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Golpe a golpe en España

Golpe a golpe en España

El puñetazo que recibió Mariano Rajoy en una callejuela de Pontevedra y el acalorado debate que un par de días antes había cruzado con el candidato del PSOE, Pedro Sánchez, sumado al ataque talibán a la embajada española en Kabul que provocó la muerte de dos policías, recuerdan aquel poema de Antonio Machado, «golpe a golpe, verso a verso». Es que este domingo los españoles tienen ocasión de cambiar de modo radical el modelo de democracia que se instauró a la muerte de Francisco Franco, dictador por 36 años tras la cruenta guerra civil. Por eso este 20D es visto con particular atención en varios rincones del mundo. Porque podría significar una nueva refundación en ese país atribulado por la crisis y el regreso de algunos viejos fantasmas.

Rajoy, presidente del gobierno desde 2011, llegó al poder en un clima de revuelta social por la crisis económica y las movilizaciones en las plazas públicas surgidas desde el mítico 15 de Mayo. Ese movimiento se conoció como el de los Indignados, por el libro de Stéphane Hessel que planteaba salir a las calles a defender las conquistas sociales conseguidas por los europeos al fin de la Segunda Guerra y que eran y son cercenadas por los organismos europeos. A pesar de las protestas generalizadas, la ciudadanía terminó apoyando la opción conservadora.

El resultado de la gestión del líder del Partido Popular fue el esperable, teniendo en cuenta el esquema ideológico del que parte. Los índices de pobreza –que venían creciendo con José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista Obrero Español– treparon al 29,2% de la población, afectando a 13.657.232 personas, de acuerdo el índice AROPE (por las siglas en inglés de Riesgo de Pobreza y Exclusión), que elabora la EAPN (por Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social). La franja de mayor exposición es la de los menores de 16 años, donde la pobreza llega al 30,1 por ciento. Lo más alarmante desde el punto de vista simbólico es que los trabajadores en riesgo de pobreza –o sea que de nada les vale trabajar porque siguen siendo menesterosos– pasaron de 11,7 a 14,2% en el último año.

En paralelo, el 10% más rico tiene ingresos 14 veces mayores que el 10% más pobre. «De hecho, el 10% más rico posee ingresos equivalentes a los de la mitad de la población española», puntualiza el informe.

La revista Forbes, por otro lado, reveló hace algo más de un mes que la fortuna de los 100 españoles más ricos creció el 15% en un año, llegando a un total de 24.826 millones de euros. El multimillonario Amancio Ortega, dueño de la cadena de tiendas Zara entre otros emprendimientos, está al tope de la lista, con una fortuna de 60.900 millones, 14.900 millones más que en 2014. Los otros acaudalados son los propietarios de grupos como Ferrovial, Mercadona, Mango, la cervecera Mahou San Miguel.

Mientras tanto, desde todos los rincones del mundo miran a España como una oportunidad para hacer negocios, al punto de que Wang Jianlin, el hombre más rico de China, busca sumar otras joyas de la península a su colección particular, entre las que figura el 20% del Atlético de Madrid, que compró en enero pasado por unos 50 millones de euros, y el legendario Edificio de España, de Madrid, que le costó la friolera de 265 millones. Hay otras «ofertas» en danza en la Madre Patria y de acuerdo a un artículo del portal Russia Today, «por tan sólo 60 mil euros es posible comprar un pueblo entero bien conservado».

Es más, según informaciones publicadas por los diarios españoles El País y Cinco Días y el británico Daily Mail, hay 35 pueblos gallegos que están en venta. Además, ya el 40% de las empresas españolas están en manos extranjeras, al igual que el 53% de la deuda pública.

Podrá decirse que esta realidad obedece a un proceso de globalización que es común en muchos otros lugares del planeta. Pero para un país que en los 90 se expandió hacia América Latina con sus capitales financieros y de servicios representa un fuerte retroceso.

