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Un siglo de una guerra sin fin

Un siglo de una guerra sin fin

Las fechas para dar como inicio de la Primera Guerra Mundial pueden ser imprecisas: tal vez el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, heredero del imperio austro-húngaro, fue asesinado en la ciudad bosnia de Sarajevo a manos de un integrante de un grupo nacionalista serbio. O cuando Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia, el 28 de julio. O quizás cuando, luego de varias escaladas bélicas, Inglaterra hizo lo propio contra Alemania, el 4 de agosto. Algunos historiadores amplían el panorama y entienden que la llamada Gran Guerra, en realidad, fue la ruptura de un precario equilibrio conseguido tras la guerra franco-prusiana de 1871 y del mal resuelto reparto del mundo establecido entre las potencias imperiales en la conferencia de Berlín, en 1884. Incluso hay quienes retrotraen los antecedentes a resquemores crecientes desde el Congreso de Viena, que trazó nuevas esferas de influencia en Europa tras la derrota de Napoleón, en 1814.
Más difícil se hace ponerle fecha de finalización, porque hay coincidencia absoluta en que la Segunda Guerra fue una nueva batalla de esta perenne disputa para dirimir en los campos de batalla la preponderancia económica, política y militar entre las potencias centrales. Incluso se puede aventurar que episodios mundiales recientes –como la situación en Oriente Medio, en Ucrania y en las regiones de África que fueron colonias francesas, al igual que antes en Libia y en los países árabes del norte del Sahara– dan cuenta de que la Gran Guerra no terminó. Mal que le pese a quienes pronosticaban el fin de la Historia.
Así lo entiende Juan Manuel Karg, licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (CCC). «La situación en Ucrania y la interpretación sobre lo que sucede en Siria vuelven a poner en consideración una disputa por la hegemonía mundial entre grandes potencias», adelanta Karg. «El progresivo declive de Estados Unidos en su papel de “hegemón” mundial provocó la emergencia de nuevos polos de poder: hablamos principalmente de China y Rusia, quienes junto con Brasil, India y Sudáfrica crearon el grupo BRICS».
Si de lo que se trata es de recordar el inicio de la Primera Guerra, para entonces Estados Unidos era seguramente el país más poderoso de la Tierra en términos económicos, pero practicaba una política de aislacionismo de los problemas europeos. Más bien estaba interesado en la expansión y consolidación de sus intereses en América Latina y el Pacífico, a través de sus primeras incursiones en Hawai y Filipinas.
El mapa en 1914 era bien diferente del actual y hasta puede decirse que esa bárbara contienda que dejó al menos 20 millones de muertos y millones de mutilados al mismo tiempo fue la tumba de varios imperios que quedaron para los libros de Historia. Pero también dejó a la intemperie otras situaciones que no se terminaron de resolver aún y muestran semejanzas que en el mejor de los casos resultan preocupantes.
Es bueno recordar, con Gabriela Nacht, historiadora y miembro del Departamento de Historia del CCC, que «la paz armada de los primeros años del siglo XX se basó en un delicado sistema de alianzas que, más que evitar la confrontación, llevó a la carrera armamentista y, finalmente, a la Gran Guerra. Fundamentalmente, por un lado, se encontraban Francia, Gran Bretaña y Rusia (la Triple Entente), y enfrente, las potencias centrales, Alemania y Austria-Hungría. Pero otros países también estaban implicados. Todos tenían entre sí tensiones territoriales e intereses en pugna en territorios europeos colonizados o zonas comercialmente estratégicas. Era como una fila de dominó: volteada la primera, todas caerían sucesivamente».
La primera fue, claro, el homicidio del archiduque de Austria. Un nativo de Sarajevo, la ciudad donde se encendió aquella «mecha», el director Emir Kusturica, lejos de considerar el ataque de Gavrilo Princip como un acto terrorista lo califica de «tiranicidio», sin medias tintas. «El tiro que mató a Francisco Fernando tiene también su dimensión social y fue, de hecho, el inicio de la liberación de los pueblos que vivían en la esclavitud en Bosnia-Herzegovina», señaló el director de Underground y Gato negro gato blanco, dos joyas del cine universal.
Siria. El derrumbe del Imperio Otomano generó nuevos escenarios de disputa. (Khatib/AFP/Dachary)Pero básicamente, esa fue una guerra por los mercados y por las colonias. Con un capitalismo en su período de más crudo expansionismo de la mano de una nueva etapa de la Revolución Industrial, con avances impresionantes en la tecnología; la «locomotora» alemana competía con la todavía poderosa industria británica. Eso sin dejar de lado resquemores nacionalistas que se mantenían latentes desde siglos. «Francia guardaba resentimiento contra Alemania por su derrota en la guerra franco-prusiana y añoraba las provincias perdidas de Alsacia y Lorena. Los alemanes, a su vez, veían con disgusto el desequilibrio entre su poder marítimo y colonial y el del Imperio Británico», sostiene Enrique Manson, docente e historiador del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. Alemania –en rigor de verdad, el II Reich– era fuerte en el continente, pero Gran Bretaña era la dueña de los mares. Era un equilibrio que no podía durar mucho.
A la hora de ponerle cifras a la cuestión, Nacht acota que «para 1909 el Imperio Británico controlaba el 20% de la superficie y el 23% de la población mundiales». Por otro lado, los otros dos grandes imperios multinacionales, el zarista y el otomano, eran poderosos sólo en cuanto a extensión y a una cierta capacidad bélica basada en el número de soldados que podían disponer prontamente en un campo de batalla, pero a nivel de desarrollo social e industrial estaban poco menos que en la Edad Media. Sin embargo, en sus áreas de influencia se llevarían a cabo transformaciones que cambiarían el sentido del siglo XX y todavía representan un foco de tensiones permanentes».
Baste decir que la excusa para la guerra surgió en un territorio en disputa –los Balcanes– que hasta no hacía mucho había pertenecido a los turcos y que había sido motivo de anteriores guerras con Rusia, que reivindicaba la defensa de la población eslava, y con la casa real de los Habsburgo; cristianos ortodoxos unos y católicos los otros, en oposición a musulmanes. Además, todo el Oriente Medio –que incluye a la actual Siria y, por supuesto, a Israel y Palestina– había estado en manos del Imperio Otomano desde al menos 1520. Muchos de los problemas actuales no se habían manifestado por entonces.
El desmembramiento de la Sublime Puerta de Estambul –como se denominaba a la sede del gobierno otomano y que devino en sinónimo del imperio– llevó consigo a la creación de la Turquía moderna, pero también implicó la pérdida de territorios y, en el camino, el exterminio de buena parte de la población armenia desde 1915. Como colofón, dejó a la deriva a regiones de población mayoritariamente árabe que aún no se habían planteado la creación de un estado nacional. Es el caso de los pobladores de Palestina, que comenzaban a recibir las primeras oleadas de judíos de la diáspora que buscaban su lugar en el marco de las persecuciones que se hacían más frecuentes en el centro de Europa.
En Rusia, la implosión de Imperio zarista en medio de una guerra devastadora que se consumía a generaciones enteras de habitantes pobres –que eran, obviamente, los que integraban la tropa– generó las condiciones para la toma del poder por los bolcheviques, en octubre de 1917. La firma de la paz con los imperios centrales implicó la cesión de territorios en el oeste, y en primera fila de Ucrania. Fue la cesión temporal que facilitó la creación del estado soviético.
En 1917, Estados Unidos recién entraba en la guerra del lado de sus aliados «naturales»: Gran Bretaña y Francia. Recuerda Enrique Manson que no fue esa la única «incorporación» al teatro de operaciones desde el inicio de la conflagración. «Movidos por causas diversas o por la influencia de las potencias dominantes, al bando de Berlín y Viena se sumaron Turquía y Bulgaria, y a los “aliados”, Bélgica, Japón, Grecia, Rumania, naturalmente Serbia, y Portugal. Italia, aliada en tiempos de paz de Austria-Hungría y Alemania, terminó luchando junto con ingleses y franceses».

