Mañana Donald Trump inaugura el período más perturbador en la historia de Estados Unidos. No es que en sus 249 años de vida independiente nunca hubiera habido momentos inquietantes. Pero no hay registro de que la llegada de un nuevo presidente conmoviera los cimientos del mundo como esta vez a días de su jura.
Se podrían enumerar todas y cada una de las movidas dentro de la Unión Europea, la OTAN y Medio Oriente ante la promesa de sacar a EEUU del atolladero de Ucrania y de Gaza. Movidas algunas de una falta de elegancia que también es símbolo de época. Anular la elección en Rumania porque ganaba el que no conviene y dejar en el poder a un señor con Mandato Cumplido, al igual que en Kiev, no luce bien si se menea eso de la democracia liberal.
Además, será el primer presidente que tuvo dos juicios políticos en su paso por el cargo y el primero que asume procesado y condenado por varios delitos… Pero el que deja el poder indultó a un hijo en otra retahíla de imputaciones, entre las cuales no figuraban -aunque debería- sus negociados con empresas ucranianas desde 2014, cuando se abrió esta nueva temporada de guerras en el este de Europa fogoneada por EE UU.
Trump, por otro lado, tiene esa sinceridad brutal de no ponerse en paladín de la democracia, como sus antecesores. Su principal argumento para promover una invasión a Venezuela era que “nos hubiéramos quedado con todo ese petróleo”. Ahora, quiere comprar Groenlandia porque además de sus riquezas, “es importante para la seguridad nacional”. Dentro de esa necesidad estratégica incluye anexar Canadá y re-tomar el Canal de Panamá. Hacer Grande a EE UU Otra Vez (MAGA, en inglés) era esto. Un expansionismo que forma parte del ADN norteamericano, que ahora sueña con la Conquista del Ártico.
“Ser enemigo de EE UU es peligroso, pero ser amigo es fatal”, dijo alguna vez Henry Kissinger. Estas nuevas amenazas afectan a países que coquetearon con Washington y ahora son la frutilla del postre en el nuevo tablero de ajedrez que plantea la futura administración. Que consiste en un Plan Monroe recargado con Marco Rubio en la Secretaría de Estado (atención a los gobiernos que se creen bendecidos por Trump) y el retiro de fondos para la OTAN y Ucrania. Ya el nuevo secretario general del organismo del Atlántico Norte, el neerlandés Mark Rutte, avisó que los europeos deben recortar los sistemas sociales para financiar equipamiento militar. O sea: el gasto lo pagarán los educandos, los enfermos y los jubilados, dijo.
Más allá de Trump, o precisamente por él, se percibe la decadencia del imperio estadounidense. Con las bravatas sobre Groenlandia, Canadá y Panamá, el electo “corre la marca” de los medios sobre la caída de Ucrania. EE UU azuzó ese conflicto desde los primeros días de Joe Biden para enmascarar la vergonzosa retirada de Kabul, tan parecida a la de Saigón, de la que en abril se cumplirán 50 años. Es cierto el enfrentamiento de Trump con el “estado profundo”. Pero con ese aire de cowboy procura ocultar una nueva derrota del gendarme de Occidente.
Últimas trapisondas en Washington: Biden retira a Cuba de la lista de países que patrocinan el terrorismo, cosa que había hecho Barack Obama en 2015 y Trump tiró al retrete en 2021. Otra es el acuerdo para el cese el fuego entre Hamás y el gobierno de Israel. La administración saliente y la entrante se atribuyen el mérito de un arreglo que ahora hace falta implementar.
