por Alberto López Girondo | Sep 11, 2011 | Sin categoría
Iberoamérica es un vocablo con el que en su momento los países de la península ibérica buscaron marcar le cancha al resto de sus socios europeos sobre la pertenencia cultural de esos pueblos del otro lado del océano, alguna vez colonizados desde el extremo pobre del Viejo Continente. Para oponerse al más amplio de Latinoamérica que pretendían los franceses para abarcar a los territorios francoparlantes, o Hispanoamérica, que deja afuera nada menos que a Brasil, con una población que es casi el 40% del resto del continente.
Si bien el concepto tiene un tinte colonial –ya que después de todo es la expresión del europeo de una determinada región que cruzó el océano para apropiarse de tierras y haciendas que pertenecían a los pueblos originarios– no deja de ser bastante claro para definir la pertenencia de esos casi 600 millones de habitantes que hablan dos lenguas hermanas en una región del mundo que se extiende sobre cerquita de 20 millones de kilómetros cuadrados.
Por estos días el mundo sufre los temores de la orgullosa Europa a un estallido terminal en la crisis griega que acabe de una vez con el sueño de una moneda común y de un conglomerado de naciones atadas a un destino común. Y recibe con desconfianza la oferta de ayuda de los BRICS, los países que se erigen en la vanguardia del siglo XXI.
Pero Europa también mira con recelo una crisis en el mundo árabe que no termina de cristalizar entre una primavera democrática o los estertores del “antiguo régimen” que no acaban de irse, y por las dudas cruza el Mediterráneo para ocupar Libia como lo hizo en Costa de Marfil no hace tanto. Y teme por lo que pueda ocurrir en Medio Oriente luego del pedido de reconocimiento del Estado palestino, un tema que preocupa no sólo a Israel sino a su aliado más firme, Estados Unidos, que a pesar de todo habla de buscar una salida pacífica a un conflicto que parece irresoluble.
Si es que las casualidades existen, todo este panorama coincide con el desarrollo del IV Congreso Iberoamericano de Cultura en la ciudad de Mar del Plata. Un encuentro en el que se habla, claro, de cultura y de Iberoamérica. Pero fundamentalmente, de política y de economía en el sentido más exquisito de esos términos.
Por esta razón, el secretario de Cultura argentino, Jorge Coscia, aclaró en su discurso de inauguración que “es imposible pensar la cultura sin la política y a la política sin el pueblo”. El funcionario destacó luego en su discurso que “no hay países más grandes o más chicos, porque no hay pueblos mejores ni peores”.
María Emma Mejía Vélez, secretaria general de Unasur, resaltó a continuación que “somos una unión que nació con pronóstico reservado, pero que a tres años y cuatro meses de su llegada puede reconocer una serie de victorias”, entre las que destacó la coordinación de estrategias comunes en defensa y alfabetización, en temas económicos y, aunque no lo mencionó explícitamente, en el diseño de un camino común.
“En una crisis que no sólo es económica y que abarca lo ético y lo moral, sabemos que estamos capacitados para convertirnos en una brújula”, aseguró Mejía Vélez. La colombiana había dicho unos días antes que los países iberoamericanos tuvieron “mayor imaginación y audacia en la toma de medidas”, que los desarrollados para enfrentar la crisis. Ellos “necesitan mucho más que sacar un comunicado, los bloques que representan ensayaron casi todo, pasaron leyes muy duras para los ciudadanos en los congresos, y no sirvieron. En cambio, nuestros países que integran el G-20 y el BRICS tuvimos mayor imaginación y audacia en la toma de medidas, por lo aprendido de las décadas del ’80 y ’90.”
Alguna vez en la península ibérica floreció una formidable cultura. Eran tiempos de dominación árabe, pero con un impresionante desarrollo del universo judío. Cuando convivieron el árabe Averroes junto con el judío Maimónides, por mencionar sólo a los filósofos más conocidos de la época. Pero eso fue antes de que unos y otros fueran desplazados por los cristianos de Al Andalus, como se llamaba ese territorio peninsular, y que viajaran cada vez más a Occidente para ocupar el nuevo continente.
