Seleccionar página

Espionaje y negocios de alto vuelo

La suspensión del viaje oficial de Dilma Rousseff a Estados Unidos representa una muestra más de las dificultades que atraviesa la potencia imperial para seguir sosteniendo sus intereses omnipotentes en todo el planeta. A días de haber tenido que dar marcha atrás al intento intervencionista de Barack Obama en Siria –y de haberse tenido que digerir el brulote de Vladimir Putin de que dejen de creerse un país excepcional–, el desplante de la presidenta brasileña sonó para muchos analistas estadounidenses como una bofetada más en el ajado rostro del Premio Nobel de la Paz 2009.
Cierto es que fue una suspensión y no una anulación y que, además, fue tras un acuerdo negociado entre ambas cancillerías para no dejar demasiado desairado a nadie. Brasil exigía una disculpa estadounidense por el espionaje a la propia presidenta y a la empresa petrolera estatal. Un procedimiento que el ex agente Edward Snowden había revelado a un periodista británico residente en Río de Janeiro. Su pareja, nativo carioca, tuvo que soportar humillaciones en el aeropuerto londinense cuando volvía a su patria con documentación de Snowden para Glenn Greenwald, el corresponsal del The Guardian que aparece en el centro de esta trama.
Dilma no podía pedir menos que una retractación luego del escándalo que incluso en los medios de la derecha brasileña –que son prácticamente todos– pusieron en el tapete con una dosis de nacionalismo curiosamente exacerbado. Obama tampoco podía hacer otra cosa que emitir un documento en el que reconocía que no es el mejor momento para hacer ese encuentro, que había sido anunciado como central para su política, una visita de Estado como no habría otra en la Casa Blanca en el año. Pero de admitir culpas ni una palabra.
Los estadounidenses, es cierto, se consideran un país con características excepcionales y en su subconsciente no entra la frase «nos equivocamos». Mucho menos «se nos fue la mano». Y eso que tanto el soldado Bradley Manning como el propio Snowden pusieron el dedo en la llaga al gritar a los cuatro vientos que si fueran tan excepcionales no podrían permitir los abusos de otra invasión y de continuar espiando a la ciudadanía con la excusa de buscar terroristas.
Acotación al margen: el método no es tan efectivo, habida cuenta de la matanza que protagonizó Araón Alexis en la base de la marina más representativa de su poderío militar, a poco más de una hora de caminata de la Casa Blanca. Como sea, a los norteamericanos va a costarles muchas otras «bofetadas» como las de estas semanas adecuarse a los nuevos vientos que soplan en el mundo. Esto no implica que la caída del imperio americano está a la vuelta de la esquina pero sí que actitudes como la que tomó Dilma, impensable tras una alianza del gigante sudamericano con Washington que viene de la Segunda Guerra Mundial, se van a profundizar de aquí en más.
Por lo pronto, el gobierno de Dilma ya anunció planes para desarrollar una red de conexiones de Internet que esquive a Estados Unidos, el centro por donde pasa la mayoría de los cables en la actualidad. Como miembros del grupo BRICS, Brasil sabe que en pocos años los líderes de los países emergentes sumarán 40% de la población mundial y un PBI de 35 mil billones de dólares, el 25% mundial, mucho más que Estados Unidos y Europa. Las autoridades no se engañan al entender que el blanco del espionaje no era Brasil sino los BRICS. De hecho, Rusia y China bloquearon la intervención en Siria como miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Moscú en especial planteó una jugada para que Bashar al Assad entregue sus armas químicas y evitar así la salida bélica que ¿necesitaban? Obama y el francés François Hollande.
Con los medios que los países del grupo emergente tienen en la actualidad, se dice, en un año podrían extender una Bricsnet aprovechando tecnología china y rusa con desarrolladores informáticos indios, brasileños y hasta sudafricanos. Sería un cable que iría de Vladivostok, en Rusia; pasando por Shantou, en China; Chennai, en la India; Ciudad del Cabo, en Sudáfrica y cruzando el Atlántico, directo a Fortaleza, en Brasil. Unos 34 mil kilómetros de fibra óptica de 12,8 terabytes de capacidad, con una virtud «excepcional»: no tocaría las costas estadounidenses.
