por Alberto López Girondo | Abr 6, 2013 | Sin categoría
Si uno se guiara por lo que deslizan los medios hegemónicos, la relación entre Argentina con Uruguay y Brasil pasa por uno de sus peores momentos y la prueba más evidente es el cruce por una frase poco feliz del presidente José «Pepe» Mujica y la suspensión del proyecto minero de Vale do Rio Doce en Rio Colorado. Un par de incidentes más en una larga lista de situaciones conflictivas entre los tres países, normalmente con base en diferencias económicas.
En el caso de empresas oriundas del gigante sudamericano, dicen que ya no toleran las «incertidumbres derivadas de medidas proteccionistas, presiones inflacionarias, restricciones cambiarias y limitaciones a las remesas al exterior que comienzan a asfixiar la disposición a invertir en el país vecino», según un artículo de la Agencia Estado, subsidiaria del conservador O Estado de São Paulo, uno de los principales fogoneros de un Mercosur destinado a ser un simple tratado de comercio sin apetencias de integración regional. El diario sustenta, claro, la posición de la poderosa central patronal del principal eje industrial en América del Sur, la FIESP, Federación Industrial del Estado de San Pablo que se queja de trabas aduaneras, lo mismo que los emprendedores orientales.
No es casual que ante estos nuevos cimbronazos que involucran a empresas privadas que protestan contra medidas económicas del gobierno argentino sea el ex presidente Lula da Silva quien salga a poner paños fríos, con la contundencia que solía tener durante su gestión. «No sé quién está haciendo críticas al Mercosur, porque esas críticas no tienen ningún sostén, ni teórico, ni económico, ni social. Nunca hemos tenido una situación, yo diría, tan importante en el Mercosur. ¿Tenemos divergencias? Tenemos divergencias, como las tienen en cualquier bloque, como tiene divergencias cualquier alianza comercial», minimizó el ex dirigente metalúrgico en una entrevista con el diario uruguayo La República, previa a su visita para la inauguración de un seminario en Montevideo y también al micrófono indiscreto que incineró a Mujica.
Las cifras exceden cualquier comentario: en 1991, el año de su fundación, el comercio entre las cuatro naciones originales fue de 4100 millones de dólares y para el 2012 la cifra había trepado a 62 mil millones. En el mismo período, las inversiones brasileñas en Argentina pasaron de los 9000 millones de dólares y representan el 10% de la inversión extranjera directa (IED) de Brasil en el exterior. En la última década, incluso, los mayores grupos económicos de ese país tomaron el control de grandes conglomerados industriales nacionales. Entre ellos figuran la cementara Loma Negra, la cervecera Quilmes, la siderúrgica Acindar y el frigorífico Swift, por mencionar apenas los grupos más emblemáticos.
El caso del textil Coteminas refleja un poco la cara opuesta a la de firmas como la Vale. Fundada por José Alencar, quien fuera vicepresidente de Lula en sus dos períodos, se quedó con la nacional Grafa –otro emblema de la industria nacional de otras épocas– y amplió las instalaciones en una fábrica de artículos de cama, de mesa y baño en Santiago del Estero que le sirvió para duplicar las ventas en Argentina. Ahora analiza otra inversión de 40 millones de dólares para seguir creciendo.
«El problema cambiario y de restricciones es un problema muy difícil. Una de las formas de evitarla es reinvirtiendo en el país», declara el actual presidente da Coteminas, Josué Gomes da Silva, a la misma Agencia Estado, que añade a continuación una frase sugestiva: «el empresario admite que el problema de las remesas no es trivial, pero dice que continúa obteniendo un buen margen para sus productos».
Jorge Vasconcelos, miembro del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) de la Fundación Mediterránea, el think tank que catapultó a la fama al dos veces ministro de Economía Domingo Cavallo, propone solucionar los altercados entre los socios del Mercosur apelando a las viejas enseñanzas de los jesuitas que poblaron la región hace 400 años. Otra mirada llamativa viniendo de un sector ligado a la gran industria, en este caso de Córdoba, y al neoliberalismo cavallista.
A eso mismo apunta Lula desde Montevideo cuando asegura que ahora falta crear una cultura de integración en América Latina que vaya más allá del comercio. «Tenemos que definir en nuestra cabeza qué es esa integración que queremos. ¿Es copiar el modelo de la Unión Europea? ¿Es construir algo nuevo? ¿Qué tiene en mente cada dirigente?», desafía el creador del PT. Que sin detenerse en minucias, avanza en una propuesta de «perfeccionar la participación del sector social en las decisiones del Mercosur, es decir, fortalecer el Mercosur sindical, fortalecer el Mercosur social».
Es cierto que falta una gran organización sindical regional que fomente intercambios y políticas gremiales sobre problemas que son comunes. ¿O las empresas no tienen asentamientos regionales, ya sea las multinacionales vernáculas o las trasnacionales basadas en Europa, Japón o Estados Unidos, como las automotrices y las electrónicas?
