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La otra reconquista

Ahora van a por Francia”, temía el diario español Público en su tapa del jueves. Se refería a los fondos especulativos que mantienen en jaque a las principales economías del mundo, las que en los últimos días reaccionaron tímidamente ante el embate de las calificadoras de riesgo y finalmente decidieron bloquear la venta de acciones en descubierto, para limitar el poder de fuego de “los mercados”.
Es bueno recordar qué decían esos mismos actores internacionales hace diez años cuando los especuladores venían “a por Argentina” y la explicación en boga era que el país no había hecho bien los deberes. Peor aún, muchos líderes vernáculos que entonces se jugaban todo a la convertibilidad parecen haber escrito el libreto con el que la troika (el FMI, la UE y el Banco Central Europeo) aplaude ahora los tijeretazos en Portugal y recomienda afilar aún más los instrumentos en Grecia, España e Italia.
Son las mismas políticas que dejaron el tendal de pobreza, miseria y desesperanza en América latina desde fines de los ’90, cuando S&P y Moody’s eran la verdad revelada y no esos niños malos en que parecen haberse convertido repentinamente, cuando los que padecen sus interesados pronósticos son estadounidenses, franceses o alemanes. La mano de las evaluadoras está detrás de la lucha feroz entre demócratas y republicanos que están fagocitando al gobierno de Barack Obama con tal de defender los privilegios de los más acaudalados. De manera que en lugar de agrandar el presupuesto subiendo impuestos, se reducirá con recortes en los magros beneficios sociales que los demócratas prometieron ampliar al llegar a la Casa Blanca.
El mismo problema de qué espaldas soportarán la carga lo viven los chilenos con la crisis educativa. El presidente Sebastián Piñera dijo que en la vida todo tiene su costo y que para tener educación gratuita no tendría más remedio que aumentar impuestos. Espantosa opción, considera el mandatario conservador, como para que la clase media comience a replantearse su apoyo a esos jóvenes díscolos que tienen la osadía de poner como ejemplo a la educación argentina, que suele albergar a miles de estudiantes de otros países latinoamericanos sin cobrar por ello. Una conquista cultural que sin dudas habrá que agradecerle a Sarmiento –tan poco solidario en otros ámbitos– y a la reforma estudiantil radical de 1918.
Mientras tanto, en el Reino Unido las facturas entre policías y el gobierno pueden llevar a una nueva y más profunda crisis política. El primer ministro David Cameron acusa a Scotland Yard de no haber desplegado la cantidad suficiente de hombres en las calles londinenses para evitar los desmanes producidos en esta semana. La policía británica le respondió ácidamente que los que critican no estaban en el frente de batalla cuando estalló la violencia. Efectivamente, es verano y Cameron descansaba en una villa toscana, mientras que los bobbies masticaban bronca. Por un lado, porque los dos máximos directivos tuvieron que renunciar en el marco del escándalo Murdoch, acusados de haber hecho la vista gorda cuando muchos de sus subordinados cobraban un extra pinchando teléfonos para los medios del grupo.
Pero, además, miles de uniformados perderán sus empleos por los recortes presupuestarios. Y si es cierto que nada es gratis en la vida, esas deudas políticas se pagan más temprano que tarde. Porque por más que Cameron diga que los despedidos serán administrativos, son compañeros de armas de los que tendrán que poner el pecho a las balas en la convulsionada Albión.
“Tarde piaste”, dirían los más viejos; los países europeos se desayunan con que el problema no son los evanescentes mercados, sino los especuladores de carne y hueso a los que todavía no identificaron, y que se escudan detrás de fondos de inversión que apuestan contra el euro. La paradoja es que si miraran en la experiencia de este lado del océano, encontrarían respuestas que una suma de cerrazón intelectual e intereses férreos en mantener el status quo no dejan avizorar.
Y en este lado, los países de la Unasur –que padecieron con todo su rigor el experimento neoliberal en los ’90 y por eso ya saben qué gusto tiene la medicina y, además, que el remedio neoliberal es peor que cualquier enfermedad– se unen para ensayar respuestas conjuntas ante una crisis que no crearon pero que pueden sufrir si se quedan de brazos cruzados.
