por Alberto López Girondo | Oct 1, 2012 | Sin categoría
Por eso ahora, su hijo, Miguel Ángel Asturias Amado, lamenta lo poco que se recuerda al autor de La trilogía bananera. Sobre todo en Argentina, el país donde publicó su obra, donde vivió con intermitencias desde 1948
Fue hace 45 años y el galardón no era solo para él, sino que era un Nobel de Literatura al Boom Latinoamericano, esa explosión de voces, aromas y colores que inundó las bibliotecas del mundo en los años ’60. Después de todo, Miguel Ángel Asturias Rosales (1899-1974) había estado en los orígenes de ese movimiento y había desmenuzado como nadie el realismo mágico de estas tierras.
hasta 1962 y donde completó su universo literario desde una casa en una isla del Tigre, sobre el río Sarmiento, que llamó Shangri-la. El refugio en el que se sumía los fines de semana con su esposa argentina Blanca Mora y Araujo. De Buenos Aires se fue cuando los militares derrocaron a Arturo Frondizi. Lo habían detenido junto con una camada de intelectuales «peligrosos» para el régimen. Cuando salió en libertad no quiso repetir los avatares sufridos con la caída de Jacobo Arbenz. Su hijo es un argentino más, aunque guarda como un tesoro la memoria del laureado novelista y su amor por Guatemala. La polémica con otro Asturias, Rodrigo, líder del grupo guerrillero Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) –quien usó el nom de guerre «Comandante Gaspar Ilom», como uno de los personajes de otra novela, Hombres de maíz, y fue uno de los negociadores de los acuerdos de paz de Guatemala en 1996– es otro capítulo de esta verdadera muestra de las contradicciones latinoamericanas. De todo esto habló Asturias Amado con Tiempo Argentino durante más de una hora y media en su departamento cercano a la cancha de River. Decorado con obras originales de dos amigos del escritor: un cuadro de Juan Carlos Castagnino y un collage de Rafael Alberti. «Mi padre venía de una familia de clase media guatemalteca, religiosa y tradicional. Digo esto para marcar que no provenía de un hogar pobre.» Se apura Asturias Amado. Todo para contar que la joven Asturias pudo ir a la universidad. «Hizo medio año de Medicina y se metió en Abogacía.» Luego describirá esta etapa en Viernes de dolores, «una referencia al viernes anterior al Viernes Santo, cuando los estudiantes salían por las calles a manifestarse contra la dictadura de entonces. Iban todos disfrazados y ahí nace una canción de protesta que se llama ‘La Chalana’ y de la que mi padre había sido coautor y que todavía se sigue cantando».–¿Podría decirse que fue allí que comenzó su relación con las letras?–Mi padre hace su tesis sobre el problema social del indio, muy cuestionada luego porque, a la usanza de lo que se planteaba entonces, ve como solución el cruce del indígena con el europeo.–¿Proponía una mixtura social?–Un cruce entre la raza indígena-guatemalteca-maya y otras razas europeas. En la Guatemala de ese entonces estaban muy de moda ese tipo de teorías. Incluso los liberales de izquierda, con influencia del mexicano Benito Juárez, planteaban también ese tipo de cosas. Pero mi padre se recibe, empieza a ejercer la abogacía y mi abuelo, pensando que podía correr problemas, lo manda para Inglaterra con un amigo de él. Terminó en París, donde encontró un medio intelectual muy abierto. Y ahí mismo comienza a estudiar las mitologías mayas en la Universidad de La Sorbona y luego traduce del francés al castellano el Popol Vuh, el libro sagrado maya. En París conoce a Rafael Alberti y Pablo Neruda. Cada escritor se había propuesto contar lo que pasaba en su país y él habla de lo que pasaba con la dictadura de Manuel Estrada Cabrera. Así nace El señor presidente, su obra más famosa. Luego publica Leyendas de Guatemala, con prólogo de Paul Valéry. Cuando la dictadura cae, él vuelve a Guatemala, donde se casa, nace mi hermano Rodrigo y después yo. –Allí es cuando comienza a participar en política.–Con el triunfo de la revolución de 1944 hay elecciones libres por primera vez, y mi papá es nombrado agregado cultural de la embajada en México. Pero viene la separación con mi madre y él va a Buenos Aires en 1948, también como agregado cultural. Aquí la conoció a Evita y al poeta Oliverio Girondo, y consigue que la editorial Losada le publique El señor presidente.–Con lo que comenzó su gran repercusión como escritor…-Sí, ese libro fue un éxito. En el año 1953, le dan el premio al mejor libro editado en francés y se va a la embajada guatemalteca en Francia. Era un momento muy importante en América Latina, porque Jacobo Arbenz gana las elecciones.–El Che Guevara estaba allí entonces.–Exactamente. El caso es que Don Jacobo nombra a mi padre embajador en El Salvador, porque quería poner gente de confianza en los países limítrofes para evitar una posible invasión a Guatemala. Pero no lo pudieron evitar. Mi padre estaba muy triste, nunca se imaginó que Estados Unidos iba a entrar como lo hizo, bombardeando al pueblo. Lo que más se le criticó a Don Jacobo es que no repartió las armas, los indígenas se defendieron con machetes. Su caída significó una cantidad enorme de exiliados políticos y, a partir de ahí, comienza el sufrimiento de Guatemala, que se profundiza con 30 años de una guerra civil terriblemente violenta, con miles de muertos, ciudades y pueblos destrozados, que se terminó con la firma de la paz que desgraciadamente no trajo resultados. Poca gente conoce la Revolución Guatemalteca y la posterior guerra civil, conocen bastante más la de Nicaragua y la de El Salvador.–¿Cómo fue la situación de su padre después de caído Arbenz?