por Alberto López Girondo | Nov 8, 2013 | Sin categoría
Albert Einstein fue seguramente el científico más importante del siglo XX. Nacido en Alemania en 1879, emigró a Estados Unidos a la llegada del nazismo. Ganó el Nobel de Física en 1921 por el desarrollo de la Teoría de la Relatividad. Moriría en Princeton, en 1955, no sin antes haber protagonizado dos hechos antagónicos perfectamente comprensibles en el marco de la época que le tocó vivir: impulsó el desarrollo de la bomba atómica por temor a que los nazis produjeran también semejante maquinaria destructiva, y cuando comprobó el resultado, devino en ferviente pacifista y luchador por las libertades y el internacionalismo.
La Albert Einstein Institution (www.aeinstein.org ) fue fundada en 1983 por Gene Sharp, un estadounidense que hoy tiene 85 años y funge de teórico de la no violencia. El hombre elaboró en un libro bastante difundido, De la dictadura a la democracia, una serie de estrategias para luchar –sin armas– contra regímenes no democráticos, en el contexto de la estocada final contra el bloque socialista, en la segunda mitad de los 80.
Según explicó este docente en la Universidad de Massachussetts Dartmout, la base de su ideario es la filosofía de Mahatma Gandhi. De hecho, su primer texto fue un estudio de los métodos del líder indio, publicado en 1960. Algún mal pensado como el francés Thierry Meyssan, fundador de la Red Voltaire, una organización internacional que promueve la libertad de expresión, encontró que el prólogo de ese opúsculo es de Einstein, que había muerto cinco años antes.
No es la única minucia que anotó Meyssan en un artículo que publicó en 2005 y donde sostiene que Sharp tuvo mucho que ver con el golpe contra Hugo Chávez en el año 2002. Y asegura que era visible su influencia en las manifestaciones contra el líder bolivariano a través de la dirigencia del movimiento Súmate, dos años más tarde. «Siguiendo una técnica que ya se ha hecho clásica, estos últimos lanzan acusaciones de fraude electoral y exigen la salida del presidente. Logran sacar a la calle a la burguesía de Caracas, pero el apoyo popular al gobierno de Chávez es demasiado fuerte para permitir que sea derrocado», decía el analista, que atribuía, por supuesto, el origen de la movida a operaciones de la CIA y de la administración de George W. Bush.
El hallazgo de Meyssan, con todo, fue la trama que sostenía a esos movimientos golpistas. Principalmente, el material teórico que aportaba Sharp (en castellano, «filoso»), abonado por un discípulo de fuste como Robert L. Helvey. Sincero este último, en el prólogo de su libro Sobre el conflicto no violento estratégico, reconoce que luego de 30 años de carrera como oficial de Infantería de Marina, las palabras de Sharp lo convencieron de que todavía tenía «mucho que aportar» a su país. Sobre todo en un campo que, como militar, le generaba mucha resistencia. «Mi percepción de la ‘no violencia’ había estado influida por la época de Vietnam (de los)hippies, pacifistas y renuentes al servicio militar», escribió Helvey. Lo más jugoso se lo reservó para contar el encuentro con el «gurú» de la Einstein. «De lo que trata la lucha no violenta estratégica es de apoderarse del poder político o de negárselo a otros. No se trata de pacifismo, o de creencias religiosas o morales», cuenta que le dijo.
Sharp contempla 198 formas de luchar contra los gobiernos dictatoriales en cinco etapas escalonadas. Son lo que hoy día se conocen como «Golpes Blandos», diseñados en principio para socavar al sistema comunista pero que se extendieron luego en contra de los gobiernos que no agradan a Washington. La estrategia parte del desarrollo de matrices de opinión que puntualizan faltas reales o potenciales del gobierno, promoviendo el descontento y el malestar con temas que afectan la vida cotidiana, desde la inflación, la inseguridad, las denuncias de corrupción o la falta de mercaderías básicas. Luego se pasa a la deslegitimación de las autoridades, la burla, el escarnio. Más tarde se plantea el fomento de las movilizaciones callejeras y todo tipo de protestas hasta llegar a la fractura institucional que facilite la caída del gobierno, o algún tipo de salida que modifique radicalmente el eje de la disputa.
