por Alberto López Girondo | Jun 13, 2014 | Sin categoría
Que este domingo se juega la posibilidad de alcanzar una paz duradera en Colombia no es un secreto para nadie. Ni para el presidente Juan Manuel Santos, que representa el ala más acuerdista dentro del establishment colombiano, ni del lado de Óscar Iván Zuluaga, el uribista que espera desplazar al mandatario en la segunda vuelta y echar tierra sobre el diálogo que se desarrolla en La Habana.
Tanto es así que luego del triunfo en primera vuelta con un discurso deliberadamente «antipacifista», Zuluaga ahora dice que no es cierto que fomente la guerra eterna. Sólo que pretende imponer condiciones muy duras a la guerrilla para integrarse a la vida política. Un discurso que no da garantías para resolver una disputa que ya lleva 50 años en la tierra de García Márquez, como la propia cúpula de las FARC se encargó de señalar: «No quieren la paz, quieren que nos sometamos.»
El cambio de perspectiva del uribismo obedece no tanto a un enfoque diferente como a la necesidad de sacarse de encima el brulote de que no quiere la paz, algo que parece haberse registrado en las últimas encuestas. Por eso Santos duplica la oferta y anunció el inicio de conversaciones también como el ELN, la otra fuerza irregular que controla parte del territorio colombiano.
Los acuerdos de paz son un trabajoso proceso para poner fin a un conflicto bélico que en 50 años costó más de 220 mil muertos, 25 mil personas desaparecidas y casi cinco millones desplazados, según informes del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) de Colombia. Como toda guerra civil, más allá del precio en vidas humanas y bienes materiales, están las secuelas para una sociedad que quiera encaminarse a la reconciliación. Aquí es donde aparecen los aspectos más miserables de esta cuestión, como es quiénes son los que lograron ventaja en estos años y por lo tanto perderían si el país alcanzara normas de convivencia civilizadas. O sea, quiénes perderían con la paz.
Zuluaga es el delfín del ex presidente Álvaro Uribe, uno de los más interesados en una respuesta militar sin concesiones. Como se recordará, Uribe fue un fuerte defensor de la mano dura contra la guerrilla y sostuvo a rajatabla el llamado Plan Colombia, un acuerdo firmado en 1999 por su antecesor Andrés Pastrana con Bill Clinton para militarizar el país siguiendo los planes estratégicos del Pentágono.
El argumento político para presentar este modelo de ocupación territorial consentida fue la lucha contra los grupos guerrilleros y el narcotráfico. Era un reconocimiento de que el Ejército formal de Colombia no era capaz de derrotar a los insurgentes, de allí que esta ronda de negociaciones que abrió Santos –bueno es recordar que también fue delfín de Uribe, pero luego cambió de postura– haya sido boicoteada por los vestigios de uribismo que circulan entre los pliegues de la burocracia estatal y de seguridad colombiana.
Con la consolidación de las instituciones regionales como Unasur y Celac, la alianza EE UU-Colombia se convirtió en un hueso duro de roer para el resto de las naciones, que rechazan la permanencia en el continente de tropas foráneas y sobre todo de bases con la mayor tecnología que permiten vigilar «y castigar» en muy poco tiempo cualquier movimiento en alguno de los países de la región. Pero también permiten controlar los recursos, un tema que se debatió en Buenos Aires en estos días en un foro de la Unasur.
Como parte de los convenios del Plan Colombia, Estados Unidos se comprometía a aportar 3500 millones de dólares y el gobierno sudamericano otros 4000 millones. En 2007 se firmó una suerte de Plan Colombia II, que implicó luego el asentamiento de siete bases militares en territorio de ese país. Estudios recientes del estadounidense Adam Isacson – integrante de WOLA (Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos, en castellano) y uno de los mayores expertos en temas de defensa, relaciones cívico-militares y asistencia estadounidense hacia la región– señalan que el aporte de Estados Unidos para este proyecto se redujo, por los recortes presupuestarios en el norte, a 400 millones de dólares anuales. De todas maneras, el aparato militar colombiano suma la friolera de casi 500 mil hombres para un continente que desde el encuentro de la Unasur en Bariloche de 2009 se define como zona de paz. ¿Serían necesario tantos el día de mañana?