Bajo la mirada sobradora de los grandes medios de todos los países de la región, que ningunean el encuentro porque pretenden que este grupo de presidentes populistas no pueden, ni deben, triunfar donde otros fracasan. Por eso presionan desde todos los rincones para convencer de que la caída será inevitable y que la única forma de precaverse es… el ajuste perpetuo.
Un día como ayer, nuboso y frío pero de hace 205 años, el francés Santiago de Liniers contemplaba desde el atrio de la iglesia de la Merced el avance de sus tropas, un tanto desordenadas pero valerosas, contra el invasor británico que se había instalado en el Fuerte de Buenos Aires y pretendía controlar el virreinato del Rio de la Plata. No vienen a cuento los detalles –porque la historia luego condenaría a Liniers y los capitales ingleses aprovecharían la derrota para diseminarse por la región después de esta intentona– la cuestión es que cerca del mediodía de aquel 12 de agosto de 1806, el jefe de las fuerzas nativas, según sus propias palabras, logró la rendición del general Beresford después de expresarle “la justa estimación que me merecía su valor (lo que) me estimulaba a concederle los honores de la guerra; y efectivamente, habiendo hecho formar mi tropa en ala, salieron los ingleses del Fuerte con sus armas, tocando marcha, y las depositaron a la cabeza de nuestro ejército en número de 1200, habiendo perdido en la acción 412 hombres, y 5 oficiales entre muertos y heridos; y nuestros de la misma clase sólo 180, el alférez de navío don Joseph Miranda, herido en una mano y el alférez del ejercito del Imperio francés, mi edecán D. Juan Bautista Fantin, una pierna rota.”
Habían pasado menos de un mes desde que el virrey Sobremonte había huido hacia Córdoba llevándose el tesoro real, para salvaguardarlo de la angurria anglosajona, ante el descrédito de los porteños que lo consideraron un cobarde y un traidor. Porque como quien dijera, había escapado en helicóptero.
Pero las tropas criollas aprendieron, combatiendo en las calles que rodeaban al Cabildo y conducían a la Plaza Mayor (donde hoy día está la City, con su pléyade de inversores y especuladores de toda pelambre) que si podían salir de esa, no les costaría tanto deshacerse del rey que moraba en Madrid.
Allí comenzaba otra historia, como la que define un grupo de países sudamericanos que, entre presiones y chanzas, se proponen otra reconquista. La de las decisiones nacionales.

Tiempo Argentino, 13 de Agoto de 2011

Entre copa y copa

George W. Bush no quedará en la historia por su coeficiente intelectual. Pero además de algunas guerras iniciadas con mentiras de patas demasiado cortas, dejará algunas anécdotas que, por lo desmesuradas, terminaron por reflejar la época que protagonizó como el 43º presidente de los Estados Unidos. Una de ellas viene a cuento en estos afiebrados días que padece su sucesor, el demócrata Barack Obama. Fue hace exactamente tres años, cuando la crisis financiera daba sus primeros, despiadados coletazos, y el ex mandatario iniciaba el plan de salvataje para las grandes instituciones bancarias a punto de quebrar por el estallido de la burbuja inmobiliaria.
En ese clima tenso, que mucho se parece al que se vive en Washington por estas horas, durante un acto privado en Houston, Texas, Bush dijo, seguro de que se habría cumplido su pedido de off the record: “Wall Street se emborrachó y ahora tiene resaca.”
Bush, conocido antes que como hijo de un presidente que aspiraba a pasearse también por los jardines de la Casa Blanca, por sus problemas con el alcohol, abundó ante los asistentes a la charla, que lo rodeaban jocosos: “La cuestión ahora es cuánto tardará (la plaza financiera) en recuperar la sobriedad y no intentar manejar estos instrumentos financieros complicados.” Se refería al modelo de inversión que había llevado a la crisis. Pero leída a la distancia la frase –que originó un escandelete mediático en ese momento–, suena casi como una premonición.
Porque pasó tanta agua debajo de los puentes que ahora, cuando desde todos los rincones del planeta se miran con expectativa los escarceos entre republicanos y demócratas para evitar un default de la principal economía del mundo, los bancos se anotaron en primera fila para exigir “cordura” a la dirigencia política estadounidense.
