por Alberto López Girondo | Dic 5, 2014 | Sin categoría
«Parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos aparentemente irreconciliables: que la guerra a veces es necesaria y que la guerra es, de cierta manera, una expresión de desatino humano.» La frase resonó en el soberbio edificio de la municipalidad de Oslo, la capital de Noruega. Fue hace cinco años, el 10 de diciembre de 2009, y el que hablaba era el presidente Barack Obama, que había asumido el cargo once meses antes y era todavía una promesa de cambio al punto que le estaban entregando el Premio Nobel de la Paz. Fue más claro aun ese día, como para que ahora nadie se escandalice por lo que hizo desde entonces: «Los instrumentos de la guerra tienen un papel en mantener la paz.»
La administración de Obama recomenzó en estos meses una escalada belicista que, muchos creyeron, venía para clausurar un lustro atrás. La enumeración puede resultar redundante, pero los conflictos más candentes sin duda están en el Medio Oriente y Ucrania. Y los ejes para entender lo que ocurre llevan al petróleo –como siempre– y a la geopolítica. Y ambos aspectos se dan la mano en este aniversario del Nobel a Obama.
El presidente Vladimir Putin, en su discurso sobre «el estado de la Nación», avisó ayer que «Rusia no se doblegará ante las presiones de Occidente». El mismo día que un ataque en Chechenia dejaba 20 muertos y el oro negro amenazaba con nuevas bajas, el presidente insistió: «O somos soberanos, o nos disolveremos en el mundo. Y, por supuesto, otras naciones deben entenderlo también.»
Cuando el mandatario frenó el ansia de Obama por derrocar al presidente sirio Bachar al Assad, los europeos tuvieron la sensación de que el viejo Oso Ruso volvía a ser una amenaza.
Cierta o no, esa imagen llenó publicaciones académicas, mesas de estrategia y la fantasmagoría popular en los últimos tres siglos, desde el zarismo. Luego el Oso fue rojo y comunista. Pero a la caída de la Unión Soviética, por unos años el plantígrado parecía apaciguado. Fue en ese marco que la Unión Europea y la OTAN, la alianza militar que encabeza Estados Unidos, fueron avanzando hacia territorios de la ex órbita socialista.
Hasta que un día, Putin avisó que los rusos querían volver a ser considerados como potencia. La crisis ucraniana tiene mucho que ver con el intento europeo de marcarle la cancha. La respuesta fue la recuperación de Crimea, un símbolo nacional para los rusos, como ayer recordó Putin. El resto es historia actual: el este de Ucrania quiere anexionarse a la Federación, mientras que el oeste está cada vez más inclinado hacia Europa.
La penúltima jugada de Kiev fue elegir a mediados de año como presidente a un empresario de la industria de la golosina, Petro Poroshenko. Esta semana, el gobierno del «Rey del chocolate», como se lo conoce, designó un nuevo Gabinete con el declarado objetivo de acercarse más a la UE. Para lo cual debió nacionalizar de urgencia a tres extranjeros. Como si fuera poco, que habían trabajado para otros gobiernos. Si se tratara de seleccionados de fútbol, la FIFA los hubiera descalificado: ningún jugador puede integrar equipos de dos nacionalidades distintas.
Natalie Jaresko es hija de ucranianos que emigraron a Estados Unidos. Hizo carrera en el Departamento de Estado tras recibirse en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard y luego en Chicago. En la actividad privada fue miembro del staff del Western NIS Enterprise Fund y después fundó Horizon Capital, otro fondo de inversiones. Como diplomática, formó parte de la embajada estadounidense en Kiev, donde se mudó definitivamente en 1992, y apoyó con todos los recursos a la Revolución Naranja. Luego encontraría conchabo en el gobierno del luego derrocado Viktor Yushchenko. Ahora estará al frente de la cartera de Finanzas.
En Economía fue nombrado Aivaras Abromavicius. Nacido en Vilna, Lituania, el hombre está casado con una ucraniana y se autodefine como un patriota de la tierra de su esposa. Fue socio y gestor de fondos en East Capital, el más grande de Ucrania. Como quiera que sea, Jaresko y Abromavicius tienen residencia desde hace años en ese país. El caso más complicado de explicar para cualquier ley de residencia es el del nuevo titular de Salud. Aleksandr Kvitashvili nació en Georgia, donde ocupó el mismo cargo entre 2008 y 2010 con el entonces presidente Mijail Saakashvili. En su CV presenta graduación en la Universidad de Tbilisi y en la Robert Wagner de Nueva York. Los tres tuvieron que renunciar a sus anteriores ciudadanías para tomar el cargo, pero no se les exigió saber el idioma, como es de práctica en cualquier país del mundo. Es que Kvitashvili, aunque asegura amar a ese país, no habla una palabra de ucraniano.