Máquinas para la muerte
La Gran Guerra se caracterizó por la utilización de la tecnología más sofisticada conocida hasta entonces. Desde aparatos bélicos, como los tanques y los aviones, hasta gases mortales. Nada se ahorró para crear verdaderos infiernos en cada batalla. Sin embargo, otra de las características es que se trató de una guerra de posiciones. Los ingenios destructores resultaban tan precisos que la antigua guerra en los campos de batalla ya no era provechosa. Con fusiles de alcance de hasta 2.000 metros, las tropas debían establecerse en trincheras. Algunos de los hitos más importantes y recordados, como las batalles de Verdún (ver aparte), Marne o Somme, resultaron en meses de prolongado estacionamiento, sólo quebrado por algún milagroso avance, o en tendales de víctimas hoy día impensables. En ese escaso margen de maniobra, y sin la posibilidad de medicamentos –la penicilina y otros antobióticos aún no se habían descubierto–, los heridos que morían por infecciones y gangrenas que poco después serían curables se contaron por millones. Pero además se produjeron arsenales químicos –como los que ahora se obligó a destruir al gobierno sirio– que llevaron los confines éticos en la guerra a niveles desconocidos por la civilización europea dentro de su propio territorio.
Nacht agrega que, además, «fue la primera guerra de masas, porque movilizó material y efectivamente a naciones enteras, y la desmovilización posterior se llevó a cabo en cada país a través de fuertes conflictos sociales. Quedó trazado, también, un nuevo mapa europeo: como producto de la desintegración de los imperios centrales, del zarismo y del otomano, se crearon los estados de Yugoslavia, Checoslovaquia (hoy también diluidas), Polonia, Austria, Hungría, Letonia, Estonia, Lituania y Finlandia. Las potencias vencedoras se repartieron los viejos dominios asiáticos de los turcos».
Ucrania. El centro de Europa vuelve a sufrir las consecuencias de enfrentamientos ancestrales por el dominio de la región. (Supinsky/AFP/Dachary)Pero hay un detalle no menor que apenas 20 años más tarde culminaría en la segunda etapa de esa brutal contienda, con una furia criminal aún más sofisticada, cuando las tropas nazis atacaron Polonia en 1939. «La paz firmada en Versalles en junio de 1919 haría recaer toda la responsabilidad de la Primera Guerra en los vencidos, generando un desequilibrio que hizo ineficiente a la Sociedad de las Naciones (primer antecedente de la ONU) y que llevaría, crisis económica mediante, a la Segunda Guerra Mundial», señala Nacht.

