como errores a lo que llegó Brasil?
-El PT ha cumplido con lo que se propuso hacer como partido y como política. Se propone lo mismo otra vez. Y está apoyado por las elites económicas.
-¿Cómo es eso?
-Los mismos jueces que arrestaron a Lula son los que lo sacaron de la cárcel. Y no hubo novedades en el plano jurídico ni presión popular. La pregunta sería por qué cambiaron de actitud. Lo más probable es que responden a una demanda de las elites para colocar en el tablero electoral la alternativa de la contención política. La Rede O Globo, el monopolio de las comunicaciones de Brasil que fue el aparato de comunicación de la dictadura, después de las manifestaciones del martes invitó a Lula para una larga entrevista en el noticiero más importante. Para entender esto uno tiene que pensar que el capital financiero y sectores fundamentales de las clases dominantes brasileñas demandan contención en este contexto. Apoyaron la aceleración bolsonarista, porque abrió fronteras para el agronegocio, cambió la legislación del trabajo, pero también tiene una dinámica propia que se salió de control. El drama es que hacer una contención en 2023 es muy distinto que en 2003, por las condiciones internacionales, porque la crisis social se agravó en todas las dimensiones. Un ejemplo es el rol de la policía y su relación con el crimen organizado, «las milicias», grupos armados con una relación promiscua con el poder público. En 2003 la palabra «milicia» no existía en el vocabulario brasileño. Ahora se describe al de Bolsonaro como un gobierno miliciano. Ese es un síntoma de una corrosión del tejido social. ¿La medicina lulista del 2003 va a funcionar en el 2023? «
Lazos con Putin, Trump, Steve Bannon y los Brics
-Bolsonaro se jacta de su amistad con Vladimir Putin, no rechaza la pertenencia de Brasil a los Brics. ¿Cómo se explica, teniendo en cuenta la sumisión de Bolsonaro a EE UU?
-Con Putin en particular hay una afinidad ideológica mas profunda. Un componente importante del bolsonarismo ha sido difundido por un filósofo que murió hace poco que se llamó Olavo de Carvalho, muy cercano a Steve Bannon y también al ruso Alexandr Duguin (NdR: cuya hija acaba de ser asesinada en un atentado) que comparten el mismo trasfondo filosófico que se conoce como “tradicionalismo”. El trumpismo, el putinismo y el bolsonarismo, en la profundidad de sus raíces ideológicas tienen mucho en común. Otro punto es que en los Brics está el indio Narendra Modi, igual de violento que Bolsonaro. Mi hipótesis es que es una manera de mostrarse como autónomo, como soberano, a la manera en que (Nayib) Bukele puede hacerlo en El Salvador o (Alejandro) Giammatei en Guatemala. Son tipos que no tienen nada que ver con la izquierda pero actúan así para la interna. Donde se ve bien es en la defensa de la Amazonía: ahí Bolsonaro acusa a las ONGs y los intereses extranjeros, a (Emmanuel) Macron. Pero en ningún momento eso ha comprometido la postura muy sumisa que el gobierno brasileño tiene con EE UU.
