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Carlos Núñez: Conexiones y filosofía celta

Carlos Núñez gesticula, se entusiasma, interpreta. Necesita de todo el cuerpo para darse a entender, como cuando arriba de un escenario trasciende la gaita o las flautas para expresar lo que con la música no parece alcanzarle.
Decir de este gaitero nacido en Vigo hace 42 años que es el mayor exponente del folklore de su terruño es poco. También es un inquieto buscador de puentes, de conexiones a través de las raíces celtas en Europa, pero fundamentalmente en América Latina. Tanto que pasó un largo año en la Bretaña francesa y otros tres recorriendo Brasil para descubrir que en el corazón de Sudamérica persiste el espíritu de los druidas y los magos encarnados en sonidos e instrumentos que vienen de la Edad Media, sin escalas.
De gira por Buenos Aires en el marco de la presentación de su último disco, Discover, Núñez habló de esa historia latente en los pueblos, de sus inicios cuando adolescente con los ya míticos Chieftains, el grupo de música celta islandés con quienes se inició a los 16 años y llegó a tocar junto a los Rolling Stones, Sting, Sinead O’Connor y León Gieco.
–¿De dónde viene ese ansia por buscar puentes culturales hacia el otro lado del océano?
–Es una filosofía que la aprendí de mis maestros, los Chieftains, que seguramente es algo muy celta, de buscar las conexiones. Ellos me decían: «Carlos, no pienses sólo en tu pequeño país.» Hay dos filosofías posibles: tú viajas y vas viendo: «Esto es diferente a lo mío, no me siento en casa», o la otra filosofía que es siempre buscar las conexiones. Entonces te sientes en casa en todas partes. Esa es la forma celta.
–¿Eso lo llevó a meterse en el Brasil profundo?
–Tenía la sospecha de que Irlanda y Escocia llevaron la música celta a Estados Unidos y Canadá, y Galicia llevó la gaita a toda Latinoamérica. Brasil tuvo gaita desde el inicio de la conquista, en el 1500. Fue el instrumento que primero llegó de Europa; hubo gaiteros indígenas, gaiteros africanos y en Argentina también. Tú le preguntas a Shakira qué es una gaita y te dirá: «¡Ah, en Colombia la gaita macho y hembra!» Un venezolano te va a decir «son los ritmos del carnaval». Un mexicano, «¡Ah, gaita es un mariachi antiguo!» Y en Cuba te van a poner unos ritmos como el de la muñeira gallega, que se parecen al chamamé.
–¿El chamamé también? Algunos dicen que tiene influencias en la polca centroeuropea.
–He estado frente a frente con mi amigo el Chango Spasiuk y le he dicho: «Tócame este chamamé (tararea). Ahora vamos a ver la gaita venezolana, ahora vamos a ver este mariachi antiguo y tal», y me acabó confesando que era lo mismo. Lo que pasa es que tienen nombres diferentes, nacionalidades diferentes. Yo estoy convencido de que hay unas conexiones ahí estupendas, que la música celta está ahí. Esa gaita fue con jesuitas y franciscanos, y llevó el sentimiento de la Navidad, que eran los villancicos, y se extendió por toda Latinoamérica. Los jesuitas fueron como druidas que dejaron hacer: al africano o al indígena le dijeron «Tócalo a tu manera.» No hubo una imposición de «hay que tocarlo así». Esos villancicos gallegos, tenían forma de muñeira, de gigas irlandesas.
–Se dice que los jesuitas conquistaron a través de la música.
–Hay cartas increíbles en las que escribían. «Si mandan gaitero, no habrá jefe indígena que no nos deje a sus hijos para que los eduquemos, les gusta.» Hay una de Pêro Vaz de Caminha, la Carta do Achamento, del descubrimiento, de cuando los portugueses desembarcan por primera vez y le explican rey de Portugal aquel momento mágico de cuando encuentran a los indios, que no hablaban la misma lengua, no había forma de comunicarse. Entonces dice Pêro de Camina que «va un gaitero a la playa y tocó para los indios y ellos jugaban y reían y gustaban mucho de la gaita.» Ellos se jactan de que ahí nació Brasil.
–Cruce misterioso de culturas.
–España realmente no es un país. La península ibérica, España y Portugal, es un campo de juego entre dos energías, la del Atlántico y la del Mediterráneo. El Mediterráneo es la guitarra, es todo ese mundo de las ciudades, esa cultura avanzada, las ciencias, las humanidades, el barroco. El Atlántico es la magia, las leyendas, la gaita, ese mundo medieval antiguo, ese no realismo del románico. Cuando de pronto se descubre América, esa guerra gaita-guitarra pasa a Latinoamérica. En los barcos iban la gaita y la guitarra: la guitarra era la modernidad, el capitalismo, las universidades, Lisboa, Madrid, Sevilla, el barroco. Y la gaita era la antigua Edad Media, los celtas, los campesinos. Cuando eso llega a Latinoamérica, ¿quién gana esa carrera? La guitarra, las grandes ciudades. Pero la gaita permanece, su alma transmutada en otros instrumentos, como el acordeón.
–El bandoneón.
–¿Cómo se le llama al acordeón en el sur de Brasil? Gaita. ¿Cómo se llama en el norte? Sanfona, como la antigua sanfona. El acordeón sustituyó a los instrumentos medievales, pero el repertorio y el alma siguen siendo los de los antiguos. Aparte de las músicas nacionales, hay muchas otras músicas secretas que nunca fueron valorizadas en Latinoamérica. Tiene que venir alguien de afuera para rescatarlas, como nos paso a nosotros en Galicia con los irlandeses.
–¿Cómo es eso?
