por Alberto López Girondo | Ene 9, 2015 | Sin categoría
El brutal ataque que costó la vida a periodistas de la revista satírica francesa Charlie Hebdo y a policías que estaban de custodia sólo puede ser calificado como inaceptable. Para cualquier cultura, religión o ideología, para cualquier ser humano. De eso se trata, de cómo el género humano se debe plantar ante hechos semejantes. Y hay solo una manera: el repudio total y absoluto.
Pero el caso puede y debe, sin embargo, ser motivo del análisis más desprejuiciado sobre una realidad que atraviesa el mundo desarrollado y que sin ser el primer caso de violencia con tintes religiosos, da toda la impresión de que no será el último. Lo cual pone en peligro muchos de los valores de los que la cultura liberal-europea puede sentirse orgullosa. Conviene recordar, en primer lugar, cuántas de las libertades civiles de la sociedad estadounidense se perdieron tras los atentados a las Torres Gemelas del 11 de setiembre de 2001 para comprender el riesgo de una Europa que busque defenderse de nuevos ataques retornando a la Edad Media como le proponen quienes entraron a sangre y fuego en la redacción del semanario parisino.
Hay una cuestión que gentes de la periferia del mundo como los criollos despreciamos. Ingresar en un edificio con armas de grueso calibre y disparar contra trabajadores inermes es cosa de cobardes. Voces que intentaron la vía «políticamente correcta» para interpretar la reacción ante un dibujo ofensivo del Islam debieran reparar en ese detalle.
¿La humorada resultó ofensiva? Sin dudas. En Argentina hay una revista con el mismo desparpajo contra los valores establecidos, Barcelona. Cada tanto taladra la conciencia nativa con tapas que para muchos suenan revulsivas. Hace poco fue la del Papa maquillado como travesti bajo el título «Putazo». Hubo oleadas de reprobación en los círculos más cerrados del catolicismo y también en los que sin militar cotidianamente son creyentes, pero nadie la emprendió a balazos contra los colegas porteños. ¿Una muestra de tolerancia? Puede ser, pero por bastante menos que eso ayer nomás la dictadura cometió las mayores atrocidades. Y la Iglesia del momento no era ajena a esas iniquidades. Como tampoco lo fue cuando la civilización occidental y cristiana se instaló en América, al precio de haber aniquilado pueblos enteros con la Biblia bajo el brazo.
Todo esto para recordar que no era la primera vez que el Charlie Hebdo sufría atentados –su redacción fue incendiada en 2011 luego de otra ilustración satírica sobre Mahoma, aunque venía siendo amenazado desde 2006– ni que el continente padecía una ola de violencia luego de que algunas de sus publicaciones se burlaran del Islam. Incluso en 2012 la difusión de un film La inocencia del musulmán provocó oleadas de indignación. Tantas como la quema de ejemplares del Corán por el pastor estadounidense Terry Jones.
Pero esta vez el ataque en el corazón de París fue un atentado a los valores occidentales. No porque Francia los represente cabalmente, sino porque desde allí se difundieron hacia el resto de las naciones como las bases para un decálogo de los Derechos Humanos en torno de valores laicos. Valores como la tolerancia y la libertad de prensa son puestos en el tapete a raíz de este golpe dado por encapuchados que se justificaron en la defensa de la fe musulmana.
Al mismo tiempo, en Alemania un grupo de tendencia nazi, que según sus siglas en castellano sería Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (Pegida), convoca a miles de manifestantes en defensa de la identidad europea. Uno más de los movimientos ultraderechistas que crecen en algunos lugares del continente (Holanda, Noruega, Dinamarca, la misma Francia, Grecia).
Se dice que mucho de este resentimiento racial (¿de qué otro modo se lo puede calificar?) tiene su origen en la crisis económica, que deja a miles en la calle que, entonces sí, perciben que esas veredas están repletas de inmigrantes venidos del mundo árabe y que también están desesperados por hallar trabajo. Raro que no se hubieran dado cuenta antes puesto que en las grandes ciudades europeas son bien visibles y numerosos desde hace mucho tiempo. Quizás representaban a un Otro que hacía las peores tareas y ahora es ese Otro que compite con Uno. Quizás. Una respuesta a la crisis se votará en Grecia el 25 de enero y allí la xenofobia no era favorita –hasta el miércoles al menos– sino la izquierda de Syriza, una opción que la Unión Europea rechaza a cuatro manos.