Pero también falta avanzar más en temas cruciales como la educación, la sanidad, la tecnología y la ciencia. ¿O es que el dengue no es una enfermedad común que ataca en Paraguay, el sur de Brasil, Uruguay y la Argentina? Los científicos se quejan amargamente de que de su tarea es evaluada mediante cánones establecidos con la vista puesta en otros horizontes, en otros paradigmas. Sin ir más lejos, se exige que los trabajos sean publicados en revistas «de alto impacto». ¿Cómo se determina ese impacto? Por como repercute en los países centrales, de donde son originarias esas revistas. No hay una publicación regional que avale los trabajos relacionados con las propias problemáticas, como sería encontrar una vacuna contra el dengue. O el mal de Chagas. O los efectos del glifosato en los cultivos que son la base del comercio internacional de los cuatro fundadores del Mercosur.
Buenos Aires y La Plata sufrieron estos días decenas de pérdidas de vidas humanas y daños materiales incalculables por una tormenta que las autoridades no dudaron en atribuir el cambio climático. En setiembre pasado vientos de más de 100 kilómetros por hora produjeron nueve muertos y destrozos considerables en Uruguay, parte de la Mesopotamia, el sur de Brasil, Paraguay y el este de Bolivia. Si verdaderamente hay un cambio climático –y los especialistas no dudan en que esto es así– ¿no será hora de que los gobiernos pongan en sus agendas al clima como uno de sus objetivos? Al mismo tiempo, también sería hora de que los ciudadanos exijan a sus elegidos que no sólo resuelvan el problema de las inundaciones con inversiones en infraestructura, sino que le impongan la necesidad de destinar dinero y recursos para que los científicos que estudian el problema, sobre todo en los dos países más grandes, como Argentina y Brasil, aúnen esfuerzos e información para que sus trabajos se conviertan en políticas públicas y no terminen meramente en papers para publicar.
Seguirán los cimbronazos entre empresarios argentinos, uruguayos y brasileños. Es parte de la naturaleza de las relaciones humanas y de la lucha por encontrar otros paradigmas. Pero hace años que las políticas de Estado en estas regiones se basan en el concepto de «paciencia estratégica». Itamaraty sabe que para que Brasil crezca necesita de una fuerte sociedad con Argentina y con el resto de Latinoamérica, lo que implica aceptar que los rioplatenses tengan un desarrollo industrial más adecuado a sus necesidades de dar empleo a la población.
En Montevideo se acepta que cada tanto alguna decisión económica afecte intereses de uruguayos como Argentina entiende exabruptos presidenciales, como ya ocurrió en tiempos de Jorge Batlle y Eduardo Duhalde, o la instalación de pasteras en la otra orilla. También en Itamaraty se terminan atemperando los reclamos sectoriales. Pero no es la mirada «perdonavidas» de un águila que no se dedica a cazar moscas. Argentina también, como recuerda el analista Juan Gabriel Tokatlian, adopta la paciencia estratégica al respetar un acuerdo de no proliferación nuclear y verificación recíproca con un país que tenía menos desarrollo en ese área. O entiende las razones para que tropas militares se extiendan en la Triple Frontera para vigilar el narcotráfico. O deja pasar la demora en la puesta en marcha del Banco del Sur mientras Brasil firma acuerdos para la creación de un banco de desarrollo con los países del grupo BRICS.
En 20 días se define cómo sigue el destino del Mercosur, luego de las elecciones en Venezuela y Paraguay. Un comicio íntimamente ligado con el otro. El senado paraguayo demoró el ingreso de Venezuela por su oposición acérrima a Hugo Chávez y tras el golpe a Fernando Lugo, Asunción quedó temporalmente fuera del organismo de integración. Muerto Chávez y elegido otro presidente en Paraguay, el Mercosur encara una nueva etapa de paciencia estratégica.
Tiempo Argentino, 6 de Abril de 2013
por Alberto López Girondo | Abr 1, 2013 | Sin categoría
La Venezuela que va a elecciones el 14 de abril no es la misma que la que el 7 de octubre del año pasado otorgó el último triunfo a Hugo Chávez. Y no sólo por el dato obvio de que el líder bolivariano ya no está presente para arengar a los suyos o proponer ideas revolucionarias en este nuevo tramo del camino al Socialismo del siglo XXI que proclamaba insistentemente. Es, también, porque en su ausencia –y cuando todavía luchaba por su vida en la clínica de La Habana donde había sido operado por cuarta vez– se tomaron decisiones en el plano económico que influirán fuertemente en la vida de los venezolanos.
La primera de ellas, de gran impacto, fue la devaluación de casi el 32% de la moneda. Luego se dispuso la creación de un nuevo mecanismo para liberalizar gradualmente la entrega de moneda extranjera. En una región donde la presión sobre el dólar es un acoso para la gestión de cualquier gobierno, estas medidas representan una señal de cómo las autoridades piensan enfrentar el desafío de dar un renovado impulso a la economía nacional y de ponerla en condiciones para el ingreso de la nación caribeña al Mercosur.
