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Políticas de Estado

La sorpresiva conversión del alcalde porteño Mauricio Macri, la misma noche en que por muy poco retuvo el Gobierno de la Ciudad -fue el 19 de julio, hace apenas tres meses y monedas- autoriza a algunas reflexiones de cara al balotaje, pero mucho más al debate de este domingo entre los dos aspirantes a la presidencia. En temas como la política exterior, que no asomaron como parte de las campañas.

Aquella noche, con el rostro casi desencajado porque en el conteo de votos en el búnker del Pro temieron haber perdido con Martín Lousteau, y ante la protesta de sus seguidores, Macri salió a defender algunos logros del gobierno kirchnerista. Habló de la Asignación Universal por Hijo, de la recuperación de YPF y Aerolíneas y de otras cuestiones muy sensibles a los oídos de quienes creen que el rol del Estado es fundamental para reducir la desigualdad.

Tras conocerse el no menos impactante resultado de la primera vuelta nacional, una rápida conclusión fue que prácticamente la totalidad del electorado había votado a opciones que -de creer en la sinceridad de las promesas del candidato de la alianza Cambiemos- coincidían con políticas que se desarrollaron durante estos 12 años. Si a la recta final llegaron Daniel Scioli y el propio Macri, puede decirse que las alternativas que se presentan -de la boca para afuera- serían las mismas.

Más aún, ese lunes aciago para el oficialismo, Macri confirmó que Scioli había llamado para felicitarlo y prometió que una vez que se calzara la banda celeste y blanca, «el 11 de diciembre quiero hablar con todos los candidatos a presidente para acordar políticas de Estado, también con los gobernadores (sic)». No fue muy preciso pero si mencionó una modificación en el sistema electoral, «la recuperación de las economías regionales, el fomento de una justicia independiente y una Argentina de pobreza cero».

Ya que está dispuesto a establecer políticas de Estado, ¿Por qué no aprovechar que los dos contendientes se verán las caras este domingo para firmar un documento que establezca esas políticas de Estado que la ciudadanía plebiscitó el 25 de octubre? Que quede rubricado ante esa audiencia que será sin dudas multitudinaria -qué mejores escribanos que los espectadores- el compromiso de que gane quien gane ese será un compromiso férreo que de no cumplirse la ciudadanía deberá exigir. Si ya hay consenso en una YPF y una aerolínea estatal, y se emiten señales desde el PRO de que la educación y la salud públicas, los planes sociales y el apoyo a la ciencia se van a mantener, debería ser apenas un trámite y entonces sí «que gane el más mejor». Todo esto va en consonancia con las promesas de concordia y felicidad que se pueden ver en los spots que atruenan los medios masivos, de modo que no se perciben excusas válidas para negarse.

Pero a ese histórico compromiso debería agregarse un rubro que se nota descuidado en las campañas. Tal vez porque no aparece como una preocupación en los «focus group» con que se diseñan las estrategias publicitarias. Sin embargo, mal que les pese a analistas apresurados, Argentina no vive dentro de una burbuja y lo que ocurre del otro lado de las fronteras influye de manera decisiva.

Se podrá discutir la pertinencia de políticas llevadas a cabo por el oficialismo en esta década larga, pero ignorar de qué modo la crisis internacional afectó a la economía local debería ser considerado casi como un delito grave. Sin embargo, las acusaciones que de unos años a esta parte recibe el gobierno nacional son directamente maliciosas. Porque cuando había crecimiento a tasas chinas hablaban de «viento a favor» para minimizar la eficacia de las políticas locales. ¿Ahora que hay viento en contra lo exterior no existe? Porque las cifras locales, siendo menos auspiciosas que en el primer tramo kirchnerista, no son todo lo que auguraban desde las usinas opositoras y ni siquiera son tan malas como las que muestra Brasil, el socio comercial más cercano y determinante para le economía nativa.