Otros que perderían con la pacificación son los terratenientes surgidos del abandono de tierras por parte de campesinos corridos por la violencia o directamente amenazados en un contexto de «todo vale». Por eso uno de los puntos más ríspidos de los acuerdos ya logrados en La Habana fue el de la tierra. Y es sin dudas uno de los más resistidos por la oligarquía bélica.
En cuanto al combate del narcotráfico, también en este aspecto hubo acuerdos en el diálogo en Cuba y si existen acusaciones de vínculos con los productores instalados en la selva, lo cierto es que las FARC se comprometieron a romper todo tipo de relación ni bien se seque la tinta con que se firme el documento final de la paz. De todas maneras, según el grupo Colectivo contra el imperialismo, nunca desde que comenzó el Plan Colombia «se persiguió a las grandes empresas transnacionales que trafican los componentes químicos como el permanganato de potasio», un compuesto básico elemental para producir cocaína.
Otra cuestión en danza es la participación política de los guerrilleros. La historia de Colombia es particularmente clara sobre lo que ocurrió en otros tiempos con los milicianos que intentaron reincorporarse a la vida civil: fueron eliminados sin misericordia. Unión Patriótica en los 80 sufrió la baja de dos candidatos presidenciales, decenas de legisladores y unos 4000 militantes. Marcha Patriótica, otra agrupación de izquierda, denunció que una treintena de integrantes fueron asesinados desde la fundación del partido, en 2012. En este caso, es claro que quienes debieran analizar ventajas y desventajas son los milicianos.
Pero incluso si los guerrilleros se insertaran institucionalmente, también deberían hurgar en la historia para decidir los pasos a seguir. Que les cuente el alcalde de Bogotá, el ex miembro del M19 que fue destituido por «desprivatizar» el servicio de recolección de residuos de la capital colombiana. Gustavo Petro se metió con otro de los fabulosos negocios que se reparten los oligarcas colombianos.
La basura es una manera muy eficaz para hacer fortuna en todo el mundo, que fructifica en manos de corporaciones mafiosas de aceitados contactos con el Estado. En Italia, sin ir más lejos, menos de 200 familias controlan la mitad de la gestión de los residuos urbanos en el sur de Italia y gran parte de Albania Bulgaria y Esolovaquia.
En el caso de Colombia, uno de los principales afectados por la decisión de Petro fue William Vélez Sierra, un hombre que amasó su riqueza recostado en el poder y al que se vincula con grupos paramilitares. De hecho quienes lo denunciaron son líderes de grupos fascistas creados para combatir a la guerrilla con armas poco amigables con las convenciones de Ginebra, como Fredy Rendón Herrera, alias El Alemán, Salvatore Mancuso y Jesús Ignacio Roldán Pérez, alias Monoleche.
En el negocio no está solo la recolección de la bolsita familiar anudada en la puerta de cada casa. Está fundamentalmente en el reciclado de material aprovechable en las ciudades y el retiro de contaminantes industriales. Y los Uribe, una familia donde cada uno de sus integrantes tiene al menos alguna denuncia por sus relaciones con el tráfico de drogas o los grupos paramilitares, no se quisieron perder esa veta.
Todavía es recordada la batalla de dos hijos del ex presidente, Tomas y Jerónimo, contra al menos 70 mil familias de cartoneros a los que desplazaron cuando formaron la empresa Residuos Ecoeficiencia SA. «Un grupo de recicladores llevaba cinco años haciendo la recolección de basura en las zonas francas, pero en un mes llega una empresa a hacer ese trabajo, y a las 40 personas que trabajaban les dicen que no vuelvan. Así nos damos cuenta directa de que es la empresa de los hijos del presidente», se quejó entonces Nora Padilla, miembro de la Asociación de Recicladores de Bogotá.
