Seleccionar página

La renuncia del Gran Inquisidor

Estos no son días fáciles para mí», se sinceró Benedicto XVI en su primera aparición pública un par de días después de sorprender al mundo con el anuncio de su renuncia al trono de Pedro. Fue el primero en hacerlo en 600 años de historia y el primero, además, que deja un cargo –que se supone divino– por problemas terrenales más propios del hombre, como la salud y la edad, desde que la Revolución Francesa decapitó a un rey para instaurar la república moderna. Todo un símbolo en una institución absolutista como el Vaticano, donde un centenar de cardenales deciden quién de entre ellos cargará con el sayo y regirá sin revisión de sus actos, en principio, en forma vitalicia. Un Estado donde desde hace casi 35 años el ala más conservadora de la Iglesia cortó la cabeza a todo vestigio de progresismo de la mano del religioso alemán que deja, técnicamente hablado, la sede vacante.
Es que Joseph Ratzinger fue el continuador de un proyecto de restauración que inició el polaco Karol Wojtyla en 1978, y lo acompañó como artífice de ese gran proceso conservador en la Iglesia Católica que, entre otros laureles, se jacta de haber sepultado los avances del Concilio Vaticano II. Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la continuadora de la Inquisición, desde la publicación en 1986 de un documento lapidario sobre la Teología de la Liberación, fue acorralando a toda una línea de pensamiento surgida como respuesta de la religión frente a un mundo que se planteaba cambios estructurales de fondo cuando no una revolución lisa y llana.
La prueba más contundente de esa posición la padeció el notable intelectual y teólogo brasileño Leonardo Boff, uno de los teóricos más prominentes de esa forma de interpretar la Biblia, al que le prohibió que diera clases y luego que escribiera, hasta que lo terminó forzando a abandonar los hábitos. El prolegómeno que hizo que otro centenar de curas e intelectuales de su misma tendencia lo siguieran. «Ha hecho que muchos no sientan más a la Iglesia como un hogar espiritual», resaltó el brasileño al conocer la noticia.
Boff adelantó al mismo tiempo lo que seguramente será tema de debate en el concilio que deberá llegar a una fumata blanca para anunciar al nuevo sucesor de Pedro, el papa que tendrá el número 266 en la lista oficial de ocupantes del trono vaticano. «Su proyecto (el de Ratzinger) era una Iglesia al viejo estilo, hacia adentro y con el objetivo de la reevangelización de Europa. Nosotros consideramos que eso es ineficaz y es una opción por los ricos, un proyecto equivocado».
Mucho se escribió en los días posteriores al sorpresivo anuncio, que dejó boquiabiertos a quienes no supieron leer entrelíneas algunas señales que ya venía enviando el obispo alemán que alguna vez integró las juventudes hitlerianas. Ahora que las cartas están sobre la mesa, no son pocos los analistas que caen en la cuenta de que algunos mensajes que parecían reflexiones ecuménicas no eran más que indicios seculares de que un papa podía tranquilamente dejar su cargo para dejar paso a otros, «con más fuerza», para continuar la obra.
Y en esa senda se inscriben los pasos posteriores de Ratzinger, quien fue un académico de fuste en la Universidad de Ratibona, según reconocen el propio Boff y otros de sus condiscípulos. Cuando llegó a un lugar de poder, en su caso la sucesora de la Inquisición, no dudó en aplicar las medidas más drásticas y hasta crueles contra ese grupo otrora influyente de curas seguidores del espíritu del Concilio Vaticano II, que habían comenzado una obra de recuperación de los valores cristianos y de modernización de viejas concepciones anquilosadas en una institución dos veces milenaria que tardó, por dar un ejemplo, cuatro siglos en excusarse por el trato dado al trascendente astrónomo italiano Galileo Galilei.