El planteo –que coincide en pinceladas gruesas con la nueva directora del FMI, Christine Lagarde– dice que “las consecuencias de la inacción serían fatales: para nuestra economía, para nuestro ya debilitado mercado laboral, para las condiciones financieras de nuestras firmas y familias y para el papel de liderazgo económico de Estados Unidos en el mundo”. La advertencia fue emitida por el Financial Services Forum, una organización que nuclea a los principales bancos de ese país y que fuera muy activa también cuando percibió que todo se caía y necesitaba colaboración estatal para salir indemnes. “Las tasas para cualquier prestatario aumentarían, el valor del dólar bajará, los mercados de acciones y de préstamos entrarían en turbulencias”, insisten los banqueros. Después añaden que una situación semejante no haría sino empeorar la ya complicada situación económica. “En vista de estos peligros muy reales, los responsables de las decisiones políticas deben corregir nuestro curso político financiero (…) para recuperar la confianza de los mercados (…) y crear nuevos puestos de trabajo”, amenazan.
El Financial Services Forum es una institución que junta las cabezas de los cuatro jinetes Wall Street como los llama el periodista y escritor estadounidense Dean Henderson. Allí se reúnen para hacer lobby los CEO de Goldman Sachs (cuándo no), Lloyd Blankfein; de JP Morgan, Jamie Dimon, junto con directivos de Citigroup y el Bank of America, entre otros.
El propio Henderson, en Big Oil & Their Bankers in the Persian Gulf (Las grandes compañías petroleras y sus banqueros en el Golfo Pérsico), recuerda que “una combinación de la desregulación y de fusión-manía (durante los años ’90) ha dejado a cuatro megabancos al tope del gallinero financiero. De acuerdo a Global Finance, en 2010 ellos son el Bank of America (con depósitos por 2,2 billones de dólares), JP Morgan Chase (con 2 billones de dólares), Citigroup (1,9 billones de dólares) y Wells Fargo (1,25 billones de dólares).”
En tiempos de la resaca de la que habló Bush, la Reserva Federal (FED) aportó tras apuradas votaciones en el Capitolio, 700 mil millones de dólares al sistema financiero para subsidiar a los gigantes del sector inmobiliario, los paraestatales Fannie Mae, Freddie Mac o el Bear Sterns, que pasó a manos del JP Morgan Chase.
“Esto sólo es el principio de la crisis”, acertó entonces Joseph Stiglitz. El Nobel de Economía sostiene que la crisis nació como consecuencia de una “mala gestión” de la administración republicana y de la Reserva Federal, que no supervisó debidamente el sistema financiero y –otra vez la parábola etílica– “emborrachó a Wall Street con liquidez antes de la crisis”. Sin dejar de lado “la guerra de los tres billones de dólares”, como llamó a la aventura bélica en Irak.
La línea de tiempo de ese proceso es interesante. Toda esta inyección monetaria se produjo luego de la quiebra del cuarto banco estadounidense, el Lehman Brothers, el 15 de setiembre de 2008. Luego, el Bank of America se quedó con otro caído, el Merrill Lynch. Tres días más tarde, Bush anunció el rescate multimillonario, y las bolsas de todo el mundo alcanzaron subidas récord.
Una semana después, el 22 de septiembre, la Fed aprobó la conversión del Goldman Sachs y el Morgan Stanley de bancos de inversión a bancos comerciales, lo que en teoría permite a las autoridades ejercer una mayor regulación sobre las entidades.
Pero por eso de que es muy difícil salirse de las adicciones, al cabo de poco más de un año, y con un nuevo ocupante en el Salón Oval, surgió otro escandalete cuando se conocieron los balances de los mismos bancos que se suponía debilitados por la crisis. Que a fines del 2009 habían pagado unos 144 mil millones de dólares en primas y bonificaciones a sus ejecutivos. En consideración a las ganancias obtenidas en ese ejercicio.
La polvareda fue tan grande que desde algunos rincones de la burocracia estatal se iniciaron investigaciones sobre los bancos cuestionados. Así fue que la Comisión del Mercado de Valores de EE UU (SEC, por su siglas en inglés) abrió una demanda contra Goldman Sachs por haber escondido información a sus inversores sobre los productos que estaban ofertando, que no eran otra cosa que las hipotecas tóxicas, y perdieron millones.
