Fabio Luis Barbosa dos Santos es historiador y docente en la Universidad Federal de San Pablo. En esta charla con Tiempo aplica a la realidad urgente de su país algunos de los conceptos del libro que escribió con su colega Daniel Feldmann, Brasil Autofágico.
-Jair Bolsonaro aparece como el exponente de la derecha más recalcitrante y como una amenaza de guerra civil en Brasil. -Hay que separar la dimensión coyuntural y la de largo plazo o estructural. No creo que vaya a haber una guerra civil en Brasil, las manifestaciones de este 7 de septiembre han sido masivas por segundo año consecutivo, pero no hay posibilidad de un golpe de Estado, creo que básicamente porque no le interesa a EE UU, que se posicionó de manera clara en favor de que se respete el resultado de las elecciones. Y no tengo conocimiento de un golpe de Estado en América latina que sea exitoso en contra de EEUU. Cuando eso sucede, lo llamamos revolución (ríe). A mi manera de ver el involucramiento de Bolsonaro con esta agitación tiene mas que ver con la posibilidad de negociar su impunidad personal y la de sus hijos después de las elecciones.
-¿Eso implica que teme una derrota?
-Lo más probable es la derrota, y creo que debe saberlo. Él no va a jugar una carta golpista, un golpe no tiene posibilidad concreta de éxito, sin embargo sí puede movilizar una retórica, una energía en esta dirección, como para decir “mira, yo tengo esa gente atrás”. Un poco para evitar lo que sucedió en Honduras a Juan Orlando Hernández, que deja el gobierno y va a la cárcel en EE UU.
-Pero el martes circulaba información de que grandes sectores dentro de las fuerzas armadas estarían dispuestos a dar un golpe.
-Esa sería una segunda dimensión, más allá de las elecciones. Hay sectores importantes de la sociedad que podríamos denominar el “partido armado”, que incluye al ejército, las policías y también la seguridad privada, que es bastante grande. La policía se está conformando como un actor político importante, y se perciben a si mismos con la misión de salvar al país. Como el último bastión de salvaguarda del desorden, del caos o del comunismo.
-Un cierto mesianismo.
-Podríamos ponerlo así. Y en otra vereda está el cristianismo conservador: los pentecostales, los evangélicos, la Iglesia Universal, el catolicismo conservador, que también movilizan multitudes y se miran a sí mismos como salvadores. Estos dos actores no enfocan la política como un asunto institucional sino más bien como una guerra. Para ellos la elección de Lula puede ser una batalla que se pierde, pero no es la guerra.
-A largo plazo entonces sí vislumbrás un escenario semejante en el único país de América latina que no tuvo una guerra por la independencia ni guerra civil.
-El bolsonarismo es una forma política que corresponde a una dinámica social violenta, de ricos contra pobres, o violencia policial en un Estado que mata a los pobres y a los negros. Pero también es una «sociabilidad concurrencial», de competencia, de unos contra otros. Los que están trabajando contra los que no están trabajando. Históricamente para el capitalismo ha sido necesario tener mediaciones. Lo que hace el neoliberalismo es vaciar estas mediaciones. Entre la dinámica violenta del capital, la reproducción del capital y la reproducción de la vida, hay cada vez menos cosas en el medio. La misma dinámica de la sociedad es una dinámica violenta, conflictiva. En este contexto, Bolsonaro mira esta dinámica y la naturaliza. «Así es la vida, así son las cosas”. En esa dinámica de lucha y competencia uno tiene que estar al lado de los más fuertes, tiene que armarse para sobrevivir. ¿Qué hace Lula? Mira esa misma dinámica y dice “vamos a suavizar, a hacer unas políticas para que eso no se ponga tan bruto”. Es lo que llamamos contención, mientras que el eje de Bolsonaro es la aceleración de este proceso.
-Es habitual caratular al bolsonarismo como neofascismo. Pero el “que se mueran los que se tengan que morir” suena individualista.
-Como historiador tengo prurito de trasladar conceptos de otra época para entender la nuestra. Bolsonaro moviliza, sin embargo no hay intentos de organizar. El suyo ha sido el “partido armado”: ejército y policías y los evangélicos, pero no han sido organizados por Bolsonaro y para Bolsonaro. Esa es una debilidad de él, pero una fortaleza de esas fuerzas sociales, que estarán con o sin Bolsonaro. Otro punto es el del trabajo: el fascismo tenía una propuesta de una sociedad orgánica que se articulaba en torno al trabajo. Eso no está en el horizonte y Bolsonaro no lo promete, más bien al revés. Es una politización del emprendedorismo de sí mismo.
