por Alberto López Girondo | Feb 15, 2013 | Sin categoría
La asunción de Máxima Zorreguieta al trono de Holanda reaviva un debate que de este lado del mundo suena extemporáneo, el de la monarquía. Es que en un tiempo signado por una crisis sin final, sobre todo en Europa, la realeza aparece fuertemente cuestionada en los países donde aún persisten testas coronadas.
Como se repitió hasta el hartazgo en los medios conservadores, que celebraron a la primera reina nacida en estas tierras con una mezcla de nacionalismo chabacano y orgullo tilingo, Máxima será la reina consorte de Guillermo de Orange-Nassau, luego de la abdicación de la reina Beatriz, que cumplió 75 años.
No es la primera vez que un monarca «renuncia» en la historia de los Países Bajos, pero esta vez sorprendió incluso a la casa reinante en España, que salió a aclarar que no veía la necesidad de que Juan Carlos de Borbón debiera abdicar a favor del príncipe Felipe. El rey español, que también cumplió 75 años, tiene sobradas razones para dar un paso al costado, luego de los últimos escándalos que envuelven no sólo a su figura –matanza de elefantes y amante alemana– sino a toda la familia real a raíz de la investigación en el llamado «caso Urdangarín», el yerno real acusado de corrupción junto con el secretario de su esposa, la infanta Cristina.
Los británicos también suelen cuestionarse de tanto en tanto la continuidad de una tradición real envuelta en escándalos con relativa regularidad. Ni siquiera los Orange-Nassau están al margen de controversias; de hecho, el padre de Guillermo, el aristócrata germano Nicolás de Amsberg, fue miembro de las Juventudes Hitlerianas y de la Wehrmacht, lo que en su momento generó olas de indignación en la población holandesa, que fue víctima del nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Como se sabe, Máxima es hija de un alto funcionario de la dictadura argentina que no asistió al casamiento de su hija a pedido del gobierno holandés de entonces. Tampoco viajará a la coronación.
Revista Acción, 15 de Febrero de 2013
por Alberto López Girondo | Feb 8, 2013 | Sin categoría
Es increíble cómo un video tomado por un turista que no llega a los 20 segundos pudo levantar semejante polvareda y sobre todo poner de manifiesto el clima que aún subyace en una sociedad como la chilena, una de las que más padeció la ola represiva en los ’70 de la mano de Pinochet y la escuela de Chicago y que sin embargo es la que menos logró alejarse de aquellos paradigmas. Como se sabe, un grupo de grumetes de la Armada entrenaba en el balneario de Viña del Mar al canto acompasado de «argentinos mataré, bolivianos fusilaré, peruanos degollaré».
El gobierno chileno se apuró a calificar al hecho de vergonzoso y a exigirle a la cúpula de los marinos una pronta explicación y castigo por el contenido que trasuntaba la consigna –los medios lo tildaron de xenófobo cuando en realidad debería llamárselo genocida– pero sobre todo porque cae en un momento en que Chile se ve envuelto en una situación explosiva en lo interior por un conflicto con la comunidad mapuche que no tiene miras de disminuir y unas relaciones con sus vecinos, principalmente Bolivia y Perú, que atraviesan coyunturas difíciles. En ambos casos como consecuencia de viejas diferencias limítrofes que tampoco son de fácil resolución.
Pero también está complicada la situación política del empresario Sebastián Piñera, de fuertes vínculos incluso familiares con algunos de los mayores exponentes del pinochetismo, como que su hermano José Manuel fue ministro de Trabajo y Previsión Social del dictador y es considerado el padre del sistema de jubilaciones privadas. A la caída vertical de su imagen tras las masivas marchas estudiantiles en reclamo de una sustancial modificación de un régimen educativo hijo de aquella concepción neoliberal del mundo, se suma un escenario económico poco alentador.