Como sea, si algo ocurrió en estos cuatro años de Rajoy fue que aquel movimiento del 15M alumbró nuevas camadas de dirigentes que lograron fracturar el bipartidismo que se había instaurado con la constitución de 1978. Podemos, una agrupación de izquierda liderada por Pablo Iglesias, tuvo en jaque al PP y el PSOE con sus planteos en contra de lo que tildan de «una casta» que vive a expensas del pueblo. Esta caracterización se coló en la sociedad luego de los procesos judiciales que se descargaron sobre la cúpula del PP, envuelta en la llamada trama Gürtel, un esquema de financiación ilegal que llevó a la cárcel al tesorero del partido, Luis Bárcenas y enloda a toda la dirigencia. Si de corrupción se habla, es bueno recordar que la familia real está inmersa en su propia trama desde que se procesó al esposo de la infanta Cristina de Borbón por negocios irregulares con dineros públicos. Juan Carlos de Borbón, el rey designado por Franco y que fue clave para la consolidación del sistema democrático en el intento golpista de 1981, tuvo que abdicar por el descrédito de la monarquía por la situación de su hija y sus propios escandaletes.

Pero no sólo de corrupción y crisis se habla en la España de estos días. Cataluña es uno de los problemas que deberá enfrentar el ganador del comicio. El empecinamiento de Rajoy y de Artur Mas elevaron la tensión independentista al máximo y ahora habrá que ver como siguen las cosas en el distrito más rico de España. La otra cuestión es la Ley Mordaza, una lindeza que desde julio pasado le pone límites a las manifestaciones y a la protesta social con multas y hasta prisión.

En este contexto, Podemos fue avanzando a un ritmo que parecía indetenible, y logró armar alianzas que le permitieron alcanzar la alcaldía de Madrid con la ex jueza Manuela Carmena y la de Barcelona con la militante social Ada Colau. Pero el avance se fue descomprimiento a medida que la derecha fue ganando espacio en América Latina, donde el partido tiene cercanías ideológicas con los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro Venezuela y de Cristina Fernández en Argentina. El PP está alineado con los sectores conservadores latinoamericanos y así como apoyó a la MUD en tierras bolivarianas se presentan como socios ideológicos del actual mandatario argentino. El PSOE también pesca en esos ríos.

El candidato del socialismo español, Pedro Sánchez, de 43 años, es la renovación de su partido. Pero desde la centroderecha española hay una competencia que se ubica entre el PP y el PSOE y representa otra oferta para los sectores que se oponen al «bipartidismo del régimen». Se trata del partido Ciudadanos, liderado por el catalán Albert Rivera, quien con Iglesias, tienen la edad de la Constitución que ahora pueden llegar a cambiar, como prometieron en campaña.

Las últimas encuestas señalan que el PP, con el 26,2%, ocupa el primer lugar en intención de voto; lo siguen el PSOE, con el 21%, pero ahí nomás está Podemos, con 20,4, y Ciudadanos, con 19. Así las cosas, nadie podría gobernar sin acuerdos políticos.

El único debate al que aceptó ir Rajoy, con Sánchez, tuvo una violencia inusual en España. «El presidente del Gobierno tiene que ser una persona decente y usted no es decente. Tenía que haber dimitido», le espetó Sánchez, hablando de la corrupción. «Hasta aquí hemos llegado. Es usted una persona ruin, mezquina y miserable», le espetó Rajoy.

Dos días más tarde, Andrés V.F. un adolescente de 17 años, le propinó al jefe de gobierno un tremendo jab de izquierda en tierras gallegas. El chico tiene una lejana relación familiar con la esposa de Rajoy. No se trató de un hecho político, explicó el mismo gobernante.

El mandatario recibió la solidaridad de toda la dirigencia española y de los máximos gobernantes europeos. Todos se juegan algo este domingo, luego de que la izquierda portuguesa logró armar gobierno contra la voluntad del otro régimen, el de Bruselas, la sede de la UE.

Tiempo Argentino
Diciembre 18 de 2015

Ilustró Sócrates

Macrismo y neodictadura

Hay que reconocerle inteligencia y perspicacia a Joaquín Morales Sola, el columnista estrella de La Nación. Porque en su columna editorial del domingo pasado puso los puntos sobre las íes en lo que realmente se juega en la Argentina de estos días, más allá de cuestiones «menores» como la eliminación de las retenciones y del «cepo» cambiario, y le dice al presidente Mauricio Macri, directamente, que «no tiene derecho al error, como etapa histórica». ¿Por qué? Pues porque un «eventual fracaso significaría el regreso del populismo por un tiempo previsiblemente largo». Y agrega a renglón seguido que «una gestión exitosa de Macri podría modificar sustancialmente la vetusta política argentina, sus viejos códigos y sus anquilosadas estructuras. Podría dejar atrás a la dirigencia política que debió irse con la gran crisis de 2001 y que, por el contrario, encontró un refugio oportuno en el kirchnerismo».

