por Alberto López Girondo | Ene 24, 2014 | Sin categoría
Cuando al economista alemán Klaus Martin Schwab se le ocurrió la idea de crear un ámbito para que los más ricos se juntaran con las dirigencias políticas a debatir el futuro del mundo, tenía bien en claro a qué apuntaba. Quería fomentar en Europa las prácticas de administración empresarias que, según las usinas neoliberales del viejo continente, explicaban el crecimiento de Estados Unidos desde el fin de la segunda Guerra Mundial. A 43 años del primer encuentro en la ciudad suiza de Davos puede decirse que Schwab hace tiempo que está en el pináculo de la gloria.
De los 444 ejecutivos de empresas europeas con que abrió lo que entonces se llamaba Simposio de Administración de Europa, pasó a más de 2500 invitados. De una cumbre que apenas logró financiar con apoyo de la Comisión Europea y las asociaciones industriales del continente, pasó a cobrar no menos de 55 mil dólares para asistir a un cónclave con los más poderosos del mundo. Los socios permanentes, que son, por supuesto, los grupos económicos más poderosos del planeta, tienen que aportar una cuota anual de 108 mil euros. Eso sí, para figurar en este selecto apartado del Foro de Davos, hay que facturar más de 5 mil millones de dólares anuales.
Puede decirse que el apogeo de Davos fue a poco de la caída de la Unión Soviética, cuando el neoliberalismo aparecía como la única opción económica para la humanidad. Finalmente, las ideas de Schwab se habían impuesto y no extraña que en este clima, el argentino Carlos Menem y el mexicano Carlos Salinas de Gortari estuviesen entre los invitados estrella. Eran los paladines de ese modelo que prometía quedarse para siempre. Con desregulación, privatizaciones y flexibilización laboral como panaceas para el crecimiento de las naciones. También Fernando de la Rúa sería convidado de lujo, pero más que nada para alentarlo a que no abandonara ese modelo que ya se estaba desgajando en el país.
Pero con el nuevo siglo las cosas ya no son como eran y el Foro de Davos, antes socio en el éxito, está en el centro de las críticas por su responsabilidad en la catástrofe que se esparce sobre el mundo desde el estallido de la burbuja financiera, en 2008. La organización no gubernamental Oxfam, con base en Londres pero sedes en 17 países, lanzó la primera piedra, con un informe lapidario sobre el resultado de esas políticas en los últimos 30 años. El dato que más circuló en los medios, por el impacto emocional, es que 85 señores tienen más fortuna que 3570 millones de seres humanos, la mitad de la población mundial. Lo que no se difundió tanto son las recomendaciones que la gente de Oxfam le hace a los supermillonarios.
Les dice, por ejemplo, que habida cuenta de que en estas tres décadas se incrementó la desigualdad en los países más desarrollados, y que ese desnivel está relacionado directamente con la evasión y la elusión fiscal –les computa 18,5 billones de dólares en cuevas fiscales– hagan algo urgente para resolver la cuestión antes de que todo estalle en mil pedazos, palabras más, palabras menos. La frase exacta es «si la desigualdad económica extrema no se controla, sus consecuencias podrán ser irreversibles, dando lugar a un monopolio de oportunidades por parte de los más ricos, cuyos hijos reclamarán los tipos impositivos más bajos, la mejor educación y la mejor atención sanitaria».
El mecanismo para que el mundo sea como es hoy, para la ONG británica, se fue dando con la «apropiación de los procesos políticos y democráticos por parte de las élites económicas». El subtítulo del dossier lo dice con toda contundencia: «Secuestro democrático y desigualdad económica». Esto es, los ricos se las ingeniaron para la construcción de un sentido común proclive a las ideas que benefician a los sectores empresariales. Entre ellas pueden citarse el apoyo mediático a la baja de impuestos a los que más tienen, o a la disminución del presupuesto estatal en áreas clave como la salud o la educación. Una forma suprema de suicidio colectivo que mucho circuló por estas tierras en los 90, y que crece en intensidad en la Europa de estos días como remedio para la crisis económica.
Otro que se sumó a los reclamos hacia los poderosos del planeta fue el Papa Francisco, con un pedido de que «la riqueza esté al servicio de la humanidad, no para gobernarla». El argentino se mantuvo ausente del encuentro pero quería fijar posición desde Roma. Como viene ocurriendo desde 2003 en adelante, no hay representantes del gobierno nacional en Davos. El único nativo que acudió a la cita es el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri. Como el encuentro es para «policy makers» (hacedores de política), el lord mayor porteño fue como gobernador del distrito donde tienen su residencia muchos de los más ricos del país. También podía asistir como uno de ellos, aunque las empresas familiares no están a su cargo y no las puede acreditar como fortuna personal exclusiva. Como sea, le caben las recomendaciones tanto papales como académicas para mejorar la situación de los ciudadanos, al menos, de su patria.