–España tenía castigada a Galicia. Si tú buscas en el diccionario de la Real Academia Española el significado de «gallego», te dice «nativo de Galicia-tonto, gallego soplagaitas, tonto soplagaitas». Es un desprecio hacia ese mundo antiguo y viene de todo lo nuevo, todo lo barroco del nuevo imperio español.
–Pero España parece no haber querido mirar hacia América de una manera diferente.
–España quedó sin proyecto. España se convirtió en país sólido porque era una empresa muy rentable. La Reconquista fue echar a los moros, entre comillas. ¿Por qué los echaban? Porque eran ricos y tenían oro; todo lo que era lujo era de los árabes, entonces, ¿Quién no quería estar en la Reconquista? Era el Far West pero hacia abajo. De pronto, curiosamente el mismo año que se termina la Reconquista, viene Cristóbal Colon y ¡pumba!, América. España no conquista Portugal, sino que la energía se va hacia allá. No hay nacionalismos durante la conquista de América, pero se pierde Cuba, la última colonia, y ahí empiezan los problemas y ahí si hay Cataluña, País Vasco y tal. El imperio se ha caído y se termina un matrimonio de conveniencia, quien lo sabe. ¿Existe realmente España? Lo que sí es cierto es que existió un proyecto. A España la hizo Castilla, que con su mentalidad germánica ha sido la Inglaterra de la península ibérica. Inglaterra formó el Reino Unido, y consiguió unir a los clanes de Escocia con los irlandeses, como esclavos y tal.
–De todos los sitios donde grabaste, uno de los más extraños es Japón, donde participaste en música de animés. ¿También allí encontraste conexiones con lo celta?
–Viajando cerca de Fukushima me encontré con que ellos también llaman «rías» a esas entradas del mar donde desaguan los ríos. El japonés tiene una cultura de mar y es muy gallego. Nunca contesta con sí o no, deja que decida la naturaleza. Como el gallego, no es humanista. El humanismo no llegó a Galicia, eso viene con el barroco, con el capitalismo.
–Eso sí que es interesante.
–El humanismo es un concepto más renacentista, es clásico greco-romano, es un concepto de las ciudades que consiste en la esperanza del hombre en el hombre, los hombres uniéndonos, forjando juntos, haciendo ciudades. En cambio el gallego no cree en el hombre.
–¿Cómo piensa?
–El gallego sólo sabe que llega el invierno y que la cosecha puede perderse. Sabe que la luna llega y que la mujer se pone de buenas o de malas y si quieres tener una buena palleta (lengüeta de caña) espera la primera luna creciente del mes de enero y ahí cortas y sacas la palleta de la gaita. El gallego es pura observación de la naturaleza. En Galicia ni siquiera el dinero es lo más importante; es el favor que yo te pido. El gallego no es como el castellano que es «sí o no, no me hagas perder el tiempo». Castilla es germánica.
–¿Todo ese mundo español está en crisis?
–Ah, pero a mí no me preocupan las crisis. Lo digo con toda la crueldad, porque la está pasando muy mal mucha gente y muchos están migrando. Pero también es posible que los gallegos estén más preparados para esta crisis que el resto de los españoles. Los gallegos, como los irlandeses, siempre han tenido por tradición un pie preparado para salir. Pero al mismo tiempo, las crisis hacen que se tambalee el poderoso, y al tambalearse, los débiles tienen una oportunidad. «
El perseguidor de sabios
«Una cosa que sorprende a mucha gente es que en la música celta pasamos muchas veces de una canción triste y de pronto entra la gaita: chan cha chan chan, como los irlandeses no? La balada triste irlandesa y de pronto ¡Uhuu! (grita) y empieza el ritmo. ¿Están locos, estos celtas, que pasan de la melancolía, de la saudade, de la morriña, a la fiesta? ¿A qué se deben esos cambios? No lo sé, pero es algo propio de nuestra música. Y esa melancolía fíjate tú qué cosa más curiosa: descubrimos hace poco unas músicas de Londres, que fue un centro de música celta súper fuerte en 1700, y había una publicación semanal que se llamaba Pills for Melancholy («Píldoras para curar la melancolía»), para escoceses o irlandeses que iban a trabajar a Londres y Manchester… les estaban vendiendo la morriña en Londres, la música celta curaba la morriña.
–¿Hay método académico en tus investigaciones, o es intuición pura?
–Me encanta rodearme de sabios. Alguien me llamó «el perseguidor de sabios», porque la gente que sabe muchas cosas te da ideas, y las ideas tienen energía potencial y eso hace que salgan cosas nuevas en la música. Muchas veces hay científicos que te cuentan cosas y otras veces las descubres por tu propia intuición. Mi intuición me decía que esas músicas que yo escuchaba en el nordeste de Brasil o Minas Gerais conectaban con nosotros, pero yo no sabía por qué. Me tardé tres años en descubrir que fue porque la gaita viajó de ese Portugal tan galaico de 1500, donde en todo el país se tocaba la gaita.
La gallega Potter
–Mucha gente, cuando escucha por primera vez música celta, dice: «Parece música country, o de película de cowboys.»
–La gente muchas veces conoce porque ve en el cine, y por eso los relacionan con los cowboys o con los escoceses de las faldas, el gaitero del castillo. A veces le explico a la gente que Galicia es «Terra Meiga», Tierra de Magas –o de brujas–. En Galicia, lo de ser bruja o maga no es malo, siempre se vio como un don bueno. Entonces les digo que Harry Potter no tenía que ser chico inglés, tenían que ser chica y gallega.