Y si, la cercanía con el poder de los muchachos –laboriosos emprendedores, según los describe el padre– les abrió puertas. Lo mismo le ocurrió a Vélez Sierra. Dos más de las posibles «viudas» que dejaría un acuerdo de paz.
Este contexto se entiende que para los sectores más progresistas de esa sociedad, Santos sea la mejor opción. Será derechista, tendrá un pasado indefendible por los métodos que usó para combatir a la guerrilla cuando ministro de Defensa de Uribe. Pero es lo mejor que hay para cambiar la historia de Colombia por la vía civilizada.
Tiempo Argentino, 13 de Junio de 2014
por Alberto López Girondo | Jun 6, 2014 | Sin categoría
Horas antes de la ceremonia de celebración del 70º aniversario del Desembarco en Normandía, representantes de Estados Unidos y la Unión Europea se vieron en la obligación de amenazar al gobierno de Vladimir Putin por lo que catalogan como «actos de agresión» de Rusia en Ucrania. Moscú se apuró a decir que la declaración, en la que además amenazan con más sanciones, es «cínica». El encuentro del grupo G-7, que burlonamente podría denominarse G-8 menos 1, sirvió para mostrar los dientes de cara al encuentro que no podrán evitar hoy en París para recordar la invasión a territorio galo, el inicio de la recuperación de territorios que habían caído en manos del nazismo en la Segunda Guerra Mundial.
Luego de la caída de la Unión Soviética, es la primera vez que los mandatarios de los países que participaron de la contienda llegan al encuentro con un cuchillo bajo el poncho. Y esa es precisamente la novedad desde que la Guerra Fría comenzó a ser recuerdo. Más de dos siglos después de haberse acuñado el término «Oso Ruso» para alarmar a la población europea atribuyéndole a Rusia unas peligrosas ansias de dominio sobre el resto del continente, Putin se convirtió en el nuevo cuco de medios y dirigencias europeas. Y si fuera por el estado en que se encuentran las relaciones –al menos en el plano visible– Barack Obama, François Hollande, David Cameron y Angela Merkel hubieran debido esquivar el festejo a Putin. Principalmente porque desnuda sus propias contradicciones.
Y ese es justamente un detalle importante para entender por qué, luego de todo lo que se vienen diciendo y de las continuas amenazas de represalias bajo la batuta de Washington, se dan la mano protocolarmente en Normandía como si nada ocurriera.
Es que no haber invitado a Putin luego de que en esa guerra, que se desarrolló en las regiones donde ahora se juegan en gran parte los destinos europeos, hubiese sido una declaración de hostilidades. La última gran guerra unió más por espanto que por cariño a Stalin con Roosevelt, De Gaulle y Churchill. Pero las mayores bajas estuvieron en campos de batalla de la ex URSS –se calcula que hubo allí 20 millones de muertos– y en menor medida en Francia, donde por otro lado gobernaba el régimen pro nazi de Vichy. Salvo los bombardeos a Londres con cohetes V2, Gran Bretaña no padeció ataques en sus territorios. Estados Unidos directamente no sintió el olor a pólvora dentro de sus fronteras.
La OTAN, desde 1991 en adelante, avanzó hacia la frontera de la Federación Rusa con un escudo de misiles en Polonia y los países bálticos y amenazaba con extenderse a Ucrania, otra razón de queja para los rusos. En estas jugadas de ajedrez, el encuentro del G-7, que debió haberse realizado en Sochi, donde se hicieron los juegos olímpicos de invierno, pasó a Bruselas. No era el momento y mucho menos el lugar de mostrarse amigos, cuando en Crimea la situación se ponía cada vez más tensa.
Es así que Rusia, que se había sumado ininterrumpidamente hace 17 años al G-7+1, fue deliberadamente excluida ahora como forma de mostrar el disgusto por su reacción a los acontecimientos en Kiev. «Que les aproveche», dijo despectivamente Putin cuando le preguntaron sobre esa fiesta a la que no fue invitado.
