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El Tea Party recorre el mundo

Leonarda Dibrani es una adolescente gitana de origen kosovar de 15 años que estudiaba en Doubs, cerca de la frontera con Suiza. Su caso trascendió porque fue expulsada del país en setiembre pasado junto con su familia por no tener los papeles de residencia en regla. Sus compañeros de estudios organizaron ruidosas marchas y concitaron la adhesión de alumnos de escuelas de todo el país reclamando que le permitieran regresar al colegio.
La presión se hizo sentir y finalmente el presidente François Hollande aceptó que volviera para retomar sus estudios. Pero insistió en que no dejaría que los cinco hermanos Dibrani y su padre cruzaran la frontera en sentido inverso. Obviamente, era una solución traída de los pelos que no podría resultar. «No abandonaré a mi familia, el presidente no tiene corazón, no ha comprendido para nada la situación», se quejó la chica.
El entonces ministro del Interior, Manuel Valls, responsable de la medida, no quería aflojar un tranco. Y en un documento de 24 páginas que colgó de la Web de la dependencia, señaló que la expulsión de los Dibrani estaba justificada porque estaban afincados de manera ilegal y ninguno de los recursos que presentó Resat, el padre, habían sido considerados como admisibles.
En una entrevista a radio France Inter, Valls no dudó en asociar a los gitanos con «la mendicidad y la delincuencia», y propuso como solución el desmantelamiento de sus campamentos y la expulsión. Valls, curiosamente, no es nacido en Francia sino en Cataluña y es un reconocido hincha del Barça y de los toros. Pero se ve que a él la legalidad le vino más fácil.
Por varios días, el caso se mantuvo en los medios, luego fue decayendo. No es para menos: las encuestas probaban que el 74% –si, tres de cada cuatro ciudadanos, como se lee– aprobaba la postura del ministro Valls y un 65% rechazaba la posibilidad de que el gobierno dejara volver a la familia gitana. El dato fue tenido en cuenta por todos los sectores políticos y principalmente por Hollande.
El corrimiento a la derecha del electorado francés fue agua para el molino de Marine Le Pen, del Frente Nacional. Hija del polémico fundador del partido, Jean-Marie, alguna vez condenado por negacionista del Holocausto y por decir que la ocupación nazi de Francia no había sido «particularmente inhumana», Le Pen padre llegó a disputar la segunda vuelta presidencial de 2002 contra Jacques Chirac.
Su hija se metió en política con intenciones de aggiornar al partido («desdiabolizar», en sus términos) y ganó puntos haciendo expulsar del FN a un dirigente que apareció en una foto haciendo el saludo nazi. En las municipales de la semana anterior el partido de Le Pen ganó en once grandes ciudades, algunas de ellas tradicionales bastiones del socialismo, y arañó el 7 % de los sufragios. Su discurso proponía, entre otras cosas, una consulta para una reforma del Código Penal. Los ciudadanos deberían decidir entre una cadena perpetua de cumplimiento efectivo y la pena de muerte para los delitos más graves.
Hollande, que ya venía dejando en el camino sus promesas electorales en el campo económico –está cada vez más parecido a Nicolás Sarkozy– convocó a Valls para el cargo de primer ministro en lugar del más progre Jean-Marc Ayrault. No se decidió por la docencia para explicar a la población que hay valores que debieran honrar a una sociedad como la francesa, por haber sido precursora. Pudo más el resultado del comicio pero sobre todo escudarse en que se pueden perder votos si no se hace lo que la sociedad reclama. A partir de valores propagados por los medios, aunque tengan escaso rasgo humanitario.
Esta forma de hacer política es la que llevó poco a poco a que los republicanos estadounidenses y esa sociedad en general se hayan corrido más a la derecha, si cabe. Apurados por el grupo Tea Party, ese sector anárquico pero poderoso al que no le tiembla la pera a la hora de proponer las ideas más retrógradas, no tuvieron empacho en poner freno a las iniciativas más progresistas de Barack Obama. Jugaron fuerte con el rechazo a la ley de salud y llegaron al bloqueo financiero del Estado, acompañados por el resto de los republicanos que no quisieron arriesgarse a ir contra el supuesto electorado. Un electorado presuntamente nacido de los medios de comunicación derechizados, que también ofrecen solo eso que se supone que el público quiere, sin pensar demasiado en las consecuencias.
