por Alberto López Girondo | Abr 16, 2011 | Sin categoría
El ballottage entre el ex teniente coronel de artillería Ollanta Moisés Humala Tasso y la licenciada en Administración de Negocios por la Universidad de Boston, Keiko Sofía Fujimori Higuchi, sorprende por el tendal de alianzas forzadas que compromete y la forma en que obliga a los peruanos a tomar posición de cara a un futuro que en lo macroeconómico es prometedor, pero en el plano político amenaza con fuertes sacudidas.
Por lo pronto, y mientras desde Montevideo el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa ya no duda en darle su voto al ex militar nacionalista –luego de haber dicho que la segunda vuelta sería para elegir entre un cáncer terminal o el sida–, en Lima los centros financieros mostraban sus resquemores con una baja en la Bolsa de Valores que acumulaba un 9% en la semana.
Las razones del escritor peruano, que está viniendo a Buenos Aires para participar en la Feria del Libro luego de una explosiva controversia por sus posturas fuertemente derechistas, muestran un poco en detalle su propia visión del mundo, pero también de cientos de miles de sus conciudadanos.
Urgido a optar entre un hombre al que todavía se “acusa” del pecado de mantener vinculaciones políticas con Hugo Chávez y de querer redistribuir ingresos o la hija de un ex presidente preso por corrupción y delitos de lesa humanidad, Vargas Llosa dijo: “que gane Keiko Fujimori significaría la resurrección de una de las dictaduras más crueles y más corrompidas que hemos tenido en la historia”. Sobre Humala, en cambio, se limitó a señalar que su “esperanza es que eso que dice sea cierto, y que esa nueva actitud que dice haber adoptado sea una realidad que confirme con acuerdos concretos que nos permita votar por él a quienes no queremos que de ninguna manera se desplome un sistema que trae buenos resultados a Perú”.
Con “lo que dice Humala” se refiere a la renovada postura del más votado en la primera vuelta. Que cada día se muestra más moderado en su discurso, cosa de captar los votos de las clases que más se beneficiaron con estos años de bonanza que colocaron a Perú entre los países con más alto crecimiento en todo el mundo, muy cercano a la mismísima China. Lo que no dice Keiko –pero circula como muy posible y para nada descabellado– es que de ganar el ballottage indultaría a su padre, de quien fue primera dama a los 19 años luego de la escandalosa separación de la pareja presidencial.
Ya en 2006, Humala había ganado por un porcentaje similar en la primera ronda electoral (un 30,61% contra el 24,3 % de Alan García). Pero terminó perdiendo por el 52,2% a 47 y monedas. El domingo pasado obtuvo el 31,7% contra el 23,5% de Keiko. Lo que implica que la relación de fuerzas en Perú sigue igual, aunque cambie la cara del oponente al nacionalismo de izquierdas que representa Humala. Quien está decidido a no repetir los errores que lo dejaron a las puertas de la Casa de Pizarro, la sede del gobierno en Lima, hace cinco años.
De allí el intento por adherir al modelo de Lula da Silva y el cambio en la vestimenta, más formal ahora. Para alejarse lo más posible del sambenito de que el venezolano le paga la campaña, de que quiere modificar la Constitución y de que es un enemigo de la libre iniciativa privada, ansioso por estatizar todo lo que se mueva.
Rápido, el tercero en la discordia electoral, el millonario Pedro Pablo Kuczynski (PPK), ex ministro de Economía de Alejandro Toledo, llamó a los dos contendientes a firmar un compromiso de seis puntos, que contempla entre otras cosas el respeto de la Carta Magna, el mantenimiento de la economía de mercado y el rechazo de la corrupción y la impunidad, bajo el argumento de que los dos “tienen antecedentes preocupantes para la democracia”. Humala y Keiko visitaron a PPK y le dieron la mano, amigables, pero todavía no hay definición sobre posibles acuerdos electorales con ninguno.