A cuatro años del “¿Por qué no te callas?” del rey Juan Carlos de Borbón al presidente venezolano Hugo Chávez, en una Cumbre Iberoamericana en Chile, y a seis de otra en la misma ciudad de Mar del Plata, donde se le puso punto final a las aspiraciones de George W. Bush de implantar el libre comercio de Alaska a Tierra del Fuego, mucha agua corrió debajo de los puentes.
Porque quién sabe si en estos dos desplantes no está el origen de la crisis económica que hace exactamente tres años se desató con todo su vigor a partir de la quiebra del banco Lehman Brothers. ¿De qué modo?
Se conoce desde la escuela secundaria que el capitalismo engendra crisis cíclicas, en las que los períodos de bonanza devienen en épocas de derrumbes a todo nivel. Europa y Estados Unidos se habían acostumbrado demasiado a una relativa estabilidad. A la sensación de que habían encontrado la fórmula para burlar los tiempos de vacas flacas que contradecían la teoría económica. Un método que consistía en “exportar” la crisis a través de mecanismos financieros o la atadura a directivas de los organismos de gobernanza económica mundial.
Sin embargo, desde que un puñado de presidentes iberoamericanos decidió seguir hablando y decirle No al Alca para construir un destino común, la crisis estalla en su lugar de origen. Y ahora los ciclos recesivos no les resultan tan fáciles de trasladar a los mercados emergentes.
Curiosamente fue en Mar del Plata, alguna vez emblema de la oligarquía argentina, y luego, del ascenso social que produjo el peronismo. Cuando un simple obrero podía darse el lujo de veranear donde lo hacía el ricachón de la otra cuadra.
No debe ser casual que Europa, en medio de la desesperación, se encierre en medidas cada vez más estrechas que llevan a la destrucción de puestos de trabajo pero sobre todo de esperanzas, al punto que desde el FMI avizoran una generación perdida por primera vez en décadas, sin que medien guerras ni enfrentamientos internos.
En 1986 –el mismo año en que Portugal y España ingresaban a la Unión Europea– el genial portugués José Saramago publicó una inquietante novela, que se tradujo como La balsa de piedra. Inquietante porque cuenta las vicisitudes de un grupo de ibéricos de ambos lados de la difusa frontera hispano-portuguesa que comparten el momento en que, intempestivamente, la península se desprende del resto de Europa y comienza a navegar como una enorme balsa hacia el poniente. Y en su navegar se acerca cada vez más al continente americano. Son 583.254 km² que llevan a 52.353.914 de personas con rumbo incierto, pero en todo caso fuera de Europa.
Al cabo de un cuarto de siglo, el notable escritor aparece como un adelantado y, de releerlo, los ibéricos –atosigados por una crisis que los tiene como primeros en la lista de los futuros quebrados– podrían reflexionar con más detalle en el hondo significado de la alegoría saramaguiana. Escuchar más el latido de la tierra y en lugar del “por qué no te callas” ensayar un “dime cómo hacer para navegar juntos”.
Porque nos guste o no reconocerlo, todos estamos en la misma balsa.
Tiempo Argentino, 17 de Septiembre de 2011
por Alberto López Girondo | Sep 3, 2011 | Sin categoría
Casi a la misma hora en que el Congreso de los Diputados daba en Madrid las últimas puntadas para aprobar masivamente una reforma a la Constitución española intentando calmar la histeria de “los mercados”, unos 500 jóvenes chilenos practicaban una original protesta en la Plaza de Armas de Santiago dentro de su plan de lucha para modificar el sistema educativo del país trasandino: “La Besatón Mundial por la Educación”.
Entre beso y beso, los jóvenes buscan llamar la atención de la sociedad y poner fin a un modelo instaurado a sangre y fuego desde 1973 en una de las más brutales dictaduras que padeció el continente. Los representantes políticos españoles pretenden, en cambio, dar señales a los volátiles sistemas financieros de que harán buena letra por obligación –cuando no por convicción– cosa de que el modelo económico construido por los europeos no se termine de desmoronar.
