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Jorge «Pampa» Álvaro: disputa por el poder real

Se siente cómodo en el segundo plano. Prefiere escapar a los focos y trabajar en silencio. «Me di cuenta de que habíamos perdido y me dediqué a rehacer mi vida», resume cuando habla de su salida de la cárcel, donde pasó casi toda la dictadura. La derrota a la que alude es la de la «Tendencia», que en los 70 había impulsado hacia el peronismo a miles de jóvenes influidos por el pensamiento de John William Cooke. A partir de entonces, en Mendoza, de donde es oriunda su mujer, fue gomero y picó paredes hasta construir con paciencia una empresa de instalaciones eléctricas, para ganarse la vida, porque no tenía nada. Cuando parecía que la política estaba divorciada definitivamente de él, se cruzó nuevamente con Néstor Kirchner y Cristina Fernández, de quienes había sido conducción como jefe de la JUP en La Plata. Y llegó a la Cámara de Diputados de la mano de Julio Cobos, con la Concertación, «porque en el PJ no me quieren», cuenta. Personaje insoslayable, por lo tanto, para hablar de este momento del país y para entender a una generación que fue protagonista de un momento crucial de la historia argentina.
«La situación política está viviendo un “crescendo” de realineamientos, acompañados por una tendencia a la violencia verbal en los últimos tiempos», afirma. «Pero por más pirotecnia verbal que haya, por más discursos descalificadores o justificadores, entiendo que existe una disputa por el poder real en la República Argentina».
–¿Entre quiénes se produce esa lucha por el poder real?
–A mí no me gusta usar lugares comunes. Me parece que no explican nada. Cuando uno repite la realidad muchas veces, incluso hasta con cierta premisa maniquea, el supuesto receptor no presta el oído. Me parece que hay que ser inteligente para explicar las posiciones que uno tiene y fundamentarlas bien. Incluso también con un dejo de autocrítica. Aquí no hay ángeles y demonios. Más allá de lo que se haya propuesto Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003, nunca explicitó en profundidad el sesgo y el sentido que tenía el proceso que se inició en aquella época. Insisto, más allá de la voluntad inicial, lo cierto es que ha lesionado partes del poder real de la Argentina, de aquel poder que transformó a la política en un brazo ejecutor de decisiones de la economía concentrada. Ese es el poder en la Argentina. Ahí, en esa complejidad, hay que hablar del grado de concentración de la economía, del rol de los grandes medios concentrados de difusión y de información pública y, siguiendo con ese hilo de razonamiento, hasta explicarnos la inflación.
–¿No habría una falla central en el hecho de no contar con más aliados, tanto en el Congreso como en el resto de la sociedad?
–Uno no puede disentir con esa afirmación. Ahora, en los hechos reales, creo que es en el Parlamento donde más crudo se ve, porque ahí están todas esas expresiones y es donde se dan los intentos de acordar con algunos sectores. Podemos decir, con cierto sesgo autocrítico, que a veces no cae bien, ni a los que pueden ser amigos ni a los propios, cierto estilo de avanzar con hechos consumados del kirchnerismo. También creo que las críticas entre compañeros se deben dar puertas adentro. No sirve de mucho andar ventilando esas cosas, ya que con el grado de sensibilidad actual, cualquier crítica al Poder Ejecutivo es bienvenida para los opositores más acérrimos. Pero también tengo que decir que soy diputado nacional por la Concertación de Mendoza, fruto de un acuerdo con Julio Cobos. Yo soy peronista, mis orígenes no tienen nada que ver con el radicalismo. Sin embargo, como testigo cercano, puedo decir que con Cobos se cometieron errores al no incorporarlo a un sistema de decisiones. Con esto no digo que hay que ponerlo a mandar, pero por algo llegó, algo trajo y eso hay que reconocerlo. Yo creo que eso falló desde el comienzo, y las pequeñas cosas luego se transforman en grandes. Ahí una parte. La otra parte es el componente interno de él.
–¿Cuál sería ese componente interno?
–Cobos es un hombre ideológicamente indefinido, por lo tanto, preocupante. Jamás explicitó cuál es la idea de país a que aspira. No lo podemos rastrear en su gestión como gobernador de Mendoza, porque fue un buen administrador, un hombre bien abastecido por el Gobierno Nacional gracias a lo cual realizó un interesante caudal de obra pública. Eso fue la gobernación de Julio Cobos y eso no lo define.
–¿Por qué entonces la alianza con Julio Cobos y no con otro dirigente?
–Hay un discurso de Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2006 que creo que fue fundante, aunque luego se falló en la aplicación de los conceptos. Ese discurso se basó en dos ejes fundamentales. Uno, el de las verdades relativas, que nos ayuda a suponer que se puede construir un amplio frente que represente los intereses nacionales y populares más allá de las diferencias conceptuales y metodológicas que se puedan tener en determinados momentos y, por otro lado, la convocatoria a concertar políticas alrededor de un eje nacional y popular. Creo que las dos cosas se hicieron con mucha torpeza, ya que todo se redujo a una fórmula presidencial que generó mucha expectativa. La visualización de los factores de poder real hizo que ante un conflicto sectorial se desatara en la Argentina una pequeña guerra política que nos retrotrajo en el tiempo. Pasamos de pensar que podíamos avanzar diciendo que las verdades de todos los que estábamos de algún modo vinculados históricamente con lo nacional y popular eran relativas y que por lo tanto podíamos aspirar a conciliarnos, a enfrentarlos. Ese fue el contexto en el cual una persona sin historia militante ni de pertenencia a la política, como Julio Cobos, hizo lo que hizo.
–Pero a Cobos le tocó ese momento clave porque la votación terminó empatada. Si él no hubiese tenido que decidir otra sería la historia.
–Todavía los elementos que emergieron de la crisis de 2001 están absolutamente presentes. Yo ingresé por la Concertación y no estoy en el bloque del Frente para la Victoria. No pertenezco al Partido Justicialista, creo que el peronismo, a lo largo de su historia, desarrolló una corriente que podríamos llamar conservadora y, si bien tenemos un origen común, no me considero parte de esa corriente. En los momentos extremos de la Argentina esa corriente tiende a ser un factor de preservación del equilibrio de poder que en ese momento esté en vigencia. El menemismo es el caso más extremo y creo que Eduardo Duhalde es el caso más atenuado. Hay toda una franja del peronismo, no despreciable, que termina asociada con los factores de poder que impiden cualquier intento transformador de la Argentina. No los hago mis enemigos, eso lo viví muy de cerca en la década de los 70. Estoy muy vacunado contra la reedición de aquel enfrentamiento.
–¿Hay modo de recrear la concertación?
–La concertación ha quedado atrás. A lo mejor quedó en un grupo de gente proveniente del radicalismo que confió y que cree en esto. En mi caso, a pesar de que esto haya sido muy mal manejado, veo como factible –aunque no en el corto plazo– esta idea de la confluencia de lo mejor del radicalismo y lo mejor del peronismo. De alguna partecita puedo hablar, por lo menos de julio de 2007 a junio de 2008 y de la convivencia con ellos. Por supuesto que tenemos puntos de desacuerdo. Cuando estalló el conflicto del campo, tuve un diálogo con Julio Cobos y con Daniel Katz. En el momento del primer corte de ruta, me dijeron que era el pueblo el que estaba alzado, y yo les dije que no, que debajo de esa línea hay por lo menos siete u ocho millones de argentinos, que no se trataba de aquello que yo llamo pueblo. Ahora bien, creo que esas diferencias son conciliables. Si yo pongo el énfasis en pensar en un virtuoso proceso de inversión y desarrollo en la Argentina para que se genere empleo donde, según mi punto de vista, sea todo equilibrado y no un proceso concentrado, ellos, a lo mejor piensan más en los programas educativos en donde los pobres se tienen que educar para ver cómo se las rebuscan. Pero también eso es conciliable.