Van algunas de las perlitas que propone Sharp. Como para sopesar la cosa, el punto número 1 es «alocuciones públicas»; el 198, «doble soberanía y gobierno paralelo». En el medio, y numeradas, «premios satíricos, gestos groseros, perseguir a las autoridades, burlarse de las autoridades, abandonar la reunión, dar la espalda, retención de la renta, cierre patronal, boicots económicos, retiro de fondos y de créditos, paralización económica, rechazo a la designación de funcionarios, obstaculización y obstrucción, ineficacia deliberada y no cooperación selectiva por parte de los agentes del orden, saturar los sistemas administrativos, trabajar sin colaborar».
Cuando el método se aplicó en Birmania o en la Serbia de Slobodan Milosevic, pasó por una forma de lucha contra la opresión y un canto de libertad. Pero era demasiado bueno para dejarlo allí, pensó Helvey, y terminó promocionado para voltear gobiernos progresistas y sobre todo a los que brotaron en la década en esta parte del mundo. Es lo que recriminó Meyssan en 2005, pero el propio Chávez recogió el guante en 2007 para denunciar las acciones de la oposición derechista, amparadas por la estrategia golpista que diseminaba la CIA a través del nativo de Ohio.
Fue entonces que Sharp contestó mediante dos cartas públicas. Primero, al francés, a quien le detalló que no recibía dinero de la CIA ni tenía contactos con el gobierno. Que lo suyo era una contribución desinteresada en favor del pacifismo en las luchas políticas. Y que le haría bien (a Meyssan) corregir los errores en el artículo para crecer como investigador.
Pero también le escribió a Chávez. Le dijo algo parecido en cuanto a su inocencia política. Y agregó en su defensa que «la acción no violenta es una técnica para la resolución de los conflictos, al igual que la guerra militar, el gobierno parlamentario y la guerra de guerrillas. Esta técnica utiliza métodos psicológicos, sociales, económicos y políticos, y se ha aplicado para una variedad de objetivos, tanto buenos como malos». En resumidas cuentas, tal vez le pasó como a Einstein, que apuró una maquinaria que al fin de cuentas resulta mortal, pero no lo admite explícitamente.
Al venezolano le recomienda, como para justificar su neutralidad, que también escribió otro librito, más corto, junto con Bruce Jenkins, El anti-golpe, donde alecciona a gobiernos democráticos para defenderse de ataques destituyentes. Todos los textos mencionados se pueden bajar gratuitamente del sitio de la Albert Einstein Institution con versiones en varios idiomas. Lo curioso es que The Anti-coup está solo disponible en inglés y francés. La edición gala cuenta con un prólogo escrito por el catalán Federico Mayor, donde anota una frase de Adolfo Pérez Esquivel: «Resistir es el comienzo de la victoria.»
Quizás, como protesta Sharp, sólo pretendió hacer un librito pacifista, pero todo se salió de cauce. Einstein tuvo esa misma sensación, pero ya era tarde. Mientras tanto, ese material alimenta las usinas golpistas en todo el mundo y sirve para justificar terapias de shock económico.
Estos días, el periodista español Ignacio Ramonet visitó el país para presentar su libro de conversaciones con Chávez. Conocedor de la realidad venezolana, acuñó la frase «golpe en cámara lenta», para referirse a las presiones que desde la derecha recibe el gobierno de Nicolás Maduro. Ataques desde la prensa, desabastecimiento, fuga de divisas, es decir, el método Sharp con todo su filo. La comparación con el gobierno de Salvador Allende es de cajón, y los archivos desclasificados de la CIA muestran que cuando los medios hablaban de torpeza gubernamental, se trataba de operaciones desestabilizadoras fríamente calculadas.
Por eso preocupa la visión que muestran los medios concentrados sobre la situación en Venezuela. El mecanismo de la burla y el escarnio, bien de operación Golpe Blando, se deslizó ramplonamente en un análisis en el diario Clarín, donde se considera «probable que Ramonet haya creído encontrar con esas declaraciones (la comparación Maduro-Allende) una forma de promocionar su último libro, otra larga entrevista esta vez al fallecido líder bolivariano Hugo Chávez. Pero lo notable es el despliegue persistente de un mecanismo de fabulación que parece una marca común de estos gobiernos de autodeclarada fe progresista. Desde cualquier mirada es incomparable la actual Venezuela con el Chile de 1973.»
Sucede que, a esta altura del campeonato como quien dice, hacer esa comparación es una obligación moral. El olvido o la alegación de inocencia, en situaciones semejantes, es un pecado de lesa honestidad. Porque así como van por Venezuela, también vienen a por todos nosotros.
