por Alberto López Girondo | Mar 5, 2011 | Sin categoría
Está en el lado equivocado de la historia”, evaluó Barack Obama, y sonó contundente. Por las dudas, quiso reforzar: “Voy a ser muy poco ambiguo sobre esto. El coronel Muammar Khadafi tiene que dejar el poder y marcharse.” El presidente estadounidense indicó luego que los EE UU estudia “toda una gama de opciones” para aplicar en Libia. Si uno se guía por el pasado de incursiones neocoloniales en el mundo, no podría menos que considerarlo una amenaza de intervención armada. Con una escalada que podría comenzar, por ejemplo, con una zona de exclusión aérea sobre el país norafricano, para impedir que la aviación leal a Khadafi ataque a las fuerzas opositoras.
Las palabras de Obama parecen una respuesta a la presión que el espectro conservador viene desplegando para que el Pentágono tome cartas en el problema libio a la usanza de los buenos viejos tiempos. Es así que unos 40 “neocons” enviaron una carta al actual ocupante del Salón Oval para pedirle, también sin ambigüedad, una intervención militar y terminar con Khadafi. “Libia está en el umbral de una catástrofe moral y humanitaria”, dice la nota, en la que se detallan una serie de operaciones posibles, como el incremento de sanciones y el pedido a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para que “desarrolle planes operativos a fin de desplegar con urgencia aviones de guerra”.
Entre los signatarios de la carta figuran cuatro personajes muy cercanos a Bush hijo: su ex subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz; su principal asesor sobre Medio Oriente, Elliott Abrams; y dos ex redactores de sus discursos, Marc Thiessen y Peter Wehner.
Pero algo cambió en las relaciones internacionales últimamente. Algo que percibe la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, quien le puso un manto de sutileza histórica al problema Khadafi. “Una de nuestras mayores preocupaciones es que Libia no se hunda en el caos“, declaró la funcionaria, para explicar: “Los sangrientos enfrentamientos podrían provocar condiciones como en Somalia, que carece hace varios años de un Estado central.”
La operación Devolver la esperanza había comenzado con Bush padre, y terminó en un rotundo fracaso en marzo de 1995, cuando Bill Clinton y la ONU decidieron abandonar Somalia, que quedó en manos de un rosario de señores de la guerra enfrentados a muerte. Aquella intervención tuvo un costo diez veces mayor que la ayuda humanitaria que pretendía sustituir, y fue el despliegue militar estadounidense más grande en ese continente. El extremo del Cuerno de África sigue sin gobierno ni instituciones, dividida en tres proyectos de países que piden reconocimiento de Naciones Unidas (Somalilandia, Puntland y Somalia).
Bill Clinton, como se sabe, es el esposo de Hillary. De manera que ella conoce aquel fracaso en vivo y en directo. Pero también en el Pentágono saben qué se quiere decir cuando se habla de intervención bélica. Y se les frunce la nariz.
En abril de 1986, siendo presidente Ronald Reagan, cazas norteamericanos atacaron Trípoli y Benghazi, en una operación que dejó unos 100 muertos –entre ellos una hija de Khadafi– en represalia por el estallido de una bomba en la discoteca berlinesa “La Belle”, predilecta de los soldados estadounidenses apostados en Alemania, donde murieron tres personas. Reagan había anunciado un golpe “quirúrgico y proporcionado” contra el país acusado por el atentado. Pero Khadafi salió fortalecido. Otras intervenciones que recuerdan en los despachos militares son la invasión a Afganistán y a Irak, que tampoco fueron grandes éxitos políticos.
Es cierto que unos 400 marines de la II Unidad Expedicionaria Marina, con base en Carolina del Norte, desembarcaron en la isla de Creta. Y que también llegaron al Mediterráneo barcos anfibios de asalto. Pero el secretario de Defensa tamizó un poco la cosa. “Las consecuencias de nuestros actos tienen que ser ponderadas muy cuidadosamente. Tenemos que pensar antes de que se use a las fuerzas militares estadounidenses en otro país”, dijo con toda claridad Robert Gates.
