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Un reino que ni Harry Potter podría mantener unido

No menos de medio millón de catalanes salieron ayer a copar las principales calles de Barcelona en un claro mensaje hacia Madrid, que se niega a autorizar su referéndum independentista para el 9 de noviembre, y con los ojos puestos al otro lado del Cantábrico, donde los escoceses les marcan en cierto modo el camino con su propia consulta el jueves que viene. Desde allí, sin embargo, llega una imagen que no quieren repetir.

Es que una táctica equivocada y la profundización de la política de recortes presupuestarios llevaron a que a seis días del referéndum en Escocia, este territorio históricamente enfrentado con Inglaterra haya producido una crisis política impredecible que se reflejó en lo que se podría llamar el «efecto tartán», con la caída de la libra y el desplome en la bolsa, arrastradas por lo que se juega en la patria de William Wallace, el héroe vestido con el tradicional kilt de tela de entramado de colores tribales –que eso es el tartán– llevado al cine por Mel Gibson en 1995 en Corazón Valiente.

La difusión de encuestas con un final cabeza a cabeza llevó a la desesperación a la dirigencia política británica, que a última hora puso como líder de la campaña por el No a un nativo de Escocia como el laborista Gordon Brown, que fue primer ministro y confían en que podría inclinar la balanza entre los aún indecisos para la consulta del 18 de setiembre. Pero al mismo tiempo desplegaron todo tipo de promesas y amenazas como para que los «scottish» no vayan tranquilos a las urnas.

Cuando en octubre de 2012 los primeros ministros David Cameron y Alex Salmond firmaron el acuerdo para al referéndum el mundo era otro. El inglés miraba sondeos que daban un 60% de escoceses a favor de mantenerse en el Reino Unido y se dio un par de lujos –pecado de soberbia o Hybris, diría algún griego– que ahora lo hacen maldecir la falta de perspicacia personal y de Westmister, la sede del parlamento británico. Y que asustan en La Moncloa, la sede del gobierno español.

En ese momento Londres dejó en manos de la legislatura escocesa la forma en que se iba plantear la cuestión al electorado y aceptó solo dos preguntas, eliminando la posibilidad de que además de decidir por Sí o por No se pudiera proponer mayores poderes para el gobierno local pero dentro del Reino Unido. A la vez, dejó de lado ciertas trabas legales y ya no hace falta la aprobación de Westminster, como pedía una ley de 1998 –que bueno es decirlo, ya había aprobado mayor autonomía a la región– para eventualmente modificar la constitución hacia una separación formal.

Los nacionalistas decidieron entonces que el plebiscito coincidiera con el 700 aniversario de la Batalla de Bannockburn, cuando las fuerzas escocesas lideradas por Robert the Bruce –Wallace ya había sido bárbaramente torturado hasta la muerte en un tenebroso espectáculo público– derrotaron a los invasores ingleses. En pueblos tan tradicionales como los de esta isla, el dato es otra señal para arrastrar voluntades tras de un símbolo del orgullo nacional.

Cameron había llegado al gobierno mediante una alianza de los conservadores con los demócratas liberales de Nick Clegg para derrotar al laborismo, desgastado tras la gestión de Brown. Ahora, esos mismos personajes se agarran la cabeza tratando de «salvar la Unión». Es así que el ex líder laborista se apersonó a prometer a sus connacionales que Londres está dispuesto a brindar más libertades para que los escoceses sigan «perteneciendo», la opción descartada dos años atrás. Y a abrir la mano para mantener lo que queda del «Estado de bienestar».

Lo que está en juego no es apenas la tradicional disputa entre ingleses y escoceses que la vestimenta de tartán recuerda a cada paso. En los finales de los 70 y los inicios de los 80 el thatcherismo arrasó con las industrias británicas tras doblegar a los mineros del carbón. Muchas de las minas estaban en Escocia, que al igual que las acerías de Glasgow, cerraron por la política económica neoliberal. Los más viejos recuerdan aún que nunca los escoceses votaron a favor de esas decisiones. Siempre en el norte ganaba el laborismo. Los diputados escoceses a Westminster son poco más de medio centenar, acompañados de un solo torie. Pero ni antes ni ahora pudieron mucho contra las mayorías de otras regiones, atadas a políticas de ajuste con gobiernos de derecha como laboristas desde Tony Blair en adelante.

