Además de adaptar su lema en una nota periodística –«con fe y esperanza, la libertad avanza»–, Daniel Osvaldo Scioli dio nuevas señales de fe en el credo libertario cuando anunció el achicamiento de los Juegos Evita, que pasarán a denominarse Juegos Deportivos Nacionales, y en la tercera semana de julio, adhirió de manera intempestiva a la privatización de los clubes de fútbol, yendo en contra de sus posiciones de -sin ir más lejos- noviembre de 2018.
Luego de que en Boletin Oficial se formalizara el decreto que habilita las Sociedades Anónimas Deportivas, el exvicepresidente y exgobernador bonaerense visitó canales de tevé para explicar su nueva postura, que sin embargao, ya había adelantado en un largo posteo en la red X en abril pasado.
Es que hay dos características pueden definir a Scioli: la ubicuidad y la resiliencia. La primera le permite aparecer siempre en los lugares donde se corta el bacalao, como quien dice. La otra, le sirve para reinventarse, como luego del terrible accidente en el que perdió el brazo derecho al volcar su lancha de carrera en diciembre de 1989. O como hace ante cada topetazo que enfrentó en su carrera política.
¿El último? Tras haberse frustrado una nueva candidatura presidencial en 2023, pegó el salto hacia el equipo del ganador del comicio y en enero dejó la embajada en Brasil para asumir como secretario de Turismo, Ambiente y Deporte de Javier Milei. De profesar una fe estatista durante todos los períodos junto al kirchnerismo, a sostener las virtudes de una gestión que se define como anarcocapitalista.
Sin embargo, en alguna medida podría decirse también que «Pichichi», como también se lo conoce en las lides políticas –una chanza porque figura como goleador en su equipo de Villa La Ñata, Tigre– volvió a estar en el mismo lugar del que había partido. Su cercanía con el expresidente Carlos Menem lo llevó –ya recuperado y después de ganar seis campeonatos en diferentes categorías de motonáutica– a una banca de diputado nacional en 1997. En la Cámara Baja comenzó a destacarse como presidente de la Comisión de Deportes, lo cual en 2001 –tras el estallido del modelo neoliberal instaurado por el riojano– lo depositó en la Secretaría de Deportes de la Nación en el interinato del puntano Adolfo Rodríguez Saá y continuó con Eduardo Duhalde. Desde allí saltó a la vicepresidencia con Néstor Kirchner en 2003.
Carreras off shore Scioli supo aprovechar, siempre, la ventaja que le dio la cuna. Es hijo de un empresario, José Osvaldo, que había llegado a consolidar una de las cadenas de ventas de electrodomésticos más importantes del país –cuya casa central estaba en la esquina porteña de Callao y Santa Fe–, tenía participación accionaria en el Canal 9 Libertad, que dirigía uno de los zares de la televisión, Alejandro Romay, y había sido uno de los recaudadores de campaña para Raúl Alfonsín en 1983.
Cuando Daniel Osvaldo (DOS, sigla quizás premonitoria) comenzó en 1986 con el berretín de las carreras off shore, las coberturas de los certámenes en sus noticieros eran kilométricas; inexplicables para un deporte absolutamente desconocido para las mayorías en el canal de mayor audiencia popular. Por eso su accidente en el Delta causó un gran impacto en la población. Su casamiento con la modelo Karina Rabolini lo puso en el jet set en un momento en que el límite entre el espectáculo y la política era cada vez más difuso. En ese período llegó a ser ejecutivo de firmas como Electrolux y Frigidaire, mientras el canal pasaba a manos extranjeras.
Otros tiempos. 2023: El entonces embajador de Brasil reunido con Cristina Fernández en el Senado.
Foto: NA
Su carrera meteórica en las grandes ligas implicó atravesar un ríspido 2002: ese año moriría su padre y la empresa familiar fue declarada en quiebra. En agosto de 2003 tendría un fuerte choque con el santacruceño: a seis meses de estar al frente del Senado, Scioli cuestionó la política energética del flamante Gobierno y puso en dudas el apoyo al proyecto de ley de la Cámara de Diputados que anulaba las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Kirchner hizo echar a todo el equipo que había armado su vice en Deportes. Scioli entendió el mensaje y encaró por otro lado la relación con el oficialismo.