La cosa no duró mucho y en julio del año pasado, Goldman llegó a un acuerdo extrajudicial. Solucionó el problema pagando 500 millones de dólares de multa (una bicoca, dado los montos de los que se habla) y todos en paz. Hace algunas semanas, la SEC acordó con JP Morgan la devolución de 106 millones de euros a inversores que también habían sido damnificados por la información errónea que recibieron.
El procurador general del estado de Nueva York, Eric T. Schneiderman, también inició una investigación, aunque en el foro penal, contra el Bank of America, el Goldman Sachs y Morgan Stanley por sus operaciones inmobiliarias. Funcionarios judiciales de otros estados están negociando arreglos amplios con los grandes bancos sobre lo que en inglés se conoce como el foreclosuregate, por los posibles fraudes con hipotecas que pueden dejar a millones en la calle a raíz de maniobras con créditos pedidos de buena fe.
Huffington Post dio detalles sobre una auditoría federal al Bank of America, el JP Morgan Chase, Wells Fargo, Citigroup y Ally Financial, también sobre el espinoso tema de las hipotecas.
Como es usual en los Estados Unidos, bien pudiera terminar todo en convenios entre abogados sin llegar a presentarse ante los jueces. Por eso de que siempre es mejor un mal acuerdo que un buen juicio, sobre todo para la reputación de los bancos. Arreglos que se suelen cerrar con un whisky en las rocas.

Tiempo Argentino, 30 de Julio de 2011

Las artes oscuras

Distraído, abatido, como un hombre con el corazón destrozado (…) salió de su casa a las tres de la tarde del 17 de julio y fue a dar un paseo bajo la lluvia. Se cruzó con una vecina, charló brevemente con ella, dijo “adiós, nos veremos” y siguió andando, adentrándose en los bosques que rodeaban su casa (…). En un lugar apartado debajo de un árbol, uno de esos sitios en los que quedan los enamorados, abrió una botella de Evian y se tragó nueve analgésicos. Se sentó al pie del árbol, se quitó el reloj y se hizo un pequeño corte en la muñeca izquierda con un cuchillo de jardinero. Pero no brotó sangre. Lo intentó una segunda vez, con el mismo efecto; como si temiera al dolor, o quizás no estuviera todavía totalmente convencido de la medida que había decidido tomar. En el quinto intento no titubeó y se seccionó del todo una arteria. Bebió uno o dos tragos más de agua mineral mientras se desangraba suavemente hasta morir.”
Podría ser el inicio de una novela de suspenso. Algún apresurado podría incluso tomarlo como la posible descripción de los últimos momentos de vida del periodista británico Sean Hoare, encontrado muerto el 18 de julio pasado. Pero es la crónica que desde Londres escribió para el diario español El País John Carlin sobre la muerte del científico David Kelly, otro 18 de julio, pero del año 2003.
Las similitudes entre ambos casos fueron traídas a la luz cuando el ex cronista de espectáculos del desaparecido News of the World fue encontrado muerto en su casa de Watford, en el condado de Hertfordshire, en las afueras de Londres. Kelly era un biólogo de prestigio, que por esas cosas de la vida, terminó como asesor del Ministerio de Defensa e inspector militar de Naciones Unidas. Solía decir que cuando conoció a Saddam Hussein, supo que los próximos diez años de su vida estarían relacionados con el líder iraquí. Kelly había sido convocado durante la primera guerra contra Irak, luego de su invasión a Kuwait en 1991, para estudiar qué era eso de las armas biológicas de los iraquíes.
Sus informes sirvieron luego como fundamento para que en 2003 George W. Bush completara la tarea iniciada por su padre: la invasión plena. Para lo cual aprovechó la colaboración de dos líderes “occidentales” que sintonizaban su misma onda. El entonces primer ministro británico Tony Blair (laborista) y el jefe del gobierno español, José María Aznar (conservador, y miembro del directorio del holding Murdoch).