Eso creó resquemores y en la última década los laboristas fueron perdiendo credibilidad hasta que en 2007 por primera vez el Partido Nacional Escocés (PNE) llegó a la Casa de Saint Andrews, la sede del gobierno local en Edinburgo. Las cartas que mostraba Salmond eran claras pero era difícil que las vieran en Londres.

El ministro principal planteó el rechazo a los recortes y trató de mantener como pudo el servicio de salud y de educación. No se puede decir que sea de izquierda, pero no duda en apoyar el «welfare state», un dato clave en estas circunstancias. Los estudiantes, por ejemplo, no pagan para graduarse, con lo que tras los «hachazos» presupuestarios, muchos ingleses cruzan hacia el norte para estudiar en universidades escocesas. Igualmente ocurre con la salud: no son pocos los que emprenden el viaje en los excelentes trenes británicos para curarse en el país celta.

A favor de la independencia de Escocia fueron apareciendo luego otras motivaciones de peso. El Mar del Norte guarda una fortuna en barriles de petróleo y una cantidad inestimada aún de gas en sus entrañas que serían el principal ingreso del nuevo país y lo catapultarían a convertirse, el menos en producto per cápita, en uno de los más ricos de Europa.

El ingreso petrolero serviría, según los promotores del Sí, para paliar los recortes votados en Londres y construir un país diferente. Por eso los unionistas y sus medios afines –que son todos, incluso los del polémico Rupert Murdoch, que solía apoyar antes a Salmond– lanzaron una verdadera guerra contra la secesión. Y acusan al ministro principal escocés de mentir en casi todo, incluso en la cantidad de oro negro que queda en el mar.

Desde la capital británica ahora doblan la apuesta. Por un lado aseguran que los escoceses deberán hacerse cargo de pagar servicios de defensa para pertenecer a la OTAN y otros gastos burocráticos por una suma que supera los 30 mil millones de libras al año. Además deberían ver qué hacen con la moneda, porque no están dispuestos a compartir la libra con ciudadanos tan esquivos.

No fue casual que la última cumbre de la OTAN se hubiese realizado la semana anterior en Gales. El tema a tratar era la conformación de una alianza para combatir a los extremistas del Estado Islámico. El mensaje del presidente estadounidense Barack Obama y del propio Cameron fue claro: «¿Cómo piensan defenderse los escoceses de las amenazas del terrorismo islámico si quedan fuera de Gran Bretaña?» ¿Será casual también que Obama haya anunciado la ofensiva contra los yihaidistas del Estado Islámico este martes? Tampoco resulta casual que las mayores empresas con sede en Escocia hayan anunciado cierres y despidos masivos si se aprueba el Sí.

Los sondeos dan un final electrizante. Por eso las amenazas desembozadas y las promesas de última hora. Perdidos por perdidos, ricos y famosos dieron también la cara en la campaña por el «No tanks». Es el caso de la escritora J.W Rowling, la célebre autora de la saga de Harry Potter, que propone mantenerse unidos al reino. No pudieron revivir a otros famosos escoceses como Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson, creadores de Sherlock Holmes y del Doctor Jekyll y su contracara, Mister Hyde. Pero apelan al recuerdo de 300 años de unidad y la construcción conjunta del imperio para mantenerse en la Unión.

Lo que no queda claro es como quedaría Escocia con la independencia. En todo caso es una respuesta que, como la catalana reflejada ayer en la Diada –300 aniversario de la caída de Barcelona ante las tropas borbónicas– se expresa ante decisiones impuestas en los centros de poder a espaldas de la ciudadanía.

El resultado, en todo sentido, es incierto ¿Qué pasa si la diferencia es mínima, o si hay empate? Tal vez Harry Potter pueda hacer algo al respecto. La reina Isabel II, por ahora, se mantiene en silencio. Después de todo, nadie habla de abandonar la monarquía ni dejar a los miembros de la casa Windsor en la calle. Pero no sólo en Cataluña miran hacia la tierra del tartán con expectación.