Hombre clave

Haciendo un poco de historia, conviene recordar que el primer papa no italiano que se puso la tiara pontificia en 300 años, Carol Wojtyla, llegó a la cumbre cuando comenzaba a despuntar el escándalo del Banco Ambrosiano, la entidad crediticia que manejaba los fondos de la Iglesia. Es que la sospechosa muerte de Juan Pablo I, a 33 días de su llegada al trono, en 1978, siempre apareció vinculada con los oscuros manejos del dinero vaticano, una fortuna imposible de dimensionar.
El obispo polaco también resultó el hombre adecuado en un momento clave de la guerra fría, cuando las dictaduras latinoamericanas –en muchos casos avaladas por la curia romana– habían hecho el trabajo sucio contra todo vestigio izquierdista en la región, en Gran Bretaña desplegaba su neoconservadurismo más ortodoxo Margaret Thatcher y se avecinaba la vuelta de los republicanos en Estados Unidos de la mano de otro ultraconservador y ferviente anticomunista como Ronald Reagan.
Un sacerdote polaco, carismático y de 58 años –es decir, joven para los parámetros vaticanos– permitiría una lucha frontal con la Unión Soviética en una trinchera que se mostraba resbaladiza como Polonia, país predominantemente católico y con una historia conflictiva con Moscú, que, además, por esa misma época, veía el crecimiento político de un líder sindical opositor como Lech Walesa.
Juan Pablo II fue el adalid de esa cruzada contra el comunismo y en los días más críticos de la debacle del sistema soviético, mantenía reuniones habituales con el entonces jefe de la CIA, William Casey, para cambiar información y diseñar estrategias.
Pero para «limpiar el mundo» de todo vestigio progresista hacía falta también barrer dentro de la propia iglesia. Para eso nadie mejor que Joseph Ratzinger, el arzobispo de Munich que mantenía elevados lauros como teólogo e intelectual, pero también con antecedentes como hombre conservador en un ambiente puritano como el de la Alemania que en pocos años habría de reunificarse. Es que lidiar con gente de refinada preparación y sólidos conocimientos sobre la fe como los tercermundistas no era tarea para improvisados y Ratzinger era uno de los pocos en la cúpula a la altura del desafío.
El «inquisidor» cumplió su tarea a las mil maravillas y para cuando Juan Pablo II moría, la Teología de la Liberación era cosa del pasado. Entre el polaco y el alemán habían dado una vuelta de campana y el nombramiento del que sería Benedicto XVI fue una muestra de que el ala conservadora había ganado la partida de un modo categórico.
Lo que no se esperaba el papa que asumió en abril de 2005 es que estallarían tantos conflictos latentes durante el anterior reinado. Conflictos que habían quedado tapados un poco por el carisma de Wojtyla y otro poco porque los tiempos fueron cambiando en estos 8 años y ese retroceso en la Iglesia fue forjando también un descrédito cada vez mayor entre los propios fieles.
Como sea, el escándalo por lavado de dinero en las instituciones bancarias vaticanas continúa, ahora por otros medios. Asimismo, las filtraciones de secretos romanos a la prensa por su mayordomo privado, Paolo Gabriele, desnudaron una trama de lucha por el poder dentro del Instituto para las Obras de Religión (el banco eclesiástico) digno de los mejores filmes de Francis Ford Coppola.
Aunque seguramente el peor de los escándalos que salieron a la luz en estos años haya sido el de los extendidos y abrumadores casos de pedofilia que dejaron un saldo de cientos de denuncias, millones de dólares gastados en reparaciones judiciales y extrajudiciales y que reveló una red de ocultamiento que llega hasta el propio Ratzinger cuando era obispo e incluso en sus primeros tiempos de papado.
Dijo el propio Boff en una entrevista en la que alabó la decisión de dejar el trono como gesto de racionalidad, que el período de Benedicto XVI no dejará huella en la historia de la Iglesia católica. Pero tal vez se equivoque. Este horror no será fácil de olvidar para millones de feligreses, muchos de ellos también víctimas de abusos sexuales en su infancia.
Supremo elector

Al renunciar, Ratzinger pone distancia con esas denuncias e incluso aparece como abrumado por haber tenido que enfrentar tamaña responsabilidad. Pero tamabién se convierte en el gran elector en bambalinas de su sucesor y custodio de la fe desde un cargo todavía a definir pero inédito en la iglesia moderna, como ex papa.