–Primero se queda en El Salvador y luego hizo un viaje por Europa con un «pasaporte de no argentino», que el país le da a personas que no tienen un país de origen y Argentina se responsabiliza por ellos. Finalmente, regresa a Buenos Aires y se integra mucho más, junto con otros escritores sudamericanos.–Formaba parte de un sector más bien antiperonista.–Perón fue un tema muy delicado para el guatemalteco. Cuando cae Arbenz, una de las embajadas donde más gente se refugió, además de la mexicana, fue la argentina. El Che, por ejemplo, fue a la embajada mexicana y por eso termina en México, donde conoce a Fidel Castro. Perón manda dos aviones a buscar a los que se habían refugiado en la embajada argentina. Pero muchos eran del Partido Comunista, y en una redada contra comunistas en Argentina, agarraron a un guatemalteco. Entonces, Perón ordenó que se metiera a todos los exiliados en la cárcel. Hay que tener en cuenta que el PC argentino estaba dentro de la Unión Democrática y era un furibundo opositor al peronismo. En la Conferencia de Caracas de la OEA, (el preámbulo de la invasión) todos votan en contra de Guatemala, menos tres que se abstienen, México, Argentina con Perón y Bolivia con el primer Paz Estenssoro. Hace unos días fui a conocer la Casa Rosada y entré al Salón de los Patriotas Latinoamericanos y me llenó de alegría ver que estaba Jacobo Arbenz.–¿Qué ideología tenía su padre?–Era un tipo de izquierda no partidario. Después de la caída de Arbenz es totalmente coherente con su posición de izquierda. Apoya a Cuba, denuncia permanentemente lo que pasaba en Guatemala y en el resto de América Latina. La Argentina es el país donde mi padre escribió y publicó la mayoría de su obra, tenía su casa en el Tigre, que la sigue manteniendo la familia de su última mujer. Amaba Argentina. Sus tres países fueron: Guatemala, por ser su país de origen; Francia, porque París fue su lugar de formación; y Argentina, donde estuvo hasta el año ’62. Vivía en Libertador y Basabilbaso. Estaba cerca de la zona de librerías, de la avenida Corrientes, vivía a dos cuadras de lo de su amigo Girondo, y estaba cerca del tren que lo llevaba al Tigre.–Borges también vivía por ahí…–Pero no se frecuentaban. Una vez Borges, en un congreso, no quiso subir al ascensor porque estaba el «comunista» Asturias. Cuando, después de ganar el Premio Nobel, le preguntaron a mi papá qué opinaba de Borges, dijo: «No voy a hablar de los vencidos».–¿Por qué se va de Argentina?–Se va cuando cae Frondizi, porque lo meten preso. Frondizi cae porque Framini ganó la elección en la provincia de Buenos Aires. La noche del golpe de Estado, los militares se llevan presos a todos los intelectuales de izquierda y los meten en un barco. Muchos de ellos eran habituales de mi casa. La razzia estuvo a cargo de un general Túrolo, al que (Ernesto) Sábato le pide en una carta que libere a mi papá y le dice: «En el futuro no van a hablar de quién lo llevó preso a Asturias sino de que Asturias estuvo preso en Argentina.» Cuando mi papá sale de prisión, ya no le da confianza vivir en la Argentina. Había tenido mucha participación en la famosa Conferencia de la OEA de Punta del Este, a la que va el Che Guevera. Mi padre fue el presidente de la conferencia paralela que se hace apoyando a Cuba. Mi padre conocía al Che, había ido a Cuba tres veces. Yo ya estaba en segundo año de Ingeniería y decidí quedarme. Mi padre salió sin rumbo fijo. Comenzó a vivir de charlas en universidades, muy al límite de las cosas, por supuesto. En 1966, un 1 de mayo, estando en Génova, sale a comprar el diario y se entera de que le dieron el Premio Lenin de la Paz en la Unión Soviética. Eso era algo de plata y una condecoración importante. En ese mismo tiempo triunfa en Guatemala lo que se llamó el tercer gobierno de la revolución, un amigo de la familia nuestra, Julio César Méndez Montenegro, y lo nombra embajador en París. Es otra de las grandes controversias, pero antes de aceptar habló con los grupos de izquierda y, desde París, él les dio pasaporte a todos los que estaban por allí estudiando o trabajando y que habían sido expulsados por los gobiernos militares y entonces no tenían documentación. Pero la guerra civil seguía.–O sea que chocaba con la guerrilla del hijo. ¿Cómo se vivió eso en la familia?–Nosotros no sabíamos nada de Rodrigo, él nunca nos involucró, no había correspondencia. Rodrigo vivió muy mal, mi hermano sufrió mucho, daban plata por su cabeza. Sé que sufrió mucho la aceptación de la embajada (ver aparte). Pero a continuación vino el premio Nobel de Literatura. Que no se lo dan por un libro sino que la Academia Sueca habla de que el Boom Latinoamericano ha sido muy impactante en el mundo y dice que el principal representante de ese boom era Miguel Ángel Asturias –El premio no era a él.–No, el premio era al Boom Latinoamericano y al máximo representante. Lo que a mí me duele es que en ningún momento, cuando se habla del Boom, lo nombran a él. En la época de los militares estaba prohibido hablar de él y yo sé que es complicado como escritor, que es difícil leerlo. Pero que no se diga una palabra…–¿Se lo respeta en Guatemala?–No, allá sigue la misma disyuntiva de que es un escritor comunista no querido y no le dan el valor que tiene. La obra de mi padre ahí está escrita, su acción de vida fue importante, activó mucho políticamente y se comprometió bastante, con sus errores, que los tuvo, pero nunca claudicó, nunca traicionó la causa de la revolución guatemalteca. Inclusive, lo hablamos con mi hermano luego de que se firmara la paz. Yo le pregunté qué pensaba de nuestro padre y me dijo que a esta altura lo entendía. Que entendía lo que debía haber sufrido mi papá cuando él estaba en la guerrilla. Había muchas muertes en Guatemala y él pensaba que no iba a poder hacer nada desde la guerrilla. «Embajada y guerrilla–¿Cómo fue ser hijo de Miguel Ángel Asturias?