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Daños colaterales

La aparición de 50 cadáveres en un camión frigorífico estacionado al costado de una autopista en Austria es todo un símbolo de una situación descontrolada en Europa, donde cada día miles de personas intentan ingresar al rico territorio atravesando mares, ríos y montañas a bordo de cualquier medio, incluso algunos tan peligrosos como las balsas con que atraviesan el Mediterráneo o vehículos en los que escasea el espacio y el aire.

El hallazgo de los 50 cuerpos escandalizó hasta a los más duros de una sociedad sumergida en un caos que aparece como secuela –o daño colateral- de conflictos en otras partes del mundo en los que algunas de sus tropas no son ajenas.  No es casualidad que muchos de esos desesperados que arriesgan su vida para buscar mejores oportunidades vayan de Libia, Túnez, Siria, Etiopía y más allá.

En las últimas semanas creció en algunos decisores europeos la polémica sobre cómo denominar a esa masa humana que presiona en el paso de Calais, en el norte de Francia, o en Alemania, desde el sur de España, Italia y Grecia. Para los editores del británico The Independient, al menos, es necesario denominarlos refugiados y no simplemente inmigrantes. Porque la mayoría huye de guerras civiles o atrocidades étnicas.

Pero otros escapan de situaciones económicas y sociales que también los condenan a la muerte. ¿Cuál sería la diferencia? En este caso el debate parte de las pantallas de la CNN, donde rebotaron los pedidos del Alto Comisionado de la ONU para que tanto Estados Unidos como México y los países centroamericanos consideren a los niños que cruzan la frontera sur estadounidense como refugiados, algo a lo que la Casa Blanca se niega.

En Europa, la canciller alemana Angela Merkel –una dura entre duros- reclamó desde una cumbre de la UE y los países balcánicos acordar un «reparto justo» de los refugiados. El jefe de gobierno austríaco , Werner Faymann – quien  tampoco es un blando- pidió «espíritu de solidaridad» entre todos los países para resolver la cuestión.

Ya se había difundido la noticia de que en la carretera que va de Budapest a Viena la policía austríaca había encontrado un furgón con las puertas abiertas y adentro, medio centenar de cuerpos de personas que, por lo que parece, llevaban varios días fallecidas.

De inmediato las autoridades salieron a condenar a los traficantes de personas. Cada tanto ocurre algo parecido en la frontera estadounidense y la retahíla de cadáveres en vagones de tren que habían partido de México fueron un clásico en  épocas no tan lejanas.

Por esas regiones, la crisis inmigratoria tiene aristas diferentes pero el trasfondo no lo es tanto. Los hay que tradicionalmente buscan mejores condiciones para desarrollar una vida digna. Son los que pueblan mayoritariamente el territorio sureño, un territorio que, por otro lado, perteneció a México. Pero en los últimos años se agregaron miles que cruzan desde América Central huyendo de la violencia social y el narcotráfico en sus naciones de origen. Si no son asesinados en el norte mexicano por bandas criminales, quizás puedan ingresar escapando de la vigilancia estadounidense. Y tal vez, incluso puedan conseguir trabajo. Pero aún el presidente Barack Obama no consiguió que los republicanos le aprobaran una ley para regular la situación de más de 12 millones que, de resultar legalizados, podrían recibir un aumento en sus ingresos. Así como están no solo son carne de violencias cotidianas sino que deben tolerar sueldos que apenas permiten la sobrevivencia. Una buena razón para que algunos empresarios rechacen la idea de incorporarlos a la plantilla regular.

En los últimos meses un precandidato republicano trepó en las encuestas  avivando el fantasma de los inmigrantes, a los que carga de las peores diatribas, y prometiendo construir muros a lo largo de toda la frontera –ahora existe solo un tramo de unos 600 kilometros- y prometiendo echar a todos los ilegales. Donald Trump, que de él se trata, tuvo incidentes con representantes de la comunidad y el miércoles expulsó a un periodista hispano de una conferencia de prensa. Con ese discurso agresivo parece irle bien y es difícil que lo cambie

Al millonario excéntrico se le sumó otro aspirante republicano, Benjamín «Ben» Carson, un reconocido médico cirujano, de prodigioso currículum por haber realizado operaciones impresionantes con pulso firme y decidido. Ahora su aporte a la confusión general fue decir que no dudaría en usar drones contra los inmigrantes que intentan cruzar hacia Estados Unidos. Tras el vendaval que se le vino en contra salió a aclarar: «No dije que iba a usar aviones no tripulados contra personas, sino contra las cuevas que ellos utilizan para protegerse de las autoridades.»