Sin embargo, estos no serán los ejes de la campaña que nuevamente enfrenta a la derecha, encolumnada detrás de Henrique Capriles Radonski, con el chavismo, que lleva, como era de esperar, a Nicolás Maduro como la figura que habrá de reemplazar en el Palacio Miraflores al presidente Chávez.
El resultado de los comicios, aventuran los analistas, puede ser similar al registrado en octubre pasado, cuando se produjo un cambio de tendencia. El oficialismo venía perdiendo votos en las elecciones anteriores por varias razones: descontento hacia algunas políticas o cierta desidia de los votantes porque los triunfos estaban garantizados y el sufragio no es obligatorio. Pero en octubre Chávez remontó la caída gracias a una campaña que limó sus últimas fuerzas contra un candidato que había logrado unificar a la oposición. Capriles, además, encabezó una campaña muy eficaz, tomando consignas que había hecho suyas Chávez desde que asomó a la política con el intento de toma del poder de 1992, y que materializó desde 1999.
Dos meses más tarde, en diciembre, con un Chávez convaleciente en La Habana y fuera de la campaña para las gobernaciones, el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) ganó ampliamente en bastiones hasta entonces en manos de la oposición, como el estado petrolero de Zulia, Carabobo, Nueva Esparta y Táchira. «Hay que reconocerle al chavismo un triunfo cualitativo, como es el avance del socialismo como proyecto de país y esto destaca en una nación donde el apoyo al socialismo nunca pasó del 6% del electorado durante el puntofijismo», decía entonces el analista y consultor político Alberto Aranguibel. El Punto Fijo fue el sistema de alternancia consensuada entre la democracia cristiana (COPEI) y Acción Democrática (AD) desde la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958.
En estos comicios distritales el chavismo recibió el espaldarazo de la ciudadanía, en una réplica aumentada de lo que había ocurrido a nivel nacional. El oficialismo logró entonces colocar a 10 militares retirados como nuevos gobernadores. Pero el líder opositor, Henrique Capriles, doblegó al canciller Elías Jaua en Miranda. Si bien la Mesa de Unidad Democrática (MUD) había quedado maltrecha luego de las presidenciales, era una buena señal para el futuro del candidato que había sumado más de 6 millones de sufragios contra el mismísimo Chávez.
Por eso Capriles era cantado para ir ahora contra Maduro. Fue así que salió al ruedo recordando lo obvio, que el ex dirigente del transporte y ex canciller chavista no es Chávez. A lo que el hombre de los gruesos bigotes replicó que eso es verdad, pero doblando la apuesta añadió que es «hijo de Chávez». A buen entendedor pocas palabras: no será el ex presidente y no se lo podrá comparar con él, pero es hijo de sus ideas, a las que asegura interpretar fielmente. Y también se formó a su lado en los más de 20 años que estuvieron juntos en la construcción de este modelo político.
Más allá de interpretaciones sociológicas, se puede conjeturar que los comicios de diciembre fueron una prueba importante para el sistema creado por Chávez. Y que el resultado fue auspicioso: la amplia mayoría de los venezolanos apoyó el Socialismo del siglo XXI aunque, por primera vez, el mandatario no apareció ante sus ojos para seducirlos con su verba inflamada.
Más aún, no hay nada afuera de una oposición que sólo se junta por su voluntad de destronar el modelo vigente desde 1999 y de un chavismo cada vez más firme en su proyecto bolivariano. Un proyecto que incluye a la sociedad civil pero también a los uniformados que –cosa extraña en esta parte del continente en virtud del rol que asumieron los militares en los 70– allí forman parte sustancial del modelo revolucionario que está al frente del gobierno.
Proyecto original
En cierto modo, la muerte de Chávez le agrega una dosis de dramatismo y épica a esta campaña, pero también representa el desafío de continuar con la obra que el líder carismático pergeñaba desde el Caracazo, aquel movimiento popular contra el neoliberalismo de febrero de 1989 que fue bárbaramente reprimido por el gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez con un saldo que se midió en miles de muertos.
Se distingue en Chávez un proyecto que había desarrollado desde sus inicios. Basta si no ver el discurso que dijo en 1994, la primera vez que viajaba a Cuba, ante Fidel Castro y cientos de estudiantes en la Universidad de La Habana. Viene a cuento resaltar algunas de las frases pronunciadas por un joven y delgado militar que aspiraba a gobernar Venezuela algún día, pero por el que tal vez nadie hacía apuestas en ese momento.