En estos días también, el novelista francés Michel Houellebecq presentaba su último libro, Sumisión, donde imagina en Francia un presidente islámico, para presentar su tesis de que Europa vive «la segunda caída de Roma». Otro factor este que se toma en cuenta a modo de explicación de la masacre de lo más granado del humorismo galo.
Pero hablar de estas razones tapa realidades que las mentes bienpensantes deben tomar en consideración. Los sectores más extremistas dentro del mundo islámico no surgieron de la nada. Ninguna religión pide expresamente devorar al enemigo. Eso no impidió que así como se mata en nombre de Mahoma haya muchos que mataron en nombre de Cristo.
Sectores musulmanes extremistas fueron funcionales en los ’80 para socavar el poderío de la Unión Soviética tras la invasión de Afganistán. Recibieron entrenamiento y armamento de Estados Unidos y una vez logrado su objetivo fueron por más. Al Qaeda tiene allí su origen.
En Irak y Siria, lo que ahora se conoce como Estado Islámico o ISIS por sus siglas en inglés, fue útil para debilitar a los regímenes de Bashar al Assad o de los chiítas. Recibieron apoyo de Washington y de monarquías retrógradas como la Saudita. ¿Cuánto tendrá que ver con esta tragedia la crisis de la baja del petróleo, alentada por Riad? ¿Cuánto influyó la caída de Muhamad Khadafi, fomentada por el anterior gobierno francés de Nicolás Sarkozy, que dejó sin contrapesos en el mundo árabe a los fundamentalistas más radicalizados? ¿Cuán determinante es que tras la Primavera árabe hayan vuelto, legitimados en elecciones con resultados de dudosa representatividad, los mismos de antes? ¿Cuánto la forma en que se desenvuelve el conflicto palestino-israelí? Francia no duda en intervenir en países africanos antes colonizados cuando sus intereses se ven afectados. ¿Eso no tiene costo? ¿Allí no hay muertes brutales e injustificadas?
Hay un filósofo esloveno, Slavoj Žižek, visitante asiduo de estas tierras, que analizó estos temas en un libro, Sobre la violencia, seis reflexiones marginales, publicado en 2009. Escrito cuando todavía estaban calientes los levantamientos de jóvenes de origen árabe en los barrios pobres de París de 2005, Žižek hurga en un minucioso estudio acerca de las raíces profundas de los estallidos en el mundo actual. Y pone énfasis de un modo por momentos incómodo en algunas de las creencias más arraigadas del mundo occidental.
Es cierto que hay violencia en una caricatura cuando el otro es un ser profundamente religioso y que también la hay cuando se pretende sumir a los otros dentro del sistema democrático occidental, como si fueran los únicos valores universales aceptables para un ser civilizado. «Lo que hace única a Europa es que se trata de la primera y única civilización en la que el ateísmo es una opción plenamente legítima, no un obstáculo para obtener un puesto público», abunda Žižek. «La blasfemia no revela sólo la actitud del odio, de intentar golpear al otro donde más le duele, en el núcleo fundacional de su creencia, sino que, en sentido estricto, es también un problema religioso, pues sólo funciona dentro del marco de un espacio religioso», añade luego.
El filósofo acusa de seudo-fundamentalistas musulmanes a quienes reaccionan contra la ridiculización de Mahoma y considera que hay mucho de sentimiento de inferioridad en esas respuestas, para concluir: «En la furiosa turba musulmana nos encontramos con el límite de la tolerancia multicultural del liberalismo en su propensión a autoinculparse y su esfuerzo por ‘comprender’ al otro.»
Anotaciones solamente que intentan darle marco a un drama que para los latinoamericanos puede sonar a extraño pero que sin dudas repercute, mal que nos pese, de este lado del Océano.
Tiempo Argentino
Enero 9 de 2015
por Alberto López Girondo | Ene 2, 2015 | Sin categoría
En poco más de dos meses, Jorge Mario Bergoglio cumplirá dos años como Francisco. Se dijo y publicó aquel 13 de marzo de 2013 que era el primer jesuita (aunque eligió el nombre de otra orden, menos beligerante, quizás porque la Compañía de Jesús no tiene como premisa aceptar cargos relevantes), también que era el primer latinoamericano y que por primera vez irían a convivir dos papas en el Vaticano.
Muchas inauguraciones para el que fuera cardenal de Buenos Aires y que provenía «de los confines de la Tierra», como dijo en su primer arenga en la plaza de San Pedro.
Era un momento dramático para la Iglesia Católica, por la andanada de escándalos sexuales y económicos que la atravesaban desde hacía años y que estallaron con toda la furia en los últimos durante el papado de Joseph Ratzinger, aunque muchas de esas iniquidades se conocían desde los tiempos de Karol Wojtyla.