Según datos que recopila Tobías Rímoli en el sitio Rebelión, en Sudamérica hay «43.552.918 servidores, mientras que en EE UU existen más de 498 millones, dentro de los que se incluyen los de Microsoft, Facebook, Twitter, Google, AOL, Yahoo!, PalTalk, YouTube y Apple». Los cables por donde circula la información cruzan territorio estadounidense. El dato clave es que el 80% del tráfico en la web originada en Latinoamérica pasa por el gran país del norte, que aprovecha la situación para justificar que espía dentro de su territorio y no afuera. Lo que oculta es que lo hace con material que no se refiere a cuestiones internas sino de otros países. Como si revisaran las cartas de un mensajero en vuelo que no tuvo más remedio que hacer una escala técnica en Nueva York, por decir algo, con el argumento de que el señor en cuestión estaba en Estados Unidos.
El ejemplo que pone Rímoli es aún más significativo: «Un mail enviado entre dos ciudades limítrofes de Brasil y Perú, por ejemplo entre Río Branco, capital de Acre, y Puerto Maldonado, va hasta Brasilia, sale por Fortaleza en cable submarino, ingresa a Estados Unidos por Miami, llega a California para descender por el Pacífico hasta Lima y seguir viaje hasta Puerto Maldonado, a escasos 300 kilómetros de donde partió».
Hace unos días el ministro de Defensa de Brasil, Celso Amorin, firmó con su par argentino Agustín Rossi un documento en el que los dos países manifiestan la voluntad de luchar juntos contra ataques cibernéticos. Un eufemismo para decir que estudian medidas para evitar el espionaje estadounidense. A principios de agosto se anunció que Unasur pondría en marcha la construcción de un anillo de fibra óptica de 10 mil kilómetros alrededor de América del Sur gestionado por empresas estatales de cada uno de los países. Oficialmente se dijo que era un modo de «abaratar los costos operativos» de usar líneas que atraviesan EE UU. Pero el objetivo central es disminuir la vulnerabilidad en caso de atentados y resguardar el secreto de los datos oficiales. Se estima que en dos años ya habrá algo sustancioso para mostrar en ese terreno.
El otro tema espinoso en la relación de Brasil con Estados Unidos fue el espionaje a los archivos de Petrobrás, una noticia que se dio a conocer semanas antes de la licitación del yacimiento petrolífero Libra, uno de los mayores del mundo. La vigilancia, según la publicación brasileña Itsoé, se hizo desde la isla de Ascensión, el territorio británico de ultramar en el medio del océano Atlántico, entre Recife y Luanda, la capital de Angola, donde hay una base militar bajo jurisdicción de un comandante ubicado en Malvinas. Allí se aprovisionaron buques británicos durante el conflicto bélico de 1982 con Argentina. También allí hay una base perteneciente a Estados Unidos. Ascensión, destaca el periódico, forma parte del sistema de espionaje global Echelon, del cual además de EE UU. participan Gran Bretaña, Canadá, Nueva Zelanda y Australia.
Esa red ya había sido cuestionada en Europa a principios de este siglo por haber sacado ilegalmente información del fabricante de aviones Airbus, que perdió entonces una licitación por 6000 millones de dólares para venderle aeronaves a Arabia Saudita. El contrato lo ganaron Boeing y McDonnell Douglas. Un lustro antes, el grupo francés Thompson-CSF perdió un contrato por 1300 millones de dólares en favor de la estadounidense Raytheon. También entonces la información había salido de Echelon. Disputaban la provisión de un sistema de vigilancia satelital para monitorear la destrucción de la selva, destinado el gobierno de Brasil.
Desde Ascensión y mediante equipamientos provistos precisamente por Raytheon, con capacidad para captar 2 millones de comunicaciones simultáneas, se interceptan conversaciones telefónicas, correos electrónicos y publicaciones de las redes sociales. El punto de mira son Brasil, Argentina, Uruguay, Colombia y Venezuela.