Es interesante desmenuzar estos momentos decisivos y cómo responden las dirigencias políticas y el grueso de la sociedad en cada caso, porque el sistema educativo chileno es apenas un aspecto de un modelo experimental pergeñado en la escuela de Chicago por el Nobel de Economía Milton Friedman y sus acólitos. Pero un aspecto fundamental, ya que el neoliberalismo más crudo necesita para sustentarse de un alto nivel de desigualdad. O más claramente, de una escasa zanahoria delante de un largo palo que pocos puedan alcanzar, cosa de que los que lleguen terminen valorando en un grado tan superlativo el esfuerzo empleado que luego no quieran suavizar el camino de los que vienen detrás.
Una educación igualitaria es la base para una sociedad más democrática. Pero un régimen igualitario precisa de un Estado que se encargue de reducir las diferencias a la hora de la partida, para que todos puedan tener acceso a las condiciones más justas durante la carrera. Generaciones acostumbradas al rigor de hipotecar su futuro pagando una educación privada se comportarán mayoritariamente con criterios regresivos. “Si yo todavía no terminé con mi hipoteca, no veo razones para que otros no paguen también”, sería el pensamiento inconsciente.
Algo parecido sucede con el sistema de salud estadounidense, hijo de la misma escuela del rigor individualista neoliberal, donde también será necesaria una hipoteca sólo para mantenerse sano. Por eso despertó semejantes críticas en los ámbitos conservadores la ley que impulsó Barack Obama. Una ley que terminó siendo escuálida en relación con la propuesta original, pero suficiente como para granjearse la enemistad eterna de grupos como los Tea Party, que de ganar en las próximas elecciones ya adelantaron que buscarán el modo de tirarla abajo.
Con timideces como esa de Obama se construyó el modelo democrático chileno, que durante 20 años comandó la Concertación, la misma coalición centroizquierdista que pudo vencer la continuidad del dictador Augusto Pinochet pero que desde entonces muy poco cambió del esquema amañado, a través de la Constitución, que el militar dejó como presente griego que garantizaría estabilidad por muchos años a costa de justicia social. Una Constitución, esto hay que decirlo, elaborada sin bases democráticas porque la sociedad no pudo expresarse con total libertad. Y que, por otro lado, bloquea la realización de un plebiscito que podría terminar con los debates en torno de la educación. “Sabia” medida para que los pueblos no cambien las reglas que benefician a los poderosos.
Por eso, el reclamo de los estudiantes es como un puñal hondamente clavado en el sistema político chileno, porque apunta a uno de los pilares del modelo neoliberal y, además, plantea una consulta popular que representaría una profundización democrática que la dictadura se había cuidado de obturar. No es casual que para votar en Chile sea necesario inscribirse y por desidia o desinterés en que las elecciones vayan a cambiar la vida de nadie, hay 4 millones de jóvenes que no sufragan. Son esos mismos que, sin embargo, tienen capacidad pensante, de movilización y también para besarse en los espacios públicos, para escándalo de dictadores que se remueven en sus tumbas.
En España, los jóvenes indignados llenaron plazas y paseos públicos en vísperas de los comicios autonómicos de mayo, que ganaron los conservadores del Partido Popular. Pero la crisis económica –nacida de hipotecas, aunque de propiedades inmobiliarias y no para pagarse los estudios– no se detuvo. Fue así que el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, aceptó la tesis paneuropea de imponer ajustes cada vez más severos, y como última escapatoria, llamó a elecciones para una fecha clave como es el 20 de noviembre.
Ese día, en 1975, moría el dictador Francisco Franco, que también se fue de este mundo dejando las bases para una democracia tutelada, quiéranlo admitir o no los españoles. Porque en lugar de una república, a la que había destruido con su golpe en 1936, dejó una monarquía y designó al rey Juan Carlos de Borbón. Un rey que abrió el juego para la Constitución de 1978, y los acuerdos de gobernabilidad que permitieron una alternancia como Dios manda desde esa época. Y que llevaron a un crecimiento importante de su economía, hasta que estalló la burbuja financiera y los ladrillos se fueron al demonio.