Tal vez no venga muy a cuento, pero los medios concentrados se encargaron de mostrar sus críticas a la ausencia de la presidenta en la ciudad suiza. Desde considerar que esa inasistencia es peligrosa para el país como el lamento macrista de que Davos «es un lugar en donde tenemos que estar», cosa de no quedar al margen de los que mandan en el mundo. Ese viejo discurso de que no hay que aislarse del mundo.
Más allá de creerse que resulta más conveniente codearse con los ricos y no viajar a La Habana para la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), algo que la historia argentina demuestra como falso, Macri señaló que el encuentro en Europa es como «una ocasión para reflexionar sobre las causas de la crisis económica». ¿Si fuera presidente, iría a Cuba como harán el resto de los presidentes de la región?
Curiosamente –o quizás no– entre las primeras cuestiones que surgieron en Davos está el tema educativo. Así fue que en el 44 Foro Económico Mundial se cuestionó la utilidad de la educación superior, y apareció el consabido discurso de si el gasto en esa área debe ser visto como una inversión o un derroche. El argumento de los popes de Davos es que cerca de 285 mil graduados universitarios estadounidenses no tienen más remedio que trabajar por un salario mínimo y que por lo tanto no vale la pena perder tiempo y dinero en una carrera universitaria. El dato es que la mitad de los graduados estadounidenses termina sus estudios con una deuda media de 30 mil dólares.
«Hace 30 ó 40 años se contrataba a gente graduada a la que se formaba, y ahora se contrata a gente con seis o siete años de experiencia. No tiene nada que ver», señaló Sean Rush, presidente de la ONG Junior Achievement Worldwide. Según el cofundador de Codeacademy, Zach Sims, en algunas licenciaturas «lo que se enseña es irrelevante, porque va desacompasado” con la realidad.
«Claro que vale la pena estudiar –terció Ángel Gurría, secretario general de la OCDE–. Para aquellos que tienen el diploma, la posibilidad de perder el trabajo estadísticamente es mucho menor». Pero el más perspicaz fue el italiano Gianpiero Petriglieri, profesor asociado en la escuela de negocios Insead, radicada en Francia. «Tal vez un título universitario no ofrece la garantía que solía (… pero) lo único que te da una garantía es nacer rico.»
La cuestión de la educación, esencial para cualquier proyecto tendiente a disminuir la desigualdad, no se refiere tanto al por estos días desprestigiado igualitarismo. Se trata, más bien, de que todos tengan en el punto de partida de sus vidas oportunidades equivalentes. Es decir, que Antonia, la hija de Mauricio, no salga a la cancha con semejante ventaja en relación con la hija del cartonero que pasa ahora por la esquina. Cosa de corroborar si los que están en la cúpula de la pirámide tienen méritos, como exigiría una verdadera aristocracia (el gobierno de los mejores), o son solo una banda de arribistas que no dejan crecer a nadie para continuar en la cima, como asegura el saber popular y se desprende del informe de Oxfam.
Tiempo Argentino, 24 de Enero de 2014
por Alberto López Girondo | Ene 1, 2014 | Sin categoría
Como todos auguraban, Michelle Bachelet vuelve al Palacio de la Moneda con un amplio triunfo sobre la derechista Evelyn Matthei. Poco más del 62% de votos tienen la suficiente contundencia como para alentar el proceso de cambio que millones de chilenos esperan. Sin embargo, cerca de 6 de cada 10 ciudadanos habilitados para sufragar prefirieron tomarse el día libre y no fueron a depositar su voto en las urnas. Los conservadores más beligerantes se apuraron a interpretar que era un pobre triunfo el de la representante socialista en la coalición que triunfó el 15 de diciembre. En síntesis, esa es una pálida muestra de una crisis política que atraviesa a toda la dirigencia trasandina. Pero para el conservadurismo, es una pobre manera de pretender ocultar que los cuatro años de gestión del empresario Sebastián Piñera dejaron un sabor amargo incluso entre sus propios auspiciantes.