En similares términos se manifestó el jefe del Estado Mayor, Mike Mullen, quien cuestionó una de las medidas en análisis, como la creación de una zona de exclusión aérea, por considerarla una operación “extraordinariamente compleja”. En off, resaltó Peer Meinert, de la agencia dpa, los uniformados estadounidenses comentaron que una intervención de los Estados Unidos confirmaría el argumentos de Khadafi, de que la oposición está fogoneada por lacayos de EEUU, que no tienen ningún interés en la democracia sino sólo en el petróleo. Sería como un balazo en el propio pie, sostienen.
Tampoco hay consenso en el núcleo fuerte de la ONU. Guido Westerwelle, ministro alemán de Relaciones Exteriores, comentó que una acción militar ni siquiera estaba en la agenda, y que además, Alemania se opone. China ya había adelantado su repudio al uso de armas, mientras que Rusia rechazó la idea por “superflua” y pidió respetar las sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad. El canciller italiano, Franco Frattini, descartó a su turno cualquier intervención militar por “razones obvias”. Italia ya tuvo su propia aventura bélica en África, entre 1911 y 1943, y con eso le basta.
Para Obama, abrumado aún por la derrota electoral de noviembre pasado que lo puso a merced de los republicanos en el Congreso, y del Tea Party y sus representantes en los medios más recalcitrantes de la derecha, una acción armada siempre puede ser una opción interesante para fijar agenda exterior y desviar los temas que afligen en política interior.
También de esto podría hablarle su secretaria Hillary Rondham Clinton.
Porque como primera dama tuvo que esquivar las dentelladas de los republicanos cuando estalló el affaire de Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky. El caso, según terminó por confesar él, “fue una relación inapropiada”, que permitió la chanza casi cantada de que gobernaba desde el Salón Oral. “Es una operación de la derecha, es inocente”, juraba ella.
El tema fue tomando espesor político en los primeros días del ’98. Y muy pocos dudaron de que el incremento de las presiones contra el régimen de Saddam Hussein eran una forma de desviar la atención.
Porque a medida que el escándalo iba comprometiendo al gobierno, también aumentaba la embestida contra Irak. El 9 de diciembre, un comité del Congreso aprobó un juicio político contra el presidente. El 16, Clinton y el entonces premier britanico Tony Blair deplegaron la operación Zorro del Desierto, el mayor de los bombardeos mientras que Hussein estuvo en el poder. En febrero de 1999, un Clinton recuperado fue absuelto de culpa y cargo por el Senado de los EE UU.
Tal vez la duda con Libia es que ni Obama ni Hillary tienen relaciones inapropiadas. Que se sepa.
Tiempo Argentino, 5 de Marzo de 2011
por Alberto López Girondo | Feb 26, 2011 | Sin categoría
El rey, suprema autoridad, apenas dispone de un margen de movimiento ligeramente mayor que el de un peón. Un pobre rey casi paralítico, en las situaciones de mayor peligro, que no puede desplazarse sino con menudos pasos, de cuadrícula en cuadrícula…” La frase del boliviano Marcelo Quiroga Santa Cruz pertenece a una novela que no alcanzó a terminar, Otra vez marzo. Ilustrativo análisis del líder socialista asesinado por paramilitares durante el golpe de julio de 1980 que llevó al poder, circunstancialmente, al narcotraficante Luis García Meza, y que sirve para explicar el exiguo dominio del monarca. No sólo en el ajedrez, esa metáfora política nacida en Oriente en forma de juego.
Algo de esto debe estar pensando Muammar Khadafi, acorralado por una oposición tribal y mediática en la capital libia y en apariencia condenado a la derrota, luego de 42 años de ejercicio del poder en esa nación del Norte de África. Y sintiendo que lo están abandonando muchos de sus viejos amigos, como algunos ministros, diplomáticos y militares. Pero también aquellos viejos enemigos que, solapados, se acercaron a sus mercedes en busca de alguna migaja de esos millones de barriles de petróleo disponibles a pocos kilómetros de distancia de Europa. O de estabilidad en el tablero regional.
