por Alberto López Girondo | Abr 7, 2015 | Sin categoría
En setiembre pasado, el papa Francisco visitó el cementerio de Fogliano Redipuglia, cerca de la frontera con Eslovenia, donde descansan los restos de miles de caídos en el frente nordeste de Italia durante la Primera Guerra Mundial. Fue su modo de recordar el centenario de una disputa que dejó unos 20 millones de muertos, pero que no sería la última gran batalla por el control del mundo. Desde ese lugar, el pontífice argentino advirtió que hoy puede hablarse de «una Tercera Guerra Mundial». Una simple observación del mapa de puntos críticos que pueden envolver al mundo en una nueva y fatal conflagración le da la razón a Jorge Bergoglio, con el agregado de que en algunos lugares calientes del planeta, incluso, la amenaza es nuclear.
En los últimos meses el riesgo de una gran contienda similar a las dos que vivió el siglo XX se extiende peligrosamente en algunas regiones críticas del globo. Pero a diferencia de la Primera y la Segunda Guerra, cuando era posible determinar los bandos enemigos, hoy todo resulta más difuso. Porque por un lado aparece el extremismo identificado como Estado Islámico (EI), que controla amplias regiones en Irak y Siria y sumó a otro grupo terrorista, Boko Haram, de Nigeria. Conocido en algunos distritos como ISIS, por las siglas en inglés para Estado Islámico de Irak y el Levante, o DAESH, por su acrónimo árabe, aboga por la construcción de un califato de tipo medieval en zonas de población árabe, regido por una interpretación radical del Corán, y cobró notoriedad en todo el mundo tras la difusión de una serie de videos en los que sus milicianos muestran atrocidades pocas veces vistas, desde degüellos hasta quema de personas, en una expresión de tétrico marketing del horror. Son también designados genéricamente como yihadistas, porque defienden el concepto de «guerra santa» para imponer la sharía (ley islámica), pero como no son un estado constituido, están al margen de la ONU y la única sanción posible sería la aniquilación a manos de fuerzas coordinadas bajo su amparo. Algo que Estados Unidos viene pretendiendo imponer desde que tras el retiro de sus tropas en Irak se fue conformando este descalabro generalizado en la región.
El otro punto de gravedad superlativa es Ucrania, que desde el derrocamiento de Viktor Yanukovich en febrero de 2014 potenció viejas rencillas nacionales y provocó en primer lugar la reincorporación de la región de Crimea a la Federación Rusa un mes más tarde y luego una guerra civil en el este ucraniano, donde la población es mayoritariamente prorrusa. El oeste del país se alinea con la Unión Europea, aunque sus espadas en el terreno son militantes ultraderechistas que apelan a métodos violentos aprendidos del fascismo. Tampoco ellos tienen demasiado apego a las normas de convivencia internacionales.
Dada la relativa cercanía de ambos escenarios y teniendo en cuenta que tanto en Crimea como en la ciudad de Tartus, Siria, hay bases militares rusas, es dable entender que Rusia –y especialmente su presidente, Vladimir Putin– sea en realidad el verdadero enemigo para los estrategas del Pentágono.
La parábola de Obama
Con la llegada de un hombre negro al poder en Estados Unidos en 2009, una nueva señal pareció alumbrar desde Washington, luego de las controvertidas invasiones a Irak y Afganistán que había iniciado George W. Bush. En esta certeza, Obama fue ungido con el premio Nobel de la Paz a fines de ese mismo año.
Poco antes había lanzado desde El Cairo un discurso que parecía alentador. «He venido aquí a buscar un nuevo comienzo para Estados Unidos y los musulmanes en todo el mundo, que se base en intereses mutuos y el respeto mutuo…», dijo el presidente demócrata ante un auditorio que lo contemplaba complacido en el aula magna de la Universidad Islámica de Al-Azhar.
A tal punto llegaba el sesgo pacifista que en julio de 2009 Obama viajó a Moscú para decirles a los mandatarios rusos –Dmitri Medvedev, presidente, y Putin, primer ministro– que «ningún país puede afrontar los desafíos del siglo XXI por su cuenta, ni imponer sus condiciones al mundo. Es por eso que Estados Unidos busca un sistema internacional que permita a las naciones perseguir sus intereses en paz, sobre todo cuando esos intereses sean divergentes; un sistema donde se respeten los derechos universales de los seres humanos, y se rechacen violaciones a esos derechos; un sistema en el que tengamos con nosotros los mismos estándares que aplicamos a otras naciones, con derechos y responsabilidades claras para todos».
Parecía un giro de 180 grados con respecto a la política beligerante que predominaba en ese país. En mayo de 2010 Obama presentó su primera Estrategia de Defensa Nacional. La Ley de Reorganización del Departamento de Defensa de Goldwater-Nichols, de 1986, obliga a que cada presidente eleve un informe anual al Congreso sobre el rol militar que su gestión le asigna a Estados Unidos en el mundo. Obama siguió la misma línea que había abierto en El Cairo y Moscú un año antes. Mencionaba allí ese esperanzado discurso en la capital rusa y agregaba su compromiso con «nuestros amigos y aliados en Europa, Asia, América y Oriente (…) incluyendo a China, India y Rusia, así como naciones cada vez más influyentes como Brasil, Sudáfrica e Indonesia».