Como sea, el retorno de Bachelet es también una vuelta de campana para un país que acaba de cumplir cuatro décadas de la dictadura más violenta que debieron soportar sus habitantes en los dos siglos de existencia independiente. Es cierto que la médica graduada en la Universidad Humboldt de la entonces Berlín oriental ya tuvo una primera gestión que le cedió el lugar a Piñera. Pero la fuerza de los hechos le indica a la hija del general Alberto Bachelet –fallecido en un campo de prisioneros de la Fuerza Aérea– que ya no podrá tener un tranquilo paso por el Palacio de La Moneda. De hecho, su programa dista de aquel que la llevó al poder en 2006: está corrido a la izquierda y, además, amplió los apoyos tradicionales de la centroizquierda desde el regreso del sistema democrático y ahora el PC chileno forma parte de la Nueva Mayoría, el nombre que adquirió esta coalición que suplanta a la Concertación que administró el país por 20 años.
El perfume del poder
De la mano de estas nuevas alianzas, las líderes estudiantiles del PCCh Camila Vallejo y Karol Cariola obtuvieron sendas bancas en la Cámara Baja. Lo mismo ocurrió con dirigentes juveniles de otras tendencias como Giorgio Jackson y Gabriel Boric. No es casual que los ejes que planteara Bachelet cuando ganó la interna de NM para un programa progresista de gobierno incluyeran en primer lugar la reforma educativa y la tributaria. Una está íntimamente ligada con la otra; si no se consiguen más recursos, plantear una educación gratuita y de calidad es ilusorio. El otro eje de la propuesta «bachelista» pasa por la modificación de la Constitución, que con algunos parches sigue siendo sustancialmente la misma que el dictador Augusto Pinochet dejó casi como condición para el retorno de la normalidad institucional, en 1990.
Pero el tema de este nuevo período ya deja hilachas en su entorno. Por el olor a nuevos tiempos que se viene, todos se apuran a señalarle candidatos o a ponerle trabas. Por las dudas. Desde sus aliados de la Democracia Cristiana, el ex presidente del partido, Gutenberg Martínez, le envió un mensaje sin dobles sentidos. «Creo que sería un error incorporar al gabinete a miembros del Partido Comunista», dijo el hombre en un reportaje a Radio Cooperativa que levantó polvareda. Porque Martínez deslizó que el PC no representa al modelo de democracia que sustenta la vieja Concertación. Además, dijo, siguen siendo amigos de los Castro.
Bachelet fue clara al respecto y adelantó que la elección de los secretarios de gobierno será su «exclusiva atribución». El PC, en tanto, por boca de su presidente, Guillermo Teillier, dijo que aún no habían decidido si iban a estar «dentro o fuera» del nuevo gabinete, sin dejar de lado algo que es cierto: es una atribución presidencial convocar o no. Pero es interesante decir que la DC fue a internas abiertas con el PS y perdió, mientras que el PCCh apoyó a Bachelet desde esa misma instancia electoral.
Empresarios inquietos
Sin embargo, los sectores inclinados a la derecha dentro de la NM no fueron los únicos que pretendieron condicionar el futuro gobierno de Bachelet. Lo mismo intentaron hacer desde algunas de las más grandes cámaras empresariales, que saludaron diplomáticamente el triunfo incuestionable, pero comenzaron a deslizar que si algo valoran del sistema chileno es lo tranquilos que habían estado hasta ahora. Así, el presidente de la Asociación de Exportadores de Manufacturas, Roberto Fantuzzi, políticamente correcto al fin, dijo que la entidad que dirige no está en contra de ningún cambio, aunque consideró que «si la reforma tributaria para financiar la educación produce paz social, un aplauso cerrado, pero dudo». La filial local del banco de inversión estadounidense JP Morgan tampoco se cuidó de establecer sus pautas y transmitió el mensaje de preocupación por cualquier «programa más radical que lo esperado». Desde la Asociación de Exportadores, Ronald Bown consideró que «una Asamblea Constituyente podría ser una solución, pero no es factible ni en el corto ni en el mediano plazo», mientras que Patricio Crespo, de la Sociedad Nacional de Agricultura, pidió mantener las políticas neoliberales porque «nadie invierte en un ambiente enrarecido». El más exagerado sin dudas fue Sven von Appen, con importantes intereses en la industria naviera, quien amenazó con que si la nueva gestión no acierta en la conducción de la economía, «habría que buscar otro Pinochet». Más aún, consultado por la CNN, consideró que, en el anterior mandato, Bachelet «no hizo mucho en materia económica comparado con los que estuvieron antes de ella, especialmente Pinochet».
Divididos
Con todo, los problemas que enfrenta Bachelet se refieren por ahora sólo a la administración de los deseos y las aspiraciones políticas de sus allegados. Peor la pasa Sebastián Piñera y la derecha chilena en su conjunto, que no acierta aún a entender cómo fue que el gobierno se le escapó de las manos tras solamente un período presidencial. Lejos quedaron los «días de gloria», cuando los 33 mineros finalmente volvían a la superficie luego de 70 días a 700 metros de profundidad, a 8 meses de haber asumido, en octubre de 2010.