-Una uberización de la sociedad.
-Exacto. Una forma altamente individualista del mundo del trabajo. Comprender el discurso de Bolsonaro en la pandemia es clave. Estaba dirigido a la gente que no puede quedarse sin trabajar, que si se queda en casa no tiene qué comer. Siempre hay una racionalidad detrás de la locura bolsonarista. Otras personas en Brasil discuten el fascismo desde la perspectiva de psicología social, lo que sería una personalidad autoritaria. Pero el Estado bolsonarista no ha sido particularmente represivo. No más que otros gobiernos que tuvimos. Una parte importante de su retórica violenta se queda en la retórica. Sin embargo eso no es indiferente, porque banaliza una violencia que cometen otros, no en nombre del Estado. Como ese hombre en Foz de Iguazú o ese otro en Matto Grosso que asesinaron a simpatizantes del PT. O el ataque a la vicepresidenta argentina. Hay personas que se sienten autorizadas a actuar por su cuenta de manera violenta. El bolsonarismo dilata los límites de lo que es aceptable en política y el espectro se va desplazando más a la derecha.
-El PT condujo al país por 15 años. ¿Se replantean como errores a lo que llegó Brasil?
-El PT ha cumplido con lo que se propuso hacer como partido y como política. Se propone lo mismo otra vez. Y está apoyado por las elites económicas.
-¿Cómo es eso?
-Los mismos jueces que arrestaron a Lula son los que lo sacaron de la cárcel. Y no hubo novedades en el plano jurídico ni presión popular. La pregunta sería por qué cambiaron de actitud. Lo más probable es que responden a una demanda de las elites para colocar en el tablero electoral la alternativa de la contención política. La Rede O Globo, el monopolio de las comunicaciones de Brasil que fue el aparato de comunicación de la dictadura, después de las manifestaciones del martes invitó a Lula para una larga entrevista en el noticiero más importante. Para entender esto uno tiene que pensar que el capital financiero y sectores fundamentales de las clases dominantes brasileñas demandan contención en este contexto. Apoyaron la aceleración bolsonarista, porque abrió fronteras para el agronegocio, cambió la legislación del trabajo, pero también tiene una dinámica propia que se salió de control. El drama es que hacer una contención en 2023 es muy distinto que en 2003, por las condiciones internacionales, porque la crisis social se agravó en todas las dimensiones. Un ejemplo es el rol de la policía y su relación con el crimen organizado, «las milicias», grupos armados con una relación promiscua con el poder público. En 2003 la palabra «milicia» no existía en el vocabulario brasileño. Ahora se describe al de Bolsonaro como un gobierno miliciano. Ese es un síntoma de una corrosión del tejido social. ¿La medicina lulista del 2003 va a funcionar en el 2023? «
Lazos con Putin, Trump, Steve Bannon y los Brics
-Bolsonaro se jacta de su amistad con Vladimir Putin, no rechaza la pertenencia de Brasil a los Brics. ¿Cómo se explica, teniendo en cuenta la sumisión de Bolsonaro a EE UU?
-Con Putin en particular hay una afinidad ideológica mas profunda. Un componente importante del bolsonarismo ha sido difundido por un filósofo que murió hace poco que se llamó Olavo de Carvalho, muy cercano a Steve Bannon y también al ruso Alexandr Duguin (NdR: cuya hija acaba de ser asesinada en un atentado) que comparten el mismo trasfondo filosófico que se conoce como “tradicionalismo”. El trumpismo, el putinismo y el bolsonarismo, en la profundidad de sus raíces ideológicas tienen mucho en común. Otro punto es que en los Brics está el indio Narendra Modi, igual de violento que Bolsonaro. Mi hipótesis es que es una manera de mostrarse como autónomo, como soberano, a la manera en que (Nayib) Bukele puede hacerlo en El Salvador o (Alejandro) Giammatei en Guatemala. Son tipos que no tienen nada que ver con la izquierda pero actúan así para la interna. Donde se ve bien es en la defensa de la Amazonía: ahí Bolsonaro acusa a las ONGs y los intereses extranjeros, a (Emmanuel) Macron. Pero en ningún momento eso ha comprometido la postura muy sumisa que el gobierno brasileño tiene con EE UU.
