por Alberto López Girondo | Abr 18, 2018 | Sin categoría
El viernes que viene, cuando los mandatarios de las dos Coreas se vean las caras por primera vez, le pondrán punto final a una guerra que comenzó en 1950 y por la que en los campos de batalla dejó de combatirse en 1953 pero que hasta ahora, por increíble que parezca, sigue vigente. La revelación del diario Munhwa Ilbo, citando a un funcionario surcoreano no identificado, le pone un marco al encuentro que mantendrán el primer ministro norcoreano Kim Jong-un y el presidente surcoreano Moon Jae-in y adelanta la reunión que a fines de mayo, se supone, tendrán Jong Un con el presidente estadounidense Donald Trump. Mientras que muchos entienden la escalada bélica en Siria como el prolegómeno de una nueva Guerra Fría, un acuerdo de paz entre los dos países en que quedó dividida la península asiática sería el cierre de la que precisamente comenzó allí a diseñarse a poco de haberse producido la revolución china.
Es que el triunfo definitivo de las milicias lideradas por Mao Zedong en la guerra civil, el 1 de octubre de 1949, provocó un cataclismo en el tablero político de la región que habían establecido en Yalta algunos años antes el británico Winston Churchill, el estadounidense Franklin Roosevelt y el soviético Josif Stalin.
Esos acuerdos para el reparto del mundo al finalizar la Segunda Guerra Mundial incluían la partición de la península coreana en dos naciones, una al norte del paralelo 38 bajo la influencia soviética y otra al sur, con preeminencia de las potencias occidentales emergentes de aquella contienda.
Pero un gobierno comunista en Beijing cambiaba todo. Corea fue reconocida como país independiente por la ONU en 1947 y al año siguiente se plasmó la división entre el norte comunista y el sur capitalista.
Fue en ese contexto que tropas del norte acudieron en auxilio de militantes gremiales y políticos perseguidos por el gobierno anticomunista y pro-estadounidense de Syngman Rhee. Hubo un acelerado avance de las tropas comunistas pero luego un tambièn veloz repliegue ante efectivos del sur que recibieron el apoyo de fuerzas al mando del mítico general Douglas MacArthur, el mismo que había logrado al rendición de Japón y había instaurado la nueva constitución japonesa, aun vigente.
De pronto entró en escena el nuevo jugador, la China de Mao. MacArthur propuso el gobierno de Harry Truman arrojar bombas atómicas sobre territorio chino. El alocado general fue destituido y enviado a casa. No era la primera vez que MacArthur se convertía en parte del problema y no de la solución para Washington. Fue la última.
Hay un diálogo espeluznante entre un representante del gobierno de Truman y Mao que reproduce Henry Kissinger en su libro más que recomendable (hay que decirlo) del instigador de las dictaduras genocidas en América Latina sobre China. Ese profuso y bien documentado material fue la base sobre la que convenció a Richard Nixon de reunirse con el líder chino para restablecer relaciones diplomáticas y regresar al milenario país al concierto de las Naciones Unidas, en 1972.
El negociador norteamericano le dice a Mao, según Kissinger, que tienen bombas atómicas, como se pudo comprobar en Nagasaki e Hiroshima, capaces de arrasar con China en pocos minutos.
El jefe de Estado comunista, sin inmutarse y quizás con un tono de rosna, comentó: «Pueden matar a 100 millones, 200 millones de personas, tenemos 400 millones más».
Como parte de aquel conflicto en Corea, las naciones occidentales forzaron a la ONU a apoyar una intervención total en para volver a las fronteras del paralelo 38 que habían acordado con Stalin. En ese incipiente organismo internacional las tensiones y las trampas ya habían dado comienzo y a la reunión del Consejo de Seguridad (del que formaba parte la URSS y Taiwán como gobierno reconocido de toda China) no fueron representantes soviéticos, porque no las habían avisado. De modo que se aprobó la intervención militar sin el veto del único que lo hubiese hecho.
Al cabo de una feroz contienda de tres años y un mes, quedaron el los campos de batalla casi cuatro millones de muertos. Fue técnicamente un empate, ya que luego de las embestidas y retrocesos iniciales de cada uno de los bandos, se produjo un estancamiento que a menos que la guerra se extendiera -algo que ninguno quería- no hubiese producido resultados.