Tiempo Argentino, 21 de Septiembre de 2013

O Globo se arrepiente de haber apoyado el golpe del ´64 en Brasil

A los directivos del grupo brasileño O Globo, uno de los más grandes del planeta, la idea del arrepentimiento les resultó ineludible cuando en las marchas que hace algunos meses asombraron a Brasil, los manifestantes gritaban consignas en las que recordaban el apoyo del periódico a la dictadura y así lo reconocieron en un editorial. No se sabe muy bien si el súbito cambio de mirada sobre el período más oscuro de la historia sudamericana del otro lado de los Andes tendrá que ver con el futuro aniversario del pinochetazo, pero también el presidente Sebastián Piñera dijo lo suyo ayer en relación con la participación civil en el derrocamiento de Salvador Allende (ver aparte).
Lo de O Globo, el multimedios nacido a partir del diario que Irineu Marinho fundara en 1925 –un gigante ultraconcentrado con ramificaciones en radio, televisión, cine, empresas discográficas y editoriales que factura más de 6200 millones de dólares anuales– supera sin embargo todo caso conocido en el periodismo internacional. En los principales periódicos estadounidense surgieron voces autocríticas por el apoyo al gobierno de George W. Bush en la invasión en busca de armas inexistentes en el Irak de Saddam Hussein. La semana pasada, el Washington Post presentó incluso un editorial con una fuerte autocrítica por la cobertura que hace 50 años le había dado al famoso discurso de Martin Luther King, «Yo tengo un sueño». Admiten no haber sabido ver el alcance histórico de ese mensaje del reverendo King, y eso que tenían como 60 periodistas entre la multitud que presenciaba el acto frente al monumento a Abraham Lincoln en Washington.
En Argentina también hubo «pentitis» periodísticos. Pero no siempre para el mismo lado, como es el conocido caso de la revista Gente de abril de 1976, cuando bajo el título «Nos equivocamos», reconoce como un error haber acompañado el proceso democrático que había iniciado Juan Domingo Perón en septiembre de 1974. «Queremos decirles a nuestros lectores y al país. NOS EQUIVOCAMOS ¿Porque nos equivocamos? Porque también nos dejamos llevar por el impulso de 7 millones y medio de votos que creían que el peronismo era una solución», decía el texto, que ignoraba mientras tanto que afuera eran asesinadas miles de personas por esos militares a los que apoyaban.
El caso de O Globo aparece a casi cinco décadas del golpe militar y a 30 años del retorno a la democracia en Brasil. «El apoyo editorial el golpe del ’64 fue un error», reza el editorial del grupo brasileño, para explicar a continuación que tras ingentes discusiones internas «la Organización Globo concluyó que, a la luz de la historia, ese apoyo constituye una equivocación.»
Más adelante muestra la baraja: «desde las manifestaciones de junio, un coro recorrió las calles. ‘La verdad es dura, la Globo apoyó la dictadura’. Y de hecho –reconoce el descarnado editorial– se trata de una verdad y, también de hecho, de una verdad dura». Después detalla que a la hora de armar la sección Memoria en el portal del multimedios se dieron cuenta de que deberían fijas posición sobre ese tramo de la historia del país. Lo que implicaba desnudar la participación del grupo en el golpe militar.
Más adelante deslizan que si bien no tuvieron la perspicacia de haber publicado ese arrepentimiento antes de que los manifestantes le recordaran su pasado, «las calles nos dieron aún más certeza de que la evaluación que se hacía internamente era correcta y que el reconocimiento del error, necesario».
A continuación el editorial de O Globo recalca que el medio «concordó con una intervención de los militares, al lado de otros grandes diarios, como O Estado de São Paulo, Folha de São Paulo, Jornal do Brasil y Correio da Manhã. (..) lo mismo que una parte importante de la población, un apoyo que se expresó en manifestaciones» en las grandes capitales.
«En aquellos momentos se justificaba la intervención de los militares ante otro golpe que sería desarrollado por el presidente João Goulart, con amplio apoyo de los sindicatos –Jango era criticado por querer instalar una ‘república sindical’– y de algunos segmentos de las Fuerzas Armadas», argumenta el extenso documento.
El diario no se priva de incorporar a su particular justificación la «división ideológica del mundo en la Guerra Fría, entre el este y el oeste, comunistas y capitalistas». Pero culpa de agudizar esas contradicciones a «la radicalización de João Goulart ni bien
consiguió por medio de un plebiscito revocar el parlamentarismo y quedar como presidente a raíz de la renuncia de Jânio Quadros».
Abunda en increíbles consideraciones históricas el texto. Como cuando dice que «los cuarteles estaban intoxicados con la lucha política a izquierda y a derecha», lo que devino en el «movimiento de los sargentos» que resquebrajó la jerarquía militar «y entonces el oficialato reaccionó».
«En aquel contexto, el golpe, llamado Revolución por O Globo durante mucho tiempo, era visto por el diario como la única alternativa para mantener a Brasil en una democracia», habida cuenta de que los militares «prometían una intervención pasajera, quirúrgica».
Por supuesto, la historia no fue esa y el propio Goulart caería víctima de la feroz dictadura militar, que sería un puntal en la conformación del Plan Cóndor y para todos los golpes militares de la región.
«A la luz de la Historia, no hay razones para no reconocer explícitamente, que el apoyo a la dictadura fue un error, así como equivocadas fueron otras decisiones editoriales de ese período», admite el periódico, para juramentarse finalmente que «la democracia es un valor absoluto. Y cuando está en riesgo, sólo se puede salvar por sí misma».