Celso Amorim, a los 79 años, atesora una dilatada carrera como diplomático, que coronó como canciller brasileño durante el Gobierno de Itamar Franco, entre 1993 y 1994. Luego acompañó a Lula da Silva durante toda su gestión, para finalizar con Dilma Rousseff, como ministro de Defensa. Ferviente defensor de la integración regional y el multilateralismo desde un origen desarrollista, ahora entiende la necesidad de incorporar valores que en los años 60 no parecían tan importantes, como las cuestiones de género, raciales y ambientales. Como hombre de Itamaraty, lamenta la política de destrucción que llevó a cabo Jair Bolsonaro y analiza el modo en que se puede reconstruir Brasil. –Latinoamérica aparece en medio de tensiones por la llegada de figuras como Gabriel Boric, en Chile; Xiomara Castro en Honduras; y Pedro Castillo en Perú, pero con una derecha poco dispuesta a dejar gobernar. ¿Cómo ve el panorama regional? –Hay un embate de la extrema derecha, muy importante en Brasil, Chile, de alguna manera en Bolivia y al mismo tiempo hay una crisis del neoliberalismo. Tienen que ver una cosa con la otra, pero no son la misma cosa. En el caso de Brasil las dos están muy juntas. En Chile quizás la cuestión contra el neoliberalismo era más importante, aunque luego se vio que la extrema derecha también lo era. En Brasil la principal batalla es contra la extrema derecha representada por Bolsonaro. Para ese conjunto de cosas hubo avances con Argentina, Bolivia, Chile, Perú, donde el presidente está muy débil, pero la manera como la gente votó era de protesta. No vamos a brindar con champaña antes de las fiestas, pero en Brasil camina bien el apoyo amplio a la candidatura a Lula. Incluso en Colombia, donde hace tiempo no había una candidatura con la fuerza de Petro, además de México y el caso de Honduras. Es una tendencia muy fuerte en la región que es algo para tener muy en cuenta y que va a determinar el tipo de relación que se tiene con Estados Unidos, con China, con la Unión Europea. –Pero hay una tendencia a la dispersión entre las fuerzas que apoyan esos cambios, como se vio en Perú, en Honduras. –No tengo un conocimiento tan profundo, aunque sí estuve muy involucrado en el caso de Manuel Zelaya (a quien Brasil dio protección en su embajada tras el golpe de junio de 2009). En Perú veo la fragilidad de los Gobiernos sin una base de partidos sólida y eso hace que una persona que tenga ideas más progresistas sufra las presiones. Eso, desde el punto de vista de los progresismos de América del Sur, refleja la necesidad de tener partidos fuertes, organizados y en cuanto fuera posible, unidos. Esa es la cuestión central para nosotros. En el caso de Brasil la extrema derecha llegó al poder, pero hay incluso sectores que uno podría decir que son neoliberales a los que tampoco les gusta la extrema derecha. Que además no funciona, ya que ni siquiera hay crecimiento, no hay inversiones extranjeras. Por lo tanto, se abren posibilidades de una alianza. Yo no diría que la alianza llega hasta los neoliberales, pero llega hasta una centroderecha que tiene una mezcla de desarrollismo y neoliberalismo. Que eso es un poco lo que significa Geraldo Alckmin (exgobernador de San Pablo, posible candidato a vice de Lula). Él no es un neoliberal en sentido estricto y por otra parte es un político del establishment, entonces hasta ahí va la alianza. –¿No existe riesgo de que Alckim termine siendo como Michel Temer, que resultó el golpista contra Dilma Rousseff e impuso medidas neoliberales? –Creo que son situaciones distintas. También se aprende algo con la experiencia. La alianza con Temer no tenía nada que ver con algo ideológico, era más bien una alianza con lo que hay en el Congreso de Brasil, de intereses dispersos con los cuales se negocia. Temer había sido presidente de la Cámara de Diputados, era líder del PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), que es el partido más grande de los que hay. El PMDB de hoy no tiene nada que ver con el partido histórico, más bien tiene que ver con estar en esas negociaciones al menudeo, de regateo. Los factores que desgastaron a Dilma fueron una serie de cuestiones complicadas, algunas internas, otras externas, también hubo maniobras. No se puede olvidar que hubo espionaje (denunciado por el exanalista de la CIA, Edward Snowden), que las manifestaciones de 2013 de alguna manera fueron manipuladas. Yo creo que las personas que se están aproximando a Lula lo hacen con la convicción de que es necesaria una amplia alianza democrática más que para tener una posición u otra en el Gobierno, que era el caso de Temer.
