Europa alardea de independencia de Estados Unidos avanzando en planes de rearme en apoyo de Ucrania encabezados por el francés Emmanuel Macron y el británico Keir Starmer, nostálgicos de dos imperios que esperan renacer de sus cenizas en una guerra de la que Donald Trump eligió escapar. Una contienda en la que ya se restriegan las manos los seguros ganadores: las empresas fabricantes de armas, que se posicionan como las mejores inversiones en lo va del año.
El inquilino del Elíseo dio un discurso en cadena nacional el miércoles en el que calificó a Rusia como una amenaza contra Europa y planteó como “oferta” la fuerza de disuasión nuclear que puede aportar Francia. En el fondo era una mojada de oreja al Reino Unido, cuyo sistema de armamento atómico no puede funcionar sin el sostén estadounidense. Y se entiende, la semana anterior, Starmer había recibido a Volodimir Zelenski en el 10 de Downing Street con promesas de poner a su industria bélica a trabajar a pleno. El primer ministro laborista anunció fondos de unos 2000 millones de dólares para “proteger la infraestructura crítica y reforzar a Ucrania”. Se trata de dinero de fondos rusos embargados en Europa para la compra de misiles a fabricados en Belfast “que crearán empleo en nuestro brillante sector de la defensa”, dijo Starmer, en el mejor estilo Trump.
La respuesta de Vladimir Putin habló este sábado y fue directo contra el ego de Macron. «Todavía hay gente que no puede estarse quieta. Todavía hay gente que quiere volver a los tiempos de Napoleón, olvidando cómo terminó», dijo el presidente ruso, sin mencionar a su par galo. «Ellos –añadió Putin, en referencia al los ejércitos napoleónicos– subestimaron el carácter del pueblo ruso y de los representantes de la cultura rusa en general».
Dos días antes los jefes de estado de los 27 países de la Unión Europea se juntaron para elaborar una estrategia común. El giro de Washington con la administración Trump los dejó en su cruda desnudez y tratan desesperadamente salvar los papeles, aunque la jugada tiene el riesgo de incrementar las posibilidades una nueva guerra mundial, ya que la Federación Rusa tiene un acuerdo de amplia cooperación con China desde 20 días antes de la Operación Militar Especial en Ucrania, en 2022.
Foto: @emmanuelmacron
En Bruselas, la no menos belicista Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, alemana ella, o sea, de otro imperio barrido por la historia, propuso un plan de Rearme Europeo por el que se incrementaría el gasto en defensa hasta los 800.000 millones de euros. Se supone que será presentado oficialmente el 19 de marzo por el Comisario Europeo de Defensa, el lituano Andrius Kubilius, y la representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, la estonia Kaja Kallas. Por ahora, se destinarán 150.000 millones para incrementar el presupuesto armamentístico. Las voces dispares en este concierto militarista son las del primer ministro húngaro Viktor Orban y del eslovaco Robert Fico, que proponen discutir el caso Ucrania directamente con Putin.
Como sea, en la semana las acciones de empresas bélicas se dispararon hasta dos dígitos en las bolsas europeas. Rheinmetall AG, el mayor fabricante de municiones de Europa, por caso, tuvo alzas de más del 10% y en lo que va del año, 85%. La sueca Saab también subió más del 10% y supera el 50% en 2025. En ese rubro, hay mercado para todos: al italiana Leonardo, que fabrica helicópteros y drones, no se quedó atrás. Tampoco Safran, fabricante de motores para la industria aeronáutica, recopila el chileno Maximiliano Villena en La Tercera. El ministerio de Defensa británico, a su vez, presentó nuevos contratos con las firmas BAE Systems, Babcock y Thales UK. Empresas del Reino Unido pasaron de exportar 35 millones de libras esterlinas entre 2012 y 2022, y desde la OME las ventas treparon hasta los 1100 millones, consigna un artículo de Mark Curtis en Declassified UK, un portal donde se publica información desclasificada del gobierno británico. “Gran parte de la ayuda militar del Reino Unido a Ucrania —que asciende a 4500 millones de libras este año— es en realidad un subsidio a las empresas de armas”, concluye Curtis.
El 16 de enero pasado, Starmer y Zelenski firmaron en el Palacio Mariinsky, de Kiev, un acuerdo por 100 años para “fortalecer los lazos de defensa entre ambos países”. El laborista dijo esa vez que como parte de ese convenio, Ucrania recibirá un nuevo sistema de defensa diseñado por Reino Unido y financiado por Dinamarca, y los británicos seguirán entrenando a tropas de ese país en territorio británico. Según se filtró en algunos medios, como parte de ese acuerdo el Reino Unido tendría acceso a las famosas tierras raras ucranianas, una entelequia que Trump terminó por bloquear cuando anunció su propio plan para recuperar las “inversiones” de Estados Unidos en la guerra desatada hace tres años. Todo terminó como terminó tras el violento choque del presidente y el vice JD Vance con Zelenski en el Salón Oval.