–¿Volvió a hablar con Cobos después de todo lo que pasó?
–No, con Cobos no hablo desde unos quince días antes de su voto. Me di cuenta de que estaba jugando mal. Él fue el que me convocó al bloque de la Concertación. Eso me pareció interesante. Primero porque me había propuesto ser diputado nacional por Mendoza, y el peronismo no había hecho lo mismo porque creo que no me quiere. Me convocó y acepté. Aunque debo reconocer que no fue fácil. La vertiente más orgánica del Partido Justicialista que concurría con la Concertación tenía el derecho de poner al candidato, pero Cobos arregló todo con Alberto Fernández. Por supuesto, en la disputa por mi candidatura, la respuesta de Alberto Fernández fue: «Al Pampa lo propongo yo y si hay alguna otra propuesta hay que discutirla con Kirchner». Y la verdad es que ninguno se animó a discutir con él.
Creo que Kirchner le había hecho la cruz a Cobos desde mucho antes. Con Néstor hemos hablado mucho de esto. Porque yo no creo que Cobos sea un traidor. Puede ser muchas cosas, pero no es un traidor. El caso es que termino en el bloque de la Concertación, pero todo eso implosiona y el bloque se parte ahí nomás. Nosotros votamos la 125 el 4 de julio de 2008 en Diputados, pero yo hacía una semana que había roto con Julio Cobos. Cuando me di cuenta de que estaba jugando a dos puntas, que a través de la diputada Laura Montero se armaban reuniones con Felipe Solá, Enrique Thomas y otros pasados de bando; insisto, aun antes de su voto en el Senado. En ese momento decidí no llamarlo nunca más. Lo he criticado muy duramente cuando él, tiempo después, descalificó el viaje de Cristina a La Habana, en el momento de la asunción de Obama. Ese tipo de actitudes serviles no las tolero, él sabe del valor simbólico de estas cosas.
–Hablando de símbolos, es curioso que Mendoza se haya convertido en cierto modo en eje de la oposición al Gobierno y también a la ley de Medios.
–Mendoza es el núcleo inicial del poder empresario y mediático del grupo Vila-Manzano y por la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual van a tener que desprenderse de bienes de su propia empresa. Hay añejas relaciones con la Justicia. El grupo Vila, aun antes de juntarse con Manzano, tiene una historia que se puede resumir muy fácilmente: nunca le pagaron a nadie. ¿Qué hacen? Pagan en los tribunales o no pagan nunca. Actuaron así con los ex dueños de radio Nihuil, del diario La Capital de Rosario… Yo trabajaba en una gomería y me tocó ir a cobrarles. No había manera. Una de las primeras cosas que hacen crecer al grupo Vila es el emprendimiento inmobiliario Dalvian, en la década que va de los 70 a los 80. Este barrio privado está a un costado del Parque General San Martín, a tres minutos de auto del microcentro de Mendoza. Al lado hay un terreno de 32 hectáreas que pertenece a la Universidad Nacional de Cuyo. ¿Qué sucede? Vila se lo apropia y entra en conflicto con el Estado Nacional y con la Universidad Nacional de Cuyo. El valor de esas tierras no lo conozco en detalle, pero que es millonario y en dólares, estoy seguro. Tras 20 años de proceso, la jueza Pura de Arrabal, la misma que sacó la cautelar por la ley de Medios, les ha dado en primera instancia la razón. En ese juzgado trabaja un secretario que tiene un parentesco con Nicolás Becerra, que también es empleado de ese grupo. Becerra, el menemista y ex procurador general de la Nación. La Cámara de Apelaciones también les dio la razón. Esto es Vila. Todo esto se conoce. Mendoza no es tan grande.
–¿Cómo marcha la gestión del gobernador Celso Jaque?
–Jaque está jaqueado. Está haciendo un gobierno ineficiente. Arrancó con un grave pecado: ser funcional al estado de paranoia que se generó en la sociedad con el tema de la inseguridad y haciendo una promesa que, para los que entendemos de política, es totalmente infantil e incumplible: dijo que en seis meses iba a solucionar todo. Por eso ese gobierno empezó muerto y seguirá muerto hasta el último día.
–¿Se puede decir que el cobismo está cada vez más fuerte en Mendoza?
–La política no es un juego en donde lo que pierde el otro me lo llevo yo. Los radicales siempre dicen que ellos son más feroces en las internas que en las generales. Entonces, con el poder a la vista, las internas se potencian. Me extraña mucho que los medios nacionales no hayan prestado atención a cómo se han ido decantando las situaciones en los distintos partidos de cara a las recientes elecciones en la capital mendocina. Hay un detalle interesante: el intendente, Víctor Fayad, un radical histórico –tres veces candidato a gobernador, ex diputado nacional, con una brillante gestión como intendente entre 1987 y 1991– ganó sin recursos y con un radicalismo absolutamente devaluado la intendencia en 2007, con Cobos en la Concertación. O sea, el radicalismo que él integró sacó en la provincia el 10%, pero Fayad ganó las elecciones en la capital. Cuando se perfilaban las elecciones del año pasado, el partido de Cobos –el Confe– y la UCR hacen una interna conjunta para elegir la lista de candidatos de cara a las elecciones del 2009. Fayad la ignora absolutamente y entra en colisión con el partido de Cobos y con radicales como Sanz, que ahora están profundamente vinculados con Cobos. Fayad se mantiene en la suya y dice «vamos con la lista 3 y los candidatos los pongo yo». Hubo quince días de peleas públicas entre ellos en las que también estaba involucrado Cobos.
–¿Y qué pasó?
–Los que entendemos de esto sabíamos lo que iba a pasar. Cobos iba a bajar todas las banderas porque él no se podía arriesgar a que un radical le ganara una elección en su provincia. Eso es lo que sucedió, y los cobistas ahora están muy enojados con él. Incluso declaran públicamente que «Julio Cobos hizo lo de siempre: nada». Ni te cuento las cartas que han mandado a los diarios los concejales que estaban en las listas. Mendoza está agarrada de un hilo. Lo que pasa es que el peronismo local es un desastre. Por eso creo que en 2011 al peronismo de Mendoza le gana cualquiera.
–En lo personal, ¿está trabajando en alguna línea interna o formando otro espacio político?
–Yo no me quedé quieto e hice un partido político en Mendoza llamado Compromiso Popular. En diciembre de 2007 tomamos la decisión, en marzo de 2008 juntamos las 4.500 afiliaciones y fuimos reconocidos por la Justicia Electoral. Nos presentamos solos en las elecciones de junio y sacamos un orgulloso 1,44% de los votos provinciales. Para las recientes elecciones conformamos un frente de centroizquierda con otros dos pequeños partidos reconocidos a nivel distrital –el Polo Social y el partido Todos– más el Partido Comunista, el Partido Humanista y el Partido Solidario. Yo creo que la política tiene un componente esencial, que son las relaciones de fuerzas. Individualmente uno puede tener prestigio o ser de algún modo reconocido, pero si vos no garantizás un caudal de votos a la larga alguien te lo hace notar. Para que uno pueda avanzar y, en el caso de que le vaya bien, prosperar en este medio, hay que tener fuerza. Las cosas hay que construirlas.
–¿No en el peronismo?
–¿Qué pasó en esos años? La renovación peronista, el menemismo, por Mendoza pasó (José Octavio) Bordón, que es un demócrata cristiano y no un peronista. A ver, el peronismo al que yo adhiero es un peronismo con vocación de transformación y de igualitarismo social y no el peronismo de los símbolos y nada más. Siempre digo lo mismo: hubo un peronismo antes y otro después de Cooke. El mío, el de mi experiencia, el de mi generación, es el de después de Cooke, el de aquella frase «el peronismo será revolucionario o no será». A lo mejor, hoy en día yo lo definiría de otra manera, pero es eso.
–¿Cómo se definiría hoy?
–Transformador. Yo no usaría la palabra «revolucionario», porque las palabras también se gastan. No sé si hoy usaría la consigna «Liberación o dependencia». No podemos convocar hoy con pensamientos del año 1973.