Revisando los programas

Dicho esto, hagamos un recorrido sobre el lugar en que está parado cada aspirante al sillón de Rivadavia. Scioli avisó con tiempo que apuesta a profundizar la integración regional. Para lo cual se reunió con Lula, con Dilma, con Evo Morales, con Tabaré Vázquez y con José Mujica. Lo dice y lo repite: la Argentina bajo su gobierno será una continuación de la gestión exterior de Cristina Fernández. Aunque sus voceros ya adelantaron que piensan al mismo tiempo estrechar lazos con Estados Unidos y la Unión Europea. Lazos que por otro lado no estaban rotos. Sucede que la Casa Rosada en estos años negoció duro con la UE por la firma de acuerdos comerciales y se plantó frente a Washington de un modo que otras administraciones no habían hecho en asuntos como Cuba, Venezuela, golpes en Paraguay y Honduras, Irán e incursiones bélicas estadounidenses en el mundo. Sólo basta recordar las relaciones carnales y el envío de buques para el primer bloqueo a Irak del menemismo y los votos a favor del bloqueo a Cuba con la Alianza para ver la diferencia. ¿Esto implica que las relaciones con Barack Obama están rotas? De ninguna manera, pero negociar es como comprar un auto usado, hay que doblar la apuesta hasta que se llega a algún precio razonable. La asociación de YPF con Chevron prueba que los empresarios no tienen dudas al respecto.

Por el lado de Macri, la falta de definiciones en este tramo se puede cubrir en abundancia con declaraciones previas a la campaña y por gestos bien claros y contundentes. En primer lugar, sus amigos son el Partido Popular español y especialmente el ex presidente del gobierno José María Aznar y el actual Mariano Rajoy. En la región, su amigo es Álvaro Uribe, ex presidente colombiano y principal opositor a la firma de un acuerdo con la guerrilla que ponga fin a más de medio siglo de una guerra civil que causó miles de muertos y millones de desplazados en medio siglo y que está a punto de culminar en La Habana con un pacto que dé nacimiento a una nueva Colombia. Por otro lado, un triunfo del PRO es esperado como una señal de nuevos rumbos para la derecha latinoamericana por Henrique Capriles en Venezuela, Aecio Neves en Brasil y toda la dirigencia que aspira a poner fin a estos años de integración.

Argentina no solo logró que la UN apruebe declaraciones por Malvinas y contra los fondos buitre sino que se convirtió en un referente sobre Derechos Humanos y sobre la necesidad de integrarse en nuevos espacios democráticos a nivel internacional. CFK reclamó en reiteradas ocasiones cambiar las reglas de juego en ese organismo creado para consolidar el poder de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cambiemos también impulsaría cambios en la UN?

El mundo está en las vísperas de algo nuevo. Estados Unidos sigue siendo una potencia relevante, pero su poder viene declinando y nuevos jugadores se suman al escenario. Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS), están llamados a ser las potencias del siglo XXI y Argentina ya avisó que quiere estar en esa liga. Los voceros en política exterior del PRO repiten que con el triunfo de Macri llega la felicidad y aseguran que lo mismo ocurrirá en cuanto a las relaciones exteriores. Es más, sostienen que el país debe reinsertarse en el mundo. Una forma de ocultar que Argentina nunca estuvo afuera -en todo caso se abrió a rumbos no tradicionales- y que el mundo del que hablan es el de las viejas estructuras que, la realidad demuestra, vienen en caída. Es cierto que esa caída, como la del imperio romano, puede durar centurias y tal vez ni quien escribe ni quienes lean estas líneas la verán. Pero ¿no es que un estadista debe ver mas allá de la próxima elección?

Macri, como jefe de gobierno, no fue muy feliz con la comunidad boliviana y paraguaya cuando la toma del Indoamericano en 2010. Evo ya avisó que apoya a Scioli, Bolivia es el nuevo socio del Mercosur, ¿Qué plantea el PRO en relación con eso? ¿Qué haría con Brasil y Uruguay, que también eligen al candidato del FPV como garante de continuidad en política exterior? ¿Qué haría con los acuerdos con Rusia y con China? Su padre, sus empresas, tienen negocios con el gigante asiático, sabe que se puede ganar mucho con la relación, pero él mantuvo distancia y cuestionó esos convenios. Ahora Techint salió nuevamente a denostarlos, porque cree amenazados sus intereses particulares. ¿Lo que es bueno para Techint será bueno para los argentinos? Eso no sólo es economía, es política exterior y también es conveniencia a largo plazo ¿Macri estaría dispuesto a sostener estas políticas de Estado? Buena pregunta para el debate.