Alejandro Toledo, que más que lidiar con el resto de los candidatos tuvo que competir con su antiguo colaborador por las preferencias del mismo sector socioeconómico, se muestra más cerca del ex militar. “Si se eliminan ciertos parámetros del plan de gobierno de Humala ya estamos muy cerca, ya que no se necesita hacer una alianza, sino trabajar juntos por la democracia”, dicen en el entorno del ex académico en las universidades de Stranford y Johns Kopkins que ya fue presidente y combatió con la misma dureza que Humala a Alberto Fujimori, a quien sucedió en el año 2001.
Como parte de este tenso y largo intermedio –la segunda vuelta será el 5 de junio– se van perfilando otras estrategias de cambio de imagen. Por lo pronto, los dos postulantes cambiaron a sus voceros. En ambos casos por exabruptos.
Martha Chávez, portavoz de Keiko, se tuvo que ir luego de que en una entrevista televisiva defendió abiertamente al gobierno de Alberto Fujimori. No ahorró elogios ni para sus aspectos más oscuros.
Humala renovó su equipo de prensa luego de que Carlos Tapia se trenzara en una áspera disputa con una periodista televisiva, a quien acusó estentóreamente de fujimorista, luego de haber descalificado ferozmente a los candidatos que quedaron afuera del ballottage.
En otro giro en medio de la campaña –aunque no se sabe a quién puede beneficiar– se entregó sorpresivamente, y luego de diez años en la clandestinidad, el ministro de Economía de Alberto Fujimori.
Juan Carlos Hurtado Miller, autor del sanguinario plan de ajuste neoliberal practicado en los ’90 en Perú, está acusado de peculado, asociación ilícita y colusión desleal, y se sometió a la justicia luego de haberse escabullido por una década. Y también sorpresivamente fue dejado en libertad con la excusa de que ya tiene 70 años, y que juró acudir a los llamados del tribunal que lo juzga. El hombre se hizo conocido luego de haber sido filmado cuando Vladimiro Lenin Montesinos, el temible jefe de los servicios de espionaje fujimorista, le entregaba 300 mil dólares para financiar una campaña a la alcaldía limeña en 1998. Montesinos fue condenado a 25 años por tráfico de armamento y violaciones a los Derechos Humanos.
Lo que resulta interesante de este momento de decisiones, con todo, es la postura de Vargas Llosa, que tiene doble nacionalidad peruano española y reside en Madrid desde 1990, tras haber perdido en segunda vuelta con Fujimori. La relación del exquisito novelista con los Humala, una suerte de Kennedys andinos, viene de lejos. Como que el patriarca, Isaac Humala, un abogado que de joven dirigió una célula marxista-leninista, tenía entre sus adherentes universitarios al propio Vargas Llosa, que lo retrató como un personaje folklórico en su atrapante Conversación en la catedral.
Don Isaac fomentó una ideología que desde el comunismo enraizó en un indigenismo radical. De allí que la mitad de sus ocho hijos tienen nombres incaicos: Pachacutec, Ima Sumac, Cusicollur, Antauro y Ollanta. Todos tuvieron su grado de participación política y dos de ellos –Ulises y Antauro, sentenciado a 25 años en 2009 por la toma de una comisaría– fueron candidatos, aunque luego tuvieron graves diferencias que los alejaron, quizás, definitivamente.
El único que quedó en carrera fue Ollanta. “El guerrero que todo lo mira”, en quechua. El mal menor, para el autor de La tía Julia y el escribidor.
Tiempo Argentino, 16 de Abril de 2011
por Alberto López Girondo | Abr 9, 2011 | Sin categoría
Nicolas Sarkozy viene perdiendo imagen puertas adentro de Francia. Y como parecen indicar las normas no escritas de la política imperial, apela al recurso de las acciones en el plano internacional para recuperar protagonismo interno. Al precio de no resistir las frías evidencias de ningún archivo. Como su apurada, nerviosa, incursión en Libia, cuando todavía ni la Unión Europea ni la OTAN habían decidido qué hacer en torno a un conflicto que no veían de fácil resolución, como efectivamente está ocurriendo en relación con Muammar Khadafi.
