Este martes comienza en Johannesburgo una cumbre que puede tener características fundacionales del grupo de países que conforman el BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Para tener una idea de lo que representan estas naciones baste decir que contienen alrededor del 42% de la población mundial, suman casi la cuarta parte del Producto Bruto Interno del planeta y superan holgadamente al de los países occidentales más industrializados, el G7. Es decir, tienen con qué para pedir pista para construir un mundo multipolar.
Entre los temas que se tratarían en esta XV asamblea, que culminará el jueves, figuran la ampliación de los miembros, un mayor énfasis en los mecanismos y el funcionamiento del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) y un avance hacia el comercio en monedas locales y si diera lugar, hacia la creación de una divisa común.
Entre los aspirantes a integrar el BRICS figuran unos 20 países: Arabia Saudita, Irán, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Indonesia, Egipto, Etiopía, Venezuela, Bolivia, pero también Argentina. Se entiende que el resultado de las PASO y las declaraciones del precandidato más votado, Javier Milei, prometiendo romper relaciones con China y distanciarse de Brasil, no fueron lanzadas al voleo sino que buscan bloquear el ingreso y se entiende también que el tema no será tratado en esta ocasión, como confirmó en canciller Santiago Cafiero, quien de todas maneras participará el jueves de manera virtual.
La otra cuestión que por estos días se plantea en Argentina también será clave en Johannesburgo, pero en sentido inverso. Es que una moneda BRICS será tema de debate entre los líderes que acudirán al encuentro. Si bien se supone que no habrá una definición, ya el uso de divisas locales para intercambios entre los países BRICS es un hecho desde hace meses.
Esta semana se anunció la primera transacción en rupias para el comercio en petróleo entre EAU y la India. Fue por la compra de un millón de barriles a la Abu Dhabi National Oil Company tras un Memorando de Entendimiento firmado el mes pasado. Ya había habido transacciones en rublos entre Rusia y la India. Por otro lado, el NBD -que dirige la expresidenta brasileña Dilma Rousseff- emitió su primer bono nominado en rands, la moneda sudafricana, para financiar proyectos de infraestructura en el país anfitrión de la Cumbre. Se trata de una operación si se quiere menor, de unos 2500 millones de rands (casi 132 millones de dólares). Pero todo es empezar.
Del NBD forman parte, además de los fundadores, Blangladesh, Egipto, EAU y Uruguay, pero no Argentina, lo que dificulta la obtención de fondos menos gravosos para afrontar deudas con el FMI en situaciones críticas como la que vive actualmente nuestro país. El NBD tiene fondos por unos 100 mil millones de dólares.
Una cumbre para el nuevo mundo multipolar.
Foto: Xinhua
Invitados y concurrentes
Hay unos 60 gobernantes que recibieron la tarjeta de invitación, todos ellos del Sur global. Quiso colarse el presidente francés, Emmanuel Macron, pero elegantemente le dijeron que para él no era la fiesta. Serán de la partida el brasileño Lula da Silva, el mandatario chino, Xi Jinping, el “dueño de casa”, Cyril Ramaphosa, y el primer ministro indio, Narendra Modi. Vladimir Putin prefirió no aventurarse a un incidente con el gobierno y el sistema judicial sudafricano, ya que el pedido de captura internacional de la Corte de La Haya en su contra debería ser cumplido por las autoridades nacionales. Por América Latina prometió asistencia el boliviano Luis Arce, no así el mexicano Andrés Manuel López Obrador, que ya avisó que no tiene interés en ingresar a BRICS ya que privilegia la relación con Estados Unidos y Canadá.
Lula viajará acompañado por el canciller Mauro Vieira y el asesor especial para las relaciones exteriores Celso Amorim, exministro de anteriores gobiernos del PT y uno de los articuladores de la creación del grupo BRICS, allá por 2009.