Tiempo Argentino

Noviembre 13 de 2015

Carlos Abalo: «El Estado chino tiene los mecanismos para controlar la burbuja»

Carlos Abalo: «El Estado chino tiene los mecanismos para controlar la burbuja»

Es de esos referentes que es bueno tener a mano. Por experiencia, por conocimientos, y porque tiene  na mirada crítica pero absolutamente comprensible de la economía para el ciudadano común. Carlos Abalo, economista, periodista, dice que su vida estuvo atravesada por el peronismo desde que vio los tranvías cargados de obreros que iban a plaza de Mayo aquel lejano 17 de octubre de 1945. «Yo tenía diez años y quise ver qué pasaba», recuerda ahora, a los 80, con una sonrisa cómplice. Esa «diablura» infantil le trajo problemas familiares y no por ser una travesura precisamente. Con el tiempo, también padecería los rigores de la política nacional: trabajó en El Cronista Comercial y fue muy cercano al desaparecido director Rafael Perrota. Exiliado en México, dio clases en la UNAM y a su vuelta al país, fue jefe de Economía y prosecretario de redacción de la revista El Periodista. Esta vez, la convocatoria fue para hablar de la crisis financiera y del impacto y las razones de la devaluación de la moneda china.


«Cuando en los años ’90 se terminó el socialismo y cayo la URSS, tuvimos el capitalismo global y la vuelta a la plena hegemonía de EE UU», dice en la redacción de Tiempo Argentino. «Eso marcó la Convertibilidad y el menemismo a nivel local, pero en el plano internacional empezó la emergencia de China, lo que llevó a la ampliación del radio de acción del capitalismo con un efecto de arrastre sobre los mercados emergentes que cambió el mercado mundial.»

-¿Cómo considera que se origina la actual crisis en China?

 -Hay una fórmula para entenderla. El capital acumula a una velocidad mayor de lo que pueden acumular los trabajadores en ingresos. Permanentemente el ingreso de los trabajadores no va a poder comprar todo lo que acumulan los capitalistas y transforman en mercancía. Frente a eso se trata de colocar inversiones en otras cosas, y dentro de lo legal está la inversión financiera, atada al capital productivo porque los bancos prestan a los consumidores o al capital productivo y como ambos están en recesión, resulta que no pueden cobrar. Esta es la crisis financiera. Cuando más capital se derive hacia los bancos o hacia la realización financiera, más grande va a ser la burbuja. Esto se presenta en el 2007-2008 como una crisis del capitalismo.

-¿Una crisis más?

 -Sí, pero de una magnitud más grande que las de los 30, porque aquella fue la crisis del capitalismo nacional. Todas las economías producían en sus naciones y hubo una sobreacumulación de capital productivo. No se resolvió tras la Primera Guerra porque ninguna economía podía saltar al capital planetario, es decir al capital mundial, algo que recién haría Estados Unidos al terminar la Segunda Guerra.

-¿Cómo afecta esto a China?

-Cae la demanda de los productos chinos en Europa y se registra una caída del crecimiento chino, que pasó del 10% al 7 por ciento. China tiene un capitalismo estatal, pero al mismo tiempo desarrolla un capitalismo privado controlado por el Estado. Esta restricción de las exportaciones que alimenta el proceso de crecimiento se frenó con la crisis europea, entonces China tuvo que empezar a crecer para adentro.

 -¿En el 2008 se planteó eso?