Su libro de cabecera, según confesó, es La estrategia de aproximación indirecta, publicado en 1941 por el historiador militar británico Basil Henry Liddell Hart, un texto que también influyó en Jorge Bergoglio. Inspirada en El arte de la guerra, del chino Sun Tzu, la «aproximación indirecta» busca someter a las fuerzas contrarias mediante una maniobra envolvente «sin dar nunca un combate frontal contra el centro del poder adversario».
Un apoyo permanente Hubo un hombre que a su manera completó la imagen paterna, un empresario de origen gallego nacido en la extrema pobreza y que aquí construyó un imperio hotelero y mediático, Florencio Aldrey Iglesias. La vida de este hombre nacido en La Coruña en 1932 que llegó a Buenos Aires a los 17 años también da para la historia. Comenzó a labrar su fortuna desde sus primeros trabajos como mozo –algo usual para la época entre los emigrados de Galicia– y pronto se hizo con la concesión del buffet en el actual Club Ciudad. No tardó en tener diez locales similares en los clubes más grandes de la zona, entre ellos River, Boca, Huracán, Lanús. Entrador y dicharachero, hizo amistad con todos los personajes famosos y poderosos que pululaban por esos lugares. Se hizo de la mayoría accionaria del City Hotel en 1968 y siguió creciendo hacia «La Feliz», donde llegó a hacerse del Hotel Hermitage y a cultivar amistad con las estrellas que hacen temporada en esas playas.
En el City, Aldrey Iglesias tendría un golpe de suerte. Tenía como huésped a Félix Laiño, el mítico jefe de redacción del vespertino La Razón, el de mayor tiraje en un momento en que también se compraban diarios después del almuerzo. Laiño era un viejo zorro del periodismo, gran hacedor de periodistas, pero también estaba vinculado con los sectores más conservadores y de las Fuerzas Armadas que se sirvieron de las tapas del periódico para apoyar todos los golpes de Estado desde 1955 en adelante. Laiño convenció a Aldrey Iglesias de comprar por poco dinero un medio marplatense que estaba en bancarrota, La Capital.
El pobre inmigrante venido con una valija de cartón y muchas ilusiones construyó todavía más fortuna en medios marplatenses y aún más poder a nivel nacional. Se jactaba en sus oficinas de la City de la amistad con todos los que reparten el pastel, «en esta vida y en la otra». Así, lucía en fotos junto a Menem, Fernando de la Rúa y los cardenales primados. Cuando Amalia Fortabat se desprendió del centenario La Prensa, en febrero de 1997, Aldrey Iglesias puso un pie en medios porteños, aunque era uno ya bastante alejado de sus mejores tiempos. Laiño entró a la redacción en 1997 como asesor con una carpeta que decía Ejército Argentino. Se ufanó de sus amigos militares y de haber sido el que bautizó a la dictadura del 76 como «Proceso de Reorganización Nacional». Rodolfo Walsh en El caso Satanovski contó que detrás el homicidio del contador Marcos Satanovski se escondía una puja por el paquete accionario del diario en poder de los militares. Pero ese es otro tema.
Gobernación bonaerense ¿Cómo entra en juego Scioli? Resulta que la familia del exmotonauta pasaba la temporada veraniega en el Hermitage y surgió una amistad que se fue profundizando con los años. En ese hotel de realizaría la IV Cumbre de las Américas de 2005 en la que se le dijo «No al Alca» a George W. Bush, sin ir más lejos. Scioli llegó a la gobernación bonaerense en 2007 como la opción para retener la provincia para el espacio del kirchnerismo.
Último intento. Quiso ser candidato presidencial del peronismo para enfrentar a su actual jefe, Javier Milei.
Foto: Getty Images
Ya en La Plata, nombró como ministro de Seguridad en su primer Gabinete al fiscal Carlos Stornelli, de notoria fama en acusaciones poco prolijas contra Cristina Fernández en años posteriores. ¿Habrá que mencionar que obviamente debutó tirando al cesto de residuos la reforma policial de Arslanian y regresó a los viejos esquemas de negociación con las cúpulas para mantener la «gobernabilidad»?