–Un gran orgullo, con ventajas y desventajas o cosas tristes. No lo pude gozar como padre, porque no estuvo a mi lado en circunstancias clave de mi vida. Como todo creador, era egoísta, un trotamundos total, y eso se sufre. Pero es un gran orgullo. Me enseñó la humildad, al no haberme mezclado en la parte pública de su vida. Y además, me enseñó el amor a Guatemala.–¿Volvió a Guatemala?–Mientras vivió mi padre no, y mientras mi hermano estuvo en la guerra tampoco. Volví cuando mi madre se enfermó y volví a internarla y a esperar su muerte. Tenía miedo de la dictadura, por portación de apellido. Pero no por Gaspar, porque cuando se firma la paz, los militares mismos dijeron «¿cómo no nos dimos cuenta de que era el hijo de Asturias?». Porque cuando comenzaron las negociaciones se presentaban con nombres de guerra y documentos reales, y allí lo descubrieron. Otro gran orgullo es ser hermano de Rodrigo.–¿Cuál fue el rol de su hermano, Rodrigo Asturias, en los años de la guerra civil en Guatemala?–Él había estudiado en La Plata y cuando volvió a Guatemala se convirtió en uno de los dirigentes más importantes de la guerrilla. Se puso como nombre de guerra Gaspar Ilon, un personaje de mi padre, que en uno de sus libros libera a toda Guatemala. Mi hermano fue parte de todo el proceso que culminó en la firma de la paz. La organización que lideró tenía una base indígena y fue de las guerrillas más importantes en los ’80. Murió hace siete años de un infarto. Fue candidato a presidente, no tuvo éxito en la parte democrática. Creo que la firma de la paz no ha sido positiva para la revolución guatemalteca. Los problemas que llevaron a la guerra siguen existiendo. No se resolvieron porque los acuerdos que deberían haberse convertido en leyes nunca se firmaron. Los pueblos siguen explotados 100 por ciento.–¿Cómo vivieron el distanciamiento con su padre?–Mi padre era embajador cuando comenzó la guerra. Muchos querían que renunciara y no lo hizo hasta que no terminó el gobierno de Méndez Montenegro. Y yo, como sabía que no era un traidor, le pregunté qué pasaba, teniendo en cuenta la situación de mi hermano. Él me dijo que Montenegro era amigo, que se había jugado por él para que lo nombraran, que le parecía incorrecto que ahora que había ganado el Premio Lenin y el Nobel le diera un portazo. Desde el punto de vista político, un absurdo, pero desde el punto de vista humano es lógico.
Tiempo Argentino, 1 de Octubre de 2012
por Alberto López Girondo | Sep 1, 2012 | Sin categoría
La elección del compañero de fórmula del republicano Mitt Romney es toda una definición sobre el cariz de este final de campaña para los comicios nacionales de noviembre, en los que el presidente Barack Obama se juega por la reelección. Ex gobernador de Massachusetts, Romney –que hizo su fortuna con fondos de inversión y no muestra demasiada claridad en sus cuentas fiscales–, eligió como aspirante a vice a un católico de 42 años de Wisconsin, Paul Ryan, experto en recortes presupuestarios.
Los estadounidenses que votan –que usualmente no llegan a ser ni la mitad de los ciudadanos habilitados para hacerlo, en un universo de por sí restringido por impedimentos legales a grandes porcentajes de la población– deberán elegir presidente y definir de ese modo el rumbo que seguirá el país en los próximos 4 años. El actual ocupante de la Casa Blanca, Barack Obama, va por un nuevo mandato en un marco particularmente hostil, dominado por la profunda crisis económica que afecta al país del norte desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008. A su favor puede mostrar la aprobación de la reforma a la ley de salud, recientemente avalada por la Corte. En la columna del debe, no faltan quienes señalan como su principal promesa incumplida, no haber desmantelado la base militar de Guantánamo. Otras críticas se focalizan en que no pudo cambiar el rumbo decadente de la economía ni reducir el índice de desempleo a menos del 8%.
«Hemos creado 4,5 millones de nuevos puestos de trabajo en los últimos 29 meses y 1,1 millón de empleos nuevos este año», se justificó a principios de agosto el presidente para admitir a continuación que «aún hay muchos compañeros allí afuera que están buscando trabajo».
Manos de tijera
Pero muchos de esos «compañeros», curiosamente, se inclinan por supuestas soluciones cada día más afines al discurso de la derecha, un dato no menor que se refleja en el candidato elegido por los republicanos y también en quien lo secunda en la oferta electoral. Porque Ryan, joven, atlético y de ojos azules, es el niño mimado del mayor grupo de presión dentro del partido conservador, los ultramontanos del Tea Party, quienes se encargaron de bloquear todo intento progresista de Obama. Del compañero de fórmula de Romney admiran especialmente su apego por las tijeras como único modo de resolver la crisis que envuelve al país, pero sobre todo por el lugar hacia adonde apunta el filo: los planes sociales.
A finales de junio, la Corte Suprema convalidó la constitucionalidad de la única modificación fuerte que hizo Obama desde que, pleno de expectativas, llegó a Washington en los albores de 2009: la reforma del sistema de salud. Una retahíla de gobernadores republicanos y fundaciones neoconservadoras habían presentado demandas contra la reforma sanitaria porque entendían que alteraba un principio básico de la Constitución como es el de la libertad individual. Es que la ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, según su denominación técnica, penaliza a quien no tenga un seguro de salud, ya sea personal o estatal, es decir, lo obliga a estar cubierto.