Pero hay otro acto en el sainete desde este 20 de enero. Trump se asienta en Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos. Estos magnates para los medios occidentales -nosotros preferiríamos llamarlos “oligarcas globales”- son los adalides de esta etapa del capitalismo, la del “tecnofeudalismo”. Musk manejará la motosierra en el Estado federal hasta el 4 de Julio de 2026, 250º aniversario de la independencia. Trump ya le marcó la cancha: “A mí me eligieron los votantes”. Su mentor, Steve Bannon, dijo al Corriere della Sera, de Italia: “Él es una persona verdaderamente malvada. Frenarlo se ha convertido en un asunto personal para mí. Al principio, como él había aportado tanto dinero, estaba dispuesto a tolerarlo. No más».
Diría Eric Hobsbawm, “se vienen tiempos interesantes”.
Que Volodimir Zelenski se queje por el lanzamiento de un misil ruso sobre una fábrica de armamento en Dnepropetrvosk parece un sketch de una de las comedias que solía protagonizar hasta que se metió en la carrera política, en 2018. Porque durante la semana, había aprovechado rápidamente el permiso de Joe Biden para utilizar seis misiles de largo alcance ATACMS de fabricación estadounidense y dos Storm Shadow británicos sobre territorio ruso, sin mayores daños materiales ni víctimas. Lo esperable era una respuesta por lo menos igual de Vladimir Putin. Pero tanto en Ucrania como en la OTAN y la agonizante administración demócrata captaron el mensaje del Kremlin. Se trató de un misil hipersónico Oreshnik que podría llegar a Berlín en 14 minutos, a Bruselas en 14 y a Londres en 19. Viaja a una velocidad de Mach 10 y por el momento occidente no tiene como detectar ni frenar. Por si fuera poco, porta seis ojivas independientes, cada una de las cuales tiene otras seis, 36 en 1. Cada una de ella podría tener una cabeza nuclear, algo que esta vez no ocurrió.
La mojada de oreja de Biden desde Manaos, en el Amazonas –camino de la cumbre de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Lima a la del G20 en Río de Janeiro– cuando dio el OK al reclamo del presidente de Ucrania, corre el arco hacia una confrontación incluso nuclear. De allí el otro mensaje de Putin al firmar este lunes la modificación de la Doctrina Nuclear rusa, que considera usar armamento atómico ante un ataque de un país que, aunque no tenga ese tipo de artefactos, esté apoyado por naciones que sí los tengan y provean los implementos. Lo que causó el rechazo de los países de la UE y la OTAN.
No se anduvo con vueltas el mandatario ruso: señaló que los misiles en manos de Kiev son operados por personal de EE UU y del Reino Unido, con lo cual la guerra ya no solo es con Ucrania. Puntualizó también que el Oreshnik (Avellana, en castellano) es un misil experimental y como probó su efectividad en el teatro de operaciones, ordenó fabricarlo en serie. El complejo militar-industrial ruso está demostrando, desde su intervención en Siria desde 2015, ser superior al estadounidense, que contaba con picar en punta en Ucrania desde más o menos la misma fecha y embolsó dinero a carradas gracias al actual jefe del Pentágono, Lloyd Austin III, ex directivo de una de ellas, Raytheon.
En Europa entendieron de qué viene ahora la cosa y se están preparando para lo peor. Esta semana se conocieron detalles de los manuales de supervivencia que Suecia y Finlandia, los últimos socios de la alianza atlántica, le entregan a sus poblaciones, y los nuevos protocolos para las fuerzas armadas alemanas. Desde el otro lado, el Ministerio de Emergencias ruso mostró los refugios portátiles KUB-M, con capacidad para 54 personas y protección contra la radiación nuclear. Es también una forma de guerra psicológica para todos, pero de paso…
Sin embargo, la OTAN particularmente registró que de EE UU no pueden esperar nada si no arreglan con Donald Trump, que asumirá la presidencia en 57 días. El futuro inquilino de la Casa Blanca no habló esta vez, aunque prometió en campaña terminar con la guerra y su colaborador estrella, Elon Musk, venía insistiendo en la necesidad de reconocer la soberanía rusa en los territorios de Crimea y Donbass. En su primer período de gobierno, Trump había amenazado con retirarse de la OTAN si los europeos no ponían más fondos para su defensa. Cosa que hicieron con creces desde 2021.Donald Trump Jr., el primogénito del empresario inmobiliario, calificó a la movida de Biden como una maniobra de la industria bélica para dejarle una guerra a su padre.