Dos multimillonarios, David y Charles Koch, suelen financiar iniciativas como las de Tea Party, un conglomerado de militantes sin líderes aparentes pero con poder de fuego para limar el prestigio de cualquier dirigente con medio gramo de sensatez. Es cierto que son los tiempos que corren, pero son tiempos peligrosos. Y para el Tea Party una de las cuestiones fundamentales es que los ricos paguen cada vez menos impuestos, bajo el argumento de que con el dinero de los contribuyentes los populistas «financian a gente que no quiere trabajar».
El plan de salud, en este contexto, es malo porque beneficia a personas que debieran haberse preocupado por conseguir los fondos que le permitieran tener un plan adecuado. El Estado, para esta derecha ultra-individualista, es el socio molesto que derrama la plata del ciudadano demagógicamente en los bolsillos de los que menos tienen cuando «Hombre, cada uno tiene lo que se merece porque así lo establece el plan de Dios». Palabras más, palabras menos.
EN ARGENTINA. Por esos lugares, la discusión por el rol del Estado va por caminos paralelos, con las diferencias del caso. La última «moda» resulta ser la justificación del linchamiento. El argumento es que quien salió a robar debió prever las consecuencias, la gente honesta está harta y el Estado está ausente. Más sencillo imposible.
El Estado del que hablan es un Estado al que sólo atribuyen un rol punitivo. Y lo dicen dirigentes que mucho tienen que ver con la desaparición de ese otro Estado, orientado a la financiación de la salud o la educación o el desarrollo de los sectores más vulnerables. Con lo que resulta que entienden al Estado como simple garante de la seguridad y la vigilancia de los bienes habidos más que en la resolución de las inequidades o simplemente de la creación y mantenimiento de las fuentes de trabajo. Sin ir más lejos.
Un par de preguntas: ¿Cuándo está ausente el Estado, cuando no vigila en la calle o cuando no garantiza techo, salud, educación y trabajo para los habitantes? Si se tiene en cuenta que más del 60% de los crímenes se producen entre personas que se conocen o familiares y no en ocasión de robo ¿El Estado también debe vigilar en cada casa, en cada habitación? ¿Y cuando el Estado es el criminal, como pasó en la dictadura?
Por eso no llama la atención que el diputado Sergio Massa hubiera hecho coincidir una gira por Estados Unidos con el aniversario del golpe más sangriento en la Historia argentina. Y mucho menos que entre las personas a las que entrevistó hayan estado funcionarios del Banco Mundial, el departamento de Estado, la OEA y hasta el ex alcalde neoyorquino Rudolf Giuliani –cultor de la tolerancia cero en materia penal– o algún miembro del grupo Tea Party como el representante de Arizona Mat Salmon. Tampoco que el ex intendente de Tigre haya publicado fotos con cada uno de ellos, orgulloso, en su cuenta de Tweeter.
También estuvo en algunos think tanks de la derecha mundial, como el Council on Foreign Relations (CFR) tal vez la organización estadounidense no partidista, dedicada a la política exterior, más influyente tanto en Estados Unidos como en los sectores conservadores del continente.
Algunas visitas pueden entenderse como protocolares y para mostrarse aupado por los centros del poder, la política es así. Pero otras, realmente, ¿Qué necesidad? A menos que sea una muestra más de que estamos en presencia de un candidato que forma parte de ese selecto grupo que sigue al pie de la letra los dictados de las encuestas. Las que por otro lado reflejan fielmente el run run de los medios, sin filtro, cortapisas ni intervención docente alguna. No sea cosa de remover las olas y se pierda audiencia. O votos.
Dicen por allí que el Tea Party ya se instaló en Francia y podría afirmarse que avanza en Argentina. Amparados en que, parafraseando un término muy común en televisión, los rasgos humanitarios «no garpan» en estos días.
Pregunta final: ¿No será que necesitan forzar un Estado punitivo porque el juego es eliminar todo resquicio de Estado protector?