Lo que vino después está más fresco en la memoria. Su candidatura presidencial en 2015, en la que terminó derrotado por Mauricio Macri; su designación como embajador por Alberto Fernández ante el Gobierno de Jair Bolsonaro; sus 49 días como efímero y humillado ministro de Desarrollo Productivo en una de las tantas crisis del Frente de Todos en la Casa Rosada; su vuelta a la sede diplomática argentina en Brasilia y su permanencia con el recambio presidencial. Hasta ese nuevo cargo en Deportes que quizás no debería sorprender.
La imagen del neofranquista Santiago Abascal bajo el titular «Vox populi», apenas una entre otras portadas del periódico donde se alabó sin mella el triunfo electoral de Bolsonaro en octubre de 2018 y su llegada al Planalto en enero de 2019. «Bem-vinda la derecha», dice una en portuñol; «Bolsonaro marca el camino», la otra.
En febrero pasado, el alcalde de la municipalidad de General Pueyrredón, Guillermo Montenegro, le entregó al acaudalado empresario una distinción como ciudadano ilustre de Mar del Plata. Scioli estaba en primera fila con una sonrisa de oreja a oreja. «Es un día de muchas emociones por todo lo que representa Florencio», dijo el exgobernador.
Se entiende el detrás de escena de la llegada de Scioli a Brasil, su breve permanencia y el cargo como libertario o neomenemista. ¿Nueva etapa?
La abdicación de Joe Biden no sorprende a nadie. Los medios, la dirigencia demócrata y hasta su familia venían pidiendo a gritos que se bajara de la contienda. Si algo hay para decir es que quizás, luego del atentado contra Donald Trump del 13 de julio, se contaban las horas para que el presidente diera el paso al costado que esperaban quienes pretenden que siga un demócrata en la Casa Blanca desde el 20 de enero de 2025. Su lamentable papel en el debate del 27 de junio fue solo uno más de sus malos momentos de los últimos tiempos, que se esparcieron despiadadamente en memes y reels en las redes sociales. Y la imagen del challenger emulando a los soldados tras la batalla de Iwo Jima, en marzo de 1942, se convirtió en un ícono ganador para cualquier publicidad electoral.
Podrá decirse que la estrategia de Trump roza lo inhumano, lo que se destaca fundamentalmente cuando se refiere a la salud del actual mandatario. Lo demostró en la campaña de 2020, cuando lo llamaba “Sleepy Joe”, dormilón. Y es de cajón que todos los cañones en lo que resta hasta el 5 de noviembre iban a estar enfocados en la senilidad evidente de Biden, y en el peligro que representaría para los estadounidenses confiar su futuro a una persona con particularidades que, además, se irán profundizando con el paso de los días.
Joe Biden, una decisión difícil.
Foto: Mandel Ngan / AFP
La vejez es una enfermedad que ataca a todos -los que llegan- pero en algunos se ensaña con mayor crueldad. Por otro lado, el cargo de presidente de una de las potencias nucleares más grandes del planeta, cuando se le avecinan desafíos que lindan con lo definitivo en Europa y Medio Oriente, genera un desgaste adicional. Lo mejor para la salud de Biden y de Estados Unidos seguramente será contar en la Casa Blanca con una persona en sus cabales y con la frialdad suficiente para hacerse cargo del cargo.
Se podrá argumentar que tal vez Trump tampoco sea la persona indicada, que es disruptivo, que en sus cuatro años al frente ya demostró intemperancia, creó enemistades adentro y afuera del país y que en los dos ámbitos mantiene amistades, además, que al establishment le irritan especialmente. Y que, además, tampoco es que sea tanto más joven que Biden. Son apenas cuatro años de diferencia, aunque por momentos da la impresión de que fueran más. Hábil, el empresario inmobiliario siempre busca hacer notar ese detalle como para parecer mucho más joven.
Donald Trump ahora se siente ganador.
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Lo que revelan tanto la renuncia de Biden a seguir en carrera como el atentado en Butler, Pensilvania, en todo caso, es otro tipo de decrepitud peligrosa para la humanidad. La de un imperio que se debate contra ese tiempo que se escurre de entre los dedos, el del auge del imperio global omnímodo y sin oposición. Alguna vez ocurrió la caída del imperio romano, del español, del otomano, ¿por qué no le pasaría lo mismo al anglo-estadounidense?