-No se vio con claridad hasta hace dos o tres años. Pero además ocurre otra cosa: en China crecen los salarios y como el consumo estuvo muy restringido durante mucho tiempo, la población tiene una capacidad de ahorro del 50 por ciento. Una acotación al margen, en China, a pesar de ser políticamente un régimen dirigido por el partido comunista, nunca hubo una revolución comunista, sino una revolución campesina que resolvió los problemas nacionales. Entonces, con semejante volumen de ahorro, los chinos empezaron a comprar acciones y como el país crecía al 7,5% hubo una revalorización descomunal. Uno compraba una acción y valía 20 o 30% más un año después. Empezaron a tomar créditos para tomar acciones y se produjo una burbuja.

-Fue lo que estalló en Shanghái hace algo más de un mes.

 -Exactamente. Lo que pasa es que el estado tiene un mecanismo de control de la burbuja, de la expansión monetaria y de la absorción correspondiente que no tiene agujeros, por la característica que hablamos del sistema. Probablemente a medida que avance esto no va a ser así, pero todavía la controlan.

 -¿Cómo juega en esto la devaluación del yuan?

-Es que la crisis, además, responde a la dinámica del capitalismo global propia de esta época, y esta empujada por EE UU con el superdólar como una amenaza. Al ver restringida la capacidad de exportación combinada con un requerimiento de capital interno más intenso, se produce un desbalance entre la liquidez interna y la menor cantidad de divisas que ingresan. Tienen menos entradas de dólares y a la vez hay una aceleración controlada de la liquidez. Esto los obliga a tener que recuperar en la medida de lo posible más exportaciones a pesar de que China ya está orientada hacia adentro.

 -¿Cómo se da la influencia del superdólar?

-A través del superdólar, EEUU está castigando a los emergentes que pueden ser el complemento de China: Rusia, Argentina, Brasil, Venezuela, y van a terminar enfrentándose con China. Porque en esta economía de base más amplia, si no hay una regulación desde arriba del poder dominante, se termina la hegemonía de ese poder dominante que hoy es EEUU, que siempre ha frenado al que avanzaba.

-Pero hay también una cuestión de geopolítica, con los tratados con Europa y la cuenca del Pacífico.

 -Cuanto más se abra el comercio internacional, como EEUU está en la cumbre de la productividad y de la competencia, ellos ganan siempre. La crisis no sólo es una manifestación de la burbuja financiera y de las crisis clásicas. Esta crisis clásica empezó a ser empujada por EEUU con una amenaza de que van a subir las tasas de interés. Porque EEUU puede emitir dólares, divisa de reserva, y China todavía no lo puede hacer.

 -Pero el yuan también aspira a ser moneda internacional.

-Esto fatalmente va a ser así porque al producir ese cambio interno y tener ese excedente de capital, China va a salir afuera como gran exportador de capital. De hecho ya lo está haciendo y por eso el renminbi va a ser una moneda internacional de libre flotación. El problema es cuándo porque en medio de la recesión y una situación en que se deteriora la capacidad de exportar de China y todavía internamente no se puso a la paridad, esto hoy la perjudica. Por eso el gobierno insiste en que todavía no están preparados.

 -EEUU está forzando al máximo el enfrentamiento. ¿No puede pasarse a un enfrentamiento bélico?

-Es que China tiene toda la paciencia del mundo. Por eso le dijeron al FMI: «Noooo, nosotros todavía no estamos a la altura de Estados Unidos.» Y un capitalismo ampliado es una perspectiva que políticamente sólo se sostiene con paz.

-¿Por qué no con guerra?

-Porque se vuelve para atrás, a los capitalismos nacionales. En la guerra, EE UU derrotó a Alemania y a las demás potencias y gracias a eso terminó con los capitalismos nacionales y empezó el capitalismo global. Lo vemos ahora, pero empezó ahí. El Plan Marshall es eso.

 -Pero la principal industria de EEUU es la industria bélica.

-Para China no es tiempo de hablar de una posible confrontación, aunque cada vez es menos vulnerable. De cualquier manera, si la economía china no tuviera algún límite se convertiría en la principal economía mundial y volvería a ser el centro del mundo junto con la cuenca del Pacífico. Porque Europa está sometida a otro tipo de crisis.

 -¿Cómo es esa crisis en particular?