Una incursión que decidió apenas días después de que su ministra de Relaciones Exteriores tuviera que renunciar por su estrecha vinculación con el ex mandatario tunecino, Ben Ali, expulsado del poder por movilizaciones populares que reclamaban democracia en un país sometido a gobiernos autoritarios por décadas. Y luego de haber apoyado al egipcio Hosni Mubarak –caído en circunstancias similares– hasta que no tuvo más remedio que soltarle la mano.
Vieja potencia imperial en el continente africano desde que ocupara Argelia, en 1830, Francia venía retirándose de sus antiguas colonias, donde aún ejerce una suerte de protectorado, por razones básicamente presupuestarias. Sin embargo, y luego de ese renacer ensayado en Libia –contra la voluntad de los italianos, que repentinamente también recordaron su pasado colonizador y no quieren perder influencia en los asuntos norafricanos– el Elíseo mantiene su rol protagónico en la crisis de Costa de Marfil, antigua posesión en la que se juegan no pocos intereses económicos, más que la salida democrática que argumentan los entidades políticas multinacionales y varios gobiernos, incluido el de Barack Obama, que mira expectante el resultado de esta lucha por el control del principal productor mundial de cacao. No quedaría mal decir, entonces, que el revival imperial en África tiene color negro, y olor a petróleo en Libia y a chocolate en Costa de Marfil.
Pero para entender algo más de lo que sucede en Abidjan, conviene recordar algunos antecedentes, sobre todo de sus principales protagonistas. Porque para los grandes medios, todo el problema se reduce al empecinamiento de un presidente, Laurent Gbagbo, que perdió las elecciones de noviembre pasado y se niega a dejar el poder a su sucesor reconocido por todos los organismos internacionales, Alassane Dramane Ouattara (ADO). Pero no se menciona tanto el apuro de las trasnacionales del cacao para solucionar un problema que, como consecuencia del bloqueo al que se sometió al gobierno de Gbagbo para que deje el poder, impide desde diciembre la venta (al menos la legal) del principal componente de ese Alimento de los Dioses inventado por los aztecas.
Gbagbo, el malo de la película, es profesor de historia graduado en su país y con un master en la Sorbona. De tendencia socialista, fue arrestado por primera vez en 1971 por su lucha contra el derechista Félix Houphouet-Boigny, presidente “democrático” desde la independencia, en 1960, hasta su muerte, en 1993. Gbagbo fue uno de los fundadores del Sindicato Nacional de la Investigación y la Enseñanza Superior (Synares) y alcanzó renombre como para postularse a presidente en 1990. Fue declarado perdedor, a pesar de las denuncias de un fraude escandaloso que en ese momento no despertó críticas de los centros del poder mundial. Otro intento de despojo, en 2000, terminó con una revuelta popular sólo aplacada cuando las autoridades de entonces reconocieron su triunfo. Ensayó como mandatario una política contraria a los designios de Francia y, sobre todo, del Fondo Monetario Internacional, con el que se propuso negociar un reescalonamiento en los pagos de la deuda marfileña para no realizar los ajustes a que lo obligaban.
Pero ya por entonces su enemigo político era Ouattara. Que precisamente había sido ministro en tiempos de Houphouet-Boigny y de sus no menos “democráticos” sucesores (Aimé Henri Bédié y Robert Guéi). ADO también fue mano derecha del ex director del FMI Michel Camdessus.
Porque Ouattara, musulmán del norte de Costa de Marfil, educado en Burkina Faso y los Estados Unidos, al que le costó mucho le reconocieran la nacionalidad marfileña, ya que toda su familia es burquinesa, desde joven rumbeó como cuadro de los estamentos financieros internacionales. Y tras recibirse de bachiller en Ciencia en la Universidad Drexel, de Filadelfia, se doctoró en Economía en la Universidad de Pensilvania a los 23 años, en 1965, y tres años más tarde ingresó al FMI. Allí Camdessus, que dirigió el organismo de crédito en los años de oro del neoliberalismo y sin dudas es uno de los responsables de la gran crisis argentina de 2001, lo nombró director general adjunto en 1994.