Tiempo Argentino
Setiembre 12 de 2014

Europa se revoluciona con las ansias independentistas de Escocia y Cataluña

La autonomía que tiene Escocia bien se la podrían envidiar otras regiones que buscan la independencia, como es el caso de Cataluña sin ir más lejos. Tiene su propia bandera, su sistema legal y en los certámenes deportivos sale a la cancha con sus propios equipos. Podría pensarse que ahora va por más y desde el continente americano se le podría decir para cuándo la república. Pero este no es el caso. Lo que buscan los escoceses –al menos por ahora– es quizás un lugar en las Naciones Unidas y la Unión Europea y dejar de responder a las órdenes de Westminster. Pero ni hablar de salirse de la monarquía. «Es una costumbre milenaria», se justifican incluso los más adelantados ideológicamente. «Sería algo así como Canadá o Australia», explican.

El Acta de Unión de 1707 fue el acuerdo por el que ambas monarquías decidieron marchar juntas a la construcción de un imperio, como se encargó de formar la reina Victoria en el siglo XIX. Pero las dos naciones ya compartían monarcas desde un siglo antes. De manera que Isabel II y la dinastía Windsor pueden respirar tranquilos.

Británicos al fin, los escoceses no parecen estar en un clima preindependentista como se solía hacer en otras épocas no tan lejanas. Épocas que incluso acostumbraban terminar en guerras feroces. Nada que ver con la historia de William Wallace: las calles siguen tan despejadas y las paredes tan limpias como antes. Apenas algún que otro sticker en las ventanas. Un «Sí» en medio de la cruz de San Andrés blanca sobre fondo celeste de la bandera escocesa. O un simple «No thanks» (No, gracias) en rojo. En las plazas y parques más céntricos algúna mesa con folletos y un puñado de jóvenes con una bocina amplificadora que vocean su oferta.

El partido del primer ministro Alex Salmond no llega a ser de esa derecha que se podría identificar con el nacionalismo, pero tampoco de izquierda. Defiende el estado de bienestar (un concepto muy en disputa por estos días en las tenidas que hay en los medios) pero no habla de otros planes para el reparto de la fortuna derivada de un control total de los hidrocarburos. Tampoco dice cómo se haría. Sí plantean que en una Escocia independiente no habría lugar para armamento nuclear, como pretende mantener la OTAN.

En la derecha tradicional, que se encuentra contenida en los conservadores, la opción es clara por el No. Pero también adhiere a esta propuesta el Partido Comunista, que no es muy grande, pero tiene su influencia. Su posición es que para la clase obrera británica, es mejor dar pelea desde un país unido como hasta ahora, que la división no es beneficiosa para el movimiento obrero.

Los movimientos socialistas, enrolados en el Partido Socialista, también de escasa adhesión, proponen en cambio el voto por el Sí. Dicen que es clave para ellos el modelo de ajuste que Londres decide desde Margaret Thatcher y que Westminster aprueba sin importar el partido con el que se llegue a Downing Street 10, la residencia del primer ministro. De hecho, este partido es un desprendimiento del laborismo de los inicios del gobierno del laborista Tony Blair.

A la visita a Edimburgo para hacer campaña por el No del líder laborista Ed Milliband, que sucede a la del ex premier Gordon Brown, se le suma la de Nick Clegg, demócrata liberal y aliado del gobierno, y del conservador primer ministro David Cameron. Llegan justo para la Diada catalana, la celebración de la caída de Barcelona ante las tropas borbónicas tras 14 meses de sitio durante la guerra de la Secesión española, el 11 de septiembre de 1714. Desde Escocia ese acto que se supone multitudinario, es visto con mucha atención. Ni qué decir de lo que esperan los catalanes del 18 de setiembre, teniendo en cuenta el rechazo de Madrid a aceptar al referéndum anunciado para el 9 de noviembre.