Las últimas cifras indican que el superávit comercial del país, una de las claves del crecimiento desde aquellos funestos años, continúa en baja y sin perspectivas de que las ventas puedan equiparar a las importaciones en un corto plazo. La novedad es que el PBI de Perú, por primera vez en décadas, supera al chileno, toda una afrenta en estos tiempos. Para colmo, la ex presidenta Michelle Bachelet sigue cómoda al frente de las encuestas para suceder al mandatario conservador y nadie en su sector está en condiciones siquiera de opacar a la figura de la socialista.
Hace unos días Santiago fue escenario de la Cumbre de la CELAC, esa organización panamericana sin presencia de Estados Unidos y Canadá que nuclea a todos los países sin distingos de pelambre ideológica. Allí Piñera creyó oportuno resaltar esas diferencias, en un áspero discurso con que le trasmitió la presidencia pro tempore al cubano Raúl Castro.
Un poco porque Piñera, que se doctoró en Harvard en aquellos difíciles ’70 (se cuenta que su primer día de clases fue justo el 11 de septiembre de 1973, y que su profesor Kenneth Arrow, premio Nobel de Economía, fue el que le dio la novedad) y otro poco porque la derecha chilena, que pudo poner al fin a uno de los suyos en el Palacio de la Moneda por las vías democráticas en 2010, no tiene otra que plegarse a lo que resulta una política de Estado: navegar entre dos opciones. Por un lado, mantiene las leyes esenciales que le dan estabilidad a la economía al precio de mantener un status quo regresivo que los estudiantes se encargaron de poner sobre el tapete. Porque los reclamos que le estallaron a Piñera no difieren de los que durante 20 años la Concertación, la alianza que agrupa al centro izquierda, tampoco escuchó.
La otra pata de ese Estado represivo y para pocos que persiste en el país trasandino es la ley antiterrorista con que suelen ser juzgados miembros de la comunidad mapuche que en la Patagonia chilena reclaman por sus tierras y sus derechos. Un grupo de ellos llegó a estar 87 días en huelga de hambre sin que al gobierno se le moviera un pelo. El ataque incendiario a una familia de agricultores cerca de Temuco acrecentó la virulencia verbal contra la comunidad y hubo amenazas tanto entre allegados al gobierno como a los colonos. Llegaron a hablar de la existencia de grupos terroristas entrenados por las FARC, una denuncia que no se sostiene con ningún hecho de la realidad pero sirve para encender ánimos temerosos por el incremento del conflicto y la respuesta oficial. De hecho, la zona está virtualmente militarizada para prevenir enfrentamientos. El diario derechista El Mercurio señaló que además hay reuniones semanales entre miembros de las fuerzas de seguridad y la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) para estudiar la cuestión día a día.
La bravuconada de los grumetes consiguió soliviantar a bolivianos y peruanos. El reclamo de una salida al mar de Bolivia ya es histórico y los escasos avances que hubo sobre todo desde que Evo Morales está en el gobierno se redujeron aun más por la posición de la derecha chilena, que no quiere oír hablar de ceder algo que considera de su soberanía, aunque fue arrebatado en una contienda trinacional en 1879 que la historia demuestra hasta el hartazgo que fue amañada por capitales británicos ligados a la explotación del salitre y el guano.
La última novedad había sido una confusa declaración de Piñera en que se entendía que Chile podía otorgar un trecho de su territorio sin cesión de soberanía. Pero que de alguna manera violaba acuerdos con Perú, que por esas cuestiones de las guerras a nombre de otro, en este caso de empresas británicas de fines del siglo XIX, obligan a que cualquier cambio fronterizo deba ser acordado por ambas partes. Sin embargo, hay otra pastilla difícil de digerir para los peruanos, porque aquellas palabras del chileno dejaban abierta la interpretación de que parte de esa lonja de tierra para Bolivia podía terminar siendo dentro de las actuales fronteras peruanas. Es que en La Haya, Santiago y Lima intentan dirimir por las buenas un tramo de no mucho más de 37 mil kilómetros cuadrados en el mar pero que podría arrastrar algo de superficie terrestre.