Y lo saben, vaya si lo saben, de allí que en think tanks y organizaciones de toda laya se analicen estrategias para estirar lo más posible la preminencia de Estados Unidos y Europa, que se aferra como a un madero a esa estructura llamada Occidente, que ganó la Guerra Fría y ahora se ve amenazada en varios frentes simultáneos. Una estrategia es la de Trump, otra es la de los demócratas y el “estado profundo”.
Mientras en Ucrania y Medio Oriente se le desnudan cotidianamente esos rasgos de senilidad económica, militar y ética, Estados Unidos se debate entre un candidato que jura tener las cartas como para terminar con la guerra en un chasquear de dedos y otro que propone estirar el liderazgo occidental a como dé lugar a través de su vicepresidenta, Kamala Harris.
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Habrá que ver qué tiempo es el que se viene, pero los aliados de Washington ya están rebobinando para ver cómo se habrán de acomodar desde el primer martes de noviembre.
La carrera por la presidencia de Estados Unidos ingresó en una etapa de incertidumbres y teorías conspiranoicas por igual, desde el atentado fallido contra Donald Trump del sábado pasado y las crecientes presiones para que Joe Biden baje su candidatura antes de que todo se termine de desbarrancar para los demócratas. Mientras este jueves el Partido del Elefante nominó su fórmula para volver a la Casa Blanca en Milwaukee, las principales espadas del Partido del Burro recurrieron con mayor ímpetu a sus medios más cercanos, como The Washington Post y The New York Times, para “sugerir” la conveniencia de que la convención demócrata del 19 al 22 de agosto en Chicago postule a un candidato alternativo al votado en las primarias. Así, entre los aspirantes con supuestas posibilidades de triunfo se habla desde la vicepresidenta Kamala Harris a la esposa de Barack Obama, Michelle. Podría decirse que Trump a esta altura compite contra más de un fantasma: el que irá por el oficialismo y el de una posible conspiración del “estado profundo” contra el que se enfrentó en sus cuatro años de gobierno.
Militante trumpista en un acto de campaña
Foto: captura
Biden, que desde el debate presidencial es resistido por estrategas demócratas ante el preocupante desempeño que evidenció ese 27 de junio, dio esta semana nuevas muestras de deterioro cuando pareció confundir a una mujer con su esposa en un acto y en una entrevista, como no recordó el nombre de su secretario de Defensa, lo llamó “ese hombre negro”, por Lloyd Austin III. El miércoles, se anunció que estará recluido en la residencia presidencial porque se le detectó Covid-19. Pero se especula que es el paso previo a su renuncia o que en el interín se le esté realizando un estudio neurológico que determine la inconveniencia para ocupar el cargo por un nuevo período.
Las autoridades, en tanto, no alcanzan a explicar razonablemente qué fue lo que sucedió en Butler, Pensilvania, cuando un francotirador desde un techo cercano al escenario disparó contra Trump y mató a un espectador trumpista, el bombero Corey Comperatore. La imagen del expresidente con la oreja sangrante, rodeado de agentes de seguridad y con el puño derecho en alto, recuerda a los marines izando la bandera tras la batalla de Iwo Jima, en 1945. Lo que en un primer momento hizo dudar de si no se hubiera tratado de una performance perfectamente articulada. Pero en observaciones cuadro a cuadro sobre algunos de los videos se ve que el proyectil iba directo a la cabeza de Trump, que tuvo la buena fortuna de haber girado hacia su derecha. El impacto fue en la parte superior de la oreja.
Lo que se sabe del autor de la balacera es que se trata de Thomas Matthew Crooks, un joven blanco y registrado como republicano, de 20 años, quien utilizó un rifle semiautomático AR-15 que le pidió prestado al padre alegando que quería ir al polígono de tiro en su pueblo, Bethel Park, a unos 780 kilómetros de Butler. El arma es de venta libre, al igual que los cartuchos que compró en el camino, junto con una escalera metálica.