Si por algo se caracterizó la gestión de los dos últimos representantes de Pedro, es por haber designado un cuerpo de cardenales tan inclinado a la derecha que puede decirse sin que suene a sátira que la elección será entre los conservadores y los muy conservadores.
Los capacitados para votar son unos 120 cardenales que tienen menos de 80 años. No parecería que estén pensando en los grandes desafíos para el futuro de la Iglesia que el alemán afirma tomar en cuenta en su renuncia. Entre estos está el desafío de un mundo cambiante que no ve como una muestra de santidad el celibato sacerdotal y que aún tiende a considerarlo parte del problema sexual que atraviesa la institución. Un mundo en el que avanza el casamiento igualitario y el uso de anticonceptivos más allá de lo que digan los sacerdotes y que a la vez reclama una posición más firme ante injusticias y desigualdades económicas o sociales. Donde además se extiende otro tipo de confesiones cristianas de corte evangélico que le van quitando adeptos.
No es casual quizás que el reinado «benedictino» haya coincidido con la crisis financiera que acosa a Estados Unidos y Europa, tampoco que Alemania se haya convertido en el motor de las posiciones más ortodoxas entre los países del euro y que fuerza a combatir estos tiempos de recesión con las recetas que Reagan y Thatcher vinieron a imponer cuando despuntaba el reinado del Juan Pablo II.
Si Wojtyla fue el adalid en la lucha contra el comunismo y del progresismo católico, Benedicto seguramente quedará como el ícono del proyecto de centralismo germano en Europa. Su dimisión podrá leerse como símbolo de otros tiempos que sólo el Espíritu Santo sabe si serán mejores para quienes piden una iglesia más cerca de la gente.

Revista Acción, 1 de Marzo de 2013

La construcción de la Tercera República italiana

Hay una frase que Miguel Mora, corresponsal del diario español El País, atribuye a dirigentes del Partido Democrático de Italia: «La Tercera República ha empezado». Interesante postura para cuando las encuestas daban ganadora por varios puntos a esta agrupación sucesora del otrora poderoso partido comunista italiano y que la realidad se encargó de desmentir. Es que los comicios dejaron un escenario más inestable del que pretendía combatir Mario Monti cuando percibió que sin el apoyo del inefable Silvio Berlusconi no podría gobernar y presentó su renuncia a la presidencia del Consejo de Ministros.
De haber logrado el resultado que preveía, el líder del PD, Pier Luigi Bersani -el único candidato genuinamente político que se presentó a las elecciones- hubiese cambiado el incierto rumbo por el que transita Italia desde que hace dos décadas la causa llamada Mani Pulite provocó un vendaval del que emergió una Segunda República. Que a su vez había surgido de las cenizas de esa otra que, tras el asesinato de Aldo Moro, estaba moribunda desde 1978.
Las urnas dejaron dos árbitros que, en rigor de verdad, son síntomas de este desconcierto político que padece Italia en forma endémica. El cómico Beppe Grillo ya dijo que no piensa apoyar a Bersani, al que llamó sin tapujos «el muerto que habla». El humorista se presenta como el candidato de la no política, como un ciudadano que pretende soluciones para la gente común. Logró aunar detrás de su particular modo de convocatoria –principalmente la red Internet, pero en lugares donde la web es un exotismo, el cara a cara- al «hombre de a pie» que está harto de escándalos, recortes presupuestarios y falta de horizontes para su propia vida.
El diario alemán Süddeutsche Zeitung fue especialmente corrosivo al decir que «dos cómicos se han presentado a los comicios y son premiados por sus gritos calumniosos». Porque incluía a Berlusconi, que para los votantes más jóvenes podría pasar por un político consumado ya que fue tres veces primer ministro, pero sin embargo fue el «antipolítico» que surgió de la debacle provocada por el fiscal que investigaba la corrupción en el sistema político, en 1994. El otro aspirante, el renunciante Monti, se presentaba como el tecnócrata destinado a terminar con el caos económico que generan los políticos «con sus medidas populistas».