«Están ocurriendo cosas interesantes en América Latina y en el Caribe –decía hace 19 años, en pleno apogeo neoliberal, el novel oficial rebelde–. Pablo Neruda tenía profunda razón cuando escribió que Bolívar despierta cada 100 años, cuando despierta el pueblo». Y auguraba despertares Chávez, tras informar a su audiencia estudiantil que en las elecciones que se avecinaban en su país (en 1995) iba a primar el abstencionismo. «Ustedes no lo van a creer, pero el 90% de los venezolanos no va a las urnas electorales, no cree en mensajes de políticos, no cree en casi ningún partido político». Lo más jugoso de aquel discurso, pronunciado cinco años antes de llegar al poder, fue la claridad con la que expuso propuestas de integración aun en el marco de la presencia en la región de gobiernos neoliberales. «Lanzaremos el Proyecto Nacional Simón Bolívar, con los brazos extendidos al continente latinoamericano y caribeño», con el propósito de crear una «asociación de Estados latinoamericanos, que fue el sueño original de nuestros libertadores». «¿Por qué seguir fragmentados?», se preguntaba entonces Chávez en un marco regional en el que soñar con un proyecto de integración parecía una utopía.
Y sobre esta matriz fue construyendo amistades desde que llegó al poder. Por eso, para la mayoría de los dirigentes regionales el aporte a la integración del bolivariano es una deuda que sólo podrían pagarle siguiendo su camino.
Según el politólogo Pablo Touzón, «en términos geopolíticos, el apoyo de Venezuela a la región estuvo lejos de ser meramente discursivo: en estos años, el gobierno bolivariano reorientó gran parte de sus recursos, inversiones, programas de intercambio y demás elementos de poder “duro” para apoyar con instrumentos concretos el proceso unificador sudamericano. Los países sudamericanos ganaron este aporte que resultó fundamental para la consolidación de los nuevos gobiernos populares y del “giro a la izquierda” como un todo. Sin Venezuela, instrumentos como la UNASUR probablemente jamás hubiesen visto la luz, y si bien es altamente probable que el gobierno de Nicolás Maduro continúe esta línea, las dificultades internas y las tensiones propias de una pérdida tan grande desde el punto de vista político reorientarán, aunque más no sea provisoriamente, los focos del proyecto político bolivariano en la propia realidad venezolana», asegura Touzón. A su juicio, «es probable, entonces, que este reacomodamiento interno dentro del esquema de poder regional favorezca relativamente al Brasil, profundizando su liderazgo subregional de cara al mundo entero».
No es casualidad ni protocolo vacío que hayan hecho guardia de honor junto al féretro del comandante el cubano Raúl Castro junto con el chileno Sebastián Piñera y el colombiano Juan Manuel Santos, la costarricense Laura Chinchilla, cerca del nicaragüense Daniel Ortega , el boliviano Evo Morales y el mexicano Enrique Peña Nieto. También estuvieron el guatemalteco Otto Fernando Pérez-Molina y el salvadoreño Mauricio Funes, o el panameño Ricardo Martinelli con el ecuatoriano Rafael Correa, por poner un puñado de ejemplos que indican claramente que más allá de un fuerte compromiso con los valores del socialismo, Chávez supo que para construir en el continente debía hacerlo con «lo que hay», esto es, no sólo con líderes convencidos de la necesidad de una integración regional, sino también con mandatarios de derecha, empresarios conservadores devenidos políticos y con líderes que han dado vuelta a sus países como una media en busca de mayor igualdad entre los ciudadanos.
La sólida amistad con Santos, cimentada luego de un conato bélico cuando estaba por comenzar su mandato, y la creación de una organización como la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe), sin dudas su obra póstuma, que nuclea a los países del continente pero deja afuera a Estados Unidos y Canadá, son el corolario de aquel proyecto que soñaba con su uniforme de cadete de la Academia Militar venezolana.
Otro logro del chavismo en estos años, con proyección hacia el futuro, fue que la oposición, a regañadientes luego del golpe de 2002 y de sus sucesivas debacles, aceptó la Constitución bolivariana. Ese pequeño librito de tapas azules que Chávez regalaba a todos sus interlocutores finalmente es la Carta Magna con la que aceptan jugar el juego democrático. Es más, luego de la muerte del comandante, denunciaron que el gobierno que Maduro retiene como Presidente Encargado es «fraudulento». Interpretan que la Constitución fue forzada fuera de sus límites para sostener la candidatura del hombre al que el propio Chávez había pedido, en lo que fue su última voluntad política, que votaran si no podía volver a ocupar su cargo.
Para agregar más condimentos a la polémica, Capriles –quien durante todo el proceso de la enfermedad de Chávez cuestionó la información oficial que se brindaba sobre el mandatario– llegó a decir que las autoridades habían mentido sobre la verdadera fecha de la muerte. Luego, y en vista de la andanada de críticas, tuvo que salir a pedir perdón a la familia «por si algunas de mis palabras los ofendió o fueron mal interpretadas».