A todo esto, el primer ministro polaco, Donald Tusk, dijo el viernes ante el Parlamento que recomendará denunciar el Tratado de Otawa sobre la prohibición de minas antipersonales con el argumento de aumentar las capacidades de defensa de Polonia. Finlandia y Lituania también estarían pensando en retirarse de ese acuerdo, que data de 1999.
O sea: los bombazos de la «Obertura 1812» de Piotr Ilich Tchaikovski vuelven a resonar en Europa. «
BlackRock en los puertos de Panamá
Una de cal y otra de arena para Donald Trump. Por un lado, pospuso hasta el 2 de abril los aranceles de 25% contra los productos importados de México y Canadá, luego de ingentes negociaciones con los gobiernos de Claudia Sheinbaum y Justine Trudeau. Por el otro lado, si bien no recuperó el Canal de Panamá, al menos logró que su presión fuera efectiva como para que los puertos allí que regentea CK Hutchison Holdings Ltd., de Hong Kong, pasen a manos del fondo de inversiones BlackRock Inc. No fue una cesión gratuita, claro, hubo 19.000 millones de dólares de por medio, pero la cosa se encaminó sin que la sangre llegara a los océanos. La transacción fue liderada por la banca Goldman Sachs.
BlackRock es otro beneficiario de la guerra en Ucrania, como accionista en las corporaciones Boieng, General Dynamics, Northrop Grumman, Lockheed Martin y Raytheon, entre otras. Pero también tendrá su cuota de ganancia en la eventual reconstrucción del país. “El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, se reunió con la dirección de la mayor empresa de gestión de activos del mundo: BlackRock. Las partes discutieron los detalles de la creación de un fondo de inversión para restaurar la economía de Ucrania con la participación de capital público y privado”, dice un documento publicado por la presidencia de Ucrania el 5 de mayo de 2023.
Volodimir Zelenski se adelantó a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca con un gesto de sometimiento que espera le reditúe alguna ventaja a la hora de discutir un tratado de paz con Rusia. Es así que, no contento con haber dejado caer el acuerdo para la provisión de gas que alimentaba a Europa por territorio Ucrania, en un extenso mensaje en sus redes sociales se jacta de haber propinado “una de las mayores derrotas de Moscú” cortando el suministro, avisa con todas las letras que espera la provisión “de gas estadounidense como ya ha mencionado el presidente Trump”. Con el registro de la debacle de sus tropas en los campos de batalla, tal parece que al presidente ucraniano no le quedan muchas cartas en el mazo que no sean alguna ayuda extra de la nueva administración de EE UU, porque de la de Joe Biden ya no puede esperar nada. Ya se gastó todos los cartuchos en la aventura.
El tema de la provisión de gas se convirtió en un problema para la economía europea y especialmente para la industria alemana, a raíz de las primeras sanciones y luego por el atentado contra las tuberías Nord Stream en septiembre de 2022. El contrato entre la empresa rusa Gazprom y la ucraniana Naftogaz estaba fechado en diciembre de 2019 y expiraba a los cinco años si no se rubricaba una extensión. De modo que el 1 de enero a las 8 de mañana -hora de Moscú- se cerraron los grifos.
Para Zelenski es una derrota rusa ya que, explica, “cuando Putin asumió la presidencia de Rusia hace más de 25 años, el transporte anual de gas a través de Ucrania hacia Europa sumaba más de 130.000 millones de metros cúbicos. Hoy, esa cifra es de 0”. Claro, su país pierde también: el acuerdo original garantizaba unos 7000 millones de dólares para Kiev pero desde las sanciones el volumen se fue reduciendo, en los últimos meses estaba alrededor de los 100 millones de dólares mensuales y ahora será de 0 para los dos.
La primera consecuencia es que Eslovaquia y Moldavia sufren en pleno invierno una reducción letal para la calefacción de sus hogares. Por tal razón el primer ministro eslovaco, que en las últimas semanas se entrevistó con Vladimir Putín para analizar alternativas, reclamó a los dirigentes europeos buscar soluciones. En represalia por la actitud ucraniana, el primer ministro Robert Fico anunció que discutirán en la coalición de gobierno “una reducción significativa en el apoyo a los ciudadanos de Ucrania que se encuentran en el territorio de Eslovaquia”
A Europa desde ahora solo llega el combustible del Balkan Stream, alimentado desde el Turkish Stream, a través de Rumania, Grecia, los Balcanes y Hungría. Por otro lado, la región moldava de Transnistria, reconocida como República Independiente por Rusia y de población rusófona, ya es la más afectada por el corte. Ese lugar puede ser un nuevo foco de conflicto OTAN-Rusia en ciernes.