Haciendo un poco de historia, la primera República Italiana surgió de las cenizas del estado fascista, a fines de la Segunda Guerra. Nunca fue un sistema muy estable, pero como decían los analistas, funcionaba aceptablemente porque a los avatares de Roma, donde se cocinaba el caldo político, respondía la riqueza generada en Milán, el eje de un territorio industrializado más cercano a los estándares alemanes.
Pero Italia era un campo de batalla privilegiado en la Guerra Fría. Con un poderoso Partido Comunista –el más importante del llamado Occidente– solo la Iglesia Católica y la Democracia Cristiana podían contrarrestar esa tendencia peligrosa para el establishment y sobre todo para Washington. El norte industrial también era el principal bastión de la izquierda. En el sur, en cambio, se asentaba la mafia, de modo que las denuncias de connivencia con la DC para terminar con los «rojos» eran permanentes.
Un personaje sabía navegar estas aguas agitadas: Giulio Andreotti, quien desde la DC digitó los manejos políticos por décadas. Otro líder democristiano, Aldo Moro, resultaría víctima de ese sistema de alianzas y contrapesos, a pesar de ser un hábil negociador. Y precisamente por esa virtud. Porque en marzo de 1978, mientras en América Latina los dictadores militares ya habían cometido la mayoría de sus crímenes bajo la mirada condescendiente del entonces secretario de Estado Henry Kissinger, Moro fue secuestrado por las Brigadas Rojas, una agrupación de izquierda radicalizada.
Moro –que había sido dos veces premier-– fue levantado cuando iba a una sesión en el Congreso en que se le iba a dar el voto de confianza a un gobierno dirigido por Andreotti pero con apoyo del PCI, en el marco del acuerdo entre democristianos y comunistas conocido como Compromiso Histórico. El cuerpo de Moro apareció entre las sedes de ambos partidos en Roma, el 9 de mayo de ese año.
Un par de meses después moría Paulo VI, el Papa que había cerrado las sesiones del Concilio Vaticano II iniciado por Juan XXIII. Su sucesor, el último italiano en ocupar el puesto, fue Albino Luciani, que con el lema de la humildad y el nombre de Juan Pablo I –en honor a esos dos antecesores- llegó al trono en agosto de 1978 y misteriosamente apareció muerto en su recámara 33 días después, en un caso que siempre levantó sospechas. El 16 de octubre, finalmente, el polaco Karol Wojtyla se convertiría en Juan Pablo II y en el que cumpliría con los planes de Washington para terminar con la «amenaza comunista» en Europa.
Habían pasado cinco años de la firma de los acuerdos que sellaron la derrota de EE UU en Vietnam y la lucha contra todo lo que oliera a comunismo era sin cuartel. Según el autor suizo Daniele Ganser, existió una Operación Gladio, una red clandestina financiada por la CIA. A ella se atribuye atentados como el que le costó la vida a Moro. El objetivo del crimen, según esta versión, era torpedear acuerdos que podrían haber blanqueado al PCI –que había sacado 34% de votos en 1976 y aspiraba a más- pero que también hubiesen estabilizado a Italia.
La viuda de Moro relató más tarde un encuentro de su marido con Kissinger y un agente de la CIA. «Debe abandonar su política de colaboración con todas las fuerzas políticas de su país… o lo pagará más caro que el chileno Salvador Allende». Hay quienes inscriben en este mismo esquema a la muerte de Luciani, que pretendía profundizar el Concilio y no clausurarlo bajo una lápida como hizo Wojtyla.
En 1992, el fiscal Antonio di Pietro descubrió una extensa red de corrupción que enredaba a los principales partidos políticos en maniobras ilegales con los conglomerados industriales más importantes y los distintos grupos mafiosos del país. La Operación Mani Pulite (Manos Limpias) fue otro terremoto para la vida política italiana. Pero la Tangentópolis (la ciudad de la coima) salpicó a todos menos a un empresario exitoso que no venía de la rama industrial sino que era propietario de medios de comunicación y tenía intereses en un equipo de futbol, el Milán, competidor de la Juventus de los Agnelli, dueños de la automotriz Fiat. Se trataba, claro está, de Berlusconi, quien desde 1994 cubriría la vida política italiana con su impronta escandalosa.