MAURO PIMENTEL/AFP/DACHARY
–El Gobierno de Bolsonaro produjo daños a todo nivel. ¿Cómo cree que se podrá recuperar Brasil? –Los daños son enormes y el tiempo que se pierde es tiempo perdido, no hay solución «proustiana» en la política. Además de la desocupación, las cuestiones culturales, sociales, derechos humanos, el daño es muy profundo. Sin embargo, hoy, por increíble que sea, las discusiones de raza o de género son más profundas que en 2012, ahí empezaremos quizás en un punto más avanzado. Pero habrá mucho que reconstruir. Bolsonaro dijo que venía para deconstruir y lo hizo. Lo hizo en instituciones científicas, en la universidad, en institutos de patrimonio histórico, en medioambiente, género. En la política exterior también creo que hay un déficit de credibilidad que tendrá que ser recuperado. Depende un poco de la magnitud de la victoria que Lula pueda tener y en ese sentido las alianzas son importantes, pero con esas reservas. Yo creo que la figura de Lula es muy fuerte internacionalmente, conlleva una gran fuerza por lo que hizo y lo que puede hacer. Eso quedó muy claro en el viaje a Europa. Lula ha sido recibido como presidente. Emmanuel Macron rompió todos los protocolos. Claro que era una señal para Bolsonaro, pero también era decir «nuestro problema es con el Gobierno actual, no con Brasil». La manera como ha sido recibido en otras instituciones, por los otros partidos, en España, en la UE, en África y con los BRICS. Creo que eso se puede recuperar muy rápidamente, pero tendremos que hacer cosas muy concretas para consolidar, para demostrar que eso que se hace va a quedar. Bolsonaro ha sido contrario a lo que ha sido la política exterior desde el imperio, desde la monarquía. Como tomar posiciones contra un Gobierno demócrata estadounidense, alejarse de toda Suramérica, de Europa al mismo tiempo, ninguna atención a África. Todas esas son cosas que van contra toda la política desde el Gobierno militar. De Ernesto Geisel (1974-1979) para acá la política exterior mantenía una línea. Por eso Lula es tan importante desde el punto de vista externo, es una figura que ayudará a retomar rápidamente la agenda. Si fuera otro progresista la gente podría pensar qué va a hacer, pero con Lula no hay duda, lo hizo, no es algo por ver. –En su origen usted se consideraba desarrollista. –Bueno, sí, en cierto sentido sí. Celso Furtado ha sido una inspiración para muchos de nosotros y era el desarrollismo. La cuestión es que el desarrollismo quedó como una palabra antigua porque parece que no da importancia a otros aspectos como los derechos humanos o sobre todo al medioambiente, y hoy creo que eso ya no es así. El desarrollismo tiene que ser humano y sostenible, pero al lado de la industrialización, al lado del interés inicial en la integración sudamericana. –A los Gobiernos progresistas se los criticó también por impulsar el crecimiento a expensas del medioambiente. ¿Qué cambió en su manera de pensar desde sus orígenes hasta ahora? –Hay una evolución cultural en la humanidad. Yo veo tres grandes problemas que son el cambio climático, las pandemias, porque vendrán otras, y la desigualdad, y tenemos que poner estas cosas hacia adentro de Brasil y actuar de manera coherente. Pero no creo que haya habido cambios fundamentales, pienso que es una cuestión de énfasis, en el abordaje de cuestiones raciales y de género. Hacer de ese un tema central sería algo diferente de hace 30 años. Y también la cuestión ambiental: en el desarrollismo clásico esa no era una preocupación tan grande y hoy está muy claro que es algo fundamental. Hoy es imposible pensar el desarrollismo sin pensar en el medioambiente y eso es bueno. Otra cosa que veo mucho más claro es la cuestión de las alianzas. Es mejor hacer esas alianzas de manera programática, si es necesario hacer alguna concesión se puede hacer, aunque creo que la izquierda tiende a ser la fuerza dominante. Es mejor hacer alianzas así que hacerlas en el regateo minorista, porque ese camino lleva al desastre. Creo también que es necesaria una reforma política en el sistema electoral brasileño, aunque reconozco que es difícil y ahora lo principal es combatir al bolsonarismo, la extrema derecha, que además es de tan bajo nivel intelectual, cultural, ético. Yo podría esperar un Gobierno neoliberal, más conservador, pero lo que pasó con Bolsonaro no lo esperaba. –¿En qué situación se encuentra el grupo BRICS, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, especialmente en la relación con Estados Unidos? –Fuimos unos de los creadores de los BRICS. Llamémosle club porque tampoco es una alianza militar. Nosotros