Decía Roberto Marinho
El diario justifica a la familia propietaria y recuerda que al cumpirse dos décadas de gobierno, «en 1984, Roberto Marinho publicó un editorial (donde) resaltaba la actitud de (el general Ernesto) Geisel en 1978 de restituir el habeas corpus y la indepedencia de la justicia». Pero también destaca que Marinho se asumía como alguien «fiel a los objetivos de la revolución, oponiéndose a quienes pretendían asumir la autoría del proceso revolucionario (…)olvidando que los acontecimientos se iniciaron (…) por exigencia ineluctable del pueblo brasileño». Y pontifica (Marinho) que «sin pueblo no habría revolución sino simplemente un pronunciamiento o un golpe, con lo cual no seríamos solidarios». Roberto Marinho, dice su exégeta, «siempre estuvo del lado de la legalidad».

Los cómplices pasivos en Chile
El presidente chileno, Sebastián Piñera, recordó ayer que hay «muchos cómplices pasivos», como jueces y periodistas, en las graves violaciones a los Derechos Humanos ocurridas durante la dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1990).
El gobierno de los militares «tuvo sombras muy profundas» como «el atropello reiterado, permanente y sistemático de los Derechos Humanos», consideró Piñera en una entrevista al diario La Tercera.
Al cumplirse el próximo 11 de septiembre 40 años del golpe militar que derrocó al presidente socialista Salvador Allende, Piñera sostuvo que «hay muchos» responsables en las violaciones a los Derechos Humanos, entre los cuales están las mismas autoridades castrenses de la época. Sin embargo, destacó que también «hubo muchos cómplices pasivos», entre los que mencionó a jueces «que se dejaron someter y que negaron recursos de amparo que habrían permitido salvar tantas vidas», añadió.
Un hermano del mandatario, Juan Manuel Piñera, fue ministro de Trabajo y Previsión de Pinochet y es considerado como el padre del sistema de jubilación privado de Chile. También de la reforma laboral que quitó muchos de los derechos que los trabajadores habían ido conquistando hasta la brutal destitución de Allende.