Blair le acercó a Bush los informes de Kelly, aunque un poquitín retocados. A raíz de lo cual, el científico aceptó ser informante para un reportaje difundido por la BBC, en el que aseguraba que se había exagerado la importancia de las supuestas armas químicas en poder de Hussein. En definitiva, que Blair había manipulado información para congraciarse con Bush en la aventura invasora.
Sucede que Kelly fue una fuente anónima, pero el periodista de la BBC dio suficientes pistas como para que el gobierno lo identificara y lo “quemara” ante la opinión pública. Kelly fue sometido al escarnio y aparecía como una especie de traidor al país que le pagaba sus salarios.
Casi para la misma fecha –14 de julio del 2003, otra casualidad– la esposa de un diplomático estadounidense, Valerie Palme, también era “quemada” como agente encubierta de la CIA por el Washington Post. El marido, el ex embajador Joseph Wilson, también había investigado un tema relacionado con las armas para Hussein, y encontró que no había evidencias de que tuviera un plan para construir una bomba nuclear. Los detalles pueden verse en el film Fair Game, protagonizado por Sean Penn y Naomi Watts, del año 2010.
Palme y Wilson pudieron rehacer sus vidas. Kelly apareció muerto en un bosque de Oxfordshire. Y provocó un escándalo del que le costó volver al entonces primer ministro y a la cadena BBC. Incluso recibió críticas el periodista que hizo la nota, Andrew Gilligan. La investigación judicial determinó que el biólogo se había suicidado, que la causa de la muerte fue por una “hemorragia por heridas incisas de la muñeca izquierda” en combinación con la “ingestión de coproxamol y una aterosclerosis coronaria”. El juez, aunque considerado un hombre serio e intachable, clasificó como ultrasecretos el informe de la autopsia y las fotografías del cuerpo por el término de 70 años, según señaló, “para proteger a la esposa e hijas de Kelly de la angustia de los informes de los medios de comunicación acerca de la muerte”.
“Estar en el ojo de la tormenta es una experiencia horrible. No creo que (Kelly y Hoare) hayan sido asesinados porque nadie estaba interesado en hacerlo, cualquiera que tenga por lo menos una partícula de sensatez en el gobierno no lo haría, porque son conscientes de que el hecho de matarlos sólo daría más envergadura a la historia. Ambos estuvieron bajo una tremenda presión como personas que poseían información y no pudieron hacer frente a la situación”, comentó el mismo Gilligan, ahora editor en el Daily Telegraph de Londres.
Tal vez tenga razón, pero desde que el cuerpo de Hoares apareció sin vida muy poco se avanzó en la investigación. Que no había evidencias de homicidio, dijo al policía. Que había sido despedido de los medios Murdoch por sus adicciones. Deslizando la sospecha de que se pasó de la medida. Pero Scotland Yard está en el centro de las acusaciones por el escándalo Murdoch, y precisamente Hoares había denunciado la corruptela armada desde el ya desaparecido News of the World para pinchar teléfonos y hacer seguimientos a estrellas mediáticas y a políticos.
El problema es que ni siquiera los medios le dan mucha relevancia al hecho puntual de la muerte. Uno de los pocos que recordó su figura fue Nick Davies, desde las páginas del The Guardian, el diario que batió parches por meses con los oscuros procedimientos de los Murdoch. Davies, que lo tuvo como fuente, describió a Hoare como un hombre amable y sencillo. Quizás arrepentido del daño que había hecho mientras trabajó para el multimedio. Y convencido de que debería haber alguna forma de reparar ese mal.
“Contó que comenzaba el día con un desayuno de estrella de rock: una línea de cocaína y una botella de Jack Daniel’s; después seguía bebiendo todo el día mientras recababa chismes y enviaba sus textos”, escribió Davies.
“Venía de la clase trabajadora, fanático del Arsenal, siempre votó por el laborismo y se definía como un Cláusula IV”, como se llama dentro del partido a los que todavía se consideran socialistas y creen en la propiedad pública de los medios de producción. “Pero, al trabajar como reportero, de repente se encontró hasta los codos en las drogas y el delirio”, dice Davies.