 -La capacidad de recuperación de Alemania al fin de la guerra fue descomunal. Las fuerzas de ocupación hacen que Alemania pueda tener otra vez una moneda propia, le dan crédito y usan como reservas las tenencias de divisas de los particulares con la garantía de que con el Marshall no iba a haber devaluación.

 -¿El euro no fue una forma de competir con la hegemonía del dólar?

-En los ’90, Alemania logra una zona propia con el euro. Pero como son países de distinta productividad es una suerte de marco para todos. Como Alemania ha ido concentrando todas las ramas duras de la economía y de la más alta tecnología, en realidad el resto de Europa es una periferia de Alemania, con una moneda común. Alemania es la economía más dinámica de Europa, pero está subordinada a la hegemonía política de EE UU.

Latinoamérica es el garante alimentario

«Si China se transformara en un centro del capitalismo mundial, quedándose en el capitalismo, la posibilidad de expansión del desarrollo económico sería mucho más grande. Y nuestros países necesitan de esa expansión para crecer. Hay dos países entre los emergentes que pueden tener un papel más «empujador» de China: Brasil y Rusia. Por otro lado, la seguridad alimentaria de China somos Argentina y Brasil. El Mercosur es la manera ideal de responder a la demanda agroalimentaria de China, porque esa demanda se completa con Argentina y Brasil, pero esto arrastra a los demás sobre todo porque la demanda de China no es solo de agroalimentos sino de minerales, de petróleo. Porque China tiene poca agua o mejor dicho no le alcanza para todos. Para atender y resolver el problema de sus alimentos necesita de la región», dice Abalo.

-¿Su problema es el agua?

 -Su problema es el agua

 -¿Por qué, por los cultivos?

-Están haciendo obras al respecto, pero son 1300 millones de habitantes. Y para todo lo que tienen que hacer el agua es una limitación, este es el problema central. Pero China apuesta al futuro y se prepara para la tercera revolución industrial y para la transferencia de mano de obra: sacar a obreros de las fábricas y transformarlos en obreros de la tecla.

 

Tiempo Argentino 16 de Agosto de 2015

 

Foto Soledad Quiroga para Tiempo Argentino

La integración en debate: Aronskind, Escudé, DerGoughassian en la Feria del Libro

La integración en debate: Aronskind, Escudé, DerGoughassian en la Feria del Libro

El futuro de las relaciones exteriores argentinas en el contexto del proceso electoral que se avecina fue el disparador para una charla que bajo el título convocante de «Más integración regional o cambio de rumbo», organizó Tiempo en la Feria del Libro. Al encuentro en la Sala Juan Rulfo asistieron los especialistas en política internacional Ricardo Aronskind, Carlos Escudé y Khatchik DerGhougassian.

Abrió el debate Aronskind, economista y magister en Relaciones Internacionales. La pregunta inquietante de la que partió fue clara y contundente: «¿Por qué no hay más integración y por qué existe una probabilidad de cambio de rumbo?» Su análisis no fue menos perturbador. El primer lugar, dijo, las elites regionales no tienen interés en la integración. «Los partidos de centro o de derecha están en contra o plantean alternativas como la Alianza del Pacífico, que son un amontonamiento de países ligados a la economía estadounidense».

Luego, el también docente en la UNGS, UBA, UNSAM y Flacso anotó una lista de déficit en el proceso de unidad regional. Entre ellos señaló a lo que llamó «alma dividida de Brasil», que por un lado parece intentar sumarse al resto de los vecinos mientras que por el otro apuesta a «aliarse al elenco estable de potencias intermedias internacionales» entre las que están las que conforman el grupo BRICS. Que a principios de 2014 Brasil no haya mostrado la mínima intención de querer ayudar en la crisis de reservas que padecía la Argentina para el experto es toda una señal.

Economista al fin, Aronskind fue muy crítico de la posición argentina en relación a los socios menores del Mercosur, y especialmente Uruguay. “La política proteccionista en ese sentido es un error. Si un empresario local tiene que protegerse de Uruguay debe cerrar las puertas. La integración es superior a ese empresario”, sostuvo.