En estos 21 meses, Francisco demostró una pericia y un olfato político que en Argentina nadie le negó jamás pero que en el resto del mundo resultó sorpresivo. El Obispo de Roma tuvo el buen tino suficiente como para comprender qué caldos se estaban cocinando en el mundo actual, con una superpotencia en declive pero aún con capacidad militar y de daño que nadie podría igualarle por décadas, y un puñado de emergentes llamados a liderar los tiempos que vienen. Uno de ellos, Brasil, con la mayor población católica del planeta, nada menos.
Fue así que intentó dar el salto ecuménico con otras religiones, lo cual no está fuera de los márgenes que la Santa Sede se impone desde épocas pasadas. Lo intentaron Paulo VI, Juan Pablo II y hasta con una falta de sensatez garrafales, Benedicto XVI. Pero en el juego de las grandes ligas, desde el polaco Wojtyla nadie se había arrimado tanto al poder real como Francisco.
La caída en dominó de los países del área socialista y luego de la propia Unión Soviética no hubiese sido posible sin la Santa Alianza entre el tándem Wojtyla-Ratzinger y el gobierno de Ronald Reagan y la CIA, comandada entonces por Bill Casey. Como acción colateral imprescindible, los sectores más progresistas dentro del catolicismo, enrolados en la Teología de la Liberación –de presencia predominante en Latinoamérica– sufrieron en carne propia la persecución dentro de la grey por Ratzinger al frente de la Inquisición.
Cuando arreció la crisis en el catolicismo y los cardenales optaron por el argentino para remplazar a Benedicto, se deslizó la sospecha de que podría repetir aquella vieja coalición anticomunista, en este caso enfocada a socavar a los gobiernos populares surgidos en lo que va del siglo en esta parte del mundo.
Había reuniones y encuentros secretos entre Washington y el Vaticano. Son dos estados con poder innegable aunque en merma. En un caso, como se dijo, acosado por las potencias emergentes y especialmente China. En el otro, porque las iglesias evangélicas están encontrando huecos por donde sumar fieles. No es el caso debatir los intereses que subyacen bajo algunas de estas confesiones, pero ocupan espacios determinantes en sitios como Brasil, donde nadie puede llegar a la presidencia sin contar con cierta anuencia de líderes evangelistas.
Francisco entró como una tromba en la Curia y uno de los exonerados por Ratzinger, el brasileño Leonardo Boff, le había dicho a este analista en noviembre de 2013 que temía por la suerte del pontífice. Tomar el toro por las astas en los oscuros recovecos vaticanos podría significar un final como el de Juan Pablo I, el efímero Albino Luciani, muerto en circunstancias confusas a 33 días de su pontificado, en septiembre de 1978. De allí el beneplácito de que ocupara la habitación 201 de la Casa de Santa Marta, más seguras para su persona que las del Palacio Vaticano.
La tensión que provocó el argentino se refleja en un libro de reciente aparición, El gran reformador, una biografía escrita por el británico Austen Ivereigh, ex subdirector en el Reino Unido de la revista católica The Tablet y fundador de Voces Católicas, quien vivió en Buenos Aires en los ’90 y compartió tertulias con el entonces cardenal. Entrevistado por el chileno Juan Paulo Iglesias en el diario La Tercera, Ivereigh reconoció las presiones que el Papa debe soportar de una burocracia demasiado acostumbrada a disfrutar de los beneficios eclesiales y poco adictos al esfuerzo.
La idea central es que, como toda burocracia, los curiales prefieren la previsibilidad y se irritan con lo inesperado. «A los burócratas les gusta saber dónde están y Francisco ha introducido cierto grado de inseguridad en el Vaticano, que es parte de su reforma», sostiene Ivereigh. Eso explica el constante alegato de Francisco por sacar la iglesia a las calles y el apelativo a la militancia y en contra de la molicie.
Porque quiere captar nuevos feligreses. Pero también porque le quiere dar lugar a las voces que fueron acalladas en estos últimos 40 años de Iglesia. Eso implica «pisar callos», lo que se manifiesta a través de críticas solapadas dentro de la Curia. «Lo que Francisco quiere es una Iglesia construida para su misión y lo que quieren sus críticos es una Iglesia construida para la claridad. Creo que son dos modelos de Iglesia y el Papa incomoda a ese grupo de personas para el cual el gran logro del Pontificado de Juan Pablo II y de Benedicto XVI fue precisamente dar cierta claridad en cuanto a doctrina y en cuanto a la verdad», dice el británico.