Eran los tiempos en que el retiro de tropas de Irak y Afganistán tenía fecha firme y la Casa Blanca necesitaba acuerdos con el resto de las potencias para garantizar la paz. También eran los tiempos en que Estados Unidos padecía una crisis económica y financiera que asfixiaba sus recursos, como reconocía en aquel documento que ahora parece histórico. A sus aliados de la OTAN no les iba mejor, y además era notorio el crecimiento de las potencias emergentes que terminarían uniéndose en el BRICS, y de otros países latinoamericanos que poco a poco iban alcanzando mayores grados de libertad respecto de Washington.
Lo que parece un análisis económico geopolítico es el punto de partida para el segundo informe de Estrategia de Defensa Nacional, que Obama presentó en febrero pasado. Allí hay un profundo cambio en la concepción geopolítica. Ya la administración demócrata no habla de crisis y economía de esfuerzos sino más bien informa que crecieron el empleo y el PBI y China sigue siendo amigo de Estados Unidos, pero ahora Rusia es una amenaza, lo mismo que los grupos fundamentalistas que crecieron bajo el amparo de sus propias políticas en relación con el mundo islámico. «El extremismo violento y una amenaza terrorista en evolución plantean un riesgo persistente de ataques contra Estados Unidos y nuestros aliados. La escalada de desafíos a la seguridad cibernética, la agresión por parte de Rusia, los impactos de aceleración del cambio climático y el brote de enfermedades infecciosas dan lugar a preocupaciones acerca de la seguridad global».
Pero el cambio más dramático está expuesto en la siguiente frase: «Cualquier estrategia exitosa para garantizar la seguridad del pueblo estadounidense y avanzar en nuestros intereses de seguridad nacional debe comenzar con una verdad innegable, Estados Unidos debe liderar. Un liderazgo estadounidense fuerte y sostenido es esencial para un orden internacional basado en normas que promuevan la seguridad global y la prosperidad, así como la dignidad y los derechos humanos de todos los pueblos. La pregunta no es si Estados Unidos debe liderar o no, sino cómo debe hacerlo».
Luego detalla las ventajas de acciones conjuntas y señala cómo su gobierno lidera con más de 60 socios «una campaña mundial para degradar y en última instancia derrotar a Estado Islámico en Irak y Siria» y cómo «hombro con hombro con nuestros aliados europeos, estamos haciendo cumplir duras sanciones a Rusia para imponer costos e impedir futuras agresiones».
¿Qué pasó entre un informe y otro? ¿Cómo fue que el Premio Nobel de la Paz se involucró en una escalada que potenció a grupos extremistas sin mucho apego por las formas y los valores que Estados Unidos dice sustentar? ¿Cómo fue que Rusia de pronto se convirtió en un enemigo de fuste, reviviendo los peores momentos de la Guerra Fría?
Luego de aquel discurso de El Cairo, comenzaron en el norte de África levantamientos populares, fomentados desde redes sociales, que se conocieron como la Primavera Árabe. Los gobiernos autocráticos de Túnez, Egipto y Yemen alineados con Occidente tuvieron que irse ante las protestas masivas y luego de brutales represiones. También debieron enfrentar este tipo de cuestionamientos mandatarios para nada proestadounidenses, como los de Libia y Siria.
Pero el tablero internacional no daba para revoluciones democráticas, y prontamente tomaron el poder otros «amigos». La caída de Muammar Khadafi en Libia llevó el caos al país, que se desmembró en bandos tribales, algunos de ellos vinculados con extremistas islámicos.
El caso sirio es más complicado y revela hasta qué punto algunas acciones políticas solapadas despiertan resultados demenciales. Porque el presidente Bashar al Assad es heredero de una dinastía que gobierna a nombre del partido Baas, socialista moderado y laico en una región subyugada por el fundamentalismo religioso. Para derrotarlo, la coalición de la que hace gala Obama en su documento al Congreso no dudó en apoyar a los grupos yihadistas más fanatizados. Cuesta creer que esos milicianos se hayan desbordado en pos de un califato sin que quienes los financiaron –entre los cuales está en primer lugar Arabia Saudita– lo hayan podido prever. Ya había pasado en Afganistán a fines de los 80, cuando para combatir la intervención soviética, desde la CIA entrenaron a los talibán, que luego demostraron ser un grupo fundamentalista y retrógrado. Allí nacería, según el discurso oficial, el grupo Al Qaeda, que ahora dejó su lugar protagónico a EI.
En muy poco tiempo, EI tomó parte del territorio de Irak y Siria. La intentona de Obama de sostener una coalición internacional contra el gobierno sirio, como antes lo había hecho contra Khadafi, tropezó con la negativa de Putin, de nuevo presidente, en setiembre de 2013. La base de Tartus y la tradicional alianza con Al Assad eran un sólido motivo, pero también la necesidad de poner freno a Estados Unidos luego del affaire libio. Obama, entonces, se fue «con la cola entre las patas» pero no es casual que al poco tiempo el grupo yihadista se extendiera como una mancha de aceite.
Las fronteras de Irak, creadas artificialmente por los británicos tras la desaparición del Imperio Otomano en 1922, incluyen población chiíta, sunnita y kurda. Las dos primeras son interpretaciones divergentes y enfrentadas del Islam, los últimos, una nación en busca de un Estado propio. Los kurdos, reprimidos en Irak, Siria y Turquía por décadas, ayudaron a las tropas estadounidenses a derrocar a Hussein y lograron un estatus autonómico con la nueva Constitución. Pero el débil acuerdo entre sunnitas, chiítas y kurdos en Irak se fue quebrando por la propia inoperancia de los amañados ganadores de las elecciones preparadas por los invasores.