Los argentinos sabemos de “mercados” nerviosos, recortes brutales y propuestas de déficit cero. Sin embargo, en la España de estos días se intentan las mismas soluciones que llevaron al fracaso a Cavallo y De la Rúa. De eso se trata la reforma constitucional que a las apuradas votaron los diputados y ahora deberán aprobar los senadores hispanos. De dar señales de estabilidad a especuladores preocupados mediante la garantía de un artículo que limita el déficit fiscal. Una creación desde lo conceptual perfecta. Pero que no puede funcionar a menos que la aplique una dictadura.
Para decirlo en términos sencillos: hay leyes normativas y otras de carácter explicativo. Una ley normativa es aquella que penaliza o prohíbe algún acto contra la convivencia en sociedad, como robar o matar. Es una ley que obliga.
Una ley explicativa sería la de gravitación universal. Da cuenta de ciertas relaciones matemáticas y permite predecir ciertas reacciones de los objetos inanimados bajo determinadas condiciones. Pero a nadie se le ocurriría pensar que antes de que una manzana impactara en la cabeza de Newton los objetos no se caían. O que derogando la ley de gravedad dejarían de hacerlo.
Sin embargo, hay quienes creen que una ley económica como las de Friedman o las que dicta el Banco Central Europeo pueden aplicarse a una sociedad humana. Más bien, sólo hay dos formas en que la ley que socialistas y conservadores acordaron en Madrid pueda prosperar: con un Franco o un Pinochet, o con una dictadura mediática de pensamiento único como la que gobernó las mentes de la mayoría de chilenos y españoles por décadas.
Por eso en Chile la dirigencia política sigue defendiendo el paradigma privatista pero rechaza una consulta popular. Por eso en España apuran la aprobación parlamentaria del corset presupuestario pero ni quieren oír de plebiscitos.
No sea cosa de que se demuestre que otro mundo es posible. A puro beso.
Tiempo Argentino, 3 de Septiembre de 2011
por Alberto López Girondo | Ago 27, 2011 | Sin categoría
Sirte, la ciudad natal de Muammar Khadafi, es el último objetivo de la OTAN y de las tropas que obedecen al Consejo Nacional de Transición (CNT), el grupo opositor que inició la revuelta contra el líder libio en febrero y ya ocupa una gran porción del territorio de ese país del norte de África y de hecho es el representante oficial del país reconocido por gran parte de las naciones del mundo.
Distrito clave en el esquema de poder armado por Khadafi desde que derrocó al rey Idris I en 1969, en esa ciudad también nació la Unión Africana, en 1999, a instancias del coronel cuya cabeza hoy vale 1,7 millones de dólares. En Sirte, además, y luego de ingentes negociaciones para poner fin a una matanza horrorosa, se firmó uno de los tratados que llevaron al fin de la Segunda Guerra del Congo, uno de los primeros logros de la entidad regional que marcaba el inicio de nuevas formas de resolver conflictos en el continente africano.
Es que la UA pretendía replicar la organización que dio paso a la Unión Europea. Y Khadafi, diez años más tarde, ya hablaba de tomarla como base para crear los Estados Unidos de África, una gran nación con 1000 millones de habitantes y múltiples y apetecibles recursos naturales en la que se proponía unificar modelos de desarrollo, promover una moneda común y eliminar fronteras. Pero ahí pueden haber nacido algunos de los males que terminaron por hundir al gobierno de Khadafi. Porque de las arcas libias salieron en gran medida los fondos para crear y mantener a la UA. Pero a medida que la organización iba creciendo, Libia iba perdiendo contacto con el resto de los países árabes.
De modo que mientras Khadafi se proclamaba cada vez más africano y estrechaba vínculos con la África negra, iba perdiendo sustento y ganando desconfianzas en la comunidad musulmana, tanto la que vive puertas adentro del país como en el resto de las naciones que mantienen con Libia el mismo tronco étnico y religioso.
Por eso en cuanto apareció una cuña entre el líder libio y las tribus del oeste, asentadas en Benghazi, la Liga Árabe (LA) mostró su distancia de Khadafi al punto que ya en febrero pidió “el fin de los ataques sobre la población civil”, en coincidencia con el argumento que sirvió de base para la intervención de Europa y Estados Unidos en Libia.