Sin embargo, en una institución con más de 2000 años que se ufana de que los temas seculares no son de su incumbencia, fue en el ámbito mundano donde Francisco produjo los mayores logros. Intentó laudar en el conflicto palestino-israelí sin éxito, en una gira que despertó más expectativas de las que sensatamente podía resolver. Pero cuando arreció la crisis política en Venezuela y el gobierno bolivariano de Nicolás Maduro tropezaba con la violencia opositora al precio de más de 40 muertos, ofreció su mediación a través de su secretario de Estado, Pietro Parolin. Al terminar el año, la gran noticia fue que casi desde el inicio de su «gestión», el Papa había buscado canales diplomáticos para acercar a Cuba y Estados Unidos.
No era un desafío menor. La Revolución Cubana fue un grano en las asentaderas estadounidenses desde 1960 y en medio de la Guerra Fría, los países latinoamericanos sufrieron todo tipo de amenazas para dar la espalda a uno de los países hermanos. Un imperio no puede recular tan fácilmente luego de décadas de ruptura. Pero el presidente Obama no tenía demasiadas opciones. Cuando la situación en Oriente Medio y Ucrania se fue poniendo cada día más tensa y los países de eso que despectivamente su secretario de Estado John Kerry llama «patio trasero» le daban la espalda, el gobierno demócrata necesitaba una señal firme de que quiere las paces con la región.
Al cabo de un año en que los distintos países refrendaron en elecciones un curso alejado de las premisas de Washington –Colombia avaló en las urnas el proceso de paz de Juan Manuel Santos con las FARC en La Habana– y cuando las voces antichavistas del congreso estadounidense forzaban sanciones a las autoridades venezolanas, aparecía como una buena jugada arreglar en parte la «cuestión cubana» para congraciarse con los vecinos del sur, tras liberar presos de Guantánamo hacia Uruguay.
El opositor Henrique Capriles anunció que el domingo irá a una reunión con Maduro. Oficialmente poco se avanzó en el diálogo promovido por Francisco para evitar un incendio en Venezuela. Pero la sociedad se fue apaciguando. Un poco por el rol de la iglesia, otro por las políticas del oficialismo y algo más por la inoperancia opositora.
Alguna vez los cristianos, perseguidos por los romanos, convirtieron un emperador a su fe y luego al mismo imperio, que devino en sede de la iglesia. Luego se dividiría el mundo romano entre Occidente y Oriente. Hoy ese mismo Oriente, de raigambre más griega que romana, y que tuvo en Constantinopla a su capital, es un foco de tensión.
Un chiste que circuló estas semanas muestra al Che Guevara con Fidel, preguntándose cuándo se reanudarían las relaciones entre La Habana y Washington. «Cuando Estados Unidos tenga un presidente negro y la Iglesia un papa argentino», es la respuesta, un absurdo para aquel 1961. ¿Quién sabe si la forma de terminar con los desaguisados de la curia que tanto atormentan a Francisco sea una histórica mudanza a América? Estados Unidos ya le debe dos a la Santa Sede, bien podría anotarse en la lista.
Tiempo Argentino
Enero 2 de 2015
Ilustró Sóocrates
por Alberto López Girondo | Ene 1, 2015 | Sin categoría
La historia de la relaciones de Cuba con Estados Unidos es en gran medida la historia del surgimiento de Estados Unidos como potencia imperial y la desaparición de España como imperio dominante en el Atlántico y el Pacifico. Porque la firma del Tratado de París en 1898, que ponía fin a la guerra hispano-estadounidense, significó el fin de la dominación española sobre Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pero al mismo tiempo abrió el proceso de dominación estadounidense sobre esas naciones.
En el caso cubano, fue el comienzo de una relación que haría eclosión después del 1° de enero de 1959, cuando la guerrilla comandada por Fidel Castro tomó el poder en La Habana luego de la huída del dictador Fulgencio Batista. El gobierno del general estadounidense Dwight Eisenhower se apuró a reconocer a las nuevas autoridades. La dictadura de Batista era políticamente insostenible y en Washington pensaban que todo iba a cambiar para que todo permaneciera, como había sido desde fines del siglo XIX.
La Casa Blanca no tardó mucho en darse cuenta de que la Revolución Cubana iba a ser inmanejable para los intereses estadounidenses, al punto que ya a mediados de 1959 el propio Fidel Castro viajó a Estados Unidos y mostró su postura sobre el comunismo y la Unión Soviética. El rechazo de Eisenhower no se hizo esperar y la respuesta de Castro también fue endureciéndose.