Tiempo Argentino, 8 de Noviembre de 2013
por Alberto López Girondo | Nov 1, 2013 | Sin categoría
Los escándalos en los medios británicos derivaron en la creación de una nueva entidad para regular el funcionamiento de la prensa en ese país, sino la cuna de la prensa al menos un espejo en el que se gustarían mirar periodistas de todo el mundo. El caso, como se recordará, involucraba a los medios del Grupo Murdoch, propiedad del multimillonario australiano Rupert Murdoch, y consistió en una perversa sociedad entre periodistas de indudable baja calidad moral con agentes de Scotland Yard para pinchar teléfonos de políticos y celebridades con el fin de espiar sus movimientos y obtener primicias. Nada demasiado diferente a lo que la jueza Sandra Arroyo Salgado investiga en la Argentina y que mantiene bajo proceso al ex secretario de Inteligencia Juan Bautista «Tata» Yofre y a los periodistas Carlos Pagni, de La Nación, y Roberto García, de Perfil, acusados de hackear mails de funcionarios nacionales con el mismo objetivo «divulgador».
Estas prácticas, desde el punto de vista periodístico deleznables, fueron tan habituales en Gran Bretaña que se convirtieron en un verdadero modus operandi para los directivos de diarios como el News of the Word (NOTW), que había sido fundado en 1843 y tuvo que ser cerrado en 2011 tras el estallido del escándalo, o The Sun, el de mayor tirada en el Reino Unido. Justo es decir que la revelación de ese oscuro manejo de la prensa fue de otro medio británico, The Guardian, de activa participación en la publicación del material de Wikileaks y de los archivos de Edward Snowden sobre el espionaje masivo de Estados Unidos que día a día aporta una gota más de repulsión tanto entre amigos como entre enemigos de Washington.
Con cierta similitud también con la postura de los medios del establishment vernáculo en torno de la Ley de Medios, en Gran Bretaña los empresarios intentaron frenar la puesta en marcha de la autoridad de control votada en el Parlamento a través del Consejo Privado de la reina Isabel II, a principios de este mes. Alegaron ante los estamentos judiciales una serie de argumentos en defensa de una libertad de expresión en riesgo por la injerencia de los legisladores o el gobierno. Los magistrados desecharon la presentación por «falta de sustento» y le dieron vía libre al organismo, que remplazará a la obsoleta y demostradamente ineficaz Comisión de Quejas de la Prensa (PCC, por sus iniciales en inglés), que se supone que hacía ese trabajo en un cuerpo integrado por los propios empresarios periodísticos y sus gerentes.
El caso más terrible y que generó la mayor náusea fue el de Milly Dowler, una chica de 13 años secuestrada y asesinada en 2002. El hecho alcanzó enorme repercusión en Gran Bretaña y durante semanas mantuvo en vilo a la opinión pública porque se suponía que la menor seguía viva. Sucede que la casilla de mensajes de su celular se vaciaba cotidianamente. Después se sabría que agentes de Scotland Yard, en connivencia con periodistas de NOTW, se metían diariamente para escuchar los mensajes que enviaba la familia desesperada a la muchacha, que había sido violada y estrangulada por un asesino serial. El cuerpo de la chica apareció seis meses más tarde.
Los editores del NOTW están siendo juzgados por la maniobra, repetida con decenas de políticos, intelectuales como la autora de Harry Potter, o actores como Hugh Grant. El juez Brian Leveson, que investigó el proceder periodístico, recomendó la creación de una nueva entidad para regular la conducta ética del gremio y aclaró específicamente que sus miembros debían ser independientes del gobierno pero también de las empresas. El tema del espionaje está latente desde hace semanas, cuando The Guardian sacudió el avispero nuevamente con las revelaciones de Snowden, el ex empleado de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) ahora refugiado en Rusia. Glenn Greenwald fue el único periodista en quien el joven estaba dispuesto a confiar para entregarle los archivos que copió mientras trabajaba como contratista en Honolulu. Greenwald reside en Río de Janeiro y ayer publicó su último informe para ese diario, porque fue contratado para un nuevo proyecto periodístico junto a otro militante de las libertades civiles como Jeremy Scahill.