Celso Amorim, a los 79 años, atesora una dilatada carrera como diplomático, que coronó como canciller brasileño durante el Gobierno de Itamar Franco, entre 1993 y 1994. Luego acompañó a Lula da Silva durante toda su gestión, para finalizar con Dilma Rousseff, como ministro de Defensa. Ferviente defensor de la integración regional y el multilateralismo desde un origen desarrollista, ahora entiende la necesidad de incorporar valores que en los años 60 no parecían tan importantes, como las cuestiones de género, raciales y ambientales. Como hombre de Itamaraty, lamenta la política de destrucción que llevó a cabo Jair Bolsonaro y analiza el modo en que se puede reconstruir Brasil. –Latinoamérica aparece en medio de tensiones por la llegada de figuras como Gabriel Boric, en Chile; Xiomara Castro en Honduras; y Pedro Castillo en Perú, pero con una derecha poco dispuesta a dejar gobernar. ¿Cómo ve el panorama regional? –Hay un embate de la extrema derecha, muy importante en Brasil, Chile, de alguna manera en Bolivia y al mismo tiempo hay una crisis del neoliberalismo. Tienen que ver una cosa con la otra, pero no son la misma cosa. En el caso de Brasil las dos están muy juntas. En Chile quizás la cuestión contra el neoliberalismo era más importante, aunque luego se vio que la extrema derecha también lo era. En Brasil la principal batalla es contra la extrema derecha representada por Bolsonaro. Para ese conjunto de cosas hubo avances con Argentina, Bolivia, Chile, Perú, donde el presidente está muy débil, pero la manera como la gente votó era de protesta. No vamos a brindar con champaña antes de las fiestas, pero en Brasil camina bien el apoyo amplio a la candidatura a Lula. Incluso en Colombia, donde hace tiempo no había una candidatura con la fuerza de Petro, además de México y el caso de Honduras. Es una tendencia muy fuerte en la región que es algo para tener muy en cuenta y que va a determinar el tipo de relación que se tiene con Estados Unidos, con China, con la Unión Europea. –Pero hay una tendencia a la dispersión entre las fuerzas que apoyan esos cambios, como se vio en Perú, en Honduras. –No tengo un conocimiento tan profundo, aunque sí estuve muy involucrado en el caso de Manuel Zelaya (a quien Brasil dio protección en su embajada tras el golpe de junio de 2009). En Perú veo la fragilidad de los Gobiernos sin una base de partidos sólida y eso hace que una persona que tenga ideas más progresistas sufra las presiones. Eso, desde el punto de vista de los progresismos de América del Sur, refleja la necesidad de tener partidos fuertes, organizados y en cuanto fuera posible, unidos. Esa es la cuestión central para nosotros. En el caso de Brasil la extrema derecha llegó al poder, pero hay incluso sectores que uno podría decir que son neoliberales a los que tampoco les gusta la extrema derecha. Que además no funciona, ya que ni siquiera hay crecimiento, no hay inversiones extranjeras. Por lo tanto, se abren posibilidades de una alianza. Yo no diría que la alianza llega hasta los neoliberales, pero llega hasta una centroderecha que tiene una mezcla de desarrollismo y neoliberalismo. Que eso es un poco lo que significa Geraldo Alckmin (exgobernador de San Pablo, posible candidato a vice de Lula). Él no es un neoliberal en sentido estricto y por otra parte es un político del establishment, entonces hasta ahí va la alianza. –¿No existe riesgo de que Alckim termine siendo como Michel Temer, que resultó el golpista contra Dilma Rousseff e impuso medidas neoliberales? –Creo que son situaciones distintas. También se aprende algo con la experiencia. La alianza con Temer no tenía nada que ver con algo ideológico, era más bien una alianza con lo que hay en el Congreso de Brasil, de intereses dispersos con los cuales se negocia. Temer había sido presidente de la Cámara de Diputados, era líder del PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), que es el partido más grande de los que hay. El PMDB de hoy no tiene nada que ver con el partido histórico, más bien tiene que ver con estar en esas negociaciones al menudeo, de regateo. Los factores que desgastaron a Dilma fueron una serie de cuestiones complicadas, algunas internas, otras externas, también hubo maniobras. No se puede olvidar que hubo espionaje (denunciado por el exanalista de la CIA, Edward Snowden), que las manifestaciones de 2013 de alguna manera fueron manipuladas. Yo creo que las personas que se están aproximando a Lula lo hacen con la convicción de que es necesaria una amplia alianza democrática más que para tener una posición u otra en el Gobierno, que era el caso de Temer.