La segunda consecuencia es que las tarifas de gas y de electricidad revelan notables aumentos en todos los países, a lo que se suma un incremento en alimentos y telecomunicaciones por el retiro de las rebajas impositivas que se habían decretado desde el estallido de la guerra en Ucrania. Desde este 1 de enero, por ejemplo, regresa el IVA del 21% sobre la electricidad en España. La crisis en Alemania, que vio reducida su economía por segundo año consecutivo, en torno al 0,3%, poco para los estándares argentinos, pero para la locomotora europea, una barbaridad que ya provocó la renuncia del ministro de Finanzas y una crisis de gobierno que se espera aventar con las elecciones adelantadas del próximo 23 de febrero.
El insumo que más encareció y voltea la competitividad germana es el gas. Desde Rusia, la agencia Sputnik sostuvo mediante una entrevista con el director del Centro Asiático de Estudios y Traducción en Egipto, Ahmed Mustafá, que “el efecto inmediato -del corte de suministro- será un aumento de los precios de gas natural en todas partes de Europa, lo que aumentará la carga sobre las economías ya frágiles y posiblemente elevará la inflación y reducirá el gasto de los consumidores”. La vocera de la cancillería, María Zajarova, declaró a su turno que “el principal beneficiario de la redistribución del mercado energético del Viejo Mundo y al mismo tiempo el principal patrocinador de la crisis ucraniana es EE UU”. Un dato quizás menor en este contexto es que el mismo día que expiraba el acuerdo Gazprom-Naftogaz, Putin iniciaba sus 25 años en el poder en el Kremlin, al asumir como presidente interino tras la renuncia de Boris Yeltsin. Con el nuevo siglo nacía esta otra Rusia, resurgida de las cenizas de la Unión Soviética.
Javier Milei y Donald Trump comparten una visión del mundo que pretenden imponer a lo bestia. Un mundo proclive a la libertad empresaria, impuestos bajos, laxitud en las leyes laborales y sin beneficios sociales. El magnate, además, lo quiere sin inmigrantes. Fuera de eso, Trump procura mayores aranceles para la importación de productos, cosa de defender la industria estadounidense. Para Milei, la industria y casi todo lo nacional es mala palabra. Desde la línea de bandera hasta las Malvinas, ese reclamo perturbador que traba los negocios con el Reino Unido. Lo más grave es que para Trump, Argentina es irrelevante y la América del sur del Río Bravo es el patio trasero que solo aporta inmigrantes feos, sucio y malos. Pero tiene recursos naturales que despiertan su avaricia. Bah, nada diferente de los demócratas. Un territorio que sueñan alambrado desde 1823 por la Doctrina Monroe.
Milei, la derecha argentina y los comunicadores mediáticos afines en particular, están ahora entusiasmados con que desde la Casa Blanca, Trump le facilite un crédito del FMI como hizo con Mauricio Macri en 2018. Esas ansias crediticias chocan con un par de realidades concretas: no cae bien aumentar la deuda externa para seguir alimentando la fuga de la que se benefician los mismos de siempre. La otra es que en el FMI no están tan abiertos de bolsillo como hace seis años. No olvidan que esos que ahora están poniendo la gorra adelante del edificio del 700 de la calle 19 NW, Washington, son los mismos de aquella vez.
Que se tenga memoria, Milei y Trump se cruzaron una sola vez en sus vidas. Fue en febrero, en la cumbre de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), un foro de superconservadores que ahora le da la oportunidad al paleolibertario de viajar a Mar-a-Lago y ver si allí consigue una foto más significativa con Trump. A principios de este año, apenas lo pudo cruzar en un pasillo del hotel de National Harbor, Washington, donde se desarrolló el encuentro. La semipenumbra de esa imagen quizás benefició a Milei, tan preocupado como se sabe por la visibilidad de su barbilla. Ahora será otro de los invitados especiales de ese espacio que gana terreno internacional. La foto que espera le permitirá replicar a sus fieles y consecuentes trolls que es un “fenómeno barrial”, mal que le pese a Ricardo López Murphy.
Adelantándose a ese acontecimiento, Milei reposteó un mensajito en la red X, de Marcos Galperin, quien usó un recorte de la cobertura de Carolina Amoroso en EEUU en TN para afirmar que el presidente argentino es un “increíble fenómeno mundial”. En ese tren de jolgorio ultra, el vocero presidencial Manuel Adorni, el viceministro de Justicia, Sebastián Amerio; el secretario de Culto y Civilización, Nahuel Sotelo; y el ministro sin cartera Santiago Caputo, entre otros, lucieron corbatas rojas para sobreactuar su contento por el triunfo de Trump.