Nacionalismos en alza
La Gran Guerra también generó transformaciones sociales. Porque la Europa de entonces estaba efectivamente recorrida por un fantasma, el de la revolución socialista, que desde la creación del soviet ruso hizo temer a la dirigencia europea que los privilegios que no se perdían en los campos de batalla se podrían perder en manos de sus propios trabajadores. En efecto, el nacimiento de la Unión Soviética aceleró la firma de la paz mucho más que el ingreso del refresco que implicó el arsenal y los ejércitos que desplegó Estados Unidos.
No hay que olvidar que los sentimientos nacionalistas que se iban consolidando en el territorio europeo desde fines del siglo XIX, cuando se hacía evidente que las casas reales más antiguas del continente ya no estaban en condiciones de dar respuesta a la situación, pronto degeneraron en climas fascistas y en el surgimiento de las más bestiales xenofobias, encarnadas en muy poco tiempo en el nazismo alemán y el fascismo italiano, con reminiscencias en sectores xenófobos de Francia y los países nórdicos.
El resultado de las últimas elecciones para la Eurocámara hace temer a muchos analistas un déjà vu de aquellos momentos trágicos, esta vez con un continente militarmente copado por la OTAN, que obedece a los dictados del Pentágono, pero económicamente sometidos a la potencia industrial del continente, Alemania. La unidad europea, fruto del entendimiento entre franceses y germanos en torno de las riquezas que los enfrentaban desde la Revolución Industrial, el carbón y el acero de Alsacia y Lorena, devino en un fuerte crecimiento de los alemanes y en menor medida de los galos. Pero las leyes de la economía, a través de Bruselas, se establecen con mano de hierro desde Berlín.
Para Gabriela Nacht, el gran ganador de la Primera Guerra fue Estados Unidos, «el único de los países vencedores cuyo territorio no se vio afectado por la guerra, y que pudo aprovechar el espacio dejado por las potencias debilitadas». Es precisamente en la década del 20 que los capitales estadounidenses se derraman por todo el planeta, señala la historiadora del CCC. Allí sentaría los primeros pilares de su hegemonía mundial, que se consolidaría tras derrotar a Alemania y Japón dos décadas más tarde. «Sólo el fortalecimiento de la Unión Soviética significaría un contrapeso en el siglo XX, además de la contención de los conflictos territoriales en el este europeo».
Pero la desintegración de la URSS en 1991 volvería a poner sobre la agenda la cuestión nacional. «Yugoslavia estalló en todos los pedazos que la integraban forzadamente. Y esos pedazos sacaron a relucir enemistades mortales y seculares. Menos cruenta fue la división entre checos y eslovacos», apunta Manson. La Unión Europea, junto con la OTAN, tuvo un papel preponderante en el desmembramiento del país creado en 1918 en los Balcanes y desarrollado como un socialismo autónomo con el liderazgo del mariscal Tito desde los años 40. También lo tienen ahora con el acelerado «corrimiento» de la frontera europea más cerca de Moscú, mediante la incorporación de Polonia y los países bálticos al escudo de misiles desperdigados a voluntad de Estados Unidos por la organización atlántica.
«Frente a este escenario –entiende Karg– Estados Unidos negocia en secreto un tratado de libre comercio con la UE, llamado TAFTA (Trans-Atlantic Free Trade Agreement). El dato no es menor: un acuerdo entre ambos en este tema representaría una asociación de más del 40% del PBI mundial, junto con un tercio de los intercambios comerciales mundiales». El objetivo que parece evidente es crear un contrapeso a los emergentes que se nuclean en los BRICS, que representan al 40% de la población, y que en un contexto de crisis muestran economías en crecimiento».
La piedra en el zapato de esta jugada en el tablero estratégico es que en varias naciones de Europa la población cada día da más muestras de rechazo al plan pergeñado en los escritorios de Bruselas, Washington o Berlín. Fundamentalmente porque no les sirve para resolver los problemas de la vida cotidiana, en medio de una crisis interminable. Lo demostraron al apoyar en algunos distritos a euroescépticos por derecha y xenófobos, como la francesa Marine Le Pen, los británicos del partido UKP, los ultras dinamarqueses y, en menor medida, el holandés Geert Wilders, pero también al votar a contestatarios por izquierda como los griegos de Syriza o los españoles de Podemos.
Karg recuerda una frase reciente del ex canciller alemán, Helmut Schmidt, uno de los más fuertes impulsores de la unidad continental durante su gestión, entre los 60 y los 80, al analizar este panorama en el contexto de los desafíos que se le presentan al proyecto europeísta: «El riesgo de que la situación se agrave como en agosto de 1914 crece día a día».