MAURO PIMENTEL/AFP/DACHARY
–El Gobierno de Bolsonaro produjo daños a todo nivel. ¿Cómo cree que se podrá recuperar Brasil? –Los daños son enormes y el tiempo que se pierde es tiempo perdido, no hay solución «proustiana» en la política. Además de la desocupación, las cuestiones culturales, sociales, derechos humanos, el daño es muy profundo. Sin embargo, hoy, por increíble que sea, las discusiones de raza o de género son más profundas que en 2012, ahí empezaremos quizás en un punto más avanzado. Pero habrá mucho que reconstruir. Bolsonaro dijo que venía para deconstruir y lo hizo. Lo hizo en instituciones científicas, en la universidad, en institutos de patrimonio histórico, en medioambiente, género. En la política exterior también creo que hay un déficit de credibilidad que tendrá que ser recuperado. Depende un poco de la magnitud de la victoria que Lula pueda tener y en ese sentido las alianzas son importantes, pero con esas reservas. Yo creo que la figura de Lula es muy fuerte internacionalmente, conlleva una gran fuerza por lo que hizo y lo que puede hacer. Eso quedó muy claro en el viaje a Europa. Lula ha sido recibido como presidente. Emmanuel Macron rompió todos los protocolos. Claro que era una señal para Bolsonaro, pero también era decir «nuestro problema es con el Gobierno actual, no con Brasil». La manera como ha sido recibido en otras instituciones, por los otros partidos, en España, en la UE, en África y con los BRICS. Creo que eso se puede recuperar muy rápidamente, pero tendremos que hacer cosas muy concretas para consolidar, para demostrar que eso que se hace va a quedar. Bolsonaro ha sido contrario a lo que ha sido la política exterior desde el imperio, desde la monarquía. Como tomar posiciones contra un Gobierno demócrata estadounidense, alejarse de toda Suramérica, de Europa al mismo tiempo, ninguna atención a África. Todas esas son cosas que van contra toda la política desde el Gobierno militar. De Ernesto Geisel (1974-1979) para acá la política exterior mantenía una línea. Por eso Lula es tan importante desde el punto de vista externo, es una figura que ayudará a retomar rápidamente la agenda. Si fuera otro progresista la gente podría pensar qué va a hacer, pero con Lula no hay duda, lo hizo, no es algo por ver. –En su origen usted se consideraba desarrollista. –Bueno, sí, en cierto sentido sí. Celso Furtado ha sido una inspiración para muchos de nosotros y era el desarrollismo. La cuestión es que el desarrollismo quedó como una palabra antigua porque parece que no da importancia a otros aspectos como los derechos humanos o sobre todo al medioambiente, y hoy creo que eso ya no es así. El desarrollismo tiene que ser humano y sostenible, pero al lado de la industrialización, al lado del interés inicial en la integración sudamericana. –A los Gobiernos progresistas se los criticó también por impulsar el crecimiento a expensas del medioambiente. ¿Qué cambió en su manera de pensar desde sus orígenes hasta ahora? –Hay una evolución cultural en la humanidad. Yo veo tres grandes problemas que son el cambio climático, las pandemias, porque vendrán otras, y la desigualdad, y tenemos que poner estas cosas hacia adentro de Brasil y actuar de manera coherente. Pero no creo que haya habido cambios fundamentales, pienso que es una cuestión de énfasis, en el abordaje de cuestiones raciales y de género. Hacer de ese un tema central sería algo diferente de hace 30 años. Y también la cuestión ambiental: en el desarrollismo clásico esa no era una preocupación tan grande y hoy está muy claro que es algo fundamental. Hoy es imposible pensar el desarrollismo sin pensar en el medioambiente y eso es bueno. Otra cosa que veo mucho más claro es la cuestión de las alianzas. Es mejor hacer esas alianzas de manera programática, si es necesario hacer alguna concesión se puede hacer, aunque creo que la izquierda tiende a ser la fuerza dominante. Es mejor hacer alianzas así que hacerlas en el regateo minorista, porque ese camino lleva al desastre. Creo también que es necesaria una reforma política en el sistema electoral brasileño, aunque reconozco que es difícil y ahora lo principal es combatir al bolsonarismo, la extrema derecha, que además es de tan bajo nivel intelectual, cultural, ético. Yo podría esperar un Gobierno neoliberal, más conservador, pero lo que pasó con Bolsonaro no lo esperaba. –¿En qué situación se encuentra el grupo BRICS, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, especialmente en la relación con Estados Unidos? –Fuimos unos de los creadores de los BRICS. Llamémosle club porque tampoco es una alianza militar. Nosotros queremos tener una relación