Para agregar otro ingrediente a la mezcla, Brasil tiene demorada la compra de 36 aviones de combate por valor de unos 4500 millones de dólares desde los últimos años de gobierno de Lula da Silva. El metalúrgico había casi arreglado con el francés Nicolas Sarkozy los Rafale fabricados por la Dassault. Otro oferente es la sueca Saab, que elabora los Greppen. El tercero en discordia es el F/A-18 Super Hornet de Boeing, el preferido de los altos mandos brasileños.
Por ahora, Obama se tuvo que quedar con las ganas de hablar de esa cuestión.

Tiempo Argentino, 20 de Septiembre de 2013

El costo de las palabras y el precio de la guerra

A veces una palabra en el momento oportuno, más allá de la intención explícita, puede cambiar el escenario político. Es lo que parece haber ocurrido el lunes por una simple respuesta del secretario de Estado norteamericano John Kerry a un periodista londinense, cuando casi terminaba una conferencia de prensa junto al ministro de Relaciones Exteriores británico William Hague. Venía bélico el mensaje de Kerry, que había hecho una gira para convencer a sus aliados de la necesidad de cargarse en conjunto el ataque que ya el presidente Barack Obama había decidido a Siria.
Pero cuando el reportero, quizás con una dosis de inocencia, lanzó una pregunta casi de manual –»¿Hay algo que Bashar al Assad pudiera hacer para evitar la intervención militar?»– Kerry quedó arrinconado. No sería bien visto decir que no había nada que pudiese hacer, porque quedaría como un obcecado militarista. Ensayó, como pudo, una salida de compromiso: «Seguro que sí, podría entregar todas y cada una de sus armas químicas a la comunidad internacional la semana próxima –entregarlas todas y sin retraso–, pero no lo va a hacer y además no se puede hacer.» Tranquilo, se acomodó la corbata y fue al aeropuerto para, ya en Washington, ultimar los detalles del discurso que Obama daría unas pocas horas más tarde para persuadir, él, a los remisos congresales de la necesidad de que le aprobaran la acción punitiva contra Al Assad.
Rápido como pocas veces se lo vio al menos desde estas pampas, el gobierno ruso recogió el guante y el canciller Sergei Lavrov anunció que estaban de acuerdo con la ¿propuesta? de Kerry y aseguró que habían hablado con Al Assad de la conveniencia de dejar las armas químicas bajo control internacional para su posterior destrucción. El mandatario sirio, con prontitud semejante –no fuera cosa de que se le aguara el festejo de su cumpleaños 48– se comprometió a someterse a la inspección extranjera. Con lo cual se mataron más de dos pájaros de un tiro: se bajaban tensiones antes de que en Estados Unidos hubiera también un recordatorio, el del 11S, y se podía posponer la votación en el Congreso en momentos en que los números a Obama no le cerraban. Al mismo tiempo, en el fárrago de novedades se reconocía que Siria tenía armas químicas, cosa que hasta el momento estaba en la nebulosa, y se dejaba flotando la idea de que el famoso ataque con gases venenosos del 21 de agosto era perfectamente posible.
Cuando Kerry se bajó del avión el aluvión ya era indetenible y, a regañadientes, aceptó que había que dar una nueva oportunidad a la diplomacia. Rearmaron el discurso y Obama enfrentó, el martes, las cámaras de televisión con un mensaje de poco más de un cuarto de hora. Intentó ser duro y por momentos lo fue. Buscó también una dosis de racionalidad. Reconoció, en sus palabras, que los estadounidenses están hartos de guerra. También que la oposición siria es un manojo de impresentables más peligrosos de lo que podría ser incluso un Al Assad desenfrenado. «Me he resistido a los llamados a una acción militar porque no podemos resolver la guerra civil de otra nación por medio de la fuerza, particularmente luego de una década de conflicto armado en Irak y Afganistán», admitió el premio Nobel de la Paz.
Hasta que le tocó describir ese aciago día en que las imágenes de miles de personas presuntamente asesinadas con gas sarín llenaron las pantallas de televisión de todo el mundo. «Nadie rechaza que se utilizaron armas químicas en Siria. El mundo fue testigo de miles de videos, fotografías tomadas con teléfonos celulares y recuentos del ataque en los medios sociales; las organizaciones humanitarias relataron historias de cómo los hospitales estaban llenos de personas con síntomas de haber inhalado gases venenosos», se explayó luego como si ese fuera el tipo de evidencias que servirían en un juicio.