Casado en segundas nupcias con Dominique Nouvian, una ambiciosa empresaria de nacionalidad francesa nacida en Argelia, ADO conformó un matrimonio que, según informes de organismos de inteligencia franceses, entre alianzas y contactos, le permitió afianzar una cuantiosa fortuna, con propiedades y empresas en África, Francia, los Estados Unidos y cuentas bancarias en las más sólidas instituciones, si las hay. Pero nunca dejaron de levantar sospechas por la rapidez con que se construyó ese imperio personal. Premonitores, el casorio de los Ouattara-Nouvian, en 1990, había sido apadrinado por el entonces alcalde de Neuilly-sur-Seine, Nicolas Sarkozy.
Sin entrar en detalles, para 2002 estalló en Costa de Marfil una feroz guerra civil que partió el país en dos. En el Norte se ubicaron los “rebeldes” de las Forces Nouvelles, dirigidas y financiadas por el ouattarismo, mientras que el sur quedaba en poder de Gbagbo. Los cascos azules de la ONU ingresaron a ese territorio en 2004, con la justificación de cumplir tareas humanitarias. Las tropas francesas, acantonadas en la base de Port Bouet, pusieron su granito de arena en esta contienda que tuvo también ingredientes étnicos y religiosos, pero una base económica innegable.
Así las cosas, y luego de ingentes negociaciones que involucraron a la mayoría de los países africanos –deseosos de poner fin a la matanza– el presidente llamó a elecciones en 2010. Ouattara, para todos los veedores, fue el ganador, con 54% de los sufragios. Gbagbo desconoció ese resultado, explicando que, como ya lo habían hecho otras veces, metieron mano en las urnas en complicidad con franceses y empresas transnacionales.
Esta es la razón por la cual, para acelerar la caída de Gbagbo, al amparo de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU de protección de la seguridad de los civiles que también se aplica en Libia, las tropas francesas iniciaron la llamada “Operación Unicornio” junto con los cascos azules internacionales.
El documentalista dinamarqués Miki Mistrati presentó el año pasado un film en que refleja otra vertiente del drama marfileño. El lado oscuro del chocolate muestra que gran parte de la producción de cacao que sale de la región está hecha por mano de obra infantil y esclava. Se compran niños por unos 230 euros para que trabajen en plantaciones por la comida diaria, sostiene el testimonio, fue publicado por Tiempo Argentino el 12 de diciembre pasado.
Las denuncias hechas durante una década desataron investigaciones contra Cargill y Archer Daniels Midland (ADM) como comercializadoras del cacao y Barry Callebaut, Nestlé, Kraft Foods, Ferrero y Mars como fabricantes del dulce néctar. Todos se comprometieron a combatir el problema.
Tiempo Argentino, 9 de Abril de 2011
por Alberto López Girondo | Abr 2, 2011 | Sin categoría
Curiosidades de la Historia. Rudolph Hess, uno de los máximos jerarcas nazis, había nacido en la ciudad egipcia de Alejandría, aunque recibió una educación rígidamente germánica. Conoció a Hitler al fin de la Primera Guerra Mundial y adhirió de inmediato a su proyecto. Pero por eso de que algunas fidelidades no incluyen el acompañamiento hasta la sepultura, mientras Alemania preparaba lo que sería la desastrosa invasión a la Rusia soviética, Hess burló las patrullas británicas en un bimotor y cruzó el Canal de la Mancha, en mayo de 1941. Cuando se le terminó el combustible, se tiró en paracaídas. Estaba cerca de Glasgow, Escocia. Fue detenido, condenado por crímenes de lesa humanidad y murió en 1987. Para entonces era el único habitante de la prisión de Spandau, Berlín. Nunca se confirmó si quiso abandonar al Führer o pretendía negociar una paz con el Reino Unido en su nombre.
El miércoles, el canciller libio Musa Kusa y parte de su familia llegaron a Londres, luego de cruzar la frontera con Túnez subrepticiamente con la excusa de tratarse de la diabetes. En la capital inglesa dijo que renunciaba a seguir representando al gobierno libio. Para la diplomacia occidental es una muestra más de la debilidad de Muammar Khadafi, que no está en condiciones de mantener a su lado a colaboradores tan cercanos como antiguos. Porque Kusa, como se comenta en los corrillos internacionales, es una suerte de “caja negra” de lo que ocurrió en estos 42 años en Libia.