Entrevista Patricio Geli, historiador
DESDE LA INDIA A MALVINAS

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Es historiador y profesor de Problemas del Mundo Contemporáneo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, pero principalmente es un entusiasta investigador sobre los cambios que produjo aquel conflicto bélico iniciado en 1914.
–¿Por qué dice que fue la primera guerra realmente mundial?
–Nosotros, como país de inmigración, conocemos el escenario europeo, donde efectivamente hubo grandes matanzas. Pero no se repara en la cantidad de muertos en Asia o en África. Se decía que habían muerto unas 10 millones de personas, pero la cifra llega al doble si sumamos las otras regiones. En India, los ingleses vaciaron poblaciones enteras para llevar tropas a lugares donde sentían amenazadas sus posiciones. Un historiador africano me decía en un congreso: «Estuve paseando por Alemania y Francia y me he puesto a admirar los cementerios y pensaba qué suerte que tienen los europeos que tienen dónde enterrar a sus muertos en la guerra. En África, la gente moría y allí quedaba. Nosotros no podemos reconstruir la cantidad de muertos que hubo, porque no tenemos registros escritos. Los que hay son de los europeos, que, como son racistas, no nos toman en cuenta».
–Qué dato impresionante.
–Él me contaba que lo que saben de aquella época es por tradición oral. En las colonias francesas, por ejemplo, se coaccionaba a la población en un retorno de la esclavitud para ir a la guerra y los llevaban de 40 grados a 20 bajo cero en las trincheras. Eso despertó el racismo de los alemanes, que consideraban que franceses y británicos faltaban al fair play porque llevaban a combatir a razas inferiores. Por eso se puede decir que desde los campos de Somme (la batalla donde murieron más de un millón de soldados) y el genocidio armenio, uno puede llegar hasta Auschwitz e Hiroshima. Pero hubo otras consecuencias asociadas.
–¿Cómo cuáles?
–Se desarrolla una epidemia de gripe española propagada por las tropas de Estados Unidos, pero que se extendió muy rápidamente y que hace estragos hasta en China. Se supone que murieron unas 17 millones de personas a raíz de esto.
–¿Cómo afectó a Argentina?
–Económicamente, porque el país dependía del comercio exterior, pero además había una presencia importante de alemanes. Los ingleses destacaban barcos en la entrada del Río de la Plata para vigilar qué salía del país. No querían que los granos fueran a Alemania.
–Pero el país se mantuvo neutral.
–Hay que decir que Hipólito Yrigoyen defendió muy dignamente la neutralidad a pesar de las presiones que se daban desde la prensa y la oposición, que eran aliadófilos. Pero hubo una batalla importante en Malvinas.
–¿Cómo fue eso?
–Inglaterra tenía los mares controlados con su flota. Los alemanes no podían burlar ese bloqueo, pero un pequeño convoy logró salir y hubo un enfrentamiento frente a la Isla Coronel, en Chile, que sigue al sur de Malvinas, entre el archipiélago y las Georgia. Ganaron los británicos, que tenían mejores cañones y destruyeron a esa avanzada alemana.

