por Alberto López Girondo | Mar 20, 2018 | Sin categoría
Las acciones de la red social Facebook se desplomaron tras resultar envuelta en un escándalo internacional por la filtración de millones de datos personales hacia una firma que los utilizó con el objetivo de ¨formatear¨ ciudadanos para lograr objetivos políticos. La consultora Cambridge Analytics aprovechó una falla en el sistema de protección de datos de FB y los aplicó con éxito, se jactan, en el referéndum que apoyó el Brexit en el Reino Unido y en el triunfo de Donald Trump en EEUU. El caso se relaciona directamente con las acusaciones contra el presidente estadounidense por la injerencia rusa en los comicios de 2016. Todo indica que de esa presunta intromisión participaron un puñado de británicos y los servicios fueron pagados por inversores ligados al Partido Republicano, ligados al bloguero ultraderechista Steve Bannon, asesor estratégico del mandatario estadounidense. La Cambridge también participó en las elecciones argentinas, según se desprende de un video filmado en secreto a sus titulares y difundido por el Channel 4 News de Gran Bretaña.
Tras una investigación iniciada a partir de la filtración de un ex empleado de Cambridge Analytics, el London Observer y el New York Times publicaron que datos personales de 50 millones de usuarios de Facebook habían sido procesados por la consultora para elaborar estrategias políticas desde 2014. El tema pega de lleno en el gobierno de Donald Trump porque forma parte de la denuncia que se viene arrastrando desde que ganó la elección, en noviembre de 2016, sobre la ayuda que habría recibido de servicios rusos para ganar su campaña electoral a través de la divulgación de mails privados de Hillary Clinton y de sus colaboradores de campaña.
Pero va un poco más lejos, porque en la cámara oculta que armó el canal británico con los directivos de la firma, se promocionan ante un presunto jefe de campaña electoral como capaces de influir en cualquier elección mediante el uso de información privada de ciudadanos paro también armando campañas sucias en contra de los opositores al candidato que los contrata.
Por ejemplo, afirman que pueden tentar a cualquier dirigente a hacer un negocio oscuro en un acto oportunamente filmado con cámara oculta -así como hicieron con ellos en el Channel 4, justo es decirlo-, para que revele un acto de corrupción magnificado a través de las redes. También afirman que cuentan con mujeres ucranianas («son las mejores», detallan) dispuestas a ofrecer otro tipo de tentaciones que también pueden ser letales para cualquier imagen pública a la hora de reclamar un voto.
Pero esto no es todo lo que ofrecen: la empresa había contratado a un psicólogo de la prestigiosa universidad de Cambridge, de ahí el nombre, Aleksandr Kogan, de nacionalidad ruso-estadounidense, del Centro Psicométrico de esa casa de estudios. Kogan creó una app para utilizar información sacada de Facebook con la que elaboró el perfil de millones de usuarios de la red, sin que ellos lo supieran.
Dijeron que llegaron así a conocer los gustos y deseos íntimos mejor que sus propios familiares. Y diseñaron estrategias para que esos ciudadanos elijan lo que en CA necesitaban, con la convicción de que estaban apelando a su libre albedrío. Y aseguran que podrían cambiar la concepción de todos ellos sobre valores que arrastran desde la cuna.
El ¨geniecillo¨ que anduvo detrás de esta operación de alto vuelo fue Christopher Wylie, un joven británico brillante y en aquel momento con poco freno ético a sus iniciativas. Toda su perspicacia la puso al servicio de formatear la cultura de los estadounidenses. Lo que liga a este muchacho de entonces 24 años con Donald Trump es que los inversores de Cambridge Analytics fueron Robert Mercer y Steven Bannon, el primero un fuerte donante de los republicanos y el segundo un ideólogo de lo que se conoce como la Nueva Derecha.
El dúo buscaba herramientas para influir en los ciudadanos que iban a acudir a las urnas en 2016 para el reemplazo de Barack Obama. Trump, sorpresivamente, primero ganó una interna contra el aparato tradicional del partido republicano y luego se alzó con el triunfo ante la demócrata Hillary Clinton.
No queda claro qué le ocurrió a Wylie para ¨prender el ventilador¨ ante los medios. Él había quedado afuera de la consultora en 2014. Cuando se acercaba el tramo final de la campaña de Trump tomaron en cuenta que los extranjeros no pueden integrar los equipos del candidato, pero esa no fue en su caso la razón de fondo.