El primer ministro Dmitri Medvedev, en tanto, replicó un documento del G-7 que apoya «operaciones moderadas para el restablecimiento de la ley y el orden» de Kiev en el este del país. «Los llamados siete se refieren a las «acciones moderadas» del Ejército ucraniano sobre su propio pueblo: esto es un cinismo que apenas se puede superar», dijo. Y bastante de razón tiene, ya que entre las tropas que se envían a las regiones pro-rusas hay un alto componente de mercenarios que según las denuncias tienen bastante poco apego a los Derechos Humanos.
La postura anti-rusa de Obama, por otro lado, para algunos suena a impostada, luego de que el año pasado tuvo que recular en su intento de intervención en Siria. Pero dentro de Estados Unidos son muchas las voces que se van sumando en contra del perfil que le está imprimiendo a la relación con Rusia. En uno de los sitios donde se difunden estas críticas, washingtonblog, se anota un detalle a tener en cuenta: «Dick Cheney ha dominado la política de EE UU hacia Rusia durante décadas, y Obama está siguiendo el libro de estrategias de Cheney». Maik Withey, un analista que publica en Information Clearing House, señala a otro estratega de esta política de condena al «Oso Ruso», el ex asesor del presidente Jimmy Carter, el conocido Zbigniew Brzezinski, quien viene repitiendo desde hace décadas que «la cuestión que la comunidad internacional enfrenta ahora es cómo responder a una Rusia que se involucra en el uso flagrante de la fuerza con mayores objetivos imperiales: reintegrar el antiguo espacio soviético bajo control del Kremlin y cortar el acceso occidental al Mar Caspio y a Asia Central».
Cheney había comenzado su carrera en la administración pública con el gobierno de Gerald Ford, el que sucedió al renunciante Richard Nixon. Luego fue secretario de Defensa con Bush padre y más tarde vicepresidente de Bush hijo. Entre una y otra gestión, y como para no quedarse de brazos cruzados, consiguió empleo en Halliburton, una de las proveedoras de servicios para la industria petrolera más grandes del mundo. Cuando Cheney –uno de los halcones republicanos– volvió a tareas gubernamentales, recibió una indemnización de 36 millones de dólares. Pero siguió percibiendo compensaciones por casi 400 mil dólares, aun cuando era vicepresidente. Los millonarios contratos que consiguió Halliburton tras la invasión a Irak seguramente lo justifican.
La «doctrina Cheney» tiene dos pilares, por un lado la Guerra preventiva, que popularizó George W Bush, y por el otro lo que se llamó la estrategia «del lado oscuro». Esto es, de las operaciones encubiertas de inteligencia hechas de tal modo que si algo falla, el presidente pueda decir sin ponerse colorado que no sabía nada de lo que estaba ocurriendo.
El caso Brzezinski es algo más profundo, ya que el ex asesor presidencial es uno de los teóricos en estrategia política más reputados del mundo. Él mismo se considera un discípulo de Henry Kissinger. Ambos comparten una visión y están atravesados por un sentimiento similar sobre lo que debería ser el centro de Europa. Kissinger, nativo de Alemania, tuvo que huir del nazismo con sus padres. Los Brzezinski, huyeron de Polonia y se refugiaron en Canadá. Zbigniew haría carrera posteriormente en Estados Unidos. Cheney y Brzezinski creen en la política de equilibrio de las potencias que pergeñó en el siglo XIX el conde austríaco Klemens von Metternich y la estrategia de la contención que elaboró el estadounidense George Frost Kennan en 1946. En tal sentido, Cheney va un paso más allá y desarrolló la idea del ataque preventivo que popularizó luego George W. Bush. En cualquiera de estos contextos, Rusia es presentada como un enemigo a contener. Un temible Oso a punto de atacar.
Sin embargo, hay algunas particularidades en este análisis. En principio, Putin cuestiona la forma en que la Unión Europea forzó un acuerdo con el gobierno de Viktor Yanukovich y luego lo destituyó –violando acuerdos previos– cuando no pudo avanzar con su propuesta originaria.