Si el Fondo Monetario Internacional (FMI) eligió esperar hasta después de la PASO para refrendar el acuerdo por la refinanciación de la montaña de dinero que entregó a la gestión de Mauricio Macri, bien puede el Gobierno nacional esperar unos días más y recibir la sorpresa de que los países del BRICS aceptan a la Argentina como uno de los nuevos socios, lo que abriría las puertas del club que ya apunta a ser el más poderoso del siglo XXI. El grupo, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, concentra el 42% de la población mundial, cubre el 30% de la superficie del planeta, sostiene el 20% del comercio internacional y representa el 23% del PBI total, y se prepara para una cumbre en Johannesburgo entre el 22 y el 24 de agosto que se considera clave para este momento de rediseño de la arquitectura geopolítica internacional. Fueron invitados 69 países, de los que ya dieron el sí una veintena. Se trata de naciones de Asia, África y el sur global, todo un símbolo de pertenencia que fue la excusa formidable para decirle no al mandatario francés Emmanuel Macron, que quería ser de la partida. En la ciudad sudafricana se trataría el ingreso no solo de Argentina sino, entre otros, de Arabia Saudita, Irán, Argelia, Bielorrusia, Egipto, Venezuela, Indonesia y Turquía. Pero permanece como incógnita si habrá o no ampliación, algo que debe hacerse por consenso. El BRICS viene mostrando que le da al cuero para discutir el tablero internacional más allá de los dados que cayeron al fin de la segunda guerra mundial y dieron como resultado la creación de la Organización de Naciones Unidas, con un Consejo de Seguridad integrado por cinco miembros permanentes con derecho a veto. Ya desde los tiempos de Néstor Kirchner como presidente, y en sintonía con el brasileño Lula da Silva, se intentó, por un lado, ampliar la mesa de esos «Cinco Grandes» (EE.UU., Rusia como heredera de la URSS, Francia, Reino Unido y China) para construir un mundo multipolar.
Mesa chica La otra opción, mucho más explícita durante los gobiernos de Cristina Fernández, fue pedir el ingreso a esa liga de naciones que dibujó en 2001 un poco como un juego de siglas el economista británico Jim O’Neill para explicar su teoría de que cuatro países estaban llamados a ser las mayores potencias del siglo que comenzaba. Eran los BRIC y dejaron de ser un juego cuando en 2008 los líderes de esas cuatro naciones originales decidieron recoger el guante. Dos años más tarde se sumaría Sudáfrica para agregarle la S final y una silla para el continente. Entre el 2015 y la actualidad «pasaron cosas» y Argentina quedó en stand by acerca de construir algo así como el BRICSA: el expresidente Mauricio Macri no hizo nada por buscar el ingreso. De su colega brasileño, Jair Bolsonaro, se pueden decir muchas cosas, pero nunca esbozó la menor crítica al organismo. Baste decir que, en su última intervención, en la cumbre de junio de 2022, destacó que «el grupo representa un factor de estabilidad y prosperidad en el escenario internacional, así como un modelo de cooperación basado en beneficios para todas las partes». Fue en esa asamblea en Beijing que, de manera virtual, Alberto Fernández aprovechó la invitación para pedir formalmente la incorporación de la Argentina, cosa que le prometieron estudiar. Se entiende que en la mesa chica del grupo, Argentina ahora tiene dos votos favorables, el de Brasil y el de China, y las circunstancias dan para un moderado entusiasmo de las autoridades. La crisis de reservas favoreció un intento de recurrir al Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil (BNDES) en mayo de este año, que terminó empantanado porque en rigor de verdad, Lula no puede disponer a voluntad de dinero ni de esa institución ni del Banco Central, que debía ser garante de la operación. Peripecias de la independencia de la máxima entidad monetaria de un país. El líder metalúrgico tampoco pudo facilitar un crédito del recién creado Banco BRICS, que dirigía desde abril la expresidenta brasileña Dilma Rousseff, porque Argentina no forma parte del grupo. La próxima jugada del ministro de Economía Sergio Massa fue pagar parte de los vencimientos que se sucedieron con el FMI en yuanes, mediante la aplicación del acuerdo con China que data de 2009, refrendado por Cristina Fernández y luego también por Macri, pero que nunca se había utilizado hasta ahora y que se extendió al pago de importaciones con la moneda china. La «sequía» de fondos frescos también llevó a que se recurriera a créditos de Qatar y del Banco de Desarrollo para América Latina y el Caribe (CAF), una manera de resguardar los dólares que quedan en el Banco Central. La semana pasada, Lula Da Silva apoyó de manera indirecta la candidatura de Massa a la primera magistratura cuando dijo en una rueda de prensa: «Le pido a Dios que la democracia venza en Argentina y que no gane un candidato que piense que inversión social es gasto o quiere privatizar todo». La pertenencia a BRICS es un horizonte deseado y en vista de la realidad actual, hasta imprescindible para el país, más allá de quien llegue a la Casa Rosada en diciembre. Es que el grupo no solo trataría la ampliación de sus miembros, a efectos de fortalecer sus espaldas, sino a discutir la creación de una moneda de intercambio común con respaldo en oro. Sería un regreso a las épocas de Breton Woods, pero sin el dólar como moneda de reserva internacional. Una amenaza letal para la hegemonía estadounidense.