Durante la semana, una delegación del Parlamento Europeo viajó a Estados Unidos para plantear sus quejas por el espionaje de la NSA sobre gobernantes y ciudadanos europeos. No es la primera vez que se ven involucrados en una protesta semejante en lo que va del siglo. Como en las otras ocasiones, debieron mostrarse sorprendidos por la operación de vigilancia global. En Washington se entrevistaron con funcionarios y congresistas, pero se fueron con muy poco de vuelta a Bruselas. El eurodiputado laborista británico Claude Moraes habló algo a la salida de un encuentro con el director de la NSA, el general Keith Alexander. «Se nos dieron algunos datos vagos, pero no especificaciones detalladas sobre los programas de espionaje», explicó el presidente del Comité de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior del Parlamento Europeo.
En su último despacho, Greenwald destaca que Alexander acusó a los periodistas de estar «vendiendo» los documentos de la NSA y pide que se ponga fin «al constante flujo de información pública de los secretos arrebatados por el ex contratista de Edward Snowden». En un reportaje al blog Armed With Science, del Departamento de Defensa de EE UU, anota Greenwald, Alexander se explayó en abundancia sobre la cuestión. «Creo que está mal que los periodistas que tengan todos estos documentos, los 50 mil –o lo que sea que tienen y están vendiendo y publicando–, ya sabes, simplemente no tiene sentido».
La entrevista deja ver mucho más sobre el concepto de libertad de prensa del jefe de los espías electrónicos estadounidenses: «Tenemos que encontrar la forma de detener esto (la publicación). No sé cómo hacerlo. Eso es más (propio) de los tribunales y los responsables políticos, pero desde mi punto de vista, es un error permitir que esto continúe.» Acota Greenwald: «Me encantaría saber qué vía en concreto tiene en mente el general Alexander para ayudar al gobierno de EE UU a ‘encontrar la manera de detener’ al periodismo en esta historia. Cualquiera que sea la forma, será profundamente hostil a la Constitución de EE UU. ¿Qué clase de persona querría que el gobierno fuerce un operativo para clausurar los informes de la prensa? Cualquier clase de persona que sea, no es alguien en quien confiar para instituir y desarrollar un sistema de espionaje masivo que opera en la oscuridad. De hecho, nadie lo es.» Greg Mitchell escribió en el diario virtual The Nation, de Estados Unidos, un artículo que golpea en las mentes bien pensantes de aquel país a 45 años de la Masacre de My Lai.
El 16 de marzo de 1968, tropas de la Compañía C del 1º Batallón de la 20ª División de Infantería y de la Compañía B del 4º Batallón de la 3ª División de Infantería atacaron la zona de Soin My, en lo que era Vietnam del Sur, con helicópteros artillados y efectivos de infantería de marina. La escena puede percibirse en la película Apocalipsis Now, el clásico de Francis Ford Cóppola sobre la base de la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. Allí, un soberbio oficial encarnado por Robert Duvall muestra lo que pudo ser My Lai. Una orgía de horror y violencia absolutamente demencial e innecesaria.
La masacre no se divulgó sino un año más tarde, cuando la publicó Seymour Hersh, de un medio minúsculo llamado Dispatch News Service. Un ex fotógrafo del Ejército, Ronald Haeberle, logró colar algunas tomas dramáticas en el Cleveland Plain Dealer. Por el caso fue condenado el segundo teniente William Laws Calley, en medio de un escándalo mediático. Pero fue indultado tres años más tarde por el presidente Richard Nixon. Mitchell muestra ahora una foto impresionante que la doctoranda Valerie Wieskamp, de la Universidad de Indiana, Bloomington, analiza en detalle, y se sorprende de que nadie haya reparado en ella en casi medio siglo.
La imagen arquetípica de My Lai es la de una chica que huye desnuda envuelta en llamas porque le arrojaron napalm. Wieskamp descubre en «Asalto Sexual en la masacre de My Lai: el borrado de la Violencia Sexual de la memoria pública de la guerra de Vietnam», otra imagen ya publicada de la matanza que muestra a una aterrorizada anciana tomada violentamente por un soldado en primer plano, y a una adolescente con un niño en brazos. Cerrando su blusa. Una prueba, acota, de las violaciones masivas cometidas por soldados estadounidenses y ocultas por décadas detrás de epígrafes genéricos en la prensa. Porque nadie había reparado en que la muchacha se estaba abotonando la blusa luego de haber sido violada.