Tiempo Argentino, 1 de Septiembre de 2013

El desafío se juega en las calles brasileñas

Parece mentira pero Brasil salió campeón de la Copa de las Confederaciones y más que alegría en la hinchada hubo preocupación en la sede del gobierno federal. A 10 años de la llegada del Partido de los Trabajadores (PT) al Planalto, el 1 de enero de 2003, el instrumento político creado por Lula da Silva en los 80, parece incómodo al ver a las multitudes que salieron a las calles con una serie importante de reclamos que no esperaban en el Gobierno.
Las primeras demandas surgieron en torno del Movimento Passe Livre (MPL) –que desde 2005 viene participando del Foro Mundial– contra un aumento de 20 centavos en la tarifa de ómnibus urbano, pero luego se fueron sumando otros sectores descontentos de la sociedad brasileña. Es cierto que el llamado inicial partió de blogueros e internautas que atronaron las redes sociales, pero un millón o más de personas participando de movilizaciones en un país poco propenso a ese tipo de protestas no es un dato para minimizar.
Así lo entendió la cúpula del PT, que se reunió bajo la batuta del propio Lula con la presidenta Dilma Rousseff para delinear respuestas rápidas ante un reclamo que, si bien no tiene una caracterización común ni un liderazgo definido, puede socavar el poder político armado en torno del «travalhismo».
Y es aquí donde los analistas más cercanos al oficialismo brasileño, como el sociólogo Emir Sader o el escritor Eric Nepomuceno, desplegaron una serie de cuestiones que el partido gobernante nunca pudo resolver y que había estado barriendo debajo de la alfombra durante una década, ante el apuro por cambiarle el rostro a Brasil como se proponía el metalúrgico.
Uno de los puntos que salió a la luz es que si bien en estos años las cifras incontrastables de la economía revelan que unos 40 millones de personas ingresaron en la clase media y tal vez la mitad pudo salir de la indigencia con planes sociales apoyados por el gobierno, la sociedad cambió radicalmente. Y si antes estaba urgida por resolver el día a día en busca de un trabajo mejor pago o del acceso a beneficios como la salud y la educación, ahora esos mismos sectores comienzan a reclamar que la salud y la educación sean mejores. El PT los incorporó al sistema, ahora quieren profundizar sus derechos, sería la síntesis.
Desde ese punto de vista, no suena descabellado plantear que el boleto del transporte tendría que ser gratuito. Porque, dicen los jóvenes del MPL, en primer lugar es deficiente pero también es parte esencial de la maquinaria de la producción industrial. El trabajador tiene que viajar a su ocupación y eso forma parte también de una sociedad organizada de la que de alguna manera los empresarios debieran hacerse cargo, cuando no el Estado.

Marketing deportivo
La otra cuestión que encontró cauce en las marchas que se desarrollaron en las principales capitales del país es el costo de las obras para el Mundial de Fútbol del año que viene y las Olimpíadas de Río de Janeiro de 2016. Lula como presidente y el PT encolumnado bajo su liderazgo, vieron a estos eventos como la coronación de dos períodos de gobierno en los que Brasil pasó a ser la sexta economía del planeta y a integrar los grupos destinados a regir los destinos del mundo en el resto del siglo, como el BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica). Como estrategia de marketing resultaba inobjetable. Lo había hecho la España que crecía en los 80, lo hizo China y hasta Sudáfrica en este siglo. Pero no se tomó en cuenta el costo social que producirían las obras. Ni su costo monetario en medio de un proceso inflacionario creciente.
Es así que diversos colectivos venían protestando en forma puntual por los desalojos forzados en terrenos cercanos al Maracaná y las transformaciones que se hicieron en las favelas cariocas, sin ir más lejos.
En Río de Janeiro, por ejemplo, por esas cuestiones del mercado, la perspectiva de estar en boca de todo el mundo por la realización de dos eventos deportivos de repercusión global, elevó el precio de las propiedades y los alquileres, con lo que la residencia de millones de personas en la antigua capital brasileña es cada vez más cara. Para colmo, la visita programada del Papa para la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), agrega presión política y social, porque al encuentro, programado hace más dos años, ahora se suma que el representante de la Santa Sede será el primer papa nacido en América Latina. Y es un papa que intenta aplicar nuevos enfoques de la Iglesia Católica sobre la pobreza.