Revista Acción, 1 de Julio de 2014

Perón, el mundo, la paz y la integración regional

Mucho le debía Juan Domingo Perón al embajador de Estados Unidos Spruille Braden. Porque desde fines de 1945 venía haciendo una campaña en contra del coronel que se candidateaba para los comicios de febrero del ’46. Y eso facilitó la identificación de los votantes con el líder popular consagrado el 17 de octubre. «Braden o Perón» definiría esa elección tanto como el futuro de las relaciones con la potencia que acababa de ganar la guerra.
La Doctrina de la Tercera Posición, equidistante tanto de Estados Unidos como del bloque soviético, en plena Guerra Fría, era todo un desafío intelectual y político. Ese fue el planteo que el peronismo llevó a la arena política internacional ni bien llegó al poder. También fue un desafío desde el punto de vista económico. Perón calificaría así a su ideario: «Pensamos que tanto el capitalismo como el comunismo son sistemas ya superados por el tiempo. Consideramos al capitalismo como la explotación del hombre por el capital y al comunismo como la explotación del individuo por el Estado. Ambos ‘insectifican’ a la persona mediante sistemas distintos.»
Desde ese lugar equidistante, Perón intentó construir un argumento sólido para la paz. Lo expresó en un mensaje a los pueblos del mundo que envió a mil emisoras radiales, incluso la BBC de Londres. «La labor para lograr la paz internacional debe realizarse sobre la base del abandono de ideologías antagónicas y la creación de una conciencia mundial de que el hombre está sobre los sistemas y las ideologías, no siendo por ello aceptable que se destruya la humanidad en holocausto de hegemonías de derecha o de izquierda», decía. Lo repetiría en 1973 en un mensaje para la IV Conferencia de Países No Alineados en Argelia: «Deseamos vivir en paz con todas las naciones de buena voluntad del mundo.»
Entre los fundamentos de su política exterior, que Perón solía desgranar en el diario Democracia bajo el seudónimo de Descartes, pueden mencionarse: la igualdad jurídica de todos los Estados soberanos; la fraternidad y cooperación política y económica, la amistad con todos los países del mundo cualquiera fuera si signo ideológico.
En el orden regional, su prédica queda resumida en una de las frases que lo inmortalizó. «En el año 2000 nos encontrará unidos o dominados.» Así fue que rescató un viejo acuerdo entre los países del Cono Sur de 1915, el Tratado ABC, para reavivar una alianza entre Argentina, Chile y Brasil en 1951. Lo firmaron Perón, el brasileño Getulio Vargas y el chileno Carlos Ibáñez del Campo. Desde Washington, esta política fue leída como un intento expansionista de un militar autocrático.
Los años de la posguerra fueron de un avance incontenible de Estados Unidos sobre la región, con la creación el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (el fenecido TIAR) en 1947 y de la OEA en 1948. También del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa, algo que terminó castigando a los países latinoamericanos y especialmente a la Argentina, que no pudo colocar sus productos en un mercado cerrado a las ventas estadounidenses. Por entonces, además, comenzaba a rodar la maquinaria de la Organización de Naciones Unidas, cuyo Consejo de Seguridad sería presidido en un momento crítico –cuando se instauraba la partición de Alemania– por el argentino Juan Antonio Bramuglia, primer canciller del peronismo.
Luego de 18 años de exilio, el viejo líder volvería al país para asumir un tercer mandato, en octubre de 1973. También en este caso, la política interna iría de la mano de la internacional y el plan pergeñado por el ministro de Economía José Ber Gelbard incluiría la apertura al bloque socialista. De hecho, ese plan estaba en vigencia desde mayo, durante el breve período presidencial de Héctor Cámpora. Entonces se reanudaron las relaciones diplomáticas con Cuba, bloqueada y expulsada de la OEA desde 1962, y con la China de Mao Zedong, se profundizaron acuerdos con la Unión Soviética. Un dato no menor es que el país a esa altura estaba rodeado de gobiernos derechistas. En Uruguay, tras el autogolpe del 27 de junio de Juan María Bordaberry, y en Chile, con el del 11 de setiembre contra Salvador Allende.
Aún en esas condiciones, Perón buscó un acercamiento, ya no como la alianza soñada en los 40 sino más apurado por la realidad estratégica. Es así que cierra todos los conflictos limítrofes con Uruguay a través de la firma del Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo en noviembre de 1973. Buscó, por otro lado, asociarse mediante emprendimientos energéticos como Salto Grande con Uruguay, Yacyretá con Paraguay, y el de minas de hierro de Minarense y Corumbá con Brasil. Salto Grande, de hecho, cuenta con turbinas fabricadas en la URSS. Los acuerdos con el Kremlin continuaron vigentes incluso luego del golpe de 1976.
Un gesto fuerte fue otorgar un crédito a Cuba de 1200 millones de dólares para la compra de vehículos fabricados en Argentina. Dato revelador es que los fabricantes, Chrysler, Ford y General Motors tenían prohibido por las leyes estadounidenses comerciar con la isla. Fue necesario un permiso especial del gobierno de Richard Nixon para romper el bloqueo, una medida no repetida hasta hoy. Otro gesto no menos fuerte fue, en plena crisis petrolera, acercarse al gobierno del líder libio Muammar Khadafi.
Perón quiso arreglar definitivamente el problema Malvinas en 1974. Y como recordaba el ex diplomático Carlos Ortiz de Rozas, que participó de las negociaciones, estaba avanzado un non paper con el gobierno británico de entonces para abrir las puertas a un condominio que permitiera ir avanzando sobre la soberanía plena.
Entre sus últimos actos figura un viaje a Asunción para entrevistarse con el presidente Alfredo Stroessner. El acercamiento al dictador fue una señal al pueblo paraguayo con perspectiva histórica, porque le devolvió trofeos de guerra tomados por las tropas argentinas en la Guerra de la Triple Infamia. Fue un 13 de junio y los historiadores señalan que el viaje resultó fatal para la alicaída salud de Perón, que resistió una insistente llovizna que le habría producido un cuadro de pulmonía. El 26 de junio de 1974 tuvo tiempo de firmar el último de los contratos entre las automotrices argentinas para la histórica venta a los cubanos. El 1 de julio moriría en medio de la congoja general.