Es por lo menos curiosa la posición de Trump, cuya madre era una inmigrante escocesa y su padre, descendiente de alemanes. La de Carson, un neurocirujano cuya vida fue relatada en el filme Manos milagrosas -con Cuba Gooding Jr. y Kimberly Elise- tiene sus diferencias. Es negro, por lo tanto sus ancestros fueron llevados por la fuerza, y para estar peor que en su tierra original.  Pero su solución de los drones va en consonancia con un recurso aplicado extensivamente por el gobierno de Barack Obama, el primer afrodescendiente en ocupar la Casa Blanca.  En tal sentido, el Wall Street Journal publicó hace unos días que el Pentágono tiene previsto incrementar el uso de drones para misiones de vigilancia e inteligencia en todo el mundo.  Los vuelos no tripulados pasarán de los actuales 61 por día a 90 para el año 2019.

Según una fuente que el periodista Gordon Lubold  no identifica, la mayor parte de las futuras operaciones se llevarán a cabo en «zonas calientes» como el Norte de África, Ucrania, Siria, Irak y el mar de la China Meridional.

La nueva estrategia se inscribe en el marco de un replanteo de ese tipo de acciones bélicas, las preferidas del presidente Barack Obama por varias razones: en primer lugar, como se efectúan desde cómodas poltronas en una oficina implican un juego virtual y no se producen esas tan revulsivas remesas de bolsas negras con cadáveres de soldados caídos en combate, que tanto incomodaron a anteriores mandatarios, desde Vietnam a esta parte. Por otro lado, son un impresionante negocio para la industria bélica, la que más valor agregado aporta a la salud económica de Estados Unidos junto con la tecnología informática, que en este caso van de la mano.

Por ese motivo es que la filtración informativa se coló en los pliegues de un diario económico como el Wall Street Journal. Se trata de un anuncio de los proveedores de equipos hacia los inversores, para que vean los «nichos de negocios» (nunca mejor aplicado el término) que más rendirán en los próximos meses.

Hay que decir que las incursiones teledirigidas son para vigilancia y espionaje como dicen los comandantes, si, pero básicamente han demostrado ser muy útiles en la política de Obama de asesinatos selectivos.

Según revela Micah Zenko  en base a datos provistos por la New America Foundation, desde 2001 y hasta fines de 2014 Estados Unidos llevaba realizados 500 asesinatos selectivos, de los cuales el 98% fueron efectuados con drones. Resultaron eliminadas así 3674 personas, incluidos 473 civiles. En 50 de estos casos la autorización fue del presidente Bush, en el resto, 450, la firma es de Obama.

La pregunta clave es cuántos de esos homicidios fueron personas inocentes que cayeron por «error».  En diciembre de 2013 un drone masacró a 12 personas y dejó gravemente heridas a otras 11 que asistían a un casamiento en Yemen. Situaciones similares se produjeron en Afganistán.

Ante ataques que «vienen del cielo», la población civil no tiene cómo escabullirse fácilmente. Si el blanco elegido es hallado se puede plantear un debate sobre la legalidad de matar sin juicio previo, o aún de la pena de muerte. Pero miles y miles huyen de estos «daños colaterales».  Y los terminan provocando en esta Europa que no sabe qué hacer con ellos. Aunque émulos de Trump y Carson no les faltan.
Tiempo Argentino · 28 de Agosto de 2015

A la deriva: el drama de los inmigrantes

A la deriva: el drama de los inmigrantes

«Pa’ una ciudad del norte/ yo me fui a trabajar/ mi vida la dejé/ entre Ceuta y Gibraltar», canta Manu Chao, hijo de un exiliado español de la Guerra Civil, en «Clandestino», el tema que narra las desventuras de otros que, como su familia, debieron dejar su tierra para labrarse un futuro mejor. O simplemente un futuro. En esa canción, Chao detalla los avatares de latinoamericanos y africanos sin papeles, «ilegales, clandestinos» obligados a correr «para burlar la ley». Perseguidos por el hambre y la falta de expectativas, víctimas de guerras civiles y de la avidez de grandes empresas que devastan regiones para explotar sus recursos naturales. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2014 se registró un flujo de 214 millones de migrantes en todo el planeta, esto es, más de 4 veces la población de Argentina.

Tratándose de un proceso que por fuerza se hace a hurtadillas, el cómputo completo podría estimarse 3 y 4 veces mayor, según la misma fuente. Pero no todos logran su objetivo, y en ese mismo período más de 4.000 personas murieron en el intento.