Todos esos son, conviene decirlo, reflejos contradictorios del momento internacional ultraderechista que se vive hoy día. Es que el presidente de los argentinos tiene un nivel de vanidad sólo comparable con la del magnate neoyorkino. Y dos personajes así difícilmente quepan en el mismo planeta al mismo tiempo. Pero si se trata de fenómeno, lo de Trump se pasó de barrial hace un rato ¿Será por eso que nuestro coterráneo todavía no había logrado que le atendiera el teléfono?
Las señales que envió Javier Milei de su preferencia por Donald Trump por momentos parecieron obscenas. Entre otras cosas porque el empresario inmobiliario todavía tiene que ganar para que se cumpla el sueño húmedo del paleolibertario argentino. Que encabeza un gobierno de gentes tan enamoradas de todo lo que viene de aquellos lados que copiaron sin el menor pudor la estética de la Casa Blanca y del Capitolio para sus íconos de fondo y el atril donde se hizo la versión local de la asunción presidencial y el discurso del Estado de la Unión vernáculo.
Milei tuvo ocasión de hablar con el expresidente y candidato republicano. Fue durante la visita de Milei al encuentro de la ultraderecha internacional organizado por la CPAC en Washington, en febrero pasado. Se cruzaron en un pasillo del National Harbor donde se realizó el encuentro, se miraron, se abrazaron a media luz, se desearon suerte y de ahí no pasó la cosa.
Habrían de pasar cuatro meses para que el argentino se viera con Joe Biden. Fue en la cumbre del G7 en Borgo Egnazia, en la Apulia. Milei había sido invitado especialmente por Giorgia Meloni, la primera ministra italiana. Fue un encuentro más formal, a plena luz, y en una entidad que tiene algo más de peso para la marcha del mundo. Todavía.
Los dos encuentros fueron algo distantes, hay que decirlo. Protocolares. En Washington, Trump medio que le habló a las apuradas porque entre ultraderechosos no hay cornadas. Pero no se le vio un entusiasmo desbordante. En Italia fue un favor de colegas de su espacio extremo como Meloni: Argentina no forma parte de ese club de los países occidentales mas industrializados. Y las políticas de Milei no hacen prever que se produzca eso de Hacer Grande a Argentina otra Vez le deseó Trump, jugando con su eslogan de campaña. NI que sea industrializado a este paso.
Como sea, es natural que Milei se sienta más cómodo con Trump. Comparten visiones retrógradas del mundo, nada que ver con esos “wokies” demócratas, con sus agendas de género y medio ambiente. Para colmo, ahora Kamala Harris anduvo diciendo que pretende terminar con “la guerra en Gaza” y luchar por la autodeterminación de los palestinos. Que no es la solución de dos estados, pero seguramente lo más cerca que pueda para ver si puede seducir a los sectores de izquierda o los musulmanes. El caso es que Trump dice que va a terminar con la guerra en Ucrania y trata con un desprecio mayúsculo a Volodimir Zelenski.
Por el bien de la humanidad, si se cumplen las promesas de terminar con las guerras -cosa difícil de creer- sería una buena señal para la continuidad de la especie. Contradictoriamente, cuando los imperios están ocupados en otros conflictos, quedan resquicios para la autonomía de estas regiones. El radicalismo fue gobierno en 1916, Primera Guerra; el peronismo en 1945, Segunda Guerra. El No al ALCA de 2005 fue con un presidente republicano que estaba enfrascado en Irak y Afganistán.
Más allá de estas disquisiciones, no importa qué le conviene a Milei, sino qué le conviene a los argentinos. Y tanto para Harris como para Trump, la Argentina de hoy día es un país insignificante, mal que nos pese. No así para la generala Laura Richardson, que asiduamente vuelve a recordarnos sus ansias de llevarse todo el litio y los minerales que le dejen.
Quizás para Trump recordar aquellas correrías de tiempos idos con el joven Mauricio Macri –que pretendía hacer negocios para el grupo empresario familiar, allá por los ‘80- le hubiera ablandado el corazón como para presionar al FMI con un crédito fabuloso a su “amigote”. Pero los tiempos son otros: en el número 700 de la calle 19, en Washington no andan con ganas de otra aventura como la de 2018, cuando esos 45 mil millones de dólares se fueron por la canaleta de la fuga.
En cuanto a Harris, si la administración Biden hubiese tenido onda, Milei no se tendría que haber tapado la nariz para ir golpearle la puerta a Xi Jinping. Porque vamos, China es tan enemiga para Trump como para BIden. Y encima, son comunistas, y al menos para su excanciller, todos iguales.
¿Qué le conviene entonces a los argentinos? La respuesta más razonable es que más allá de diferencias sobre política interior, como sugería Eric Calcagno en su columna del domingo, del Río Bravo para el sur, demócratas y republicanos son todos iguales. O sea, como convenir no conviene nadie.
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