Fue la hora de la nacionalización de empresas estadounidenses y de la reforma agraria. Las elecciones presidenciales no hicieron más que tensar la cuerda en Estados Unidos, que en 1960 disputaba la primera magistratura entre el vicepresidente Richard Nixon y la fulgurante promesa demócrata, John F. Kennedy. En ese marco, Eisenhower apoyó planes de invasión pergeñados por la CIA con grupos de cubanos que se habían exiliado en Miami por su odio visceral a los revolucionarios. Un odio nacido de la pérdida de privilegios de décadas, sustentados en su relación con los intereses estadounidenses. El proyecto que venía elucubrando la CIA corría paralelo a los planes de eliminación física del líder cubano, que incluyeron propuestas que solo podrían entenderse en el marco de la Guerra Fría. El caso es que Kennedy, que asumió en enero de 1961, se encontró con un plan de intervención a medio armar y no tuvo el coraje para abortarlo, aunque tampoco le puso todas las fichas que habrían colocado los republicanos en la misma situación.
En abril de ese año se produjo el intento de invasión a la isla en Playa Girón. Fue el triunfo más resonante de la Revolución, que pudo derrotar a un grupo de aventureros apoyados por Estados Unidos en forma encubierta. La respuesta de La Habana fue profundizar la relación con la URSS y el anuncio de que Cuba había elegido el camino socialista. Es cierto que en otras situaciones Estados Unidos había recurrido sin culpas a una invasión desembozada o a un golpe de Estado. ¿Por qué en este caso todo terminó en un fracaso? En primer lugar porque Playa Girón (o Bahía de Cochinos, para la nomenclatura estadounidense) demostró el apoyo popular con que contaba la Revolución. No es casual que el argentino Ernesto Che Guevara y los hermanos Fidel y Raúl Castro hubieran estado en la Guatemala de 1954, cuando la CIA organizó el golpe contra Jacobo Arbenz. Tampoco que Fidel haya sido testigo de la situación colombiana cuando a la par que se creaba la Organización de Estados Americanos (OEA), era asesinado el líder liberal Jorge Eliecer Gaitán, en 1948. La historia algo enseña. En este caso, cómo se manejaba el imperio en estas circunstancias. Pero, además, la URSS ya había dado su apoyo a la Revolución Cubana.
Orgullo y prejuicio
Coinciden historiadores y en su momento el fiscal Jim Garrison, el único que investigó la red que sustentó a los exiliados que participaron en la frustrada invasión –es la tesis que se muestra en la película JFK de Oliver Stone–, que el asesinato de John Kennedy, en noviembre de 1963, fue una operación de los grupos descontentos con la falta de apoyo del demócrata a la intentona, y que apañó la agencia de espionaje e incluso el FBI del ultra-anticomunista Edgard Hoover. Es que Cuba, a 90 millas de Florida, era un golpe que, más allá de cuestiones geopolíticas, lastimaba al orgullo nacional.
Lo que vino después fue una escalada de los sucesivos gobiernos estadounidenses por asfixiar el proyecto cubano. Así fue que se desarrollaron leyes cada vez más restrictivas contra la economía, al tiempo que Cuba era expulsada de la OEA, en 1962. Es bueno recordar que en gran medida el derrocamiento de los presidentes Arturo Frondizi y Juscelino Kubitschek en Argentina y Brasil tuvo como componente principal el rechazo de las cúpulas militares de cada nación a la reunión que ambos mandatarios mantuvieron con el Che Guevara. Ninguno aceptaba expulsar a Cuba del organismo interamericano ni romper relaciones con su gobierno, pero ya era fuerte en la región la Doctrina de la Defensa Nacional que desde la Escuela de las Américas formateaba a los uniformados latinoamericanos.
A nivel internacional, lo que vino luego fue el deterioro y la debacle de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, hace 25 años. Contra todos los pronósticos, mientras los países del bloque socialista, incluida Rusia, iban inclinándose hacia el modelo capitalista, los cubanos se «arremangaron» y en lo que se conoció como el «período especial» apostaron a mantener el socialismo a pesar de los vientos en contra.
Fue un momento duro y crucial y mientras desde Washington se estrechaba el cerco económico y financiero, poco a poco Cuba iba logrando persistir con renovados ímpetus. Fue cuando apostó por las investigaciones y las industrias ligadas con la medicina y la salud, al tiempo que con el apoyo de empresas europeas y canadienses impulsó el potencial turístico de la isla.