El 27 de julio de 1953 se firmó el Armisticio en Panmunjong entre el gobierno del abuelo del actual mandatario norcoreano, Kim Il-sung, y representantes del presidente Dwight D. Eisenhower. Un simple tratado de no agresión que dejó afuera a Surcorea. Para Seul y Pyongyang, la guerra en realidad continúa.
A partir de entonces, las dos naciones crecieron de un modo dispar. El sur, convertido en una potencia industrial de primera magnitud, el norte en una potencia nuclear de riesgo para sus enemigos. Al mismo tiempo fueron registrándose acercamientos y diferencias entre Washington y Pyongyang.
Los pocos avances diplomáticos fueron seguidos por fuertes controversias y amenazas de desatar una apocalipsis nuclear que anotó a cada uno de la dinastía Kim como el «loco de turno» para Washington. La posición más clara sobre esta cuestión fue seguramente la de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, quien trató por todos los medios de bloquear cualquier posible unidad de Corea. «Un país con el desarrollo industrial del Sur y armamento nuclear del Norte sería peligroso», era su lema.
Donald Trump siguió esa línea, quizás porque montarse en el perfil de un personaje tildado de loco por los medios occidentales lo podría hacer parecer cuerdo, por comparación. Pero sorpresivamente anunció que iba a aceptar una entrevista con Kim Jong-un que se llevaría a cabo a fines de mayo. Kim también abrió el juego a una cumbre con el jefe de Estado sureño, Moon Jae-in.
Seul enfrenta una crisis política de importancia. Moon asumió su cargo en mayo del año pasado. Ganó las elecciones adelantadas de ese año por la destitución de Park Geun-hye, envuelta en un escándalo de corrupción y detenida. En ese affaire aparece involucrado el presidente y heredero del gigante electrónicoSamsung, Lee Jae-yong, condenado a cinco años de prisión.
Kim Jong-un, en tanto, fue acusado por organismos extranjeros de ser autor intelectual del envenenamiento de su hermanastro Kim Jong-nam en Malasia, en febrero de 2017. También lo acusan de haber ejecutado a su tío, Jong Song-thaek, y a otros 15 oficiales de las Fuerzas Armadas desde que llegó al poder por la muerte de su padre, en diciembre de 2011, cuando tenía 28 años.
Tiempo Argentino, 18 de Abril de 2018
por Alberto López Girondo | Abr 17, 2018 | Sin categoría
Cuba está a horas de ponerle fin a toda una era, la de la generación que tomó el poder el 1 de enero de 1959. Este miércoles, la Asamblea Nacional elegirá al nuevo presidente de la República, el que sustituirá a Raúl Castro y será un representante de las nuevas camadas formadas en el período revolucionario.
La fecha para la elección sorpresivamente se adelantó un día y se mantiene la incógnita sobre quién será el nuevo mandatario cubano. Estos días los cubanos celebraron el 57º aniversario de la proclamación del carácter socialista de la Revolución Cubana, y precisamente este jueves se recuerda la invasión a Playa Girón. Fueron dos acontecimientos no casuales que templaron el proceso iniciado con el asalto al Cuartel Moncada, en julio de 1953.
La Asamblea Nacional estaba convocada para sesionar en febrero, luego de la apertura del período electoral, en noviembre de 2017. Pero los destrozos causados por el Huracán Irma obligaron a poner todos los recursos en la reconstrucción antes que en la elección.
Fuentes diplomáticas sostienen que el nuevo cambio de fecha implica extender las sesiones un día más para llegar al 19 ya con un presidente, un consejo de Estado y todos los nuevos funcionarios nombrados. De este modo, se puede dedicar ese día para iniciar esta nueva etapa con las bendiciones de aquella gesta histórica del 19 de abril de 1961, cuando milicianos y efectivos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias derrotaron a las tropas irregulares entrenadas y financiadas por el gobierno de Estados Unidos.