Ahora los conservadores llegaron al comicio crudamente divididos, primero porque el ganador de la interna, Pablo Longueira, no tardó ni un mes en anunciar que se retiraba de la contienda por problemas depresivos. Fue entonces que Evelyn Matthei –la hija de uno de los integrantes de la Junta de Gobierno de la dictadura, el general Fernando Matthei, a la sazón colega y amigo en algún tramo de su vida de Alberto Bachelet– presionó a Piñera para ser el reemplazo de Longueira. Luego Piñera presionó a la Alianza, integrada por la UDI y el RN, para que aceptara a su candidata. Pero la mujer jamás logró despegar en las encuestas y apenas pasó la primera ronda.
Fue claro que nadie «salvaría la ropa» cuando en la misma noche de la derrota («la noche de los cuchillos largos», como ironizó alguno) comenzaron a escucharse las primeras y feroces críticas a los responsables del fracaso: Evelyn en primer lugar, pero inmediatamente detrás, el propio Piñera.
Entre las críticas, estuvo en primer lugar la de no haber sabido oír el reclamo de los estudiantes en las calles, que expresaban un cambio de paradigma como no se había vivido desde la vuelta a la democracia. Tampoco registraron que a 40 años de su muerte, la figura del presidente derrocado, Salvador Allende, alcanzaría ribetes de heroísmo en defensa de un modelo que de un modo sanguinario cambió la dictadura.
Esa es una de las razones para que los conservadores ahora estén arrojando por la borda, como un lastre inútil, a los viejos dirigentes que tuvieron participación y simpatías demasiado cercanas con Pinochet. Es el caso del propio Longueira, que ya se había retirado de la candidatura. Pero también anunciaron que se van de la política el ex presidente del Senado Jovino Novoa, el ministro del Interior Andrés Chadwick y el dos veces candidato presidencial Joaquín Lavín.
Curiosamente –o no– esta movida del pinochetismo coincide con el recambio en la presidencia de la Corte Suprema de Justicia de Chile. A 10 años de haber saltado a la fama por haber investigado las cuentas secretas y el origen de la fortuna del dictador Pinochet, el juez Sergio Muñoz Gajardo dirigirá el supremo tribunal chileno.
Muñoz Gajardo inició su carrera judicial en 1982, y, entre sus primeros casos, estuvo la investigación del asesinato de Tucapel Jiménez, líder sindical eliminado por agentes de la policía secreta pinochetista ese mismo año. Liego probó que los Pinochet se hicieron de 24 millones de dólares en forma ilegal.
En estos días, también, la justicia chilena sobreseyó la causa abierta contra el general Matthei, por la muerte de su colega Alberto Bachelet, muerto en 1974 tras una sesión de tortura. Los únicos acusados por el crimen son los coroneles en retiro de la Fuerza Aérea Edgar Cevallos Jones y Ramón Cáceres Jorquera. La querella había sido presentada por la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos pero no por la familia de Alberto Bachelet, uno de los pocos militares que se opusieron al golpe contra Allende y que estaba preso en la Academia de Guerra Aérea, entonces dirigida por Matthei.
La integración regional
En su primer encuentro con la prensa extranjera, Michelle Bachelet envió mensajes bien nítidos hacia el resto de los países latinoamericanos.
Bachelet recordó que cuando se puso en marcha el Arco del Pacífico –antecedente inmediato de la Alianza del Pacífico, que Chile integra con Perú, Colombia y México– el bloque tenía el carácter de un «proyecto comercial hacia la otra ribera del Pacífico, pero nunca como algo contra el Atlántico». Es decir, no era un ariete del neoliberalismo como lo presentan ahora los medios de comunicación concentrados.
Bachelet –la primera presidenta pro témpore de Unasur, con un rol fundamental en la respuesta de ese organismo frente al intento destituyente contra Evo Morales en 2009– recordó que «siempre trabajamos con los gobiernos de Uruguay, Argentina y Brasil pensando en todos los mecanismos de conectividad que permitieran que, a través de los puertos de Chile y de toda la zona del borde del Pacífico de América, pudiéramos ser un puente hacia el Asia Pacífico».
No por nada los primeros saludos de beneplácito por su triunfo provinieron precisamente de los gobiernos de Argentina, Brasil y Venezuela. Pero, aclaró, Chile es miembro asociado de lo que llamó «el Mercosur político», puesto que «en lo comercial tenemos algunos desarrollos distintos que hacen muy difícil que Chile pueda ser un miembro permanente» del bloque atlántico sudamericano. Es que los acuerdos comerciales que el país tiene con el resto del mundo serían un impedimento de peso para acceder al Mercosur.
