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El resultado de las legislativas venezolanas causó escozor en los sectores progresistas de América Latina, pero no sorpresa. Si bien las encuestas dejaron de ser un sistema creíble para prever conductas electorales, todos los sondeos previos adelantaban diferencias importantes entre la oposición y el chavismo. Y según dicen los analistas que transitaron las calles de ese país, la sensación de que soplaban nuevos aires era evidente.

Es difícil gobernar en medio de una guerra económica como la que se desató sobre la presidencia de Nicolás Maduro. El sucesor de Chávez triunfó en 2013 y desde entonces debió soportar una campaña de deslegitimación del derrotado candidato Henrique Capriles y de toda la oposición. Es cierto que había ganado por escaso margen, pero había ganado y el sistema electoral venezolano, se terminó de corroborar ahora, es seguro y transparente.

La denuncia de fraude servía a los fines de desgastar al chavismo, todavía golpeado por la muerte de su líder. La tarea fue seguida por el desabastecimiento de productos esenciales y por las guarimbas, una ola de violencia que costó la vida de 43 personas en 2014. Nunca pudo estabilizar la situación el presidente. Y la derecha regional también hizo su aporte.

La prueba más evidente, por si alguien dudara, de las profundas relaciones que imbrican a los países de la región es la forma en que se encadenan los procesos. La década del ’70, con su secuela de sangre y muerte, se extendió de Brasil a Chile, Uruguay y Argentina desde antes del Operativo Cóndor, el siniestro plan orquestado para eliminar a los sectores de la izquierda latinoamericana. La recuperación democrática en los ’80 también fue una sucesión como en dominó. Ni qué decir de los avances comunes en lo que va del siglo, desde el Brasil de Lula a la Argentina de Kirchner. Todo eso había empezado con la Venezuela de Chávez en 1999.

La oposición al líder bolivariano tardó su tiempo en unificarse detrás de un objetivo común: derrotar al chavismo. Apoyó el golpe de 2002 y luego intentó deslegitimar las instituciones bolivarianas negándose a ir a comicios en 2003. Chávez logró aprobar una Constitución que en un librito de tapas azules del tamaño de un paquete de cigarrillos regalaba a quienes lo visitaban. Una forma de crear ciudadanía. Esa misma constitución, rechazada por los sectores ultras de la MUD, terminó consolidada el domingo con el triunfo de la oposición. Es un triunfo para la democracia chavista. No hubo denuncia de fraude, ganó la oposición con las reglas de juego bolivarianas y nadie les deslegitimó el resultado. ¿Respetarán el espíritu de esa Carta Magna ahora que tendrán el poder formal en la legislatura?