Con el juramento de los 605 diputados que resultaron electos en 11 de marzo pasado, este miércoles quedara constituida la IX Legislatura. Una vez cumplida esta ceremonia, los presentes elegirán al titular del parlamento y del Consejo de Estado.Esta institución está conformada por el primer mandatario (el cargo es Presidente del Consejo de Estado) , el primer vicepresidente, cinco vicepresidentes, un secretario y 23 integrantes del gabinete.
Como se dijo, el proceso se inició en noviembre de 2017, cuando fueron electos 11.415 delegados en 12.515 circunscripciones municipales. Esos delegados fueron los encargados de aprobar en cada Asamblea Municipal del Poder Popular las candidaturas a delegados provinciales y diputados.
En las elecciones generales de marzo depositaron su voto más de siete millones de cubanos, alrededor del 85% de los ciudadanos, según la Comisión Electoral Nacional (CNE).
La presidenta de ese organismo, Alina Balseiro, indicó que la nueva Asamblea Nacional está integrada por un 47,44% de dirigentes de base; el 53,22% de sus miembros son mujeres y el 13,22% tienen menos de 35 años.
Esta vez, se producirá una separación de cargos entre el partido y el gobierno. Castro ya había anunciado que este era su último mandato cuando asumió su segundo turno, en 2013. Pero se mantendrá como Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba hasta 2021.
La pregunta del millón es quién será el nuevo Presidente del Consejo de Estado en lugar de Raúl, el hermano del líder histórico de la revolución, Fidel Castro, quien murió el 26 de noviembre de 2016.
El nombre que todos los analistas occidentales tienen en mente es el del actual primer vicepresidente, Miguel Díaz Canel, quien dada la avanzada edad del presidente (86 años) está al frente de los temas cotidianos en la conducción del país desde 2012. Este ingeniero electrónico de 58 años es un cuadro político de relevancia que ya ocupó cargos en el área de Educación.
Pero la elección es secreta y obedece a inclinaciones que no pueden ser tan fácilmente evaluables, destacan los expertos. En ese sentido, es bueno aclarar que no hay encuestas, como en el resto del mundo, que adelanten o yerren en el pronóstico, de modo que podría haber sorpresas, agregan.
Así es que la figura de Mercedes López Acea tomó fuerza en las últimas semanas. También ingeniera, que en su caso forestal, tiene 54 años, es vicepresidenta y para algunos poner una mujer el frente del país no sería una opción a desechar en esta etapa.
Los otros dos nombre que están en el candelero son nacidos apenas antes de la revolución, aunque todos fueron formados desde que Fidel, Raúl, el Che Guevara y el ejército rebelde lograron terminar con la dictadura de Fulgencio Batista.
El canciller Bruno Rodríguez Parrilla tiene 60 años y está en su cargo desde 2009, cuando fe designado por Raúl Castro. Especialista en derecho internacional, es un hombre calmo pero firme en la defensa de los intereses cubanos en el exterior. Es hijo de un dirigente de la primera camada revolucionaria y nació en México.
Otro nacido antes del 59 es Lázaro Espósito Canto, de 63 años. Primer secretario del PC de Santiago de Cuba, protagonizó fuertes cambios en su región a tono con las directivas del gobierno nacional y tiene mucho prestigio en el interior del país. Un haber que también cuenta en un congreso tan amplio y representativo como ese.
Entre los desafíos que deberá enfrentar el futuro mandatario figura profundizar las reformas económica iniciadas por Raúl desde que sustituyó a Fidel, en 2006. Pero además, se encuentra con un clima adverso con Estados Unidos, que a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca tiró por la borda con el acercamiento que Barack Obama había comenzado en diciembre de 2014 en una histórica conversación telefónica que buscaba poner fin a más de medio siglo de ruptura de relaciones.
El polémico empresario estadounidense reforzó medidas contra el gobierno, entre ellas el bloqueo económico, que tantas dificultades causa en la isla ubicada a apenas 90 millas de territorio norteamericano. Y extendió un bloqueo a Venezuela, uno de los amigos más leales de Cuba desde la llegada de Hugo Chávez a Miraflores, en 1999.