Il Cavaliere no es más un outsider que promete buena gestión como empresario lleno de dinero, y sí un impresentable para esta nueva era en Europa. Por eso el candidato del mundillo de las finanzas era Monti, que no por nada había integrado el staff de Goldman Sachs y había sido Comisario Europeo. Era el hombre de confianza de los organismos internacionales pero su falta de carisma resultó fatal y apenas logró superar el 10% de los votos. La chanza de que es Mario Mortis que lanzó Grillo no suena exagerada.
La Italia de estos días se parece mucho a la Argentina de hace diez años. Cuando luego de un gobierno integrado por tecnócratas que venían a arreglar los despilfarros de los políticos (De la Rúa tuvo cinco economistas ocupando cargos de ministros en su primer gabinete) vendría una elección en la que Menem ganó apenas, pero dejó el lugar a Néstor Kirchner, que tenía muy poco.
Bersani quedó a la cabeza también con muy poco. ¿Podrá ser el político capaz de reconstruir a la política como una herramienta de cambios en Italia? ¿Podrá fundar una Tercera República desde ese tan poco? ¿Qué tendrá que ver todo esto con un Papa que deja el Vaticano en helicóptero luego de haber renunciado?

Tiempo Argentino, 1 de Marzo de 2013

Entre el Bienestar que se cae y el Buen Vivir que renace

El Congreso de los Diputados español ardía. Por un lado, el presidente del gobierno, Mariano Rajoy, trataba de salir lo mejor parado posible en el tradicional discurso del estado de la Nación en momentos en que su partido aparece en el centro de las denuncias por corrupción –sin olvidar del caso que atañe a la casa real y su complicado yerno- mientras la desocupación continúa en alza a pesar de las promesas de que con las políticas que dicta Bruselas todo irá mejor. El momento de mayor tensión se produjo cuando el líder de la oposición, el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, insistió en que el representante del PP debe renunciar al cargo por haber sumido a España, según su óptica, en una profunda «crisis moral».
«¿Cree usted que se puede gobernar un país pendiente cada mañana de que al señor (Luis) Bárcenas le entre un ataque de sinceridad?», lanzó Rubalcaba, en referencia directa a las denuncias por sobresueldos pagados por particulares a miembros del Partido Popular canalizados a través del ex tesorero de la agrupación derechista. Rajoy recordó momentos no menos oscuros del PSOE tanto en el gobierno como en la oposición y desgranó un rosario de cifras que corroboran la gravedad de la situación para España y las dificultades que hay para salir del atolladero.
Luego ofreció mejorar estos indicadores pero también propuso elaborar leyes de transparencia que eviten la repetición de casos de corrupción como el de las cuentas paralelas en el PP, que según los indicios terminaron con alrededor de 22 millones de euros depositados en Suiza en cuentas a nombre de Bárcenas, a esta altura el malo de la película.
Pueden encontrarse curiosas similitudes entre los destinos actuales de Ecuador y España, en un giro útil para resaltar las diferencias entre el proyecto que se cuece en Europa y el que en América latina emprenden un puñado de naciones que apostaron por otro modelo que privilegia valores de defensa del ser humano antes que el de las multinacionales, como resalta el recién reelecto Rafael Correa.
La situación del PP se hizo más complicada hace exactamente cuatro años, cuando el entonces juez Baltasar Garzón abría una investigación por una presunta trama de corrupción que operaba en Madrid, Valencia y la Costa del Sol con ramificaciones en el mundo empresario ligado a integrantes de alto grado del PP. Los implicados enfrentaban cargos por blanqueo de capitales, fraude fiscal, cohecho y tráfico de influencias. Por esas cosas de la creatividad que manifiestan los sabuesos policiales en todo el mundo, la operación se llamó ‘Gürtel’. Por «correa» en alemán. Es que el cabecilla de la organización era el empresario Francisco Correa.