El primer ministro chiíta, Nuri al Maliki, tuvo que dejar el poder casi expulsado por Obama ya que se había transformado en un factor irritativo para la mayoría sunnita, lo que fue alimentando el crecimiento de los yihadistas. Si a esto se suma que los territorios ganados por EI o disputados con kurdos y tropas siras son ricos en petróleo que los grupos extremistas no dudan en vender –a comerciantes que tampoco dudan en comprar– se puede tener un panorama de lo que está en juego en la región. También así se entiende la necesidad de Washington de acordar con Irán para que el régimen chiíta persa colabore en la estabilidad regional, a pesar de la fuerte oposición del gobierno israelí, que mantiene a Teherán como amenaza a su existencia. Hace unos días, el secretario de Estado, John Kerry, tuvo la osadía de reconocer que cualquier solución en Siria, luego de cuatro años de una guerra civil sin haber podido expulsar a Al Assad, pasaba por negociar con el líder. Recibió quejas desde Gran Bretaña y Francia, pero también desde su propio gobierno, que se apuró a desmentir al funcionario demócrata.
Nigeria, el país más poblado de África y sexto exportador mundial de petróleo, también sufre los embates de un grupo yihadista, Boko Haram (que algunos traducen como «la educación occidental es un pecado»), que saltó a la fama cuando en abril de 2014 secuestró a más de 200 chicas de una escuela de Jibik. Con un esquema mediático igualmente tenebroso, hace semanas anunció que había decidido someterse a los dictados del califa Abu Bakr al-Baghdadi, de EI, quien prontamente aceptó la promesa de lealtad de los nuevos vasallos.
La oferta de asociación de Ucrania con la Unión Europea (UE) que recibió el presidente Yanukovich en noviembre de 2013, alentó a los sectores proeuropeos de ese país, en muchos casos herederos de una tradición que se puede rastrear hasta la invasión nazi, cuando se aliaron al enemigo de la Unión Soviética. La caída de la URSS y el resurgimiento como nación autónoma de Ucrania no había hecho sino potenciar esa división entre el occidente y el oriente ucraniano, ligado por lazos étnicos y culturales con la Federación Rusa.
También hay que tener en cuenta que en Crimea está la base naval más importante de Rusia y que allí, a mediados del siglo XIX, se consolidó el nacionalismo ruso en la guerra contra las potencias imperiales francesa y británica. La península había sido incorporada administrativamente a Ucrania por el líder soviético Nikita Kruschov en 1954 pero la base de Sebastopol quedó luego en alquiler dentro de una región «rusificada». El rechazo de Yanukovich a la ue despertó protestas masivas en Kiev en febrero de 2014. Con la plaza Maidan tomada por opositores, y tras la muerte de al menos 70 manifestantes, el presidente renunció y el poder quedó en manos de prooccidentales. Unos días más tarde los pobladores de Crimea votaron reincorporarse a Rusia, que inmediatamente aceptó la vuelta del estratégico territorio desde donde se controla el acceso al Mediterráneo por el Mar Negro. Tras las quejas diplomáticas de rigor, la comunidad internacional consintió la nueva situación. Un poco porque reconoció lo que implicaba para los rusos, y otro poco porque en el ajedrez, a veces se deben cambiar alfiles. Y ya tenían a uno de los propios en Kiev. El problema es que las regiones de Donestk y Lugansk, en el este, también votaron por volver a la Federación Rusa. Cierto es que dependen incluso comercialmente de las relaciones con Moscú, pero no es un dato menor que temen una limpieza étnica de parte de las bandas fascistas que pululan en Kiev. Desde entonces, una guerra civil larvada se desarrolla en esa parte del país. Paralelamente, EE.UU. y la UE impusieron sanciones a Rusia por lo que consideran una actitud agresiva al dar apoyo a los «rebeldes» del este.
Un acuerdo de última hora en febrero pasado entre Putin y los mandatarios de Francia y Alemania con el actual presidente ucraniano, el empresario Petro Poroshenko, logró una débil tregua que frenó el deseo de Obama de atacar en lo que sin dudas sería el estallido de la Tercera Guerra Mundial, a las puertas de Moscú. Para Estados Unidos esa sería una nueva guerra fuera de su propio territorio y una enorme posibilidad de negocios para su industria bélica. Para Europa sería una batalla devastadora en sus narices. Ya bastante tienen con los más de 20.000 millones de euros que llevan perdidos por las sanciones económicas.
Peligro atómico
El presidente Barack Obama apura un acuerdo de los 5+1 (los países con derecho a veto del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania) por el plan nuclear de Irán. Cada una de esas naciones –Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia– es una potencia nuclear y lo que se busca es la firma de un documento que permita un control internacional sobre el desarrollo atómico del país persa. ¿Quién se opone a este arreglo? Israel y sus aliados internos en el Congreso estadounidense, la mayoría republicana. Para el gobierno de Benjamin Netanyahu, Irán es una amenaza a la seguridad de Israel. Y un Irán con potencial atómico, un peligro letal que se debe exterminar. Pero los 5+1 quieren acordar controles. El riesgo nuclear es real y concreto y mucho más si no hay certidumbre y verificación externa, lo que despierta paranoias que ponen en riesgo de extinción a la humanidad en su conjunto. Sucede que Israel tiene artefactos atómicos, pero como oficialmente nunca los declaró, tampoco se someten a control. Según un informe de la Federación de Científicos Estadounidenses (FAS por sus siglas en inglés), Israel es potencia atómica desde 1967 y hoy tiene 80 cabezas nucleares listas para disparar. Poco en comparación con Estados Unidos (4.764) y Rusia (4.300), pero es el único país de Oriente Medio con ese tipo de armamento, con el telón de fondo del nunca resuelto conflicto en Palestina.