Ya en medio de la campaña, Capriles se muestra tan provocador como un retador en la balanza antes de la pelea para unificar alguna corona de box. «Creo que Nicolás no aguanta ni cinco minutos de debate conmigo. Si quiere, que en el debate le pongan el teleprompter y que Ernesto (por el ministro de Comunicación, Ernesto Villegas) esté al lado de él, para que le sople». El «poseedor del cinturón de campeón» siguiendo con la metáfora, se ciñe a mostrar la obra de gobierno y a destacar lo que perderían los venezolanos si no votan por el chavismo sin Chávez o no acuden a las urnas por creer que el triunfo está asegurado. Y ante una amenaza que circuló en los primeros días de campaña advirtió: «Roger Noriega, Otto Reich, funcionarios del Pentágono y de la CIA están detrás de un plan para asesinar al candidato presidencial de la derecha venezolana para crear un caos en Venezuela». Esta posibilidad desestabilizadora podría ser la única para una oposición que, además de expresar intereses y voluntades no coincidentes, no tiene muchas opciones que ofrecer, como ya se había visto en octubre, más allá del desafío boxístico. O machacar con los momentos difíciles de la gestión, como cuando Capriles calificó a la devaluación de febrero como un «paquetazo rojo».
Sucede que los seguidores de Capriles, además de expresar intereses y voluntades no coincidentes, no tienen en realidad un plan de gobierno. El candidato puede, sí, señalar errores y momentos difíciles de la gestión, como cuando luego de la devaluación aputó todos los cañones contra la medida oficial: «Esta devaluación es simplemente para darle caja al Gobierno. Esta devaluación se hubiese podido evitar revisando las importaciones, revisando los regalos a otros países. ¿Por qué tenemos nosotros que seguir regalando el petróleo a otros países? ¿Es que acaso no hay necesidades en Venezuela? ¿No tenemos nosotros problemas que atender aquí?», se ofuscó públicamente. «Nicolás es el candidato del señor Raúl Castro», dijo Capriles ante el canal privado Globovisión. «Eso es a los intereses que responde», señaló. «Yo soy el candidato de los venezolanos y las venezolanas. Nosotros no vamos a entregarle nuestro país a cualquier interés extranjero, sea cual sea, ni a los Estados Unidos ni a Cuba», insistió alisando su campera roja, azul y amarilla.
Si Capriles revisara aquel video de Chávez en La Habana de 1994 donde se expresaba el modelo que ahora vuelve a ser sometido al escrutinio de la ciudadanía, como otras 14 veces en los últimos 15 años, quizás encontraría la explicación de por qué millones de venezolanos votaron y salieron a la calle a despedir con tristeza y fervor al líder que, con un saco militar de cuello Mao, decía: «Nos alimentamos mutuamente en un proyecto revolucionario latinoamericano, imbuidos como estamos desde hace siglos, en la idea de un continente hispanoamericano, latinoamericano y caribeño, integrado como una sola nación que somos».
Revista Acción, 1 de Abril de 2013
por Alberto López Girondo | Mar 30, 2013 | Sin categoría
¿Qué pasaría si Chipre sale del euro?, se pregunta Kevin Hall, uno de los editores de McClatchy, un grupo de medios gráficos con sede en California. La respuesta no le pertenece pero ilustra sobre la situación en la estratégica isla del Mediterráneo. «Chipre sería el canario en la mina de carbón». Los antiguos mineros llevaban una jaula con un canario para determinar si en algún nuevo socavón había gases peligrosos. Si el simpático animalito se moría, mejor ir por otro lado. «Una salida para Chipre podría indicar grandes cosas por venir –dice Hall desde esa publicación, que se jacta de haber nacido en 1857, cuando terminaba la fiebre del oro en California – grandes economías con problemas, como España e Italia, probablemente necesiten más fondos de rescate en medio de unas finanzas deterioradas. Los más pequeños, como Portugal y Grecia, que se enfrentan a una tremenda oposición ciudadana contra los programas de austeridad, podrían estar tentados también a salirse del euro. Podría comenzar un desenlace difícil de detenerse y de graves secuencias globales si los inversores comienzan a dudar del futuro de una de las monedas de reserva del mundo».
Desde que la crisis colocó a Chipre en el candelero, mucha tinta circuló para intentar desentrañar hacia dónde se encamina Europa luego de las caídas de Portugal, Italia, Grecia y España (países que en la jerga inaugurada por el Goldman Sachs Jim O´Neil se reducen al acrónimo PIGS, cerdo).
El caso de Chipre fue enfrentado por la troika (Unión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional), a través de un camino inédito. Mientras que para defender al sistema bancario en los países de la Europa del sur se dieron «salvatajes», en Chipre el recurso es una quita en los fondos depositados. O sea, que las fallas del sistema financiero las paguen los ahorristas y no los contribuyentes.
En medio de esta evidencia, el jefe de la Comisión Europea, el laborista holandés Jeroen Dijsselbloem, provocó un vendaval. Dijo que la solución chipriota podría extenderse al resto de las naciones en problemas y le salieron a pegar desde todos los rincones. Los inversores hicieron saber que podrían protagonizar una corrida contra el euro a nivel continental, lo que hubiese llevado a extender masivamente el corralito de Chipre (un detalle: la palabra es una contribución argentina a la lexicografía internacional, porque se usa en todos los idiomas para nombrar a la restricción para el retiro de fondos).