Mientras tanto en Estados Unidos, el gobierno anunciaba la postulación de Ashton Carter como nuevo secretario de Defensa para remplazar al republicano Chuck Hagel. Se dijo que Hagel se iba por su oposición a la estrategia de la administración demócrata sobre Irak y Afganistán. El analista Philip Giraldi, un ex CIA especializado en contraterrorismo que ahora es columnista televisivo, sostiene que Hagel –que participó en la guerra de Vietnam– «sabe lo que es la guerra» y por lo tanto no tiene como primera opción a la respuesta militar. Cosa que no ocurre «con el círculo íntimo de Obama», todos ellos académicos de hogares privilegiados cuyos «hijos no van a estar muriendo en algún agujero del infierno» y para los cuales el humo de la metralla «es una completa abstracción».
Carter, egresado también de la Escuela Kennedy de Harvard, fue socio senior en Global Technology Partners, una consultora integrada por ex oficiales del Pentágono que se dedica a asesorar en cuestiones de defensa e inversiones aeroespaciales, y tuvo contrato con Goldman Sachs, el mayor de los bancos de inversiones del mundo. En el gobierno de Bill Clinton fue secretario adjunto de Defensa.
La elección de Obama representa un mentís a su Premio Nobel, porque es volver a los representantes del aparto militar industrial que, por lógica, necesita alimentar sus ingresos mediante la guerra. Pero además es gente que aprovecha ese sistema que el uruguayo Eduardo Galeano considera uno de los mayores inventos actuales, la puerta giratoria.
«Robert McNamara encabezó la empresa Ford, donde hizo lo que pudo contra la naturaleza y contra los peatones distraídos, hasta que un giro de puerta lo lanzó a dirigir la matanza de Vietnam, durante unos cuantos años, y culminó su carrera exterminando países desde el Banco Mundial; Donald Rumsfeld fue jefe de gabinete del gobierno de los Estados Unidos, desde allí la puerta giratoria lo arrojó a una fábrica de Monsanto, la serial killer multinacional, donde legalizó venenos que habían sido prohibidos, hasta que la puerta giró nuevamente y apareció conduciendo la guerra de conquista del petróleo de Irak; Dick Cheney encabezó el Pentágono en el gobierno de Bush Padre y regaló jugosos contratos militares a su empresa Halliburton, y de ahí pasó al gobierno de Bush hijo, donde se ocupó de la demolición y la reconstrucción de Irak en beneficio de Halliburton, siempre en el centro de su generoso corazón.»
Como frutilla del postre, los ministros de Relaciones Exteriores de los 28 países de la OTAN votaron el miércoles la creación de una nueva fuerza de acción rápida destinada a intervenir en Ucrania. «Es el mayor fortalecimiento de nuestra defensa común desde el fin de la Guerra Fría», reveló sin recelos el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.
El petróleo, en tanto, se mantenía a la baja. En 1971 Richard Nixon dejó de lado la convertibilidad con el oro y para sostener al dólar como moneda como reserva internacional, acordó con los países árabes –especialmente Arabia Saudita– que la venta de petróleo se haga «en verdes». A cambio, garantizó protección militar y política.
Ahora, Arabia lideró el rechazo de la OPEP al planteo venezolano de reducir la producción para incrementar el precio del crudo. La mayor producción mundial, dicen los expertos, se debe a la extracción de esquistos en Estados Unidos mediante el fracking. Desde la ocupación de Irak y Libia, dos grandes productores de la OPEP, el negocio es más controlable para los grandes centros de poder. Por otro lado, el grupo Estado Islámico, que ocupó zonas de explotación en la región, lo vende a precio vil al mercado europeo, alertó el jefe del Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB), Alexánder Bórtnikov, en un foro en Kazajstan. La baja de precios amenaza a las economías de Venezuela y Rusia, en primer lugar. El rublo ya sufrió las consecuencias y Putin no lo ignora. En Oslo, Obama no había hablado de ese asunto, pero también esta puede ser una amenaza de males mayores.