Revista Acción, 1 de Mayo de 2010

Lo que deja la ley de salud de Obama

La intrincada aprobación de la ley de Atención Accesible y Protección del Paciente, o más sencillamente ley de Salud, puso foco en algunos personajes que sin dudas serán protagonistas de la política estadounidense en los próximos años. El primero en esta lista es Marcelas Owens, ese chico que muchos confundieron con el inefable Gary Coleman, el pequeño Arnold de la serie Blanco y negro de fines de los 70. En segundo plano, pero con una importancia decisiva para torcer voluntades en la áspera votación en el Congreso fue la líder de la bancada demócrata, Nancy Pelosi. Otro «invitado especial» al estrellato es el pediatra y sanitarista Donald Berwick, candidato oficial para ocupar el puesto de director de los programas Medicare y Medicaid, vacante desde 2006, los organismos que llevarán a la práctica la nueva cobertura.

Tangencialmente, la ley también revitalizó a los grupos ultraconservadores nucleados en el Tea party que a regañadientes van encolumnándose detrás de la ex candidata a vicepresidenta, Sarah Palin, una de las abanderadas de la oposición, que se proponen judicializar la ley para trabar en los tribunales lo que no pudieron –por escaso margen– conseguir en el Capitolio.
Porque más allá de la polémica desatada en EE.UU. por las nuevas reglas de juego en el multimillonario negocio de la atención sanitaria, lo que sin dudas está en disputa es el rol del Estado en la atención de la población en general y especialmente la de menores recursos. Y, de paso, la vieja lucha en las antiguas colonias británicas entre el más crudo individualismo y la idea de que la intervención estatal representa un contrapeso a las fuerzas más despiadadas del mercado en favor de la ayuda solidaria a los más pobres.
Ese y no otro es el fundamento de la tremenda oposición a la ley y del empecinado esfuerzo de los grupos progresistas por apoyar al presidente Barack Obama, a pesar de las críticas que su política exterior despierta dentro y fuera de los Estados Unidos. No es casual que coincidan tirios y troyanos en que la ley podría representar el fin de la era neoliberal que comenzó en la época de Nixon y se consolidó siete años después de su estrepitosa caída, en 1981, cuando asumió la primera magistratura el actor de Hollywood, Ronald Reagan.

Pequeño militante
Marcelas Owens tiene once años y perdió a su madre hace cuatro. Tiffany Owens murió de una enfermedad curable, pero con un tratamiento que no pudo costear porque no tenía seguro médico. En un demencial círculo vicioso, había perdido ese beneficio porque se había quedado sin trabajo. La echaron porque estaba demasiado enferma como para poder cumplir horarios y rutinas de servicio en un restaurante en Seattle. Era una de los 32 millones de estadounidenses sin cobertura sanitaria. Tenía 27 años y era madre de tres niños que habían crecido sin padre. Demasiadas ausencias al mismo tiempo.
Marcelas y sus hermanitos quedaron a cargo de la abuela. Pero él llevó adelante su empecinada lucha por cambiar las cosas, a una edad en que otros chicos piensan en juegos electrónicos o deportes. De alguna misteriosa manera, los tiempos de Marcelas coincidieron con los de su país. Y su lucha llegó a oídos de la senadora demócrata por Washington, Patty Murray, en un mitin por la ley organizado en Seattle en octubre pasado. Ella lo presentó al presidente Obama, quien también había quedado huérfano al cabo de una tenebrosa lucha contra las aseguradoras de salud por parte de la mujer que le había dado la vida y lo crió en un hogar sin padre. Por eso el niño fue símbolo de lo que estaba en juego con la ley. Y por eso estuvo junto al presidente en el Salón Este de la Casa Blanca cuando Obama promulgó la ley y se quedó con una de las 22 lapiceras que utilizó para tan magno acontecimiento.
El mandatario dijo entonces que la reforma era una deuda pendiente con su propia madre, Stanley Ann Dunham, muerta en 1995 a los 51 años, de cáncer. Pero ese toque de dolor personal molestó sobremanera a la oposición. Y quien mejor mostró el cariz del rechazo fue Russ Limbaugh, un conductor radial de extrema derecha tan ingenioso como corrosivo: «Marcelas, tu madre se habría muerto de cualquier manera, porque el Obamacare no empieza sino hasta 2014». Pero no se quedó allí. «Esto es simplemente explotación de un niño de 11 años forzado a contar su historia para beneficio del Partido Demócrata y de Barack Obama», insistió.
«¿Dónde estaba la abuelita cuando la mamá estaba enferma?», se preguntó desde la misma trinchera Glenn Beck, presentador de la Fox, la cadena enfrentada a Obama desde su nominación en las internas demócratas. «¿Dónde estaban todos esos izquierdistas que ahora pasean a Marcelas cuando su madre vomitaba sangre?», agregó, tan brutal como se puede ser en Estados Unidos sin que tiemble el pulso.