Una injerencia que simultáneamente la UA trató de evitar proponiendo una salida negociada para la crisis que Trípoli mantenía con sus opositores. El periodista Pepe Escobar lo refleja claramente en un artículo donde sostiene que en esta contienda están por una parte la OTAN y la LA y por la otra la UA y el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Sería, agrega el corresponsal de The Real News, una pugna entre “el Occidente atlantista y sus aliados árabes contrarrevolucionarios contra África y las potencias económicas emergentes (que dio lugar a) un trueque a fin de que la Casa de Saud (la monarquía que rige en Arabia Saudita) tuviera las manos libres para reprimir las protestas por la democracia en Bahrein”, y también en Yemen.
Menudo problema entonces para la UA y el presidente Jacob Zuma, como representante de la principal potencia de esta entidad, Sudáfrica. Porque el mandatario, que siempre mantuvo una relación muy intensa con Khadafi, no puede olvidar el apoyo que recibió del libio el Congreso Nacional Africano, el partido que llevó al poder a Nelson Mandela. Y del que regularmente servía para sustentar los gastos burocráticos de la UA.
El entramado de las naciones emergentes, del que también forma parte Brasil, llevó al ex presidente Lula da Silva hasta Guinea Ecuatorial a fines de junio para debatir el caso libio. Allí, el metalúrgico brasileño aprovechó para pedir una ONU que tenga el coraje de “imponer un alto el fuego en Libia”. Para lo cual, evaluó, solo queda cambiar las reglas de juego en el organismo creado para institucionalizar el poder de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, pero que ya no expresa las necesidades de los 193 estados que pueblan la tierra.
“No es posible que América Latina con 400 millones de habitantes no tenga representante en el Consejo de Seguridad. No es posible que el continente africano, con 53 países, no tenga representante en el Consejo de Seguridad. No es posible que cinco países decidan lo que hay que hacer y cómo”, insistió Lula.
Lo que sobrevuela es la sospecha de que la caída de Khadafi podría herir de muerte también a la UA. Pero también que esta escalada de los países todavía centrales del planeta repercuta negativamente en ese organismo regional que pacientemente y con mucho esfuerzo intentan los países de Sudamérica, la Unasur.
De este ángulo puede entenderse que el venezolano Hugo Chávez saliera con tanto entusiasmo a cuestionar la incursión de la OTAN y el insólito apoyo que recibieron los insurgentes desde que anunciaron la creación del CNT. Insólito porque para nuestro continente significaría algo parecido a que las principales potencias del mundo reconocieran a las fuerzas de la guerrilla que desde hace décadas combaten en las selvas colombianas y la apoyaran con un escudo aéreo, instructores, armas y mercenarios.
Sin embargo, en este caso Estados Unidos –que ahora se apresuró al reconocimiento oficial a la CNT junto con sus socios de la OTAN– impuso el Plan Colombia, la estrategia del Pentágono para desplegar tropas y bases militares en ese territorio sudamericano a partir del gobierno de Andrés Pastrana, que luego profundizó a niveles demenciales con Álvaro Uribe.
El venezolano no es el único que alerta sobre el procedimiento empleado para deshacerse de un enemigo público como Khadafi. Un método que, sobre todo, terminó por poner una cuña en la primavera árabe que prometía un soplo de aire democrático en el norte de África y en amplias regiones del Medio Oriente.
Es que el procedimiento para construir la arremetida sobre Trípoli se parece mucho a la que se utilizó contra el mismo Chávez en 2002, cuando un golpe cívico mediático que lo alejó momentáneamente del poder y que refleja el excelente documental La revolución no será transmitida, de los irlandeses Kim Bartley y Donnacha O’Briain. Una escalada similar pudo abortar la Unasur contra Evo Morales, cuando el intento de golpe de los comités cívicos derechistas, a mediados de 2008.