Tiempo Argentino (desde Edinburgo)

Setiembre 9 de 2014

La maquinaria de sangre no se detiene

Paul Craig Roberts es un viejo conocido de esta columna. El hombre, que ya pasa los 75 años, es un liberal de los que ya casi no quedan. Es decir, es de derechas, pero cree firmemente en las libertades individuales. Vale la pena leer las reflexiones de este republicano que formó parte de la administración de Ronald Reagan como subsecretario del Tesoro y algunos lo consideran como uno de los creadores de la desregulación a ultranza de la economía, lo que se llamaría «reaganomics». Porque allí despliega su recelo sobre la tendencia que Estados Unidos mantiene en la última década, más precisamente desde los atentados a las Torres Gemelas, de cercenar derechos que para los «padres fundadores» de la nación eran sacrosantos. Sin dejar de ser un anticomunista convencido por ello.
Por eso Roberts titula el más reciente artículo en su sitio web http://www.paulcraigroberts.org/ como «Los leninistas en la Casa Blanca», en referencia al líder de la revolución soviética Vladimir Illich Lenin, quien instauró la dictadura del proletariado –mediante «el uso ilimitado de la fuerza y sin regla alguna», considera– en la Rusia zarista hace casi un siglo. Pero en el fondo no es sino una forma irónica de dar cuenta de la realidad actual de este Estados Unidos que Barack Obama gobierna desde 2009.
La última manifestación de este «leninismo», para Roberts, sería «el anuncio de Washington de que no ha planeado coordinar los ataques de EE UU al grupo yihadista en territorio sirio con el gobierno de Damasco: Washington reconoce no tener limitaciones para el uso de la fuerza, y que la soberanía de los países no le provoca inhibiciones». Y añade que en Washington «la coerción ha suplantado las reglas de la ley».
Los ejemplos que anota el economista son conocidos para cualquiera que lea lo que ocurre en el cercano Oriente con cierta asiduidad. La invención del ahora llamado Estado Islámico (EI) es obra de Estados Unidos, que armó a grupos extremistas islámicos para combatir contra el gobierno de Bachar al Assad y ahora, según su interpretación, se le dieron vuelta. A esta altura de Obama en el Salón Oval, es difícil creer que se trata de errores en continuado como los que habrían cometido en su momento sus antecesores cuando apoyaron a los talibanes contra los soviéticos en Afganistán y luego tuvieron que elevar el cuco de Al Qaeda a la categoría del mayor mal para la civilización occidental.
Ese es el mismo lugar que ahora ocupan los yihadistas de Siria e Irak, en una jugada geopolítica que convierte en accesible a una región hasta no hace tanto vedada a las aspiraciones intervencionistas del Pentágono por la fuerte resistencia de Vladimir Putin a abandonar a su socio estratégico. Pero que ahora encontró la excusa ideal en las brutalidades que los extremistas muestran en los medios. Pero hay al menos tres preguntas por hacerse: ¿antes no eran tan brutales?, ¿no será que fueron entrenados para serlo?, ¿quién puede constatar fehacientemente qué tan inhumanos son?
Cierto, hace unos días se reveló un video que exhibe de un modo especialmente horroroso la decapitación del periodista estadounidense James Foley. El gobierno de Al Assad salió a decir que Foley, que desde 2012 estaba en manos de los grupos islámicos que combatían inicialmente en su contra, había sido asesinado el año pasado. El periodista era un free lance, o sea que trabajaba por las suyas, aunque antes de ese menester había colaborado con organizaciones no gubernamentales, entre ellas Teach For América y la conocida USAID. Pero también había colaborado con publicaciones militares.
Foley podría haber proporcionado al resto del mundo información de primera mano sobre lo que ocurría en ese andurrial del mundo que ahora preocupa a los líderes de Europa y de Estados Unidos. Su muerte podría interpretarse entonces como una pérdida para tener buena información, que es lo que no abunda en ninguna de las nuevas guerras imperiales. ¿Por qué creer a los informes oficiales, que hasta no hace tanto hablaban loas de los «luchadores por la libertad» que peleaban por la democracia conculcada por Al Assad y que repentinamente se convirtieron en la encarnación del diablo?