Otra cuestión pasa por esa suerte de comodidad ideológica de pensar que tras el No al ALCA en noviembre de 2005 el proceso de integración era indetenible. Es que Estados Unidos no iba a descansar en esa derrota parcial, como lo demuestra la historia reciente.

Escudé, doctor en Ciencia Política por la Universidad de Yale con más de 20 publicaciones y docente invitado en Harvard y Madrid en los ’90, disparó, por oposición, que en realidad América Latina «es la región más integrada del planeta». Y que precisamente por serlo, es que resaltan ese tipo de dificultades. Como prueba, Escudé señala que «entre Tijuana y Ushuaia hay 10 mil kilómetros a lo largo de los cuales se habla el mismo idioma”. Es como si entre Lisboa y Shanghai se hablara un mismo lenguaje, resaltó.

Esa es la razón para el que fuera asesor del canciller Guido Di Tella en el gobierno de Carlos Menem y teórico del realismo periférico que explica que especialmente el cono sur sea la región más pacífica del mundo. «Entre Argentina y Chile nunca hubo una guerra en 200 años de historia y con Brasil solo hubo una de baja intensidad entre 1825 y 1828». Eso, destacó, fue décadas antes de la unificación tanto de Alemania como de Italia. Y recordó que tras ese proceso político europeo, franceses y alemanes protagonizaron tres guerras, dos de las cuales «fueron las más holocáusticas (sic) en la historia de la humanidad».

Escudé agregó que este proceso integrador latinoamericano, que mira en cierto modo como modelo al europeo, está hecho en base a una iniciativa regional, mientras que Alemania y Francia fueron forzadas a la unidad por Estados Unidos, que no estaba dispuesto a tolerar nuevas carreras armamentistas y conflictos bélicos en el viejo continente. «La integración europea fue fruto del miedo», concluyó.

Cerró el encuentro Khatchik DerGhougassian, doctor en Estudios Internacionales de la Universidad de Miami en Coral Gables, Florida. El docente en las universidades de San Andrés y Lanús acotó que en Latinoamérica hay una suerte de costumbre de «multiplicar las siglas y las cumbres» que al principio generan mucho entusiasmo pero “terminan en una oficina y no se habla más”.

En tal sentido rememoró lo que fue el continente desde la crisis de 2001. «El giro a la izquierda indicó que algo pasaba en América Latina», y la creación de la Unasur elevó esperanza de que se podría «institucionalizar una iniciativa estratégica». Luego el No al Alca fue el principal capital político para la construcción de grandes proyectos de infraestructura, como gasoductos y hasta un Banco del Sur. Pero esos proyectos están bastante estancados en general, más aún en un momento en que al crecimiento económico es bastante menor en líneas generales.

DerGhougassian destacó que aún no se sabe qué ocurrirá tras la nueva amistad entre el presidente Barack Obama y el gobierno de Cuba, un país que siempre fogoneó la unidad continental. Pero llamó a considerar dos cuestiones que sobrevolaron todo el debate: si es por hablar un lenguaje común, el llamado mundo árabe podría ser un buen ejemplo de integración y eso dista mucho de ser cierto. Y Rusia, desde el zarismo y puntualmente durante la Unión Soviética, integró con infraestructura a naciones disímiles bajo una misma identidad. Ambos resultados, sintetizó, marcan la dificultad de la empresa que buscan los sectores más progresistas de la región.
 

Tiempo Argentino
Mayo 2 de 2015

Como decía el Negro Jefe, los de afuera son de palo

Como decía el Negro Jefe, los de afuera son de palo

Momentos cruciales para América Latina. Si uno releyera textos publicados hace un par de años podría pensar  que hablaban de otro mundo. Eran, aquellos, manifiestos de optimismo en torno del avance de la integración regional. Hoy, con los últimos acontecimientos en Venezuela, Brasil y Argentina, la realidad se manifiesta bastante más hostil.