Fue así que los mandatarios de España y Francia buscaron dar señales de que Dijsselbloem habían sido malinterpretado o se había ido de boca. Es entendible, son los países que más pueden padecer corridas. El problema con el titular de la CE no es que haya dicho algo erróneo, sino que advirtió lo que se pergeñaba en Bruselas, con lo que abortó la ventaja de la sorpresa.
La justificación para la diferencia en el enfoque, con todo, es que una enorme mayoría de los capitales depositados en Chipre es de ciudadanos rusos que utilizaron a la isla como paraíso fiscal. Más específicamente, se dice que es dinero no declarado proveniente incluso de la mafia. Los analistas calculan que un 30 % de los fondos alojados en bancos chipriotas, más de 20 mil millones de euros, vienen de Rusia.
Información surgida de Moscú daba cuenta de que aviones repletos partían hacia Nicosia, la capital chipriota, y no para celebrar las pascuas sino con ganas de plantarse frente a las puertas de los bancos para cacerolear por la anunciada pérdida de al menos 40% de los depósitos que superen los 100 mil euros.
Pero el temor de Mariano Rajoy y François Hollande al efecto contagio por ahora parece no corroborarse, tal vez porque en cada país hay problemas propios que tapan el bosque. España marcha hacia un 27% de desocupación hacia fines de año y una contracción económica del 1,5%, según datos del Banco de España, que además recomienda bajar aún más los salarios para enfrentar el problema. El socialista francés insiste con un impuesto a las corporaciones de 75% a partir de ingresos mayores al millón de euros anuales, lo que ya provocó la huida del actor Gerard Depardieu para escaparle al fisco. Como se sabe, se fue…a Rusia.
En Italia, el centroizquierdista Pier Luigi Bersani no pudo formar gobierno y dejó «la pelota en el tejado» del presidente Giorgio Napolitano, según dicen en la península. Al cabo de una semana en la que se reunió con líderes del movimiento del cómico Beppe Grillo y del partido de Silvio Berlusconi, Bersani hizo la única que le quedaba para no quedar pegado a la trampa de la derecha y al desafío de los «grillinos». Esto es que con tal de llegar al poder aceptara el gobierno de unidad que le proponía Berlusconi, lo que hubiese sido la excusa para que los seguidores del humorista terminaran de demostrar que los políticos son todos lo mismo. El problema es si habrá una salida negociada antes de que Napolitano termine su mandato, el 15 de mayo, o Italia se convertirá en otro testimonio –como Bélgica, que estuvo 589 días sin primer ministro- de aquella tesis anarquista de que un país puede subsistir tranquilamente sin gobierno.
Como sea, el contagio puede prender en cambio en Eslovenia, el pequeño territorio balcánico que enfrenta moras en un tercio de los préstamos. «El país ha perdido competitividad desde que se unió al euro. Los mercados han sido muy complacientes, pero ha quedado claro desde hace tiempo que los bancos necesitan recapitalización, y no es fácil de obtener dinero en este clima «, dijo Lars Christensen, del Danske Bank, a Ambrose Evans-Pritchard, columnista del británico The Telegraph.
Y aquí es donde puede establecerse un pequeño juego geopolítico. Los Balcanes y la propia isla de Chipre fueron centro de disputa entre los principales imperios de la región. Desde que en 395 se dividió el imperio romano – Occidente, con sede en Roma y Oriente, con capital en Constantinopla o Bizancio- los enfrentamientos tomaron también un carácter cultural y religioso, entre lo que sería la Iglesia Católica Romana y la Cristiana Ortodoxa con sus variantes. Roma contra Grecia. La rápida extensión del islamismo puso en el medio un nuevo jugador, que tomaría alcance global con el Imperio Otomano, que en 1453 tomó Constantinopla.
Zona de conflictos permanentes (la actual Estambul es la llave para entrar al Mar Negro y meterse en la Europa profunda y en el Asia) allí comenzó lo que el historiador Orlando Figes considera la primera gran contienda verdaderamente mundial, la Guerra de Crimea, que envolvió en una matanza incalculable a turcos aliados con Francia, Gran Bretaña y la Austria de los Habsburgo contra el imperio ruso. Casi los mismos jugadores que se trenzaron nuevamente en 1914.
El Chipre de estos días es todavía parte de aquellas viejas rencillas. Porque luego de haber pertenecido a los turcos, en 1878 quedó como colonia británica hasta su independencia en 1960. Con una amplia mayoría de población griega que busca la enosis (anexión) al país heleno, tiene algo así como un 30% de habitantes de origen turco. En 1974 un golpe fomentado desde Atenas por la dictadura de los coroneles desató una invasión que terminó con la creación de la República Turca del Norte de Chipre (RTNC), un estado solo reconocido por Turquía. Una verdadera anomalía con un contingente de Cascos Azules de la ONU para evitar incidentes. La UE incorporó entre sus miembros a la nación grecochipriota, a pesar de que Turquía intenta formar parte de las grandes ligas europeas (como la OTAN) desde hace décadas.