Más allá de esos devaneos que mezclan maliciosamente el concepto territorial con la idea de soberanía, pero que no se ocupa del bienestar de los pueblos como objetivo primordial de las élites gobernantes, por estos días mujeres aborígenes del Perú, Bolivia y Chile participarán del Primer Parlamento Nacional de la Mujer Aymara 2013, que se llevará a cabo en la ciudad peruana de Puno. Allí debatirán derechos de la mujer, identidad cultural, educación intercultural, igualdad de oportunidades.
En el sur, se desarrollará un encuentro similar dentro de la comunidad mapuche, que incluye nacidos en Chile y en Argentina. La jornada cultural Wiño traule tuiñ –Volvemos a encontrarnos– busca generar espacios de discusión y debate acerca de la identidad, la lucha y proyección del pueblo mapuche a ambos lados de la cordillera.
Los militares chilenos, como se recuerda, apoyaron a los ingleses cuando la insensata guerra emprendida por los dictadores argentinos para la recuperación de las Islas Malvinas. Movida iniciada cuatro años después de que las tropas de los dos países, que alguna vez compartieron bandera para luchar por la independencia a las órdenes de San Martín y O’Higgins, estuvieron a punto de enfrentarse por el fallo sobre el canal de Beagle.
Entre Argentina y Chile, desde el retorno a la democracia de este lado de los Andes, fueron limando asperezas y construyendo confianza. Raúl Alfonsín había dado una muestra de racionalidad al someter a referéndum el Tratado del Beagle. Carlos Menem se acercó más, cuando en 1990 la Concertación derrotó a Pinochet y cerró el último litigio, el de la Laguna del Desierto. Ya con Néstor Kirchner en el poder, se puso en marcha la Fuerza de Paz Conjunta Cruz del Sur, con militares de las dos naciones, que además completan cursos de cooperación y perfeccionamiento en las respectivas Escuelas de Guerra.
Resultaría impensable plantear un endurecimiento de relaciones por un grupo de jóvenes incentivados por algún oficial con rémoras pinochetistas en un mundo que ya cambió. Lo que termina de marcar esta contradicción es un cartelito sobre una columna de iluminación en la costanera de Viña del Mar al final de ese controvertido video. Allí se invita a un espectáculo de tango en el Cien Club de esa ciudad chilena.
«Después de Argentina, respetando a Japón, somos el país con más tradición tanguera. En pleno siglo XX, Valparaíso y Viña del Mar fueron cuna de grandes orquestas y cultores del tango en general», explicó hace un tiempo Raúl Carreño Varas, académico de la Universidad de Playa Ancha, quien hizo su tesis de Magister en Arte sobre la música del Río de la Plata.
Como suele decirse, para bailar tango y hacer la guerra se necesitan dos. Sectores de la derecha chilena, como en los viejos dancings, están cabeceando a ver si alguno acepta pelea. Adentro o afuera del país.
Tiempo Argentino, 8 de Febrero de 2013
por Alberto López Girondo | Feb 1, 2013 | Sin categoría
El ensañamiento de los medios del establishment mundial y principalmente de los españoles con el presidente venezolano parece no tener límite. Y a la gravísima pifia de El País con una foto de un hombre entubado que no era Hugo Chávez –digna de estar entre las peores infamias en la historia del periodismo, que además se originó en una chanza de un italiano, Tommasso Debenedetti, que no imaginó hasta dónde podía llegar su desafío a la racionalidad de sus colegas– se sumó una carta insultante contra el hombre que comanda los destinos de Venezuela desde 1999 y que se atribuyó a su ex esposa Nancy Iriarte. Pero que había sido escrita por un periodista opositor un año antes.