Las investigaciones posteriores no dieron con pruebas de que Crooks pertenecía a alguna organización terrorista o vinculada a alguna agencia estatal, aunque todavía estaban hurgando en su celular. Crooks trabajaba en un hogar de ancianos de Bethel Park, no tenía actuación en redes sociales, al menos con su nombre, y ni siquiera tenía una multa por cruzar en rojo. Sí se informó -una constante en EE UU, parece- que en el secundario había sufrido bullying. En la foto se lo ve con cara de nerd inofensivo.
Lo que no pueden explicar es por qué los agentes que vigilaban el acto no prestaron atención a los reclamos de gente del público que alertaban sobre la presencia de alguien en el techo de un depósito cercano. O cómo fue que una persona pudo estar allí con un arma larga sin que nadie hubiera hecho nada. De manera muy constante también en EE UU, Crooks fue eliminado por los agentes, de modo que no se podrá saber de su boca qué fue lo que pretendía hacer.
Pero se vislumbran otras fallas elementales en la seguridad, como que el personal apostado en el acto no era el más adecuado. El senador republicano Josh Hawley, por ejemplo, sostuvo en su red X que la mayoría “de los elementos de seguridad de Trump que trabajaron en el evento del sábado pasado ni siquiera eran del Servicio Secreto, (fueron) extraídos de la Oficina Nacional del Departamento de Investigaciones de Seguridad”. O sea, burócratas de escritorio y sin experiencia de calle. Por esa razón, desde la bancada de la oposición en la Cámara alta piden la cabeza de la directora del Servicio Secreto, Kimberly Cheatle, quien deberá presentarse en el Congreso este martes para rendir cuentas.
Foto: NA / Reuters
Este sábado, en tanto, Joe Biden posteó en la cuenta de la presidencia un recordatorio del 55 aniversario de la caminata de un humano sobre la luna, aquel 20 de julio de 1969, que dio pie por estas tierras al día del Amigo. “Como dijo el presidente Kennedy, (asesinado en 1963) era un desafío que no estábamos dispuestos a posponer y que pretendíamos ganar. Condujimos al mundo a la luna en 1969. Ahora, llevaremos al mundo de regreso”, escribió el mandatario, quizás a horas de anunciar un paso al costado.
55 years ago, an American became the first person in history to walk on the lunar surface.
As President Kennedy said, it was a challenge we were unwilling to postpone and one we intended to win.
Un tribunal ruso declaró al periodista estadounidense Evan Gershkovich culpable de cargos de espionaje y lo condenó a 16 años de prisión, informaron agencias de noticias rusas, en un caso que el medio para el que trabajaba, el The Wall Street Journal, calificó de farsa.
Gershkovich, un estadounidense de 32 años que se defendió diciendo que las acusaciones en su contra eran falsas, fue juzgado el mes pasado en la ciudad de Ekaterimburgo. Fue el primer periodista estadounidense arrestado por cargos de espionaje en Rusia desde la Guerra Fría, apuntó un informe de la agencia de noticias Reuters que publica NA.
Donald Trump criticó la condena y prometió sacarlo de la cárcel cuando sea elegido presidente, al tiempo que aseguró que el actual presidente, Joe Biden, «a menos que pague un ‘rescate de rey’», publicó en su red Truth Social. «Será un gran honor para mí liberarlo», agregó Trump.
Los fiscales rusos habían alegado que Gershkovich había reunido información secreta por orden de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) sobre una empresa que fabrica tanques para la guerra de Moscú en Ucrania, lo que él y su empleador negaron.
El 29 de marzo de 2023, agentes del servicio de seguridad del FSB lo arrestaron en un restaurante especializado en carnes de Ekaterimburgo, a 1400 kilómetros al este de Moscú. En ese momento, la vocera de la cancillería rusa, Maria Zajarova, señaló que Gershkovich podía haber escrito «sobre los bombardeos terroristas de ciudades rusas, en los que el régimen neonazi de Kiev ha estado involucrado en los últimos meses».
Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría y uno de los invitados de honor a la asunción de Javier Milei a la presidencia argentina en aquel caluroso 10 de diciembre pasado, se convirtió para los líderes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en el enemigo público Nº1. Y todo porque desde que asumió la presidencia pro témpore del Consejo de la Unión Europea, el 1 de julio, se propuso emprender, por las suyas ciertamente, una ronda de encuentros con los jefes de estado de Ucrania, Rusia y China para lograr una salida pacífica a la guerra en el este europeo. Para colmo, aprovechó la cumbre por los 75 años de la OTAN en Washington y mantuvo un encuentro con Donald Trump donde también hablaron de ese tema. En su cruzada, también puso en la mira de los más belicosos dentro de la alianza atlántica al mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan, que dijo estar dispuesto a favorecer una nueva mesa de diálogo como la que pudo terminar con el conflicto hace dos años y fue frustrada por el entonces premier británico Boris Johnson.
Orbán, un ultraconservador que en abril pasado ganó por un poquito más del 54% de los votos su quinto periodo consecutivo, inició su gira en Kiev, donde se reunió con Volodimir Zelenski un día después de asumir el cargo rotatorio en la UE y le propuso declarar un alto el fuego para facilitar conversaciones con los rusos. El presidente (MC) ucraniano respondió unos días más tarde que la tarea de mediador le correspondería a alguna potencia mundial, como China o EE UU. En Moscú, el húngaro declaró que «la guerra Rusia-Ucrania, además de la pérdida de vidas y una terrible destrucción, amenaza con volver a dividir el mundo en bloques» y agregó que a Hungría «le interesa mantener relaciones económicas abiertas, pacíficas y dinámicas con todos los países del mundo».
La primera en poner el grito en el cielo esa vez fue la primera ministra estonia Kaja Kallas, quien aseguró que Orbán no representa a la UE. Luego salieron a pegarle en fila desde la líder del partido Socialdemócrata sueco, Magdalena Andersson, hasta el vocero del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, Sebastian Fischer, quien coincidió en la necesidad de derrocar a Orbán de la UE por el “gran daño” que ya ha causado “en 12 días” a la organización.
Es que al tiempo que en el documento final de la cumbre otanista pone en la mira a China por su rol de “facilitador decisivo de la guerra de Rusia contra Ucrania a través de su llamada asociación ‘sin límites’ y su apoyo a gran escala a la base industrial de defensa de Rusia”, Orbán se reunía en Beijing con Xi Jinping. El presidente chino declaró a la tevé de un modo si se quiere naïf, que «a todas las partes les interesa buscar una solución política mediante un pronto alto el fuego». Un mensaje que contrasta no sólo con el texto que firmaron los jefes de estado de la OTAN sino con la irritación que causa la tarea que se propuso el ultraconservador.
Orbán, a todo esto, subió un video a su cuenta de Facebook en el que afirmó: «La OTAN fue constituida hace 75 años para proteger la seguridad de sus miembros. Sin embargo, ahora parece haber abandonado su objetivo original, comportándose cada día más como una organización de guerra». En Telegram y X, en tanto, celebró su reunión con el candidato republicano en su residencia veraniega. «Misión de paz 5.0. Ha sido un honor visitar hoy al presidente Trump en Mar-a-Lago (Florida). Hemos hablado sobre las formas de hacer la paz. La buena noticia del día: ¡Lo va a solucionar!».
El compromiso de la OTAN de mayor inversión en la industria bélica y continuar sosteniendo a Ucrania con otros 40.000 millones de dólares parece haber preocupado a las cúpulas militares y los titulares de la cartera de defensa de Estados Unidos y de Rusia, Lloyd Austin y Andréi Bieloúsov, mantuvieron una conversación telefónica en la que, señala la agencia Sputnik, «discutieron cómo prevenir las amenazas a la seguridad y reducir el riesgo de una posible escalada». Un cable de Europapress informa que la portavoz adjunta del Pentágono, Sabrina Singh, confirmó la charla al destacar la importancia de «mantener las líneas de comunicación» abiertas en una situación como la actual. El líder turco, por su parte, declaró tras su intervención en la capital estadounidense, que si bien apoya la integridad territorial y la soberanía ucraniana, “he hecho hincapié en que no debe excluirse la diplomacia y que las negociaciones no significan rendición”, ratificando su postura de que “nunca se debe permitir que la OTAN se convierta en parte de la guerra” en Ucrania. Y volvió a ofrecer Estambul como sede para una nueva mesa de negociaciones.
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