Tiempo Argentino
Diciembre 5 de 2014
Ilustró Socrates
por Alberto López Girondo | Dic 3, 2014 | Sin categoría
Si algo caracteriza a Matteo Renzi es su irrefrenable ansia de poder. Lo cual lo hace decidido, audaz y con ese toque entre irreverente e inescrupuloso que los italianos tanto valoran, aunque rechacen esta imagen que les devuelve el espejo. De otro modo no se explica que Silvio Berlusconi haya sido el gran arquitecto de la política de ese país durante más de dos décadas. Peor aún, que gracias a Renzi todavía lo siga siendo, a pesar de que la Justicia hace tiempo lo puso en la mira y le hace pagar viejas cuentas pendientes que lo dejan fuera de la carrera para ocupar cargos públicos.
La extraña alianza entre el actual presidente del Consejo de Ministros de Italia –cargo que se conoce como Primer Ministro– y el líder de la derecha había despuntado a principios de este año, cuando se reunieron para delinear aspectos de una reforma a la ley electoral que permitiera la gobernabilidad en un país tan acostumbrado a los vaivenes políticos desde el fin de la Guerra Mundial. Renzi, que era el alcalde de Florencia y acababa de ganar la secretaría del Partido Democrático, la alianza entre sectores de los tres más grandes partidos de la posguerra, el Partido Comunista Italiano (PCI), el Partido Socialista (PSI) y la democracia cristiana (PDC). Berlusconi era poco menos que un cadáver político tras las últimas condenas por fraude y el escándalo de prostitución que lo vinculó con la menor Karima el Marough, más conocida como Ruby. Fue un golpe mediático importante ya que daba en el corazón del endeble consenso que mantenía en el gobierno a Enrico Letta, también del PD. Italia sufre desde hace años una caída en la actividad económica pero sobre todo en la institucionalidad; mucho antes de que la crisis financiera se extendiera por gran parte de la Europa del sur.
Renzi, un florentino nacido en enero de 1975, creció en ese ambiente de inestabilidad política que solo un líder controvertido como Giulio Andreotti podía mantener en pie. Il divo comandó la Democracia Cristiana en el marco de una fuerte alianza para mantener fuera del poder al PCI, por entonces el partido comunista más poderoso de Occidente. Y lo logró de un modo tan efectivo como oscuro, al punto que terminó sus días acusado de relacionarse con la mafia y la CIA y sospechado por su pasividad ante el crimen de Aldo Moro en 1978.
El actual primer ministro proviene de un hogar democristiano y su tesis doctoral, cuando se recibió de abogado en la Universidad de Florencia, versó sobre Giorgio La Pira, un católico militante que fue alcalde florentino en los 60 pero que al mismo tiempo mantuvo contactos con el mundo soviético y fue un luchador por el fin de la guerra de Vietnam.
Su primera incursión en la política fue precisamente en el Partido Popular Italiano, heredero de la DC, enfrascada en 1994 en una crisis terminal por sucesivos escándalos de corrupción de los que no fue ajeno Andreotti ni toda la dirigencia que lo acompañó. Caída la Unión Soviética y con su propia crisis de identidad en el PCI, la DC había dejado de ser funcional para detener el avance comunista. Sin un líder de la talla de Il divo, Il cavaliere, como se conoce a Berlusconi, fue la salida que encontró el establishment italiano para mantenerse en el poder real. Empresario de medios, bon vivant y desprejuiciado, encarnaba en los años de apogeo del neoliberalismo el ideal de triunfador que la sociedad italiana anhelaba como modelo. Pero tras casi 20 años de «éxitos», Berlusconi cayó en desgracia y con él creció la inestabilidad, justo cuando el resto del continente le exigía mayores ajustes y cambios económicos al país. Reformas imposibles de sostener sin un gobierno fuerte o de consenso.
Para cuando moría Andreotti, en 2013, y Berlusconi ya estaba raleado del poder por sus problemas tribunalicios, el PD ganó las elecciones llevando al frente a Pier Luigi Bersani, un boloñés con poco carisma que no logró formar gobierno a pesar de haber ganado los comicios parlamentarios y tampoco pudo promover un candidato para la presidencia del país, un cargo más bien simbólico pero que resulta a la postre fundamental para mantener la institucionalidad.
Ya por entonces Renzi se alistaba para la toma del poder. Lo consideraban los medios amigos como el Tony Blair italiano, el Berlusconi 2.0; los otros lo llamaban Il piacione, una palabra que designa a esos personajes que desesperadamente buscan agradar a todo el mundo. En una maniobra desesperada para no dejar todos los cargos vacantes, la Legislatura aprobó una medida inédita en la historia de la democracia parlamentaria de Italia: prorrogó la presidencia de Giorgio Napolitano, un ex integrante del PCI que a los 89 años puede decirse que las vio todas.