Patria grande
Con el nuevo siglo, Cuba se fue integrando cada vez más a la región. La llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela fue como un oasis, por el espaldarazo económico que significaron los acuerdos comerciales de intercambio de los avances científicos cubanos por el petróleo venezolano. Lo mismo hizo Lula desde el gobierno brasileño. Fueron empresas brasileñas con crédito oficial las que construyeron el Puerto Mariel, a 40 kilómetros de La Habana, un emprendimiento destinado a recibir capitales extranjeros para desarrollar la industria y expandir el comercio cubano.
Las nuevas medidas para la actualización del modelo económico fueron una señal de cambio contundente que daba Raúl Castro, quien reemplazó a su hermano Fidel en julio de 2006. Pero el avance esperado por los propios cubanos choca continuamente con el bloqueo, que no solo impide el comercio de estadounidenses con Cuba sino que penaliza a empresas extranjeras que hagan lo propio o a bancos que realicen transacciones financieras con la isla. El costo del embargo, según computan las autoridades cubanas, supera el billón de dólares desde que se implementó inicialmente, en 1962. Esa cifra es aproximadamente el doble del PBI argentino.
En los últimos 18 meses se fueron acelerando conversaciones entre representantes de los gobiernos de Obama y de Castro fomentadas por Canadá pero también y principalmente por el papa Francisco, como reconocieron específicamente ambas delegaciones. La última votación en la ONU a favor de levantar las sanciones fue de 188 a favor de Cuba y apenas 2 por Estados Unidos: uno el voto propio y otro el de Israel. Un resultado que se viene repitiendo desde hace años.
Se trataba entonces de encontrar coincidencias para cambiar este aislamiento que, como admitió Barack Obama, se volcó en contra de la nación que lo promovió.
Desde 1998 cinco agentes cubanos permanecían presos en Estados Unidos acusados de integrar una célula de espionaje. Conocidos en Cuba como «Los cinco héroes», por orden de La Habana se habían infiltrado en organizaciones de exiliados («gusanos» para los revolucionarios) que venían realizando una serie de atentados contra bienes y personas en la isla. Denunciaron a los autores de los ataques ante el FBI y el resultado fue que los condenados terminaron siendo ellos. Dos ya habían podido volver a Cuba, restaban tres que seguían reclamando por un proceso viciado por la intervención de los organismos de seguridad estadounidenses que no querían dar el brazo a torcer.
En 2009, el contratista Alan Gross era detenido en La Habana acusado de formar parte de una red de espionaje bajo la máscara de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Cualquier acercamiento debería pasar por un canje de prisioneros al mejor estilo de la Guerra Fría.
Y así ocurrió el 17 de diciembre: en un operativo sincronizado al detalle, mientras Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero viajaban para reencontrarse en total libertad con Fernando y René González, Gross viajaba hacia Florida. Pasado el mediodía, Obama y Raúl Castro aparecían ante las pantallas de televisión para anunciar un histórico acontecimiento: luego de 53 años, reanudarían relaciones. No por casualidad, fue cuando se llevaba a cabo en Paraná la cumbre de presidentes del Mercosur. Señal de que Obama también quiere terminar con el aislamiento del resto de los países latinoamericanos.
«Es hora de poner fin a una política hacia Cuba que está obsoleta y que ha fracasado durante décadas», se justificó Obama. Sus palabras parecían calcadas de la serie de editoriales que The New York Times venía publicando desde antes de los comicios de medio término de noviembre pasado. Castro respondió recordando que aún faltaba resolver el problema más acuciante para Cuba, el bloqueo.
Fidel, en 1961, había dicho: «Algo sí podemos comunicarle al señor Kennedy: que primero verá una revolución victoriosa en Estados Unidos, que una contrarrevolución victoriosa en Cuba». Obama reconoció que «en la actualidad Cuba está gobernada por los hermanos Castro y el Partido Comunista, igual que en 1961». Y remató: «Estos 50 años de aislamiento no han funcionado, es momento de cambiar de postura. No creo que debamos hacer lo mismo durante otras cinco décadas y esperar un resultado distinto».