El Tea party
La ceremonia del té es un rito que se cumple religiosamente en Japón, China y hasta a su manera en Inglaterra. Para los estadounidenses, sin embargo, el Tea party es una liturgia ligada con el más profundo nacionalismo. Es un sello de identidad. Porque recuerda el Motín del té (otra versión de la frase) que se produjo el 16 de diciembre de 1773 en Boston, cuando un grupo de colonos enardecidos lanzaron al mar un cargamento de la valiosa infusión en protesta por el aumento de gravámenes a la importación en Gran Bretaña. Ese es uno de los principales antecedentes para la Declaración de Independencia, tres años más tarde.
Los grupos Tea Party, y en general la derecha estadounidense, reivindican este acto como fundante de la nacionalidad, lo mismo que el de portar armas. Valores sagrados que debe defender todo ciudadano que se precie de good american. Por eso promueven como virtud patriótica el individualismo, la responsabilidad fiscal, la limitación en los poderes del gobierno y la libertad de mercado. «Estas ideas de libertades individuales que Dios nos ha dado han sido escritas por los padres fundadores», dice uno de estos grupos, TPN. A esto agregan «la libertad de expresión, la Enmienda 2 (relativa al uso de armas), nuestras fuerzas armadas y fronteras seguras para Estados Unidos de América». Sobre estos ideales es que se sustentó el neoliberalismo en los 80. Y subsiste a pesar de triunfos escuetos como la ley aprobada por Obama luego de muchas concesiones a propios y ajenos para lograr la sanción.

Mamma a la antigua
Se llama Nancy Patricia D’Alesandro Pelosi y acaba de cumplir 60 años. No hace mucho que se dedica a la política. Recién a los 47, cuando sus hijos ya estaban criados, decidió involucrarse en una actividad que siempre le había atraído, herencia de su padre Thomas, que había sido alcalde de Baltimore, o de su madre, feminista cuando la sola palabra escandalizaba al vecindario.
Pero buena continuadora de la estirpe italiana y del rito católico y apostólico romano, a Nancy le tocó el gen de la maternidad a la antigua. Hasta que el menor de sus cinco hijos terminó el secundario y a coro le dijeron: «Mamá, es hora de que hagas tu vida».
En poco tiempo esa vida propia la llevó a la Cámara Baja y en mucho menos a liderar el bloque demócrata. Casada con Paul Pelosi –empresario inmobiliario y dueño del equipo Sacramento, de la United Football League–, Nancy tiene dos virtudes que cotizan en cualquier parlamento. Es flexible, pero dura. Suave, pero persistente. Suele lograr lo que se propone, aunque en el camino tenga de dejar algunos jirones. Así consiguió sumar los votos para aprobar la ley e impidió la dispersión de los demócratas de la derecha. La reforma pasó la Cámara de Representantes por 219 votos contra 212. Ningún republicano votó a favor. En contra lo hicieron 34 demócratas.
En el camino, la ley perdió contundencia: ya no hay una opción pública, es decir, un sistema de salud estatal que compita y fije precios al privado. El precio para que Obama consiguiera lo que no pudieron Bill Clinton ni Harry Truman.

Revista Acción, 15 de Abril de 2010

Francisco «Barba» Gutiérrez: «Es necesario profundizar este modelo»