El eterno
Napolitano, que ya anunció su deseo de dejar el puesto a la brevedad, nombró sucesivamente para hacerse cargo de la papa ardiente de la jefatura de Gabinete a un tecnócrata de la Unión Europea que había hecho sus primeros pasos en la banca Goldman Sachs, Mario Monti, y luego del frustrado triunfo de Bersani, a Letta. La embestida final de Renzi se produjo en febrero de este año, cuando tras conseguir la secretaría general del PD hizo retirar el apoyo parlamentario a su correligionario. Tras su fustigado encuentro con Berlusconi y la promesa de cambios en la ley electoral, era el único que podía prometer una salida al estancamiento en que estaba la economía y ante la falta de perspectivas de solución a corto plazo. Entendió que no hay nada peor que no hacer nada pero además, a los 39 años, era el único que podía expresar el descontento de una generación que se había criado en el desánimo y la vaciedad.
Porque el otro personaje que podría representar el cambio que la sociedad reclamaba, el cómico Beppe Grillo, se había ido ahogando en su propia salsa desde ese mismo comicio, en que despuntó como sorpresa de la antipolíitica pero no pasó de ser un representante testimonial sin respuesta a reclamos más concretos para la ciudadanía que no fuera el descontento moral por el desmanejo de la cosa pública. Renzi pertenece a la misma dirigencia y se ofrece como el medio para avanzar hacia el futuro desde otro rincón de la política. De hecho su eslogan es que llegó para cambiar Italia y no simplemente para administrarla.
Tiene razón Berlusconi cuando dice que fue el último premier elegido por el voto del pueblo. Pero al menos Renzi se dio un baño de triunfo electoral en mayo pasado, cuando en la votación para el europarlamento logró más del 40% de los sufragios, siendo el mandatario de centroizquierda más votado en el continente. Una elección que normalmente no aporta mucho fue el espaldarazo para reforzar el liderazgo del joven impetuoso al que muchos comparan a otro gran florentino, Maquiavelo.
Envalentonado con al resultado, Renzi planteó en la cumbre europea poner fin a la era de los recortes en la región para avanzar hacia la reducción del desempleo. La exigencia de un nuevo Pacto de Estabilidad alarmó a conservadores y socialdemócratas. Hasta el francés François Hollande, que había llegado al poder con la agenda del socialismo y luego dio un giro de 180 grados, quedó descolocado al verse acorralado por izquierda. Pero claro, el PSF está entre los que más perdieron en ese fatídico 25 de mayo en que la derecha xenófoba y antieuropea cantó presente desde las urnas.
Durante lo que va del año, Renzi mantuvo una reunión mensual con Berlusconi. La obsesión de ambos es reformar las leyes políticas para garantizar un bipartidismo que permita la gobernanza. El derechista lo hace para mantener su cuota de influencia con su partido, Forza Italia. El premier, para consolidarse como el líder de los años que vienen. «Se necesita un sistema para gobernar Italia, con un ganador claro la misma noche de las elecciones», señalaron Renzi y Berlusconi.
La idea que plasmaron es que en el futuro el partido que alcance el 40% de los votos obtendrá la mayoría de escaños gracias a una «prima del vencedor» que le daría un plus de legisladores. En caso de que nadie logre esa cifra, se deberá realizar un balotaje con los dos partidos que hayan tenido más votos. Difieren acerca de si ese plus de legisladores corresponderá para la coalición más votada o para el partido en forma individual, pero la frutilla del postre es que se comprometieron a que los integrantes del actual Congreso permanezcan en sus puestos hasta 2018, lo cual tranquilizaría a los que ocupan cargos y a la vez permite a Renzi implementar las medidas que se propone para su modelo.
Plan conflictivo
El otro gran cambio de Renzi se basa en la reforma de las leyes laborales. Es un plan de flexibilización muy resistido por los sindicatos, que ya le hicieron dos paros, sumando otro el 12 de diciembre, y también dentro de la propia agrupación política que sostiene al primer ministro. Conocida como Jobs Act, en uno de sus artículos, el séptimo, propone «simplificar» los 46 tipos de contratos existentes hasta ahora mediante un «contrato indeterminado de protecciones crecientes» que según los críticos de la normativa refuerza el poder de la patronal porque la relación cambiaría según las exigencias productivas de la empresa. El otro tema en debate es la derogación del artículo 18 del Código del Trabajo (ver aparte).