Con esa misma lógica, añadió luego que si Estados Unidos no actúa, «otros tiranos no tendrán razón alguna para pensarlo dos veces antes de adquirir gases tóxicos y usarlos. Con el tiempo, nuestras tropas se volverían a enfrentar a la posibilidad de la guerra química en el campo de batalla y les podría ser más fácil a las organizaciones terroristas obtener estas armas y usarlas para atacar a poblaciones civiles». Un razonamiento que encaja perfectamente en el imaginario estadounidense promedio de lo que es una acción de castigo: reprime el uso de armas pero no combate al productor o al comerciante.
Luego subió la apuesta para explicar que como «presidente de la democracia constitucional más antigua del mundo», lo asiste «la autoridad para ordenar ataques militares», algo a lo que afirmó haber renunciado –por esta vez– «para llevar este debate al Congreso». Pero en un inusual análisis político, reconoció: «Es cierto que algunos de los adversarios de Assad son extremistas; pero Al Qaeda solamente se volverá más fuerte en una Siria más caótica.»
Ya definitivamente en clave heroica, Obama dijo que había decidido aceptar las últimas negociaciones abiertas tras las palabras de Kerry en Londres. Pero a pesar de que alguien parece haberle pedido que Estados Unidos deje de ser el policía del mundo, «cuando, con un esfuerzo modesto y con mínimo riesgo, podemos evitar que los niños mueran envenenados con gases tóxicos, y por consiguiente, hacer que nuestros propios hijos estén más seguros a largo plazo, creo que debemos actuar. Eso es lo que hace diferente a los Estados Unidos. Eso es lo que nos hace excepcionales. Con humildad, pero con determinación, no perdamos de vista esa verdad esencial.»
Como es usual, terminó el mensaje con un «Que Dios bendiga a los Estados Unidos de América». No habían pasado 24 horas cuando Putin, el otrora agente de la KGB y luego de su sucesora, la FSB, le respondió mediante una carta al The New York Times donde también hace gala de un descarnado arresto de sinceridad para explicar su posición en torno del caso Siria.
Comienza Putin recordando que si bien hubo una época de guerra fría entre ambos países, «fuimos aliados una vez, y derrotamos a los nazis juntos. Las Naciones Unidas se establecieron entonces para evitar que semejante devastación vuelva a suceder». En un toque «multipolar» recuerda que «los fundadores de las Naciones Unidas entendieron que las decisiones que afectan a la guerra y la paz deben realizarse solamente por consenso», algo a lo que Estados Unidos no se opuso. Luego abunda en que «el derecho a veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad fue consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. La profunda sabiduría de este (derecho) ha apuntalado la estabilidad de las relaciones internacionales desde hace décadas». O sea, multilaterales pero sólo para los cinco con el privilegio del no.
Más adelante asume que en Siria no abundan los «campeones de la democracia» y también él recuerda el peligro de grupos terroristas en la oposición en el país árabe. Pero insistió en que «la ley sigue siendo la ley, y debemos seguirla, nos guste o no» y advierte que actuar por fuera del organismo con sede en Nueva York «es inaceptable en virtud de la Carta de las Naciones Unidas y constituiría un acto de agresión».
Las críticas contra EE UU abundan en la polémica misiva del presidente ruso. Cataloga a la principal potencia del planeta de alguien que «confía únicamente en la fuerza bruta e improvisa coaliciones bajo el lema o estás con nosotros o contra nosotros». Pero tal vez lo más sustancioso –y seguramente irritativo en el país norteamericano– es el desacuerdo con el remate del discurso de Obama. «Es extremadamente peligroso animar a la gente a verse como algo excepcional, sea cual sea la motivación. Hay países grandes y países pequeños, ricos y pobres, los que tienen una larga tradición democrática y aquellos que todavía buscan su camino a la democracia. Sus políticas son diferentes, también. Todos somos diferentes, pero cuando pedimos la bendición del Señor, no debemos olvidar que Dios nos creó iguales.»