El caso es que el neerlandés Mark Rutte, flamante secretario General de la OTAN, viajó de apuro a Palm Beach, Florida, para entrevistarse con el electo 47° presidente de EE UU y con el designado asesor de Seguridad Nacional, Mike Waltz en el marco de conversaciones secretas que Trump estaría manteniendo con Zelenski y Putin vía Zoom. Walz, coronel de la reserva galardonado con cuatro Estrellas de Bronce por su participación en Afganistán, África y Medio Oriente, fue lapidario con la autorización a Zelenski: «Es otro paso en una escalada que nadie sabe adónde conduce». Varios analistas advierten sobre la posibilidad de algún ataque de falsa bandera que empioje las cosas y justifique una nueva vuelta de tuerca que desate una respuesta brutal de Rusia.
El que percibe el tiempo que le toca vivir es el canciller alemán, Olaf Scholz. Golpeado por la renuncia de su ministro de Finanzas, Christian Lindner, y sin soportes para continuar en el gobierno, llamó a elecciones adelantadas para el 23 de febrero. La caída de la actividad económica por la guerra en Ucrania y el incremento del costo de la energía a raíz de las sanciones -que siguió al pie de la letra- pusieron a la ex locomotora de Europa contra las cuerdas. La semana pasada, Sholz habló por teléfono una hora con Putin sin que se difundiera el contenido de la charla. Este lunes anunciará que se postula nuevamente para el cargo por el partido Social Demócrata (SPD en alemán). En su plataforma prometió evitar que la OTAN entre en un conflicto directo con Rusia.
Que Diana Mondino tenía las horas contadas en el ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto era vox populi desde hace semanas. Es que en estos diez meses en el cargo ya había demostrado que el traje le quedaba demasiado grande. Quedarán para su CV los desaguisados con la posición argentina en el tema Malvinas, y la frase que definía que «todos los chinos son iguales». Aunque es cierto que tuvo que hamacarse para rehacer vínculos tras los improperios de su presidente con los mandatarios de España, Colombia, México, Brasil y, sobre todo, de China. Pero de alguna manera, mientras iba aprendiendo que las relaciones internacionales tienen sus ritos, se iba colmando el fichero en la interna del oficialismo para esta economista cordobesa de tono despectivo y aires de suficiencia. De tal manera que su ignominiosa expulsión tuvo un giro de comedia difícil de explicar, si es que valiera la pena hacerlo.
En definitiva, Mondino se tuvo que ir luego de que el país hubiera votado de acuerdo con la tradición diplomática de la democracia argentina y a los mejores intereses nacionales: en contra del bloqueo a Cuba en la Asamblea de las Naciones Unidas, junto a otros 187 países de la tierra, sin acompañar a los dos aliados a los que Milei espera soldarse de manera incondicional, Estados Unidos e Israel. Para decirlo de una manera más clara, Argentina tenía dos opciones, sumarse a la abrumadora mayoría o aislarse del mundo. Javier Milei ya había lanzado una amenaza para que quienes en la Cancillería no estuvieran de acuerdo con su agenda ultraderechista se fueran de La Casa. La excusa del voto por Cuba le habilitó ahora una caza de brujas que haría sonrojar al exsenador estadounidense Joseph McCarthy y le dio vía libre al presidente para exagerar un alineamiento geopolítico fuera de tiempo. A favor de Cuba votaron todos los países de la OTAN, por señalar algo, y Ucrania estuvo ausente a la hora de apretar la botonera.