Todavía se recuerda por estas costas alguna otra carta apócrifa adjudicada en junio de 1978 al jugador holandés Rudolfo Kroll, en la que el capitán del seleccionado que disputó la final del mundial de fútbol con Argentina hablaba loas sobre la dictadura de Videla. Es que la asistencia del equipo naranja al certamen había sido fuertemente cuestionada en su país por las violaciones a los Derechos Humanos que los militares habían desplegado desde el golpe.
La editorial Atlántida de los Vigil, responsable de aquel desatino, es la misma que apenas tres años después publicó una foto del líder radical Ricardo Balbín entubado en el sanatorio donde moriría unos días más tarde, en setiembre de 1981. La foto era verdadera, pero el caso despertó indignación porque era una notoria violación de límites éticos sobre qué cosa es noticiable y cuál no en un estado de derecho.
Fue así que la familia del político platense planteó una demanda que la Corte Suprema falló en su favor en 1984. Pero la cuestión no se laudó en el imaginario popular y hace algunos meses la viuda de Jorge Luis Borges le confesaba al conductor de un programa matutino de radio Mitre que el enorme escritor argentino, al saberse víctima de una enfermedad terminal, a principios de 1986 eligió ir a morir a Ginebra, donde había estudiado en su lejana juventud «porque había quedado muy impresionado con la foto de Balbín y temía que le hicieran lo mismo a él». Ni María Kodama ni su interlocutor Chiche Gelblung continuaron con el tema. Que podía ser espinoso porque el periodista había estado al frente de la revista en cuestión y es un defensor de un estilo de ese periodismo siempre en el abismo de lo brutal que lo llevó más de una vez a los tribunales.
Pero lo de El País tiene otras connotaciones. Porque es el medio que representó la transición a la democracia en la España posfranquista pero terminó siendo el baluarte en la lucha de la oligarquía conservadora por mantener su status quo interno y abrirse a una supremacía en el exterior que hace agua por todos lados a raíz de la crisis económica que le estalló en 2008. Una crisis que pone en el tapete los acuerdos de La Moncloa al punto que Cataluña ya plantea directamente la independencia del poder central y por tanto la ruptura de la unidad en torno de la realeza española. Una familia monárquica que por estas horas está más enfrascada en ver la forma de zafar de una investigación sobre un caso de corrupción que involucra al esposo y a un secretario de la infanta Cristina pero que salpica al palacio de la Zarzuela en su conjunto, incluida la bella presunta amante alemana de Juan Carlos I.
La ansiedad del El País –similar a la del monárquico ABC y el «popular» El Mundo– se inscribe en el deseo manifiesto de ver al que despectivamente titula de «caudillo» sudamericano fuera de circulación. Porque lo sabe una pieza clave en la lucha contra el proyecto neoliberal en América Latina. Chávez logró ofuscar de tal modo al mismísimo rey Borbón que le hizo perder la compostura en una célebre cumbre donde el monarca le dijo su ya famosa «¿Por qué no te callas?». Cosa curiosa que los medios callan: ese es el mismo rey puesto a dedo por otro caudillo, aunque en su caso «por la gracia de Dios», como Francisco Franco, coronado a la muerte del dictador que se lanzó contra la República española para restaurar el poder a los Borbones, en 1975.
Juan Carlos, por otro lado, desde su llegada al trono y sobre todo desde el Tejerazo de febrero de 1981 viene impulsando de un modo más o menos sutil la restauración de una suerte de absolutismo en el mundo hispanohablante que a 200 años de la Asamblea del Año XIII resulta poco menos que risible, pero que tiene fuertes lazos con las derechas locales que por la vía de las urnas van perdiendo influencia luego del cambio de aires en la región de este siglo.
No sería la primera vez que los Borbones intentan restaurar el absolutismo. Ya lo había hecho en 1814 Fernando VII, cuando volvió al trono luego de la caída de Napoleón con el apoyo de las Juntas de Gobierno surgidas en todo el territorio imperial. Decisión contra natura dos años después de que en Cádiz se dictara la primera Constitución Española, conocida como La Pepa, que reconocía cosas tan elementales como la soberanía nacional de los ciudadanos (y no la de un rey sobre sus súbditos), la monarquía parlamentaria y la división de poderes.