La cuestión política
En el marco de las protestas también se destapó una olla que el PT buscaba mantener cerrada. No encontró la forma mientras fue oposición y, ya en el poder, al decir de algunos analistas, se convirtió en un partido de gobierno que dejó de lado algunas cuestiones que están en el la base de sus postulados políticos. El sistema electoral brasileño fue elaborado por los militares poco antes de dejar el poder, en 1985. La principal premisa era que nada ni nadie pudiera reformar el paquete que ellos dejaban bien cerrado y con moño. Por eso, es muy poco lo que se pudo avanzar en la investigación de los crímenes de lesa humanidad, entre otras dificultades.
Cómo estará de bien clausurada la posibilidad de cambios reales para la ciudadanía que el PT sólo llegó al Planalto después de tejer alianzas con otros partidos, incluso de la derecha menos conveniente. El hacedor de estas coaliciones, José Dirceu, sería luego condenado por corrupción en una causa conocida como el «mensalao», por la financiación a los partidos aliados, en un proceso que puede llevar al estrado judicial al propio Lula.
Por eso Dilma se apuró a convocar a un plebiscito para llamar a una Asamblea Constituyente que promoviera los cambios que le reclaman desde la calle. Es así que elevó al Congreso un proyecto con cinco temas que deberían ser sometidos a la aprobación popular. Entre los ítems figura el fin de las votaciones secretas en la legislatura sobre temas como el juicio político a sus integrantes; el cambio del sistema para las elecciones parlamentarias –con la adopción del voto distrital–, el fin de las coaliciones de partidos para los comicios y el financiamiento público de las campañas políticas.
En la actualidad los fondos para las campañas se obtienen en parte con dinero público pero también mediante contribuciones privadas. El sistema electoral es por voto proporcional y fomenta la creación de alianzas porque es la única forma de lograr gobernabilidad. Hay una suerte de lista sábana por la cual un candidato que obtenga muchos votos puede arrastrar a compañeros de la misma lista a ser elegidos aunque no tengan suficientes votos por sí mismos. El voto secreto, finalmente, es un mecanismo que se convirtió en una trampa porque impide saber qué legislador votó qué cosa. Con la reforma se busca que todos los votos sean conocidos y que cada legislador se haga cargo de lo que apoya.
Como era de esperarse, la oposición también demoró en tomar partido ante el reclamo de las calles. Si hay un sector que abomina de las multitudes es justamente la derecha. Pero no tardaron en montarse en los reclamos, tanto con nutridas columnas de pedidos puntuales en las marchas como desde el Congreso, con argumentos proclives a dejar todo como está sin que lo parezca. El probable candidato de ese sector para las presidenciales de 2014, el senador Aecio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), lo expresó sin tapujos. Para él, la propuesta de reforma política «demuestra la incapacidad del gobierno a dar respuesta a los reclamos y es una medida populista». Una expresión que choca con los viejos militantes del PT y agrupaciones de la izquierda, que recuerdan la cantidad de proyectos similares que duermen en los cajones legislativos desde hace 17 años.
Para colmo, si la idea es que las presidenciales de 2014 se realicen con un nuevo sistema, la reforma tendría que salir en no más de 90 días, y ya el Tribunal Superior Electoral (TSE) anunció que sólo para hacer un plebiscito se necesita un mínimo de 70 días.
En cuanto a las demandas por los casos de corrupción, que hace algo más de dos décadas fueron el caballito de batalla del PT en su oposición al presidente Fernando Collor de Melo, los diputados tomaron nota de que deben dar señales de que pueden ser menos corporativos. Según un informe del portal Congreso en Foco, 160 de los 513 diputados y 31 de los 81 senadores enfrentan algún proceso judicial. El personaje más controvertido es Natan Donadon, del oficialista Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB, centroderecha aliado con el PT), quien venía esquivando la cárcel con apelaciones judiciales y tuvo que entregarse a pedido de sus colegas.
En esa misma sesión en el Congreso fue desechada una reforma que dejaba el poder investigativo a la policía en detrimento de los fiscales. Esa iniciativa fue cuestionada porque se decía que beneficiaba a acusados de corrupción, pero también le daba un poder peligroso a las fuerzas de seguridad que, como se vio en la represión de las protestas, muy poco cambiaron desde el retorno de la democracia a Brasil.

Imagen presidencial
En este contexto, la imagen del gobierno de Dilma, que venía creciendo desde que asumió en 2009 y parecía imbatible, comenzó a sufrir la erosión que emana de las protestas. Y si bien una encuesta de la consultora Datafolha anunciaba una caída en picada de 27 puntos en dos semanas, también reflejaba un apoyo de más del 60% a su proyecto de reforma política. Montados en esta cifra al menos contradictoria, ya aparecen reclamos que directamente pueden inscribirse como una toma de posición política cuando no un intento «destituyente». Fue así que una asociación de propietarios de camiones, el MUBC, anunció el bloqueo de rutas por 72 horas, a partir del 1 de julio. Pedían rebajas en el costo del combustible y de los peajes.
El jefe del Gabinete Civil, Gleisi Hoffmann, consideró que los camioneros buscaban «causar inestabilidad y desabastecimiento para nuestro país en razón de demandas que no pueden ser atendidas», y recordó que los precios del gasoil usado por los camiones ya reciben abundantes subsidios del Estado.
El lock out al gobierno popular de Salvador Allende en Chile hace 40 años volvió a la memoria de muchos de los dirigentes del PT, algunos de ellos conocedores de primera mano de esa realidad porque en el exilio de la dictadura brasileña vivieron en ese país. El desafío de Dilma Rousseff es canalizar la energía que se volcó a la protesta para hacer los cambios que el PT buscó desde sus orígenes.