Otros focos de tensión bélica en el mundo coinciden con potencial nuclear de alguna o las dos naciones en conflicto. Es el caso de la India y Pakistán, que mantienen un enfrentamiento por Cachemira. India tiene 120 cabezas nucleares, Pakistán 110.
China tiene una vieja rencilla con Japón por las islas Senkaku. Oficialmente los japoneses, que padecieron los dos únicos ataques con bombas atómicas contra un territorio poblado en la historia de la humanidad, no cuentan con ese tipo de artefactos mortíferos, aunque son aliados férreos de Estados Unidos. China tiene según la FAS 230 ojivas. Beijing reivindica el control de la isla de Taiwán, donde en 1949 se refugió el gobierno derechista de Chan Kai Shek y también recibe el apoyo estadounidense para mantener su independencia. Los chinos, finalmente, rivalizan y mantienen rencillas fronterizas con la India, pero en este caso como ambos integran el grupo BRICS, podría sostenerse que conservarán sus diferencias en sordina. Corea del Norte, por su parte, sigue estando en las pesadillas de los estrategas del Pentágono desde 2012, con sus 10 cabezas nucleares que según su gobierno, podrían alcanzar objetivos hasta en Washington.
Caos y petróleo
Desde que Muammar Khadafi fue asesinado en octubre de 2011 tras 42 años en el poder, Libia se fue sumiendo en el caos. El líder libio fue enemigo declarado de Estados Unidos durante toda su vida y un fuerte apoyo para movimientos de liberación de todo el mundo. En los últimos años había tenido acercamientos con gobiernos derechistas de Europa, como con el italiano Silvio Berlusconi y el francés Nicolas Sarkozy. Eso no impidió que el mandatario galo fuera uno de los más encendidos gestores de la alianza que lo derrocó, que, aparte de los países de la OTAN, incluyó a muchos enemigos internos de Khadafi.
Hoy, en Libia, hay dos gobiernos. Estados Unidos, Francia, Egipto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes reconocen al que tiene sede en la ciudad de Tobruk, en el este; Gran Bretaña, Turquía y Qatar apoyan al gobierno islamista moderado de Trípoli. En el caso de Londres, eso le garantiza petróleo sin cortapisas. Pero en el medio de todo esto también está el avance de EI, que en este clima es casi un elemento de racionalidad, valga la paradoja. La ue, también aquí, busca intervenir. Hay mucho combustible en disputa para dejarlo en manos yihadistas.
En Yemen, luego de la renuncia en 2011 de Alí Abdalá Saleh, quedó en el poder Abdo Rabu Mansur Hadi. Con la promesa de escuchar las históricas reivindicaciones de cada uno de los sectores, mantuvo el orden durante algunos meses. Pero un grupo rebelde chiíta, los hutíes, aceleró el paso para que se cumpliera la palabra empeñada. Hoy día controlan la capital y gran parte del país y el mandatario pidió ayuda a la ONU. En Yemen, EI usa su táctica de atentados terroristas como amenaza contra los hutíes. En Túnez también se hacen fuertes los yihadistas, como para mostrar su intención de construir un califato donde hace un siglo reinaban los turcos.
Revista Acción
Marzo 30 de 2015
por Alberto López Girondo | Abr 4, 2015 | Sin categoría
En el mundo de los negocios suele decirse que es siempre mejor un mal arreglo que un buen juicio. Por eso de que los tribunales son lentos, y que por más cercanía que se tenga con abogados y jueces, nada garantiza que las cosas salgan como se espera. Hace algunos meses, y cuando el proceso de negociaciones con Irán se encaminaba en Suiza, el presidente Barack Obama se justificaba diciendo que “es mejor un mal acuerdo que ninguno”. Parafraseaba el viejo dicho comercial, sabedor de que no tener ningún acuerdo podría llevar a una situación bélica de imprevisibles consecuencias. Y una guerra, por más que uno tenga el mejor armamento del mundo, no garantiza un éxito. Los desastres que se viven hoy día en Medio Oriente y Afganistán tras las invasiones de la administración de George W. Bush son una prueba bastante contundente de esto. Podrán mencionarse ciertas sinuosidades en la política exterior de Obama, pero en esta cuestión al menos muestra una coherencia que buenos dolores de cabeza la trae, porque los principales críticos de esta postura en relación con el plan nuclear de Irán son los sectores más acérrimos de los republicanos y el gobierno israelí. Pero no son los únicos en el mundo.
El “problema Irán” pasó a ser central para Obama desde que llegó a la Casa Blanca, en 2009. Y a pesar de que en ese entonces gobernaba Mahmud Ahmadinejad, un ultra poco afecto a la negociación, trató de acercar posiciones para retomar un diálogo que se había roto en 1979, con el asalto a la embajada de Estados Unidos tras el derrocamiento del Sha Reza Pahlevi y el surgimiento de la República Islámica.
En mayo de 2010, el presidente brasileño Lula da Silva y el primer ministro turco Tayyip Erdogan anunciaron junto con Ahmadinejad un acuerdo tripartito para someter a controles internacionales el plan atómico persa. El cuestionamiento principal es por el enriquecimiento de uranio, un proceso que Teherán alcanzó un poco comprando tecnología “en el mercado negro” y otro poco mediante acuerdos con países que ya habían alcanzado ese ciclo de desarrollo, como Argentina. Según el acuerdo que anunció Lula en Rio de Janeiro, Irán entregaría 1200 kilogramos de su uranio enriquecido al 3,5% a Turquía –el uranio para fines militares necesita ser enriquecido al 90%–, donde quedarían depositados bajo vigilancia iraní y turca. Al cabo de un año Irán recibiría 120 kilos de uranio enriquecido al 20% de Rusia y Francia para emplear en su programa de uso pacífico.