Como sea, Wylie habló con la prensa y según parece también lo había hecho oportunamente con Zuckerberg, el fundador de Facebook, que no le dio mucha relevancia: lo único que hizo fue reforzar ciertos controles sobre la difusión de información personal de los usuarios.
Cambridge Analytics, que luego del éxito del Brexit y de Trump estaban en la cresta de la ola, ofreció sus servicios por todo el mundo con el argumento de haber participado en más de 200 campañas, incluso en Argentina, aunque por secreto profesional no dicen en favor de quién. En el video del canal británico se ven los festejos del triunfo de Macri, en 2015, pero desde Cambiemos se apuraron a decir que no tienen nada que ver con la consultora.
Lo que dice Wylie es un poco más terrible que sólo la manipulación de una campaña exitosa para acceder a un cargo. Según le dijo el joven estratega británico al New York Times, ¨lo que ellos querían (por Mercer y Bannon) era desarrollar una guerra cultural en Estados Unidos». Para añadir luego: «Se suponía que CA tenía el arsenal de armas para luchar en esa guerra cultural».
Bannon fue expulsado del gobierno en agosto de 2017, apenas ocho meses después de asumir como su jefe de estrategia, por declaraciones demasiado racistas. No tanto porque Trump no estuviera de acuerdo, sino que le generaba problemas políticos el pensamiento extremo del editor del sitio Breitbart.
Mercer, fuerte inversor neoyorquino, venía apostando por los republicanos como uno de sus mayores donantes. El NYT dice que ¨su fortuna ha financiado think tanks y candidatos rebeldes, super PAC (Comités de acción política), y grupos de estudio de los medios de comunicación, de lobby y organizaciones de base¨ por cerca de una décara.
La publicación de este fin de semana de NYT y el London Observer golpea de lleno en las denuncias sobre injerencia en la campaña de Trump. Ciertamente que hay rusos, como Kogan, y quizás otros que aún no aparecieron. Pero de ahí a vincularlo directamente con el gobierno hay un trecho.
Julian Assange, el creador de WikiLeaks, refugiado en la embajada ecuatoriana en Londres, ya había aclarado que no eran agentes rusos los que le habían acercado mails de Hillary durante la campaña. Ahora agregó que sí tenían relación con la CA. O sea que detrás de esa trama no muy limpia estaban los estrategas y sponsors de Trump, que en principio habían logrado influir en los votantes mediante consignas que aparecen como contradictorias con el pensamiento del votante medio tradicional de Estados Unidos. Una vez en el gobierno, esperaban ir por más.
Mientras tanto, las acciones de Facebook bajaron por segundo día consecutivo y se ubicaron en 163 dólares, con una pérdida en el valor de mercado de la firma de alrededor de 60 mil millones de dólares. Y en Gran Bretaña, una comisión parlamentaria solicitó al CEO de Facebook, Mark Zuckerberg, que testifique sobre el «uso indebido» de datos personales con fines políticos. Lo mismo le reclaman desde el Europarlamento, mientras que en Estados Unidos dos senadores, una demócrata y un republicano, le pidieron que se presente en el Capitolio para dar sus explicaciones.
Lo concreto es que la red social quedó muy expuesta, deberá dar garantías a sus usuarios y será obligada a reforzar medidas de seguridad para evitar este tipo de huecos informáticos. Pero lo más dramático es la comprobación de que toda esa información haya sido utilizada para manipular y torcer la voluntad de votantes que suponían estar eligiendo de acuerdo a su libre albedrío. Y que incluso pueden ser guiados a reformular concepciones de la vida cotidiana hacia valores contrarios.