Aunque nació en el barrio de la Boca, nadie hoy discutiría que Francisco Gutiérrez es hombre de Quilmes, donde se crió, hizo prácticamente toda su carrera sindical y política y actualmente es intendente. Ligado a los sectores más combativos del gremialismo y específicamente de los metalúrgicos, es más conocido por su apodo, «el Barba», a pesar de que desde que recuperó la libertad, luego de ocho años como preso político, anda a cara descubierta. «Resabios de otros tiempos», dice entre sonrisas. Hiperactivo, forma parte de la estructura de la Unión Obrera Metalúrgica, donde ocupa un cargo en el secretariado nacional al tiempo que comanda la seccional de Quilmes, Berazategui y Florencio Varela, integra un grupo de intendentes bonaerenses de corte progresista que están tejiendo un frente trasversal. Entre ellos figuran Mario Secco, de Ensenada; Gustavo Arrieta, de Cañuelas; Aldo San Pedro, de Bragado, y los dirigentes Eduardo Sigal y Jorge Quito Aragón. Ya había estado al margen del PJ cuando en 2001 llegó a la Cámara de Diputados a través del Polo Social, aquel instrumento electoral creado junto con el padre Luis Farinello. Ahora, decidió volver al transversalismo, para acompañar a la presidenta.
Se nota el peso de su palabra en la UOM, donde promovió junto con el sindicato de los supervisores metalúrgicos y los empresarios metalmecánicos la creación del Instituto para el Desarrollo Industrial y Social Argentino (Idisa), una entidad que para algunos significa una cuña en la Unión Industrial Argentina con un sesgo más oficialista, o por lo menos más «nacionalista».
Otro aspecto importante en el perfil de Gutiérrez es el de su lucha por los derechos humanos. Y en el juicio sustanciado en La Plata contra 14 agentes penitenciarios acusados de crímenes de lesa humanidad durante la dictadura en la Unidad Penal 9. «El Barba» ofició de testigo, junto con, entre otros, el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, y el canciller Jorge Taiana, quienes compartieron distintos momentos de su detención en esa cárcel y sufrieron en carne propia la violencia de los acusados.
–¿Cómo caracteriza la gestión de Cristina Fernández, teniendo en cuenta que desde el año pasado algunos agrupamientos tanto del PJ como de los que fueron sus aliados «transversales» se fueron alejando del kirchnerismo, mientras que ustedes han ratificado su respaldo al Gobierno nacional?
–En principio, creo que lo que está en desarrollo en la Argentina desde el gobierno de Néstor Kirchner y ahora con Cristina es un modelo productivo nacional basado en el mercado interno, en la recuperación del empleo, del salario, en la distribución de la riqueza. Nada más y nada menos que eso. Este modelo productivo pudo afrontar con firmeza, con entereza, la crisis financiera internacional que afectó a fuertes sectores de la economía, sobre todo a aquellos que profesaban la concepción neoliberal que se expresó a través del Consenso de Washington, que era apertura de economía, menos Estado, desregulación, menos salarios, menos defensa de industria, en definitiva, menos Estado de bienestar. Con estas políticas establecidas desde 2003 y continuadas en esos momentos críticos, se ha sostenido el empleo. Aunque hubo algunos pocos sobresaltos, de ninguna manera fueron de las características que hubiesen tenido si estuvieran en vigencia las políticas neoliberales. Yo simplemente pregunto: ¿Cuál hubiese sido el impacto económico de haber seguido el modelo vigente en los 90? Hoy tenemos un país firme, sólido, que no sólo no ha provocado endeudamiento sino que por el contrario intenta desendeudarse para seguir creciendo.
–¿Considera que el tema de la deuda también influyó?
–Hay varios factores que ayudaron a estas conclusiones. El desendeudamiento del Fondo fue muy importante, y también el haber hecho mejores negociaciones por la deuda. Habría que agregar a esta lista el haber tomado los fondos que iban a los grupos económicos, a los bancos, el dinero de los trabajadores en manos de las AFJP. No olvido, como sindicalista que participa en mesas de discusión con los empresarios, el permanente acento que puso el Gobierno sobre las negociaciones colectivas de los trabajadores, la movilidad jubilatoria, el ingreso universal para todos los hijos. Estas son políticas que generan un impacto muy fuerte en el combate contra la pobreza y la indigencia. Todos estos factores económicos y sociales son los que hacen que la economía esté fuerte a pesar de la gran crisis internacional. Ahora estamos en una etapa en que comenzamos nuevamente a revertir ese proceso, estamos recuperando el crecimiento, y esa recuperación mejora el nivel de ingreso, de empleo y la capacidad del Estado de hacer inversiones en obras de infraestructura pública, lo que genera las mejores condiciones para las inversiones privadas. Por todas estas razones estamos apoyando al gobierno de Cristina, porque vemos que va avanzando en profundizar la mayor participación del asalariado en la distribución de la riqueza
–¿Cómo llegó a la intendencia de Quilmes y cuál es el saldo de sus primeros dos años al frente de la comuna?
–Digamos que siempre los trabajadores, y los metalúrgicos en particular, vivimos participando en política, porque teníamos las enseñanzas de Perón y Evita y de nuestros dirigentes históricos de que no hay solución gremial sin solución política. Ningún gremio puede resolver sus problemas estratégicos de empleo, de formación, tener un mejoramiento del salario y por ende de mejores condiciones de vida para su familia, de manera de poder mantener y mandar a sus hijos a la escuela o a la universidad, si no tenemos un modelo económico y de país productivo, un modelo de distribución del ingreso y de inclusión social. Siempre los metalúrgicos participamos activamente de la política, de allí nuestra larga historia en la lucha por la democracia, por el mejoramiento de las condiciones de trabajo, por las obras sociales, por la salud de los trabajadores. Pero ocurre que también, desde el ámbito sindical, tuvimos quizás una visión más sectorial, más sesgada. Si bien teníamos en claro la necesidad de enraizarse en el contexto de un proyecto nacional, nuestra concepción era obligadamente más sectorial. Ahora, uno debe gestionar desde la responsabilidad de conducir los destinos de otros sectores que no es solamente el del trabajo. Por lo tanto, se debe tener en cuenta otras esferas de la sociedad, como la del empresariado, la cultura, digamos también de aquellos que no están, que no han logrado la inclusión, las condiciones de vivienda, de infraestructura. Eso nos lleva a tener un panorama mucho más amplio, más acabado del manejo de una sociedad. Obviamente que siempre hay una mirada nacida desde el trabajo, porque sabemos que sin trabajo no hay posibilidades de llevar adelante un municipio, una provincia o un país. Eso lo tenemos bien claro.
–¿Cuáles fueron los principales enfrentamientos o roces que tuvo en el ámbito comunal, teniendo en cuenta que gobierna con un Concejo Deliberante en el que está en minoría frente a la oposición?
–Los roces se producen con proyectos distintos, con concepciones diferentes sobre el país. Algunos todavía rememoran épocas pasadas, modelos antagónicos con el desarrollo productivo. Son grupos que tienen concepciones absolutamente liberales sobre el rol del Estado, de los trabajadores, del pueblo. Entonces se nos hace imprescindible luchar desde lo político e ideológico con muchos que piensan que hay que volver para atrás. Lo hemos visto no sólo en mi distrito sino en dirigentes nacionales que han tenido responsabilidad en la conducción del país, o incluso gobernadores actuales, que anhelan volver al Estado inexistente. Por otro lado, debemos luchar contra la burocracia, contra un statu quo bastante poderoso, y eso es lo más difícil. Producir cambios, transformaciones y avanzar en contra de una corriente de muchos años es lo que más cuesta.
–¿Habría opción?
–Nosotros no vemos otro camino. La Argentina fue tomada como un laboratorio para el desarrollo de las políticas neoliberales del Consenso de Washington y así nos fue: terminamos con la mayor cantidad de desocupados, de pobres, de indigentes, la menor cantidad de industrias, el endeudamiento, la caída de todo: de las esperanzas, de las expectativas, la ausencia del Estado en la educación, en la salud. Lo hemos padecido profundamente en nuestro sindicato, que terminó apoyando la creación de empresas recuperadas, como lo veníamos haciendo desde fines de los años 80. Esa experiencia me permite sostener que, aunque algunos nostálgicos del pasado quieran hacer pensar a la gente que con ese modelo se puede crear riqueza, es el actual modelo productivo el que está llevando adelante la estrategia de distribución de riqueza y creación de empleo. Los resultados son palpables.
–Pero todavía falta mucho.
–Claro que todavía falta. Es necesario profundizar este modelo, hay que lograr más participación popular, crear más empleo, más trabajo, más inversión del Estado. Del mismo modo, también es necesario que los que más se enriquecen, los monopolios industriales, los oligopolios del campo, los sectores financieros concentrados, aporten una parte importante de lo que ganan para este modelo. No es que el Estado les va a sacar todo, pero tienen que entender que deben hacer un aporte importante. Porque el dólar competitivo, la política de crecimiento del mercado interno, del consumo, del ahorro, la política fiscal de crecimiento, de ventaja comparativa, los superávits comercial y fiscal primarios son medidas de gobierno sustentadas sobre el apoyo popular. Y que, además, los beneficia. Es razonable entonces que aquellos que se benefician en mayor medida aporten al sostenimiento y al crecimiento de este modelo.