En estas semanas, el pueblo de Ferguson se levantó contra un caso de gatillo fácil racial de un policía blanco en contra de un chico de 18 años, Michael Brown. Luego de medio siglo de aplicación de las leyes antidiscriminatorias y de la elección del primer presidente de origen afro en Estados Unidos, no es mucho lo que se avanzó en ese tan sensible tema. De hecho, en los años ’60 Ferguson, un suburbio de Saint Louis, Missouri, tenía más de un 70% de población negra. Pero ante el cambio de paradigma, hubo emigraciones masivas para no compartir los mismos colegios y establecimientos sanitarios. Ahora la proporción se invirtió con el agregado de que ese casi 70% de negros debe convivir con policías que en abrumadora mayoría son blancos.
Los negros en ese país pueblan las cárceles y resultan víctimas de más procesos judiciales que cualquier blanco. Además, tienen menores oportunidades de trabajo y cuando lo consiguen suelen ganar menos. Los latinoamericanos se están convirtiendo en la minoría étnica más populosa y padecen muchos de esos mismos problemas o más aún. Pero además, suelen ser inmigrantes ilegales, con lo cual sus padecimientos se incrementan.
El ya mencionado Roberts aporta datos espeluznantes sobre el funcionamiento de la justicia estadounidense. Sólo el 4% de los casos de delitos llegan a juicio, señala el economista. La razón es que el 96% de los imputados prefiere negociar un arreglo con la fiscalía para no llegar al estrado judicial. Lo que los convierte en los culpables adecuados cuando su único delito es la portación de piel. «Una vez que se le provee de un abogado, el acusado aprende que su letrado no tiene la menor intención de defenderlo ante un jury. El abogado sabe que las chances de que el tribunal lo encuentre inocente van de escasas a nulas. Y los fiscales, con el consentimiento de los jueces, inducen a los testigos a dar falso testimonio, tienen permitido pagar con dinero y dejar caer pruebas contra los reales criminales y extravían evidencia favorable al acusado.» ¿Las razones? Hay una burocracia judicial que necesita funcionar con rapidez y mostrar una eficiencia que tranquilice a la población. La solución fiscal apura resultados –más allá de la verdad verdadera– y al fin del día cada delito encuentra un culpable. Por otro lado, los fiscales, que son cargos electivos, pueden ostentar records que a la hora de los votos, «garpan».
La maquinaria legal tiene otra pata no menos siniestra: las cárceles privadas, que necesitan estar llenas para ser rentables. Como será de brutal ese sistema penal-judicial-empresarial que en febrero de 2009 dos jueces de Pensilvania, Mark A. Ciavarella Jr. y Michael T. Conahan, fueron encontrados culpables de haber recibido 2,6 millones de dólares en sobornos para enviar a prisión casi 5000 niños que, en la mayoría de los casos, reveló entonces la periodista Amy Goodman, nunca habían tenido acceso a un abogado. «El caso ofrece una mirada extraordinaria a la vergonzosa industria de las cárceles privadas que está floreciendo en Estados Unidos», escribió entonces Goodman, conductora del programa Democracy now!
David Stockman, otro ex miembro del gabinete Reagan, trajo a colación días pasados en su sitio Contracorner que «hace exactamente un año, Obama propuso darle una paliza a Al Assad porque supuestamente había desencadenado un feroz ataque químico sobre sus propios ciudadanos». Ahora, señala el ex director de la Oficina de Presupuesto de los republicanos, «la Casa Blanca está amenazando nuevamente con bombardear Siria, pero esta vez el objetivo de «cambio de régimen» se amplió e incluye «a ambos lados», esto es, al gobierno y a los yihadistas. Días pares uno, días impares otro, ironiza.
La maquinaria del horror necesita alimentarse de sangre. Y así como las camas de una prisión deben estar ocupadas para hacer rentable al negocio, la industria de la guerra no puede detenerse para que Estados Unidos no caiga en la recesión.
Ese es el país excepcional con el que Obama intenta justificar las intervenciones bélicas y las acciones judiciales. Y esas son las instituciones por las que en la Argentina muchos dirigentes y medios de comunicación suspiran embelesados.