Entre las primeras cuestiones que deberá abordar en su segundo «inquilinato» en La Moneda figura el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya que el 27 de enero entregará su fallo sobre el diferendo limítrofe con Perú. La mandataria electa ya adelantó que apoya lo «hecho y dicho» por Piñera y que, por lo tanto, acatará lo que se dictamine en Holanda. La piedra en el zapato será, como hace décadas, la salida al mar que reclama Bolivia.
Revista Acción, 1 de Enero de 2014
por Alberto López Girondo | Dic 27, 2013 | Sin categoría
Como se hizo costumbre, el rey Juan Carlos I de Borbón habló por cadena nacional para la celebración de la Navidad. Pero esta vez no fue un mensaje vago sobre el significado de la festividad cristiana y tampoco fue en absoluta cadena: en el País Vasco y Cataluña, por distintas razones, hubo canales que eligieron estar fuera de la emisión. No es para menos: el punto central del mensaje fue el delicado momento que vive España y el incierto futuro que le espera al país ibérico en 2014.
Por eso, Juan Carlos –y siempre en los términos en los que un discurso monárquico puede ser explícito– deslizó conceptos que hablan de lo esencial sin necesariamente ponerle nombre y apellido. Dijo, por ejemplo, que «la dificultad para alcanzar soluciones rápidas (a la crisis económica), así como los casos de falta de ejemplaridad en la vida pública, han afectado al prestigio de la política y de las instituciones».
Todos entendieron que se refería a las causas por corrupción que envuelven a la dirigencia del Partido Popular, el del presidente del gobierno, Mariano Rajoy, acusada de cobros irregulares de aportes empresariales. Pero también el sayo le cabe a su yerno, el ex deportista Iñaki Urdangarín, y la esposa, la infanta Cristina, hija del medio del rey, en un caso de desvío de fondos públicos hacia cuentas personales. El monarca, en ese sentido, se explayó algo más al agregar: «Sé que la sociedad española reclama hoy un profundo cambio de actitud y un compromiso ético en todos los ámbitos de la vida política, económica y social, que satisfaga las exigencias imprescindibles en una democracia.»
Pero a renglón seguido introdujo el otro problema que acosa a la sociedad peninsular: el tema de la independencia de Cataluña, la región más rica del reino pero una de las más castigadas por la deuda. «Hay voces en nuestra sociedad que quieren una actualización de los acuerdos de convivencia», registró el rey. Por eso intentó, en su mensaje navideño, dejar en claro que su apuesta es tratar de mantener la cohesión del país, tironeado no sólo por las ansias separatistas catalanas sino por las de otras regiones que están esperando «ver las cartas» de cómo se resuelva el entuerto entre Madrid y Barcelona para actuar en consecuencia.
«El sistema político que nació con la Constitución de 1978 nos ha proporcionado el período más dilatado de libertad, convivencia y prosperidad de toda nuestra historia, y de reconocimiento efectivo de la diversidad que compone nuestra realidad. Conviene que lo tengamos bien presente, pues a menudo se pretende que lo ignoremos o lo olvidemos cuando se proclama una supuesta decadencia de nuestra sociedad y de nuestras instituciones», recalcó el monarca. No es un dato menor el recuerdo a la Carta Magna que se puso en vigencia a poco de que muriera el dictador Francisco Franco. Bueno es recordar que el tirano, que había tomado el poder a sangre y fuego tras derrotar a los republicanos en la cruenta guerra civil (1936-1939), fue el restaurador de la monarquía y desde ese lugar «intervino» en la sucesión de los Borbones, al punto de designar a dedo a Juan Carlos cuando el trono le hubiera correspondido a su padre, Juan, hijo del último rey, Alfonso XII.
Hace 40 años, el joven príncipe designado tuvo que remplazar por un tiempo a Franco, para entonces un anciano achacoso que no se quería retirar. Y comenzó a desplegar tímidamente algunas ideas de apertura que el propio Franco se encargó de interrumpir ni bien volvió a la gestión.
Un año más tarde, el dictador dejaba este mundo y correspondía entonces sí que Juan Carlos asumiera con toda la pompa. Que no lo fue tanta porque en realidad no remplazaba a un rey muerto sino a un tirano que lo había hecho jurar ante los «sagrados» principios del falangismo.
Los últimos deslices del propio rey (como haber ido a cazar elefantes a África en medio de la crisis, o tener una amante alemana, o permitir que un pariente político hubiese utilizado sus influencias para ganar dinero al margen de la ley) debilitaron su figura tanto como la de la monarquía en su conjunto.