Al mismo tiempo, el Washington Post publicaba que la CIA comenzó a entregar armas a los rebeldes sirios, tras meses de retraso. Los envíos incluyen armas de mano y municiones. El Departamento de Estado, por su parte, hizo lo propio con vehículos y equipos de comunicaciones y de asistencia médica.
Al cierre de este artículo, el sitio Cost of War (el Costo de la Guerra) que ostenta un contador segundo a segundo de los datos presupuestarios de EE UU, señalaba que desde 2001 en Afganistán se gastaron 657.778.230.650 dólares, en Irak 814.246.552.150 dólares desde el año 2003. Los contribuyentes estadounidenses pagan por su sofisticado sistema de seguridad exterior más de 36 mil dólares cada hora. En vidas, el precio era de 4883 soldados en Irak y 3272 en Afganistán. Los civiles muertos sumaban 1.455.590 en Irak. No había números de Afganistán.
No hay guerras gratuitas ni paseos «correctores» de tres días, como promete Obama. Y el riesgo en vidas y haciendas puede ser incalculable.

Tiempo Argentino, 13 de Septiembre de 2013

La tentación de jugar con la línea roja

“Todo es mentira. Todo lo que sentimos, lo que vemos. Nos quieren muertos o viviendo su mentira», piensa el sargento Edward Welsh mientras el capitán Charles Bosche arenga a la tropa antes de una batalla. Welsh, interpretado por Sean Penn, es uno de los personajes de La delgada línea roja, la monumental película que en 1998 estrenó Terrence Malick sobre una novela de James Jones, con un elenco pocas veces reunido por Hollywood y que incluyó a George Clooney en el papel de Bosche, pero también a John Cusack, Nick Nolte, John C. Reilly, John Travolta, Woody Harrelson y James Caviezel.
Un film sanguinario para mostrar un trasfondo hondamente humanista, que fue multipremiado y marcó una época ya que debió competir con el heroísmo belicista de Buscando al soldado Ryan, de Steven Spielberg. Cuenta los horrores en que se ven sumidos un grupo de marines en Guadalcanal, en 1942, cuando Estados Unidos comenzaba su ofensiva contra el ejército japonés en la Segunda Guerra Mundial.
El autor de la novela había sido uno de esos infantes de marina y su libro forma parte de una trilogía junto con otra que fue llevada al cine con particular trascendencia, De aquí a la eternidad, de 1951, y Silbido, de 1978. La delgada línea roja fue publicada en 1962, cuando Estados Unidos comenzaba su escalada en Vietnam, aunque bastante antes de que aquel horror envolviera a toda una generación y dejara marcas indelebles en la sociedad estadounidense.
La frase no era nueva en la historia internacional. El primero en usarla fue el periodista inglés William H. Russell, corresponsal de guerra del periódico The Times, quien al escribir sobre la batalla de Balaclava entre tropas de la alianza franco-británica con los turcos en contra del imperio zarista, el 25 de octubre de 1854, escribió que en el campo de batalla sólo se veía «una delgada línea roja culminada con una raya de acero». Eran los soldados del 93º Regimiento de Highlanders que cruzaban con sus uniformes rojos en una insólita formación de dos en fondo –audaz y temeraria para un enfrentamiento de esas características– entre la caballería rusa en el duradero sitio de Sebastopol, durante la Guerra de Crimea
La expresión hizo historia sobre todo en el Reino Unido, que la aplicó para simbolizar la sangre fría y el heroísmo británicos en la batalla. Aquella guerra –la primera, según el historiador Orlando Figes, en que la prensa fue decididamente influyente para justificar una intervención armada «civilizatoria» ante la opinión pública– no contó sin embargo con tantos momentos heroicos, sino más bien fue una operación decidida en las cúpulas de las potencias de entonces para «frenar las ansias expansionistas» de los zares sin por eso fortalecer al imperio otomano. Una delicada maniobra que se hizo al costo de millones de vidas. Del lado ruso, uno de los testigos de aquellas matanzas fue el novelista León Tolstoi.