Las imágenes de los que cada día cruzan en barcos desvencijados y sobrepasados de pasajeros hacia Lampedusa, al norte de Túnez y cerca de Sicilia en Italia, las que cada tanto se ven en el enclave español de Ceuta y las de quienes intentan cruzar la frontera caliente entre México y Estados Unidos, al igual que las que fugazmente se mostraron de Malasia, son elocuentes. Impotencia y represión violenta, tiendas de campaña para alojar a los sin refugio, disputas políticas entre quienes no quieren hacerse cargo de un problema que hasta el papa Francisco puso de relieve con una visita a uno de esos campos del espanto.

Europa atraviesa una crisis económica que, en algunos países del sur, es demoledora. Sin embargo, miles de desesperados tratan de ingresar cada día a Italia, Grecia y en menor medida a España. Es que son las naciones más cercanas a esos «territorios de fuga» y quienes logran entrar en general no planean quedarse allí, sino que hacen una primera escala para atravesar fronteras interiores del continente hacia un lugar donde afincarse.

Pero nada es fácil para ellos. Y en todos los lugares adonde llegan –si es que no caen en el camino– encuentran resistencia, rechazo, estigma. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, autor de Ceguera moral, ensaya una explicación a este drama contemporáneo: «Desde la modernidad, los refugiados de la brutalidad de guerras y despotismo, de una vida sin esperanza, golpearon a nuestras puertas. Para la gente de este lado de las puertas, esas personas han sido siempre “los extraños”, “los otros”». Esos otros están en la mira de los movimientos xenófobos o directamente nazis que prosperan en casi todos los países de Europa. El crecimiento del partido de los Le Pen, padre e hija, en Francia, Amanecer Dorado en Grecia, los grupos neonazis alemanes y neofascistas en el norte de Italia son muestras del arraigo de la intolerancia en el continente. El periodista catalán Pere Rusiñol describe la situación: «Los inmigrantes son el chivo expiatorio perfecto» y «una amenaza a la visión del mundo de la ultraderecha porque, por definición, introducen elementos de diferencia en una sociedad. La ultraderecha, en cambio, persigue la quimera del pueblo absolutamente homogéneo y cohesionado por compartir una lengua, una cultura, una religión».

Del otro lado del océano, el millonario Donald Trump, en su lanzamiento como precandidato presidencial de los Estados Unidos, arremetió contra los emigrantes mexicanos: «Están enviando gente que tiene muchos problemas, nos están enviando sus problemas, traen drogas, son violadores, y algunos supongo que serán buena gente, pero yo hablo con agentes de la frontera y me cuentan lo que hay», dijo.

Cercos militares

En el mapa actual de las migraciones internacionales se observan dos grandes fenómenos. Uno de ellos es el flujo migratorio más o menos ordenado, más o menos pacífico, más o menos consentido, que permite la circulación de poblaciones que se integran a las sociedades receptoras. Por ejemplo, las migraciones suramericanas hacia la Argentina, donde existen planes generosos para la acogida y la legalización junto con oportunidades de trabajo, estudio y sistemas de salud pública que los locales cuestionan pero son a todas luces superiores a los que tienen en sus territorios de origen los inmigrantes.

El otro fenómeno, violento y trágico, es el de los flujos migratorios que intentan atravesar fronteras cerradas y militarizadas, como sucede en el Mediterráneo y los Balcanes. Allí, en lo que va del siglo, las organizaciones internacionales registraron unos 40.000 muertos, lo que llevó a que el último informe sobre migraciones de la OIM se titulara Viajes fatales. El 70% de esas muertes tuvo lugar en el Mediterráneo. En ese informe se aclara que por cada muerto registrado hay por lo menos otros dos o tres desaparecidos.

«Nada te prepara para ver a 369 personas hacinadas en un barco de pesca», declaró hace poco Chris Catrambone, cofundador de la Estación de Ayuda al Migrante por Mar, que se dedica a la ayuda a los que cruzan desde África a Italia. Fue durante uno de los tantos naufragios que se suceden porque las embarcaciones carecen de las más elementales medidas de seguridad. «Se está creando una fosa común en el mar Mediterráneo y las políticas europeas son las responsables», denunció Loris De Filippi, presidente de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Solo en lo que va de 2015 cerca de 2.000 personas se ahogaron tratando de escapar de Libia hacia Lampedusa, y durante el último año alrededor de 100.000 consiguieron entrar a Europa por distintas vías, de acuerdo con estadísticas de la OIM. Casi 55.000 cruzaron el mar desde el devastado norte africano, mientras que más de 46.000 llegaron a Grecia desde Turquía. La dramática situación motivó quejas de Italia porque sus socios de la Unión Europea (UE) cierran fronteras para evitar recibirlos, violando los principios establecidos en el Tratado de Schengen. A mediados de junio se decidió aceptar la reubicación de hasta 40.000 extranjeros llegados a Italia y Grecia, más que por cuestiones humanitarias para aliviar a dos de los países más castigados por la crisis económica.