Tiempo Argentino, 20 de Marzo de 2018
por Alberto López Girondo | Mar 17, 2018 | Sin categoría
Vladimir Putin se encamina a la reelección con la certeza de que cuenta con el apoyo abrumador de la sociedad rusa, pero con la incertidumbre de si eso alcanzará para que el resultado exprese la contundencia que necesita ante los desafíos que debe enfrentar en el exterior. Todas las encuestas le dan un 70% de aprobación al presidente, pero una escasa participación electoral podría «bajarle el precio» ante la mirada de los gobiernos occidentales. Es que Alexei Navalni, famoso por su blog y su participación en medios extranjeros y su encarnizada oposición a Putin, llama a una «huelga de votos». Se descuenta que esos mismos medios con los que colabora, como Forbes sin ir más lejos, computarán a favor de él a cada ciudadano que se quede en casa en lugar de ir a las urnas. En los comicios pasados, año 2012, desde las redes sociales Navalni había denunciado irregularidades y miles salieron a las calles en señal de protesta, lo que fue foto de tapa y motivo de debate durante semanas. Un año después fue hallado culpable de malversación de fondos y por ese antecedente lo inhabilitó la justicia electoral.
Una de las razones de la indudable popularidad de Putin, según pudo comprobar Tiempo, es que en esta última gestión profundizó una política exterior que para las mayorías «devolvió la dignidad al pueblo ruso». La Federación Rusa perdió gran parte de los territorios de la Unión Soviética pero sobre todo perdió influencia internacional y sufrió humillaciones a todo nivel. Putin se plantó firme ante Washington por la cuestión siria y ante el golpe de Estado proeuropeo en Ucrania, en 2014, movió las fichas de modo de que los habitantes de Crimea votaran volver al cobijo de Moscú. Esto generó el rechazo occidental, pero levantó el orgullo nacionalista acallado por casi dos décadas.
A este mismo orgullo apeló Putin en su último mensaje electoral. «Ejerzan el derecho a elegir el futuro de nuestra amada y gran Rusia», arengó. El clima externo lo amerita. La Unión Europea, Estados Unidos y el propio gobierno del Reino Unido salieron con los botines de punta contra Putin por el envenenamiento del exespía Sergei Skripal y de su hija Yulia, el 4 de marzo pasado en Salisbury, al sudoeste del país.
Apremiada por el exiguo nivel de aprobación, la primera ministra Theresa May aprovechó el caso Skripal para también poner sobre el tapete la cuestión nacionalista. Para The Independent, la dirigente conservadora ¨en medio de las negociaciones por el Brexit y una crisis económica que no puede superar¨ se mira en el espejo de Margaret Thatcher tras la recuperación argentina de Malvinas, en 1982.
Así, acusó directamente a Putin por el envenenamiento del hombre intercambiado por otros espías en 2010, nacido en Kiev y condenado en Moscú por haber sido doble agente para Rusia y Gran Bretaña.
El miércoles, May anunció la expulsión de 23 diplomáticos rusos a los que acusó de ser agentes de espionaje no declarados. Parece que se dieron cuenta recién cuando Skripal, de 66 años, y su hija de 33, fueron encontrados en estado comatoso en un banco público frente a un shopping. Ayer, Putin respondió golpe a golpe: echó a 23 diplomáticos británicos, pero además ordenó cerrar el consulado en San Petersburgo.
Londres asegura que los Skripal fueron envenenados con Novichok, un potente agente nervioso desarrollado en los ’70 por la URSS y que sólo en Rusia se consigue. Sin embargo, se negó a mostrar las pruebas y a permitir que peritos rusos viajen al Reino Unido para colaborar en la investigación, como reclamó el canciller Sergei Lavrov.
Sin embargo, esta hipótesis tiene algunas fisuras. Expertos occidentales mantienen sus dudas sobre incluso la existencia del Novichok, un químico más potente que el gas sarín o el VX, armas de destrucción masiva prohibidas por Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, que en 1993 amplió el alcance de la Convención de Ginebra de 1925.
Se conoce de la existencia de este veneno por Vil Mirzanyanov, un científico ruso que publicó en los ’90 un libro sobre el proyecto de armas químicas de la URSS del que asegura haber participado como miembro del Instituto Estatal de Investigación Científica de Química Orgánica y Tecnología (GNIIOKhT). Condenado por traición, terminó en Estados Unidos, donde en 2007 en State Secrets (Secretos del Estado), reveló la fórmula del Novichok y dijo que Rusia ya había desarrollado compuestos mucho más potentes.
Pero en 2016, recuerda Craig Murray ¨exembajador británico en Uzbekistán y exrector de la Universidad de Dundee¨, el jefe del Laboratorio de Detección de Armas Químicas del Reino Unido, Robin Black, publicó en una revista científica que no hay muchos datos comprobables sobre el Novichok ni sobre su composición química. Dato a tener en cuenta: el centro que dirige Black está en Porton Down, a unas 8 millas de donde residían y fueron encontrados los Skripal. Por otro lado, la Junta Asesora Científica de la OPAQ no reconoció a Novichok como agente químico.