Contra la certeza de que ya no alcanza con discursos bélicos y enunciados elocuentes para convencer a la población debe luchar el presidente Barack Obama en su intento por una «intervención ejemplarizadora» en Siria, como viene proponiendo con poco éxito de público desde hace semanas. Ahora recurrió a una figura conocida cuando habló de que el gobierno de Bashar al Assad cruzó «una línea roja» al utilizar gases tóxicos contra su población, algo que todavía no fue demostrado fehacientemente por los expertos de la ONU, el organismo multipolar creado en 1945 con el objetivo –declarado al menos– de terminar con las guerras mediante el debate civilizado de las controversias.
En su viaje a San Petersburgo para la cumbre del G-20, el presidente estadounidense hizo escala en Suecia, donde los periodistas le preguntaron por ese límite color sangre. «No fui yo quien determinó esa línea roja. Fue el mundo», se justificó Obama para explicar que el uso de armas químicas resulta inaceptable en cualquier circunstancia. Pero no alcanzó; y ante la insistencia de los periodistas argumentó que Washington había aprendido de errores del pasado, como las invasiones a Afganistán e Irak. El mandatario además recordó que él como senador había estado en contra de la aventura en tierras iraquíes y que entre sus primeros propósitos como gobernante estuvo el de retirar las tropas apostadas en ese país asiático.
En Rusia, la sede del encuentro de los países más desarrollados de la Tierra, mientras tanto, no son pocos los que juntan firmas para que le retiren el premio Nobel de la Paz que le dieron en 2009. Otros, más ácidos, sugerían que ya que pasaba por Estocolmo, lo devolviera en persona ante el cariz intervencionista que está tomando el último tramo de su mandato.
Estados Unidos ya no encuentra aliados tan fácilmente como antaño para inmiscuirse en soluciones militares. Los Tony Blair y José María Aznar de otras épocas se reducen hoy día a un escuálido François Hollande que quién sabe si podrá sostener en su propio Parlamento el ímpetu que su antecesor Nicolas Sarkozy mostró en Libia. Ni aun cuando se trate de buscar un consenso «occidental» para solucionar problemas de regiones que alguna vez ocuparon los otomanos, como pasaba cuando la Guerra de Crimea.
No es que las dirigencias hayan dejado de creerle al imperio, sino que ya no resulta tan fácil convencer a la opinión pública sobre las razones para un ataque basado en denuncias graves pero con pocas comprobaciones imparciales hasta ahora. Así lo demuestra el apabullante rechazo en los sondeos realizados en los principales países europeos e incluso en América del Norte. Dato que hasta el Papa Francisco parece haber registrado y en sus discursos es más enérgico en favor de la paz que cualquiera de sus antecesores.
Existen argumentos para sostener que el poderío de Estados Unidos está en declive, lo que sería fácil de corroborar con estadísticas económicas o sociológicas. Pero se engañaría quien piense que eso es el fin de la Era Americana como la principal potencia de la civilización. De todas maneras, hasta para el establishment estadounidense es un período de cambios al que más temprano que tarde deberá adaptarse.
Mientras tanto, el resto de los países del mundo, con sus más y sus menos, intenta convencerse de que cualquier acción armada en alguna parte del mundo, y Siria es el caso más a mano que tienen, debería contar con el apoyo de la ONU. La lucha es, en el fondo, entre quienes pretenden convertir al organismo internacional en la expresión de las mayorías –y la posición de la Argentina en ese sentido es clara– contra los que buscan seguir manteniéndolo como un mero foro de debate sin la menor trascendencia efectiva.
De este lado del planeta, en tanto, el jefe de gobierno porteño puso en vigencia otro concepto que hizo furor, el del Círculo Rojo, un entorno privilegiado, parece, que lo conminó a buscar alianza con el intendente de Tigre en esta instancia política de la nación. Vaya uno a saber cómo se topó con ese eslogan. Quizás le venga de alguien que vio una película del francés Jean-Pierre Melville con ese título. Es de 1970 y fue protagonizada por Alain Delon, Gian Maria Volonté e Yves Montand, otro elenco de estrellas.
El film muestra la saga de Corey (Delon) cuando a la salida de la prisión recibe de buena fuente el dato preciso para intentar el robo del siglo a una joyería, otro clásico cinematográfico. El problema para Corey es que luego de unos cinco años a la sombra perdió la relación con sus cómplices. Cómo consiga otros y quiénes lo serán forma parte de la trama del último trabajo de Melville.