El fotógrafo ya había dicho algo de esto en su momento, pero nadie lo quiso escuchar. Ahora que el debate por la libertad de expresión aparece en boca de los empresarios sometidos a leyes de la sociedad en Gran Bretaña y la Argentina, y en medio de la divulgación de procedimientos reñidos con la moral y las reglas del buen arte a nivel político, es bueno reflexionar sobre estas cuestiones. Porque más temprano que tarde la verdad saldrá a la luz, pero la responsabilidad del periodista es que lo sea en tiempo real.
Tiempo Argentino, 1 de Noviembre de 2013
por Alberto López Girondo | Oct 25, 2013 | Sin categoría
Tras casi 20 años de vigencia, la doble moneda cubana tendrá su fin al cabo de un cronograma de adecuación que el gobierno de Raúl Castro pondrá en vigencia más temprano que tarde, según publicó el diario oficial Granma. No es que sea una novedad, ya que ni bien el hermano de Fidel lo remplazó en el poder, formalmente en 2008, promovió una serie de cambios en la economía y reconoció que uno de los fundamentales –pero no el único– sería terminar con el sistema bimonetario que rige en Cuba desde agosto de 1993.
Ya en julio Tiempo Argentino adelantó cuáles serían los próximos pasos en el plan de actualización económica del que la cuestión monetaria es un pilar. En una conferencia de prensa el vicepresidente Marino Murillo fue muy claro: 1) Cuba debe terminar con el sistema de precios regulados administrativamente para ir a uno regido por el mercado. 2) Hay que acabar con el subsidio a los productos para ir al subsidio a las personas. 3) La prioridad de la economía es ganar eficiencia en base a inversiones y aportes de tecnología y mercados del exterior.
Las autoridades recalcan que aggiornar el modelo económico socialista –sin perder la base revolucionaria– implica tomar medidas que no por dolorosas son menos necesarias. Lo que en todo caso están tratando es de sacrificar algo de velocidad para no perder el logro más caro a la revolución que encabezaron Fidel junto con el Che Guevara, Camilo Cienfuegos y Raúl Castro en 1959: la sensibilidad social. El propio Murillo lo dijo en términos bastante precisos y a modo de eslogan: «Necesitamos crear una sociedad socialista próspera y sostenible.» Para lo cual, aclaró, el Estado dejará cada vez más lugar a la actividad privada en áreas donde el individuo puede ser más eficiente que la maquinaria colectiva. Ya lo viene haciendo con la creación de centenares de cooperativas en rubros donde antes había sólo emprendimientos estatales. Y le abrió el paso a varios miles de cuentapropistas que dejan empleos públicos para ganarse el pan, como quien dice, en las calles.
La doble moneda nació cuando Cuba debió enfrentar el colapso definitivo de la Unión Soviética, en 1990. Acostumbrada a un intercambio económico con el bloque socialista, la isla había generado divisas con la venta de su principal producto de exportación, el azúcar. Pero desde entonces todo fue diferente. Las relaciones ventajosas con «amigos del palo» se convirtió en lo que es el sistema capitalista: una jungla impiadosa donde priman el lucro por sobre cualquier otra consideración humana o ideológica.
Pero había un componente adicional que no es para nada desdeñable. Desde 1961 Cuba padece un bloqueo económico de la principal potencia del mundo. Los cubanos computan pérdidas económicas por el embargo estimadas sólo durante el año pasado en unos 3921 millones de dólares, un 10% más que en 2011. En el medio siglo de cerrojo a la economía cubana el daño se cifra en 1,15 billones de dólares.
Las razones de Estados Unidos para mantener y aún extender el cerco alrededor de una isla que está a 90 millas de sus costas resultan cada vez más inentendibles tanto en el exterior como para las mentes bien pensantes en el interior de su propio país. Porque hay lobbies económicos que cuentan en millones las pérdidas por no poder comerciar con Cuba. Y eso que la tienen ahí tan cerquita y ávida de comprar alimentos e insumos como de ofrecer sus productos tradicionales o las nuevas tecnologías en las que demostró estar a la vanguardia.
Con el cambio obligado de los ’90, Cuba tenía dos opciones: se dejaba arrastrar hacia el modelo neocapitalista al que se encaminaron los países del este europeo o trataba de mantenerse en sus ideales socialistas a cualquier costo. Hicieron esto último y el precio que pagaron por su tozudez es incalculable. No cuantificable en términos monetarios pero mucho menos en el factor social a largo plazo. Con la aclaración que ese largo plazo es ayer, hoy, estos días, cuando toda una generación de cubanos que nació en una pobreza atravesada por diferencias que sus padres no habían conocido, comienzan a desenvolverse en la vida pública.