Tiempo Argentino, 4 de Abril de 2014

Irak, territorio peligroso

El 20 de marzo de 2003 una coalición formada a las apuradas por el entonces presidente George W. Bush cumplía el sueño que había desvelado a su progenitor: invadir Irak. El argumento para la avanzada contra el líder Saddam Hussein era «desarmar a Irak de armas de destrucción masiva, poner fin al apoyo brindado por Hussein al terrorismo y lograr la “libertad” del pueblo iraquí», razones expuestas en una asamblea de la ONU donde se buscó el apoyo internacional a la intervención por el secretario de Estado, Colin Powell, el general de cuatro estrellas que en 1991 había dirigido la Operación Tormenta del Desierto, el primer intento estadounidense de apropiarse de las reservas petrolíferas del país, en 1991.
George W. encontró la excusa –para convencer a un puñado de gobiernos amigos y neutralizar las quejas de los ciudadanos bienpensantes– en la paranoia desatada por los ataques del 11 de setiembre de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York. Irak aparecía en este contexto como un capítulo necesario en la batalla contra «el eje del mal». El primero había sido Afganistán, año y medio antes. La alianza invasora, que logró anuencia en la ONU, fue secundada por un exultante Tony Blair, a la sazón primer ministro británico y un no menos entusiasmado José María Aznar, presidente del gobierno español y furibundo representante del ala más neoliberal dentro de la dirigencia europea, a la vez que impulsor de ese ideario en el resto del planeta. La historia viene a cuento en estos días en que el clima prebélico se enseñorea en Ucrania y las campañas destituyentes buscan un objetivo similar en Venezuela. No es casual que el dúo Aznar-Bush haya también protagonizado el golpe contra Hugo Chávez en abril de 2002 y fueran los únicos en reconocer al efímero gobierno surgido de esa intentona. Irak, en tanto, se convirtió para Estados Unidos en la representación de un fracaso que atormenta a la dirigencia política, que ahora no encuentra la forma de justificar otra invasión ante el temor de que las cosas se le vayan de madre, como ocurrió en esas últimas incursiones armadas. Esto se hizo evidente en la respuesta del presidente Barack Obama ante el parate al que lo obligó el ruso Vladimir Putin el año pasado sobre una posible intervención en Siria; una debilidad que ya había mostrado en la secundaria participación que Washington tuvo en el derrocamiento de Muammar Khadafi en 2011.
Para España, Irak también es una piedra en el zapato, aunque, por otro lado, ofrece oportunidades de negocios que, en el marco de la colosal crisis económica de la península, son unas de las pocas salidas para algunas de sus empresas golpeadas por el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008.

Periodistas go home
Grupos de periodistas de todo el mundo se habían afincado en Bagdad a poco de la invasión para cubrir en vivo y en directo el acontecimiento, pero Estados Unidos había aprendido del fracaso de Vietnam, y el Pentágono no tenía entre sus planes dejar que los periodistas estuvieran metiendo las narices en donde podían resultar molestos. Porque una cosa es la «libertad de prensa» como estrategia de marketing político y otra es revelar los bárbaros procedimientos usuales en toda guerra que escandalizarían a cualquier ciudadano que se precie de civilizado.
El 8 de abril de 2003, un carro de combate se acercó peligrosamente al Hotel Palestine, de Bagdad, que alojaba a numerosos periodistas de todo el mundo. Según el informe oficial, una compañía del comando de la 3ª División de Infantería del Ejército estadounidense repelía un ataque desde la otra orilla del río Tigris, justo en la misma línea del hotel. Un tanque M1 Abrams disparó su cañón, que impactó directamente en el edificio. Hubo tres bajas por demás elocuentes hoy día: un periodista ucraniano, Taras Protsyuk; un jordano, Tarek Ayub; y un español, el camarógrafo José Couso Permuy.
Después saldrían a la luz algunos datos impactantes. El primero y más perturbador, que no había armas de destrucción masiva en Irak. Luego, que el ataque al hotel fue una provocación que dio resultados: no hubo muchos periodistas más hurgando entre las tropas invasoras. Finalmente, que Couso era un trabajador que estaba en Irak con un contrato basura del canal Telecinco. Y finalmente –a través de una filtración de WikiLeaks–, que el embajador de Estados Unidos en España, el cubano anticastrista Eduardo Aguirre, presionó al gobierno para que parara toda investigación. Sin embargo, la causa terminó en manos de un juez, Santiago Pedraz, quien desafió el «orden establecido» y ya en 2007 procesó a los tres tanquistas –el sargento Thomas Gibson, el capitán Philip Woldrford y el teniente coronel Philip de Camp– por un delito contra la comunidad internacional. Tres años más tarde ordenó la detención de los militares acusados de crímenes de guerra, por lo tanto imprescriptibles. Ese exhorto fue dictado bajo la jurisdicción universal para combatir delitos contra la humanidad; una legislación que le había permitido al juez Baltasar Garzón perseguir crímenes cometidos por las dictaduras de Argentina y Chile.

No obstante, ocurre que esta España que votó al Partido Popular de Aznar y depositó en el gobierno a Mariano Rajoy, decidió que no quiere más problemas con aliados poderosos por hacer justicia donde quiera que se hubiesen cometido tropelías contra el género humano. Así, este 15 de marzo entró en vigor una ley que limita la aplicación de la justicia universal, motivada por la respuesta del gobierno chino contra un magistrado que aceptó la denuncia de un ciudadano de Tíbet contra ex mandatarios de China a los que imputa de genocidio. El único juez que desafió, hasta ahora, ese verdadero aval a la impunidad, es precisamente Pedraz, que sigue sin aceptar que el caso Couso se pierda en el olvido.