La Copa no se toca
Mientras de disputaba la final de la Copa de las Confederaciones, en la que Brasil apabulló al último campeón mundial de fútbol, España, multitudes se manifestaban en contra de los multimillonarios gastos que insumieron las obras, alrededor de 30.000 millones de dólares. Algunos grupos de exaltados –quizás infiltrados para causar disturbios– incendiaron dos agencias de automóviles de marcas que auspician el certamen.
Dilma fue abucheada cuando se presentó en la inauguración de la Copa junto con el titular de la FIFA, Joseph Blatter. Fue el preanuncio de las protestas que pondrían al país en ebullición. Por eso no asistió a la final. Pero el controvertido manager de la Federación Internacional del Fútbol Asociado, el controvertido suizo, ahora salió a apoyar al gobierno luego de que algunos representantes de la institución, tanto como la prensa, pusieran en duda durante meses la capacidad de Brasil para terminar con las faraónicas construcciones.
«Por el éxito de la Copa Brasil está listo para organizar el Mundial», pontificó el jefe máximo de la FIFA en una conferencia de prensa en Río de Janeiro. Luego calificó de «entre 8 y 10 puntos» a lo que Brasil «mostró como anfitrión». Con una nota así, siguió un almibarado Blatter, «aprobaría la maestría en la Universidad, la maestría del Mundial 2014». El secretario general de la FIFA, Jerome Valcke, también apeló a la diplomacia, pero para abrir el paraguas ante posibles incidentes el año que viene: «Los dos grupos, los manifestantes y los hinchas que iban al estadio, pudieron coexistir durante la Copa de las Confederaciones». Y deslizó la esperanza de que las cosas no pasen a mayores en los meses que restan hasta el máximo certamen futbolero. «¿Por qué (las protestas) tienen que ser más grandes en el Mundial?», dijo.