Hace unos meses, el músico Carlos Núñez –tan gallego como Rajoy; José María Aznar, el anterior mandatario del PP; Manuel Fraga Iribarne, el fundador del partido de las derechas españolistas; y el mismísimo Franco– explicaba en términos irrefutables que «la unidad española sirvió mientras había riquezas que repartir». En su concepción de la historia peninsular, Madrid logró mantener la cohesión interna entre vascos, catalanes, gallegos, asturianos y castellanos, entre otros, porque en 1492 se lanzaron «a la conquista del sur», esto es, de las riquezas de los árabes que todavía mantenían el dominio en Al Andalus. Ese mismo año, por esas cuestiones sólo explicables por un golpe de suerte, navegantes bajo la bandera de Castilla y Aragón llegaron a América y hubo otro aquelarre de fabulosas riquezas fluyendo hacia el reino.
Casi cinco siglos más tarde, y cuando del imperio poco quedaba ya que produjera ganancias, nació la efímera Primera República, que duró menos de un año. La Segunda, en 1931, fue más radical y duradera pero terminó con la matanza de más de un millón de personas y dejó un país sumido en la miseria y el atraso más inconcebibles. En total, España fue república por menos de diez años en toda su historia. A esa cifra aludía Juan Carlos cuando hablaba del período más extenso de “libertad, convivencia y prosperidad” de la que disfrutó la nación.
Fue en este período que las empresas con sede en España cruzaron el Atlántico y se quedaron con algunas de las joyas latinoamericanas. Bancos, medios de comunicación, editoriales y empresas de servicios públicos cayeron bajo esta renovada “invasión” española. Eran los tiempos en que Aznar apoyaba un golpe contra el venezolano Hugo Chávez porque así se mostraba más cerca de George W. Bush en el plan de ofrecerse como imperio asociado. Al rey, en esta avanzada, le cabía silenciar a Chávez, como pretendió en una cumbre iberoamericana. Hasta que la crisis económica estalló, y no por casualidad, en Estados Unidos, para echar por tierra los sueños de restauración imperial. También con la posibilidad de grandes negocios que dieran sentido a la unidad, como diría Núñez.
La cuestión catalana es una daga clavada en el futuro español. Los partidos mayoritarios (PP y PSOE) buscan la forma de que el gobierno regional, la Generalitat, no avance con el referéndum planteado para noviembre del año que comienza. O por lo menos, morigerar el resultado. Ni se les ocurre cuestionar a la monarquía. Y es que la institución monárquica fue la única garante de la unidad nacional, como bien se dio cuenta Franco y aceptaron las dirigencias políticas a su muerte. Lo dice claramente, incluso, la Carta Magna.
Al día de hoy es difícil prever qué pasará en Cataluña, porque no es muy factible que la Unión Europea acepte la partición hispana –teniendo tan cerca otra consulta independentista como la escocesa– ni que Cataluña pueda tener el destino próspero que imaginan los más decididos separatistas fuera de la corona.
Por eso en el PSOE ya hay voces que hablan de reformar la Constitución para permitir una amplitud mayor en las autonomías regionales. La vieja lucha entre unitarios y federales, que tanta sangre costó en la historia argentina, no es una novedad tampoco para los españoles. Y los más despiertos entre los aperturistas ya hablan de federalizar la nación para que no se haga trizas en cualquier momento. Grupos de izquierda plantean desde hace tiempo crear una tercera república. Pero no es en esos términos que se planteó el debate. La casa real, a decir de Juan Carlos, está dispuesta a discutir cualquier nuevo «acuerdo de convivencia».
Pero es natural que de dejar el trono ni se habla. Por eso, algunos analistas resaltaron que el monarca haya dejado en claro que no piensa renunciar. El dato, a unos días de que cumpla 76 años, el 5 de enero, es importante. En el año que termina abdicaron Beatriz de Holanda y Alberto II de Bélgica, al llegar a los 75, y tras las sucesivas operaciones a las que debió ser sometido el Borbón, los rumores no cesan. Pero la imagen real y la del sucesor natural, el príncipe Felipe, no dan para intentar ese salto en este momento.
Hace unos días fueron condenados los responsables del vaciamiento de Aerolíneas Argentinas. El principal implicado es Gerardo Díaz Ferrán, otrora fuerte dirigente de la principal cámara empresaria española, nada menos. Mientras tanto, las víctimas del franquismo buscan justicia del otro lado del Atlántico, en la Argentina, porque en su tierra no lo han logrado aún a pesar del tiempo transcurrido.