Es que desde aquellos «años dorados» pasaron algunas cosas. Entre ellas que murieron Néstor Kirchner y Hugo Chávez, dos grandes motores de la integración, y Lula dejó el gobierno y optó por pasar a un segundo plano en ese aspecto. Además, habrá que reconocer que «ellos (la contra)» no estaban derrotados. Fue una batalla que perdieron, pero nadie pensaba que iban a entregar así nomás sus privilegios sólo porque las mayorías se imponen en las elecciones. No es su estilo, como la historia corrobora.

Mucho se avanzó en estos diez años, pero mucho también es lo que falta y en esta encrucijada del destino es bueno anotar algunos de esos puntos. El principal, sin dudas, es el de las creencias. Sería simplista considerar que todas las desventuras que padecen los gobiernos latinoamericanos en este momento obedecen solamente al rol de los medios concentrados. Es cierto que ellos abonan el pensamiento dominante, pero no es menos cierto que hay una enorme masa crítica que comparte esa visión del mundo. Porque vienen formateados desde la infancia por los sistemas educativos y comunicacionales. O porque esa forma de interpretar los valores los identifica.

Conviene recordar que los medios son empresas que defienden intereses, pero están hechos por personas que no solamente trabajan por el dinero a fin de mes. Pensar así implicaría desconocer que quienes no toleraron ese intercambio de dinero por dignidad ya se fueron de los grandes medios hace tiempo. Los que están es porque comparten con los dueños del medio esa perspectiva.

Tienen una misma posición con respecto a lo que las palabras Justicia, Libertad, República, Democracia y Derechos Humanos significan, por ejemplo. Y desde ese lugar expresan a una gran masa de la población, no sólo a sectores de las clases medias. Con todo lo que se avanzó en estos años, esa ideología imperante no pudo ser perforada en toda su dimensión. Cierto que se produjo una grieta –como admiten desde la vereda de enfrente– pero el cristal con que se mira no se quebró del todo como para que la sociedad en su conjunto dé el paso hacia otras concepciones sobre República, Democracia, Justicia, Derechos Humanos y Libertad. En lo que hace a las relaciones exteriores, hay un concepto que cuesta incorporar porque va precisamente en contra de la principal fortaleza neoliberal, que es el individualismo. Se trata de la integración regional.

Las fuerzas opositoras de Venezuela y Brasil son en su discurso especialmente críticos contra organismos de integración como el Mercosur. Si uno se deja llevar por sus discursos, ese organismo creado por gobiernos a los que no se puede catalogar de ultraizquierdistas, debería desaparecer. Como si la experiencia no demostrara que la integración es la mejor opción para que «no nos devoren los de afuera». Naciones con siglos de enfrentamientos como las europeas aprendieron la lección hace más de 50 años y a pesar de las dificultades actuales, son un buen ejemplo de lo que se logra si los vecinos marchan coordinados. Cuanto más si esos vecinos son «hermanos de placenta» como suele decir el todavía presidente uruguayo José Mujica. Porque a no engañarse, los de afuera son potencias imperiales como nunca ha conocido el planeta.

En el caso argentino, las figuras más relevantes de la oposición parecen inclinarse por un Mercosur remozado y con más acercamiento a la Alianza del Pacífico, la entidad creada para ponerle tope a la construcción atlántica de Argentina, Brasil y Venezuela. Sin embargo, cuando algunos de ellos presentan denuncias por acciones del gobierno nacional se apuran a amenazar con recurrir a la OEA, fundada al gusto de Estados Unidos al fin de la II Guerra. Ni pensar en ir a la Unasur o la Celac. Alguno de ellos incluso se ufana de haber pedido consejo en la embajada de los Estados Unidos y en la CIA sobre el mejor candidato para manejar la policía local. El problema es que lo hacen sabiendo que es una buena herramienta de marketing político. O sea que hay mucha gente que acompaña la idea de que es mejor acomodarse con Occidente que atreverse a transitar otros caminos, como hicieron los Libertadores de América.