Destrucción masiva Cuando se hurga sobre estos últimos gestos presidenciales, este hecho debería interpretarse como una maniobra orquestada para poner en marcha una nueva etapa de la destrucción del Estado de la que se ufana Milei, orgulloso de ser «un topo que se infiltró en las filas enemigas».
Y verdaderamente esa sensación de que todo lo argentino le resulta ajeno se manifiesta en cada paso que fue dando desde la Casa Rosada. En esto, habrá que decir, Mondino acompañó puntillosamente. Como en la «agenda Malvinas», un tema que se hunde dramáticamente en la historia argentina y que condicionó de modo definitivo el fin de la dictadura cívico-militar. Esto incluye la denominación de «Falklands/Malvinas» al archipiélago en un documento oficial, un dislate respondido con una calculada furia tanto de la ahora excanciller como del ministro de Defensa, Luis Petri, quienes culparon genéricamente a «un izquierdista» dentro de la burocracia estatal contra el que juraron los peores castigos, pero que a ocho días del hecho no fue hallado.
Los gestos rayanos con la sumisión ante la jefa del Comando Sur de Estados Unidos, Laura Richardson, la renuncia a integrar el grupo Brics, la promesa de llevar a Jerusalén la embajada argentina en Israel, el discurso del primer mandatario en la apertura de la Asamblea General de la ONU, fueron otros mensajes de cuál es la «agenda presidencial».
Lo que la gestión de La Libertad Avanza pretende es, desde ese espacio reducido dentro del espectro político nacional, diseñar políticas que consoliden un posicionamiento internacional del que cueste alejarse, aun con otro Gobierno. El primer paso fue «marcarle la cancha» a Mondino con una abogada especializada en temas de Familia, Úrsula Basset; un secretario de Culto y Civilización, Nahuel Sotelo; y el embajador en Estados Unidos, Gerardo Wherthein, una de las fortunas más grandes del país y ahora su reemplazante en el puesto.
Otros tiempos. El nuevo canciller, Gerardo Wherthein, con Milei y Mondino en diciembre del año pasado.
Foto: NA
Ideologías adecuadas Lo que ocurrió con ese pase de comedia fue ampliamente desmenuzado en los medios de comunicación amigos y no tanto del Gobierno. Desde la hipótesis de una presunta «cama» a Modino para sacarla del medio, hasta alguna rebelión tras bambalinas luego de las primeras amenazas de «limpieza ideológica» en esa dependencia. El que apretó la botonera, el representante argentino, Ricardo Lagorio, ya había sido reemplazado pero conservaba su titularidad hasta este 1º de noviembre. La ONU tiene sus reglas que no puede cambiar el capricho de un país de segundo orden como el que encabeza ahora Milei.
Mientras tanto, el Gobierno dobló la apuesta y anunció una auditoría para revisar la ideología de cada miembro de la diplomacia vernácula, una suerte de Tribunal del Santo Oficio que preocupa al interior de ese organismo pero debería interpelar mucho más a la dirigencia política, que pareció anestesiada ante estos anuncios.
Mucho más alarmante es que todas estas operaciones se hacen a la vista del público y hasta reciben el apoyo de comunicadores sociales, sin fisuras. El caso de Luis Majul se entiende, porque es accionista de El Observador, propiedad de Werthein y Gabriel Hochbaum; el de otros no.
Daniel Parisini, conocido como tuitero con el apelativo Gordo Dan, señalado como el jefe de una banda de trols que apoyan al Gobierno, dice más claramente que nadie de qué viene la cosa. En este caso, desde su canal de streaming Carajo, este gran inquisidor paleolibertario dijo sobre el affaire Mondino. «Hay gente que no se ha terminado de barrer», para agregar «hay que poner a los propios». Entre los propios están amigos, parientes, que «vos sabes que están con la ideología adecuada».
Cuando gobernas tenes que poner a los tuyos en el estado o te pasan por arriba.