Todo español de más de 40 años recuerda estos últimos 25 como una era de continua prosperidad, donde el esfuerzo personal parecía tener recompensa y se podía pensar en proyectos. Ahora temen por el futuro de sus hijos ante la amenaza de que privaticen la salud y la educación.
España vivió estos días el azote de un temporal que, entre otros cataclismos, derribó al santuario la Virgen de la Barca, en la Coruña. Al sagrado edificio lo partió un rayo. Para pensar.
Tiempo Argentino, 27 de Diciembre de 2013
por Alberto López Girondo | Dic 20, 2013 | Sin categoría
En la misma semana hubo dos noticias auspiciosas para el proceso de integración regional. La primera se produjo en Chile, donde la socialista Michelle Bachelet, al frente de una alianza de partidos de centroizquierda, obtuvo un contundente triunfo sobre Evelyn Matthei y logró sacar a la derecha del gobierno, tras un interregno de cuatro años. La segunda es que el Congreso paraguayo, finalmente, aprobó el ingreso de Venezuela al Mercosur, con lo cual se destraba una situación que mantenía en estado vegetativo al proyecto atlantista sudamericano.
Bachelet dio fuertes señales en su primera rueda de prensa ante periodistas extranjeros. Habló en ese encuentro para propios y ajenos. A los de «adentro», les dijo que ella iba a ser la que designara al futuro gabinete. Fue en respuesta al ex presidente de la Democracia Cristiana, Gutenberg Martínez, quien en uno de esos exabruptos perfectamente calculados para generar debate, se adelantó a «sugerirle» a la médica chilena –que, vale recordar, ya fue presidenta entre 2006 y 2010– que sería bueno evitar que los socios del Partido Comunista obtengan algún ministerio en la futura administración. Los argumentos son los de siempre entre los sectores de la derecha: que el PCCh tiene rémoras antidemocráticas y que se los ve demasiado cerca del «régimen de los Castro».
Pero en esa rueda de prensa la mandataria electa dio otra señal clara de que, como ya lo hizo en su anterior gestión, apuesta por la integración y no ve con malos ojos a sus vecinos del eje atlantista. Cosa de dar pie a la interpretación de que se puede revivir otro ABC como el que Perón-Ibañez-Vargas intentaron con poco éxito en los ’50, pero ahora con polleras y mejores perspectivas.
Bachelet no sólo fue la primera presidenta pro témpore de Unasur, sino que fue una firme impulsora de la unidad regional. Y brindó un fuerte mensaje institucional en 2009 cuando la intentona separatista-destituyente de la media luna rica de Bolivia. Incluso apoyó la investigación de la Masacre de Pando, lo que significó un definitivo respaldo al gobierno democrático de Evo Morales y la desarticulación definitiva de la derecha golpista en ese país.
Ahora, Bachelet recordó que la Alianza del Pacífico, que Chile integra con Perú, Colombia y México, no estaba pensada para ser un eje de poder que compitiera desde el neoliberalismo con el Mercosur. Pero también subrayó que no sería fácil intentar que Chile se integrara a los socios del otro lado de la Cordillera porque hay pactos –sobre todo de libre comercio internacional– que impedirían ser algo más que «compañeros de ruta» hacia la Patria Grande.
De todas maneras, no sólo desde la DC le quisieron marcar la cancha a la chilena. También algunos sectores del empresariado salieron a decirle que las promesas electorales pueden ser altas y nobles y lúcidas, pero si las quiere llevar a la práctica la cosa no le va a resultar tan fácil, por más votos que tenga detrás. Alguno, como el armador Sven von Appen, llegó a decir sin ruborizarse que si las cosas no iban bien (o sea, si por remover demasiado las aguas se producen olas) se podría volver a necesitar de un Pinochet.
En Paraguay, mientras tanto, se dirimían los tramos finales para el retorno de ese país al Mercosur. Cuando Federico Franco tomó el poder interrumpiendo el gobierno democrático de Fernando Lugo, se encontró con una respuesta inesperada, la suspensión de Paraguay de todos los organismos regionales. Como reacción, pretendió hacer «pata ancha» con ofrecimientos de acuerdos fuera de la región, y lanzó bravuconadas de un toque nacionalista que buscaba argumentos en la historia del Paraguay.
Fue así que el Partido Liberal Radical Auténtico quiso comparar al gobierno de facto con la gesta de José Gaspar de Francia o los López en el siglo XIX. Pero a Franco no le daba la talla para tanto, ni mucho menos el Brasil del PT, la Argentina del kirchnerismo o el Uruguay del Frente Amplio se pueden comparar con la triple infamia de Pedro II de Braganza, Bartolomé Mitre y Venancio Flores.