El espaldarazo judicial a la ley fue aprobado con el voto positivo de cinco magistrados contra cuatro. Sonó a triunfo rotundo, pero poco duró el envión y las encuestas reflejaron que no cambiaba demasiado el humor de los votantes de cara a noviembre.
«La reforma del sistema de salud, que para estándares europeos es una medida tímida, para los Estados Unidos es lo más cerca que estuvieron de una experiencia revolucionaria en los últimos años», acota Gabriel Puricelli, presidente del Laboratorio de Políticas Públicas y uno de los pocos invitados argentinos a la Convención Demócrata, la ceremonia donde formalmente es ungido el candidato a la presidencia por el partido, que este año se desarrolla en el edificio Time Warner Cable Arena de Charlotte, Carolina del Norte. Efectivamente, como señala este especialista en el entramado político estadounidense, el proyecto fue presentado con pompa y circunstancia ni bien Obama se asentó en su despacho, pero encontró rechazo incluso entre muchos legisladores demócratas y tuvo que negociar a la baja la mayoría de sus artículos.
«Esta es realmente una gran victoria para nosotros, a pesar de todas las dudas que me genera esta ley», festejó Michael Moore, el cineasta que con su documental SickO alertó sobre la inhumanidad que subyace en el sistema sanitario que en los 70 impuso Richard Nixon.
Sin embargo, no es sólo por razones ideológicas que esta apocada ley está en el centro del debate de la campaña. Una de las explicaciones de las resistencias de la derecha a la tímida reforma de Obama, según el sociólogo estadounidense James Petras, es que el poder real de su país defiende una clara política de recorte a los programas sociales para solventar el aparato represivo, con énfasis en «contratistas (mercenarios) policiales y militares privados y operaciones clandestinas en todo el mundo».
Petras viene advirtiendo en los últimos años –desde los 90, pero particularmente luego de los atentados a las Torres Gemelas– acerca de un notable crecimiento de lo que llama el «Estado policial», con la creación vertiginosa de agencias, organismos y departamentos de vigilancia y control sobre millones de personas que en forma totalmente secreta son catalogados como virtualmente peligrosos para las instituciones estadounidenses. Petras pone en la misma bolsa a todos los gobiernos, desde George Bush padre hasta Obama y aporta datos para demostrarlo. «El presupuesto militar pasó de 359.000 millones de dólares en 2000 a 544.000 millones en 2004 y 903.000 millones en 2012», recalca el docente universitario y autor de decenas de libros donde desnuda el sistema imperial de su país.
Pablo Pozzi es otro conocedor de lo que ocurre al norte del Río Bravo. Titular de la cátedra Historia de los Estados Unidos en la Universidad de Buenos Aires, pone el dedo en la llaga de Guantánamo, como ejemplo de lo que Obama prometió, que podría haber hecho «en los primeros cien días de gobierno y no hizo» y representa un punto débil ante su electorado de centroizquierda.
«Votantes de las grandes ciudades, jóvenes que no son evangélicos, liberales y sectores progresistas, son muy críticos de la política exterior de Obama, ellos esperaban más. Esperaban efectivamente que Guantánamo se cerrara, que se volviera al Estado de Derecho, que se pusiera fin a la Patriot Act (ley que con la excusa de combatir el terrorismo avanza sobre las libertades individuales), que hubiera algún tipo de propuesta más coherente y más inmediata de retirada de Irak y Afganistán».
La guerra y la paz
«¿Es una masa importante de gente la que piensa como esos sectores progresistas?», pregunta Acción. «Es gente relativamente influyente, personas que en Nueva York manejan medios de comunicación y poder económico», dice Pozzi.
En coincidencia, Puricelli destaca que en este punto el presidente se quedó a mitad de camino, porque «el cierre de Guantánamo era totalmente consistente con el retiro anticipado de Irak. No cerrar Guantánamo tiene costos para Obama. Hay un sector de la izquierda del partido demócrata, particularmente de la sociedad civil, de la academia, que se movilizó muy fuertemente en su primera campaña y que priorizaba el cierre de Guantánamo. A nivel simbólico lo veía casi como más importante que retirarse de Irak, porque Guantánamo daña la legitimidad internacional de los Estados Unidos y es absolutamente contrario a los mejores principios constitucionales a los que adhiere la izquierda realmente existente de los Estados Unidos».
El cineasta Moore representa a ese sector y ni bien la Academia Sueca la otorgó a Obama en 2009 un sorpresivo Premio Nobel, le escribió una carta personal a Obama en la que le dijo: «Usted está realmente en una encrucijada. Puede escuchar a los generales y expandir la guerra (sólo para dar lugar a una previsible derrota) o puede declarar terminadas las guerras de Bush y traer todas las tropas a casa, ahora. Eso es lo que un verdadero hombre de paz haría. No hay nada malo en que usted haga lo que el último tipo no pudo hacer –la captura del hombre o los hombres responsables de los asesinatos en masa de 3.000 personas el 11 de setiembre–. Pero no puede hacerlo con tanques y tropas».
Que no iba a cumplir con lo que se espera de un Nobel de la Paz ya lo habían advertido otros intelectuales de Estados Unidos. El lingüista y docente del MIT, Noam Chomsky, desconfiaba incluso desde antes, de cuando ganó la interna demócrata. Pero fue más duro en una reciente entrevista con Democracy now, el programa de Amy Goodman. «Si a la administración Bush no le gustaba alguien, lo secuestraban y lo enviaban a las cámaras de tortura. Si la administración Obama decide que no le gusta alguien, lo asesinan, por lo que no tiene que tener cámaras de tortura por todas partes». La referencia es clara hacia los asesinatos selectivos y la utilización de drones, los aviones no tripulados que hacen estragos en Pakistán, Afganistán y se extienden ahora a otros países árabes.