queremos tener una relación pragmática. Con Barack Obama, con George W. Bush tuvimos una relación pragmática en cuestiones muy distintas como el Grupo de Amigos de Venezuela para el referendo revocatorio (año 2004), sin grandes problemas. Lo mismo con Condoleeza Rice (secretaria de Estado de Bush) en relación con Oriente Medio. Hemos tenido reuniones del Consejo de Paz donde había solo países donantes o miembros del Consejo de Seguridad y de la región, pero invitó a Brasil. Con relación a la Organización Mundial de Comercio (OMC) pese a diferencias hemos tenido relaciones. Estados Unidos tiene cosas muy importantes en muchos sentidos, por lo que hace internamente. La política económica de Biden es de expansión, de presencia del Estado, es casi «rooseveltiana» y eso no solamente dicho por mí sino por los enemigos de Biden. Eso es muy bueno y deberíamos tomar como ejemplo en muchos casos en nuestra alianza, que no solamente va a ser de izquierda. Eso es positivo, en acciones afirmativas, de raza, de género, tenemos que aprender con ellos. Estados Unidos tiene hoy un secretario de Defensa que es negro, hay muchas mujeres en su Gabinete, pero queremos nuestra independencia, nuestra autonomía. Para mí la autonomía pasa por dos caminos. Uno por la multipolaridad: nos interesa lo que podamos hacer para un mundo multipolar. Dos, por la integración sudamericana y hasta la latinoamericana. México ha tenido posiciones muy extraordinarias, realmente positivas, pero tiene una situación geopolítica, geoeconomía y geoestratégica que no es la misma de América del Sur, sobre todo de Brasil y Argentina. Eso es importante, porque no queremos salir de una hegemonía para caer en otra. Nos interesa trabajar en un mundo multipolar y Brasil tiene condiciones para eso. Tenemos una natural relación con África, con los países árabes, por otras razones una natural relación con India. Antes del BRICS ya tenías IBAS, India, Brasil, África del Sur, que fue un factor para creación del Brics.
La guerra que se libra en Ucrania obviamente forma parte de las preocupaciones de Amorim en su carácter de observador y analista de la política internacional. Al respecto, sostiene una mirada que pone en contexto los sucesos actuales, haciendo referencia a la política estadounidense de avanzada hacia el este europeo. «Un ataque armado de un país a otro viola la Carta de la ONU. No existe la legítima defensa preventiva. Escribí en contra de esa doctrina en 2002, antes de ser canciller. La condené en relación con Estados Unidos en 2003, y la condeno ahora. Hay que dialogar, teniendo en cuenta el principio sacrosanto de la integridad territorial y también la seguridad de los Estados. Veo legítima la preocupación de Rusia por su seguridad, pero no en su uso de la fuerza. Si fuéramos una región más unida, no digo que nosotros tendríamos que hacer una mediación entre Rusia y Estados Unidos, pero podríamos contribuir en Naciones Unidas y en otros foros para que eso pueda ocurrir. Quién soy yo para juzgar la política norteamericana –se pregunta–, pero a mí me parece, siguiendo a personas como George Kennan y Henry Kissinger, que ellos han sido muy críticos en grados distintos de la expansión de la OTAN al este, que fue un gran error desde el punto de vista estadounidense avanzar en ese sentido. Kennan dice en 1997 que si la OTAN va al este va a ser el más grande error de la política exterior norteamericana. Él fue el creador de la Teoría de la Contención (contra la Unión Soviética), no es Bernie Sanders, no es inspirado por Noam Chomsky. El mundo de hoy no es el mismo de la Guerra Fría. China es el más grande tenedor de títulos de la deuda externa norteamericana, produce chips y componentes para todos los equipos norteamericanos, es un contrasentido tan grande tener una guerra… Alguna rivalidad va a haber, es obvio, cuando hay una gran potencia que sobrepasa a otra hay siempre una gran tensión. Un pensador, Graham Alison, habla de la Trampa de Tucídides en alusión a la guerra del Peloponeso. Pero lo que me espanta en este caso, y hablo como analista, sin juicio de valor, cómo Estados Unidos hace lo contrario de lo que hizo Kissinger, que intentó separar a China de la URSS para tener más equilibrio en el mundo. La política exterior de Estados Unidos hoy hace que China y Rusia queden más unidas. El documento de Vladimir Putin y Xi Jinping es de gran trascendencia, no es una simple declaración, es algo muy fuerte. Habla de «una amistad sin límites». Hay ponencias muy fuertes en relación con Estados Unidos en el Indo-Pacífico y en la OTAN. Todo eso es una cosa que me deja muy sorprendido».