–¿Cómo se siente cuando se unifica a todos los intendentes del Gran Buenos Aires bajo la denominación de «Barones del Conurbano»?
–Hablan de los barones como algo intocable, que tienen superpoderes, y eso no es así. Obviamente son conceptos absolutamente interesados mediante los que buscan crear confusión, desprestigio. No me preocupan esos calificativos porque soy muy consciente de que nuestra fuerza está en el pueblo, en la representación que tenemos en el pueblo, y eso lo construimos todos los días. No es un problema que se resuelve diciendo que hay un aparato estatal al servicio de una persona que conduce. La construcción del poder político se logra en la representación y eso se consigue con el trabajo de llevar propuestas, ideas, en todos los terrenos: en el barrio, en la educación, en el deporte, en la salud, en la cultura, en la obra pública, en inclusión a través de las cooperativas. Hasta te diría que pasa por llevar la palabra de aliento al desprotegido. Desde allí logramos la representación y desde allí hablamos. De ir y estar con el trabajador en conflicto para ver qué mano le podemos dar para que su fabrica no se caiga como pasó en el caso de Massuh, donde logramos crear una cooperativa, como el caso de un club que está en quiebra desde la época neoliberal y le damos ayuda, igual que hacemos con la sociedad de fomento. En ese momento nos sentimos parte del pueblo, pero con un mandato popular muy fuerte que es defender esos intereses.
–¿Qué es para usted el poder?
–Para mí el poder es la representación de los intereses populares. Uno puede creer que ganó una elección y tiene poder, pero si ese poder que le dio el pueblo no lo ejerce con una representatividad genuina, defendiendo sus intereses, el poder se esfuma así como se lo dieron. Hay que sostener los intereses del pueblo para mantener el poder.
–¿Por eso impulsa una suerte de liga de intendentes afines al Gobierno?
–Es que debemos defender lo que hemos logrado en estos años y a la vez impedir el retorno de esas viejas políticas que nos llevaron al desastre. Hoy más que nunca el país corre serios riesgos de caer en viejas trampas. Por lo tanto debemos apoyar lo que está hecho e ir por más. Por más participación, por más inclusión, por más crecimiento.
–En la zona de Quilmes y alrededores han sido precursores de la recuperación de empresas a manos de los trabajadores. ¿Cuándo se crearon las primeras cooperativas?
–Nosotros creamos dos cooperativas a fines de los 80: la General Savio y la General Mosconi. Eran dos empresas metalúrgicas que habían entrado en quiebra. También impulsamos la recuperación de una empresa como Adabor, que se hizo cooperativa, ya en los 90. Era nuestra forma de defender los puestos de trabajo, aunque todavía no se hablaba de «empresas recuperadas». Luego apoyamos, y te diría que cobijamos dentro del gremio, a un puñado de empresas que se fueron cayendo desde el 2001. Les mantuvimos la obra social y les dimos apoyo técnico y de capacitación a través de acuerdos con la Universidad de Quilmes. Son en su mayoría metalúrgicas, pero también hay de otros rubros. La última fue el año pasado, la papelera Massuh, que ya está trabajando nuevamente e incluso exporta. En este caso el Gobierno nacional se involucró muy especialmente.
–También usted apoyó desde el municipio la creación de cooperativas de limpieza.
–El municipio tiene una Dirección de Empresas Recuperadas a cargo de un trabajador de una de ellas, pero también tiene una Dirección de Cooperativas y Finanzas Solidarias. Ese es el perfil que queremos impulsar. Es un modelo de inclusión que nos parece el más adecuado en muchas circunstancias. Aparte de las recuperadas tenemos cooperativas de trabajo, de vivienda, cooperativas que hacen tareas de producción como fabricación de ventanas, puertas, asfalto, generando trabajo en el área urbana. Algunas hacen instalaciones de agua, de gas, eléctricas. Otras hacen instalaciones, puesta a punto, mantenimiento eléctrico, y también tenemos cooperativas que hacen remodelación y conservación de las plazas. Estamos anotando 1800 compañeros con el plan Argentina Trabaja, que ahora se encuentran en proceso de capacitación.
–Desde la CGT usted tuvo oportunidad de relacionarse con sindicatos de todo el mundo. ¿Qué experiencia le dejó ese contacto?
–Yo representé a trabajadores argentinos en la OIT (Organización Internacional del Trabajo), en la Fitim (Federación Internacional de Trabajadores de la Industria Metalúrgica), la CIOSL (la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres). Pero también me relacioné con compañeros de todo el mundo, desde la CUT brasileña hasta organizaciones de Chile, Uruguay y Estados Unidos. Todo esto nos sirve para sostener una inserción en el mundo a través de integración de América latina en primer lugar. Siempre hemos estado desde la CGT y desde la UOM preocupados y trabajando por eso que el general Perón decía allá por 1945 del continentalismo y del universalismo. Universalismo es el proceso de internacionalización de la economía y continentalismo es el proceso de integración de unidad de América latina, del Mercosur, como un destino americano. Hoy no se concibe una economía aislada de los espacios internacionales. No se puede tener una economía aislada del mundo.
–¿No suena a globalización?
–Esos conceptos de aislacionismo han quedado superados por la historia, lo que no quiere decir que uno se entregue a las políticas neoliberales que le dicen que el Estado nacional no debe existir. El Estado nacional debe existir para fijar las formas en que se relaciona con el mundo, qué tipo de cooperación económica, de cooperación industrial, qué tipo de cooperación social se establece en los mercados comunes y qué tipos de políticas internacionales se pondrán en marcha para defender el mercado interno y la fuerza laboral propia. Frente a eso hay que tener mucho cuidado, porque con el afán de competir y ganar mercados, los más poderosos penetran en economías que no son de avanzada y en los mercados más pequeños o emergentes, y eso puede destruir fuerza de trabajo, lo que conlleva a consecuencias sociales muy fuertes.
–¿A eso apunta la creación del Idisa (Instituto para el Desarrollo Industrial y Social Argentino)?
–Efectivamente, lo inteligente es saber que existe una economía internacionalizada, que existe un mercado nacional, y que para cada uno de esos espacios hay que tener políticas adecuadas a las posibilidades de desarrollo del mercado interno y la capacidad tecnológica que tenemos, para competir en igualdad de condiciones. Hay que abrir la economía, pero de acuerdo con nuestra capacidad de competir. Esa es una idea que yo impulsé desde siempre y sobre todo en los 90, cuando todo se venía abajo. Al fin, hemos podido unir en ese mismo interés a la UOM, al sindicato de supervisores metalúrgicos (Asimra) y a la cámara industrial (Adimra).
–¿Será un centro de estudios? Porque para algunos medios sería algo así como una corriente interna en la UIA.
–El Instituto estará dirigido por el ex ministro de Economía Miguel Peirano y es una entidad de carácter fundamentalmente técnico. Elaborará análisis y realizará observaciones de tipo coyuntural y a largo plazo, que serán de suma importancia para los gobiernos, las universidades, el Congreso y las legislaturas. Son necesarias políticas sustentables de largo plazo, y en Idisa se apunta a eso: qué podemos hacer como país y de qué manera. En definitiva, cómo juntos –trabajadores y empresarios– podemos construir un futuro para nuestros hijos.
–¿Qué opina acerca de la lucha de la CTA por su personería y los nuevos sindicatos que van surgiendo en distintos espacios laborales?
–Creo que muchas cosas están cambiando en el mundo, y también está cambiando la cuestión sindical. No hay que tener miedo a la generación de espacios sindicales nuevos. Lo que sí me parece es que debemos tener cuidado de que no se convierta en un elemento para tratar de dividir a los trabajadores en representaciones minúsculas. Debemos ser muy conscientes de que cuando hay una actividad que por su propia dimensión y por su propio crecimiento merece tener una nueva representación gremial, hay que aceptarla claramente. Hay trabajadores de la actividad informática que antes no existían como actividad, entonces si se nuclean trabajadores de esa actividad en un sindicato hay que respetarlos. Lo que no se puede permitir es que haya 20 gremios dentro de una empresa porque eso debilita a los trabajadores frente al poder concentrado del empresario. A más concentración patronal necesitamos más concentración sindical y también una política gremial para contrarrestar el avance del poder empresario.
–La crítica es que hay una burocracia que atenta contra los intereses de los trabajadores.
–Eso no es cierto. Puede haber en una estructura gremial algunos a quienes los puedan cuestionar desde el punto de vista político o ideológico, pero ninguna organización gremial atenta contra los intereses de los trabajadores. Puede algún sector pretender usar al sindicato en una función que no le corresponde. Pero me parece que lo ideal es generar debate y que se decida con el voto y con la participación de los trabajadores. Lo que no se puede hacer es obviar el voto de los trabajadores. Eso nunca.