Tiempo Argentino, 17 de abril de 2018
por Alberto López Girondo | Abr 14, 2018 | Sin categoría
El 17 de diciembre de 1998 el entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton ordenó bombardear Irak, gobernada por Saddam Hussein, para destruir «blancos militares donde se fabrican armas químicas y nucleares». Por esos días el Senado estadounidense votaba un juicio político por el escándalo sexual con la pasante Monica Lewsinsky. El ataque le sirvió para seguir en el poder.
Ahora, Donald Trump enfrenta una seguidilla de escándalos, primero con una actriz porno y ahora con el ama de llaves del Trump World Tower con la que habría tenido un hijo extramatrimonial. Seguramente este ataque en Siria también le servirá.
Pero no sólo apetitos sexuales llevan a esa región del mundo. Siguen sin aparecer las armas de destrucción masiva que «buscaba» George W. Bush en marzo de 2003, cuando inició la invasión de Irak. Pero el domingo pasado se cumplieron 15 años del bombardeo de un carro de asalto de EE UU al Hotel Palestine, de Bagdad, donde se alojaban periodistas de varios países. Murieron dos cameraman, el ucraniano Taras Protsyuk y el español José Couso. No hubo más coberturas filmadas en el campo de batalla.
La primera ministra británica Theresa May era la más interesada en atacar a Siria y se entiende. El Brexit deja al país fuera de la Unión Europea y sin un proyecto de futuro. Recostarse en Estados Unidos para reconstruir un imperio angloamericano no le suena tan mal al establishment británico. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, el otro aliado de esta movida, hace lo que siempre hacen los conservadores franceses. No quieren quedar lejos de un posible reparto. Lo mismo había hecho Nicolas Sarkozy en Libia en marzo de 2011.
Tiempo Argentino, 14 de Abril de 2018
por Alberto López Girondo | Abr 14, 2018 | Sin categoría
En Curitiba no lo quieren a Lula. O más bien, incomodan los cientos de Lula que están acampando en cercanías de la sede policial donde el expresidente quedó alojado el 7 de abril para cumplir la condena de 12 años y un mes de prisión. La prefectura, lo que en Argentina se conoce como municipio, pidió a la Justicia Federal que trasladen al exdirigente metalúrgico a otro lugar, que no indicaron, porque alegan que están sobrepasados por todo lo que genera la presencia del exmandatario.
Desde que Luiz Inácio da Silva se entregó a las autoridades, no sólo se levantó un campamento, que recibe el nombre de Lula Libre, en un cruce del barrio Santa Candida, a unos 200 metros del cuartel de la Policía Federal donde el juez Sergio Moro ordenó acondicionar una celda especial para alojarlo.
«En este país todo funciona a presión y por eso estamos acá», dijo a la prensa Roberto Baggio, coordinador del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) del estado de Paraná.
El desfile de militantes, activistas y dirigentes es desde entonces incesante, aunque Moro no dio luz verde para que todos los que van a Curitiba puedan visitar al insigne preso. Así, negó el ingreso a nueve gobernadores que lo fueron a visitar y sólo pudo ver a su familia el jueves.
El caso rompe con la monotonía de una ciudad no acostumbrada a esos avatares, lo que llevó a las autoridades comunales a sumarse a un reclamo del Sindicato de Comisarios de la Policía Federal de Paraná. En un comunicado, los agentes se excusaban de que con Lula allí adentro no pueden atender al público «con la seguridad y agilidad necesarias». El edificio está acordonado con policías que impiden el ingreso y además, dejan de cumplir otras funciones burocráticas. Ellos, sin embargo, sí sugieren dónde llevarlo: a un recinto especial de las Fuerzas Armadas.
Con todo el proceso judicial y la posterior detención de Lula salieron a la luz las graves diferencias que atraviesa la sociedad, la «grieta brasileña». Algo de eso se vio en el audio de los efectivos que llevaron a Lula desde San Pablo a Curitiba el sábado pasado donde se escucha que alguien le dice al piloto del helicóptero «tira esa basura por la ventana» y «no lo traigas nunca más». La pregunta ahí no es tanto quién dijo qué, ya que podría haber pasado por una broma interna, sino quién lo difundió y con qué objetivo.