Si Mirzanyanov tiene la fórmula y trabajó en la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey desde que ingresó a EE UU, en 1995, ¿cómo es que sólo los rusos podrían tener el compuesto que envenenó a los Skripal? Otra: ¿cómo se hizo para detectarlo, si en Porton Down no lo conocen? Finalmente: ¿cómo es que hubo acuerdo entre todas las potencias para no incluirlo en la lista de la OPAQ?
Los antecedentes de uso de las armas de destrucción masiva como argumento político no ayudan a la credibilidad, tampoco. Baste recordar la excusa para la invasión de Irak, en 2003. Dos años antes, y a poco de los atentados del 11S, sobres con esporas de Ántrax, otro potente tóxico, fueron enviadas a políticos con un saldo de cinco muertos. El gobierno de George W. Bush se apuró a acusar a Al Qaeda, pero los sobre habían salido de un laboratorio de armas químicas y biológicas de Estados Unidos. Nunca más se habló de este incidente.
Tiempo Argentino, 17 de Marzo de 2018
por Alberto López Girondo | Mar 16, 2018 | Sin categoría
El presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, volvió a su costumbre de inaugurar el año judicial con un discurso de tipo ecuménico en el Palacio de Tribunales. Alejado por un momento de la presión de años anteriores por parte de las espadas de Cambiemos –léase Elisa Carrió–, Lorenzetti se lanzó al ruedo en una disputa que en ocasiones en sordina y a veces a grito pelado arrastra a la dirigencia política: la reforma judicial.
Cinco días antes el presidente Mauricio Macri, en la apertura de sesiones del Congreso, había pedido a los legisladores el respaldo para reformar el Código Penal, al que calificó de viejo. «Fue emparchado mil veces», señaló el mandatario, al tiempo que reclamó también un nuevo Código Procesal Penal en el que «los fiscales tengan más protagonismo».
Este parece ser el punto neurálgico sobre todo en la Justicia Federal, ya que llevaría el poder de acusación a los fiscales y les haría perder protagonismo a los jueces de ese fuero, que últimamente tienen los flashes enfocados en su gestión porque son los que constitucionalmente deben investigar a las autoridades políticas nacionales. No es casualidad que el polémico juez Claudio Bonadio haya sido tan explícito. «No creo que el Ministerio de Justicia acompañe las reformas porque en dos años no ejecutaron políticas de fondo», indicó.
Puesto a plantar bandera, Lorenzetti aceptó que el sistema judicial es antiguo, lento y se sorprendió de que todavía haya expedientes de papel cosidos con hilos. Pero puntualizó que los cambios que el país necesita en el ámbito de la Justicia «tienen que nacer del Poder Judicial, porque es donde hay experiencia».
El ministro
Cuando todavía resonaba en el ambiente el anuncio del jefe de los supremos de que abriría una doble jornada de debate sobre las reformas que podrían consensuar los magistrados, el ministro de Justicia, Germán Garavano, se apuró a responder a los periodistas que se le acercaron en la explanada misma del edificio, que compartía la visión del santafesino en cuanto al planteo de «cambio y transformación de la Justicia para brindar una mejor respuesta a la comunidad».
En el marco de las rencillas que Garavano y Lorenzetti arrastran desde que Mauricio Macri llegó a la Casa Rosada, fue un gesto de diplomacia gentil. Las diferencias entre ambos se potenciaron cuando a pocos días del 10 de diciembre de 2015 el flamante ministro acercó el nombre de los dos nuevos integrantes de la Corte designados por Macri. Este gesto creó rispideces, porque habían sido nombrados por decreto y saltando todos los pasos constitucionales. La disputa generó rechazos incluso en el oficialismo, por lo que el gobierno tuvo que retroceder.