Al igual que Hess, Kusa era la cara amable del régimen y negoció con los países europeos indemnizaciones por el atentado de Lockerbie, Escocia, en 1988, contra un avión de la desaparecida compañía Pan Am en el que murieron 270 personas. Luego acordó las condiciones para que Gran Bretaña entregara al autor del atentado y, de paso, para desactivar el programa de “armas de destrucción masiva” de Libia, lo que le franqueó las puertas de Europa. El problema es que Kusa fue el jefe de los servicios secretos libios entre 1994 y 2009. Por lo tanto sabe muy bien cómo se organizó el golpe y quién lo ordenó, lo que significaría que puede aportar data para un eventual juicio contra Khadafi en La Haya.
Por eso el hombre no respira tranquilo, a pesar de que es difícil saber a qué acuerdos podría haber llegado con los británicos para dar semejante salto. Por lo pronto, los familiares de las víctimas de aquel atentado exigen a las autoridades que sea llevado ante la justicia. En el mismo sentido se expresó Mahmud Shamam, ministro de Información del consejo rebelde, con sede en Benghazi, quien además le pide rendir cuentas sobre los crímenes cometidos en suelo libio mientras comandó a los espías nativos. Kusa debería responder por el asesinato de figuras de la oposición que vivían en el exterior y por la represión interna durante todos esos años.
El mismo día se conoció una información publicada por The New York Times acerca de la participación de la CIA en Libia, que según una orden secreta de Barack Obama, incluye la posibilidad de entregar armas a la oposición. También el MI6 británico, para no ser menos, hace de las suyas en las arenas libias, según revelaron los medios internacionales.
La alianza de potencias que intervienen en el conflicto libio no pudo aún avanzar militarmente sobre las tropas leales a Khadafi. Porque la cobertura aérea es un buen escudo para evitar ataques khadafistas, pero no alcanza para torcer el poderío terrestre, habida cuenta de que las milicias rebeldes son un grupo disímil y más voluntarioso que preparado, cuando no escaso en cantidad y calidad militar. Y, además, que ni la OTAN ni Washington cuentan con información certera y confiable sobre quién es quién en ese mosaico de intereses unidos sólo por el deseo de expulsar a Khadafi. Por eso prometen pero dudan sobre la entrega de armamento al Consejo rebelde.
Está fresco en ellos que el apoyo que le dieron a la resistencia afgana contra la invasión soviética a finales de los ’80, que devino en el ascenso al poder de los talibán, un grupo integrista que tiene en vilo a las tropas estadounidense desde hace diez años. Sin hablar del escándalo Irán-Contras.
Pero hay otros personajes emblemáticos que intervienen en este galimatías en que se convirtió Libia. Porque el mando militar de las fuerzas opositoras estuvo hasta hace un par de semanas en manos del general Younes Abdel Fattah, que fue ministro del Interior y un colaborador clave de Khadafi hasta el 22 de febrero, cuando renunció pidiendo a sus colegas que se unieran a la gente para “responder a sus legítimas demandas”. Ex ministro de Seguridad Pública, Fattah trabó una relación privilegiada con los británicos en 1992, a raíz de un incidente diplomático.
No era hombre a quien encomendarse demasiado, de modo que tuvo que dejar su puesto al general Khalifa Hifter o Haftr, según la grafía. Él sí sería de fiar para los gobiernos occidentales. Como que, si bien no hay confirmación oficial sobre su relación con la agencia de espionaje estadounidense –estas cosas no se publican en el Boletín Oficial– pasó los últimos 20 años de su vida con su numerosa familia en Fairfax, Virginia, Estados Unidos. A 20 minutos de Langley, la sede central de la CIA, y a 25 del Pentágono.