Tiempo Argentino, 1 de Julio de 2014

Griesa, entre Watergate y las Brujas de Salem

Griesa, entre Watergate y las Brujas de Salem

Los argumentos del juez Thomas Poole Griesa para aceptar el planteo de los fondos buitre contra Argentina resulta irritante y denigra cualquier soberanía, como bien resaltó el gobierno argentino repetidamente. Mucho peor cae a los espíritus nacionales la seca respuesta de la Corte denegando tomar cartas en un asunto que, por lo que dejan en claro con su silencio, entienden que está muy bien resuelto en la primera instancia.
Ya en su primer dictamen, de 2012, Griesa protestaba contra «los más altos funcionarios argentinos que han continuado haciendo declaraciones inflamatorias sobre que las sentencias del Tribunal no serán obedecidas. (… y además) han declarado que Argentina podría pagar a los bonistas que entraron en el canje pero no pondrá un dólar para los que tienen los bonos originales (holdouts). La presidenta Cristina Kirchner hizo declaraciones en tal sentido.»
En aquel momento, Griesa involucró al entonces ministro Lorenzino. Pero ahora agregó nuevos discursos de la mandataria argentina y del nuevo titular de la cartera económica para denostar al gobierno y asegurar que no les cree, que Argentina sólo quiere esquivar sus deudas desde hace diez años y que no le da confianza de que lo hará en el futuro. «Habría sido mejor si ella no se hubiese referido a una extorsión. Eso habría ayudado», señaló sobre uno de los últimos discursos de Cristina.
Más allá de la forma en que un simple juez de condado se refiere al gobierno democráticamente elegido de un país independiente, es bueno hurgar un poco en la concepción del mundo que traslucen los fallos de Griesa y la posición de la Corte. Porque tal vez eso sirva para entender la idea que la sociedad de Estados Unidos se hace del mundo y de su propio lugar en él. Una concepción que nace desde sus orígenes, cuando los primeros «peregrinos» desembarcaron del mítico Mayflower en la Bahía de Massachusetts, en 1620. Un dato no menor es que se trataba de un contingente de puritanos, un movimiento religioso surgido en Gran Bretaña que rechazaba tanto a la Iglesia católica como a la anglicana que había «inventado» Enrique VIII. Y que huían de la persecución a que eran sometidos en su patria de origen.
Muchas de estas cuestiones suelen ser ventiladas por Hollywood en series y dibujos animados, al punto que casi forman parte de la formación de generaciones enteras de niños latinoamericanos. El caso es que esos primeros pobladores se fueron dispersando a lo largo de la costa para conformar la llamada Nueva Inglaterra. Hay dos acontecimientos posteriores que marcarían en el futuro del «ser americano» (o, mejor dicho, estadounidense). Uno es el Día de Acción de Gracias, el otro es el llamado Motín del Té o, en inglés, Tea Party. Un tercero forma parte, en cambio, del inventario de los grupos más progresistas, como son los juicios por bujería popularizados con la obra de teatro de Arthur Miller Las Brujas de Salem.
No había pasado un año de la llegada de los colonos cuando según la leyenda compartieron la primera cosecha en tierras americanas con los indígenas wampanoag que, bueno es decir, los habían ayudado generosamente ni bien los vieron llegar. Los wampanoags vivían en comunidad y tenían una economía basada en la distribución de la tierra y los bienes. Desde ese 21 de noviembre de 1621 se celebra el día de Acción de Gracias. Con los años, nuevas camadas de emigrantes fueron desplazando a los pueblos originarios y en 1675 el cacique Metacomet organizó un ejército de wampanoags junto con los pueblos narragansett, nipmuc y pennacook, y atacó los establecimientos de los invasores. Los blancos lo llamaban Rey Felipe y tras derrotarlo fue ejecutado el 12 de agosto de 1676. Su cabeza quedó expuesta sobre una pica, y su mujer y sus hijos acabaron sus días como esclavos en las Antillas.
Poco más tarde, en 1692, se registraron los procesos por delitos de brujería en los condados de Essex, Suffolk y Middlesex, en Massachusetts. No importa tanto la verdad histórica como el enfoque que le dio Miller –quien fue acusado de comunista en el marco de las persecuciones del inefable Joseph Mc Carthy– en su magistral obra de teatro. La caza de brujas macartista forma parte también del «ser estadounidense», tanto en su extremismo como por el rasgo de paranoia que revela. En Las brujas de Salem –por el distrito donde se inició la oleada– Miller cuenta de modo dramático cómo las declaraciones de un grupo de jovencitas influyen en la culpabilización de ciudadanos altamente morales al punto de llevarlos al cadalso.
Otro hecho constitutivo de esa nación es el motín registrado en diciembre de 1773 en la Nueva Inglaterra en rechazo al pago de un impuesto a la importación de té. Tea Party quedó como sinónimo de lucha por las libertades –de hecho, de este movimiento crecieron las primeras luchas por la independencia de Estados Unidos– pero también de un modo de interpretar la realidad. Los grupos Tea Party surgidos en los primeros años de este siglo se inscriben en esta actitud: en términos groseros, recelan de los poderes centrales, del pago de impuestos y de la intromisión de las instituciones en la vida de los ciudadanos. Son individualistas extremos, y con esos argumentos rechazan la ley de salud de Obama y tildan de inmoral cualquier ayuda a los desposeídos.
La idea de que Estados Unidos es un pueblo elegido y que eso habilita para intervenir de un modo correctivo y salvador en cualquier parte del mundo corre paralela y justifica la política de expansión territorial en detrimento de los pueblos originarios primero y del resto del planeta posteriormente. Siempre con su plan sobre lo que una democracia debe ser.
Una democracia representada por un sistema institucional que, como dijera al debatir la Constitución uno de los «padres fundadores», James Madison, tiene a la justicia como control último de posibles abusos de las muchedumbres. La moral media exige que un hombre temeroso de Dios como piden los puritanos, respete las leyes, cumpla los contratos y trabaje de sol a sol, porque no hay nada que discipline tanto como un esfuerzo colosal.
Cualquier desviación a este mandato es moralmente condenable, y especialmente por los medios de comunicación masivos, tan conservadores de las costumbres ellos. En este contexto, una persona que reciba una asignación es un vago sin remedio y el gobierno que la otorgue, un demagogo cercano a la autocracia. Madison pensaba justamente en la defensa de los intereses particulares cuando promovía una justicia independiente de los poderes electos. A través de la Constitución estadounidense, el detalle se expandió y se introduciría en la Argentina, donde los constituyentes de 1853 identificaban en Juan Manuel de Rosas al populismo que el legislador estadounidense recomendaba evitar.
Griesa fue designado por el entonces presidente Richard Milhous Nixon el 15 de junio de 1972 en un tribunal que se estrenaba con él. Tras la aprobación del Senado tomó el cargo el 30 de junio. Entre esos días, el 17 de junio, se produciría un hecho llamado a cambiar la historia moderna de Estados Unidos: cinco hombres caían detenidos por haber ingresado ilegalmente en la sede central del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington. Estaban espiando para el gobierno de Nixon, quien terminaría renunciando en agosto de 1974. Las acusaciones contra el mandatario republicano no fueron tanto por entorpecer a la justicia, como figuraba en el pedido de juicio político. La peor imputación era por haberle mentido a la ciudadanía. Bill Clinton casi corre la misma suerte hasta que se dio cuenta de que era preferible reconocer «relaciones inapropiadas» con una pasante que admitir que había engañado a la población.
Griesa demostró en los dictámenes contra Argentina que le disgusta el gobierno de Cristina Fernández. Porque los briefs de prensa que le llegan la presentan como una populista cercana a otros mandatarios regionales que están en la mira de Estados Unidos, como los de Venezuela actual y el pasado. Es un conservador y, como juez estadounidense, se sabe intocable. Desde allí emitió su fallo. La Corte lo avala porque también piensa igual: las deudas se deben pagar, no importan otras consideraciones que no sean el papel escrito. Las leyes están para vigilar los intereses de los que tienen en contra de los que quieren arrebatárselos, Madison dixit.
Estas son buenas razones –y mucho más exquisitas– como para castigar a un díscolo gobierno latinoamericano. Como lo son para «purificar» con armas o finanzas al resto del mundo.