El anuncio provocó una polvareda diplomática y antes de que se secara la tinta la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton salió a reprocharlo. La respuesta de Lula tampoco esperó: la propuesta obedecía a una carta que le había enviado Obama con ideas para solucionar el entuerto y él no había hecho más que poner manos a la obra. El desaire dejó mal parado al fundador del PT. Y las sanciones contra Teherán se profundizaron.
¿Cuál era el problema con el paper alcanzado por Lula y Erdogan con Ahmadinejad? Básicamente que era fogoneado por nuevos jugadores en la escena global, algo inadmisible para las potencias europeas, que aún en decadencia siguen peleando prerrogativas especiales. Por eso se continuó con el proceso iniciado en 2006 por el grupo 5+1, los cinco países con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia más la principal economía del continente, Alemania.
En marzo de 2011 el fallecido periodista José Eliaschev publicó en Perfil un artículo en que acusaba al gobierno argentino de estar negociando en secreto con Ahmadinejad para dejar de lado la investigación del atentado a la AMIA y fortalecer las relaciones comerciales. Para entonces Teherán ya había avanzado en convenios con el gobierno de Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales y quedaba en el olvido el frustrado acuerdo con Lula. En enero de 2013, el gobierno argentino anunció el ahora controvertido Memorandum de Entendimiento con Irán por la investigación del atentado a la AMIA. No vale la pena abundar en las feroces críticas que recibió de la oposición política y mediática e incluso de los fondos buitre.
Cuando en agosto de ese mismo año Hasan Rohaní fue elegido presidente todo el mundo supo que algo había cambiado en Irán. Considerado un islamista moderado, Rohaní es un clérigo bendecido por el imán Ali Jamenei que ya había participado en conversaciones con Occidente acerca del plan nuclear antes de 2005. Un mes más tarde Obama y Rohaní mantuvieron una “histórica” conversación telefónica que ponía fin a 34 años de congelamiento de relaciones.
Sin embargo, los sectores internacionales que no aceptan acuerdos con Irán, jamás se durmieron y “una serie de eventos extraordinarios” se fueron encadenando de tal manera que resulta por lo menos ingenuo no hallarles un origen común. Por esa serie de casualidades permanentes, en estos últimos meses, a medida que en Lausana los 5+1 e Irán iban acercando posiciones, se fueron aguzando las tensiones de sectores contrarios tanto en Argentina como en Brasil. Cuesta trabajo no incluir en este aceitado mecanismo de relojería al súbito regreso y la posterior denuncia contra la presidenta argentina del fiscal Alberto Nisman a horas del ataque a la redacción del semanario Charlie Hedbo. Su muerte, como sea que se hubiese producido, tampoco, tal cual señaló Cristina Fernández. Ni qué hablar del embate del tribunal de Thomas Griesa contra el país, azuzado por los buitres.
En Brasil, a caballito de las denuncias por corrupción en la petrolera estatal, un día antes del balotaje la revista Veja adelantó una edición especial donde ligaban directamente a Lula y Dilma con el escándalo Petrobras. Ahora, en una operación donde aparecen involucrados el hijo de la mandataria argentina con la embajadora en la OEA, Nilda Garre, en una operación financiera con dinero de Irán de por medio, Veja vuelve al ruedo. El negocio, en esta ocasión, sería la venta de tecnología nuclear argentina. Específicamente, uranio enriquecido.
Viene a cuento aquí recordar la fuerte influencia inicial de la tecnología argentina en el proyecto de desarrollo iraní. Desarrollo que había sido empujado por un marino, el almirante Oscar Quillalt, al frente de la CONEA desde 1955 a 1973, entre el golpe contra Perón y el regreso de la democracia camporista. El Sha Pahlevi, que no era lerdo, aprovechó el momento y se llevó a Quillalt y a un equipo de siete científicos que, desde 1975 hasta la caída del monarca, en 1979, llevaron adelante una iniciativa que continuarían los ayatolas. En este juego de transferencia de conocimientos entraría luego Abdul Qadeer Khan, científico pakistaní, héroe nacional en su país y más tarde defenestrado bajo la acusación de haber comercializado por su cuenta tecnología altamente sensible en el mercado negro.
La relación de los argentinos con Irán no se cortaría del todo y en pleno gobierno de Raúl Alfonsín, en mayo de 1987, se aprobó la venta de un núcleo de uranio enriquecido al 20% por parte de la empresa estatal INVAP. Sería durante la gestión de Carlos Menem que por un lado el proyecto nuclear argentino quedaría en terapia intensiva y la relación con Irán, por el otro, se terminó de clausurar por el ataque a la sede de la comunidad judía. Recién con Néstor Kirchner el “átomo argentino” volvería a girar, como quien dice.
¿El acuerdo anunciado en Lausana será firme y duradero? Es difícil predecirlo. Señala cómo llegar a la firma de un documento definitivo el 30 de junio. Hay mucho que andar todavía, pero los países más poderosos del mundo mostraron su optimismo. El secretario de Estado John Kerry agradeció a todos los que participaron de las reuniones, y especialmente a los iraníes. Y reconoció que para llegar a un acuerdo todos debieron ceder algo. Esto es, que si bien no lograron todo lo que se proponían, tampoco lo hizo Irán, aunque las declaraciones para la propia tribuna digan lo contrario.