El ataque contra los edificios públicos que representan a la democracia brasileña del domingo pasado alarmó a todo el mundo, aunque no debió causar sorpresa. Los campamentos de los bolsonaristas frente a los cuarteles militares desde el triunfo en segunda vuelta de Lula da Silva advertían que ahí se estaba jugando el clima que le tenían deparado al líder del PT para su tercer período. Y efectivamente, los ojos ahora están posados en la participación -o vista gorda- de militares, policías y empresarios envueltos en la chirinada que pretendió dejar chica la invasión al Capitolio de grupos trumpistas justo dos años antes.
Por lo pronto, avanzan las investigaciones sobre el expresidente Jair Bolsonaro y este sábado fue detenido ni bien pisó suelo brasileño el exsecretario de Seguridad de Brasilia, Anderson Torres, que había sido ministro de Justicia del ultraderechista y fue bendecido luego con ese cargo clave por el ahora suspendido gobernador del Distrito Federal, Ibaneis Rocha. También aparecen implicados el general Achiles Furlan Neto, jefe del Comando Militar de la Amazonia; el coronel Márcio Cavalcante de Vasconcelos, comandante de la Policía Militar de Brasilia, y los comandos de Estado Mayor y de los departamentos Operacional, de Control, de Logística y Finanzas, de Ejecución Presupuestaria y de Personal.
No sería mucho trabajo tirar de la cuerda más hacia arriba. El ex vicepresidente de Bolsonaro, Hamilton Mourão, elegido senador por Rio Grande do Sul, tuiteó luego de la intentona que “la detención indiscriminada de más de 1200 personas que están confinadas en condiciones precarias en las instalaciones de la Policía Federal de Brasilia muestra que el nuevo Gobierno, coherente con sus raíces marxistas-leninistas, actúa de forma aficionada, inhumana e ilegal”. Y a continuación dice que los actos del 8E “los podemos, si, considerar, VANDALISMO (mayúsculas en el posteo) pero terrorismo es una vez más desgarrar la legislación de nuestro país”. Su explicación es que “acto terrorista es aquel practicado por xenofobia, discriminación o preconcepto de raza, color, etnia o religión. Ninguna de ellas fue el motor que motivó los acontecimientos de Brasilia”.
No solamente en la mira están los uniformados -Torres es policía, de hecho- sino empresarios como Fernando José Ribeiro Casaca, dueño de una docena de hoteles, quien habría financiado el transporte en ómnibus para llevar a bolsonaristas hacia la capital brasileña. La Abogacía General de la Unión (AGU, el órgano equivalente a la Procuración del Tesoro argentino) pidió congelar además los bienes de 52 personas físicas y siete personas jurídicas responsables también de alquilar los colectivos. La mayoría son empresarios del transporte.
Torres, como contó el portal de Tiempo el mismo domingo pasado, se había ido a Florida, Estados Unidos, el sábado anterior. Cuando estalló el ataque a las sedes del Planalto, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal (STF) se apuró a condenar los hechos por twitter, pero solo reconoció que había viajado a EE UU cuando lo descubrió la corresponsal de Folha de São Paulo, a quien le dijo que estaba de vacaciones y no para verse con Bolsonaro, que “casualmente” también había recalado en ese exilio dorado. El exmandatario, repentinamente, fue internado el lunes en un sanatorio “con fuertes dolores estomacales”.
Ante esta exposición, Torres prometió volver al país, cosa que hizo ayer. Un día antes, la Policía Federal le había allanado la casa por orden judicial y encontró un borrador de decreto elaborado cuando era ministro de Bolsonaro en el que se desconoce el resultado de las elecciones de octubre. El funcionario ahora en desgracia reconoció la existencia de ese documento que, afirmó, “iba a ser triturado oportunamente en el ministerio”. Lamentó haber dejado esas pruebas incriminatorias. Sobre todo porque, afirmó explícitamente, el papel “fue filtrado fuera de contexto, ayudando a alimentar narrativas falaces”.