La principal ventaja de Hifter es que no es un converso reciente, puesto que abandonó a Khadafi hace mucho. Y que no se fue por apoyar manifestaciones callejeras. Su historial –revelado por el periodista Chris Adams, de McClatchy Newspapers– dice que comandó las tropas libias en la desastrosa aventura en Chad de finales de los ’80. Hifter, por entonces coronel del ejército, fue capturado en 1987 cuando combatía en una rebelión respaldada por Libia contra el gobierno de Hissène Habré, apoyado por los Estados Unidos. En 1990 se trasladó a Virginia y, según testimonia Adams, llegó a ser el comentario de sus vecinos, que no se explicaban cómo hacía para mantener su nivel de vida sin contar con ningún trabajo conocido. Incluso, se recuerda en las crónicas periodísticas, se lo mencionó como líder de la oposición libia en el The Washington Post del 26 de marzo de 1996 durante una revuelta contra Khadafi en Trípoli.
“Los esfuerzos de la CIA son un intento tardío de reunir información básica sobre los rebeldes, que antes de los levantamientos en el norte de África apenas aparecían en las pantallas de los radares de los servicios secretos”, escribió el mismo diario, pero hace unos días.
“Sabemos en contra de qué están”, explicó Mike Rogers, presidente de la comisión de los Servicios Secretos en la Cámara de Representantes estadounidense. “Pero no sabemos realmente a favor de qué están”, concluyó. Entregarles armas a los rebeldes en estas circunstancias sería, aun para un republicano como lo es él, “una idea terrible”.
“El general Khalifa Hifter, el comandante del autoproclamado Ejército Libre de Libia, no se viste para la batalla. En los días recientes, después de que sus fuerzas habían recuperado gran parte del territorio que habían perdido, el militar llevaba un traje a rayas y un suéter de cuello negro.” Así lo describen Alexander Marquardt y Mark Mooney en un artículo para ABCNews.
Quizás aquí podría buscarse alguna explicación a esta carencia de información. Hifter estaba demasiado cómodo en Virginia. Y la CIA también.
Tiempo Argentino, 2 de Abril de 2011
por Alberto López Girondo | Mar 26, 2011 | Sin categoría
Luego de la revuelta popular que sacó del poder en Egipto a Hosni Mubarak, el 11 de febrero pasado, era esperable que, más temprano que tarde, la ola llegara a Siria. Porque la historia moderna de ambas naciones está tan íntimamente ligada como para que el anuncio de la eliminación del estado de excepción que hizo el gobierno de Bashar al Assad termine por convertirse en una muestra inigualable de esta comunión.
La crisis del Canal de Suez, en 1956, dejó como resultado un fuerte liderazgo del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser. Siria, que venía de un período de inestabilidad política, se acercó tanto a Egipto que el 1 de febrero de 1958 Nasser y el presidente Shukri al Kuwatli anunciaron la creación de la República Árabe Unida.
Era un experimento difícil de sostener, ya para llegar de un territorio a otro hay que atravesar Israel y parte de Jordania. Y efectivamente, un golpe militar restableció la República Árabe Siria el 28 de septiembre de 1961.
Pero no fueron meses fáciles los que sobrevendrían y otro golpe, dado por oficiales de tinte socialista del ejército sirio el 8 de marzo de 1963, llevó al poder al Partido Baas, panarabista. Desde entonces rige en Siria el estado de excepción, que durante 48 años prohibió, entre otras limitaciones a las libertades democráticas, las protestas callejeras.
El sistema funcionó bastante bien, al punto que en 1971 asumió la presidencia el padre del actual líder, Hafez al Assad, y su dinastía logró permanecer estos 40 años en el poder. Razón suficiente para que los analistas consideraran a Siria más estable y con menos probabilidades de que se produjeran rebeliones.
Extremadamente flaco, alto y con cierto desgarbo, Bashar al Assad –que nació dos años después del estado de sitio, en 1965– estaba en Londres cuando le informaron que había muerto en un extraño accidente su hermano mayor Basel, el heredero natural del clan. Corría el año 1994 y Bashar, a los 28 años, tuvo que cambiar radicalmente su vida.
Él, que había estudiado oftalmología y se imaginaba en algún hospital londinense haciendo sus prácticas, debió volver velozmente y prepararse para su nuevo destino. En pocos meses ingresó a la academia militar y posteriormente a la escuela de guerra de Damasco, donde se forman los cuadros políticos del baasismo. A la muerte de su padre, fue elegido en 2000 con el 97% de los votos.