Desoyendo los consejos de hombres más duchos en eso de leer los tiempos que corrían, Fernando VII intentó reconstruir el Imperio español y el absolutismo por la vía de la fuerza y se enfrascó en la lucha contra los liberales en territorio español y abrió frentes de batalla en el continente americano para voltear a gobiernos populares surgidos durante su detención a manos de las tropas francesas. El resultado es conocido y Chávez es un emergente bicentenario de esa resistencia a un proyecto que en los 90 pareció que podía obtener nuevos resultados a la vista de la expansión de los capitales españoles en la región.
Por estos días la reina holandesa, Beatriz, abdicó a favor de su hijo Guillermo, lo que ubica a la argentina Máxima Zorreguieta a las puertas de convertirse en la primera reina nacida en estas pampas. La situación despertó especulaciones en España, ya que Beatriz deja la corona porque cumplió 75 años y piensa que debe dar paso a generaciones más jóvenes.
Hace unas semanas Juan Carlos también cumplió 75 años. Pero La Zarzuela desmintió que hubiera pensado en abdicar en su hijo Felipe, su sucesor natural de acuerdo al protocolo.
Felipe ostenta por ahora el titulo de Príncipe de Asturias. Pero como su madre es Sofía Margarita Victoria Federica, de la casa de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, princesa de Grecia y Dinamarca, Felipe podría terminar coronado como rey de dos penínsulas sumidas en lo peor de la crisis mundial: el país ibérico y el helénico. A pesar de que Grecia desde 1974, y luego de un referéndum, es una república que no reconoce títulos nobiliarios. Y de que el sello dorado lo conserva su tío, Constantino II, llamado aún hoy rey de Grecia, príncipe de Dinamarca y duque de Esparta.
La historia de Guillermo Alejandro Nicolás Jorge Fernando, príncipe de Orange-Nassau e hidalgo de los Amsberg, tiene también sus bemoles. Es el hijo mayor de Beatriz y del fallecido aristócrata alemán Klaus-Georg Wilhelm Otto Friedrich Gerd von Amsberg, conocido como el príncipe Claus. Hombre que levantó polvareda cuando se casó con Beatriz, en 1966, por su pasado como miembro de las Juventudes Hitlerianas y de la Wehrmacht en la Segunda Guerra Mundial. Guillermo, a la vez, es el primer varón Orange-Nassau desde Guillermo III en 1890. Y también despertó polémicas cuando se casó con la hija del ex secretario de Agricultura del dictador Videla, Jorge Zorreguieta. Hombre de ingreso restringido en Holanda por un pasado que todavía lo condena.
Tiempo Argentino, 1 de Febrero de 2013
por Alberto López Girondo | Ene 15, 2013 | Sin categoría
Cuando Barack Obama fue reelecto, en noviembre pasado, pensó que ese era el momento para implantar de una buena vez una de sus propuestas más ambiciosas. No por nada había hecho campaña promoviendo una modificación en las cargas tributarias para que las clases más bajas de la sociedad paguen menos y que, en cambio, los ricos hagan mayores aportes de sus abultados bolsillos para solventar los gastos del presupuesto. Y los estadounidenses se habían inclinado por darle otra oportunidad en las urnas.
Poco más de un mes más tarde, estaba a las puertas del llamado «abismo fiscal», que comprometía los pagos en todos los niveles de la administración central si no se llegaba a un acuerdo para extender el déficit autorizado al gobierno. Pero nada fue como se imaginaba el presidente demócrata: los republicanos –mayoría en la Cámara Baja– se negaban a apoyar un aumento en las obligaciones tributarias y, en cambio, exigían reducir prestaciones estatales. Como para demostrarle que, mas allá de lo que dijeron las urnas, no aceptarían transgredir sus sagrados principios de defensa a ultranza de los intereses de los poderosos.