El viraje de Khadafi, con un rico pasado antiimperialista, lo acercó, efectivamente, a hacer las paces luego de los ’90 con los poderosos del mundo industrializado. Táctica que lo fue convirtiendo en un interlocutor válido para el combate, por ejemplo, de Al Qaeda o del extremismo islámico.
En ese marco, recompuso relaciones con Italia, que hace justo un siglo –en septiembre de 1911– había comenzado una tardía aventura colonizadora en el otro lado del Mediterráneo. Khadafi estableció una relación tan profunda con Silvio Berlusconi que se rumoreó de negociaciones para venderle al libio su participación accionaria en el club Milan. Decenas de empresas y el propio “Cavaliere” profundizaron desde 2008 relaciones comerciales de toda índole con Libia.
Pero repentinamente, desde que fueron contagiándose en la región revueltas como la que se inició en Túnez para fin de año, esos nuevos mejores amigos occidentales fueron girando a una velocidad de torpedo. Y desde París, Londres y Washington, llueven recomendaciones y amenazas para que se acabe la dura represión que reflejan los medios internacionales, casi todos prendidos a la información que difunde la cadena de televisión Al Jazeera, con sede en Qatar.
Los gobiernos de Cuba y Venezuela, en cambio, tienen una visión diferente de la crisis libia. “Lo que para mí es absolutamente evidente es que a los Estados Unidos no les preocupa en absoluto la paz en Libia, y no vacilará en dar a la OTAN la orden de invadir ese rico país, tal vez en cuestión de horas o muy breves días”, escribió el líder cubano en uno de sus ahora habituales artículos de reflexión.
Fidel Castro insistió en que los Estados Unidos acrecentó su poderío en el mundo a través del control del petróleo mediante sus trasnacionales, método con el que intentó ahogar a la Revolución Cubana y amenazó la soberanía de otras naciones, como es el caso, dijo, de Venezuela. Precisamente desde ese territorio sudamericano, fue el propio presidente Hugo Chávez quien fijó posición desde un Twitter que envió a su ministro de Relaciones Exteriores.
“Vamos Canciller Nicolás (Maduro): dales otra lección a esa ultraderecha pitiyanqui. ¡Viva Libia y su Independencia! ¡Gadafi enfrenta una guerra civil!”, escribió. El funcionario explicó entonces ante su Parlamento que Caracas rechaza la violencia en Libia y acusó al gobierno de Barack Obama de “crear un escenario que convenga a la invasión”. Acto seguido agregó que los medios de comunicación están “manipulando” los acontecimientos actuales en Libia.
La historia de esta parte del mundo es abundante en ejemplos de cómo los medios y los constructores de la memoria han manipulado acontecimientos para construir escenarios de civilización o de barbarie. Tal vez el ejemplo más contundente sea el de Juan Manuel de Rosas, que por su defensa de la soberanía nacional se convirtió en enemigo de las potencias del momento y de sus aliados interiores. Francia y Gran Bretaña bloquearon el estuario del Río de la Plata, como se sabe, y –es una forma resumida de decirlo– el “tirano” respondió con el Combate de la Vuelta de Obligado.
Hubo varios caudillos “dictatoriales” que luego el revisionismo histórico ubicó en otro lugar, como el mariscal Francisco Solano López, atacado por los medios de la segunda mitad del siglo XIX para justificar la Guerra de la Triple Alianza, que destruyó al Paraguay entre 1865 y 1870.
Antes, también en el Paraguay, hubo un personaje igualmente poco querido por la iconografía liberal, José Gaspar de Francia. Una sublime semblanza de este personaje y más aun de los controvertidos fundamentos de un gobierno autocrático escribió Augusto Roa Bastos en la imprescindible novela Yo el Supremo, publicada en 1974. Roa Bastos es el mismo que escribió los guiones de Shunko y Alias Gardelito, de Lautaro Murúa, y de Hijo de hombre y La Sed, de Lucas Demare, entre la docena de filmes en que intervino.
“Los pasquineros consideran indigno que yo vele incansablemente por la dignidad de la República contra los que ansían su ruina. Estados extranjeros. Gobiernos rapaces, insaciables agarradores de lo ajeno. Su perfidia y mala fe las tengo de antiguo bien conocidas”, se enfurece por momentos el Supremo de Roa Bastos.