El año pasado hizo una gira por Latinoamérica. Y se mostró ante un grupo de periodistas porteños como seguro, amplio, moderno y alejado de extremismos religiosos. Sólo causó impacto que ante una pregunta sobre el Holocausto dijera: “Esa es una historia en la que no estuve presente. No había nacido ni ustedes tampoco. Que digan 6 millones, 10 millones, no tengo estos datos precisos porque no estaba presente.”
Pero como todo pasa, según el viejo proverbio árabe que luce Julio Grondona en su anillo, parece haberle llegado la hora a Siria. Y en los últimos días los muertos por la represión llegan al centenar en la región de Daraa, al sur de la capital. A los funerales asistieron unas 20 mil personas, una cifra imposible de imaginar en un país donde precisamente no existe ese derecho. Las consignas, según reflejan las agencias internacionales, eran por libertad y el fin de la corrupción.
El anuncio de que se podría morigerar el sistema represivo incluye también una nueva ley sobre partidos políticos, un aumento de salarios, la distribución de subsidios en el área de salud y la creación de una comisión especial para diseñar planes contra la corrupción.
Antoine Basbous, director del Observatorio de los Países Arabes, le dijo a Ansa que Assad “tiene miedo de la comparación con el tunecino Zine Ben Abidine Ben Ali y Hosni Mubarak, no quiere que crean que su régimen está vacilando como los países vecinos”. Y remató: “No podemos saber si las concesiones que anunció serán suficientes para aplacar a la población.”
Rami Makhluf, primo del presidente y dueño de empresas de telefonía celular en el país, es uno de los personajes que aparecen en muchas de las pancartas como emblema de la corrupción en ese país, donde una minoría del islamismo alauita en torno del 15% controla el poder sobre la mayoría de sunnitas.
Otro presidente en apuros, el yemenita Ali Abdalá Saleh, anunció una amplia amnistía para los militares que pasaron al bando de los rebeldes opositores, y pidió a además la renuncia de los soldados “desertores”. El mandatario –32 años en el poder– ya había propuesto adelantar las elecciones presidenciales para fin de 2011 y no presentarse a un nuevo período. Luego de la masacre de al menos 52 personas hace una semana en Sanaa, la capital, un gobernador, varios embajadores, un general y un grupo de militares se pasaron al bando opositor, lo que presagia un aumento en capacidad de presión y poderío político de los sectores que piden cambios en ese país. En un discurso televisado, el presidente yemenita anunció una “amnistía general” para aquellos que “cometieron esta idiotez”. Palabras que suenan a bravuconada de alguien que se sospecha perdido.
Pero donde la situación puede resultar más sinuosa es en Bahrein, ese pequeño reino del Golfo Pérsico con una superficie equivalente a tres veces la Ciudad de Buenos Aires y millones de barriles de petróleo bajo su suelo. Ese escaso territorio es sede de la V Flota de los Estados Unidos, por tanto un sitio estratégico en el que una revuelta puede resultar fatal para la estructura militar de Washington en la región.
Los opositores chiítas, una mayoría abrumadora del país, exigen desde hace meses cambios políticos sustanciales a la dinastía Al Jalifa, sunita, que reina desde 1783. La forma de resolver la cuestión hasta ahora consistió en prometer cambios mínimos y pedir refuerzos de tropas y armas de Arabia Saudita para reprimir a los manifestantes. Los muertos se cuentan por decenas y según la Organización de Naciones Unidas (ONU) en la última semana de protestas desaparecieron entre 50 y 100 personas.
El vocero del Alto Comisionado de Derechos de la ONU, Rupert Colville, dijo a Ansa que la situación es “muy preocupante”. Entre los desaparecidos hay activistas políticos, defensores de los Derechos Humanos, médicos y enfermeras.
Los métodos represivos en Bahrein se están pareciendo cada vez más a los utilizados por la dictadura militar argentina hace 35 años. Y Washington deja hacer con tal de mantener un status quo cada vez más difícil. Teniendo en cuenta, también, que todo llega.
Tiempo Argentino, 26 de Marzo de 2011
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