En otras geografías se suceden verdaderas tragedias humanitarias no solo por la cantidad creciente de seres humanos que mueren en el intento de migrar, sino porque a ese drama se acopla el tráfico de personas, secuestros masivos, asesinatos y desapariciones forzadas. Esas tres zonas son la ya mencionada frontera sur (Mediterráneo) y este (Balcanes) de la UE, otra es la frontera entre Estados Unidos y México, a las que se añadió recientemente el Golfo de Bengala y el Mar de Andamán, en el sudeste asiático. En América la situación tiene sus matices. Los 3.152 kilómetros de frontera entre México y los Estados Unidos en particular, y el territorio mexicano en general, reviste la inocultable condición de tragedia humanitaria. Solo en 2014, al menos 1.000 personas perdieron la vida en su intento por atravesar ese borde sellado con una muralla o por los caminos que aún quedan sin dividir. Pero no todos son mexicanos. Al menos la mitad provienen de otros países centroamericanos cuyo primer desafío es alcanzar la frontera con Estados Unidos sin ser secuestrados en el camino. Un porcentaje menor está compuesto por asiáticos, suramericanos, africanos, caribeños y antillanos, que utilizan a México como trampolín de acceso al «paraíso americano». Los registros del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la OIM estiman que entre 1.200 y 1.500 personas intentan cruzar ese peligroso límite por tierra.

El vecino de al lado

México es uno de los mayores expulsores de población del mundo, cada día abandonan tierra azteca unas 700 personas, de las cuales 600 van a Estados Unidos, 55 a Canadá y 45 al resto del mundo. Los cuatro mayores países emisores de la región latinoamericana y caribeña siguen siendo Brasil (23%), Colombia (11%), Perú (9%) y Ecuador (9%). La Argentina, en este contexto, durante los 90 fue expulsor de nativos pero al mismo tiempo receptor de países vecinos, un raro fenómeno con pocos antecedentes en el planeta. En la actualidad es uno de los cuatro puntos de acogida de emigrantes, aunque ya no vienen mayoría de europeos como a lo largo de la primera mitad del siglo XX, sino que son migrantes de Bolivia, Paraguay y Chile, además de los jóvenes colombianos y brasileños del sur del país que cruzan las fronteras para aprovechar las ventajas de la educación superior gratuita y de calidad que se ofrece en el país. Por otro lado, España, que pocos años atrás fue el destino soñado para las atribuladas poblaciones locales, desde hace tres años no hace sino expulsar a miles de ecuatorianos y peruanos que vuelven a su países de origen, e incluso lo hace con españoles nativos que ven cerradas sus puertas en la península y encuentran oportunidades en América Latina.

En Estados Unidos residen 33 millones de descendientes de mexicanos y 11 millones de migrantes de ese origen, de los cuales solo el 25% obtendrá la ciudadanía, muchos de ellos luego de enrolarse en el Ejército. El 50% de los mexicanos residentes son pobres. Según el Instituto Nacional de Migraciones de México (INMM), un total de 1 millón de personas al año utiliza ese país como plataforma de ingreso a los Estados Unidos, sean documentados o indocumentados, registrados o invisibles. Al mismo tiempo, cada año regresan a través de México unos 400.000 migrantes. De ellos, una parte se queda en el país azteca, una parte regresa a su país de origen y otra comienza un nuevo itinerario para reintentar el ingreso por otra vía. El mismo INMM define que la frontera entre los Estados Unidos y México es la más transitada del mundo. Entre 300 y 500 dólares por cabeza paga un migrante a los traficantes (polleros o coyotes) para cruzar, bastante menos de lo que pagan los africanos para escapar a Europa. Los traficantes, que controlan al menos 8 de cada 10 cruces, los recogen en el lado mexicano y los sueltan del lado estadounidense. Pasan la frontera de múltiples modos, ocultos y hacinados en camiones, camionetas, doble fondo del piso de micros, flotando en el interior de camiones cisterna, incluso en el tren infelizmente conocido como La bestia. Solo en 2014 la OIM contabilizó 250 muertes de migrantes en las inmediaciones de ese borde tabicado por un muro de cemento y hierro. La cifra llega hasta los 6.000 muertos en este tramo del siglo XXI.