El infierno de cada día
En diciembre de 2011, el presidente Obama cumplió a su manera con una de sus promesas electorales y evacuó a los últimos soldados estadounidenses que quedaban en Irak, aunque dejó contingentes de «contratistas» privados que abultan el plantel de la embajada en Bagdad hasta una cifra que ronda los 18.000. Así como Vietnam fue un baldón en la historia bélica de Estados Unidos para las generaciones anteriores, Irak es una afrenta para la sociedad actual. Obama llegó al gobierno montado en la irritación que aún hoy provoca esa incursión que, además, fue hecha sobre una mentira.
Según el sitio www.costofwar.com, en la aventura iraquí murieron 4.801 soldados regulares de Estados Unidos y 1.455.590 nativos del país asiático, mientras que la cifra de desplazados por la violencia trepa hasta los 2 millones en un país de 33 millones de habitantes.
La incursión estadounidense profundizó las diferencias en un territorio pergeñado por el imperio británico en torno a tres comunidades poco propensas a formar una unidad: una mayoría musulmana chiíta (60%), una minoría sunnita (20%) y una región que corresponde a parte de la mayor nación sin territorio propio del mundo, los kurdos. Saddam era sunnita y durante su mandato ese sector tenía una influencia decisiva. Los estrategas de Washington buscaron una salida «democrática», haciendo aprobar una Constitución y armando elecciones para conformar un gobierno parlamentarista, con un primer ministro y un presidente como símbolo de la unidad, a la manera de un rey europeo. Hoy, ese cargo lo ocupa el kurdo Yalal Talabani. Los sunnitas nunca aceptaron ir a las urnas y protestan por ser discriminados, además de que el antiguo partido oficialista, el Baath, tiene prohibido ocupar cargos públicos.
Desde entonces se mantiene una guerra civil larvada, con atentados casi cotidianos que dejan un tendal de víctimas, que las autoridades atribuyen a sunnitas y que los medios internacionales ya casi ni registran. Según cálculos de la ONU, 8.868 personas murieron en 2013, víctimas de este tipo de ataques, de las que 7.818 eran civiles, en lo que constituye la mayor cifra de víctimas en cinco años, y sólo este año unas 140.000 personas tuvieron que dejar sus casas en la provincia de Al Anbar, acosados por la violencia.
La ONU también alerta sobre la vecina Siria, donde fuerzas rebeldes apoyadas por Occidente intentan derrocar al gobierno «baathista» de Bashar al Assad a un costo en vidas humanas que supera en tres años los 144.000 . Una comisión de ese organismo computó cientos de grupos extremistas en Siria; entre ellos, el Estado Islámico de Irak y del Levante (EIIL), acusado de cometer las mayores atrocidades.
Dentro de Irak las cosas no son mejores, y miembros de una de la agencias de seguridad que ofrecen mercenarios –la ex Blackwater, actual Adcademi– fueron acusados de utilizar a niños para saciar las apetencias sexuales de sus «contratistas». Por estas semanas se debatía la «ley Jaafari», que retrotrae los derechos de la mujer y permite que un hombre pueda tener de esposa a niñas de hasta 9 años. En Estados Unidos, mientras tanto, el gobierno federal dio su aval a un estudio de la Universidad de Arizona sobre el uso de la marihuana para tratar el trastorno de estrés postraumático en ex combatientes. La Administración de Asuntos de Veteranos de Guerra estima que sufre ese mal entre un 10% y un 20% de los soldados que vuelven de Irak y Afganistán.
Pero aparte del petróleo que fluye a raudales desde sus entrañas, Irak es una fuente de oportunidades única. «El país ha salido de una guerra civil salvaje y necesita importarlo todo», señalaron hace no mucho empresarios españoles, emocionados con la posibilidad de reconstruir todo lo que la guerra viene destruyendo desde hace casi 11 años. Un programa de inversiones de aquí a 2017, aprobado por el gobierno del primer ministro Nuri al Maliki, proyecta destinar más de 356.000 millones de dólares para rubros como la construcción, los servicios, la agricultura, la educación, el transporte y la energía. Ninguno de los viejos aliados se quiere perder el negocio.