En un desayuno con periodistas, Lula reconoció este martes que los militantes bolsonaristas habían tenido ayuda interna para entrar a las sedes de los tres poderes democráticos mediante la connivencia de policías y militares que trabajan allí, dado que no hubo puertas rotas ni cerraduras violadas. Y aseguró que haría una “revisión profunda” de la seguridad en áreas clave.
Luego el gobierno dejó trascender que el presidente se reunió con los comandantes del Ejército, Julio César de Arruda, de Marina, Marcos Sampaio Olsen, y de Aeronáutica, Marcelo Kanitz Damasceno, quienes le aseguraron que las tropas se mantienen en respeto por las jerarquías y se comprometieron a investigar la responsabilidad de cada mando en los hechos. Arruda fue designado por Bolsonaro el 29 de diciembre luego de un acuerdo del equipo de transición y tras un intento de rebelión interna que no se dimensionó públicamente esa vez.
El resultado quedó expuesto ahora y, también, la necesidad y la oportunidad de hacer los cambios en las Fuerzas Armadas que nunca se hicieron desde la recuperación de la democracia, en 1985, luego de una dictadura de 21 años.
Tres años pueden ser un soplo en la vida o parecer una eternidad. El 16 de enero de 2020 Brasil se retiraba de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) por decisión de Jair Bolsonaro, con la excusa de que no podía compartir podio con gobiernos no democráticos como los de Venezuela, Nicaragua y Cuba. Hacía poco más de un mes que en Argentina había asumido Alberto Fernández y Evo Morales estaba exiliado en Buenos Aires tras un golpe que contó con apoyo del ultraderechista Luis Fernando Camacho y de sectores de las fuerzas armadas y la policía y la anuencia de la OEA. También del Planalto y la Casa Rosada, al punto que Mauricio Macri aparece implicado en el envío ilegal de armas para reprimir las manifestaciones contra el gobierno de facto de Jeanine Añez. Perú atravesaba una de sus tantas crisis institucionales y se disponía a votar en elecciones parlamentarias luego de que el presidente interino Martín Vizcarra hubiese disuelto el Congreso en setiembre de 2019. Chile vivía en plena ebullición tras el estallido del octubre de 2019 contra 30 años de neoliberalismo.
Este 12 de enero, el gobierno de Lula da Sliva confirmó que Brasil vuelve a ese organismo regional creado en 2010 para integrar a los países de la región con historias e intereses comunes en pie de igualdad. Por eso ni Estados Unidos ni Canadá fueron llamados a formar parte. Es como una OEA pero sin injerencia en asuntos internos.
Este 24, Buenos Aires será sede de un nuevo encuentro de jefes y jefas de Estado y los países que integran la Celac vuelven a ser 33. El regreso de Brasil es importante por el peso económico y político del gigante sudamericano. Pero básicamente por el peso simbólico de este acontecimiento. Lula es un miembro fundador de ese club de naciones que buscan su lugar en el mundo sin tutelas imperiales. Bolsonaro en la Celac era una disonancia por su estrecha relación con Donald Trump. El organismo es tan ideológicamente amplio como para que su primer presidente haya sido el chileno Sebastián Piñera y el segundo, el cubano Raúl Castro.
Autoexililado en Florida, el expresidente brasileño está implicado en el intento de golpe del domingo pasado. Si no directamente, por agitar los fantasmas golpistas con su prédica antidemocrática. En Bolivia, la crisis secesionista que enfrentó Morales en 2009 –abortada gracias a la intervención de otros de los fundadores de la Celac, miembros de la Unasur– se mantiene con los mismos protagonistas. Hace unos días, fue detenido Camacho, líder de esa oposición ultraderechista y actual gobernador de Santa Cruz. Por su papel en el golpe de 2019.
En Perú, la efímera presidencia de un dirigente del gremio docente, Pedro Castillo, enardeció al establishment ultraconservador. La represión encarada por la interina Dina Boluarte contra manifestantes que piden el respeto a la voluntad popular ya causó medio centenar de muertos.
Estos tres años fueron muy intensos para las tres Américas, justo es decirlo. Porque en la nación que se pretende faro de la democracia occidental «pasaron cosas» y hasta un grupo de ultraderechistas tomaron por asalto el Capitolio, dando el ejemplo a los bolsonaristas del domingo pasado. Como sea, este es el escenario en que los mandatarios de la región se encontrarán en nueve días. Para no aburrirse.
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