Ese clima de rencor fue analizado por el portal Brasil de Fato <www.brasildefato.com.br> en un artículo donde la psicoanalista Maria Rita Kehl señala que si bien el odio es un sentimiento común al género humano, lo que se ve en este Brasil «engrietado» es que «no existe confianza en las instituciones democráticas como para que haya un destino político para ese odio». El riesgo, teme, es terminar como la Alemania de los ’30, donde «una parte de la clase media-baja que sufría con la hiperinflación encontró un salvador de la patria autoritario que resolvería el problema».
Hoy ese salvador se percibe en Jair Bolsonaro, el exmilitar que homenajea al golpe de 1964 y celebra al torturador que se ensañó con Dilma Rousseff. En estos días se conoció una nueva encuesta de Data Folha, la consultora ligada al diario paulista, en la que hay dos opciones. En una Lula encabeza las voluntades con un 34% de los votos y Bolsonaro está segundo con el 16%. Pero cuando entre los aspirantes no figura el expresidente, Bolsonaro trepa al 18%, seguido por la exministro de Medio Ambiente de Lula, Marina Silva.
La lucha en el Parlamento, mientras tanto, va por otros carriles. Los legisladores de izquierda pidieron que se agregue el nombre de Lula al suyo propio. Así, la presidenta del Partido de los Trabajadores (PT), Gleisi Hoffman, pretende que la llamen «Gleisi Lula Hoffman». Otros congresistas pidieron lo mismo bajo la consigna del detenido creador del PT, quien instó ante la multitud reunida frente al Sindicato Metalúrgico de San Bernardo do Campo que «todos ustedes deberán ser Lula».
Desde ese oficialismo tenue que respalda a Michel Temer, el que blandió la espada fue José Medeiros, quien dijo que «si hay que dividirse en dos lados, entre el preso y el juez, yo prefiero estar del lado del juez». Se le sumó el diputado Sóstenes Cavalcante, que quiere incluir a Moro como su segundo nombre.
La batalla en ese terreno incluirá, según se supo, que el PT y los otros partidos afines de la izquierda como el comunista de Brasil (PSdoB), el Socialismo y Libertad (PSOL) y el Democrático Laborista (PDL) bloqueen todas las iniciativas que lleguen a las cámaras hasta que Lula recupere su libertad.
La derecha, al decir de esa coalición «lulista», abrió un proceso de criminalización que resulta inadmisible en democracia. Señalan que sufrieron denuncias insólitas de la bancada del Partido de la República y de Consejo de Ética del recinto por «atentado al decoro parlamentario». Ivan Valente (PSOL) y Erika Kokay (PT), por ejemplo, fueron acusados de injuria y difamación contra el presidente Temer en discursos sobre tablas.
«Hay una lógica fascista de eliminar al otro porque discrepa en la forma de ver el mundo o políticamente que crece de forma mucho más nítida y desenvuelta ahora porque estamos en una ruptura democrática», señaló Kokay.
Jean Wyllys (PSOL), en cambio, fue acusado de apología de los narcóticos y de perversión porque en un reportaje dijo, irónicamente, que si el mundo se estuviera terminando, aprovecharía para consumir todas las drogas ilícitas y tendría sexo con quien le diese en gana.
Desde el punto de vista leguleyo, en tanto, los abogados de Lula presentaron un nuevo recurso ante el Supremo Tribunal Federal para la inmediata libertad del expresidente. El argumento es que Moro no podía decretar la prisión de Lula antes de que se agotaran todos los recursos ante el Tribunal Regional de Paraná.
La titular de la Corte, Carmen Lucia Antunes, cuyo voto fue decisivo para denegar el hábeas corpus del líder del PT la semana pasada, y a la que se le atribuyen veleidades políticas, tendrá ocasión de ejercer el cargo de presidenta por unos días. Es que con el viaje de Temer para la alicaída cumbre de Lima, es la sucesora constitucional tras el desbarajuste en que están las instituciones luego del golpe parlamentario del 31 de agosto de 2016. Difícilmente cambie su voto contrario a Lula.
Tiempo Argentino, 14 de Abril de 2018
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