Romper el cerco
Raúl Castro le recordó a Obama que la normalización de relaciones es un paso decisivo. Pero agregó dos puntos fundamentales. Uno es que todavía falta resolver la cuestión del bloqueo. El otro es que este acercamiento no implica renunciar al socialismo. «Debemos aprender a convivir con nuestras diferencias», aleccionó. Castro deslizó luego que el presidente estadounidense tiene herramientas para avanzar en la liberación total, pero faltaría ponerle fin a 53 años de reglamentaciones superpuestas que coinciden en castigar a un país que no se sometió a los intereses de Estados Unidos. El paquete de medidas que anunció Obama implica una suavización del embargo, pero no la eliminación. La decisión de levantar el cerco económico corresponderá a un Congreso que está en manos de los republicanos.
Revista Acción
Enero 2 de 2015
por Alberto López Girondo | Dic 19, 2014 | Sin categoría
En política internacional –al igual que en la vida en general, aunque esto es más discutible– conviene no creer que las casualidades existen. Durante las últimas semanas fueron corriendo en paralelo un puñado de situaciones que no podrían asociarse al azar. Por un lado, la crisis en la frontera rusa fue generando una serie de sanciones contra el gobierno de Vladimir Putin, al que se acusa de intentar rehacer el imperio zarista. Mientras tanto, persiste el acoso al gobierno de Nicolás Maduro, que también fue sancionado por la administración de Barack Obama por lo que considera una violación de los Derechos Humanos.
En otro tablero de esta partida de ajedrez, el precio del petróleo se seguía desplomando en una operación de la que no es ajena la Casa Blanca, principal apoyo político y militar de Arabia Saudita. Es que la Organización de Países Productores de Petróleo, OPEP, fundada en 1960 a instancias del gobierno venezolano de Rómulo Betancourt, no pudo acordar una reducción en la producción del crudo ante la negativa del reino saudí. Integrada, entre otros, por venezolanos y saudíes, la OPEP cuenta entre sus miembros a países como Libia, Irak, Irán, Ecuador y Nigeria. En 1973, la organización fue clave en la crisis del petróleo que disparó los precios en boca de refinería al doble.
A pesar de las diferencias ideológicas y económicas, durante décadas hubo marcos para el acuerdo entre un rey Abdalá bin Abdelaziz en Riad con un Saddam Hussein en Bagdad, Muhammad Khadafi en Trípoli, los ayatolás en Teherán y hasta un Hugo Chávez en Caracas. Esta vez, la negativa de Arabia Saudita a disminuir la extracción para que los precios no caigan le dio un golpe mortal a la propuesta encabezada por el presidente Nicolás Maduro. La propuesta funcionaría si todos se pliegan, si de las arenas saudíes sigue fluyendo el líquido, además de que no se evitaría la caída se reducirían aún más los precios del principal ingreso venezolano.
Como se entiende, la jugada también perjudica a Irán, Libia e Irak. Pero sucede que en estos dos últimos países hay grupos irregulares (como el EI en el caso iraquí) que venden por su cuenta y sin intervención de ningún Estado establecido. Pero este escenario golpea sobremanera a Rusia, que no integra la OPEP pero es el tercer productor mundial y obtiene del oro negro su principal ingreso, junto con el gas, también devaluado por la caída de precios.
Circula la idea de que la baja tiene como objetivo lesionar el naciente negocio del fracking, con lo cual resultaría a salvo la sospecha sobre Estados Unidos, que se coló entre los top ten productivos precisamente a través de esta nueva técnica en territorio propio. Pero no parece un buen argumento puntual: cualquier dumping es inicialmente una pérdida para el que lo realiza, pero con suficientes espaldas, a la larga destruye a los competidores. Nadie duda del aguante que tiene quien maneje la maquinita de fabricar dólares.
Y aquí viene la otra cuestión: ayer Putin tuvo que salir a señalar que los rusos deberán soportar dos años de crisis por la debacle de la economía. El rublo se desplomó un 30% en lo que va del mes y como el mandatario explicó, la poco diversificada economía de ese país impide evitar una caída semejante porque muchos productos que se podrían elaborar en Rusia deben importarse, y en moneda dura. Para Putin, las sanciones son responsables de esta crisis en parte, y otra parte lo es el derrumbe del precio del petróleo.
La economía venezolana también sufre el embate de esta pérdida en su principal activo, que es el crudo. Hay otro país que hace fuerza por ingresar a las grandes ligas de productores y que sufre las consecuencias de otra crisis que afecta a su empresa de bandera. En Brasil arreciaron estos días las denuncias por corrupción en Petrobras que amenaza a funcionarios del gobierno, opositores y empresarios privados y además, arrastraron a la baja sus acciones a un nivel histórico, a pesar de los yacimientos marinos que multiplicaron sus reservas en los últimos años.