Revista Acción, 15 de Julio de 2013

La oportunidad para que Dilma construya nuevos consensos

Finalmente, y contra todas las expectativas, el Mundial de Brasil se está convirtiendo en un problema de inesperadas consecuencias. Y se verá en la final de la Copa Confederaciones hasta qué punto las movilizaciones que comenzaron con una protesta por el aumento del boleto de colectivo calientan el clima en los alrededores del Estadio Maracaná en la final de España con la verdeamarelha.
Que la construcción de megaestadios para el certamen de la FIFA y para las olimpíadas de Río de Janeiro de 2016 estaba levantando indignación era algo visible desde hace tiempo. Ya una edición de nuestro suplemento Claves del Mundo del 28 de abril pasado, con el título «La otra cara del Mundial», lo había advertido. Como dijeron algunos de los columnistas en ese número, no todo era color de rosa en esta etapa en que Brasil se estrena como jugador de las grandes ligas, pero con severas cuentas pendientes hacia adentro de sus fronteras. Lo que nadie imaginaba era que en tan poco tiempo todo estallaría por los aires dejando la sensación de que nadie sabe cómo seguirá la película. Pero con la certeza, también, de que todos los ingredientes están sobre la mesa como pocas veces antes en la historia brasileña.
Se repite con acierto que Brasil es un país de consensos. Lo supo el PT, el partido creado por el metalúrgico Lula da Silva, cuando se dio cuenta de que las reivindicaciones por las que luchaba desde su sindicato paulista –que primero lo habían llevado a la formación de la Central única de Trabajadores como herramienta sindical– chocaba con la realidad de que era necesario tener representación política si no quería que su utopía terminara en una mera lucha testimonial.
Pero una síntesis de ese estilo de negociación pacífica y «civilizada» quedó plasmado –a empellones– con la ley electoral pergeñada por la dictadura que gobernó el país entre 1964 y 1985 para que nada cambiara cuando tuvieran que dejar el poder. Por eso de la «gobernabilidad».
Conocido como «sistema de preferencias», la legislación permite que cada candidato «adhiera a un partido pero a la vez junte votos de manera personal», como resalta Ricardo Romero, politólogo de la UBA y la UNSAM y habitual columnista de Tiempo Argentino. Este método garantizó hasta ahora que no haya una mayoría en el Congreso favorable a cambios profundos en la sociedad, ya que la negociación no es sólo con la oposición sino también hacia adentro de cada partido. Y además, hay una sobre representación de los Estados menos poblados en detrimento de los más populosos, lo que en sí mismo no sería un problema, pero genera grandes diferencias entre la posición de los distritos más industrializados y los territorios donde la economía gira en torno producciones con menor valor agregado.
El PT intentó llegar al gobierno de la mano de Lula en 1989, 1994 y 1998. Estuvo cerca, pero ese poquito que faltaba para ganar convenció a los líderes «petistas» de que era necesario rendirse ante la evidencia de que sin alianzas no habría gobierno. Ese papel jugó el ex guerrillero José Dirceu, quien logró aglutinar alrededor del sindicalista a una serie de partidos menores, en un amplio abanico que iba desde la izquierda a la derecha pasando por las iglesias evangelistas. Su vicepresidente fue el fallecido empresario José Alencar, uno de los más ricos de Brasil, que había apoyado el golpe del ’64.
Hace diez años, Lula llegaba al Palacio del Planalto como una esperanza para millones que al fin habían logrado coronarlo por una trayectoria impecable como dirigente gremial. Había ganado con un discurso de igualdad social y de fuerte compromiso en contra de la corrupción. Pero allí también comenzaría una saga que incluso podría llevarlo a una condena.
Porque Dirceu, para entonces su hombre de confianza y jefe de Gabinete, terminaría implicado en una denuncia de uno de los socios electorales del «travalhismo» en lo que se llamó el «escándalo del mensalão». Que no era otra cosa que el aporte económico para los partidos aliados. Pero que en boca de un hombre de la derecha más rancia como Roberto Jefferson ante la revista Veja fue el gran titular escandaloso. El PT, que prometía combatir la corrupción, soborna a diputados para que les aprueben las leyes.
Mientras tanto, Brasil desplegó una fuerte política exterior y se posicionó fuerte en el ámbito regional. Aquí también hubo un acuerdo razonable de todos los sectores en pugna. Itamaraty, la cancillería brasileña, tiene políticas nacionales a más largo plazo que los dirigentes políticos. Incluso se dice que la diplomacia brasileña es quien realmente gobierna en el Planalto. En este caso se unió la tradición internacionalista de un partido de izquierdas como el PT y la comunidad de intereses dio sus frutos: Brasil es uno de los países centrales en el siglo XXI, las empresas brasileñas se trasnacionalizaron y tienen negocios en todo el continente y más allá.
En este contexto la realización del Mundial de Fútbol y de las Olimpíadas se convirtió en una necesidad de marketing político. Por eso era importante para el gobierno, que podía demostrar los logros de una gestión encabezada por un tornero mecánico, para Itamaraty, que representa los intereses exteriores de una potencia emergente y no de un país subdesarrollado, y para los empresarios, que si ya venían ganando con los planes económicos que incorporaron casi 40 millones de pobres al consumo, con las obras públicas multiplicaron sus ingresos mucho más.
Hasta que de pronto todo parece desmoronarse. Dirceu fue condenado en octubre del año pasado y lo que comenzó como un simple aumento de un «vintén» como diría Zitarrosa, destapó una olla mucho más grande. Y del boleto se pasó a la represión, que costó la vida de unas 10 personas –otra cuenta pendiente del oficialismo, la democratización de las policías, por más que las fuerzas de seguridad dependan de los gobiernos estaduales– y de allí a protestar por los gastos multimillonarios en eventos organizados por la FIFA y el Comité Olímpico y los déficits en salud y educación.
La primera reacción de la presidenta Dilma Rousseff, cuando salió del estupor, fue decir que había oído el reclamo del pueblo. La segunda fue convocar a un referéndum con la aspiración de reformar la constitución y el sistema electoral y de representación. Los manifestantes, en tanto, consiguieron pequeñas victorias en el Congreso. Así, fue dejada de lado una reforma conocida como PEC 37, que iba a dar mayor poder para investigar a la policía en lugar de los fiscales. Los líderes de la protesta consideraban que esa medida estaba destinada a impedir que se pudiera juzgar delitos de corrupción. Pero también le dejaba las manos libres a los zorros para controlar los gallineros, dicho mal y pronto.
También en estos días se aprobó una ley que pasa a considerar a la corrupción pública como un delito grave, lo que endurece las sentencias. Apurados por el ruido de las calles, la justicia ordenó el arresto de un diputado que había sido condenado por el desvío de fondos públicos.
Al mismo tiempo, los legisladores aprobaron destinar a las áreas de educación y salud a la totalidad de las regalías petroleras correspondientes al gobierno federal, a los estados y los municipios.
Dilma, que tiene un pasado de lucha, recordó en uno de sus discursos lo que le costó a su generación conseguir la democracia. Ahora tiene el desafío de profundizar los derechos y las garantías para todos los ciudadanos. Y ese reclamo de igualar para arriba, justo y también lógico en el marco de los millones de brasileños que ahora tienen ante sí otro horizonte de expectativas, es la gran oportunidad de conseguir lo que por las vías de los consensos no se había alcanzado.
Tras un encuentro de la presidenta con el titular del Supremo Tribunal de Justicia, Joaquim Barbosa, el primer negro en llegar a ese cargo en la historia brasileña, deslizó algunos conceptos que el gobierno debería tomar como música para sus oídos: «La democracia no está en riesgo (…) el país está sumergido en una grave crisis de legitimidad (…) Brasil está cansado de reformas de cúpulas políticas que atienden sólo sus intereses específicos».
Carlos Ayres Britto, quien fuera presidente de esa misma corte hasta finales del año pasado, sostuvo en los considerandos de la condena a Dirceu que «el sentido de las alianzas (políticas) es el de su transitoriedad», y agregó que «cada partido goza de autonomía política, administrativa y financiera. Tiene una identidad ideológica o político-filosófica que se pone en suspenso para formar alianzas en el período electoral», pero, pontificó, una vez terminado este período deben ser «substituidas por alianzas tópicas, puntuales, episódicas, para la aprobación de proyectos específicos». Una especie de reclamo a la dirigencia para modificar esta legislación que retoma Barbosa.
Dilma está en condiciones de aprovechar la fuerza de las calles, como en las artes marciales, a su favor. Y hacer de esta crisis la oportunidad para nuevos consensos que incluyan a las mayorías que en el país del fútbol protesta contra el Mundial.

Tiempo Argentino, 29 de Junio de 2013