Tiempo Argentino, 29 de Agosto de 2014

Argentina en el escenario de otra guerra mundial

Peter Koenig fue funcionario del Banco Mundial durante tres décadas. Especializado en medio ambiente y recursos hídricos, es autor de varias publicaciones, entre ellas «Implosión» y una más reciente, «Treinta mentiras acerca del dinero». Suele publicar en su blog y le reproducen medios de todo el mundo. A principios de agosto, Koenig había recomendado a la Argentina directamente desobedecer los fallos del juez Griesa, a los que calificó de desmesurados pero sobre todo inscriptos en el marco de una condena política hacia el país. Se preguntaba si este entuerto con los fondos buitre y el fallo judicial ocurre porque «Argentina no se alinea con la política exterior estadounidense, (o) no suscribe a la excepcionalidad de Washington (ni) se somete a las ilusiones de la supremacía de Obama».
Duro, el economista tilda de «Rey desnudo» al mandatario estadounidense y de «muñecos sin alma» a los dirigentes de la Unión Europea. Dice más Koenig. Dice que «la Casa Blanca está siempre inmersa en una cegadora miopía de sanciones y castigos». El miércoles, el ex Banco Mundial vuelve a tomar en cuenta la situación argentina, a la que conoce al dedillo por lo que se ve. En este nuevo artículo analiza un pedido de Bruselas para que los países latinoamericanos no le vendan alimentos a Rusia, que decidió no comprar en Europa a raíz de las sanciones impuestas bajo presión del gobierno de Barack Obama. «Argentina se reirá de dicha solicitud ridículamente estúpida de la UE –escribe Koenig– (y esto es) bueno para Rusia –y bueno para Argentina, Brasil, Chile, Perú y otros– para finalmente escapar de las garras del imperio depredador de Washington y seguir el camino de la independencia, es decir, hacia una nueva área de la soberanía económica y sistema monetario mundial.»
El planteo es que Estados Unidos está intentando salvar a como dé lugar el imperio del dólar, recurriendo a todo tipo de artimañas. Y que en este contexto, los europeos se comportan de un modo mezquino, porque metidos como están en una solapada guerra para defender el euro, sacrifican cualquier respuesta digna con tal de no incomodar a Washington.
«¿No pueden ellos –la UE– ver la luz después de que Xi Jinping, el presidente de China, viajó a Alemania para ofrecer a (Angela) Merkel facilidades para una nueva Ruta de la Seda entre Berlín con Shanghai? Un extraordinario potencial para el desarrollo económico a través de Asia, lejos de la guerra en descomposición impulsada por la economía de Washington, el Pentágono y el sistema financiero ultracorrupto dominado por Wall Street, la FED y el BIS (Banco de Pagos Internacionales)?» Según Koenig, los BRICS podrían ofrecer como nueva moneda de reserva y comercio internacional a una divisa combinada, el Ruyuan o el Yuanru, por el rublo y el yuan. Y se entusiasma con que «Argentina podría convertirse en el primer país en liberarse del mazazo económico de la inmoral Estados Unidos y al mismo tiempo celebrar acuerdos comerciales con Rusia y China (ya que) en la actualidad el 90% del comercio exterior de Argentina se lleva a cabo fuera de la esfera del dólar estadounidense».
Recuerda el analista como antecedente que cuando un tribunal estadounidense castigó al banco francés BNP Paribás con una multa de 9000 millones de dólares por comerciar con Irán, el Banco Central galo comenzó a negociar con el Banco Central chino para establecer swaps euro-yuan, «dejando de lado el dólar y los bancos de Nueva York», como Argentina hizo hace poco con el gobierno de Beijing.
El tema del comercio con Irán y con Irak es central para entender lo que ocurre en esa región del mundo desde hace un cuarto de siglo al menos. Pero para hablar del rol del dólar como moneda internacional hay que retrotraerse a unos años antes, cuando a principios de los ’70 el gobierno de Richard Nixon tomó dos medidas que perfilarían el mundo que hoy conocemos y que se resiste a morir.