pragmática. Con Barack Obama, con George W. Bush tuvimos una relación pragmática en cuestiones muy distintas como el Grupo de Amigos de Venezuela para el referendo revocatorio (año 2004), sin grandes problemas. Lo mismo con Condoleeza Rice (secretaria de Estado de Bush) en relación con Oriente Medio. Hemos tenido reuniones del Consejo de Paz donde había solo países donantes o miembros del Consejo de Seguridad y de la región, pero invitó a Brasil. Con relación a la Organización Mundial de Comercio (OMC) pese a diferencias hemos tenido relaciones. Estados Unidos tiene cosas muy importantes en muchos sentidos, por lo que hace internamente. La política económica de Biden es de expansión, de presencia del Estado, es casi «rooseveltiana» y eso no solamente dicho por mí sino por los enemigos de Biden. Eso es muy bueno y deberíamos tomar como ejemplo en muchos casos en nuestra alianza, que no solamente va a ser de izquierda. Eso es positivo, en acciones afirmativas, de raza, de género, tenemos que aprender con ellos. Estados Unidos tiene hoy un secretario de Defensa que es negro, hay muchas mujeres en su Gabinete, pero queremos nuestra independencia, nuestra autonomía. Para mí la autonomía pasa por dos caminos. Uno por la multipolaridad: nos interesa lo que podamos hacer para un mundo multipolar. Dos, por la integración sudamericana y hasta la latinoamericana. México ha tenido posiciones muy extraordinarias, realmente positivas, pero tiene una situación geopolítica, geoeconomía y geoestratégica que no es la misma de América del Sur, sobre todo de Brasil y Argentina. Eso es importante, porque no queremos salir de una hegemonía para caer en otra. Nos interesa trabajar en un mundo multipolar y Brasil tiene condiciones para eso. Tenemos una natural relación con África, con los países árabes, por otras razones una natural relación con India. Antes del BRICS ya tenías IBAS, India, Brasil, África del Sur, que fue un factor para creación del Brics.
La guerra que se libra en Ucrania obviamente forma parte de las preocupaciones de Amorim en su carácter de observador y analista de la política internacional. Al respecto, sostiene una mirada que pone en contexto los sucesos actuales, haciendo referencia a la política estadounidense de avanzada hacia el este europeo. «Un ataque armado de un país a otro viola la Carta de la ONU. No existe la legítima defensa preventiva. Escribí en contra de esa doctrina en 2002, antes de ser canciller. La condené en relación con Estados Unidos en 2003, y la condeno ahora. Hay que dialogar, teniendo en cuenta el principio sacrosanto de la integridad territorial y también la seguridad de los Estados. Veo legítima la preocupación de Rusia por su seguridad, pero no en su uso de la fuerza. Si fuéramos una región más unida, no digo que nosotros tendríamos que hacer una mediación entre Rusia y Estados Unidos, pero podríamos contribuir en Naciones Unidas y en otros foros para que eso pueda ocurrir. Quién soy yo para juzgar la política norteamericana –se pregunta–, pero a mí me parece, siguiendo a personas como George Kennan y Henry Kissinger, que ellos han sido muy críticos en grados distintos de la expansión de la OTAN al este, que fue un gran error desde el punto de vista estadounidense avanzar en ese sentido. Kennan dice en 1997 que si la OTAN va al este va a ser el más grande error de la política exterior norteamericana. Él fue el creador de la Teoría de la Contención (contra la Unión Soviética), no es Bernie Sanders, no es inspirado por Noam Chomsky. El mundo de hoy no es el mismo de la Guerra Fría. China es el más grande tenedor de títulos de la deuda externa norteamericana, produce chips y componentes para todos los equipos norteamericanos, es un contrasentido tan grande tener una guerra… Alguna rivalidad va a haber, es obvio, cuando hay una gran potencia que sobrepasa a otra hay siempre una gran tensión. Un pensador, Graham Alison, habla de la Trampa de Tucídides en alusión a la guerra del Peloponeso. Pero lo que me espanta en este caso, y hablo como analista, sin juicio de valor, cómo Estados Unidos hace lo contrario de lo que hizo Kissinger, que intentó separar a China de la URSS para tener más equilibrio en el mundo. La política exterior de Estados Unidos hoy hace que China y Rusia queden más unidas. El documento de Vladimir Putin y Xi Jinping es de gran trascendencia, no es una simple declaración, es algo muy fuerte. Habla de «una amistad sin límites». Hay ponencias muy fuertes en relación con Estados Unidos en el Indo-Pacífico y en la OTAN. Todo eso es una cosa que me deja muy sorprendido».
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