El que había descubierto el talento y la fuerza expresiva de ese culto empleado paraguayo de una empresa de seguros del centro porteño, donde estaba exiliado, fue Armando Bo, quien en 1957 llevó al cine El trueno entre las hojas. La película, de paso, mostró por primera vez todo el esplendor de Isabel Sarli. Roa Bastos hizo luego Sabaleros, también con el dúo Bo-Sarli.
“El rey no avanza ni siquiera cuando se desplaza hacia adelante, en busca del centro del tablero. Todo desplazamiento suyo es una fuga, un modo de burlar el asedio que lo empuja hacia un ángulo donde sus posibilidades de huir se reducen a tres”, reflexiona Quiroga Santa Cruz. Enemigo del régimen de Hugo Banzer, el boliviano también padeció exilios. En Chile, en Buenos Aires, donde llegó a dar clases en la UBA, en México. Y lo mató una dictadura apoyada por el régimen de Videla.
Representantes de ese régimen genocida ante la Libia de entonces recordaban estos días que Khadafi arriesgó mucho para acercarle armas a la Argentina en la guerra de Malvinas, ese intento de parecer defensor de la soberanía de uno de los gobiernos más proimperialistas en la historia nacional. Pero caramba, de todas maneras era una gesta reivindicativa que otros países solidarios, como lo fue entonces el Perú, no dejaron de reconocer.
¿Cómo habrá que pararse frente a Muammar Khadafi, ahora que aparece acorralado, irascible, irracional? Por supuesto, no se puede aceptar violaciones a los Derechos Humanos. Y se exige el cese de la violencia. Pero hay un puñado de preguntas incómodas por hacer. ¿Qué viene, después de Khadafi? ¿Una invasión, la partición de Libia entre caudillos tribales, como en Somalía? ¿Una sangrienta guerra santa que sólo deje en pie a los pozos petrolíferos? ¿Quién mueve los trebejos en el complejo tablero árabe?
Tiempo Argentino, 26 de Febrero de 2011
por Alberto López Girondo | Feb 19, 2011 | Sin categoría
Al finalizar la tercera Guerra Púnica, para el 146 a. C., Roma pudo decir que el Mediterráneo era el Mare nostrum. No había competidores para ese pueblo nacido en la península itálica desde que Escipión Emiliano logró derrotar y destruir Cartago. Desde esas tierras, hoy tunecinas, nació una revuelta popular de la que nadie se aventura a decir qué consecuencias tendrá, pero que preocupa a los Estados Unidos, y especialmente a Europa e Israel, que comparten costas en ese agitado océano.
Es evidente que los cambios que nacieron en Túnez y continuaron en Egipto no tienen punto de retorno, sea lo que sea que ocurra en los próximos días. Porque las manifestaciones en las principales ciudades árabes contra regímenes de todo pelaje que cohabitan en la región provocaron una revuelta de la que por ahora no sobresalen líderes, pero que promete cambiar el esquema estratégico occidental como no se veía desde hace décadas. En pocas palabras: “la llamada facción moderada árabe ya no existe, y se está desplegando un nuevo mapa estratégico en Cercano Oriente”, como expresó a la agencia dpa el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Hachemiyah, Jordania, Adnan Hayajneh.
Algunos analistas hablaron de que la Revolución Francesa había llegado, finalmente, a la otra orilla del Mediterráneo. Otros, justamente por la sucesión de estallidos en dominó, dicen que se parece mucho al 1989 del Este de Europa.
Las causas para el 1789 francés se estudian en las escuelas secundarias, donde se menciona que la necesidad de mayores libertades civiles para los actores económicos de la burguesía incipiente coincidió con una crisis que sumía a la mayoría de la población en la miseria y una escandalosa aristocracia poco propensa a la solidaridad. Luego del primer período de violencia y descontrol, los franceses tuvieron su Napoleón, que intentó esparcir su influencia por el continente europeo. Hasta que, en 1814, meses después del desastre de Leipzig, Europa instaura la restauración absolutista. Napoleón no pudo volver y, como se sabe, tuvo su Waterloo definitivo un año más tarde.