¿Quiso Obama hacer algo distinto y no pudo? Según Puricelli, «en su política exterior hay una intención y algunas medidas prácticas para posicionarse de una manera distinta, sobre todo en Oriente Medio y a partir de su discurso en el El Cairo, al principio de su mandato, de jugar un rol muy cauteloso como lo hizo frente a la Primavera Árabe, que ha dado mucho más margen a Arabia Saudita y Catar. Hubo una reorientación de la política exterior con una línea mucho menos intervencionista, de respetar un poco el proceso doméstico de cada país pero, al mismo tiempo, todos los programas que tiene en marcha el Complejo Militar Industrial y el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas han seguido su curso como si no hubiera cambiado el gobierno. Yo creo que con Guantánamo encuentra una correlación de fuerzas que no le permite hacerlo. El retiro de Irak lo hace y Guantánamo no lo hace».
Por eso, lo que Obama pudo exhibir como un triunfo puertas adentro de Estados Unidos, como el homicidio de Osama bin Laden, en mayo de 2011, no alcanzó para levantar el crédito en una gestión que no pudo bajar el índice de desocupación de forma significativa y peor aún, hacer crecer la esperanza respecto a que la economía funcionará mejor con él. La crisis económica pone en riesgo empleos y la esperanza de un futuro para millones de votantes que aceptarían cualquier promesa, según reflejan las encuestas, a pesar de que ya conocen la medicina de la restricción presupuestaria.
Malas influencias
Para Pozzi, «hay una escisión profunda en la sociedad norteamericana, entre los que tienen y los que no tienen; evangélicos y no evangélicos; grandes ciudades y ciudades del interior. Hay un corrimiento de la sociedad hacia la derecha que explica el ascenso de Romney. Y es una cantidad de gente muy grande de jóvenes seducidos por las tendencias evangélicas o fundamentalistas cristianas, incluyendo a una cantidad de gente pobre o humilde».
Cabría acotar que esa tendencia no comienza con el actual mandatario. Y que incluso Obama es consciente del laberinto en que está metido. «El resultado concreto de su administración ha sido una política centrista si somos buenos, y de ciertos corrimientos hacia la derecha si somos malos. O sea, él se para y dice que él personalmente está a favor del matrimonio igualitario para captar el voto de la comunidad gay que es muy importante, pero al mismo tiempo no hace nada al respecto», señala Pozzi, que se autodefine como único historiador de Estados Unidos en la Argentina.
Resulta relevante, por cierto, la influencia de fundamentalistas como el movimiento Tea Party y los sectores ultrarreligiosos que no sólo condicionan al conservadurismo más retrógrado dentro de la sociedad, sino al propio seno de los dos partidos con chances de ganar las elecciones. Inserción manifiesta, como es obvio, entre los republicanos, que en las primarias eligieron entre Rick Santorum, un católico antiabortista y antigay, o Mitt Romney, un mormón igualmente antiabortista y antigay, y que ahora logró unir ambas tendencias con el dúo Romney-Ryan. Además, como señala la lúcida Bryce Covert en The Nation, defiende una política que afectará principalmente a las mujeres, porque eliminar los ya escuálidos programas sociales repercutirá en primera instancia en ellas, que son beneficiarias de un 70% de los planes. Habrá que ver entonces si los ojos azules le alcanzan.
Los próximos 4 años
Se supone que un Obama ganador tendría posibilidades de concretar lo que no pudo lograr en su primer mandato, debido a que otros 4 años le permitirían no estar tan pendiente de complacer a un electorado que será necesario para quedarse en el Salón Oval. Pero si en los primeros días de su gestión, cuando tenía todo el viento a favor y el empuje del triunfo electoral, no hizo nada fuera del esquema habitual de los mandatarios estadounidenses, sería poco esperable que haga algo diferente ahora. Y, además, su campaña no cambió los ejes de la anterior de un modo drástico. Pone énfasis, sí, en aumentar impuestos a los ricos, algo que no logró hacer en este período y que le permite justificarse diciendo que la mayoría republicana no dejó resquicio para que fructificaran esas iniciativas. Pero es posible que ese punto se relacione también con que su contrincante en ese sentido está «flojo de papeles» con una fortuna calculada en 250 millones de dólares convenientemente oculta en los pliegues de paraísos en las Islas Caimán.
La cuestión es si llegaran a ganar los republicanos. Para Puricelli, si esto ocurre, «Estados Unidos en vez de jugar este rol de defensor del estímulo frente a la crisis internacional que encarna Obama, se podría correr a la lógica de austeridad de Merkel, suponiendo que Merkel llegara a enero del año que viene si continúa bancando las políticas de austeridad, algo que hoy en día es difícil de prever». Para Pozzi, un triunfo del ex mandatario de Massachusetts implicaría «un retorno a las peores formas de intervencionismo norteamericano de la época de Bush».
Romney mostró algunos de esos rasgos brutalmente imperiales en estos últimos meses. El ex gobernador de Massachusetts alcanzó cierta fama de buen gestor en su momento cuando salvó del desastre las Juegos Olímpicos de Invierno de 2002 realizadas en Salt Lake City, que venían de una serie de escándalos de corrupción en la junta organizadora y pasaron a la historia como las mejor desarrolladas en la historia de ese país. Ese antecedente le sirvió de trampolín para la gobernación de su estado y hace unas semanas para estar como invitado en los juegos de Londres. Pero allí mostró la hilacha: primero cuestionó, como si fuera un ciudadano británico, que justo en el momento en que se llevaba a cabo las Juegos Olímpicos aparecía la información que una empresa de seguridad privada «no tiene suficientes empleados y hay una supuesta huelga de los empleados de inmigración y aduanas, algo que no resulta muy alentador». Para rematar puso en duda el éxito del evento: «Es difícil saber cómo va a acabar saliendo todo». Un puñetazo demoledor en el rostro del conservador David Cameron que le granjeó, además, las pullas más feroces de los diarios sensacionalista de la isla.