No se trata de una defensa de Khadafi, quien de un pasado honroso fue virando hacia posiciones cada vez más criticadas, que incluyen relaciones poco transparentes con algunos de los más encarnizados enemigos de hoy, como el francés Nicolás Sarkozy o el italiano Silvio Berlusconi y habría que ver si violaciones a los Derechos Humanos.
Pero tampoco de admitir sin chistar la injerencia de tropas extranjeras en otras naciones. Se trata de no permitir que ahora, Sarkozy y el premier David Cameron sueñen con pasearse por las calles de Trípoli con aire triunfal como en una típica invasión colonialista del siglo XIX. O que todo un continente pretenda calmar mercados alterados por una crisis económica con la promesa de petróleo y oro a voluntad.
Tiempo Argentino, 27 de Agosto de 2011
por Alberto López Girondo | Ago 20, 2011 | Sin categoría
El triunfo contundente de Cristina Fernández no sólo produjo impacto en la política argentina sino que significó un fuerte respaldo para el modo de encarar los problemas del mundo que intentan poner en práctica los gobiernos de la región. El hecho fue destacado por cada uno de los gobernantes que esperaban, ansiosos, el resultado de la primaria del domingo pasado. Y que respiraron aliviados cuando se confirmó la cifra y ahora esperan ir por más, ante un mundo que, parafraseando a Roberto Arlt, podríamos decir que se desmorona inevitablemente.
Ese hecho fue profusamente destacado y aplaudido por la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y el uruguayo José Mujica, pero también por el resto de los mandatarios del Mercosur y de la Unasur, incluido los de Chile y Colombia. Juan Manuel Santos, dicho sea de paso, le vino a traer en persona las congratulaciones, y no se olvidó de explicar en qué marco regional y mundial se inscribe.
Ahora que los medios opositores y la gran mayoría de los partidos antikirchneristas tratan de buscar explicaciones para un resultado que ni en el peor de los pronósticos podían pensar, es entendible también el alivio del arco de gobiernos sudamericanos ante el mismo escenario.
Y para este análisis nada mejor que aprovechar las palabras del colombiano en su encuentro con Cristina del jueves. Porque Santos viene de la derecha y está sin dudas ligado a la política represiva que como ministro de Defensa de Álvaro Uribe aplicó en Colombia entre 2002 y 2010. Pero que con la llegada al poder entendió que en otros ámbitos muy poco tenía por ganar. Pragmatismo que le dicen, pero de un tinte bien diferente al de las relaciones carnales que justificaba a Carlos Menem y al resto de los gobiernos de los ’90.
Cierto es que cambiaron las cosas en Europa y sobre todo en los Estados Unidos, que padecen ahora una indigestión con los mismos remedios que desde el Consenso de Washington vivieron aplicando en el sur esa serie de gobiernos respetuosos del orden mundial que llevaron al derrumbe de la Argentina y la desaparición en cadena del modelo neoliberal ni bien despuntaba el siglo XXI.
Y, como la necesidad tiene cara de hereje, Santos y también el chileno Sebastián Piñera ponen las barbas en remojo por lo que pudiera. Con la mirada puesta en el vecindario, porque finalmente terminaron de entender que el bote es el mismo y que entre todos sería más fácil reparar cualquier perforación en el casco antes que hundirse en privado. Porque, además, perciben como nunca que el salvavidas que pudieran ofrecer desde el hemisferio norte está confeccionado en puro plomo.
Santos, otra vez, fue clarísimo cuando dijo que se viene un huracán y conviene estar preparado no sea cosa que los arrastre a todos. Y si finalmente no ocurre nada, da lo mismo, pues ninguna precaución es poca y nada se pierde con cuidarse en salud.
Y aquí es donde se comprende mejor las razones de las élites sudamericanas –ya no solamente progresistas– para respirar aliviadas por el resultado de la primaria argentina. Más aun cuando se vio de qué modo en el antikirchnerismo –la mal llamada oposición– se pasan facturas por la derrota. O llegan a confesar sus bajezas, como el tambero Biolcati, que finalmente acepta que parte de los votos eran por la estabilidad y el miedo a la crisis internacional.