En la caída del bloque soviético hubo factores comparables de descomposición en un sistema que prometía terminar con las desigualdades en el mundo. Pero en este caso, a los errores de un régimen que ya no podía cambiar sus bases de funcionamiento, se agregó una crucial influencia de los Estados Unidos en un operativo de inteligencia que en su momento pareció descabellado a quienes lo propusieron.
Para los años ochenta, la estrategia de Washington hacia América Latina había sido forzar en forma gradual pero consistente la democratización de las dictaduras que habían sido útiles a la hora de combatir a los gobiernos de izquierda de los ’70, pero ya eran una pesada carga política, por sus gruesas violaciones a los Derechos Humanos y el descontento popular.
Con la caída intempestiva del sha de Irán, luego de meses de protestas populares en 1979, el tablero en Medio Oriente había quedado duramente golpeado. Y el ascenso incontrolable de una república islámica fundamentalista en remplazo del régimen prooccidental del monarca Reza Pahlevi fue un toque de atención para los estrategas estadounidenses, que sufrían también por la llegada al poder de los sandinistas en Nicaragua.
De modo que se ensayó un cambio en el modo contención de las protestas sociales y en el enfoque para el manejo de la cosa pública. Si se acusaba de falta de democracia al mundo comunista, no era viable sostener regímenes igualmente represivos de este lado de la Cortina de Hierro.
Cumplida esta etapa, vino la segunda parte del operativo. Como cuenta el estadounidense Carl Bernstein (uno de los que investigó el caso Watergate) en Su Santidad Juan Pablo II y la historia de nuestro tiempo, escrito junto con el italiano Marco Polito, la CIA fue fundamental en la elevación del obispo polaco al trono papal, y luego en coordinar con él los esfuerzos para que desde Polonia se pudiera ir minando el poder real de los comunistas. Sorpresivamente, incluso para los más optimistas, la estrategia dio resultado y el imperio caería en forma casi incruenta.
Las consecuencias fueron, como señala el británico Misha Glenny, el crecimiento de un casi incontrolable modelo de economía ilegal, que reflejó en un libro que ya tiene un par de años pero es un documento insustituible para comprender ese momento, McMafia: el crimen sin fronteras. Allí, el ex corresponsal de The Guardian y la BBC en Europa del Este detalla la forma en que muchos de los nuevos mafiosos se pasaron de sus lugares en la burocracia de cada uno de los países del bloque al tráfico de drogas, de mujeres, de armas y a la apropiación de empresas privatizadas a las apuradas por la ola neoliberal.
Para 2001, las democracias latinoamericanas ya estaban totalmente sumergidas −en todo el sentido de la palabra− en el mismo modelo, obligadas por el Consenso de Washington. El estallido de la Argentina, casi simultáneo con el primer Foro Social Mundial de Porto Alegre, sentó las bases para un nuevo paradigma en las relaciones con el resto del mundo.
El 20 de marzo próximo se cumplen ocho años del inicio de la invasión a Irak, iniciada por George W. Bush. Saddam Hussein había dado muestras de su poco apego a la democracia desde su ascenso al poder en 1979, en su caso también con ayuda de los Estados Unidos. Había sido útil para llevar adelante la guerra contra Irán de 1980, pero con los años se terminó convirtiendo en un personaje temerario.
Algo pasó en el mundo en estos ocho años. En América Latina, luego de una primera etapa de revulsión social, finalmente Néstor Kirchner llegó al gobierno, meses después de que en Brasil lo hiciera un obrero metalúrgico, algo impensado poco antes. El resto es conocido: el continente fue afianzando su autonomía de los centros de poder y de los organismos económicos internacionales, y fue consolidando lazos para la integración entre los países.
Los Estados Unidos están en mengua, pero no se puede decir que dejaron de ser la principal potencia planetaria. Lo prueba el nivel de aceptación que aún consiguen en la ONU para frenar iniciativas de países que en poco tiempo, según los pronósticos, habrán de tomar su lugar. Pero luego de que sus incursiones en Irak y Afganistán se mostraran como ineficaces, ya no hay lugar para nuevas aventuras en esa sensible región. Algo que el presidente Barack Obama no desconocía, porque, al menos desde agosto de 2010, cuenta con informes de inteligencia que le advertían sobre la posible efervescencia en países gobernados por amigos de Washington. Y estudiaba la forma de canalizarlas en su provecho.