En su visita a Israel no fue más diplomático. Se encargó de tranquilizar a los sectores más duros del gobierno de Benjamín Netanyahu con un «hay que emplear todas las medidas posibles para poner fin a la deriva nuclear del régimen iraní». Para luego levantar polvareda al declarar que Jerusalén es la capital de Israel. Un tema controversial en vista del pedido de admisión de Palestina como Estado pleno ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Revista Acción, 1 de Septiembre de 2012
por Alberto López Girondo | Ago 15, 2012 | Sin categoría
Desde que Joseph Ratzinger fue ungido Papa, hace siete años, no cesan de aparecer escándalos para la Iglesia que comanda con mano trémula. Este cardenal alemán era el natural continuador del polaco Juan Pablo II, al que cuidó las espaldas por más de 20 años como un bastión ultraconservador, y mucho ayudó desde la Santa Sede a la caída del bloque socialista. Pero desde que se consagró como Benedicto XVI su pontificado debe enfrentar todo tipo de cuestionamientos, desde la pedofilia enquistada por décadas en muchos pliegues de la Iglesia, hasta el entramado financiero que continúa provocando dolores de cabeza en el Instituto para las Obras de Religión (IOR), más conocido como el Banco Vaticano. Y ahora, cuando ya cumplidos los 85 años se aprontan las fichas para una sucesión que por cuestiones de edad puede ser inminente, las intrigas en su entorno alcanzan ribetes novelescos.
PROBLEMAS. Benedicto XVI padece la situación, junto con el secretario privado del Vaticano, el italiano Tarcisio Bertone.
Con todos esos ingredientes un periodista italiano, Gianluigi Nuzzi, armó el libro Sua Santità, donde destapa con profusión de datos y documentos un panorama de lo que ocurre en el Vaticano, desde hace por lo menos diez años, con un grupo de cardenales que manejan la organización religiosa más poderosa del mundo atravesada por la más increíble gama de intereses terrenales y en medio de fuertes disputas entre sectores que se niegan a adecuar la dos veces milenaria institución a los tiempos que corren.
Como aquellos documentos –que fueron comidilla en los medios más importantes del mundo– son indesmentibles, una investigación interna determinó que hubo un culpable de las filtraciones, que por esas cuestiones de la oportunidad se dieron en llamar Vatileaks, y que el «soplón» no podía ser otro que el mayordomo del Papa, Paolo Gabriele. Conocido como Paoletto, este italiano de 46 años que, según su abogado, se mostró arrepentido luego de haber pasado 50 días en prisión, pidió disculpas al Papa, al que jura adorar y servir con fruición desde hace seis años y al que asegura haber querido ayudar con la difusión de informes sobre las amenazas que se ciernen sobre su reinado.
En este thriller, uno de los más destacados protagonistas es el secretario privado del Vaticano y camarlengo del Papa, su hombre de confianza en Roma, Tarcisio Bertone, quien ni bien se conocieron esos documentos sostuvo ante la prensa que el Vatileaks es un «ataque con fines determinados contra el Papa». El camarlengo es el administrador de los bienes e ingresos de la Santa Sede. Pero entre sus funciones está la de certificar burocráticamente la muerte del Papa, organizar el proceso sucesorio y regir los destinos de la Iglesia hasta la designación del nuevo Pontífice.
Rebelión purpurada
Este nuevo bochorno papal salió a la luz cuando se difundieron una serie de cartas enviadas a Ratzinger por el nuncio apostólico en Estados Unidos, Carlo María Viganò, en las que alertaba sobre diversos casos de corrupción y mala gestión en el Vaticano. Fue la punta del iceberg que removió el avispero mientras el libro de Nuzzi estaba en imprenta. La publicación de Sua Santità mostró más documentos pacientemente conseguidos, según el autor, luego de encuentros casi furtivos con informantes a los que identificó bajo el nombre genérico de María, aunque los medios ya habían bautizado al Garganta Profunda de la Iglesia romana como Il corvo (El cuervo). Lo que vino después fue un vendaval mediático que tiene muchos puntos en común con los de hace un año, cuando las denuncias de abuso de menores generaban repulsión en todo el planeta. En este caso, mucho contribuyeron el diario alemán Die Welt y el italiano La Repubblica.
No fue casualidad que a fines de mayo, una semana después de la aparición del libro, Paoletto haya sido detenido, bajo cargos de espionaje. Y unos días más tarde haya caído en desgracia Ettore Gotti Tedeschi, el presidente del Banco Vaticano. Una seguidilla que sólo se explica por la veracidad de la información y de las especulaciones que se hacen en torno de la casa de San Pedro.
Para investigar las filtraciones, Ratzinger nombró una Comisión Cardenalicia presidida por el español Julián Herranz, de 82 años, ex presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos; el eslovaco Jozef Tomko, prefecto emérito de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, de 88 años; y el italiano Salvatore De Giorgi, ex arzobispo de Palermo, Italia, de 82. La acusación recayó solamente sobre el mayordomo, un romano que vive con su esposa y tres hijos en el Vaticano y siempre luce impecable.