Señala el especialista en temas energéticos Marin Katusa en el sitio (refugio seguro) que una de esas medidas fue eliminar la convertibilidad del dólar con el oro. Desde entonces la moneda estadounidense dejó de tener el respaldo del dorado metal. La otra decisión fue consolidar al dólar para la compra-venta internacional del crudo. Con «ese monopolio sobre el importantísimo comercio petrolífero el dólar estadounidense se convirtió, lenta pero firmemente, en la moneda de reserva para el comercio mundial de la mayor parte de bienes y servicios. Luego, vino la demanda masiva de dólares estadounidenses, lo que impulsó el valor del dólar al alza, hasta que se disparó.»
Fue en este contexto que la maquinita de imprimir dólares se disparó y comenzaron a «sobrar» en el mercado financiero, al punto que forzó la toma de crédito en varios países, entre ellos Argentina, lo que generó parte de la crisis que ahora se padecen en tribunales neoyorquinos.
«Fue el principio de algo magnífico para Estados Unidos, aun cuando el resultado fuera tan artificial como la burbuja inmobiliaria estadounidense, y en todo caso constituye el pilar fundamental de la apreciación del dólar estadounidense», reseña Katusa. Hasta que al final «del año 2000, Francia y otros miembros de la UE convencieron a Saddam Hussein de que desafiara el mecanismo del petrodólar y pasara (los fondos del plan de la ONU) Petróleo por Alimentos a euros, no en dólares».
Por entonces, la moneda europea estaba de estreno y se proponía convertirse en la nueva estrella para el comercio internacional. «Es más que probable que Estados Unidos hará uso de los numerosos medios de que dispone, incluidos los extraeconómicos, para impedir un paso masivo de la utilización del dólar a favor del euro», advirtió sin embargo Olga Butorina, del Instituto de Europa de la Academia de Ciencias, al periodista español Rafel Poch en La Vanguardia, en enero de 2003. “El ‘debilitamiento de la Eurozona’, sin reparar en medios, va a ser una de las líneas maestras de la política americana, e, incluso, ‘la condición estratégica para la supervivencia de Estados Unidos como líder geopolítico mundial’, pronostica Mijail Deliaguin, director del Instituto de problemas de la globalización de Moscú», agregaba Poch.
Mauro Casadio, James Petras y Luciano Vasapollo publicaron en 2006 «Potencias en conflicto: la pugna por la hegemonía mundial» donde resaltaron que «a través de la guerra del dólar contra el euro, las crisis locales dirigidas por los norteamericanos y la administración de la New y Net Economy en el contexto general de la financiación de la economía es como los EE UU buscan esconder su crisis y jugar en estos últimos años sus cartas para sofocar los objetivos de afirmación y expansión del nuevo polo de la UE».
En todos estos casos el escollo era Hussein, donde –decían los mencionados– «los dos mayores polos imperialistas que buscan extender su dominio al mundo entero, desestabilizando en particular aquellas aéreas de interés estratégico como la Europa centro-oriental y el área asiática de la ex Unión Soviética, ampliando su ámbito de intervención hacia el Asia Central».
Lo que vino a posteriori fue la invasión de Irak, con las consecuencias que ahora se ven en toda su magnitud. Y luego, la fiebre de las hipotecas devino en la caída de grandes bancos estadounidenses y la crisis más fenomenal desde los años ’30, con secuelas catastróficas en los países del sur europeo. Lo peor es que en Ucrania, Medio Oriente, Siria, Irak y hasta Libia –donde también Muammar Khadafi cayó luego de haber pretendido pasar su comercio de crudo a euros– se cumplió la profecía anunciada diez años antes.
Por eso Koenig se muestra preocupado de que la UE siga a Estados Unidos hacia una Tercera Guerra Mundial con Rusia. Sobre todo por la gran cantidad de bases de la OTAN desplegadas en territorio europeo, el objetivo de defensa de Moscú en caso de un estallido bélico. «¿Podrán los pueblos de Europa ponerse de pie y deshacerse de los feudos neoliberales impuestos por Washington, tomar el soplo de aire fresco que viene del Este, buscar una alianza saludable, y luchar por la paz y los Derechos Humanos? Nunca es demasiado tarde. Argentina bien podría convertirse en la piedra angular para una nueva era», culmina.
¿Mucha responsabilidad, no?

Tiempo Argentino, 22 de Agosto de 2014