La aspiración de los dirigentes que más avanzaron en la integración –Lula en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina y primero Tabaré Vázquez y luego José Mujica en Uruguay– era potenciar al Mercosur con la incorporación completa de más países. Además de Chile están en la gatera Ecuador y Bolivia. Pero la piedra en el zapato era Venezuela.
Hugo Chávez tenía para ofrecer una ampliación hacia el norte, que pone a Sudamérica mirando hacia el Caribe. Venezuela, ávida de alimentos –que no produce– tiene energía para ofrecer, algo vital para el desarrollo de algunos países. El único problemita era que para la retrógrada derecha paraguaya, Chávez era un dictador y Venezuela un régimen filomarxista, cruz diablo. Que además, intentaba cooptar a los paraguayos de la mano de Lugo.
Por las reglamentaciones internas, la llegada de un nuevo integrante al bloque tiene que ser refrendada por los congresos de todos y cada una de las naciones miembro. El senado paraguayo demoró hasta al hartazgo los pedidos de Lugo. Más aún, uno de los argumentos para derrocarlo fue que había aceptado firmar sin consulta el Protocolo de Usuahia II, que obliga a los integrantes de la Unasur a respetar el régimen democrático.
Junto con la suspensión de Paraguay –y como muestra de que no se iba a tolerar otra interrupción constitucional en esta parte del mundo– los demás miembros del Mercosur aceptaron el ingreso de Venezuela. Fue un trámite administrativo que dejaba abiertas demasiadas heridas. Mientras tanto, la dirigencia (el establishment) de Paraguay se dio cuenta andando el tiempo de que fuera de la unidad regional nada puede ofrecer el mundo ni a ese país ni al resto de sus vecinos, por más oportunidades que parezca haber dando vueltas por allí. A veces la geografía manda y la cuenca del Plata es una unidad territorial difícil de ignorar. El asunto era cómo arreglar el entuerto generado por el golpe y la ampliación del bloque.
Realizadas las elecciones presidenciales, las primeras en saludar al empresario Horacio Cartes fueron la argentina Cristina Fernández y la brasileña Dilma Rousseff. Y ambas dieron un mensaje claro y explícito: queremos a Paraguay de vuelta con nosotros. Pero no a cualquier precio, sino con Venezuela adentro. Con lo cual había que buscar un mecanismo que salvara el orgullo nacional paraguayo luego de tantos conatos agresivos que el PLRA utilizó para justificarse ante un electorado que había elegido a su aliado Lugo como presidente y ahora presenciaba una traición.
Cartes, obviamente, no es Francia ni los López precisamente. Pero tampoco es Bachelet. Más bien uno lo podría acercar a Sebastián Piñera o incluso a alguien más a la derecha. Las leyes represivas o las que hizo aprobar para desguazar el Estado y privatizar todo lo que privatizable y más no dejan lugar a muchas dudas. Tiene muchos otros defectos en su historial, incluso, pero no el de comer vidrio. Por eso forzó a que los colorados acepten levantar sanciones de «persona no grata» a Nicolás Maduro, al que habían acusado de conspirar con los militares paraguayos cuando era canciller de Chávez para que apoyaran a Lugo en el golpe de 2012. Era el paso previo a la aprobación del ingreso de Venezuela.
Ya no está presente el líder bolivariano, y Maduro consiguió una victoria que lo consolida como su sucesor en las municipales del 8 de diciembre. La derecha venezolana, amistosamente cercana del paraguayo, tuvo que comenzar también un replanteo de sus estrategias para la lucha política. No había mucho más para discutir en el Congreso de Asunción. Por eso, primero el Senado, que era el más reacio, y luego Diputados, aceptaron la incorporación de Venezuela al Mercosur, que es como decir que Paraguay aceptaba volver al bloque regional.
Ahora los medios pueden titular que fue Paraguay el que concedió el ingreso de la República Bolivariana al proyecto de integración nacido en Asunción en los ’90, o que es el bloque el que obligó a aceptar la realidad que se fue alineando en este año y pico en la región. Lo mismo da. Lo concreto es que se percibe un renacer al menos institucional del Mercosur y nuevos aires para una integración que parecía haber perdido cuerpo meses atrás.
Quizás Bachelet no pueda realizar todo lo que prometió y desea. Seguramente Cartes es un empresario mañero que preferiría ganar más amigos en Washington que en el sur del continente. Pero como dicen del otro lado del Atlántico, lo que manda es la Real Politik. Un concepto que tranquilamente puede traducirse como «es lo que hay». Y sobre esa base habrá que seguir construyendo. ¿O alguien tiene otra opción mejor?
Tiempo Argentino, 20 de Diciembre de 2013
Comentarios recientes