De nada valieron los argumentos de uno de los hombres más ricos del país, el inversor Warren Buffett, que protestó amablemente porque él, con todos sus miles de millones, pagaba menos impuestos que su secretaria, que vive de un sueldo. De nada valieron tampoco las argumentaciones que desde los sectores pacifistas recuerdan que mucho del déficit presupuestario se explica en los gastos militares y el resto en el apoyo a los bancos en problemas desde el inicio de la crisis económica durante la administración de George W. Bush.
Fue así que, en un fin de año de película de suspenso, se refrendó nuevamente la influencia de un oscuro hombre originario de Massachusetts, descendiente de suecos, inflexible en sus ideas, que en 1985, y cuando todavía no había cumplido 30 años, logró imponer un mítico juramento que los republicanos asumen como un credo.
Se trata de Grover Glenn Norquist, un notable activista nacido en 1956, fundador de una ONG, American for Tax Reform (Estadounidenses a favor de una reforma fiscal), egresado de Harvard, quien, como en unas nuevas tablas de Moisés, escribió los dos mandamientos neoliberales para sostener en el Capitolio la idea de Ronald Reagan de que sólo incentivando con menores impuestos a los más emprendedores se puede refundar el «sueño americano». Algo que la realidad se encargó de impugnar en estos años, pero que, como todo juramento –y sobre todo en un país con fuertes raíces puritanas–, no resulta fácil de romper sin sufrir el escarnio público.
Por escrito
Apenas 60 palabras (en lengua inglesa) le bastaron al joven Norquist para comprometer a los republicanos que llegan a algún cargo electivo o son designados en la función pública. «Primer punto: me opongo a cualquier iniciativa que apunte a un alza marginal de los impuestos sobre los ingresos tanto para las personas como para las empresas. Segundo punto: estoy en contra de todos los recortes netos o eliminaciones de las deducciones o créditos fiscales, a menos que sean totalmente compensados por una baja de impuestos», dice el mandamiento neoliberal. Hay un agregado para los legisladores, que reza: «Me opondré y votaré en contra de todos y cada uno de los esfuerzos para aumentar los impuestos».
Este «duólogo» tiene tanta fuerza convocante que sólo 16 de los 234 republicanos de la Cámara de Representantes y 6 senadores de 45 no refrendaron el documento.
Norquist representa el ala más implacable de una tendencia que tiene fuertes raíces históricas como es el rechazo al gobierno central y al pago de impuestos. Una tradición que suele recibir el nombre de «libertaria», pero que, sin lugar a dudas, es de un individualismo conservador feroz. El sector más violento sería el de Timothy McVeigh, autor del atentado de Oklahoma que en 1995 dejó un saldo de 168 muertos en un edificio federal de aquella ciudad estadounidense. Norquist, por su parte, alguna vez declaró que su utopía era volver al Estados Unidos anterior a Teddy Roosevelt. Este tío de Franklin Delano era republicano y presidió su país entre 1901 y 1908. Entre sus «logros» estuvo la «independencia» de Panamá de Colombia para apropiarse del canal que se estaba construyendo. Antes había participado en forma personal en la guerra contra España que devino en la independencia tutelada de Cuba, en 1898. Se lo conoce de este lado de la frontera por su política del Big Stick, el «Gran Garrote», contra quienes se opusieran a la voluntad imperialista de Washington. Pero puertas adentro, la derecha –entre ellos, Norquist– lo tilda de filosocialista porque impulsó una política antimonopólica que llevó, entre otras cosas, a la partición de la petrolera Standard Oil en 37 compañías independientes en las barbas del mismísimo John Davison Rockefeller, en 1911.