Este avance muestra también que con todas las críticas, Obama fue consecuente en este caso con la idea de movilizar soluciones alejadas del campo de batalla. Por eso es y será fustigado dentro y fuera de Estados Unidos. Reconoció que otros vientos soplan en el mundo y desplegó las velas para no dejarlos pasar. Esos nuevos vientos también fueron entendidos por Lula y por Cristina en su momento. ¿Habrá que confiar que ahora viene una paz definitiva? De ninguna manera, falta la letra fina y no habría que descartar nuevos eventos extraordinarios en un camino sembrado de espinas. Pero fue un paso en la buena senda.
Tiempo Argentino
Abril 4 de 2015
por Alberto López Girondo | Mar 27, 2015 | Sin categoría
El 10 de noviembre de 2007, en plena Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado en Santiago de Chile, el líder bolivariano Hugo Chávez increpó en forma persistente al presidente de gobierno español por la injerencia de un ex jefe de estado hispano en la situación interna de Venezuela. La incomodidad del PSOE José Luis Rodríguez Zapatero era evidente. ¿Cómo defender al PP José María Aznar, que viajaba con frecuencia para asistir a encuentros en ONG de la derecha y en contra del gobierno chavista? La frutilla del postre fue el ya famoso «¿Por qué no te callas?» con que el rey Juan Carlos I intentó silenciar las denuncias del mandatario venezolano.
Pasaron casi ocho años. España ya no es la orgullosa nación que se pretendía faro para las naciones latinoamericanas, donde había desembarcado una década comprando a precio de ganga bancos, medios de comunicación y empresas proveedoras de servicios. La crisis que se desató en 2008 golpeo fuerte en España y paralelamente al abrupto crecimiento del desempleo se fue destapando una extendida trama de corrupción en la dirigencia política. Las denuncias también llegaron hasta el Palacio de la Zarzuela y Juan Carlos de Borbón eligió abdicar a favor de su hijo Felipe antes que seguir enfrentado el descrédito de la casa real.
El PP llegó con su receta de recortes al poder en 2012 y ambos partidos terminaron envueltos en las críticas más feroces de la sociedad. Hasta que un grupo de jóvenes irreverentes se calzó la protesta al hombro, elaboró el concepto de que todos forman parte de una casta y se convirtió en una amenaza para el bipartidismo que se enseñoreaba en la península desde la Constitución de 1978.
La crisis política hace temblar al PP, en el gobierno, pero también a la oposición socialista. Rápida de reflejos, la presidenta de la Junta de gobierno de Andalucía, un feudo del PSOE, adelantó elecciones. Enric Juliana, periodista de La Vanguardia, sostiene con bastante buen criterio que la jugada de Susana Díaz apuntaba a poner en un aprieto a Podemos, el partido de los irreverentes fundado por Pablo Iglesias y un grupo de intelectuales muy cercanos al populismo latinoamericano. Y fundamentalmente a no seguir perdiendo adeptos. Juliana ve detrás de esta movida a un gran titiritero, Felipe González Márquez. La estrategia funcionó bastante bien: el domingo pasado el PSOE mantuvo la misma cantidad de bancas que tenía, 47; el PP se desbarrancó y de 50 escaños le quedaron 33, al tiempo que Podemos sumó 15. Para un debut no está mal, pero la expectativa era mayor. El PSOE, a su vez, salvó los papeles, aunque en realidad perdió 118 mil votos en relación a 2012.
No espero nada Felipe González para anunciar un viaje a Venezuela donde asumiría la defensa de dos dirigentes opositores presos por conspirar contra el gobierno, Leopoldo López y Antonio Ledezma. Hombre de mirada gatuna como lo definen los analistas españoles, el ex jefe de Estado que más duró en su cargo desde la vuelta de la democracia a ese país apuntaba a sostener a sus amigos latinoamericanos. Pero en medio de una campaña mediática que hostiliza a Podemos con los peores brulotes –entre los cuales figura en primer término el de «chavistas» porque efectivamente colaboraron en trabajos con el gobierno bolivariano– Felipe no se iba a perder la ocasión de embestirla contra el presidente Nicolás Maduro para pegarle a Pablo Iglesias.
Alguna vez Felipe González Márquez fue Isidoro. Eran los últimos años del franquismo y el joven abogado laboralista sevillano utilizaba ese «nom de guerre» como clandestino en sus tiempos de militancia en el socialismo, un partido que todavía mantenía entre sus premisas el marxismo. A los 32 años, en Suresnes, Francia, los exiliados lo eligieron secretario general del PSOE. Dicen que con el apoyo explícito de sus aliados de la Internacional Socialista, el italiano Pietro Nenni, el sueco Olof Palme y el alemán Willy Brandt entre ellos. Un año más tarde, a la muerte del dictador, Isidoro pasó a ser Felipillo, el joven e impetuoso líder de la izquierda admitida por el régimen. El poder le llegaría recién en 1982. Ocupó el cargo hasta 1996.
Se fue envuelto en cuestionamientos por el combate a ETA con un grupo parapolicial llamado GAL, una rémora de la Triple A de Argentina. También por haber instaurado modalidades de contratación de trabajadores que fueron cada vez más a la baja.
Fuera del gobierno también lo esperaba una carrera brillante. Sería personaje habitual de consulta de gobiernos y empresas por sus relaciones con gobiernos de todo el mundo, especialmente de América Latina. Y sería sumado al Comité de Sabios de Europa, un grupo de celebridades que se supone que piensan el futuro del continente.