Pero La Repubblica reveló las sospechas respecto a Ingrid Stampa –ama de llaves de Ratzinger–, al obispo alemán Josef Clemens y al responsable de los discursos papales, el cardenal Paolo Sardi, todos de estrecha y cotidiana relación con Paoletto. Pero también sobre Bertone y otro personaje no menor en esta conjura: el secretario personal de Benedicto, el alemán Georg Gänswein. El atlético cardenal germánico es signado como enemigo de Bertone pero también guarda recelos con los tres implicados en esta nueva denuncia, que fueron prontamente borrados de la cercanía del Papa, lo que para los medios que conocen el entramado Vaticano es suficiente prueba de que algo tienen que ver en el entripado al que no dudaron en llamar «la rebelión de los cardenales».
Barrido y limpieza
La otra pata de este enredo se relaciona con el manejo de los fondos de la Iglesia, que allá por las postrimerías de la década del 70 pusieron a Roma en el candelero, primero por la sospechosa muerte de Juan Pablo I y más tarde por la caída de Banco Ambrosiano y las oscuras relaciones del arzobispo Paul Marcinkus –que era el titular del IOR y se lo conocía como el «banquero de Dios»– con la Logia P2 y el manejo de dinero de la mafia italiana.
Ahora el que cayó en desgracia, aunque con menos estrépito –tapado por la oportuna ebullición del Vatileaks– fue Gotti Tedeschi , un economista vinculado con el Opus Dei que tuvo que renunciar luego de que, según información oficial, el consejo de vigilancia del IOR le hizo una moción de censura porque «no había cumplido determinadas labores de extrema importancia» para la institución. Sin aclarar demasiado a qué se refieren esas labores, aunque con la sospecha mediática de que se estaba hablando entre líneas de lavado de dinero. Gotti Tedeschi era el hombre que con su llegada al IOR en 2009 iba a terminar de hacer el trabajo de limpieza de un banco bastante enturbiado por las anteriores gestiones. Lo que no se sabe es si no pudo, no quiso o en realidad sí estaba cumpliendo la tarea y fue eyectado por los enemigos internos que se granjeó en el camino.
Como sea, unos días más tarde se anunció que el IOR había pasado una prueba clave del Consejo de Europa sobre transparencia financiera, aunque con un tirón de orejas por la «baja efectividad» de sus supervisores bancarios y su escasa capacidad para rastrear transacciones sospechosas. La llamada Comisión Moneyval, de todas maneras, celebró que la curia romana cumpliera «a la letra, o con un grado elevado, 9 de las 16 recomendaciones internacionales claves y fundamentales» para combatir el lavado de dinero y la financiación del terrorismo.
El problema está en los otros 7 puntos que quizás trabaron la tarea higiénica de Gotti Tedeschi. Que aquí se vuelve a cruzar con Paoletto, quien, según su abogado, fotocopió y compartió documentación reservada como «un acto de amor hacia el Santo Padre (…y para) colaborar con el Pontífice en un trabajo de limpieza dentro de la Iglesia».
Revista Acción, 15 de Agosto de 2012
por Alberto López Girondo | Ago 1, 2012 | Sin categoría
Cuando el 16 de setiembre de 2008 el muy respetable banco Barclays anunció la compra del sector Mercado de Capitales, Fusiones y Adquisiciones del quebrado Lehman Brothers, los principales medios financieros del mundo dejaron escapar un suspiro de alivio. Parecía que la bancarrota más grande en el mundo de las finanzas internacionales desde la crisis del 30 encontraba su cauce desde el propio mercado, una señal alentadora ante un cataclismo que se aventuraba trágico.
TRADICIONAL. El banco fue fundado en 1690 y ahora está en la picota por las denuncias de fraude. Moody’s le bajó la calificación.
El Barclays, nacido en 1690 cuando John Freame y Thomas Gould abrieron las puertas de su primer local en Lombard Street, Londres, creció hasta contabilizar operaciones en más de 50 países del mundo y unos 147.000 empleados. Ahora se había quedado con activos de Lehman valuados en 72.000 millones de dólares y pasivos por 68.000 millones pagando apenas 1.750 millones. Además, incorporaba a cerca de 10.000 de los 25.000 empleados de la firma.
Ese día, también, el estadounidense Bob Diamond ascendía a la cima de su carrera: luego de sus inicios en Morgan Stanley y First Boston y tras 10 años en la cabecera neoyorquina del Barclays, donde había ingresado en 1997, era el factótum de un negocio que colocaba al banco londinense, el segundo en su país, en la cima del mundo. El paso de Diamond a Londres no se hizo esperar pero al mismo tiempo comenzó una exposición pública que en pocos años lo llevó a lo que bien puede ser una caída definitiva, luego de asumir que la entidad que dirigía con espíritu de conquista había manipulado cifras de la tasa de referencia para, entre otras cosas, parecer más solvente de lo que en realidad era.
La otra parte de esta historia incumbe al ex primer ministro británico Gordon Brown. El líder laborista, ministro de Hacienda de Tony Blair, fue el artífice de la liberación del mercado financiero en el Reino Unido que en ese mismo año, 1997, instaló a Londres como uno de los principales centros financieros del mundo. Algo que cuando Brown se postulaba para suceder a Blair, en 2007, cuando ni se sospechaba que los préstamos inmobiliarios se convertirían en una pesada carga para el planeta, usó como argumento de campaña.
Durante ese período el Barclays bajo el mando de Diamond se jactaba de pagar los mejores salarios y de celebrar cada operación con el mejor champagne. Este descendiente de irlandeses nacido en Massachusetts fue el niño mimado –si se puede llamar así a un señor que a fines de julio cumplió 61 años– de las publicaciones de vanidades a ambos lados del Atlántico. La fiesta, a la vista de la tormenta que fueron despertando los créditos «tóxicos», duró bastante. Pero al igual que los diamantes (como ironizó la revista The Economist, jugando con el apellido del CEO de Barclays, Diamond, y la película de James Bond) no fueron eternos y desde hace tiempo los organismos de vigilancia financiera de Estados Unidos y Gran Bretaña venían investigando el papel de la entidad londinense en la manipulación de las tasas Libor y Eurolibor. Un escándalo que estalló a fines de junio y que tiene imprevisibles consecuencias para todo el sistema financiero global.