Piratas petroleros en Libia
Desde el asesinato de Muammar Khadafi, en octubre de 2011, Libia es una tierra en llamas. Al igual que Irak, el país africano era un mosaico que sólo el liderazgo del líder podía mantener unido. Por supuesto que entre los objetivos de la coalición europeo-estadounidense no estaba mantener la paz ni la unidad territorial. Por eso, desde hace tres años, Libia es un polvorín, lo que se pudo percibir en setiembre de 2012, cuando el embajador de Estados Unidos, Christopher Stevens, moría en un ataque en Benghazi, la capital de Cirenaica. La región, rica en petróleo, había sido clave para desestabilizar a Khadafi y ahora busca independizarse para no tener que compartir sus ingresos con el resto del territorio. El 10 de marzo último, el Parlamento de Libia –un órgano legislativo provisional, como lo es aún todo el gobierno de ese país– destituyó al primer ministro, Ali Zeidán, y designó en su lugar al titular de Defensa, Abdullaa Al Zani. Las razones muestran en profundidad el estado de la nación.
Unos días antes, un buque cisterna, el Morning Glory, partía del puerto de Sirte cargado de petróleo que no había sido declarado al gobierno central. El premier acusó a secesionistas de Cirenaica de pretender burlar el control del estado central y también al gobierno de Corea del Norte de apoyar a los «rebeldes» a los que ahora vincula con el «antiguo régimen». Pero el resto de los parlamentarios lo acusó a él de no tener capacidad de liderazgo para mantener la unidad del país. Esperan que su sucesor pueda hacerlo a punta de pistola, sólo que los rebeldes también tienen armas y entre sus planes no figura entregarlas. Comandos de la Marina de Guerra estadounidense tomaron el control del petrolero una semana más tarde. Norcorea negó que ese buque estuviera bajo su bandera, como se dijo al principio y, por lo que declararon los captores, la nave circulaba «sin nacionalidad conocida». Todavía nadie dijo para qué empresa era la carga, que en realidad es lo que importaría.

Revista Acción, 31 de Marzo de 2014

La OEA, la Unasur y el recuerdo de los golpes

El editorial que publicaron el miércoles los diarios latinoamericanos que decidieron coincidir en una campaña contra el gobierno de Nicolás Maduro es elocuente. Por la forma, el contenido y la oportunidad. Periódicos de derecha de Argentina, Chile, Uruguay, Colombia y Brasil, tradicionalmente implicados en golpes de Estado –uno de ellos, incluso, el O’Globo brasileño, hizo un mea culpa el año pasado- emitieron esta suerte de comunicado conjunto mientras una comisión de cancilleres de la Unasur mantenía encuentros en Caracas con las autoridades democráticas y con la oposición para facilitar un diálogo que ponga fin a la ola de violencia que se ensaña con ese país.
En el texto el editorialista (¿o habrá sido una tarea colectiva?) reclama un mayor compromiso de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la crisis de Venezuela. Como se sabe, Panamá intentó forzar un llamado del Consejo Permanente de ese organismo a una reunión de cancilleres latinoamericanos. Por abrumadora mayoría los países de la región rechazaron esa demanda. Ya estaba en marcha, para entonces, un pedido de Maduro para que la Unasur hiciera un esfuerzo de acercamiento.
Unos días más tarde, la diputada de la oposición Corina Machado –»lideresa» de las movilizaciones opositoras que, según dijo explícitamente, deberían terminar con el derrocamiento del gobierno–, aceptó la invitación de Panamá para sentarse en el sitial correspondiente a ese país en otro encuentro de la OEA en Washington. Hubiera sido un buen golpe publicitario que ella lograra hablar de la situación interna de Venezuela en un ámbito que ya había decidido por mayoría no entrometerse en el asunto. Pero el horno no está para ese tipo de bollos en este momento y le negaron la posibilidad.
El ex candidato presidencial Henrique Capriles salió de inmediato a atacar a la OEA con las mismas razones que expuso el editorial de los diarios regionales: el organismo se desentiende de una crisis que atañe a uno de sus miembros. El que le respondió fue el secretario general, el chileno José Miguel Insulza. Le dijo, claramente, que «la OEA no está para poner ni sacar gobiernos».
Lo que revelan estas últimas jugadas políticas y mediáticas es de qué se está hablando cuando se habla de crisis en Venezuela. Se trata, en realidad, de la pérdida de influencia de los organismos diseñados en función y beneficio de la derecha latinoamericana y de Estados Unidos. Y si los golpes en Honduras y Paraguay demostraron que todavía tienen posibilidad de producir daño y causar escozor, no es menos cierto que es enorme el camino recorrido. Por eso la crítica de los medios y de la dirigencia ligada al establishment americano. De otro modo, ambos tienden a quedarse afuera del debate por la «cosa pública», algo a lo que no están acostumbrados y que no toleran hasta por una «cuestión de piel».
No es casual que mientras todo esto ocurría en Venezuela, en Brasil el coronel Paulo Malhaes relataba sin sonrojarse detalles escabrosos de las torturas a que sometió personalmente a detenidos durante la dictadura militar en ese país. El hombre «trabajó» en la llamada «Casa de la Muerte» de Petrópolis, cerca de Río de Janeiro, donde habrían sido asesinadas una veintena de personas y no será juzgado en virtud de la ley de autoamnistía que pergeñaron los dictadores antes de entregar el gobierno, en 1985. Pero su testimonio ante la Comisión de la Verdad creada por Dilma Rosseff tiene el valor de ser el primer reconocimiento de la barbarie, aunque Malhaes parece sentirse orgulloso de su oscuro pasado y hasta es posible que haya abierto la boca para amedrentar.
El lunes se cumplen 50 años de aquel golpe, que adelantó otras barbaries a nivel regional. Los militares brasileños venían complotando para voltear la débil democracia en ese territorio. Habían logrado desplazar a Janio Quadros, catalogado como «comunista» por haberse reunido con el Che Guevara. El sucesor, João Goulart fue derrocado también por su cercanía con la izquierda, según la versión oficial, el 31 de marzo de 1964. Pero las pruebas posteriores –aunque parezca insólito– demuestran que el golpe se produjo un día después. Sucede que en Brasil el 1 de abril es el Día del Bobo –o del Inocente- y se lo «celebra» contando mentiras que solo creería un tonto. No era una buena manera de comenzar.
Es otro dato bien conocido que Guevara representaba a Cuba en la reunión de Montevideo en 1962, cuando el gobierno de Fidel Castro fue expulsado de la OEA porque la revolución se había declarado socialista. Un encuentro con el Che también fue la excusa para sacar de la Casa Rosada a Arturo Frondizi. La resistencia sobre todo de los gobiernos argentino y brasileño a la expulsión de Cuba no logró el suficiente consenso como para evitar que se siguiera al pie de la letra el libreto que forzaba la Casa Blanca.
El dato que registra la derecha continental es que ya no se puede imponer así como así el deseo del Departamento de Estado al sur del Río Bravo. Hay una masa crítica con suficiente peso como para contrarrestar esas presiones. El remanido editorial sugiere que algunos de los apoyos que obtuvo Venezuela en la OEA se deben a que ese país entrega petróleo en condiciones beneficiosas para los países que integran Petrocaribe. Y por lo tanto exigen «pronunciarse valientemente sobre Venezuela y demostrar si quiere conservar o abdicar a su legitimidad».
Olvida el informe –o escamotea el dato– que Unasur surgió a impulso de Hugo Chávez. Y que precisamente se trata, a través de su última contribución a la integración regional, la CELAC, de avanzar hacia un club que no tenga entre sus socios a Estados Unidos ni a Canadá. De allí la importancia simbólica que tendría un avance de la OEA contra un gobierno chavista. De allí también la importancia de detectar quiénes son los que se candidatean en Buenos Aires pero van a rendir cuentas a Washington y a la OEA.