Por otro lado, una estrategia de contención a lo Metternich debería implicar el compromiso de los socios europeos hacia un fin común.
Ocurre que la celebración de Normandía servirá de excusa para que Merkel y Putin busquen limar asperezas en torno de la provisión de gas ruso antes de que llegue el invierno boreal. Con Hollande, Putin tiene pendientes contratos para la compra de buques de guerra tipo Mistral por unos 1200 millones de euros. Ni qué decir las críticas que recibió Hollande, que se justifica en que la crisis no permite lirismos.
Mientras tanto, Putin firmó con las autoridades chinas un convenio para proveer de gas durante 30 años al gigante asiático a partir de 2018. El contrato implica un monto de 400 mil millones de dólares, pero en monedas locales. La «desdolarización» del mundo también es una forma de lucha, y de las más contundentes.
Tiempo Argentino, 6 de Junio de 2014
por Alberto López Girondo | May 27, 2014 | Sin categoría
El emperador Constantino, ese nativo de la actual Serbia que a los 40 se convirtió en cristiano y luego haría lo propio en el año 313 con todo el Imperio Romano, se quedó con el cargo de Pontifex Maximus que desde Augusto unificaba la jerarquía divina con la terrenal en el paganismo. Arrastrada a una lenta decadencia, Roma sufriría el acoso de Atila, el rey de los Hunos, en 452 y caería en manos de Genserico, el rey de los vándalos, en 455.
Las desabridas tropas del que fuera el imperio más importante de Occidente durante cerca de medio milenio no tenían ánimo para defender su historia. En ambas ocasiones apareció un obispo que supo cómo detener las ansias destructivas de los invasores y utilizarlas en su favor. Desde entonces, el toscano León I, conocido luego con el apelativo de León Magno, es el símbolo de la resurrección romana, aunque cubierta con el halo de la religión nacida en Belén. Y con el cargo de Sumo Pontífice que antes usaban los emperadores.
Sólo así se entiende que 1000 años más tarde el valenciano Rodrigo de Borgia –miembro de una familia famosa por su ansia irrefrenable de poder– desde la Santa Sede y como Alejandro VI, emitiera, en 1493, las bulas con que repartió la conquista del continente americano entre España y Portugal.
Una institución dos veces milenaria como la Iglesia Católica sabe leer los tiempos que corren, por más que sea heredera de quien respondiera al romano Pilatos «mi reino no es de este mundo».
Por eso entendió que nuevos vientos soplan desde América Latina y designó al frente de la grey a un nativo de esta parte del planeta, un jesuita que entiende como pocos qué cosa es el poder. El polaco Juan Pablo II sabía que el Imperio Americano necesitaba de la ayuda que pudiera brindarle Roma para asestar un golpe mortal al comunismo soviético. Francisco entendió que ahora el que tambalea es el poderío de Washington. Lo terminó de percibir cuando las conversaciones de paz que quería apurar el gobierno de Barack Obama en Medio Oriente iban camino al fracaso.
El argentino Jorge Bergoglio intenta ocupar ese espacio vacante para forzar un nuevo renacer de Occidente buscando un acercamiento entre Israel y Palestina. Si lo logra será más que Gardel y Perón juntos.
Tiempo Argentino, 27 de Mayo de 2014
por Alberto López Girondo | May 23, 2014 | Sin categoría
Siendo secretario de Estado, John Quincy Adams elaboró el 7 de noviembre de 1823 la minuta de una reunión de gabinete del gobierno del presidente James Monroe en la que revelaba las preocupaciones del aún incipiente imperio estadounidense ante la situación europea, y sobre todo, en torno de las recién liberadas naciones latinoamericanas. Según ese informe, se sometió a consideración del cónclave una proposición confidencial del canciller británico George Canning, un viejo conocido de los argentinos.