El Gobierno, mientras tanto, continuó con su programa de desguace nacional. Y como en la era Menem, Aerolíneas Argentinas es un símbolo. Ahora, muchos de los mismos que aceptaron sacar la privatización de AA de la Ley Bases, aprobaron «convencidos» un dictamen para ponerla en venta parcial o total. Desde el 1º de noviembre, por lo pronto, se le facilitó a las low cost puestos en el Aeroparque hasta ahora exclusivos de la línea de bandera. Eso y la suspensión de la impresión de billetes en la Casa de la Moneda son otras señales de la agenda de desguace en vigencia.
Viola Amherd, presidenta de Suiza, y Volodmir Zelenski dieron por inaugurada la Cumbre de la Paz en el paradisíaco centro turístico de Burgenstock, que cuenta con la presencia de representantes de «todas las partes del mundo, todos los continentes, diferentes naciones, tanto grandes como pequeñas geográficamente, y todos los polos políticos de nuestro mundo», según dijo el mandatario ucraniano. Pero quedaron afuera de la ronda Rusia, que es la otra parte involucrada en la guerra, China y a última hora el presidente colombiano. «No es un foro libre para discutir los caminos de la paz entre Rusia y Ucrania. Sus conclusiones ya están predeterminadas», tuiteó Gustavo Petro, para agregar que «la mayor parte de América Latina y el gobierno de Colombia no estamos de acuerdo con extender la guerra. No nos inscribimos en bloques políticos para la guerra» y recordar al asesinado primer ministro sueco Olof Palme, que «en el momento más agudo de la guerra fría supo levantar la bandera de la paz mundial y de la Justicia Social». Por la región, el que se anotó en primera fila fue Javier Milei.
Un par de días antes de esta cumbre, Vladimir Putin envió una fuerte señal a los jefes de estado que se dan cita en el lujoso complejo hotelero a orillas del lago de Lucerna que alguna vez disfrutaron desde Sofía Loren y Charles Chaplin hasta monarcas y oligarcas de toda laya. Putin planteó un plan de paz en el que exige el retiro de las tropas ucranianas de los territorios incorporados a la Federación Rusa luego de los referendos de 2022, la desmilitarización del resto del territorio y el compromiso de no ingresar a la OTAN ni alojar armamento nuclear.
La propuesta generó sorpresa y levantó fuertes rechazos. El primero, claro, de Zelenski, para quien «este ultimátum no se diferencia de otros que haya dado antes» y alarmó que de no ser detenida a tiempo, esta «nueva ola de nazismo ruso» se extenderá por todas partes. El titular de la OTAN, Jens Stoltenberg, declaró no creer que la iniciativa sea pacífica y adelantó que los países de la alianza seguirán brindando ayuda a Kiev. «Rusia podría lograr sus objetivos de guerra esperando que los ucranianos cedan significativamente más territorio del que ha podido ocupar hasta ahora», abundó. En fila, siguió la presidenta del Consejo de ministros italiana, Giorgia Meloni: «la propuesta no es más que propaganda».
Entre las consideraciones del Kremlin a la hora de sentarse a una mesa de diálogo hay algunas que resultan complicadas de resolver. En primer lugar por un decreto del presidente ucraniano que prohíbe a todo negociar con Putin. En segundo lugar, porque el periodo presidencial de Zelenski venció el 20 de mayo sin haber convocado a elecciones, como establece la constitución. Para Putin, Zelenski es un «presidente (MC)».
La posición de Estados Unidos fue, obviamente, negativa. «Putin ha ocupado ilegalmente territorio soberano ucraniano. No está en posición de dictar a Ucrania lo que deben hacer para alcanzar la paz», dijo el secretario de Defensa, Lloyd Austin en una reunión de la OTAN en Bruselas. El responsable diplomático de la Unión Europea, Josep Borrell, coincidió en esta mirada argumentando que el «agresor no puede dictar los términos» de un alto el fuego. En verdad, los términos de la paz las dictan los vencedores de una guerra. Y la propuesta de Putin tiene ese sentido, de allí que ni la OTAN, ni EE UU ni la UE estén en condiciones de aceptar una derrota, al menos por el momento. Lo que si pudo hacer Bruselas es establecer, como hicieron este viernes, un «acuerdo de principio» para iniciar los trámites de adhesión de Ucrania y Moldavia a la UE.