Sucede que en estos años no solamente avanzó un proyecto de integración que logró subir al mismo bote a gobiernos de derecha y de izquierda de la región, como los que integran la AP y los de Mercosur. Afuera se fue configurando un mundo multipolar que más allá del deseo de la Casa Blanca y el Pentágono, –expresados en la Estrategia de Defensa Nacional que presentó Barack Obama a principios de este mes– no se va a detener. Podrán profundizar la línea de demonización del presidente ruso y de quienes lo sucedan en el futuro, como lo hacen con el chavismo. Pero en tanto China siga creciendo y se fortalezca la alianza Beijing-Moscú y el bloque de Rusia, India y China, que junto con Sudáfrica y Brasil integran el grupo BRICS, hay posibilidades para otro mundo posible.

Esos que añoran volver a las «alianzas tradicionales» en esta parte del mundo no deberían barrer debajo de la alfombra el hecho real y concreto que Europa a pesar de su unidad, y Estados Unidos, ya no son el centro de gravedad del mundo capitalista. Ese foco se desplazó a la región de Asia-Pacífico. No por nada Washington busca con tanto ahínco sellar un acuerdo con la UE para conformar un mercado común, luego de su fracaso en imponer el ALCA hace una década. Ellos comprendieron que es mejor negociar en conjunto que ir cada uno por su parte. Y son una potencia imperial…

En Venezuela la situación se fue poniendo especialmente violenta desde febrero del año pasado. Es innegable la participación de grupos especialmente entrenados en el golpe blando. Pero también hay un caldo de cultivo que permite el crecimiento de estrategias desestabilizadoras. Hay un problema en la economía y la provisión de mercaderías que afecta a grandes capas de la sociedad. Los sectores medios, parafraseando a Perón, quieren comer tortilla pero se niegan a aceptar que para eso «hay que romper algunos huevos». El planteo de pacificar el país y de abrir el diálogo con la oposición resulta peliagudo porque ningún privilegiado está dispuesto a renunciar a sus ventajas, y mucho menos cuando reciben todo el apoyo desde el exterior, como es el caso.

El martes un chico de 14 años fue asesinado por un policía de 23. Un hecho inadmisible en cualquier sociedad civilizada. El gobierno identificó de inmediato al autor y lo puso a disposición de la justicia. Eso no impidió que, ya demonizado desde que en 1999 ganó su primera elección, el chavismo apareciera en los medios como un «régimen criminal».

En las últimas semanas se conocieron varios casos de gatillo fácil en Estados Unidos contra mexicanos. El último caso fue el de un joven de 31 años nativo de Durango que murió baleado por agentes policiales en Gravepine, Texas. Diez días antes otro mexicano, de Michoacán, fue acribillado en Pasco, estado de Washington, por tres uniformados. El año pasado hubo revueltas en varios distritos por el homicidio de un joven negro en Ferguson, Missouri. El caso más dramático fue el 24 de noviembre en Cleveland, cuando policías blancos mataron a balazos a un chico de 12 años negro que portaba una pistola de juguete. No hubo denuncias contra el «régimen» vigente en la principal potencia mundial.

¿Es admisible que unos días antes del crimen del estudiante en Táchira el gobierno de Maduro haya detenido al alcalde metropolitano de Caracas, dos veces electo para ese cargo? Desde el punto de vista judicial es posible que sí, en vista de los antecedentes de Antonio Ledezma. Políticamente suena a una decisión errónea. En todo caso sería un buen tema para debatir en la Unasur, el organismo que debe entender en esas cuestiones entre los países latinoamericanos.

No son estos tiempos para ponerse nervioso. Como en esos partidos difíciles con el estadio en contra, hay que parar la pelota en el medio del campo, pensar la jugada y no dejarse atropellar. Como dijera Obdulio Varela, el mítico Negro Jefe, aquel caudillo uruguayo que se cargó al hombro el seleccionado oriental para llevarse por delante a punta de coraje a Brasil en el Maracanazo de 1950: «No miren para arriba (a la tribuna), el partido se juega abajo. Los de afuera son de palo.»
 

Tiempo Argentino
Febrero 27 de 2015

Ilustró Sócrates