La palabra lobista, con que lo definió Maduro estos días, ya le cabía en la era del neoliberalismo, y en 2010 González fue designado oficialmente consejero de la empresa Gas Natural Fenosa, con intereses incluso en Argentina.
Cuando el modelo privatista entró en crisis, González también salió a defender al establishment. Así fue que viajó de urgencia a Buenos Aires a fines de diciembre de 2001. Quería convencer a Fernando de la Rúa de que no renunciara. Sabía que con el representante aliancista iba a caer la Convertibilidad y con ello las increíbles ganancias de las empresas españolas durante esos tiempos. Llegó tarde, cuando aterrizó De la Rúa ya se había tomado el helicóptero. Eso no impidió que intercediera ante sus sucesores, con menor suerte a medida que el kirchenirsmo se fue consolidando con otro proyecto. Para colmo, en el resto del continente surgieron gobiernos menos proclives a recibirlo.
A Felipe González, sin embargo, todavía le quedan amigos en la región. En diciembre pasado, Juan Manuel Santos le otorgó la nacionalidad colombiana. «Es un ser extraordinario», lo definió Santos. «He estado vinculado una parte de mi vida política muy importante a América Latina y dentro de ese vínculo ha tenido un lugar siempre especial Colombia», respondió el sevillano, tras calificarse de tan español como colombiano.
En la vida privada tampoco le fue mal. Separado de su primera esposa luego de 39 años de matrimonio, se volvió a casar con una mujer 17 años más joven, María del Mar García Vaquero. Con ella compraron un campo de 49 hectáreas en Extremadura donde construyó una mansión de 600 metros cuadrados. Un artículo de la revista Vanitatis asegura que el terreno donde se erigió la finca El Penitencial costó 425 mil euros. Para adquirirla, recuerda el magazine de chismes de ricos y famosos, vendió una casa en Tánger de 5000 metros cuadrados a orilla del mar que tenía con su ex esposa, Carmen Romero. La compradora es la familia real saudita. La ocupante, señala la publicación, es la «princesa Lalla Meryem, la hermana díscola del rey de Marruecos».
Tentado de hacer otra alianza continental, González quiere sumar a su cruzada en tierras de Bolívar a los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil, Luis María Sanguinetti, de Uruguay, y Ricardo Lagos, de Chile. El canciller español, José García Margallo, le deseó suerte porque, declaró, «defender las libertades, los derechos humanos y el estado de derecho es una tarea muy digna».
Pero no sólo de lo que la dirigencia española –»la casta, diría Podemos– considera Derechos Humanos o democracia viene a hablar. También, según el corresponsal en Washington del diario El Mundo de España, va a dar lecciones de economía. Anota Pablo Pardo en el periódico madrileño que en una charla en el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS por sus siglas en inglés) Felipe González Márquez estimó que el problema más grave que padece la Venezuela de estos días es económico. «Tienen que sentarse a hablar gobierno y oposición y después hablar con los sectores productivos y hacer un plan de ajuste porque, con el 15% de déficit de la Administración central –que no incluye los de las provincias–, es imposible que el país salga adelante, y menos aún con el petróleo a la mitad de lo que valía hace 4 meses.»
Más claro…
Tiempo Argentino
Marzo 27 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Mar 20, 2015 | Sin categoría
En medio de la escalada de Estados Unidos contra Venezuela, los países americanos le encargaron al ex canciller uruguayo Luis Almagro un desafío de proporciones titánicas: reanimar un cuerpo que agoniza lentamente como es la Organización de Estados Americanos (OEA). Un esfuerzo que a pesar de las mejores intenciones quizás resulte inútil.
Como se sabe, la OEA nació en 1948 en el marco de la Guerra Fría. Un año antes, en 1947, los países reunidos en Río de Janeiro habían aprobado la creación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Se trataba de un acuerdo de tipo militar defensivo destinado a impedir amenazas de países fuera del continente contra cualquier miembro de la organización. La OEA tenía como objetivo la defensa de la paz, la seguridad, los valores democráticos y los Derechos Humanos. En realidad siempre fue un foro donde Estados Unidos planteaba los niveles de debate continental y fijaba el rumbo de lo que significan cada uno de esos términos en cada situación concreta.
Los tratados de Yalta y Postdam, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, establecían un mundo de dos bloques, uno capitalista y el otro comunista. Con las diferencias dentro de cada uno de ellos que cualquier analista medianamente despierto podía avizorar.
No era esperable en esos primeros años que la Unión Soviética intentara «cruzar el charco» para una aventura bélica. Pero ambos tratados, más otros adicionales elaborados con el tiempo, sirvieron para acomodar los trastos en el «patio trasero» de la potencia imperial.
Pero los pueblos nunca aceptaron ese estado de cosas decidido por gobiernos que respondieron ante la presión de la Casa Blanca para ponerlos a todos en el mismo redil. Brasil en esos tiempos era un aliado firme de Estados Unidos. Había mandado tropas para combatir al nazismo y de hecho tradicionalmente abre la Asamblea General de Naciones Unidas cada año. La realidad exterior tal vez no daba para mucho más.
Sin embargo, Argentina y Brasil –con Juan Domingo Perón y Getulio Vargas– eran un problema para los estrategas de Washington a fines de los años 40. Luego surgiría otro díscolo, el guatemalteco Jacobo Arbenz, desalojado en forma humillante del poder en junio de 1954. Acusado de pro-comunista por sus políticas sociales progresistas, marcó una época para todas las luchas reivindicativas que vendrían posteriormente.