«El objetivo de Canning parece haber sido obtener alguna promesa pública del Gobierno de los Estados Unidos, ostensiblemente contra la interferencia por la fuerza de la Santa Alianza entre España y Sur América; pero realmente o especialmente contra la adquisición por los Estados Unidos mismos de cualquier parte de la posesiones de España en América», revela Adams. Para agregar luego, crudamente sincero: «Mr. Calhoun (secretario de Guerra) se inclina a dar poder discrecional a Mr. Rush (secretario de la Armada) para unirse en una declaración contra la interferencia de la Santa Alianza, aunque sea necesario obligarnos a no apoderarnos de Cuba o de la provincia de Texas; porque el poder de Gran Bretaña es mayor que el nuestro para apoderarse de ellas, debemos tomar la ventaja de obtener de ella la misma declaración que debemos hacer nosotros». De hecho, como ya se ha publicado en estas páginas, Texas se separó de México en 1835 y su incorporación a la Unión se demoraría unas década más. La de Cuba llegaría a fin del siglo.
El solícito Adams pulió un poco más esa estrategia –que lo llevaría un par de años más tarde a ocupar la Casa Blanca- y en su intervención ante el congreso del 2 de diciembre de 1823, Monroe pudo explicar tres puntos de la doctrina que lo haría famoso: no a cualquier futura colonización europea en esta parte del mundo, abstención de los Estados Unidos en los asuntos políticos de Europa y no a la intervención de Europa en los gobiernos del hemisferio americano. Resumida en una frase que se muestra ambigua al sur de la frontera, pero no del otro lado: América para los americanos. La historia demostraría a quiénes se refiere la palabra americana.
En febrero del año pasado, el presidente Barack Obama cambió a su secretaria de Estado, Hillary Clinton, por John Kerry. El hombre, que perdió las elecciones de 2004 contra George W. Bush, está casado en segundas nupcias con Maria Teresa Thierstein Simões-Ferreira Heinz, nativa de Mozambique cuando era colonia portuguesa y heredera del emporio Heinz, la fabricante de kétchup vendida a Warren Buffet y un grupo inversor brasileño en 2013. Con una carrera dentro del partido Demócrata que puede considerarse como sólida –fue senador por Massachussetts por 28 años- Kerry suele mostrar comportamientos de elefante en un bazar.
Esto quedó claro cuando en un discurso ante la Cámara baja, a casi dos meses de haber asumido, se refirió a Latinoamérica como el patio trasero de Estados Unidos. Desempolvando la misma frase despectiva con que mencionaron a nuestras naciones los líderes más retrógrados de ese país. Esos que, al mismo tiempo, no dudaban en aplicar lo que el mexicano Raymundo Riva Palacio llama el “Corolario Roosevelt”, por Theodore, conocido por su empleo del “Gran Garrote” a principios del siglo XX.
Aquel día de abril de 2013, Kerry pronunció esta frase que lo pinta de cuerpo entero: «El hemisferio occidental es nuestro patio trasero (sic), es de vital importancia para nosotros. Con demasiada frecuencia, muchos países en el hemisferio occidental consideran que Estados Unidos no les da la suficiente atención y, a veces esto es probablemente cierto. Tenemos que estar más cerca y tenemos la intención de hacerlo. El Presidente (Obama) viajará pronto a México y luego hacia el sur, no recuerdo qué países, pero él irá a la región».
El revuelo fue tan grande que en noviembre pasado, en un discurso ante la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington, debió explicar que «la era de la Doctrina Monroe ha terminado». Luego fue más específico: «La relación que buscamos, y para cuyo impulso hemos trabajado duro, no se trata de una declaración de Estados Unidos acerca de cómo y cuándo va a intervenir en los asuntos de otros estados americanos. Se trata de que los países se perciban unos a otros como iguales, de compartir responsabilidades, de cooperar en cuestiones de seguridad”.