El título, El círculo rojo, le viene de una frase que aparece al inicio de la proyección: «Si los hombres, aun sin conocerse, tienen por destino cruzar sus caminos, no importa dónde estén o qué anden haciendo: cuando el día señalado llegue, inevitablemente se encontrarán en el círculo rojo.» La expresión es atribuida a Siddhartha Gautama, el Buda, y tiene todo el estilo de una sentencia de tono profético del líder religioso de la India.
El detalle es que se trata de una parábola apócrifa. Sólo se trató de un recurso del guionista.

Tiempo Argentino, 6 de Septiembre de 2013

O Globo se arrepiente de haber apoyado el golpe del ´64 en Brasil

A los directivos del grupo brasileño O Globo, uno de los más grandes del planeta, la idea del arrepentimiento les resultó ineludible cuando en las marchas que hace algunos meses asombraron a Brasil, los manifestantes gritaban consignas en las que recordaban el apoyo del periódico a la dictadura y así lo reconocieron en un editorial. No se sabe muy bien si el súbito cambio de mirada sobre el período más oscuro de la historia sudamericana del otro lado de los Andes tendrá que ver con el futuro aniversario del pinochetazo, pero también el presidente Sebastián Piñera dijo lo suyo ayer en relación con la participación civil en el derrocamiento de Salvador Allende (ver aparte).
Lo de O Globo, el multimedios nacido a partir del diario que Irineu Marinho fundara en 1925 –un gigante ultraconcentrado con ramificaciones en radio, televisión, cine, empresas discográficas y editoriales que factura más de 6200 millones de dólares anuales– supera sin embargo todo caso conocido en el periodismo internacional. En los principales periódicos estadounidense surgieron voces autocríticas por el apoyo al gobierno de George W. Bush en la invasión en busca de armas inexistentes en el Irak de Saddam Hussein. La semana pasada, el Washington Post presentó incluso un editorial con una fuerte autocrítica por la cobertura que hace 50 años le había dado al famoso discurso de Martin Luther King, «Yo tengo un sueño». Admiten no haber sabido ver el alcance histórico de ese mensaje del reverendo King, y eso que tenían como 60 periodistas entre la multitud que presenciaba el acto frente al monumento a Abraham Lincoln en Washington.
En Argentina también hubo «pentitis» periodísticos. Pero no siempre para el mismo lado, como es el conocido caso de la revista Gente de abril de 1976, cuando bajo el título «Nos equivocamos», reconoce como un error haber acompañado el proceso democrático que había iniciado Juan Domingo Perón en septiembre de 1974. «Queremos decirles a nuestros lectores y al país. NOS EQUIVOCAMOS ¿Porque nos equivocamos? Porque también nos dejamos llevar por el impulso de 7 millones y medio de votos que creían que el peronismo era una solución», decía el texto, que ignoraba mientras tanto que afuera eran asesinadas miles de personas por esos militares a los que apoyaban.
El caso de O Globo aparece a casi cinco décadas del golpe militar y a 30 años del retorno a la democracia en Brasil. «El apoyo editorial el golpe del ’64 fue un error», reza el editorial del grupo brasileño, para explicar a continuación que tras ingentes discusiones internas «la Organización Globo concluyó que, a la luz de la historia, ese apoyo constituye una equivocación.»
Más adelante muestra la baraja: «desde las manifestaciones de junio, un coro recorrió las calles. ‘La verdad es dura, la Globo apoyó la dictadura’. Y de hecho –reconoce el descarnado editorial– se trata de una verdad y, también de hecho, de una verdad dura». Después detalla que a la hora de armar la sección Memoria en el portal del multimedios se dieron cuenta de que deberían fijas posición sobre ese tramo de la historia del país. Lo que implicaba desnudar la participación del grupo en el golpe militar.
Más adelante deslizan que si bien no tuvieron la perspicacia de haber publicado ese arrepentimiento antes de que los manifestantes le recordaran su pasado, «las calles nos dieron aún más certeza de que la evaluación que se hacía internamente era correcta y que el reconocimiento del error, necesario».