Lo menos que puede decirse del momento que viven las instituciones brasileñas es que están a las puertas de un choque de trenes, con una escalada sin límite a la vista entre Jair Bolsonaro y el Poder Judicial. El presidente, en su intento por modificar el sistema de votación ante la certeza de que no podrá lograr la reelección, no duda en amenazar sin rodeos y hasta reclamar a la población que se arme “para evitar un fraude”. Bolsonaro sobrepasó todo límite en la convivencia dentro de un sistema democrático que a pesar de las diferencias, siempre trató de mantenerse dentro de cauces civilizados en un país acostumbrado a lo largo de su historia a la negociación más que a la confrontación directa.
Según todos los sondeos, la popularidad de Bolsonaro cae continuamente mientras aumenta la de Lula da Silva, pero eso no significa que el excapitán del Ejército vaya a tirar la toalla. Más bien lo contrario: el proyecto de reforma del sistema electoral forma parte de una estrategia destinada a deslegitimar el triunfo del candidato que marcha primero en las encuestas. Pero también podría abrir las puertas precisamente a la manipulación del resultado en un esquema de votación para el que el país no está acostumbrado, ya que el voto electrónico data de 1996.
El enfrentamiento con el Supremo Tribunal Federal, (STF) -la corte de justicia brasileña- se viene profundizando a partir de denuncias de corrupción contra los hijos presidenciales. Pero desde lo simbólico, desde que las causas contra Lula fueron cayendo por la endeblez jurídica con que fueron construidas y además, quedaron expuestos los ejecutores de la estrategia para desplazarlo de las elecciones de 2018, el juez Sergio Moro y el fiscal Deltan Dallagnol.
Las denuncias del bolsonarismo contra el sistema electoral generaron el repudio no solo de la dirigencia política tradicional -no vinculada a la extrema derecha- sino también de todos los estamentos judiciales encargados de controlar los comicios. El rechazo fue compartido en un fuerte documento firmado por el presidente del Superior Tribunal Electoral, Luiz Barroso, ocho miembros STF y todos los extitulares de la justicia electoral de los últimos 33 años de historia democrática del país sudamericano. El único que no se plegó fue Nunes Marques, nombrado por Bolsonaro en 2020. “Desde que se implementó el sistema de voto electrónico, jamás se documentó ningún episodio de fraude en las elecciones”, dice el documento emitido luego de las protestas organizadas por el oficialismo en 10 ciudades a favor de modificar el sistema electoral.
En este escenario, la corte le abrió una causa a Bolsonaro en la que le pide explicaciones sobre las irregularidades que denunció. El presidente admitió que no tiene pruebas aunque insiste en que el voto electrónico es susceptible de fraude.
Y para doblar la puesta, pidió a sus seguidores que sigan el ejemplo de los trumpistas. “Quiero decirles que toda dictadura fue precedida por una campaña de desarme. Para mí es diferente: el pueblo de bien debe estar armado a ejemplo del pueblo estadounidense. Para que exactamente prototipos de dictadores no quieran hacer valer su voluntad en nuestra patria amada llamada Brasil”, agregó en un discurso transmitido por sus redes sociales.
Bolsonaro, en este ida y vuelta, fue incluido en una investigación sobre la maquinaria de fake news como la que le sirvió para llegar a ser el candidato mas votado en el balotaje de 2018 y asentar un discurso medieval desde que llegó al Palacio del Planalto, el 1 de enero de 2019. La causa está centrada en “crímenes de calumnia e incitación al crimen”.
Esa maquinaria se basa en granjas de trolls y medios alternativos de ultraderecha con sustento ideológico en las extremas derechas y el neorracismo europeos y norteamericanos alentados por estrategas neofascistas como Steve Banno. La investigación está a cargo del magistrado Alexandre de Moraes a instancias del presidente del STE.