El acusado, según se desprende de la causa, organizaba eventos públicos del PP durante la gestión de José María Aznar (1996-2004) y mediante dádivas y aportes non sanctos conseguía ventajas y favores para su grupo empresario, que incluye una decena de firmas (todas con nombre en inglés, todas dedicadas a servicios, ninguna de rubros productivos).
Garzón dejó la causa al poco tiempo declarándose incompetente, luego de haberse ganado el odio visceral de los conservadores que, a pesar de que también había investigado al PSOE cuando el caso GAL, el grupo antiterrorista acusado aplicar metodología de la guerra sucia durante el gobierno de Felipe González. La derecha, de todas maneras, se la cobró y el año pasado fue separado de su juzgado, cuando pretendió investigar los crímenes del franquismo, y condenado a 11 años de inhabilitación. Garzón ahora es abogado de Julián Assange, el fundador de Wikileaks refugiado en la embajada ecuatoriana en Londres a la espera de que lo dejen viajar al país que le concedió el asilo político.
La investigación periodística por el caso «Gürtel» fue publicada por el diario El País y los periodistas que trabajaron en ella recibieron el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en 2010. En junio pasado, y luego de tres años y cuatro meses entre rejas, desde donde se dice que seguía manejando sus negocios públicos y privados, Correa salió en libertad. La fianza de 200 mil euros se la pagó la madre.
Hace unas semanas, y luego de la gaffe más importante en su historial como fue la publicación de una foto falsa de Hugo Chávez, El País volvió al periodismo con la publicación de la contabilidad paralela que llevaba el tesorero Bárcenas en la que anotó puntillosamente los pagos “por debajo de la mesa” a la plana mayor del PP desde los 90.
Este domingo, mientras tanto, 136.079 ecuatorianos de los más de 300 mil que aún viven en España fueron a votar en las presidenciales de su país. Rafael Correa ganó allí con más del 70% de los votos. En el total general, como se sabe, obtuvo casi el 57% para la presidencia y en la Asamblea logró los dos tercios de los legisladores.
A los 49 años Correa revalida su título y se convierte en un líder regional a tener en cuenta, con una sólida formación en economía y un carisma que lo llevó a ser una garantía de estabilidad en un país que a lo largo del siglo XX tuvo un promedio de un presidente cada dos años. Pero que desde que llegó al Palacio Carondelet, en 2006, mantiene el mismo equipo gobernante y, lo más destacado, el mismo proyecto político. Más aún, parafraseando al politólogo Atilio Borón, esta elección demuestra que el poder no desgasta, que lo que desgasta es gobernar para las minorías.
El proyecto correista se basa en el ‘sumak kawsay’ (buen vivir), un concepto tomado de la cosmovisión indígena de varios pueblos de la región sudamericana, que habla de relaciones más amigables con la naturaleza y considera a las personas no como una maquinaria destinada solo al trabajo o al consumo sino como un miembro de una comunidad humana dentro de la Pachamama. Esto implica un sistema que debe mantener un equilibrio con la Madre Tierra, de la que hay que tomar “solo lo necesario” para que la intervención del hombre se reduzca al mínimo.
Correa aprendió este concepto entre los pueblos originarios, entre los que permaneció un año como voluntario luego de haberse graduado en una escuela salesiana. Fue en una misión en la provincia de Cotopaxi, en una población de extrema pobreza donde cumplió tareas como alfabetizador, ejerció sus conocimientos en economía social asesorando microemprendimientos. Y aprendió quichua.
Su paso por la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, le completó un panorama más ligado a las concepciones de la iglesia popular. De hecho, Correa se niega a hablar de “mercado laboral” para referirse a la ocupación de las personas. Por eso de que el hombre no debe convertirse en una mercancía.