Los medios hegemónicos y muchos opinólogos prefirieron interpretar que no ganó el gobierno sino que perdió la oposición, que no pudo encontrar ni un candidato ni un discurso común. Pero, en ese contexto, aparecieron un par de fotos que sirven para entender la película que los derrotados de este domingo no terminan de aceptar.
Como el mensaje “antisubversivo” de Eduardo Duhalde, repentinamente girado hacia la derecha más furiosa, por convicción o por cálculo. ¿Alguien imagina a un Duhalde presidente felicitado por Dilma o por el Pepe Mujica, ambos guerrilleros y presos políticos en su juventud? Cierto que Macri se bajó de la candidatura presidencial para abroquelarse en su feudo capitalino, cosa de volver a mostrarse en 2015, pero ¿es posible vislumbrar al empresario tejiendo alianzas para evitar la especulación financiera y apostando al desarrollo y la igualdad social con Fernando Lugo o Evo Morales, después de todo lo que dijo de paraguayos y bolivianos cuando los ya olvidados incidentes en el Parque Indoamericano?
No es descabellado pensar que Raúl Alfonsín también hubiera apostado por la integración. El ex presidente radical fue el impulsor del Mercosur y buscó sin éxito crear un frente común para enfrentar el problema de la deuda externa y evitar una invasión estadounidense a la Nicaragua sandinista. ¿Haría honor a ese antecedente su hijo Ricardo Alfonsín, aliado con De Narváez y González Fraga? ¿Lo habría hecho Lilita Carrió, socia política del empresario agropecuario Benito Llambías?
Algo similar hubiese ocurrido en Brasil de haber ganado José Serra, que dijo en plena campaña que el Mercosur era una traba para el desarrollo del coloso sudamericano. Y puede ocurrir si en Paraguay no aparece una figura “del palo” para suceder a Lugo cuando finalice su mandato.
La construcción de una región integrada lleva tiempo y esfuerzos, pero sobre todo paciencia y determinación para seguir el rumbo adecuado sin escuchar los cantos de sirena de los apocalípticos. Es lo que con sus más y sus menos están haciendo los gobiernos de la Unasur.
Con un horizonte más despejado en un país clave como la Argentina y luego del triunfo de Ollanta Humala en Perú, la región puede encarar su futuro con mejores armas. El desafío de la hora es impulsar fuertemente el cambio de paradigma. No sólo en el ámbito económico –bien sabemos los latinoamericanos a dónde conduce la ortodoxia neoliberal– sino sobre todo cultural y político.
Si se prueba que hay espacio para una derecha integradora, bueno sería que los conservadores la tomaran como modelo, para luchar juntos contra el principal enemigo, que es la mirada colonizada, la admiración por naciones y sistemas que se caen a pedazos. Aunque más no fuera porque como buenos conservadores, verían que así van a perder menos, y hasta pueden salir ganando.
Desde el otro lado del escritorio, en este rincón plagado de amenazas y también de oportunidades, los gobiernos tienen el desafío de profundizar la integración. Poniendo en marcha de una buena vez el Banco del Sur, pero atendiendo a la experiencia fallida del Banco Central Europeo. Para convertirlo en un banco de desarrollo en el que se podrían, como sueñan los más osados, resguardar las reservas internacionales y los depósitos en oro de cada uno de los miembros y hasta los fondos de la jubilación de todos los trabajadores de Sudamérica.
Para lo cual no vendría mal tampoco que los sindicatos fueran acercando mucho más sus líneas. Porque también tienen mucho que decirse, como ya lo están haciendo los estudiantes de la zona reunidos a raíz de la crisis en el sistema educativo chileno.
Pocas veces en estos 200 años de historia este puñado de países ha tenido una ocasión como esta para romper las cadenas. Y puede decirse que esto ocurre desde que todos juntos clausuraron el ALCA, en 2005 en Mar del Plata, dándole la espalda a la solución colonial.
Quizás en este detalle habría que buscar las razones que llevan a los medios concentrados a minimizar o directamente ningunear a estas instituciones sudamericanas que para su información –la de ellos– han llegado para quedarse.
Tiempo Argentino, 20 de Agosto de 2011
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