La crisis que llevó al suicidio de Vargas, en agosto de ese mismo año, fue otro duro golpe a mandatarios que intentaban un camino independiente de los dictados del norte. Otros terminaron expulsados abruptamente por sectores oligárquicos, con el brazo armado de las cúpulas militares impulsadas desde Estados Unidos a través de las embajadas y de la CIA.
En setiembre se cumplirán 60 años del derrocamiento de Perón, otro golpe artero contra la voluntad popular. Tampoco aquí la OEA actuó en defensa de los deseos de la mayoría ciudadana. El poder, como algún presidente estadounidense llegó a reconocer, era ocupado por «hijos de puta, sí, pero nuestros hijos de puta». Ante la vista gorda del organismo que debía defender la democracia y los derechos humanos. Y que argumentaba que cuando no eran filocomunistas, los derrocados eran filofascistas.
Cuba fue expulsada de la OEA en la reunión de Punta del Este de 1962. Según el dictamen que forzó Estados Unidos, porque el gobierno revolucionario se había declarado marxista leninista y eso contradecía los fundamentos de la organización. Puede decirse que el golpe contra Arturo Frondizi fue una consecuencia de esa decisión, ya que se había reunido en secreto con el Che Guevara. Dos años más tarde, otro gobierno acusado de pro-comunista, el de Joao Goulart, sería apartado violentamente del poder en Brasil.
La historia más reciente de la barbarie desatada en el cono sur en los ’70 es otra muestra de lo que representaba la OEA. Que jamás expulsó de la organización a ninguno de los tiranos sanguinarios que ocuparon el poder en esos años oscuros.
Un hecho inesperado de uno de los hijos predilectos del Pentágono, el presidente de facto Leopoldo Galtieri, demostraría fehacientemente la otra cara de las estructuras panamericanas. Porque la respuesta bélica de Gran Bretaña a la recuperación de Malvinas, en 1982, era un caso testigo que ameritaba la intervención de la TIAR: un ataque de una potencia extracontinental contra un país miembro. No lo hizo y bueno es recordar que el TIAR comenzó a morir en ese instante. A manos de una de las dictaduras más feroces y amigas de Washington.
La OEA tuvo mejor suerte, porque entonces la Casa Blanca se dio cuenta de que resultaban más convenientes las salidas constitucionales. Tuteladas bajo legislaciones que dificultan y hasta impiden el ejercicio de la voluntad plena de la población, pero con participación ciudadana.
Hasta que en el siglo XXI, primero el venezolano Hugo Chávez y luego otro grupo de gobiernos en la misma sintonía se fueron convirtiendo en un «grano en el patio trasero». Un poco porque venía declinando el poderío estadounidense, y otro porque el neoliberalismo se mostró incapaz de dar respuesta a las demandas populares. Así crecieron la Unasur y la Celac como organizaciones que pudieron sustentar la democracia y los derechos humanos sin injerencia de Estados Unidos. Mejor dicho, porque Washington quedó puntualmente al margen.
Cierto que no se pudieron evitar los golpes en Honduras y en Paraguay, pero los golpistas se vieron obligados a negociar salidas democráticas. No pudieron perpetuarse. Algo por lo que la OEA no se caracterizó jamás.
Desde 2009 los países miembro decidieron la reincorporación de Cuba. El acercamiento entre el gobierno de Barack Obama y el de Raúl Castro, luego de un pedido de disculpas histórico del estadounidense por 53 años de una política errada, marcan una nueva etapa para esa entidad.
¿Volverá Cuba a la organización panamericana? Que representantes estadounidenses y cubanos se reúnan para restablecer relaciones diplomáticas es una buena señal. Pero todavía falta levantar el bloqueo económico y sacar a Cuba de la lista de naciones que apoyan al terrorismo. Dos cuestiones de gran relevancia a las que los cubanos no van a renunciar.
La cumbre americana de Panamá del 10 y 11 de abril próximo promete ser trascendente. Allí Obama se cruzará con Castro. Pero también con Maduro, presidente del país al que acaba de poner en la lista de amenazas para la seguridad de Estados Unidos.
Contar con un organismo que junte a todas las naciones del continente es un objetivo estratégico que se viene demorando desde los tiempos de Simón Bolívar. El tema es con quién y a qué precio. Unirse en condiciones de igualdad permitiría resolver cuestiones como las que Almagro señaló en sus propuestas «de campaña»: actuación conjunta ante desastres naturales, interconectividad tecnológica e iniciativas regionales para el cambio climático. Pero si hay una nación –o dos, teniendo en cuenta la posición de Canadá– que se creen «más iguales» que el resto, no se percibe cuál sería el negocio.
Almagro lo sabe, por eso se cuida de pretender competir con la Celac o Unasur. En unos días se verá el talante de lo que está en juego en Panamá. El uruguayo asumirá en mayo; Insulza, que estuvo en el cargo los últimos diez años, no tiene mucho más para dar, desde que encabezó la debacle de la OEA. Es evidente que otros vientos soplaran en la institución.
¿Será mejor dinamitarla y armar otra OEA entre pares, que no tenga sede en Washington ni como objetivo una interpretación sesgada de los valores de la democracia? Son varios los gobiernos que proponen sacar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la capital estadounidense. El principal argumento es que Estados Unidos nunca refrendó el tratado. Para tener en cuenta.
Tiempo Argentino
Marzo 20 de 2014
Ilustró Sócrates
Comentarios recientes