Mucho de cierto hay en lo que escribió Morales Solá, aunque uno difiera en cuanto al tono y a la intención con que lo presenta. La crisis del 2001 efectivamente puso a la dirigencia política en un trance de vida o muerte Y la intervención de Morales Solá en ese momento histórico también fue decisiva. Como se recuerda, fue una columna suya la que desnudó la escandalosa compra de votos para aprobar una ley de flexibilidad laboral que cercenó derechos de los trabajadores como ni siquiera la dictadura se había atrevido.

La vergonzosa ley Banelco, una maniobra de la que participaron representantes del peronismo y del radicalismo, que entonces conformaba la Alianza junto con sectores de centroizquierda, llevó primero a la renuncia del vicepresidente Carlos Chacho Álvarez y luego a la caída estrepitosa del presidente Fernando de la Rúa.

Si algo bueno puede haber tenido el paso de Carlos Menem por el gobierno fue sin dudas el haber derrotado al partido militar, que desde el golpe contra Juan Domingo Perón en 1955 co-gobernó la Argentina para imponer los intereses conservadores sobre el resto de la sociedad.

El 2001, en otros tiempos, hubiese culminado con un golpe militar. La dirigencia del momento, en cambio, más allá de la grotesca seguidilla de cinco presidentes en una semana -parece mentira pero ahora se cumplen exactamente 14 años- encontró una salida bastante civilizada con el mandato provisorio de Eduardo Duhalde. Tras los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, Duhalde tuvo que llamar a elecciones y así fue que un mayoritariamente desconocido Néstor Kirchner logró colarse entre los candidatos.

Como también se recuerda, el ganador del comicio de 2003 fue Menem, con 24.45% de los votos sobre el gobernador de Santa Cruz, que obtuvo 22,24. Kirchner fue ungido presidente porque Menem desertó del balotaje. Sabía que lo iba a perder pero sobre todo lo convencieron de que así dejaría un mandatario políticamente muy débil.

Desde allí Kirchner fue construyendo el poder que luego Cristina Fernández acrecentó al punto de irse con una plaza llena de manifestantes que la vivaron como no se tienen antecedentes de un presidente argentino. Baste solo mencionar que los dos grandes líderes del siglo XX, Hipólito Yrigoyen y Perón, fueron expulsados con sendos golpes de estado y luego la historia se encargó de ponerlos en su lugar y de honrarlos como se debía. Perón se dio el gusto de volver, Yrigoyen murió en la más absoluta pobreza. Raúl Alfonsín, otro líder de fuste, aunque de otro nivel, pudo reconciliarse también con la historia cuando los polvos del presente se decantaron.

El discurso con que Macri ganó el primer balotaje en la historia argentina fue el de la unión y la reconciliación. ¿Por qué? Pues porque en estos años si algo ganó la sociedad fue el debate político. Y la discusión política es apasionada, visceral. No es que ahora hay una brecha que antes no la había: es que ahora se discute en cada familia, en cada rincón del país, y eso genera controversias que para un sector importante de la clase media resultan intolerables. Antes las diferencias quedaban sumergidas bajo un manto de corrección -o pacatería- política.

Entre las cosas que no le perdonan a CFK, tal vez una de las más relevantes es la de haber desnudado la hipocresía o la vaciedad de ciertas costumbres argentinas. No todos quieren debatir, no todos se bancan argumentar o razonar políticamente. Para no confesarse sus propias miserias, por conveniencia, por comodidad. incluso por ignorancia. El discurso de Macri molesta a las capas más politizadas de la ciudadanía, pero es ideal para cauterizar esa brecha en la que «ellos» se sienten en desventaja.

Una brecha que representa un paso que no quieren dar porque implica reconocer la existencia de privilegios, y de que ellos disfrutan de esos privilegios. ¿Eso significa que el gobierno de CFK iba camino a la revolución socialista? Desde luego que no, pero todos los golpes en Latinoamérica fueron contra gobiernos progresistas, que abrieron debates similares de cara a la sociedad. Al único gobierno efectivamente revolucionario, el de Cuba, no pudieron derrocarlo. Sin embargo, ¿por qué será que la derecha necesita acallar los debates? «Por las dudas» suena a buena respuesta. Porque «así se empieza» también.