En España, unos 15 mil ecuatorianos pueden perder sus viviendas por no poder pagar las hipotecas que sacaron en tiempos de vacas que parecían gordas. La mitad de ellos son atendidos por la Defensoría del Pueblo de Ecuador y varios ministerios de Estado. El presidente en persona intervino para destrabar casos complicados a través de gestiones oficiales.
Desde 2011, miles de ecuatorianos que habían emigrado en busca de mejores horizontes vuelven a su patria. En un par de años, según cifras oficiales, más de 20% de los exiliados económicos, cerca de 100 mil, retornaron a su país. Pero además, más de 5 mil se animaron a tentar suerte en Ecuador.
Cruzaron el Atlántico porque en Europa tendrían leyes de protección que en Sudamérica se le negaban. Ahora que Rajoy concluye la obra comenzada por su antecesor de desmontar el Estado de Bienestar, la panacea es el Estado del Buen Vivir.

Tiempo Argentino, 22 de Febrero de 2013

Un nuevo Papa para el mundo del nuevo siglo

El tablero de la geopolítica en este siglo se está moviendo aceleradamente en el plano internacional. Apurado por la reelección de Barack Obama, pero también porque la crisis europea no tiene fin. Mientras tanto, China y las potencias emergentes avanzan a paso redoblado con políticas económicas de otro cuño que no solo ponen en cuestión al neoliberalismo imperante en el norte, sino que además demuestran ser más exitosas.
En este contexto debe leerse el anuncio de Obama en su discurso del Estado de la Unión en que ofreció públicamente un acuerdo comercial amplio con Europa, de modo de ir construyendo, se desprende, el más grande y poderoso bloque comercial del planeta. Una especie de OTAN pero volcada a la economía y con un leve toque de intervencionismo estatal, si se toman en cuenta algunos ejes explícitos en el pensamiento del mandatario estadounidense.
Recursos no le faltan a ese bloque de los países ricos, por cierto. Ni humanos, ni económicos, ni tecnológicos, ni militares. Por otro lado, ¿Qué otra le queda a eso que se llama difusamente Occidente?
La Unión Europea nació como una forma de que el mal llamado Viejo Continente recuperara influencia ante los Estados Unidos luego de haberse devastado durante la Segunda Guerra Mundial. Paralelamente, el Pentágono llenó el continente de tropas ante la amenaza de un avance soviético, ya sea político como militar, y forzó la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en 1949. Diez años más tarde, la orgullosa Francia de Charles de Gaulle dejaría la entidad y trataría de cortarse sola. Volvería al redil recién en 2009, de la mano de Nicolás Sarkozy. Mientras tanto tuvo que abandonar sus colonias en el norte de África, entre ellas la joya más preciada, Argelia. Aunque un país colonial nunca se va del todo.
No debe ser casualidad que Francia tuviera una actuación tan decisiva en ese continente desde entonces, como una forma de mostrar presencia en un territorio que había ocupado por añares amparada en el viejo reparto del mundo de la Conferencia de Berlín de 1885. En los últimos diez años, tropas francesas se desplegaron en reiteradas ocasiones en el Congo, Chad y Eritrea. Fue crucial el giro copernicano de Sarkozy para terminar con el régimen de Muammar Khadafi en Libia en 2011, como lo fue para deponer a Laurent Gbagbo en Costa de Marfil, quien había perdido las elecciones con Alassane Ouattara y no se quería ir. El socialista François Hollande no cambió demasiado esa postura con la intervención en Mali de estos meses.
No es un dato menor que China mantiene desde hace años una agresiva política comercial en África para la obtención de recursos primarios y la colocación de sus productos industrializados. El fenómeno preocupa en Europa, porque cada paso que los chinos dan inevitablemente se hace en detrimento de posiciones que los europeos consideran como propias, a pesar del proceso de independencia de los ’60. Y lo ven como un peligro para su propia subsistencia. Las intervenciones francesas representan una respuesta desesperada por no perder influencia. Y por cierto, con apoyo de Wáshington, que ya destinó 50 millones de dólares para una inédita “ayuda militar de urgencia imprevista” a París.