Tras la derrota electoral de los demócratas en la elección de medio término de noviembre pasado, el gobierno de Obama intentó quitarse de encima la resaca a las apuradas. La iniciativa de legalizar a millones de inmigrantes indocumentados fue una, rechazada por la oposición republicana. Los medios más influyentes, léase The New York Times en primer lugar, venían insistiendo en el carácter retrógrado de mantener el bloqueo económico a Cuba, mientras denunciaban operaciones encubiertas a través de la USAID para desestabilizar al gobierno de la revolución.
La frutilla del postre parecía el informe del Senado –todavía controlado por los demócratas– sobre las bárbaras torturas cometidas por la CIA en cárceles ilegales e incluso en Guantánamo. Desde esa base en la isla de Cuba salieron seis presos con rumbo a Montevideo, en el marco de un acuerdo con el gobierno de José Mujica para encontrar dónde llevar a acusados de terrorismo nunca juzgados ni condenados por los delitos por los que estuvieron detenidos. Pero faltaba algo más.
Mujica había pedido a cambio de aceptar a los presos de Guantánamo un gesto de Obama para levantar las sanciones a Cuba, que ya llevan 53 años de vigencia. Parecía un pedido que caería en saco roto. Pero inesperadamente el miércoles, en ¿coincidencia? con el cumpleaños de Jorge Bergoglio y con la sesión en la capital entrerriana de los presidentes del Mercosur, Obama y Raúl Castro anunciaron un intercambio de presos y la apertura de negociaciones para reanudar las relaciones diplomáticas, suspendidas cuando Fidel Castro declaró que Cuba marchaba al socialismo. Por la misma fecha en que un grupo de aventureros con apoyo de la CIA intentaba una invasión a la isla en Playa Girón.
«Estos 50 años de aislamiento no han funcionado, es momento de cambiar de postura. No creo que debamos de hacer lo mismo durante otras cinco décadas y esperar un resultado distinto», dijo Obama en su discurso. Fue una de las tantas frases con las que trató de edulcorar el fracaso de este medio siglo. La política que buscaba aislar a Cuba, reconoció el inquilino de la Casa Blanca, terminó por aislar a Estados Unidos. Las últimas votaciones en la ONU para levantar el bloqueo –188 a favor de Cuba y dos a favor de Estados Unidos– son la prueba más evidente, analizó Obama.
La reunión presidencial de Paraná estalló en alegría. Era un triunfo no solo de los cubanos, que resistieron las peores presiones durante más de cinco décadas, sino de los latinoamericanos, que cada uno a su manera fueron desandando un camino sinuoso iniciado durante los años 60 por dirigencias teñidas de un anticomunismo cerril cuando no de una obsecuencia venal con los mandatos de Washington.
Pero la cumbre del Mercosur no olvidó tras este gesto arriesgado de Obama –los anticastristas antediluvianos abundan en Estados Unidos– de rechazar las sanciones que paralelamente su administración había aprobado contra Venezuela.
Para Cuba se inicia un período de expectativas favorables. La reapertura de relaciones permitirá despejar un flujo de inversiones latentes que se demoraban por las restricciones y las sanciones establecidas en el paquete de leyes que sustentan el bloqueo, y que castigan también a terceros países que negocien con la isla.
Castro aleccionó en su discurso sobre la necesidad de aprender «el arte de la convivencia» entre naciones con perspectivas y sistemas diferentes. Y le aclaró a Obama que lo principal, que es el bloqueo, no está resuelto. Y que tiene cómo sortear lo que seguramente será un rechazo del congreso republicano a levantar la cincuentenaria medida, algo sobre lo que el presidente estadounidense ya había anunciado avances.
Los demócratas, en tanto, despejan el camino hacia la posibilidad de un nuevo período demócrata, en las elecciones de 2016. Con un tercer Bush en la gatera –Jeff, ex gobernador de Florida– el camino de Hillary Clinton suena menos dificultoso Obama cumple con promesas hechas a la comunidad hispana en su campaña. No cerró Guantánamo, pero fue liberando presos. No levantó el bloqueo, pero fue quien más avanzó en ese sendero. No logro una ley de inmigración, pero facilitó la legalización.
Al mismo tiempo, libera tensiones en el agitado «patio trasero» latinoamericano en vista de los frentes abiertos en Ucrania, Siria, Irak e Irán. No conviene creer que una potencia es capaz de dar una puntada sin nudo y menos si un discurso presidencial termina con un «todos somos americanos». En castellano.
Tiempo Argentino
Diciembre 19 de 2014
Ilustró Sócrates
Comentarios recientes