Lo curioso es que justo este sábado el New York Times publicó completo el borrador de acuerdo de paz que en marzo de 2022 estaban discutiendo en Estambul representantes de Rusia y Ucrania y que en un viaje de urgencia a Kiev se encargó de hacer abortar el entonces primer ministro británico, Boris Johnson. Ese documento sólo pedía el reconocimiento como territorio ruso de Crimea y garantías para la población rusa del Donbas. «El viernes, Putin dijo que Rusia aceptaría un alto el fuego sólo si Ucrania entregaba cuatro regiones que el Kremlin ha declarado parte de Rusia y abandonaba sus aspiraciones de la OTAN. Se trataba esencialmente de una exigencia de capitulación, que el gobierno ucraniano denunció inmediatamente», dice el texto del NYT que firman Antón Troianovski, Adam Entous y Michael Schwirtz. «Las demandas actuales de Ucrania –una retirada de todas las fuerzas rusas del territorio ucraniano– tampoco parecen realistas dada la aparente determinación de Putin y las ventajas actuales de su ejército», concluyen.
Rusia, mientras tanto, también sorprendió en el Caribe el miércoles con la llegada a la bahía de La Habana de un convoy naval encabezado por la fragata Almirante Gorshkov, el petrolero Akademik Pashin y el remolcador de salvamento Nikolai Chiker. Lo que despertó todas las alarmas fue que también está el submarino nuclear Kazán. «Ahora tenemos buques de guerra y submarinos nucleares rusos rodeando a Cuba, a 60 millas de la costa de Florida. ¿Cómo les hace sentir eso? ¿Se sienten bien por eso? Y eso es sólo porque la debilidad de Biden nos está poniendo en grave peligro», dijo Donald Trump, en plena la campaña electoral.
Foto: G7 / Prensa
Dos modelos argentinos
Javier Milei se dio un baño de gloria en las cumbres del G7 y la de la paz ucraniana en Suiza, donde aprovechó para visitar los hoteles Borgo Egnazia, en la Apulia y el complejo Burgnestock, de Lucerna, un lujo para pocos. Pero en cada una de ellas fue muy evidente que su dogmatismo lo lleva a rispideces fuera de lugar con algunos de los líderes del mundo. En el encuentro de los países más ricos de occidente, la enemistad insólita con Lula da Silva llevó a que no tuvieran una bilateral ni siquiera como vecinos del barrio, por «el que dirán», más no sea. Y en la “foto de familia” aparece uno en cada rincón. Lula, extrañamente, con los pulgares hacia arriba, el gesto característico de Milei, a la derecha de la imagen, la izquierda de la escena. En Suiza, le expresó todo su apoyo a Volodimir Zelenski. «La paz entre las naciones libres no solo es un deber moral, sino una condición necesaria para la prosperidad», planteó el anarcocapitalista. Ahí el ejercicio de la distancia corrió por cuenta del español Pedro Sánchez. El otro argentino que se lució por estos días, Jorge Bergoglio, estuvo muy amigable con todos. Incluso con Milei, que elevó enfrentamientos de un calibre tan grueso como los otros dos. Queda por ver si Milei viajará a China para agradecerle en persona a Xi Jinping por la extensión del swap. Por esas tierras se llama paciencia estratégica. Lo del Papa sería poner la otra mejilla. Otra diferencia: Francisco pidió en el G7 que el mundo reflexione sobre los efectos de la Inteligencia Arficial, mientras que el inquilino de Olivos se babea como un chico con su primer Play Station.
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