Bolsonaro, lejos de bajar un cambio, dijo, amenazante, que a Moraes “ya le va a llegar la hora” y que Barroso “debería hacer política y presentarse como vicepresidente de Lula”. En una visita a Joinville, Santa Catarina, para un encuentro de empresarios, dobló la puesta y catalogó a Barroso de “hijo de puta”, aunque el video luego fue borrado de las redes.
Y para terminar de demostrar que no está en sus planes recular, el presidente de la Cámara baja, Arthur Lira, del partido Progresistas, de centro derecha y aliado de hierro de Bolsonaro, se disponía a llevar a plenario el proyecto de reforma electoral, a pesar de que la iniciativa que presentó la diputada Bia Kicis -que compite con el presidente para ver quién está más a la derecha- fue rechazada en comisión por amplia mayoría de 23 votos a 11. Para Lira, “las comisiones no son determinativas, sino opinativas. Sugieren el texto pero cualquier recurso del plenario puede ser llevado a cabo”.
El mandatario también es investigado por una comisión del Senado por la gestión gubernamental de la pandemia y presuntos casos de corrupción en la compra de vacunas. En este caso, el crimen por el que debe responder es “prevaricación”, es decir, no haber denunciado un supuesto pedido de coimas para la compra de dosis de Cvaxin. «
La privatización del correo
La Cámara de Diputados de Brasil dio media sanción a un proyecto de ley para privatizar la Empresa Brasileira de Correios e Telégrafos (ECT), una joya de la abuela que en tiempos de pandemia resulta clave para las entregas en todo el extenso país. La iniciativa permite la venta de la mayor operadora logística de Brasil, actualmente estatal, a capitales privados y se trata de un proyecto largamente acariciado por el neoliberal ministro de Economía Paulo Guedes. Entre los postulantes a quedarse con esa empresa estratégica figura Amazon, pero también están en la gatera Fedex, el correo de España y hasta la argentina Mercado Libre.
La oposición se abroquela en el Senado, donde los legisladores del PT esperan convencer a sus pares de que esta venta no es más que “la continuidad de la quema de activos del Estado por parte del gobierno de Bolsonaro”. Y destacan que “es una empresa estructural de servicios públicos que funciona bien y que da ganancias”.
De hecho, según datos oficiales del Tesoro de Brasil, el año pasado cerró el balance con ganancias por cerca de 300 millones de dólares, y no registra quebrantos en lo que va del siglo. Lo que desmiente el argumento de la derecha de que se necesita sanear un activo que produce déficit que deben solventar los contribuyentes.
De conseguir la aprobación en la cámara Alta, el Gobierno espera realizar la subasta de la empresa Correios en el primer semestre de 2022. No queda claro, de llegar a ese camino, el futuro de los casi 100.000 empleados de planta con que cuenta el servicio.
En ese sentido, el personal nucleado en la Asociación de los Profesionales de los Correos (Adcap) sostuvo que la normativa que se debate en el Congreso ignora cuestiones fundamentales “como el hecho de que la propia Fiscalía ya ha reconocido que una eventual privatización de los Correos no podría ser hecha sin un cambio constitucional”, señaló en un comunicado.
Es otro punto de conflicto del gobierno de Jair Bolsonaro contra el poder judicial ya que el Supremo Tribunal Federal tiene en análisis una Acción Directa de Inconstitucionalidad (ADI, una suerte de amparo judicial) de la Adcap que cuenta con el aval del procurador general de la República, Augusto Aras, en contra de la privatización.
Pero también el Senado podría trabar la venta desde la Comisión de Derechos Humanos y Legislación Participativa, que tiene en sus manos una Sugestión, que no es más que una propuesta de un particular presentada a través del Portal e-Ciudadanía, que busca impedir la privatización y que cuenta con el apoyo de más de 20 mil internautas.
“No es exagerado decir que los Correos representan un factor de integración nacional que da a los brasileños en los rincones más remotos del país la oportunidad de ampliar sus horizontes por los servicios de envío y recepción de correspondencia encomiendas y valores”, justificó el presentador del proyecto, Afonso Henrique Muniz Nascimento, según indica la Agencia Senado.
En 2018, Jair Bolsonaro logró triunfar en las presidenciales con una “pequeña ayuda” del entonces juez Sergio Moro, del Supremo Tribunal Federal (STF), los medios concentrados, el establishment y las cúpulas de las Fuer-zas Armadas. Pero la conjunción de dos desastres, el sanitario y el económico, fueron minando los apoyos y luego de que el ex presidente Lula da Silva fuera liberado y recuperara su derecho a ser elegido, ahora hay un contendiente de peso en el ring y el actual mandatario comienza a mostrar preocupación por su futuro.