La política de desarrollo basada en el turismo, que se inició en los ’90, llevó dólares a la isla y dislocó la hasta entonces sencilla economía local. Como consecuencia del bloqueo, el dólar no podía circular en ese país, y el auge de euros y otras monedas generó consecuencias nefastas. Fue así que las autoridades crearon una divisa convertible, el CUC, que serviría para ese mundo ligado al exterior que iba creciendo, mientras que para «el otro país» quedaba el tradicional Peso Cubano, CUB. Nacieron paralelos, uno a uno, pero en la actualidad un CUC equivale a 25 CUB. Los trabajadores «de a pie» ganan en CUBs el equivalente a no más de 25/30 CUC. Pero tienen un mercado donde circulan esos billetes y mercadería a precios acomodados a esos valores.
A eso se refieren las autoridades cuando dicen que quieren dejar de subsidiar a productos para subsidiar a personas. El déficit que ocasiona esta doble economía es inviable para el conjunto de la sociedad, y además perturba el desarrollo de nuevos emprendimientos. Cuba tiene altísimos estándares en todas las mediciones sociales y sanitarias que se encuentren, desde el nivel más bajo de mortalidad infantil del continente (menor aun a Estados Unidos y Canadá) hasta índices de educación que la colocan entre las naciones más avanzadas del mundo.
Por otro lado, un país sometido al embargo más obcecado, que no podía conseguir ni medicina y tecnología, se las tuvo que rebuscar como podía –inventar, como proponía Simón Bolívar– y ahora lidera en fabricación de cierto tipo de vacunas y de aparatos y en la formación de personal. Creó más profesionales, incluso, de los que puede sostener, por eso «exporta». A tal punto que envió médicos y educadores para alfabetizar al resto del mundo.
Profesionales cubanos viajaron especialmente para ejercer en Venezuela, Bolivia y Brasil, donde los médicos, además, tuvieron que enfrentar el lobby de los colegios médicos locales, que intentaban impedir el acceso de millones de brasileños de las zonas más pobres del país a cuidados de salud. Tras muchos cabildeos y luego de manifestaciones de Campesinos Sin Tierra que reclamaban la presencia de profesionales de la nacionalidad que fuese –en vista de que los brasileños se quejaban de los cubanos pero no se anotaron para acudir al convite– finalmente, la presidenta Dilma Rousseff ganó la partida. Los primeros galenos formados en la isla ya están trabajando en los lugares más remotos del gigante sudamericano.
Desde el punto de vista de la economía más crasa, por otro lado, se puede decir que la isla ofrece a los inversores que se atrevan, trabajadores que en valores de mercado reciben salarios mucho más bajos pero tienen una preparación óptima, lo que los hace adecuados para desempeñarse con eficiencia en cualquier desafío que se les cruce.
Empresas internacionales conocen el dato de sobra y se sumaron a compañías mixtas en áreas como la energía y la minería. Firmas brasileñas participan del proyecto de recuperación de la industria azucarera y están construyendo un megaproyecto en Puerto Mariel, que está llamado a ser un polo industrial y tecnológico de importancia regional. Hay decenas de proyectos en turismo con aportes multimillonarios de las cadenas más grandes de Europa. En algunos casos el plan consiste en puertos adecuados para cruceros de gran porte que podrían recorrer todo el Caribe.
Pero en gran medida todo plan de desarrollo sustentable para la Cuba de estos días dependerá de cómo siga la relación con su vecino más cercano e incómodo. Proyectos en danza para una explosión económica cubana hay muchos, pero los grandes inversores temen las millonarias multas que hoy por hoy pueden sufrir si se suman a la invitación del gobierno. Ni siquiera puede viajar con libertad para hacer negocios.
Los críticos de la revolución cubana sostuvieron desde siempre que la situación de ese país es consecuencia de fallas propias del socialismo real o de la insolvencia de sus dirigentes. Que el bloqueo es apenas una excusa. Los defensores del modelo comunista desafían a que se levanten las sanciones contra la isla y lo comprueben efectivamente. Sienten, con razón, que hay un doble estándar para medir el éxito de un sistema. «Si realmente piensan que no funciona ¿Qué necesidad tienen de maniatarlo?», sería el planteo.