A principios de noviembre gremios de base hicieron una huelga que se hizo sentir en los principales distritos italianos, ya que pararon los transportes públicos y privados y trabajadores de la educación y sanidad.
Dos de las principales centrales, la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL) y la Unión Italiana del Trabajo (UIL). Entre ellos está la otrora poderosa FIOM, el gremio metalúrgico, golpeado con la ida de la Fiat. A mediados de año, la emblemática automotriz turinesa confirmó que tras la fusión con la estadounidense Chrysler deja el país para ser una compañía global con sede en Londres, registrada bajo leyes holandesas y que cotiza en la Bolsa de Nueva York. Nada que ver con Italia.
Revista Acción
Diciembre 1 de 2014
por Alberto López Girondo | Dic 3, 2014 | Sin categoría
Si hay un territorio donde la caída del Muro de Berlín impactó fuertemente fue el de América Latina y quizás con la Argentina en primer lugar. La crisis de la deuda y la hiperinflación habían dado un marco oportuno para que las oligarquías locales impulsaran modelos económicos más cercanos a sus intereses, coincidentes con los de las potencias centrales. No fue casual que para la misma época en que asumía Carlos Menem en la Casa Rosada, adelantado ante la debacle económica de la gestión de Raúl Alfonsín, surgieran otros mandatarios que se inclinaron por políticas antipopulares.
El Consenso de Washington nació en 1989, cuando el economista John Williamson estableció cuáles serían las medidas necesarias para aplicar el modelo neoliberal, el único posible según se ufanaba en un plan que apoyaban el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos. En 1989 jurarían también como presidentes George Bush padre en EE.UU., Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Jaime Paz Zamora en Bolivia, derrocarían al dictador paraguayo Alfredo Stroessner y ganaría la elección el brasileño Fernando Collor de Melo.
La hiperinflación argentina iría en paralelo con el estallido social que se conoció como Caracazo, una movida que fructificaría tres años más tarde en el intento de golpe contra Pérez que colocó a la cabeza de los reclamos a un desconocido teniente coronel Hugo Chávez, en 1992. Por entonces, el gobierno de Bush padre emprendía cruzadas como la primera guerra del Golfo Pérsico, tras la invasión de Kuwait por tropas iraquíes del gobierno de Saddam Hussein. La incursión encontró un fuerte apoyo en las Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad aprobó una aventura que recibió, además, el respaldo de 34 países, entre los que estaba la Argentina, que envió dos fragatas para sumarse a la Operación Escudo del Desierto. El modelo neoliberal, que se fue expandiendo incluso tras la llegada del demócrata Bill Clinton al gobierno estadounidense, en 1993, levantó cientos de movilizaciones populares en todo el continente. Así, tras el Caracazo y el alzamiento de 1992 se consolidaría la imagen de líder popular de Chávez, quien desde su primera presidencia, iniciada en 1999, encabezaría el primer proyecto antineoliberal, aunque todavía en solitario. George W. Bush hijo sucedería a Clinton, y a poco de ocupar el cargo le tocaría enfrentarse con el que seguramente fue el comienzo del fin de ese corto período de auge de EE.UU. como potencia imperial global. Los atentados del 11 de setiembre de 2001, coincidentes con los últimos estertores del gobierno de Fernando de la Rúa, fueron también el comienzo del fin del neoliberalismo en América Latina. El proyecto iniciado en Argentina cuando Menem era el personaje a copiar por el resto de la región provocó un catastrófico resultado que sumiría en una crisis fenomenal a los organismos internacionales. Ni Menem ni Argentina eran ya los mejores del aula y la rebelión popular de diciembre de 2001 haría saltar por los aires el esquema cimentado en los 90.
Luego vendrían historias más conocidas. En 2003 llegaron al gobierno Néstor Kirchner y Lula de Silva y de inmediato impulsaron una nueva visión y otra respuesta a la crisis. Chávez tenía entonces compañía y en 2005 el Frente Amplio, esa construcción de izquierda nacida en 1971, destronaría el bipartidismo que por 174 años había gobernado en Uruguay. Para noviembre de ese año, cinco «rebeldes», Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela, le decían «No al mercado común de Alaska a Tierra del Fuego», la frutilla del postre del Consenso de Washington. Fue el comienzo de otro período para la región.