Mientras tanto, se comprueba fácticamente que hay un porcentaje de la sociedad argentina que se siente más cómodo cuando nada se cuestiona, cuando los medios aceptan y avalan a las autoridades a cargo. Como decía el diseñador de modas Roberto Piazza, «Mirtha Legrand es una suegra mala», porque siempre critica maliciosamente. Macri es la respuesta confortable, el novio aceptable porque tiene plata y todos hablan bien de él, salvo, claro, «los muchachos de la esquina», lo peor del barrio, que ya sabemos en qué andan.

Macri es el que hará callar a los morochos que todo lo discuten desde una mirada populista. Por las buenas o por las malas. De allí la advertencia de Morales Solá. ¿Si fracasa Macri que viene? ¿Más populismo, la vía argentina al socialismo, o volverá la política? Por eso también Macri es la solución adecuada para el establishment. Porque dejó afuera a la dirigencia política, se rodea de managers, ejecutivos de empresa, les tira unas migajas a los radicales -¿por qué se bajó Ernesto Sanz?- y con eso conforma una alianza conservadora que es igual a la que gobernó a través de cuanta dictadura hubo, pero elegida por el 51,4% de la ciudadanía.

¿Ignoraban los que votaron a Macri quién es el nuevo presidente? Es cierto que muchos votaron contra la «autoritaria, la dictadora, la yegua». Pero muchos, muchísimos lo votaron porque justamente representa eso de que con los militares estaban mejor. Tiene razón Marcos Aguinis, «cuando Videla asumió, parte de la población respiró». Y esa parte de la sociedad eligió un gobierno que les promete no revolver las culpas por haber apoyado ese golpe genocida. Borrón y cuenta nueva con el pasado.

En un par de días, Macri ya demostró que las instituciones y el republicanismo le importan poco. Con un decreto eliminó en la práctica la ley de educación del 2006. Dijo que había sido un error, pero mientras no se modifique ese decreto eliminó una ley democrática. Lo mismo quieren hacer con la ley de Medios, la más debatida de la historia argentina. Desde que un bando militar anuló la Constitución de 1949, votada por la democracia en el primer gobierno de Perón, que no se burlaba tanto la voluntad popular.

La última -por ahora- fue designar por decreto a dos nuevos jueces de la Corte. Si Cristina era dictadora y autoritaria ¿Cómo se puede calificar a esta medida, de mayor gravedad de cualquiera intentada por la ex presidenta?. ¿Dónde están los republicanos que no hacen una marcha en defensa de la separación de poderes? ¿Qué va a decir el presidente de la Corte, que tanto se llenó la boca hablando de independencia del poder judicial? ¿Qué van a decir de quienes se oponen a estos atropellos? ¿que son todos kirchneristas, que se quedaron en el 2015, como en los 90 se acusaba a quienes defendían al rol de Estado y la defensa de los puestos de trabajo de haberse quedado en el 45?

Y esto recién empieza.

El valor docente de la derrota

El valor docente de la derrota

Suele decir el técnico de fútbol Marcelo Bielsa que perder enseña mucho más que triunfar. «El liderazgo está directamente relacionado con la derrota. Porque es ahí cuando se verifica la consistencia del conductor», dijo alguna vez. Y completó: «Lo mejor del ser humano sale cuando el éxito nos abandona.»

Cualquier idea que refleje la importancia de «no darse por vencido ni aun vencido» resulta útil para reflexionar sobre este momento particular que vive la región luego de la contundente victoria de la oposición venezolana en las elecciones del domingo pasado. Sobre todo porque representa un traspié significativo en términos simbólicos para un proceso que había inaugurado Hugo Chávez cuando llegó al poder el 2 de febrero de 1999. Y también porque es como el colofón para una serie de retrocesos que se venían dando con los ataques al gobierno de Dilma Rousseff en Brasil y que en Argentina se evidenció con el ajustado triunfo de Mauricio Macri.

Que lo simbólico tiene su peso lo demuestra el hecho de que a la asunción de Macri vino el rey emérito de España, Juan Carlos de Borbón. El mismo que en una cumbre de jefes de Estado en Chile, en noviembre de 2007, lanzó el grito destemplado de «¿Por qué no te callas?» ante una denuncia de golpismo contra el gobierno del PP que lanzaba el mismísimo Chávez. El rey, que se vio obligado a abdicar en favor de su hijo Felipe en julio del año pasado luego de varios escandaletes –entre ellos una caza furtiva de elefantes- quería silenciar al líder bolivariano en un encuentro creado para concertar acercamientos entre los países iberoamericanos. Una estrategia que con un fuerte anclaje en el neoliberalismo buscaba tejer lazos entre la «Madre Patria» y las ex colonias latinoamericanas, con la idea lejana de establecer una suerte de Commonwealth ibérico.