Pero el ministro tiene otras batallas en danza. Garavano impulsa el proyecto Justicia 2020, que pretende modificar profundamente el sistema judicial, para el cual está trabajando una comisión encabezada por el radical Ricardo Gil Lavedra. Sin embargo, hay otra comisión a cargo del camarista Mariano Borinsky que trabaja en un anteproyecto de reforma del Código Penal. Hubo chispas entre ambos sectores cuando el presidente, avalando la política de mano dura de la ministra Patricia Bullrich, llamó a su despacho y felicitó al policía Luis Chocobar, quien mató por la espalda a un joven que huía luego de apuñalar a un turista. «Es muy importante que tengamos en claro que un mayor punitivismo o una mayor represión no trae más seguridad, trae más violencia e inseguridad para el conjunto de la gente», dijo entonces Gil Lavedra, uno de los jueces que en 1985 encabezó el tribunal que juzgó a los integrantes de las tres primeras juntas militares de la dictadura y un referente dentro de su partido, integrante de la alianza Cambiemos.
Otra referente de la coalición gobernante, Carrió, también salió a enfrentar a Garavano, pero por otras razones. La demorada causa por encubrimiento del atentado a la AMIA, que lleva adelante el Tribunal Oral Federal 2 desde agosto de 2015 y por el que son juzgados desde el expresidente Carlos Menem hasta el juez que investigó el hecho, José Luis Galeano, los fiscales intervinientes, Eamon Mullen y José Barbaccia, y también el comisario Jorge Alberto Palacios, de estrecha relación con Macri.
Cuando se reinició el juicio, en febrero pasado, se supo que el gobierno había desistido de acusar a Barbaccia y Mullen. El ministro había designado a José Console como abogado de la querella y el hombre llamó a absolver a los fiscales. Console reemplazaba a Mariana Stilman, cercana a Carrió, que había renunciado alegando las intromisiones del ministerio en su tarea. El dato es que Console no podía estar en ese cargo porque cumplía funciones incompatibles en el Consejo de la Magistratura de la ciudad de Buenos Aires. El escandalete despertó las iras de la diputada chaqueña pero a pesar de que renunció, el daño ya estaba hecho. Al retirar la acusación, el Tribunal aceptó dejar afuera a los fiscales y al policía.
Al mismo tiempo, este hecho encendió un nuevo foco ígneo en la propia Unidad AMIA, cuyo titular, otro radical de peso, Mario Cimadevilla, tiene las horas contadas al frente del organismo. Oficialmente, será una decisión administrativa en el marco de directivas para reducir organismos y cargos burocráticos. Pero un comunicado del partido político de Carrió no deja lugar a dudas de lo que se cuece puertas adentro del gobierno de Cambiemos. «Ni Elisa Carrió ni la CC ARI están dispuestos a manipular una acusación en una causa judicial y por ninguna razón avalan los condicionamientos y presiones que han recibido los letrados designados como representantes de la querella del Estado en la causa por encubrimiento del atentado a la AMIA».
Esta posición laxa en relación con una causa iniciada en 2004 por familiares de víctimas del atentado de 1994 –posición que avalaron las instituciones de la comunidad judía, alineadas con el gobierno– contrasta con la celeridad y el ímpetu con que se sustanció la causa por el Memorándum con Irán, para la cual se creó un nuevo tribunal que no cuenta con la aprobación que la ley exige en el Congreso. Algo que criticaron incluso juristas que no tiene simpatías por los acusados, desde la expresidenta Cristina Fernández hasta dirigentes sociales vinculados con el kirchnerismo.
Credibilidad
Todos estos entreveros no hacen sino reflejar una situación que repercute directamente en la credibilidad que la sociedad mantiene hacia el Poder Judicial y el sistema de Justicia. Según reveló una fuente de la Corte al diario La Nación, una encuesta mostró que «solo el gremialismo está peor visto, y no por mucho». El sondeo consultaba a ciudadanos sobre la credibilidad de 14 estamentos sociales e institucionales. Los jueces ocupaban el puesto 13.
Lorenzetti, en su discurso inaugural, se quejó de las «críticas infundadas» que afectan la «independencia judicial», pero al mismo tiempo se quiso curar en salud y dijo que los magistrados no pueden buscar «el reconocimiento de las mayorías» ni manejarse de acuerdo con las encuestas. «Si no –afirmó–, volveríamos a la Edad Media, a juzgar en la plaza pública y conforme los aplausos se condena o no se condena». Pero el estudio que circuló por los despachos judiciales habla de otra cosa.