Es difícil predecir el futuro cercano en el convulsionado norte de África. No es posible saber si habrá descontrol e irracionalidad o si surgirán líderes del talante de los latinoamericanos que encaucen las voluntades detrás de un proyecto común y sustentable. Ni siquiera, si las noticias serán buenas para quienes aspiran a construir relaciones pacíficas, estables y duraderas entre los estados. Quizás por eso atrapa e inquieta la noticia de cada día.
Lo que sí es seguro es que ya nada será igual. Y eso implica, después de todo, una revolución.
Tiempo Argentino, 19 de Febrero de 2011
por Alberto López Girondo | Feb 12, 2011 | Sin categoría
Manuel Noriega se entregó tras una invasión estadounidense después de varios días de heavy metal en la Nunciatura de Panamá. Hosni Mubarak tuvo que dejar el poder, apurado por multitudes enardecidas en la plaza central de El Cairo. Un destino común liga los ascensos de estos dos hombres de confianza de Washington caídos en desgracia. El final, quién sabe, podría tener aristas similares. Dependerá de lo que haya podido negociar el egipcio en las febriles horas que precedieron a su tan resistida renuncia.
Primer destino común: en Panamá y en Egipto están las dos mayores obras de ingeniería del siglo XIX, que permitieron la primera oleada globalizadora. Y en ambas maravillas tuvo que ver un aristócrata francés, Ferdinand de Lesseps, quien promovió el proyecto y dirigió la construcción del Canal de Suez, que permitió ahorrar semanas a los buques que hacían el recorrido entre el extremo de Asia y Europa. Un camino que resultó vital cuando el petróleo se convirtió en el motor del sistema capitalista industrial y, casualmente, esa región se reveló como una de las fuentes más importantes del oro negro.
Suez fue inaugurado en 1869 y, dicen los conocedores, para la ocasión Giusseppe Verdi presentó la ópera Aída. El mismo vizconde De Lesseps convenció a inversionistas europeos de construir otro canal, en el istmo de Panamá. Pero no tuvo la misma suerte y para 1889 debió renunciar al proyecto, ya bastante avanzado, provocando un gran escándalo financiero que lo llevó a una condena por fraude. La obra, luego de algunos vaivenes, fue encarada por los Estados Unidos, no sin antes haber provocado la escisión de Panamá, hasta entonces provincia de Colombia. Este canal fue inaugurado en 1914.
Para 1956, el entonces líder egipcio Gamal Abdel Nasser buscaba apoyo para la construcción de la represa de Asuán. Francia y el Reino Unido, que tenían la mayoría de las acciones de Suez, intentaron obtener beneficios políticos de esa operación. Inspirador del movimiento de países no alineados y del nacionalismo egipcio, Nasser se negó y recurrió a la Unión Soviética una vez nacionalizado el canal. Hubo un conato de invasión que terminó al cabo de una crisis que amenazó la débil entente de la guerra fría, aunque para la ocasión Moscú y Washington jugaron del mismo lado.
Para 1977, otro líder nacionalista, el general Omar Torrijos, logró su mayor triunfo diplomático, con la firma de un tratado con el entonces presidente estadounidense Jimmy Carter por el cual Washington habría de ceder el control del canal centroamericano el último día del año 1999. Torrijos, comandante de la Guardia Nacional, estaba en el poder desde 1968, luego de un golpe de estado, y frecuentaba amistades como la de Fidel Castro, aunque nunca rompió con los Estados Unidos. Un delicado equilibrio que, sin embargo, no le garantizó una larga vida. Y a poco de cumplir 52 años, el 31 de julio de 1981, murió en un extraño y sospechoso accidente de aviación cuando la nave en que viajaba, un DeHavilland Twin Otter, explotó en pleno vuelo mientras atravesaba la localidad de Cerro Marta. Hay varios testimonios que adjudican el presunto atentado a la CIA, pero, a pesar de que el caso fue llevado a juicio, nunca prosperó una investigación oficial.