Mientras tanto, la cumbre de la UE en Bruselas aprobó un presupuesto más escuálido que el anterior por primera vez desde que Francia y Alemania decidieron que debían arreglar su voluntad de poder con acuerdos comerciales mejor que a los tiros. Una señal de que la tesis neoliberal de la alemana Ángela Merkel, fuertemente apoyada por el británico David Cameron, ganó la partida contra las tímidas variantes menos ortodoxas que planteaba Hollande.
En este escenario, la renuncia del Papa también representa un barajar y dar de nuevo. Con la dimisión de Benedicto XVI se abre otro ciclo para la Iglesia Católica del que se abrió en los estertores de la guerra fría, en 1978, con la llegada al trono de Pedro del polaco Karol Wojtyla. Juan Pablo II era el primer no italiano en tres siglos y venía con el objetivo manifiesto de terminar con el comunismo primero en su patria y luego en el resto del mundo.
Logró armonizar entonces con un sindicalista opositor al poder sustentado en Varsovia vía Moscú, Lech Walesa, y juntos terminaron por crear las condiciones para que, apenas diez años más tarde, la Europa diseñada en la Segunda Guerra y el proyecto socialista que había nacido con la primera se cayeran como un castillo de naipes. Y a una Polonia “liberada” le siguió la reunificación de Alemania y esta ola neoliberal en el mundo.
Hacia adentro de la Iglesia, el alemán Joseph Ratzinger comenzaría en 1981 la tarea de «limpiar» al catolicismo institucional de la tendencia ligada a los cambios sociales, representada por los curas tercermundistas. Fue así que desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, la continuadora de la Santa Inquisición, logró el alejamiento de los principales teóricos de la Teología de la Liberación, entre ellos el brasileño Leonardo Boff.
A la muerte de Juan Pablo II era natural que ocupara su lugar Ratzinger. Y su etapa coincidió con el destape de escándalos a granel que venían barriéndose debajo de la alfombra por décadas, como los abusos infantiles y el lavado de dinero en la banca vaticana. Pero también con el ascenso de Alemania como el verdadero árbitro y motor de la economía europea, al mando de una mujer de hierro formada en la antigua República Democrática y ella misma militante comunista, aunque posteriormente pasaría a integrar las filas de la Democracia Cristiana.
La renuncia a su trono, la primera en un cargo vitalicio en 600 años, también forma parte de esta nueva disposición del mundo, que se prepara para enfrentar nuevos desafíos, pero que ya encuentra nuevos protagonistas en el campo de juego. ¿Qué Iglesia vendrá? Los cardenales que elegirán al Papa número 266 son entre conservadores y muy conservadores. No fueron designados por Juan Pablo y Benedicto de casualidad. Tal vez su dimisión también sea una forma de que el ala más rancia del catolicismo institucional siga teniendo influencia y que Benedicto sea el gran elector en las sombras.
Pero quién sabe se cumpla eso que pedía Boff, que ya que el 52% de los fieles católicos pertenecen al tercer mundo, el próximo pontífice sea latinoamericano o africano. Los brasileños ya cantaron presente, teniendo en cuenta que son el país con mayor cantidad de católicos del mundo. Y que en el plano comercial integran el otro bloque que se disputa la hegemonía del siglo XXI, los BRICS, junto con Rusia, India, China y Sudáfrica.
Un dato curioso es que el reinado de Ratzinger también coincidió con el ascenso de esas naciones. Y que en el mismo año que llegó al trono, en 2005, el ALCA, el mercado común que pensaba Estados Unidos con América Latina fue sepultado en Mar del Plata. ¿Será que Obama admite la impotencia para convencer al resto del continente de otro ALCA y ahora propone aliarse con Europa?
Si esto es así ¿el próximo no terminaría siendo un Papa tan cercano a Washington como Juan Pablo II, que se reunía regularmente con el jefe de la CIA de Ronald Reagan, William Casey, para monitorear juntos cómo iba la caída de la Unión Soviética?

Tiempo Argentino, 15 de Febrero de 2013