EN EUROPA DEL ESTE. En forma paralela se viene desarrollando la crisis en Ucrania. Para completar el círculo de lo que implica un golpe blando, ayer el Parlamento de Kiev aprobó una «ayuda» del FMI por un total de 27 mil millones de dólares. A cambio, deberá aumentar las tarifas de los servicios públicos y despedir gradualmente a un 30% de los funcionarios estatales, cosa de reducir el déficit fiscal a un 2,5% hacia 2016. El paquete financiero fue previamente aprobado por el Congreso estadounidense. En Washington, el FMI no logró que pasara una reforma a su carta orgánica que permitiría mayor peso específico de los países emergentes, entre ellos China, Rusia, Brasil y la India. Los congresistas también saben de la pérdida de influencia estadounidense y se niegan a renunciar a las pocas prerrogativas que aún conservan.
Mucho se habló de los tres golpes simultáneos que apoyó Estados Unidos en estos meses: Siria, Ucrania y Venezuela. A medio siglo del golpe en Brasil es bueno recordar la cadena de asaltos al poder entre los 60 y 70. Todos ellos enlazados bajo lo que después se conoció como el Plan Cóndor, que fue una maniobra casi simultánea con otra que se desarrollaba en Europa, conocida como Operación Gaudio. Que básicamente consistía en un plan de desestabilización mediante las acciones de grupos paramilitares que apuntaba a «combatir la amenaza comunista». El plan puso en marcha una «estrategia de tensión» contra la democracia italiana, cuando el PCI amenazaba con llegar al poder en cualquier momento.
Si alguien cree que estos planes forman parte de un pensamiento conspirativo muy propio de periodistas paranoicos, sería bueno mencionar que los entretelones de la Operación Gaudio fueron revelados en octubre de 1990 por el entonces presidente del Consejo de Ministros de Italia, el fallecido Giulio Andreotti, hombre de la Democracia Cristiana. Y que un par de meses después, Gaudio recibió la condena del Parlamento Europeo.
Para aquellos que aún así cuestionan al gobierno venezolano y eligen confiar en la información que emiten los centros de difusión conservadores, es bueno señalar que la burocracia estadounidense registra todos sus actos. Y que los archivos desclasificados nunca desmintieron las sospechas sobre acciones de ese país en el exterior.
Como colofón, esta frase que el economista Jorge Beinstein publicó en un imprescindible artículo titulado La ilusión del metacontrol imperial del caos (http://beinstein.lahaine.org/?p=516). Es el extracto de una charla que mantuvo el periodista estadounidense Ron Suskind con un asesor de George W. Bush: «La gente cree que las soluciones provienen de su capacidad de estudiar sensatamente la realidad discernible. En realidad, el mundo ya no funciona así. Ahora somos un imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras tú estás estudiando esa realidad, actuaremos de nuevo, creando otras realidades que también puedes estudiar. Somos los actores de la historia, y a vosotros, todos vosotros, sólo os queda estudiar lo que hacemos.»