Unos meses más tarde, el 6 de octubre de 1981, el sucesor de Nasser, Anuar el-Sadat era asesinado durante un desfile militar por integristas islámicos. También Carter había tenido que ver con el ex confidente del líder de Egipto, ya que había logrado convencerlo de firmar los históricos acuerdos de Camp David que implicaron el reconocimiento del Estado de Israel y un nuevo posicionamiento de El Cairo como garante de la estabilidad regional.
Así fue que Noriega y Mubarak se hicieron del poder, casi para la misma época. El ex miembro de la Fuerza Aérea de Egipto disfrutó de la tranquilidad que le dio el sistema construido por Nasser y Sadat y acrecentó su dominio sacando del juego −sin miramientos− a quienes podían hacerle sombra entre los propios y a quienes pretendían rumbos democráticos para ese territorio. Mientras tanto, amasó una fortuna importante, que administran su hijo y frustrado sucesor, Gamal, y su esposa, Suzanne, hija de un pediatra egipcio y de una nurse británica.
Noriega tuvo un paso más traumático por el gobierno. Porque, a pesar de que la CIA financió gran parte de su ascenso y digitó la sucesión de Torrijos, muy temprano el militar recibió denuncias y se ordenaron investigaciones en los Estados Unidos por sus vínculos con el narcotráfico. La presión para que diera un paso al costado no se hizo esperar. Pero resulta que no quería dejar el poder. El hombre había sido útil en las duras, y no se quería perder las maduras.
Sin embargo, para las navidades de 1989 era más un problema que una solución, de modo que el entonces presidente George Bush padre ordenó la invasión de Panamá, en una operación llamada “Causa Justa”, que provocó la muerte de al menos 3000 panameños, la mayoría entre la población más pobre. Noriega esperaba que la curia lo protegiera o al menos le diera una salida elegante a la controversia. Su objetivo era defender el pellejo y, si era posible, la fortuna acumulada en esos años de bonanza personal.
Los uniformados, efectivamente, no podían bombardear la solemne residencia, así que apelaron a la tortura psicológica −con perdón de los amantes del Heavy− y con brutos equipos amplificadores atronaron la calle en forma ininterrumpida con música a todo volumen. Alternaban rock pesado con The Howard Stern Show, combinación letal que convenció a los sacerdotes de quitarse de encima al molesto personaje, quien el 3 de enero de 1990 se entregó mansamente.
En Miami lo condenaron a 40 años de prisión, reducida por “buena conducta” a 20. Extraditado a Francia a mediados del 2010, allí recibió otra condena, a siete años, por blanqueo de dinero. Desde la Prison de la Santé confía en una nueva extradición, ahora a su país natal, donde ya lo sentenciaron por el homicidio de varios opositores. No se sabe cuánto dinero le quedó, pero sí llamó la atención en su momento que la justicia le liberara una cuenta para pagar los honorarios de sus abogados, del bufete de Frank Rubino, algo así como 6 millones de dólares. Rubino insistió ante el jurado para que le dejaran presentar documentos que, según dijo, probarían que “el atentado sufrido por Torrijos fue orquestado por agencias del gobierno de los Estados Unidos”. Pero el tribunal no los aceptó como evidencia porque arguyó que podrían violarse las actas de seguridad nacional.
Algún as en la manga tiene también Mubarak. Que le permitió resistir hasta que las Fuerzas Armadas evaluaron que la única forma de que se quedara era apelando a una masacre que no había condiciones políticas para sostener. Y ante la amenaza de terminar como Noriega, teniendo que guardarse la información confidencial para mejor momento y perseguido judicialmente, prefirió la opción Ben Ali. Salvar la fortuna y, si puede, cruzar las fronteras a un retiro dorado. Para no terminar como en el tema “Ride the Lightning”, de Metallica, esperando un relámpago en la silla eléctrica.
Habrá que ver si lo consigue.
Tiempo Argentino, 12 de Febrero de 2011
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