Conocedor de su destino en el mundo, el ex delegado metalúrgico volvió este sábado a la sede del sindicato que supo conducir, en las afueras de San Pablo, para participar de una campaña de recolección de alimentos para paliar la hambruna que se vive en muchos rincones de Brasil. “Este país tiene tierra, tiene producción. No hay otra explicación para el hambre que la irresponsabilidad de quien gobierno. Brasil podría tener cualquier otro problema menos el hambre”, lamentó Lula frente al edificio donde alumbró su sueño de presidir la nación, a mediados de los 80, y se despidió de su pueblo antes de presentarse detenido por orden de Moro, el 7 de abril de 2018.
Lula fue liberado 580 días más tarde. Bolsonaro pudo llegar al Palacio del Planalto sin haber disputado en las urnas contra el líder más influyente en la historia de Brasil. Ahora el escenario es otro. Y el manejo de la pandemia fue clave para que quienes preferían cualquier cosa a un nuevo período de Lula se lo hayan pensado.
Las encuestas le dan una amplia base electoral para el fundador del Partido de los Trabajadores (PT), que adelantó que piensa volver al combate. Pero las elecciones son recién el año que viene. Mientras tanto, Lula -un experto negociador, habilidad curtida en cruces con empresarios desde su juventud en pos de beneficios para los trabajadores mayoritariamente de automotrices del cordón industrial paulista- viene conversando con todos los sectores para recomponer la alianza que lo llevó al poder en 2003. Una alianza democrática, en el fondo.
Es así que estrecha vínculos con Josué Gomes da Silva, el CEO de Coteminas, la empresa textil que en Argentina se hizo de algunas de las plantas y las marcas de la antigua Grafa, hijo a su vez de José Alencar, que fuera vicepresidente de Lula. Alencar -que murió en 2010- pertenecía al Partido Liberal (PL) y a la Iglesia Universal del Reino de Dios. La preocupación de Bolsonaro no es solo porque Alencar Junior representa a un sector influyente del empresariado -es la mayor textil brasileña- sino entre los evangélicos.
Bolsonaro dejó trascender su inquietud y la respuesta que piensa dar cuando declaró que “si Lula volviera por el voto directo auditable, todo bien. Pero vean cuál va a ser el futuro de Brasil con el tipo de gente que él va a traer dentro de la Presidencia”. O sea, amenaza de embarrar la cancha y denunciar fraude antes de que se realicen elecciones, bien a lo Trump. Por las dudas, iniciará en un par de semanas visitas a templos pentecostales para renovar la promesa de colocar a un ministro “terriblemente evangélico” en el STF.
El STF, por ahora, le manifiesta el cambio de viento político en su país. Si en 2018 aceptó la presión abierta y desbocada de jefes militares para que no permitieran la candidatura de Lula, ahora libera al dos veces presidente, le permite candidatearse, abre la posibilidad de juzgar a Moro por manipular a la justicia y confirma la creación de una Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) para determinar si el inquilino del Planalto cometió “omisiones” ante la emergencia por el Covid-19.
Por su esto no bastara, la jueza del STF Carmen Lucia dio un plazo de cinco días al presidente de la Cámara de Diputados, Arthur Lira, para que explique por qué no abrió un pedido de juicio político contra el presidente, denunciado por cometer un genocidio indígena por su gestión de la pandemia en las comunidades originarias. Irónico y burlón, Bolsonaro publicó en las redes sociales un video en que responde a la magistrada. “Sólo Dios me saca de la silla presidencial y me saca, obviamente, quitándome la vida. Aparte de eso, lo que estamos viendo pasar en Brasil no va a concretarse. En absoluto”.
Confía en que, hace algunas semanas, cuando veía que se le venia la noche, articuló con el llama-do “Centrón” para poner en los puestos claves para abrir el impeachment -presidencia de ambas cámaras- a aliados. Y dentro de todo, la comisión ordenada por el STF no parece estar en manos de enemigos declarados. Al menos, el relator -el que arma el argumento de la acusación- será el senador Renan Calheiros, del MDB. Que fue el que en 2016 permitió abrir el juicio destituyente contra Dilma Rousseff.
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