Este miércoles, el gobierno turco anunció la ruptura de relaciones con la italiana Eni, en respuesta las prospecciones de nuevos yacimientos de la petrolera en aguas de Chipre. La empresa de mayoría estatal proyecta la construcción de un oleoducto que transportará petróleo crudo desde el mar Negro hasta la costa mediterránea. El canciller de Turquía, Ahmet Davutoglu, apeló a la reunificación de Chipre como paso previo a la explotación de los recursos energéticos frente a sus costas. «Turquía no permitirá medidas que hipotequen el futuro común de Chipre», advirtió Davutoglu por la televisión turca.
Una imprevista orden del presidente ruso, Vladimir Putin, para realizar maniobras en el Mar Negro, aporta lo suyo a la intrincada cuestión. «Son maniobras a gran escala sin preaviso», se limitó a decir el portavoz del Kremlin. Putin regresaba de la cumbre del BRICS celebrada en Durban.
Los países que Goldman Sachs bautizó con las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudafrica, cuentan con el 21% del PBI y el 44% de la población mundial dijeron allí presente en el tablero internacional como los jugadores de peso que le auguran todos los estudios geopolíticos para este siglo. Anunciaron la creación de un banco de desarrollo al margen del FMI y el Banco Mundial y la tendencia a usar monedas locales para el intercambio entre ellos. Y presionan para lograr cambios en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde India, Sudáfrica y Brasil aspiran a un cargo permanente.
Tiempo Argentino, 30 de Marzo de 2013
por Alberto López Girondo | Mar 22, 2013 | Sin categoría
Los conocedores del cine recuerdan a Terry Jones como el director de los filmes del grupo británico Monty Python. Entre ellos figuran joyas como La vida de Brian y El sentido de la vida, las dos últimas. En todas se destaca el conocimiento que el galés –y en general del grupo humorístico británico, – tienen de la historia de Occidente. No por nada Monty -formado por alumnos de Oxford que se conocieron haciendo teatro en los tiempos libres- es todavía hoy, a 40 años de su paso por la BBC, una referencia de lo que se puede hacer apelando al humor inteligente pero también extremada y sutilmente culto. ¡Cuántos sketches ingeniosos de “creadores” actuales nacieron en aquellos 45 brillantes episodios emitidos entre 1969 y 1974!
En el año 2006, Jones, que ya había dado muestras de su erudición en el mundo antiguo en libros y documentales, hizo una serie de cuatro capítulos sobre los Bárbaros, o más bien, sobre esos pueblos a los que los romanos genéricamente llamaban bárbaros. La serie, producida, como no, por la BBC, todavía puede verse en el canal Encuentro y es altamente recomendable para entender muchas cuestiones que ahora se debaten en torno a la designación de un papa nacido en Latinoamérica, territorio bárbaro si los hay para la concepción eurocéntrica que domina en las sedes del poder mundial y las cabezas de las oligarquías vernáculas.
Entre los bárbaros del imperio romano figuran los pueblos celtas, los godos, los sasánidas, los hunos y los vándalos. Es interesante el capítulo que Jones tituló «El fin del mundo», curiosamente, como la frase que usó Jorge Bergoglio para explicar de dónde es originario. Allí, el documentalista une el nacimiento de Atila con el de Genserico. Para el imaginario del buen y fácil pensamiento, un fiero conquistador venido de la lejana Asia con ansias destructivas el huno, y una suerte de hooligan nacido en la “atrasada” geografía húngara del siglo V el otro. Pero que en la reconstrucción que hace Jones resultan ser tipos bastante más racionales y compasivos de lo que los retrata la propaganda romana, la mejor herramienta con que contó el imperio para prevalecer, destaca el ex Monty Python.
Jones los junta porque más o menos para la misma época -452 y 455 respectivamente- llegaron hasta las puertas de Roma, una ciudad venida a menos por la lenta declinación del imperio, y cada uno a su manera la devastó luego de que el emperador huyera como un Sobremonte de las postrimerías de la edad Antigua. Pero no se quedaron con sus tropas en la ciudad que todavía era el centro imaginario del mundo. ¿Por qué, si eran tan primitivos no la destruyeron totalmente y cubrieron sus ruinas con sal, como los romanos habían hecho en Cartago 147 años antes del nacimiento de Jesucristo? Una de las razones es porque no eran tan bárbaros como los pintaban, arriesga Jones. La otra es que el Papa León-que rigió los destinos de la Iglesia entre el año 440 y el 461- los convenció de alguna manera hasta ahora misteriosa de que se fueran. El dato que Jones no deja de resaltar en el documental es que ese hecho demostró que ya en Roma no mandaban los emperadores sino que el poder real estaba en manos de la Iglesia. Por ese hecho y algunos más, León fue llamado El Magno. Es, en cierto modo, el que concretó el sueño de los primeros cristianos, de ser la religión del imperio para extenderse luego sobre el mundo. Habían pasado de ser perseguidos a convertirse en los árbitros de la civilización construida por ese pequeño pero ambicioso pueblo de la península itálica que debió aprender a navegar para adueñarse del Mediterráneo y alrededores. Eran ahora los cristianos un verdadero imperio asentado en las fauces del otro, más terrenal y decadente, el romano.