Revista Acción, segunda quincena de Marzo de 2018
por Alberto López Girondo | Mar 16, 2018 | Sin categoría
La expulsión de 23 diplomáticos rusos de la embajada en Gran Bretaña y el ahora más sólido apoyo de los mandatarios europeos al gobierno de Theresa May son un soplo de esperanza la premier conservadora, en medio de un nuevo choque entre Londres y Moscú por asuntos de espionaje.
Más allá del aprovechamiento político que del envenenamiento de Sergei Skripal y su hija podría hacerse en Rusia ante las elecciones de este domingo y para reforzar la alicaída figura de May, no es la primera vez que ambas capitales se trenzan en estas lides en las que, como corresponde al misterioso mundo de los servicios secretos, permanece envuelto en el misterio. Un mundo donde pululan dobles y hasta triples agentes, un juego interesante y atractivo en el que la primera víctima es la verdad verdadera. Pero como son buenas historias ¿a quien le importa?
El más famoso caso se comenzó a develar a poco de finalizar la Segunda Guerra Mundial y en los albores de la Guerra Fría. Los involucrados llegaron a ser altos mandos del MI6, el servicio exterior del Reino Unido. Los acusados fueron conocidos como «Los cinco de Cambridge», porque habían sido alumnos del Trinity College de esa prestigiosa y exclusiva casa de estudios inglesa.
Imbuidos del espíritu revolucionario que se extendió por Europa luego de la Revolución Bolchevique, los jóvenes Harold Kim Philby (el mas famoso de ellos y merecedor del puesto destacado que tiene en la cumbre de los espías de la historia), Donald MacLean, Guy Burguess, Anthony Blunt, y John Cairncross (el único que siempre negó los cargos) fueron reclutados por Arnold Deutch, miembros de la NKVD, la antecesora de la KGB, en los años 30. Estaban realmente atraídos por el régimen socialista, a pesar de pertenecer ellos mismos a la aristocracia británica.
Como es una práctica común aún hoy día, el servicio exterior de la corona también reclutaba jóvenes inteligentes, cultos y con buenas relaciones. Y los Cinco de Cambridge estaban en este conjunto apetecible para cualquier entrenador de espías. Así fue que fueron ingresando en lo que hoy es el MI6. En un momento clave para el mundo: se iniciaba la segunda guerra mundial y durante su desarrollo, la Unión Soviética pasó a ser el principal aliado para derrotar al nazismo de Gran Bretaña y Estados Unidos.
Harold Adrian Russel Philby, Kim para los amigos, Stanley por su nombre en código, era hijo de un diplomático británico destacado en la India y había nacido en Ambala, en el estado indio de Haryana. Adhirió desde temprano al marxismo y re relacionó con el Kremlin.
Mediante los contactos de su padre, se conectó con el duque de Alba y como periodista cubrió la Guerra Civil española para el Times. Pero su tarea encubierta era enviar informes cotidianos a Moscú. Según una invetstigación del español Enrique Bocanegra, había recibido el encargo de Stalin para asesinar al general Francisco Franco. Pero no se sabe hasta donde llegó en ese intento. Franco murió en 1975 luego de 39 años como dictador español.
Paralelamente, Philby se metió en los servicios de espionaje británico, donde muy pronto se destacó y llegó a ser jefe de la división contra Moscú. Así fue que pasó a Turquía como diplomático y luego a Estados Unidos, donde fue el elnace de los espías británicos con sus pares de la CIA.
Nadie sospechó nada, y esa cercanía le permitió enterarse de que dos de sus amigos de Cambridge, Maclean y Burgess, habían sido detectados por un agente ruso que pasó a Londres, y por lo tanto corrían peligro. Estaban en la mira por una fuga de secretos nucleares a los soviéticos. Philby los convenció de que escaparan velozmente y antes de lo que se tarda en decirlo ambos huyeron a la URSS.
Burgess habría pasado al Centro de la KGB en la capital soviética no menos de 5000 documentos de relevancia sobre el gobierno de su país y tal vez otros tantos de la ONU, de la OTAN y de los primeros tratados entre EEUU y las potencias europeas tras la guerra. Falleció en Moscú en 1963.
Era el año 1951 y el MI6 pasó momentos de tensión indescriptibles ya que se sabía que había otros agentes que trabajaban para Moscú, pero no se tenía idea de cuantos eran y sobre todo, quiénes. Y además, la CIA los había catalogados de inútiles por haber permitido semejante filtración en sus narices.