“Se me pagaba por ir con las estrellas de rock a meternos droga, pastillas, cocaína. Era un mundo muy competitivo”, le dijo, y agregó que “por lograr la exclusiva tenías que estar dispuesto a hacer cosas que ninguna persona en su sano juicio haría”. El caso es que se fue desbarrancando y dejó de ser útil para una maquinaria perversa a la que llamó “las artes oscuras del periodista”.
En septiembre del año pasado habló con The New York Times y acusó al entonces asesor en medios del primer ministro David Cameron, Andy Coulson, de haber obligado a sus periodistas a utilizar estas prácticas perversas para incrementar las ventas del NOTW. Y describió en detalle las distintas modalidades de las que también participaban agentes de Scotland Yard.
Un amigo de Hoare dijo que en estas últimas semanas “se volvió paranoico”, y decía que desde el gobierno lo estaban persiguiendo. “Si alguien pregunta por mí, di que no estoy”, dice que le dijo. “Luchaba una batalla constante contra el alcohol”, agregó.
La investigación sobre el escándalo Murdoch debería continuar, según pide la oposición, con las relaciones del multimedios, el gobierno y la policía. Pero también comienzan a revelarse las vinculaciones del magnate australiano con el laborismo.

Tiempo Argentino, 23 de Julio de 2011

El poder de los medios

Vincent Cable es un economista británico recibido en Cambridge, que supo hacer carrera en la empresa privada –ocupó altos cargos en la Shell– y tuvo participación importante en la fundación del partido Liberal Demócrata. Integra en este espacio que forma parte de la coalición gobernante en Gran Bretaña, lo que podría llamarse el ala liberal, en el mejor sentido sajón del término. Esto es: cree en las leyes del mercado pero también en las regulaciones. Considera que la empresa privada es un pilar en la sociedad, pero a la vez entiende que la política impositiva sirve para guiar la mano invisible de los mercados. Es autor de un libro revelador, The Storm (La Tormenta) donde analiza la crisis económica que se desató en Gran Bretaña a partir del estallido del modelo especulativo inmobiliario en los Estados Unidos y Europa. Allí habla del rol de los créditos basura en el trasfondo de esa crisis, y desliza su pretensión de mayores controles sobre los bancos y el sistema financiero.
No es que The Storm revele algo demasiado novedoso. El tema es que lo dice uno de los líderes intelectuales de los liberal- demócratas británicos, que cogobiernan desde mediados de 2010, tras desplazar al laborismo del poder. Cable –apellido significativo si los hay en esta trama– fue uno de los operadores políticos del encuentro entre Nick Clegg y el conservador David Cameron, ahora primer ministro.
Desde ese lugar aspiró primero al Ministerio de Finanzas, para poner en práctica sus ideas sobre el modo de recuperar la economía de su país. Pero se tuvo que conformar con el de Negocios, Innovación y Oficios. Una dependencia para la pequeña y mediana empresa desde la que, hace unos días, presionó a los grandes bancos. “Aplicaremos un impuesto a las inversiones para los que no den créditos adecuados a las pymes”, amenazó.
Pero el salto a la fama de Cable se produjo a mediados de diciembre del año pasado, cuando trascendió una conversación que había mantenido con las que creyó dos militantes de su partido y resultaron ser periodistas del Daily Telegraph. Por esos días, la cartera a su cargo tenía que aprobar la compra del 61% de la empresa British Sky Broadcasting (BSkyB), el mayor proveedor de televisión por cable británico. El comprador era el dueño del 39% restante de las acciones, el magnate australiano Rupert Murdoch.
En aquella controvertida charla, Cable dijo algo políticamente incorrecto: “He declarado la guerra al señor Murdoch. Creo que ganaré. No lo he politizado porque es una situación legal. Está intentado tomar el control de BSkyB. Es un accionista minoritario y quiere ser mayoritario. Lo he bloqueado usando los poderes que tengo.”