Tiempo Argentino, 28 de Marzo de 2014

Peligrosas estrategias de guerra en Europa

Cuentan que uno de los primeros fue el Kriegspiel (Juego de Guerra, en alemán), desarrollado en 1824 por un teniente prusiano y que fue muy útil para diseñar el plan de batalla que llevó al triunfo aplastante de las tropas del Káiser ante las francesas en 1870. Pero eran otras épocas.
En 1956, el director de cine francés Albert Lamorisse, que venía de haber estrenado una joyita como El globo rojo, presentó a una productora estadounidense un juego de mesa que haría historia: La Conquista del Mundo. Cuando los Hermanos Parker lograron desentrañar las reglas, lo sacaron a la venta con el nombre de Risk. En Argentina, una variante haría furor desde el año 1976 bajo el nombre de TEG (Plan Táctico y Estratégico de la Guerra) y sirvió como metáfora a otro film, de 2002, Kamchatka, de Marcelo Piñeyro, protagonizado por Ricardo Darín y Cecilia Roth, donde se ofrece una mirada diferente de la dictadura y de su persecución a militantes de izquierda.
Kamtchatka, como sabe cualquier argentino, es uno de los países a conquistar, creado por necesidad de dividir al territorio asiático en una cantidad razonable de objetivos a perseguir por los ejércitos de cada jugador. Algo similar ocurre en el resto de los continentes, de modo tal que Nueva York y California son países a ocupar. En el sur, Brasil, Argentina, Chile, Perú y Colombia es todo a lo que se reduce, según el TEG, la Unasur. Para Europa las cosas son también «fáciles»: España, Francia, Italia, Alemania, Rusia, Suecia y Gran Bretaña son toda la UE.
Es interesante indagar en la geopolítica del Risk. América del Sur es Brasil, Argentina, Perú y Venezuela. Algo que parece calcado de los virreinatos de la era colonial. En Europa, en tanto –conviene recordar que el juego fue desarrollado en plena Guerra Fría por un francés pero publicado en Estados Unidos–, existen Gran Bretaña, Islandia, Escandinavia, con una suerte de federaciones llamadas Europa del Norte, del Sur y del Oeste. Lo curioso es que Ucrania incluye a todo el territorio ruso. Por supuesto que es un recurso lúdico, pero también es una estrategia para facilitar los entrenamientos militares que bien refleja una concepción del mundo.
Tal vez a los jerarcas militares y políticos de Europa y Estados Unidos les hicieron falta horas de TEG antes de tomar ciertas decisiones que elevaron la tensión en forma innecesaria. Así al menos lo entienden analistas de todas las pelambres. El presidente ruso, Vladimir Putin, incluso llegó a catalogar a la dirigencia occidental de «poco profesional» por la forma en que activaron la destitución de Viktor Yanukovich y crearon una crisis en su intento de avanzar hacia fronteras que Rusia considera vitales.
Forum Libertas es un periódico digital que expresa a sectores de la Iglesia Católica de España fundado hace diez años por Josep Miró i Ardèvol. Un editorial reciente de ese medio, que se alinea dentro del conservadurismo peninsular, alertaba sobre esta aventura que nadie sabe cómo puede terminar. «A causa de una serie de errores que en buena medida caen del lado de la Unión Europea, nos encontramos en una situación que puede degenerar en un conflicto de tipo balcánico –y ante el cual, recordémoslo, la UE se mostró impotente– a una escala todavía superior; sería un desastre para los ucranianos, pero también para Rusia y los europeos», considera el FL.
El ex secretario de Estado Henry Kissinger, conocido en estas pampas por fomentar las tropelías cometidas por las dictaduras militares en los ’70, es otro que se explaya sobre la forma en que fue escalando la situación en Ucrania. Y es una voz que conviene escuchar, al punto que se permite dar un tirón de orejas a la dirigencia occidental por «haber demonizado a Putin», con lo cual no le dejaron demasiadas rutas de escape. «Para Occidente, demonizar a Putin no es una política, sino una excusa por la ausencia de política», detalló en una columna de The Washington Post. Y explica: «Occidente debe entender que para Rusia, Ucrania nunca será simplemente otro país. La historia rusa se origina en el Rus de Kiev, la cuna de la religión rusa. Durante siglos Ucrania fue parte de Rusia.»
Para rematarla, el hombre que tuvo que firmar la paz en Vietnam y ganó un premio Nobel por eso, añade que «en mi vida –y ya cumplió los 90– he visto a los EE UU empezar cuatro guerras sin saber cómo terminarlas y de tres de ellas nos retiramos unilateralmente. La prueba de una política está en cómo termina, no en cómo empieza».