Otro gesto encaramado en este cambio de rumbo que hoy tratará de extender Macri hacia el resto del continente está marcado por las declaraciones de su canciller, Susana Malcorra, para quien el ALCA «no es mala palabra en tanto y en cuanto encontremos una vinculación que sintamos que nos beneficia». A exactos diez años de aquel «alcarajo» del mismo Chávez en Mar del Plata no suena a respuesta de compromiso sino a una declaración de principios.

La reanudación de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, lograda con la intervención del Papa Francisco hace un año, significó un giro inesperado para una política «negacionista» de sucesivos gobiernos estadounidenses en más de medio siglo. Implicó el reconocimiento de los errores que las administraciones de la Casa Blanca habían cometido en su empecinamiento por ahogar a una revolución que se mantuvo en firme a pesar del bloqueo y el aislacionismo. Pero en estos doce meses, lejos de ese triunfo de honda significación histórica, se fueron despeñando en un muy bien estructurado efecto dominó una serie de calamidades sobre los gobiernos progresistas de la región que manifiestan algo palpable: los enemigos de la integración nunca descansan.

A los pocos días de aquel primer diálogo entre Barack Obama y Raúl Castro, tomó su segundo mandato Dilma Rousseff y se inició un calvario que ahora dramáticamente la tiene a ella y al Partido de los Trabajadores contra las cuerdas. Pocos días más tarde se abre el capítulo Nisman, que golpeó de lleno en el gobierno de Cristina Fernández. Mientras tanto, la crisis económica y política iba desgastando la gestión de Nicolás Maduro. Fue un ataque económico despiadado calcado del que sufrió Salvador Allende en los ’70 y que no tuvo una respuesta adecuada del gobierno bolivariano ante la sociedad. En esta fisura caló el discurso de la derecha. Como lo probaron las elecciones que en este año se desarrollaron en Grecia, en esta etapa de la globalización la democracia consiste en que los pueblos voten con una pistola en la cabeza.

Desde junio de 2014 los precios del petróleo se fueron desmoronando luego de tres años de estabilidad y una media situada en torno de los 105 dólares por barril. En enero de este año bajaron de los 50 dólares y ahora se ubican en los 37 dólares el barril. El resto de los commodities y minerales también está en caída, o debiera decirse que el dólar se está revaluando en todo el mundo provocando una crisis de ingresos en los países emergentes, sobre todo en las economías china y rusa, y pega de lleno en las latinoamericanas.

El sueño de igualar en estas sociedades- las más inequitativas del planeta- se sustenta en gran medida en el precios de las exportaciones y ese sigue siendo un límite a toda expectativa de justicia social. No es que los gobiernos no lo sepan, pero modificar esas variables es una tarea que lleva décadas. Por otro lado, el capitalismo sigue dando muestras de contar con una alta capacidad de renacer de sus cenizas tras cada nueva crisis. Y los medios dominantes no tienen intención de apoyar y sustentar ningún cambio cultural sino más bien tienen como función reprimir cualquier intento de rebeldía.

No sólo las formas molestan e incomodan a esa dirigencia globalizada. Es el contenido. Pero si de formas se tratara, podría verse allí que también hay un cambio de paradigmas en cuanto al modo de operar de la derecha regional y el establishment latinoamericanista, con capital en Miami.

El giro de la Casa Blanca hacia Cuba fue un renunciamiento estratégico con relación a los golpes de Estado que hasta no hace tanto fomentaban la CIA y el Pentágono. Desde la revolución cubana, cuanta interrupción democrática hubo en la región tenía como excusa evitar el «camino al comunismo» que representaba el gobierno a atacar. Con el sostén imprescindible de las fuerzas armadas entrenadas en la Escuela de las Américas en la doctrina de seguridad nacional. La barbarie fue tan tremenda que poco a poco se fue instalando el proyecto «democratizador», con las trampas y variantes constitucionales al uso de cada país.