A continuación el editorial de O Globo recalca que el medio «concordó con una intervención de los militares, al lado de otros grandes diarios, como O Estado de São Paulo, Folha de São Paulo, Jornal do Brasil y Correio da Manhã. (..) lo mismo que una parte importante de la población, un apoyo que se expresó en manifestaciones» en las grandes capitales.
«En aquellos momentos se justificaba la intervención de los militares ante otro golpe que sería desarrollado por el presidente João Goulart, con amplio apoyo de los sindicatos –Jango era criticado por querer instalar una ‘república sindical’– y de algunos segmentos de las Fuerzas Armadas», argumenta el extenso documento.
El diario no se priva de incorporar a su particular justificación la «división ideológica del mundo en la Guerra Fría, entre el este y el oeste, comunistas y capitalistas». Pero culpa de agudizar esas contradicciones a «la radicalización de João Goulart ni bien
consiguió por medio de un plebiscito revocar el parlamentarismo y quedar como presidente a raíz de la renuncia de Jânio Quadros».
Abunda en increíbles consideraciones históricas el texto. Como cuando dice que «los cuarteles estaban intoxicados con la lucha política a izquierda y a derecha», lo que devino en el «movimiento de los sargentos» que resquebrajó la jerarquía militar «y entonces el oficialato reaccionó».
«En aquel contexto, el golpe, llamado Revolución por O Globo durante mucho tiempo, era visto por el diario como la única alternativa para mantener a Brasil en una democracia», habida cuenta de que los militares «prometían una intervención pasajera, quirúrgica».
Por supuesto, la historia no fue esa y el propio Goulart caería víctima de la feroz dictadura militar, que sería un puntal en la conformación del Plan Cóndor y para todos los golpes militares de la región.
«A la luz de la Historia, no hay razones para no reconocer explícitamente, que el apoyo a la dictadura fue un error, así como equivocadas fueron otras decisiones editoriales de ese período», admite el periódico, para juramentarse finalmente que «la democracia es un valor absoluto. Y cuando está en riesgo, sólo se puede salvar por sí misma».

Decía Roberto Marinho
El diario justifica a la familia propietaria y recuerda que al cumpirse dos décadas de gobierno, «en 1984, Roberto Marinho publicó un editorial (donde) resaltaba la actitud de (el general Ernesto) Geisel en 1978 de restituir el habeas corpus y la indepedencia de la justicia». Pero también destaca que Marinho se asumía como alguien «fiel a los objetivos de la revolución, oponiéndose a quienes pretendían asumir la autoría del proceso revolucionario (…)olvidando que los acontecimientos se iniciaron (…) por exigencia ineluctable del pueblo brasileño». Y pontifica (Marinho) que «sin pueblo no habría revolución sino simplemente un pronunciamiento o un golpe, con lo cual no seríamos solidarios». Roberto Marinho, dice su exégeta, «siempre estuvo del lado de la legalidad».

Los cómplices pasivos en Chile
El presidente chileno, Sebastián Piñera, recordó ayer que hay «muchos cómplices pasivos», como jueces y periodistas, en las graves violaciones a los Derechos Humanos ocurridas durante la dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1990).
El gobierno de los militares «tuvo sombras muy profundas» como «el atropello reiterado, permanente y sistemático de los Derechos Humanos», consideró Piñera en una entrevista al diario La Tercera.
Al cumplirse el próximo 11 de septiembre 40 años del golpe militar que derrocó al presidente socialista Salvador Allende, Piñera sostuvo que «hay muchos» responsables en las violaciones a los Derechos Humanos, entre los cuales están las mismas autoridades castrenses de la época. Sin embargo, destacó que también «hubo muchos cómplices pasivos», entre los que mencionó a jueces «que se dejaron someter y que negaron recursos de amparo que habrían permitido salvar tantas vidas», añadió.
Un hermano del mandatario, Juan Manuel Piñera, fue ministro de Trabajo y Previsión de Pinochet y es considerado como el padre del sistema de jubilación privado de Chile. También de la reforma laboral que quitó muchos de los derechos que los trabajadores habían ido conquistando hasta la brutal destitución de Allende.

Tiempo Argentino, 1 de Septiembre de 2013