Un académico español, Felipe Sahagún, trae a cuento un texto del analista ruso Sergei Karaganov, donde también muestra que nada es tan fácil como parece. «El presidente Vladimir Putin ha estado intentando restablecer una alianza económica entre la mayor parte los países de la ex URSS para reforzar su competitividad y la inestabilidad que destruyó a la República de Weimar tras la disolución del imperio alemán, pero Occidente ha hecho casi todo lo posible para impedirlo.»
Los medios internacionales, desde hace algunas semanas, tienen kilómetros de tela para cortar con la crisis ucraniana. Y en el contexto de simplificaciones a veces inevitables, cunde la sensación de que en cualquier momento todo puede estallar por los aires. Es así que funcionarios de varios gobiernos elevan amenazas, la mayor parte de las veces retóricas, y dictan sanciones que cuesta trabajo entender qué efectividad puedan tener. Tal vez el rumbo verdadero que seguirán las cosas esté marcado en un horizonte de racionalidad que los políticos no están en condiciones de explicitar, pero algunos expertos no tienen drama en poner sobre la mesa.
Timothy Garton Ash, profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, escribió que «el problema es toda Ucrania, no solo Crimea. Vladimir Putin lo sabe. Los ucranianos lo saben. Y nosotros no debemos olvidarlo. Ni nosotros ni el gobierno ucraniano podemos hacer nada para que recupere el control de Crimea. Ahora se trata de luchar por el este de Ucrania.» Es decir, lo que ocurrió en la península era inevitable desde que el gobierno de Kiev fue remplazado por uno más partidario de acercarse íntimamente a la UE.
Desde la caída de la Unión Soviética, los países occidentales fueron avanzando sobre territorios que estaban del otro lado de la Cortina de Hierro. A la manera del TEG, ficha a ficha, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), creada en 1949 para combatir al «peligro comunista», lejos de disolverse ante la desaparición del enemigo declarado, fue añadiendo países a su membresía. Y a las 16 naciones que entonces formaban parte de la alianza militar incorporó a otras 12 que habían estado bajo la órbita socialista.
La OTAN fue clave en la ocupación de Libia a fines de 2011 y estaba dispuesta a hacer lo propio en Siria en 2013. Hasta que Putin mostró los dientes. En Siria, como se sabe, hay una base militar, en Tartus, heredada de la época soviética. En Sebastopol, Crimea, hay otra. Ucrania, al decir de Kissinger, era un límite incómodo de digerir para Moscú y no le quedó otra que hacer algo.
¿Cómo sigue la historia? Por lo pronto, los gobiernos europeos no podrán evitar el anuncio de más medidas punitivas, como para no parecer timoratos ante la «opinión pública», espantada ante el satanizado oso ruso. Habrá también duros debates en los organismos internacionales. Pero Obama ya mostró que no quiere meterse en otra guerra de la que no sabe cómo podría salirse. «No sería apropiado que nos enfrentemos militarmente a Rusia», señaló el miércoles.
Por supuesto, no le salió gratis y el senador republicano John McCain, su rival a la presidencia en 2008, le endilga que la crisis es el resultado final «de una política exterior irresponsable en la que ya nadie cree en el poderío de Estados Unidos». Para echar más leña al fuego, tildó a Obama de ser el presidente más naïf que tuvo Estados Unidos. Muchos republicanos comparten esta opinión.
Es cierto es que esta crisis fue creciendo al calor de movidas que algunos apurados pensaron sin consecuencias. Y que esa liviandad representa un error importante. El problema sería poder mantener las cosas acotadas y que nadie cometa la equivocación de apretar algún botón fatal y definitivo.
Para quienes estamos en este otro lado del tablero, el peligro es que, como los aliados no logran avanzar en Eurasia –y no quieren quedar mal parados en su frente interno– decidan meter más presión en América del Sur, atacando las posiciones en Venezuela. Ya tienen sus fichas en Colombia y desde allí atacan con todas las fuerzas disponibles.
Por eso es bueno para todos los jugadores recordar que, como en el TEG, el juego es interminable y siempre es momento de disputar los espacios. Y sobre todo, tratar de descubrir cuál es el verdadero objetivo del enemigo para que no se termine la partida.

Tiempo Argentino, 21 de Marzo de 2014