El martes que viene la Asamblea General de la ONU volverá a tratar el caso del bloqueo a Cuba. El año pasado 188 países de un total de 193 votaron contra el embargo que decretó Dwight Eisenhower en julio de 1960 como estrategia para asfixiar al gobierno revolucionario de Fidel Castro. Nada indica que esta vez los números serán diferentes y, quién sabe, no se sume algún díscolo en apoyo de la posición cubana.
El caso es cuándo esa abrumadora mayoría servirá para poner fin a tal arbitrariedad.
Tiempo Argentino, 25 de Octubre de 2013
por Alberto López Girondo | Oct 18, 2013 | Sin categoría
“Acá no hay ganadores. Las últimas semanas causaron un daño completamente innecesario a nuestra economía», definió lacónicamente Barack Obama. «Dimos una buena pelea por una causa justa. Sólo que no ganamos», se justificó John Boehner. Tras más de 16 días de encarnizada disputa en torno del aumento del techo de la deuda y el cierre de la administración pública estadounidense –que en realidad fue una nueva batalla por la reforma de la ley sanitaria– un acuerdo de última hora, poco antes de entrar en default (o como se dice en el barrio, cortando clavos), permitió extender el debate sobre el cambio de paradigma en Estados Unidos hasta un nuevo round, por lo pronto en enero.
Porque el límite del endeudamiento no fue más que una excusa para que un grupo extremista de los republicanos, los integrantes del Tea Party, intentaran boicotear la puesta en marcha del llamado «Obamacare», el único gran proyecto de cambio, aunque bastante licuado, que hasta ahora pudo implementar el primer mandatario negro en la historia de Estados Unidos. Y esa normativa, que acerca a 45 millones de estadounidenses a un sistema de salud, representa el cambio más profundo en cuatro décadas en el consenso social de ese país.
El sistema de salud público fue una de las máximas creaciones del gobierno de Richard Nixon, más famoso por su papel en el caso Watergate puertas adentro de Estados Unidos y por su tarea en la desestabilización y el golpe contra el chileno Salvador Allende y la gestación del plan Cóndor en la región. El otro costado de Richard Milhous Nixon es que estableció algunas políticas de estado que todavía rigen en el mundo: abrió relaciones con China e incorporó al gigante asiático al concierto de las potencias, puso fin a la desastrosa Guerra de Vietnam y retiró los soldados estadounidenses tras el descrédito social de aquella aventura colonialista.
Al mismo tiempo, en agosto de 1971 logró impulsar el sistema privatizado de salud, que dejaba fuera de toda protección a las capas más pobres de la población. En el documental Sicko, de 2007, el cineasta Michael Moore plantea precisamente que la razón de fondo para ese cambio habría que buscarla en que la atención privatizada creó generaciones de ciudadanos obligados a endeudarse hasta la miseria para pagarse algún tratamiento, una forma sofisticada y perversa de mantener la esclavitud con métodos en apariencia basados en la libertad individual. O por lo menos, una forma de disciplinamiento social que logró ser mucho más efectiva que una dictadura, aunque se le parece demasiado. Y que, por otro lado, se mantuvo en el tiempo por eso de que en Estados Unidos se construyen consensos permanentes más allá de quién ocupe el Salón Oval.
Los Tea Party –esa línea interna republicana creada en «honor» de aquella revuelta contra el pago de impuestos que logró la independencia de Estados Unidos en 1776– defienden a tal punto un concepto extremo de libertad individual que son capaces de decir, sin que les tiemble la pera –como señaló Ron Paul, el más influyente de sus teóricos– que si una persona es libre «también debe ser responsable de contratar un plan de salud conveniente» y no dejar «que el estado acuda en su ayuda» como si fuera un padre generoso.
Obama dijo más de una vez que su propuesta de reforma sanitaria se basaba en su historia personal: su madre, Ann Dunham, murió a los 52 años de un cáncer de ovario porque no tenía una buena cobertura de salud. Pero los Tea Party no entienden de sentimentalismos y desde el vamos hicieron presentaciones de todo cariz para frenarla judicialmente o demorar su aplicación con chicanas como el cierre de la administración o la amenaza de default si no se hacían recortes en su financiación. Aun así, la Corte Suprema la declaró constitucional, con lo que el último recurso era vaciarla de fondos y demorar su aplicación hasta la llegada de otro gobierno más favorable a derogar la ley. (A que suena parecida a la pelea por la Ley de Medios argentina…)
El grupo extremista republicano tiene otro ideólogo de peso en las estructuras partidarias: el lobista Grover Norquist, titular de una ONG, Americans for Tax Reform (Estadounidenses por una reforma tributaria), que tiene como principal objetivo bajar los impuestos y reducir a la mitad al Estado para el 2025. «Yo no quiero abolir el gobierno. Simplemente quiero reducirlo a una dimensión en que pueda arrastrarlo al baño y ahogarlo en la bañera», es su frase de cabecera. Con menos estado las capas menos favorecidas de la sociedad disminuyen sus posibilidades de poder cambiar una situación inequitativa, claro. Un modelo sanitario más igualitario, perciben con preocupación, es la antesala de otras conquistas «populistas» que quieren evitar a toda costa.