En esa ocasión el tema Venezuela no estuvo ausente, y tampoco el bloqueo a Cuba. En ambos casos, Kerry se desmintió de inmediato, manteniendo las justificaciones tradicionales de los gobiernos habidos en Washington desde Monroe. El problema es que el Capitolio obedece a los mismos paradigmas. Solo que ahora los más firmes defensores del intervencionismo son gentes de origen latino como Bob Menéndez o Marco Rubio, demócrata uno, republicano el otro, los más enfervorizados anticastristas y, en consecuencia, los más furibundos antichavistas.
Fueron Menéndez y Rubio quienes impulsaron la votación en sendas comisiones del congreso estadounidense que abre la posibilidad de sanciones a dirigentes venezolanos, a quienes acusan de atentar contra la democracia ante la ola de protestas desatadas desde febrero pasado. En un viaje a México que culminó anteayer, Kerry habló de la «impaciencia» en la región por la situación en Venezuela y del «fracaso total» del gobierno de Nicolás Maduro para resolver la crisis. Luego de reunirse con su par mexicano, José Antonio Meade, Kerry abundó en que la batería de sanciones contra Venezuela están a la espera de que «haya movimientos en la mesa», pero negó que todas estas consideraciones fueran, como sostiene Caracas, «una actividad injerencista” en el país sudamericano. El propio Meade había confiado meses antes que en su primer encuentro con el secretario de Relaciones Exteriores de Obama notó que «no estaba enterado de los asuntos bilaterales». No se sabe si el mexicano cambió de idea.
Este fin de semana será muy ajetreado en regiones clave del planeta, en algunas de las cuales Monroe había jurado que no se meterían. En Ucrania se enfrenta Europa con el renacido poderío que representa el gobierno de Vladimir Putin. El mandatario ruso fue hasta Beijing a firmar un acuerdo con China para la venta de gas que le despeja el camino ante la pérdida de sus clientes europeos por la situación en territorio ucraniano, en la fortificación de una alianza que parecía destinada a cuestiones comerciales pero promete más.
Pero Europa también tendrá sus propios problemas. Y la elección de europarlamentarios aparece en medio de dudas que preocupan a más de cuatro por el avance de sectores de la ultraderecha que como el viejo Jean Marie Le Pen, hasta se atreven a reclamar la intervención de un virus mortal como el Ébola para terminar con el problema de la inmigración africana. Lo peor es que el partido que regentea ahora su hija marcha en primer lugar en las encuestas.
En el Patio Trasero, en tanto, las fichas de Washington están puestas en la disputa que enfrenta en Colombia a dos postulantes de la derecha. Uno, el actual presidente Juan Manuel Santos, de una derecha acuerdista que ofrece como principal argumento la posibilidad muy concreta de poner fin a más de medio siglo de matanzas mediante un acuerdo de paz con la guerrilla. El otro, delfín de Álvaro Uribe, que cuestiona las negociaciones y solo ofrece como opción el exterminio del rival.
La brutalidad y falta de ética de la campaña electoral- campaña delincuencial, la llamó Santos- es una muestra de lo que se juega en el país de García Márquez. Un territorio en que Estados Unidos tiene siete bases militares, tras los convenios firmados entre Obama y Uribe en 2009, desde donde sus tropas amenazan a toda la región.
En Venezuela, en tanto, los cancilleres de la Unasur anunciaron una reunión en Galápagos para tratar de estas primeras y difíciles negociaciones entre la oposición y el gobierno de Nicolás Maduro. También acá los señores de la guerra apuestan al conflicto, que justificaría las sanciones que los Rubio y Menéndez pretenden desde Washington. Un fracaso en la intervención de Unasur será pagado políticamente por el organismo sudamericano y también por Maduro. Eso a es lo que se juega la oposición, incapaz de terciar en la política venezolana sin ayuda foránea.
Se refería Canning a los proyectos de la Santa Alianza –aquel tratado de 1815 de los monarcas de Austria, Rusia y Prusia firmado tras la derrota de Napoleón– para la reconquista de Sudamérica por los borbones españoles, un operativo en favor de la testa coronada de otro conocido nuestro, Fernando VII.
Tiempo Argentino, 23 de Mayo de 2014
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