Norquist –socio de varios «clubes» selectos, como la Asociación Nacional del Rifle, esa que propone combatir las masacres colectivas en las escuelas armando a los maestros– no tiene pelos en la lengua. «Yo no estoy a favor de abolir el gobierno, sólo quiero reducir su tamaño hasta que podemos ahogarlo en la bañera», explicó alguna vez. En una reunión en Florida abundó: «Los grupos del Tea Party deberían servir como la armadura que protege a los republicanos recién elegidos» de las presiones para subir los impuestos.
El Tea Party (literalmente Partido del Té) es un movimiento político que también se define por una vuelta a los orígenes filosófico-constitucionales de los Estados Unidos. Pero va un poco más atrás y hace referencia al movimiento anticolonialista de finales del siglo XVIII que alcanzó su máxima expresión en el Motín del té de Boston o («Boston Tea Party», en inglés), que explotó cuando en Gran Bretaña se aprobó un aumento en el impuesto al té. De estas protestas nacería luego la independencia de la corona, nada menos.
Hay un discurso de la campaña de Obama que ilustra una posición más progresista en temas impositivos. Cuando dijo que nadie podía pensar que se hace rico sólo por sus propias habilidades. «Alguien construyó las carreteras y los puentes donde se transporta la mercadería, o las escuelas donde se educa la gente», deslizó, y fue tergiversado convenientemente por los medios más ultras, esos que lo califican de socialista por decir algo como eso.
La derecha más acérrima piensa que, en cambio, la iniciativa privada es el exclusivo motor del crecimiento de un país y que cuanto más dinero disponible tengan las personas «despiertas» para crear nuevos emprendimientos, más oportunidades generarán en beneficio del resto de los ciudadanos. Sobre esta base es que, incluso del otro lado del Atlántico (ver aparte), los ricos franceses se quieren mudar a Bélgica para aportar menos. Pero no trasladan el centro de sus negocios, porque saben que donde menos se paga también hay menos ocasión de hacer dinero.
Cuando se cumplía el último plazo para que la administración central no cayera en un bache fiscal que obligaría a clausurar muchos servicios esenciales, Obama sentó a los líderes republicanos para exigirles una ampliación presupuestaria sobre la base de la creación de impuestos a los ingresos superiores a 250.000 dólares anuales. Caso contrario, el costo recaería sobre los que menos tienen y castigaría nuevamente a la clase media y los trabajadores. De un modo directo con mayores pagos y de un modo indirecto con una recesión que echaría por tierra la escasa recuperación económica de este año.
Cuentas claras
Lo dijo claramente y los republicanos también le respondieron con claridad. Nones si no se aplican recortes sociales; entre ellos, los planes de salud que Obama impulsó con la reforma a la ley sanitaria, el único gran logro tal vez de su primera gestión.
En 2011, el Congreso había postergado una solución del déficit fiscal –que alcanza el billón de dólares al año– hasta después de la elección presidencial, con la esperanza de que se registrara un cambio de tendencia. Con el resultado puesto, volvieron a la mesa de negociaciones. Pero luego de duras batallas incluso mediáticas, Obama apenas consiguió que le aceptaran incrementos a partir de los ingresos anuales mayores a 400.000 dólares y una suba en la tasa de sólo cinco puntos para las herencias superiores a los 5 millones de dólares. Pero al mismo tiempo se sacan reducciones impositivas para familias de ingresos medios, lo que eleva los pagos en este sector en unos 1.000 dólares más al año.
El convenio, además, posterga por dos meses los recortes en los servicios de salud y asistencia a los pobres, así como en los gastos de defensa. También se prorrogan los subsidios de desempleo por un año a por lo menos dos millones de desocupados.
Pero este statu quo es sólo para atravesar el «abismo» del comienzo de este año. Luego vendrá la pelea de fondo por un acuerdo definitivo. Norquist ya probó quién es el más fuerte. Falta ver si Obama va por más.
Revista Acción, 15 de Enero de 2013
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