Este detalle es uno más en la profusa historia de la Iglesia Católica Romana, que no por nada es dos veces milenaria. Es la institución más antigua de Europa y ese es un dato que convendría tener en cuenta antes de cualquier análisis sobre lo que implica la designación de Bergoglio como el número 266 en ocupar el trono de Pedro. Porque es obvio que los cardenales que lo eligieron tienen detrás de sí esos dos milenios y no las miserias de la derecha argentina o latinoamericana ante su pérdida de influencia actual.
Ya en los 60, la región había mostrado el rumbo que le quería dar a la Iglesia en el Concilio Vaticano II. Y 50 años, para la historia de la Iglesia, se comprenderá que es menos que un suspiro. ¿Volverá Bergoglio sobre esos pasos que quisieron clausurar bajo mantos de sal Juan Pablo II y Benedicto XVI? ¿Querrá hacer un giro copernicano?
Grandes sectores de la izquierda latinoamericana pero también de la derecha con sede en Miami leyeron que Francisco venía a pelear palmo a palmo con los gobiernos populares con un objetivo de liquidación de un proyecto de integración. Amparado este pensamiento en el rol que cumplió el polaco Wojtyla con la Unión Soviética desde 1978. La pregunta sería ¿puede hacerse algo así hoy, en medio de escándalos financieros y sexuales como los que tiene la Iglesia en una Europa que se desmorona lentamente?
Da en el clavo el politólogo Atilio Borón cuando sostiene que en la región existen “procesos que cuentan con un enorme apoyo popular que ni remotamente existía allá (en la URSS)”, y agrega que “la ´revolución de terciopelo´ de Checoslovaquia nada tiene que ver con la Revolución Bolivariana de Venezuela, Evo Morales no es Lech Walesa, y Correa no es Ceaucescu”.
Es interesante reparar en el análisis que hace el suizo Hans Küng, un teólogo de 85 años que en aquel Concilio participó al lado de Ratzinger y que ahora argumenta que Bergoglio más bien intentará hacer como Gorbachov en los últimos días de la URSS, esto es, “propiciará reformas, hará una glasnost (apertura)”, pero no mucho más. Para lo cual recuerda que Mijail Gorbachov, el último líder soviético “no hizo una revolución, sino que introdujo reformas que corrigieron los errores que había antes. Lo mismo espero de Bergoglio, aun cuando no haga una revolución. Para no dividir la Iglesia, él empezará a introducir reformas.”
¿Qué tipo de reformas? Habrá que ver. Por estos días circulan versiones sobre la posición “amistosa” que el nuevo papa habría manifestado en la intimidad durante su arzobispado porteño para aceptar sino el matrimonio igualitario, al menos la unión civil entre personas del mismo sexo. Pero también deberá tener en cuenta –para no abundar en las cuentas del banco Vaticano o las denuncias de abusos sexuales- los problemas que aquejan a la “militancia” eclesiástica en torno del celibato. Que para los más conservadores resulta ser un tema eterno del cristianismo olvidando que en dos milenios hubo de todo, incluso papas que fueron hijos de papas, o casos como el de los Borgia, Lucrecia y César, hijos de Alejandro VI, el maquiavélico pontífice nacido en Valencia en 1431 bajo el nombre de Rodrigo Llançol y Borja.
Francisco recibió en una extensa audiencia el lunes a Cristina Fernández y ayer a Dilma Rousseff. Es evidente que hace medio siglo El Vaticano mira a América Latina como el reservorio más numeroso de católicos. Ya entonces la curia romana había percibido que el centro de gravedad del mundo se estaba inclinando hacia otros confines. El conservadurismo eclesiástico se unió al imperio estadounidense para intentar cortar de cuajo con esa posibilidad desde los 70. Ahora, tal vez, haya llegado la hora de cambiar de política y quién sabe, alguna vez el Vaticano se mude a territorios bárbaros ubicables en el Fin del Mundo.
Mientras tanto conviene no comprar el discurso de la propaganda, que como sugiere Terry Jones, convierte a santos en demonios y a réprobos en venerables, y no creerse que estos procesos democráticos están prendidos de alfileres. Porque la tarea de Francisco, por fuerza, deberá ser algo más que marketing y buenas intenciones si no quiere que el Vaticano termine como la Unión Soviética.
Tiempo Argentino, 22 de Marzo de 2013
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