Tiempo Argentino, 27 de Junio de 2014

Churchill y George W. Bush salen de copas por Asia

Churchill y George W. Bush salen de copas por Asia

Según cuenta la leyenda, luego de una noche de libaciones por demás excesivas, el secretario para las Colonias de Gran Bretaña «dibujó» una frontera entre Jordania y Arabia Saudita bastante sinuosa que se parecía bastante a un capricho. Era marzo de 1921, el imperio otomano acababa de derrumbarse en la Primera Guerra Mundial –de cuyo inicio se cumple en días un siglo– y quedaban a la deriva millones de habitantes diseminados en millones de kilómetros cuadrados de superficie con riquezas que el mundo capitalista ya necesitaba con desesperación. Pero además, dos dinastías árabes reclamaban su cuota en el reparto luego de haber hecho su aporte para la caída del régimen turco.
El hombre luego sería uno de los líderes más importantes en el combate contra el nazismo y se haría famoso con su habano siempre a mano. Winston Churchill, incluso llegó a ganar el premio Nobel de 1953 en Literatura por sus memorias sobre la Segunda Guerra. La línea se conoce como «El hipo de Churchill» pero según estudiosos de la cuestión como el español Miguel Máiquez, no se trató de una resaca del dos veces primer ministro británico sino de una necesidad geopolítica.
El imperio británico se caracterizó durante su intervención en Asia y Medio Oriente de aplicar criterios geopolíticos o de control poblacional para diseñar países y fronteras. Ya lo había hecho en América latina a la caída del imperio español y en el centro de Europa tras la debacle de Napoleón. Es así que en Afganistán dibujó otra frontera en 1893 conocida como la Línea Durand, un borde artificial de 2640 kilómetros de largo que dividió regiones sin el menor criterio nacional o étnico entre la tierra de los pashtunes y Paquistán. Lo que generó condiciones para que las tensiones entre los distintos pueblos fuesen permanentes.
Otro bebedor –en este caso tuvo que hacer tratamiento curativo– impulsó un nuevo diseño para lo que alguna vez su secretaria de Estado, Condoleeza Rice llamó el Medio Oriente Ampliado (MOA). George W. Bush, que de él se trata, generó leyes que quitaron a los estadounidenses muchas de los derechos individuales de que se enorgullecía esa sociedad. Los escándalos por el espionaje universal no son sino una consecuencia directa de los atentados a las Torres Gemelas y de las Actas Patrióticas de Bush. También lo es el proyecto estratégico que Rice comentó casi como al pasar en el año 2006 y que se cumple a rajatabla, por más que el sucesor de Bush, Barack Obama, haya llegado al poder con la promesa de acabar con las guerras.
Recuerda el ya mencionado Máiquez –quien fue durante más de siete años redactor jefe y editor en el diario español 20 Minutos y en el canadiense El Popular– que «el acuerdo Sykes-Picot fue un pacto secreto entre Gran Bretaña y Francia, con el consentimiento de la Rusia aún presoviética, para el reparto de las posesiones del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial. Se firmó en mayo de 1916 y estipulaba que –a pesar de las promesas realizadas a los árabes a cambio de su levantamiento contra los turcos– Siria, Irak, Líbano y Palestina se dividirían en áreas administradas por británicos y franceses.» Sobre esta base es que Churchill, laudando a duras penas entre las dinastías Saud y Faisal pero por sobre todo defendiendo los intereses de la corona británica, trazó las líneas que crearon Irak, Jordania y Palestina.
¿Qué se proponían los estrategas de Bush? Según el francés Thierry Meyssan, fundador de la Red Voltaire, un canal de información independiente creado en 1994, el MOA es un «nuevo concepto geográfico (que) designa a los Estados que van desde los pozos de petróleo del Sahara Occidental a los oleoductos de Paquistán, excepto los países del ‘Eje del Mal’ e Israel que ya está democratizado». La creación obedecía a la inventiva de un programa del Departamento de Estado, MEPI (por la siglas en inglés de Iniciativa para la Asociación en Medio Oriente) para apoyar a diferentes ONG que trabajan en la región de Medio Oriente y el Norte de África (MENA por sus siglas en inglés). Una de las más fervientes propulsoras de esta ideas era Elizabeth «Liz» Cheney, la hija del entonces vicepresidente Dick Cheney.