La constitución que el pinochetismo legó a los chilenos es la herencia maldita para poder construir una verdadera democracia en el país trasandino que a los tumbos intenta reformar Michelle Bachelet. El sistema electoral brasileño, que obliga a alianzas y coaliciones, ahora entierra bajo el lodo al PT por sus acuerdos con un partido que, además de venal, no duda en traicionarlo cuando percibe que el buque se hunde. Por supuesto que hay corrupción, el caso es cómo frenarla, cuando los propios corruptos son los que fijan las reglas, como es el caso del jefe de la Cámara Baja brasileña, Eduardo Cunha.

Chávez tuvo la perspicacia y aprovechó el poder político inicial para crear una nueva constitución, igual que lograron hacer Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Los intentos golpistas que padecieron Morales en 2009 y Correa en el 2010 tienen su origen en esta nueva institucionalidad, que amplía derechos de una manera que el liberalismo político no tendría más que aplaudir. Pero pone límites a las aspiraciones de las minorías.

Para el resto, el papel que antes cumplían los uniformados ahora lo cumplen los togados. Es un Poder Judicial constituido a la usanza y bajo el molde del sistema creado en Estados Unidos con el argumento, James Madison dixit, de que » las democracias siempre han sido incompatibles con la seguridad personal o el derecho a la propiedad; y han sido, en general, tan cortas en su vida como violentas en su muerte».

El sistema judicial es el nuevo organismo de intervención, como lo padece el gobierno de Brasil y lo denunció la ahora ex presidenta argentina en reiteradas ocasiones. Un poder que también recibe entrenamiento en organismos de Estados Unidos para controlar eso que Madison, uno de los «Padres Fundadores», consideraba un riesgo: los posibles «excesos» de las mayorías sobre los intereses de las minorías. Los intereses económicos, se entiende, porque aún hoy las minorías étnicas bien que sufren todo tipo de excesos en la cuna del constitucionalismo americano, a pesar de contar con un presidente negro.

Tiempo Argentino
Diciembre 11 de 2015

Ilustró Sócrates

La democracia chavista

El resultado de las legislativas venezolanas causó escozor en los sectores progresistas de América Latina, pero no sorpresa. Si bien las encuestas dejaron de ser un sistema creíble para prever conductas electorales, todos los sondeos previos adelantaban diferencias importantes entre la oposición y el chavismo. Y según dicen los analistas que transitaron las calles de ese país, la sensación de que soplaban nuevos aires era evidente.

Es difícil gobernar en medio de una guerra económica como la que se desató sobre la presidencia de Nicolás Maduro. El sucesor de Chávez triunfó en 2013 y desde entonces debió soportar una campaña de deslegitimación del derrotado candidato Henrique Capriles y de toda la oposición. Es cierto que había ganado por escaso margen, pero había ganado y el sistema electoral venezolano, se terminó de corroborar ahora, es seguro y transparente.

La denuncia de fraude servía a los fines de desgastar al chavismo, todavía golpeado por la muerte de su líder. La tarea fue seguida por el desabastecimiento de productos esenciales y por las guarimbas, una ola de violencia que costó la vida de 43 personas en 2014. Nunca pudo estabilizar la situación el presidente. Y la derecha regional también hizo su aporte.

La prueba más evidente, por si alguien dudara, de las profundas relaciones que imbrican a los países de la región es la forma en que se encadenan los procesos. La década del ’70, con su secuela de sangre y muerte, se extendió de Brasil a Chile, Uruguay y Argentina desde antes del Operativo Cóndor, el siniestro plan orquestado para eliminar a los sectores de la izquierda latinoamericana. La recuperación democrática en los ’80 también fue una sucesión como en dominó. Ni qué decir de los avances comunes en lo que va del siglo, desde el Brasil de Lula a la Argentina de Kirchner. Todo eso había empezado con la Venezuela de Chávez en 1999.

La oposición al líder bolivariano tardó su tiempo en unificarse detrás de un objetivo común: derrotar al chavismo. Apoyó el golpe de 2002 y luego intentó deslegitimar las instituciones bolivarianas negándose a ir a comicios en 2003. Chávez logró aprobar una Constitución que en un librito de tapas azules del tamaño de un paquete de cigarrillos regalaba a quienes lo visitaban. Una forma de crear ciudadanía. Esa misma constitución, rechazada por los sectores ultras de la MUD, terminó consolidada el domingo con el triunfo de la oposición. Es un triunfo para la democracia chavista. No hubo denuncia de fraude, ganó la oposición con las reglas de juego bolivarianas y nadie les deslegitimó el resultado. ¿Respetarán el espíritu de esa Carta Magna ahora que tendrán el poder formal en la legislatura?