Las damas también anotaron otra frase de esas que sólo deberían susurrarse en la intimidad: “Tengo una bomba, una opción nuclear que puede hacer caer al primer ministro.” Claro que, aclaró, activaría el detonador sólo si se sentía muy apurado por los compañeros de ruta conservadores. La publicación mostró a la flamante coalición en medio de una guerra constante de posiciones por el control ideológico de este proceso. Pero desató una crisis que sólo se calmó cuando Cameron negoció un sutil enroque con los liberal-demócratas. Así, el tema medios salió del área de Vincent Cable y pasó al Ministerio de Cultura, Medios y Deportes, a cargo del conservador Jeremy Hunt. La batalla parecía haberla ganado Murdoch, pero la bomba con la que amenazaba el economista de Cambridge finalmente explotó, unos días antes de que Hunt estampara su rúbrica en el acuerdo de BSkyB. Curiosa coincidencia.
Porque las escandalosas operaciones de espionaje del legendario News of the World (NOTW) se difundieron en un nuevo contexto y con nuevos agregados. Y la prensa mundial reflejó el horror de periodistas que aplicaban técnicas reñidas con la ética profesional y no tenían empacho en violar la ley con tal de obtener primicias.
El caso más emblemático es el de la familia de Milly Dowler, la chica de 13 años, a la que el semanario pinchó el celular mientras estaba secuestrada y fue encontrada muerta seis meses después, aunque la familia y la policía creían que continuaba con vida porque el diario seguía publicando información que dio lugar a falsas esperanzas. Sin embargo, el caso es de marzo de 2002. The Guardian insistió con estos fantasmas del pasado.
La lista de teléfonos pinchados podría sumar hasta 4000. La técnica es de una sencillez que abruma: las empresas telefónicas suelen dar un número clave para la casilla de correo de voz que consiste en cuatro dígitos (1234, o 1111, por ejemplo) que el usuario debería cambiar y normalmente pocos hacen. Sólo les hizo falta hallar las claves de los más preocupados por su seguridad, para lo cual contrataron detectives privados o pagaron sobornos a empleados desleales o policías no menos infieles.
La que parece haber pergeñado el método –según todas las sospechas y acusaciones– es la actual número dos del emporio Murdoch, Rebekah Brooks, quien llegó a dirigir el NOTW entre 2000 y 2003. La mujer no es querida en el ambiente. La catalogan cuando menos de ser una trepadora sin escrúpulos. Al punto que el anunciado cierre del periódico, fundado en 1843 para ser leído por la incipiente clase trabajadora británica, fue entendido como una concesión para no entregar la pelirroja cabellera de la dama.
Entre los que cayeron en esta rodada está también quien dirigió el NOTW entre 2003 y 2007. Andy Coulson tuvo que dejar el cargo cuando el redactor encargado de la familia real, Clive Goodman, y el detective privado Glenn Mulcaire fueron encarcelados tras las primeras denuncias por las escuchas. Pero fue “rescatado” del olvido por Cameron, que lo contrató como vocero ni bien llegó al cargo. Lo que generó críticas de la peor especie y finalmente, a medida que el escándalo iba tomando espesor, dimitió en enero pasado, un par de semanas después del enroque que corrió a Cable del caso BSkyB.
El ex director del FMI, Dominque Strauss-Kahn renunció por un escándalo sexual profusamente aprovechado en sus aspectos más escabrosos por el New York Post, también propiedad de Murdoch, que en los Estados Unidos posee el ariete más poderoso de la derecha a través de la cadena Fox, odiada con prolijidad por el presidente Barack Obama. La camarera del caso DSK terminó demandando al diario neoyorquino por haber publicado que es prostituta en el hotel donde se produjo la presunta violación.
Varias demandas contra el NOTW culminaron en arreglos extrajudiciales. Sucedió con la actriz Sienna Milles, hackeada cuando era novia de Jude Law, a la que la corporación de Murdoch pagó 100 mil libras esterlinas para que se olvidara del entredicho.
Cameron llegó al poder tras un acuerdo no escrito con el Grupo Murdoch, el mismo que acosa al actual ocupante de la Casa Blanca. Pero ahora enfrenta las consecuencias de una alianza mediática que en la búsqueda de poder e influencia no reparó en medios, precisamente.
El premier conservador dijo que enviará al Parlamento un proyecto para regular los medios. Y mientras tanto su gobierno pateó para adelante la venta de BSkyB. Pero el poder de News Corporation no caerá por esto. Sólo está esperando la oportunidad de volver.

Tiempo Argentino, 9 de Julio de 2011