Efecto rebote

La vieja y orgullosa Europa, protagonista de las peores guerras, genocidios y ocupaciones coloniales que vivió la humanidad, padece ahora el rebote de muchas de esas intromisiones bélicas en otras regiones hacia su propio territorio. Así, recibe oleadas de migrantes por el sur y por el este que escapan de situaciones provocadas por acciones de las dirigencias políticas no tan lejanas en el tiempo que desataron verdaderos infiernos en África y el Oriente Medio. Millares de migrantes africanos, en parte magrebíes y en parte subsaharianos, se desplazan durante meses a través del desierto más grande del planeta para ingresar a Ceuta y Melilla, dos resabios de la etapa colonial de España, como trampolín de acceso a Europa. Para impedir el ingreso terrestre, primero por su cuenta y luego con auxilio de Bruselas, España construyó dos gigantescos muros de alambre, cemento y acero que están permanentemente monitoreados por cámaras de visión nocturna y sensores de movimiento y ruido. En 2012 España llegó a establecer un acuerdo con Marruecos para que las autoridades del reino africano se encarguen de frenar el paso de migrantes por su territorio mediante un control represivo mucho más duro, que España no puede aplicar por su adhesión a tratados de la UE. En otras palabras, los marroquíes hacen el trabajo sucio a los españoles. Por eso se incrementó el paso por otros canales, aunque las autoridades magrebíes no suelen ser muy afectuosas con los migrantes subsaharianos. El Gobierno de Argel, por ejemplo, carga con decenas de denuncias en su contra por capturar a migrantes en Tánger y expulsarlos al desierto. Ninguna administración europea se dio por enterada de esas prácticas. Libia y Túnez son, entonces, los puertos de salida para fugitivos procedentes de Guinea, Senegal, Sudán, Mali, Nigeria, Camerún, Togo, Ghana y Chad. A Italia cruzan en su gran mayoría magrebíes y en particular libios que huyen de la guerra civil desatada tras la intervención europea para derrocar y asesinar a Muhamar Khadafi en 2011. Por el Mediterráneo oriental ingresan millares de sirios, egipcios, iraquíes, afganos, somalíes y eritreos, entre otros, por rutas que los llevan a Grecia a través o del mar Egeo o de la frontera con Turquía. La OIM certifica que «Europa es el destino más peligroso del mundo para las migraciones irregulares». Y computa la muerte de 2.000 personas por año, equivalentes a unos 28.000 durante este siglo. Un tercio de los que cayeron durante 2015 eran magrebíes, un tercio subsaharianos, el 11% del cuerno de África (Somalia y Eritrea) y el resto sin identificación. Italia es el país que más migrantes recibe por vía marítima, con 130.000 en 2014, más del doble que un año antes. La situación fue advertida por la actriz Angelina Jolie, quien visitó un centro de refugiados en Malta y dijo que «existe una relación directa entre los conflictos en Siria y en otros países de la región, y el incremento de las muertes en el Mediterráneo. Si no atajamos la raíz de esos conflictos, el número de refugiados que mueren seguirá en crecimiento».

Nobel fallido

El continente asiático, en tanto, es una zona de permanentes y gigantescas migraciones, compuesta por una natural movilidad migratoria sin mayores conflictos, y una migración violenta ocasional originada en conflictos bélicos o sociales, protagonizada por desplazados y refugiados, y que genera innegables catástrofes humanitarias. Es lo que está sucediendo actualmente en la bahía de Bengala y el mar de Andamán, con refugiados rohingyas procedentes de Myanmar y Bangladesh, que son rechazados por Tailandia, Malasia e Indonesia. Las cifras son escalofriantes. Durante 2014, cuando escaló la crisis migratoria, entre 90.000 y 100.000 personas se movilizaron por la zona, y más de 25.000 entre enero y marzo de este año. De estos, el ACNUR contabilizó más de 2.000 muertos en el mismo lapso, la mitad por naufragios o enfermedades contraídas en alta mar, y la otra mitad de manos de los traficantes tailandeses y malasios. Forman parte de los 180.000 rohingyas que huyen desesperadamente de la limpieza étnica lanzada desde 2012 en Myanmar. El relator de las Naciones Unidas para este caso, el argentino Tomás Ojea Quintana, lo calificó como genocidio. «En Myanmar se están cometiendo crímenes contra la humanidad. Hay elementos claros y más que suficientes para determinar que hay un genocidio contra los rohingyas en Arakán», destaca (ver Políticas de Persecusión).