Norquist es el autor de un juramento que desde 1986 siguen a pie juntillas los republicanos. La «Promesa de Protección al Contribuyente» tiene apenas dos artículos, pero muy categóricos: «Uno, me opondré a todas las medidas destinadas a aumentar el impuesto sobre la renta para los individuos y/o las empresas. Dos, me opondré a cualquier recorte neto o eliminación de deducciones o abonos, a menos que sean compensados, dólar a dólar, mediante futuras reducciones de impuestos». Entre los 242 representantes republicanos, firmaron 238; mientras que lo hicieron 41 de los 47 senadores.
Ese juramento fue una verdadera traba para los negociadores demócratas y también para el líder de la Cámara Baja, el republicano Boehner, segundo de 12 hermanos y primero con título universitario de una familia católica de Reading, Ohio, constitucionalmente el tercero en la escala sucesoria, detrás de Obama y Joe Biden. Para muchos, Boehner fue uno de los perdedores de la contienda, porque no supo liderar una posición uniforme de los miembros del Partido del Elefante, como se conoce al Republicano. Porque mientras avanzaba el cierre y se acercaba el día del default, era cada día más evidente que muchos en el viejo partido se deban cuenta de que iban a una derrota ante la opinión pública y querían aceptar las condiciones de Obama.
De hecho, según encuestas publicadas por The Washington Post y ABC News, el 74% de los ciudadanos rechazaba la postura intransigente de los republicanos, mientras que un 61% culpaba de terquedad a los demócratas y 53% al propio Obama. A nivel nacional, en tanto, de acuerdo a un sondeo de Pew Research Center, casi la mitad de la población tenía una opinión desfavorable del Tea Party y solo un 30% mostraba aprobación con el ala más derechista de la oposición. Sin embargo hay un dato a tener en cuenta: los representantes tienen que renovar su banca cada dos años y se deben mucho más a su público local. Y allí, en sus distritos, el 60% de sus votantes apoya su radicalidad política.
No hay registro de qué ganó o qué perdió el inefable Ted Cruz, el representante ultramontano de Texas que saltó a la fama con un discurso de 21 horas como parte de una estrategia para impedir que se votara una ley provisional de gastos. A Cruz lo terminaron denostando sus propios correligionarios y hasta el no menos «estricto» Norquist consideró que «era muy posible que demoráramos la implementación de Obamacare durante un año, hasta que Cruz llegó y se estrelló e incendió».
El que sí parece haber ganado en todos los terrenos fue Obama, que ahora se animó a ir por más y apura la aprobación de una ley migratoria, otra de sus promesas electorales de 2008. «No permitamos que este problema siga pudriéndose otros dos o tres años. Esto puede y debería hacerse antes del fin de este año», insistió. No se olvidó de azuzar con que «el pueblo estadounidense está completamente hastiado de Washington».
Ahora le esperan tres meses fatales. No es previsible que Tea Party renuncie a sus «principios», y el escuálido acuerdo sólo pateó la pelota extendiendo el presupuesto hasta el 15 de enero y ampliando el límite de la deuda hasta el 7 de febrero, cuando volverá a tensarse la cuerda. Lo que ocurra entonces tendrá relación con el debate que se produzca en la sociedad. Se sabe que el plan de salud generará fortunas a empresas de prepago por la incorporación de esos millones de estadounidenses que estaban sin cobertura.
El problema es si ese interés será más determinante que la estrategia de dominación que subyace en el proyecto de frenar la normativa. Lo que equivale a preguntarse si Obama, con sus falencias y debilidades, logrará imponer otro paradigma y construir un nuevo consenso en Washington, como viene prometiendo desde que asumió.
Tiempo Argentino, 18 de Octubre de 2013
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