Falsa solvencia
La London InterBank Offered Rate (tasa ofrecida entre bancos de Londres o Libor) es el interés que se utiliza como referencia para préstamos entre bancos, privados o incluso a países. Se supone que señala la tasa a la que se prestan las entidades entre sí teniendo en cuenta las variables del mercado cada día y las necesidades de efectivo de cada una de ellas. Se utiliza desde 1986 y se publica diariamente a través de la Asociación de Banqueros Británicos. Un punto más o menos de esta tasa implica que el movimiento de miles de millones de dólares pueda variar en sumas siderales.
Hay dos aspectos por los que alguien que tuerce a voluntad esos índices puede ganar fortunas para sí o para terceros. Una es subiendo los intereses artificialmente cuando una entidad tenga que prestar, o bajándolos de un modo conveniente cuando tenga que tomar dinero del mercado. La otra cuestión, que fue relevante durante el crecimiento de la burbuja financiera, es que el «mercado» interpreta como debilidad financiera que una tasa crezca desmesuradamente, ya que indica que alguien está saliendo a captar fondos. Por el contrario, una tasa baja crea una sensación de fortaleza que los números no necesariamente sustentan, como parece haber sido el caso del propio Barclays.
Un documento del departamento de Justicia de Estados Unidos reveló que una red de traders a ambos lados del océano «conspiró para influir sobre las tasas» libor y su versión europea, la Eurolibor entre 2005 y 2009.
Fue entonces cuando los organismos de control financiero estadounidenses y británicos multaron al Barclays por más de 450 millones de dólares y abrieron sus archivos para una investigación judicial. Paralelamente, en Gran Bretaña una comisión parlamentaria llevó al banquillo a la cúpula del banco y ya provocó la renuncia de tres de sus popes, incluido el financista estrella, Diamond.
Además, el primer ministro conservador David Cameron –el mismo que se negó a firmar el Pacto Fiscal con Europa para no acceder a controles financieros, porque podría conspirar contra Londres como centro financiero mundial– tuvo que romper su pacto con los mercados y prometer nuevas regulaciones. También se pusieron bajo análisis otras entidades de relevancia internacional, entre ellos el nacionalizado Royal Bank of Scotland (RBS) y las sedes estadounidenses del Bank of América, el Citigroup, el Morgan Chase y el Deutsche Bank, por nombrar a algunos.
Sospechas con fundamento
Desde antes de que estallara la burbuja, las autoridades reguladoras sospechaban que algo raro pasaba con la libor. Pero nadie con poder de decisión tomó cartas en el asunto. Y eso que la tasa es de aplicación para fijar el interés sobre un volumen de capital financiero calculado en 360 billones de dólares (el número 360 seguido de nueve ceros, algo fuera de toda dimensión humana).
Un empleado, incluso, llegó a reconocer en abril de 2008 a la Reserva Federal (FED) de Nueva York, que el Barclays manipulaba el tipo de referencia. Según un documento de la FED publicado en la web a instancias del representante republicano Randy Neuberger, el «arrepentido», dijo que el banco estaba informando de modo erróneo su tasa para evitar el estigma asociado con distanciarse en sus informes en relación con otros bancos. Una rueda en la que si los demás iban para un lado, lo conveniente era seguir el rumbo. Según esos documentos ahora públicos, el testigo dijo que otros bancos también «dibujaban» la Libor, y agregó que no podía afirmar que al menos Barclays lo hiciera para incrementar sus beneficios.
Como sea, a fines de junio, y tras admitir la existencia de esos informes adulterados, el banco aceptó pagar una multa a los institutos de control de Nueva York y Londres que en total suma algo más de 450 millones de dólares.
Pero el tramo más sustancioso del asunto se ventila en las audiencias públicas que se llevan a cabo ante una comisión multipartidaria en el Parlamento británico. Luego de dar sus explicaciones del caso, a principios de julio renunciaron el presidente de Barclays, Marcus Agius, y el jefe de operaciones financieras, Jerry Del Missier. Las explicaciones de Diamond –que también terminó dejando el cargo– fueron poco menos que grotescas, y las hizo públicas al difundir un memo dirigido a Del Missier de octubre de 2008, poco después de la caída de Lehman que, según dijo, fue mal interpretado.
«Luego de nuestra última conversación, el señor Paul Tucker (gobernador adjunto del Banco de Inglaterra) reiteró que ha recibido llamadas de altos mandos de Whitehall (por la calle de Westminster donde se encuentran los ministerios) que cuestionan por qué Barclays tiene que estar siempre en la parte alta de los precios del Libor», escribió Diamond.
Según su insólita versión de los hechos, la frase fue mal interpretada por sus súbditos, que la tomaron como una orden que venía de muy arriba y que nadie tenía potestad de cambiar. Diamond juró que no se había enterado de que sus palabras habían sido entendidas como un llamado a reducir artificialmente el índice Libor. Pero eso fue lo que hicieron.
El memo para los medios británicos no tuvo desperdicio porque daba tela para vincular con el escándalo a funcionarios del banco central y a miembros del Gobierno, tanto de la gestión laborista como la actual coalición conservadora-demoliberal. Por eso temen por su futuro político, ahora que la crisis financiera y la secuela de recortes presupuestarios van limando la popularidad de la administración Cameron, tanto como la del líder laborista, Ed Miliband, y el portavoz económico, Ed Balls, que tuvieron parte de la responsabilidad en la desregulación financiera como funcionarios en el gabinete de Brown.
Revista Acción, 1 de Agosto de 2012
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