Estos ataques revelaron una actitud esquiva de Aung San Swkyi, premio Nobel de la Paz de 1991, una líder opositora que pasó 20 años encarcelada por la dictadura militar y que ahora aparece como favorita para las elecciones de 2016. Varios premiados con ese galardón que se reunieron recientemente en Oslo para denunciar la tragedia de los rohingya decidieron no invitar a Suu Kyi y la criticaron ácidamente. «Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el bando del opresor», espetó el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, Nobel de 1984 que le reclamaba «desesperadamente su liderazgo moral» para poner fin a las matanzas.

Políticas de persecución 

Invisibilizados por los grandes medios, no tanto por ocultamiento como por ignorancia, los rohingyas son en Myanmar, la antigua Birmania, una minoría étnica musulmana que viene sufriendo persecuciones por décadas. Es en este marco que ocurre lo que el argentino Tomás Ojea Quintana, relator especial de la ONU para los derechos humanos en Myanmar, describe de este modo: «Familias enteras de rohingyas escapan, lanzándose desde la provincia de Rakhine a las turbulentas aguas del golfo de Bengala, en precarias barcazas, con la desesperación de alcanzar, en general, las costas de Malasia». Por eso considera que los integrantes de esa comunidad étnico-religiosa que logran huir de ese infierno, debieran ser definidos –de acuerdo con lo que indican los términos legales de la ONU– no como inmigrantes sino como refugiados.

¿Qué consecuencias tiene para ellos esta divergencia semántica? Para Ojea Quintana, los rohingyas que navegan a la deriva merecen los derechos de todo refugiado, «y no deberían ser devueltos al mar o encarcelados, y mucho menos obligados retornar a Myanmar». El relator de la ONU acusa a Tailandia, Bangladesh y Malasia por desentenderse de esta grave situación. Pero la alerta es también para los países occidentales que levantaron sanciones contra el régimen militar y para naciones o empresas privadas que «se aprestan a invertir en un país que se abre al mundo», insiste Ojea Quintana. «Deben priorizar la exigencia de que las autoridades de Myanmar desarticulen las políticas de persecución en vigencia», concluye.

 

OPINIÓN

Gabriel Pérez Dupart*

Crisis humanitaria

La migración en la frontera entre México y Estados Unidos es sin lugar a dudas una tragedia humanitaria que no solo se contabiliza en pérdida de vidas, sino en el sufrir de millares de migrantes que son víctimas de la delincuencia organizada. El 95% de los transmigrantes centroamericanos han sido víctimas de al menos una acción de los grupos delictivos, como robo, secuestro, extorsión y discriminación, o trata y esclavismo laboral y sexual. La cantidad de transmigrantes centroamericanos registra un marcado incremento desde 2012 por la pobreza y la falta de oportunidades, pero cada vez más también por el aumento de la violencia y criminalidad de los grupos delictivos, las mafias y las maras en sus países. Se percibe que hay una cooptación territorial de las mafias que conforman un Estado subterráneo con alianzas o control de las fuerzas de seguridad, y que les permite diversificarse en varios negocios. Uno de esos negocios es con los migrantes. El Estado mexicano ha asumido una política de contención en el sur de país, pero no combate abiertamente a las mafias sino que busca impedir el tránsito. En 2012 hubo 88.000 deportaciones, que ascendieron a 127.000 en 2014, y todo indica que este año serán más.

Desde 2012 hay un incremento sideral de menores solos en las migraciones. En 2012 rondaban los 4.000, pero en 2014 ya fueron 23.000 los de menos de 18 años retenidos por el Estado. Se puede inferir entonces que es mucho mayor la cantidad total, todos ellos, a su vez, más vulnerables a la delincuencia.

Esta crisis humanitaria evidencia un Estado que pierde terreno frente al crimen organizado, niveles crecientes de impunidad y corrupción que limitan la garantía de los derechos humanos y el acceso a la Justicia, así como un ambiente de xenofobia y violencia generalizada. Factores que convierten el tránsito por México en un viaje muy peligroso.

*Investigador en Migraciones del Colegio de la Frontera, de la ciudad de Tijuana, México

Revista Acción · 15 de Julio 2015

Informe: Alejandro Pairone