Revista Acción, 1 de Marzo de 2010

Obama: La paz armada

Con un puñado de gestos y otras tantas frases cargadas de contenido, el presidente Barack Obama terminó por definir de qué lado se ubica en el intrincado juego en que se metió el día que asumió la presidencia, hace un año. El apoyo solapado al golpe de Estado en Honduras, la instalación de bases en Colombia, el rol en la cumbre de Copenhague y el anuncio del envío de más refuerzos militares a Afganistán fueron apenas el prólogo para lo que, de un modo más explícito, expresaron el mandatario al recibir el Premio Nobel de la Paz y su secretaria de Estado ante el acercamiento de algunos gobiernos sudamericanos al presidente Mahmud Ahmadinejad.

«Los instrumentos de la guerra tienen un rol a jugar en la preservación de la paz», sostuvo Obama en Oslo, sin inmutarse ninguno de los presentes, en el meduloso discurso con que intentó explicar las razones que asisten a Estados Unidos para usar la violencia en conflictos internacionales. Hillary Clinton no le fue en zaga, días más tarde, cuando amenazó a los mandatarios del sur del río Bravo: «Si desean coquetear con Irán, deben observar cuidadosamente cuáles podrían ser las consecuencias».
«Podría decirse que Obama ha avanzado todo lo que se podía avanzar desde la perspectiva tímidamente progresista que planteó, que es bastante poco –dice Gabriel Puricelli, analista político– Porque el consenso político en EE.UU. en la era Bush, pero sobre todo desde el 11 de setiembre de 2001, se corrió tan a la derecha que ni en la época del macartismo puede encontrarse un cuadrante tan radicalmente conservador, tan reaccionario como el actual».
Profesor de Historia de Estados Unidos en la UBA, Pablo Pozzi es fuertemente crítico de la gestión del demócrata, aunque considera que Obama «no puede hacer otra cosa. Estamos a casi 30 años de Ronald Reagan. No se debe perder de vista que en este período cambió el gobierno federal en EE.UU., que es fuertemente privatizado y que no tiene poder decisorio en gran parte de los temas en discusión. Baste pensar simplemente que la cantidad de mercenarios en Irak y en Afganistán, es casi el doble que la de soldados norteamericanos».
Francisco Corigliano, doctor en Historia y docente en Política Internacional en varias instituciones de la Argentina y el exterior, también observa un Obama esquivo a los cambios. «Tanto en política doméstica como externa los elementos de continuidad respecto del segundo mandato de Bush hijo son más notorios que los de ruptura. Y esta continuidad no sólo se debe al peso del complejo industrial-militar, sino también a la necesidad del Partido Demócrata de no aparecer demasiado concesivo en temas de defensa y seguridad nacional respecto a los republicanos».
Es curioso, pero ese concepto fue acuñado por el general Dwight Eisenhower, comandante de las tropas aliadas en la Segunda Guerra mundial, en su discurso de despedida de la presidencia, el 17 de enero de 1961. «La conjunción de un inmenso establecimiento militar y una gran industria armamentística es nueva en la experiencia americana. La influencia total –económica, política, incluso espiritual– se deja sentir en cada ciudad, cada capitolio estatal, cada oficina del gobierno Federal. (…) Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación haga peligrar nuestras libertades o procesos democráticos. (…) Sólo una ciudadanía alerta e informada puede imponerse al engranaje propio de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa con nuestros pacíficos métodos y objetivos, para que la seguridad y la libertad prosperen juntas». Su sucesor, John Kennedy, sería víctima de ese mismo aparato en 1963. A su manera, todos los gobiernos demócratas que lo siguieron también resultaron acosados por este inmenso poder, en términos económicos, pero también como proveedores de mano de obra y desarrollo tecnológico.
«Es un karma con el que lidian al menos desde la administración demócrata de Jimmy Carter, defenestrada por la derecha republicana por su falta de eficacia en un operativo de rescate de rehenes norteamericanos en la embajada en Teherán, en 1979. Fracaso que, entre otros muchos factores, catapultó a Ronald Reagan a la presidencia en 1980», recuerda Corigliano. Obama decidió muy pronto no alejarse de esta línea, y sin haber mostrado demasiada lucha.

Política del garrote
En un capítulo de la vieja serie Sledge Hammer (virtualmente «garrote de madera»), que por estas tierras se llamó Martillo Hammer el protagonista, un detective brutal enamorado de su Magnum 44, hace un allanamiento no autorizado. Ante una prenda íntima encontrada en un mueble del sospechoso, su compañera policía pregunta: «¿Estás pensando lo mismo que yo?».
–No sé tú, estoy pensando en invadir Afganistán yo solo –responde, mientras mira embelesado su arma. Graciosa para la época, 1987, cuando ese país era una piedra en el zapato de la Unión Soviética y Washington apoyaba a los jefes tribales que se oponían a la invasión.
La comedia, que todavía puede verse en algún canal de cable, refleja no solamente el placer irracional por las armas, sino el deseo de expansión imperial que finalmente concretó Bush Jr. luego de los atentados del 11S. Obama también explicó «su» guerra, en una conferencia en la academia militar de West Point: más tropas, más acciones contra los talibán, instrucción a las fuerzas armadas locales y una fecha para el retiro total en 18 meses. «No sea otro presidente de la guerra», le había rogado Michael Moore en una carta abierta. De nada sirvió el pedido del cineasta.
«Plan McCrystal light», lo denominaron los medios estadounidenses. El general Stanley McCrystal comanda las fuerzas de EE.UU. y la OTAN en Afganistán. A fines de agosto presentó a Robert Gates, secretario de Defensa, el Commander’s Initial Assessment (Evaluación Inicial del Comando) ante el pedido de Obama de discutir una retirada más o menos honrosa. El acrónimo refiere al COIN strategy (Estrategia de Contrainsurgencia, aunque juega con un término que podría entenderse literalmente como «estrategia de la moneda»), el plan explicitado en 66 páginas que se plantea el envío de refuerzos para terminar con los talibán y el apoyo a políticas «antisubversivas», poniendo foco en la población más que en los militantes «insurgentes». Un método que diseñaron los franceses para Argelia y enseñaron a las fuerzas armadas sudamericanas en los años 70 con resultados demasiado conocidos. El «McCrystal light» sería una versión mínima: en lugar de 40 mil soldados pedidos, 30.000; en lugar de entrenar 240.000 tropas afganas, 120.000 y así.
Para completar el cuadro, el número de enero de la revista Vanity Fair publica un extenso perfil al creador y dueño de la agencia de «servicios militares» más grande del mundo: Blackwater. Erik Prince, heredero de una fábrica de autopartes en Michigan y ferviente militante católico, fue «comando especial» de la Marina en Irak en los 90 y allí trabó amistad con muchos Sledge Hammer. Desde entonces convirtió a su emprendimiento en una rentable empresa que facturó 1500 millones en Irak y en Afganistán.
El reportaje fue escrito por Adam Ciralsky, un ex abogado de la CIA, que le hizo juicio a la agencia porque, dice, trabó su ingreso al gobierno central por su origen judío. Prince (40 años y siete niños) se jacta de su método de enseñanza. Para el que aplica una escena de la película Taken (conocida aquí como Venganza), en la que Liam Neeson hace de un viejo agente secreto al que le secuestran su hija adolescente.
–No tengo el dinero. No sé qué hará usted, pero si no deja a mi hija lo buscaré, lo encontraré, y lo mataré –dice el personaje Bryan Mils, el espía retirado, a los secuestradores.
«Quiero que mis hijos entiendan los peligros que hay por allí. Y que sepan cómo respondería yo», explica Prince a Vanity Fair.
Esta nota provocó revuelo en los círculos progresistas ligados a los demócratas. La sospecha es que, tratándose del dueño de una agencia de mercenarios reporteado por un ex CIA, habría un intento de chantajear al gobierno.