En las últimas semanas la “novedad” informativa volvió a Irak, con la aparición del grupo yihadista ISIS (Estado Islámico de Irak y Siria en inglés) como un actor primordial no sólo en la guerra civil de Siria sino ahora también en Irak, al punto que amenazan al poder central en Bagdad. ¿Se le escapó la tortuga Obama, que llegó a la Casa Blanca prometiendo retirar las tropas de Irak y Afganistán?
Un filósofo nacido en Alemania, que se refugió en Estados Unidos en 1938 y falleció en 1973, Leo Strauss, no tan conocido en estos lares pero que ejerce una influencia decisiva en los ultraconservadores estadounidenses, puede ser la explicación para entender en parte lo que está ocurriendo.
Strauss sostenía, dicen quienes mejor conocen su pensamiento, que «la verdad es peligrosa y destructiva para la sociedad. Desde el principio de los tiempos los hombres han elaborado mentiras para poder vivir con tranquilidad (…) entre ellas, la religión, la esperanza en el más allá, la vida eterna, el castigo a los malos y el premio a los buenos…» Como corolario de esta doctrina se puede afirmar sin ánimo de parecer chabacano, que «la verdad verdadera es insoportable para la mayoría».  Strauss tiene acólitos que, como él, si bien alcanzaron sitiales de relevancia, gustan de mantener en segundo plano sus verdaderas intenciones. Uno de ellos es Paul Wolfowitz, quien fuera titular del Banco Mundial y subsecretario de Defensa con George W. y por lo tanto es una figura clave en el plan MOA.
¿En qué consiste ese proyecto? El mapa ya circulaba en 2006, cuando Rice lo dio a conocer. Contempla la partición de Irak en una región chiíta y una sunnita y la creación del estado de Kurdistán, con una zona actualmente bajo jurisdicción iraquí, otra turca y la restante siria. Una forma de pagar la promesa comprometida por EE UU para el apoyo en el derrocamiento de Saddam Hussein. También se crearían nuevos estados en la región de Afganistán y de la península arábiga. Desde el punto de vista geopolítico este nuevo reparto de tierras es más conveniente para el dominio de Estados Unidos. Pero también, dicen los conocedores, puede ser fuente de futuros conflictos. Algo que el propio Strauss no hubiera desestimado, ya que era partidario del «caos constructor». 
Y lo que ocurre en la región en estos días tiene mucho de caos, aunque no se sabe cuánto de constructor. Descartada o muy sofrenada una respuesta bélica de Estados Unidos tras el retiro de las tropas, la variante de dejar que las cosas ocurran –aunque con una pequeña intervención de los organismos de inteligencia, a través de las relaciones bajo cuerda con Al Qaeda, ISIS, Boko Haram y otros– sería la más conveniente. Porque fuerza un nuevo diseño del mundo pero se cuida de decirlo con todas las letras, por eso de que la verdad es insoportable.
El miércoles, el ex vicepresidente Cheney, activo belicista que «factura» a través de empresas constructoras en esas regiones como Halliburton, anunció el lanzamiento de una ONG que dirigirá su hija Liz, la Alianza para una América Fuerte. El proyecto, sostuvieron en un artículo a The Wall Street Journal «es apoyado por ciudadanos que se dedican a la tarea difícil pero necesaria de preservar la libertad y restaurar la fuerza y el poder norteamericanos a raíz de los fallos de seguridad nacional del gobierno de Obama», al que acusan de haber puesto «a Estados Unidos en el camino del declive».
«El horror de Estados Unidos es repugnante», decía en un mail a sus padres el sargento Bowe Bergdahl, quien estuvo más de cinco años en manos de las talibanes en Afganistán y fue intercambiado por detenidos que estaban el Guantánamo por el presidente hace unos días. «Se supone que debíamos ganarnos los corazones de los afganos, simpatizar con ellos. Estas personas necesitan ayuda, sin embargo lo que reciben es al país más vanidoso del mundo, diciéndoles que no son nada, que son estúpidos, que no tienen idea de cómo vivir. Nos burlamos de ellos delante de sus caras, nos reímos porque no comprenden que los estamos insultando. No nos importa cuando los oímos hablar entre ellos acerca de la ejecución de sus hijos en plena calle, atropellados por nuestros camiones», agregó.
El soldado, que tenía 23 años cuando desapareció en terreno dominado por talibanes, parece que descubrió la verdad y por eso aún no lo presentaron públicamente. Esos mismos sectores que denostan a Obama lo acusan a Bergdahl de traidor.
Churchill y George W. también conocen la verdad y eligen salir de copas, quizás para hacerla tolerable.

Tiempo Argentino, 20 de Junio de 2014