Muchas de estas cuestiones saben por el espía de la KGB que hacía de controlador de Philby, Yuri Ivanóvich Modin, quien una vez caída la URSS y ya viejo, en 1994, decidió publicar sus memorias para ganarse unos rublos, que tanta falta le hacían para compensar su escasa jubilación, «Mis camaradas de Cambridge».
Esa vez, Philby pudo zafar de cualquier tipo de acusaciones, aunque era conocida su amistad con los desertores. De todas maneras fue invitado a retirarse del servicio de espionaje. Pero en 1963, como se solía decir, «puso pies en polvorosa». La buena información de la que disponía le indicó que lo tenían cercado y estaban esperando un paso en falso para atraparlo y mostrar sus iniquidades públicamente. Fue entonces que se fue a la URSS, donde pasó a ser considerado un héroe.
En un video descubierto en los archivos de la Stasi, la policía secreta de Alemania oriental, en 2016, se ve a Philby confesar que el espionaje ¨implica mancharse las manos de vez en cuando¨. Allí cuenta en qué consistió su tarea por años su tarea: Cada tarde se entraba con su contacto soviético al que le entregaba informes escritos de su puño y letra con que a la mañana siguiente recibía de vuelta, luego de haber sido fotografiados. Muerto en Moscú en 1988, a los 76 años, no se olvidó de dejar un consejo final para los aspirantes a espías que, bueno es decirlo, sirve para todo aquel que lleve una doble vida: ¨Nieguen todo¨.
Anthony Blunt tampoco estuvo bajo sospecha en 1951. Experto en arte, el hombre llegó a ser conservador de la pintura real y asesor de la reina de Inglaterra. Por tal razón fue nombrado Sir y Caballero Comandante de la Orden Victoriana. Husmeando en el MI5, el servicio de espionaje interior, pasó a Moscú el desciframiento de códigos alemanes utilizados durante la contienda.
Pero en 1964 finalmente lo descubrieron y reconoció que había sido un doble agente. A cambio, se convirtió en un triple agente: trabajaba para los británicos enviando información a los soviéticos y luego retornaba informes de los rusos para volcarlos ante los británicos. Para volverse loco, pero eso le permitió quedar en el ostracismo, al menos por un tiempo. Una buena negociación también para los servicios, ya que se evitaban una nueva vergüenza ante la CIA.
Cairncross pudo ocultar su pertenencia al grupo mucho mas tiempo y de hecho siempre lo negó, ahcneodo caso del consejo de Philby. Hasta que un desertor de la KGB reveló su nombre como doble agente. Pero desde ese fatídico 1951 estuvo bajo la lupa y sometido a interrogatorios en forma regular. Eso lo convenció de que era mejor tomar distancia y se fue a vivir a Paris, donde murió en 1995.
Hasta aquí había cuatro espías descubiertos del quinteto de Cambrdige, aunque públicamente solo se había comunicado sobre tres. La que rompió el pacto de silencio vergonzante fue la primer ministro Margaret Thatcher, quien en una comparencia ante al Parlamento, en 1979, contó quién era el cuarto hombre. Anthony Blunt tuvo que salir a la palestra y la reina le quitó todos los títulos. Murió en 1983. El nombre de Cairncross recién salió al la luz en 1990 gracias a un desertor soviético en los años de la caída de la URSS.
Hubo otro doble agente que nunca fue relacionado con el caso hasta que un ex director adjunto del MI5, Peter Wright, harto de que las autoridades desoyeran sus informes sobre lo que implicó para los servicios británicos aquella fuga de información, decidió escapar a Australia y publicar «Cazador de espías», un libro prohibido por la Thatcher.
Un dato curioso, el libro salió de la imprenta en 1987. Y Wright, junto con Paul Greengrass., luego director de cine y creador de las dos primeras de la serie de Jason Bourne y la magnífica Bloody Sunday, explican cómo descubrieron al quinto hombre. Allí cuentan que era nada menos que el jefe del MI5, Sir Roger Hollis.
Tres años más tarde, Hollis hubiera sido considerado el sexto hombre, pero él había ido al Clifton College, de Bristol, y no a Cambridge.
Tiempo Argentino, 16 de Marzo de 2018
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