Burocracia bélica
Dana Priest es periodista en el The Washington Post y ganó dos Pulitzer por trabajos de investigación, uno de ellos con su libro The Mission. Waging War and Keeping Peace with America’s Military. Allí muestra que la política exterior de Estados Unidos es dictada por el aparato militar. Porque tiene más cantidad de personal, está altamente capacitado y dura en su gestión mucho más que cualquier secretario de Estado.
«Mientras que a mediados de los ochenta el gasto militar de Estados Unidos no alcanzaba al 30% de los gastos militares mundiales, hoy es casi el 50%. El presupuesto de defensa equivale a la suma del resto de los 191 países miembros de Naciones Unidas», dice Juan Gabriel Tokatlián, doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad John Hopkins y docente en la Universidad Torcuato di Tella.
Las cifras de este conglomerado son abrumadoras: más de 800 bases en todo el mundo, 440.000 soldados, un presupuesto 15 veces más grande que el destinado al resto de los asuntos exteriores y 200 veces más personal en el Pentágono que en el Departamento de Estado, sin contar a las tropas privadas, dan una idea de lo que se está hablando.
«Si hay un sector que creció en los últimos 20 años fue la burocracia militar. Y lo hizo invadiendo áreas de competencia de otros sectores del Estado. Además, tiene planes que van mucho más allá de los años que le pueden tocar a Obama. Es un ente autónomo que permanentemente tensiona con las autoridades civiles para tener mayores grados de autonomía», señala Puricelli, co-coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.
Corigliano añade otro elemento a tener en cuenta. «La incidencia de los lobbies étnicos, económicos y religiosos, y particularmente la derecha cristiana evangélica y los judíos ortodoxos, es muy fuerte. Sin dejar de lado el peso e influencia que la red de medios, los intelectuales y los think-tanks conservadores y neoconservadores tienen sobre la opinión pública. Algo que no es suficientemente contrapesado por la red de medios e intelectuales liberales (progresistas)».
Esta influencia se manifiesta en la concepción privatista predominante en la sociedad. «Cuando sucedió lo del huracán Katrina, la Armada no podía rescatar a las víctimas. Terminaron alquilando los barcos de Circle Line, una empresa turística, para que saquen a los tipos, turísticamente», ironiza Pozzi, para agregar luego que nada cambió desde entonces.
Algo que a Obama le quedó claro no bien quiso aprobar la Ley de Salud, que propone ampliar la cobertura para el 15% de la población de menores recursos. Para Corigliano, hay dos fuerzas opuestas que se juegan en ese tema. «Por un lado, el presidente pertenece a un partido que está claramente identificado con las medidas de estado de bienestar adoptadas por Woodrow Wilson, Franklin Roosevelt, Harry Truman, John Kennedy y Lyndon B. Johnson, quien prometió erradicar la pobreza y dejó programas sociales como Medicare y Medicaid». Pero muchos de esos logros fueron barridos por la revolución conservadora de los 80 «a tal punto que Clinton y ahora Obama no pueden volver al grado de intervencionismo estatal y medidas progresistas que se adoptaron entonces. En buena medida por el impacto de la crisis económica pero también por el peso del Estados Unidos conservador».
Pozzi, doctorado en la State University of New York, lo analiza a su manera: «El plan de Salud que en 1992 quiso aprobar Bill Clinton era por lejos mucho mejor». Reconociendo también que el plan de Hillary Clinton era más ambicioso, Puricelli explica que Obama propuso una reforma que apenas subsidia a los privados para dar cobertura a 36 millones de norteamericanos que no la tienen. Aun así, «los lobbies particulares introdujeron cambios en la Cámara Baja, como el diputado Bart Stupak, que planteó una enmienda para que ningún subsidio del Estado pueda ser utilizado en el financiamiento de abortos».
«Actualmente los Estados Unidos tienen la distinción nada envidiable de ser la única gran nación industrial sin el seguro médico obligatorio», recordaba un artículo del diario Washington Post. Agregando que la frase pertenece al economista de Yale Irving Fisher «y fue dicha en diciembre. En diciembre de 1916».

Camino de centro
El mote de encabezar una gestión de corte socialista le cabe a Obama –según las usinas ultraconservadoras– por su postura ante la crisis económica. Se lo acusa de haber convertido a la General Motors (GM) en Government Motors, por ejemplo. Pero en sus últimos meses Bush había destinado varios miles de millones de dólares más para el salvamento de los principales grupos financieros.
«En términos económicos, Obama es claramente un centrista –dice Puricelli– y de hecho es donde ha demostrado más continuidad con la política de un centrista como Bill Clinton. Todo el equipo económico de Obama es de ahí». Podría agregarse que los colaboradores más íntimos de Obama creen firmemente en el libre mercado «y entienden que el estado capitalista está para evitar las crisis del capitalismo».
Pozzi añade que tanto republicanos como demócratas «han gastado casi un billón de dólares en subsidios al mundo financiero y todos dicen que la cosa mejoró. Pero no hay control, no se ha creado una Comisión de Seguridad de Acciones como hizo Roosevelt en su momento para controlar bonos basura o acciones truchas. ¿Cómo saben que el balance de Citibank mejoró si no tienen controles?».
El historiador sostiene luego que «la suposición de que Obama pueda hacer una política distinta nombrando a los mismos tipos que vienen haciendo la política económica en los últimos 30 años es inocente». Lo peor es que, según esta perspectiva, no puede hacer mucho más. «Cuando él dice “vamos a entregar dinero para paliar la crisis” dice algo equivocado. No tiene los canales para que ese incentivo llegue a los pobres. Todo pasa por los punteros municipales, hay un plata para gente que promete repartirla y la esperanza de que eso funcione. Pero sin instituciones estatales para lograrlo», agrega Pozzi.
«El Partido Demócrata es un aparato que se pone en funcionamiento sólo cuando hay elecciones», señala Puricelli. Recién en estos últimos años, dice, algunos estamentos liberales se han puesto a trabajar en una militancia más consecuente. Sobre todo en los estados de mayor tradición sindical y de luchas civiles. Pero, paradoja de los tiempos que corren, los republicanos siguen contando con el apoyo del electorado de mayor poder adquisitivo y también con el de los más pobres.
El premio Nobel de Economía de 2008, hasta no hace mucho ferviente apoyo de Obama, resumió el momento de un modo bastante sintético: «Pasó algo raro camino a un nuevo New Deal. Hace un año lo único que debíamos temer era el temor mismo; hoy la doctrina dominante en Washington parece ser “tengan miedo, mucho miedo”», analiza Paul Krugman.
En eso están.

Revista Acción, 1 de Enero de 2010