Se fueron armando redes regionales en un contexto inédito, con un poder imperial sumido en sus enfrentamientos en otras regiones del planeta –Irak, Afganistán– y en los albores de una crisis económica que estalló en 2008 y que quizás ese rechazo en Mar del Plata ayudó a acelerar. Porque tal como entendieron los gobiernos de entonces, las potencias centrales ya no pudieron descargar sus crisis recurrentes sobre los hombros de los habitantes de estas tierras. Nacieron en este tramo histórico proyectos integradores como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), una suerte de OEA sin Estados Unidos ni Canadá, pero con un papel central para Cuba, y la palabra integración dejó de ser una utopía para crecer como realidad. Barack Obama, en tanto, pasará a la historia por haber sido el primer ciudadano negro en ocupar el Salón Oval de la Casa Blanca. Llegó en representación de los demócratas con la promesa de reimpulsar el crecimiento de la todavía principal economía del mundo y de poner fin a todas las guerras que llevaba adelante Estados Unidos. Pero el mundo de Obama terminó siendo definitivamente otro. Nuevos jugadores lideran ahora una nueva multipolaridad en la que, a través de realidades como el Grupo BRICS, que nuclea a Brasil, India y Sudáfrica con China y Rusia, y avanza hacia nuevas formas de relación política y comercial. Ya no hay una sola potencia económica y tampoco alcanza con ser el gendarme mundial para lograr objetivos políticos.
La orfandad de Estados Unidos quedó reflejada en la última votación en la Asamblea de la ONU contra el embargo a Cuba: de 193 naciones miembro, 188 votaron por el levantamiento del castigo impuesto a la isla. Hubo tres abstenciones de países con poca influencia diplomática, como Palau, Islas Marshall y Micronesia, y solo dos a favor de la permanencia del embargo: Israel y el propio Estados Unidos. La situación resulta tan comprometida en términos estratégicos que un editorial del influyente The New York Times lo resumió así: «Es irónico que una política destinada a aislar a Cuba ha causado el efecto contrario y el que se ha quedado solo es Estados Unidos».
Revista Acción
Noviembre 15 de 2014
por Alberto López Girondo | Nov 28, 2014 | Sin categoría
La absolución de Darren Wilson, el policía blanco que el 9 de agosto mató en Ferguson, Missouri, a un adolescente negro, Michael Brown, despertó las iras de la población afrodescendiente en todo Estados Unidos, pero también una polémica de largo alcance que llega hasta el primer mandatario no blanco en la historia del país.
Los medios masivos alcanzaron audiencias impresionantes cuando mostraban las imágenes de saqueos, destrucción de propiedad privada e incendios en varios distritos. El fuego, lo sabe cualquier estudioso de la imagen en movimiento, siempre captura la curiosidad popular. Pero como nunca antes, las redes sociales explotaron al ritmo de las calles, y entre el martes y el miércoles pasados hubo 580 mil tuits citando a Ferguson, según registró Topsy, un sitio que analiza y computa el tráfico en la red. Sólo el hashtag #BlackLivesMatter (las vidas negras importan) tuvo 72 mil menciones en un día.
El primer y más obvio debate sobre el caso rondó en torno de la violencia racial de la policía tanto como de las instituciones judiciales, que en este caso habrían decidido no cuestionar la actitud de Wilson de vaciar el cargador de su pistola sobre un muchacho desarmado. En el primer reportaje que el uniformado dio luego de conocerse el fallo del jurado –que bueno es recordar, al igual que el fiscal alega no haber encontrado razones para elevar el homicidio a juicio a pesar de que la declaración de Wilson se contradice con la de algunos testigos y de que en todo caso la verdad de lo ocurrido se podría haber ventilado en un tribunal público– dice que actuó a conciencia y que volvería a hacer las cosas como las hizo.
Cierto que tras la decisión judicial no hubiera sido conveniente mostrar dudas, ya que seguramente deberá enfrentar un juicio federal como instancia superior. Pero no son pocos los que cuestionan la oportunidad y la forma en que se presentó ante la cadena ABC News. Porque no hizo más que irritar a una sociedad lo suficientemente sensible entonces como para escuchar las declaraciones sin que les sonaran ofensivas.
Elias Isquith, un joven periodista estadounidense que suele publicar en The Atlantic, hizo un análisis quizás algo maquiavélico como reconoce, pero que cuadra perfectamente en cómo se difundieron las noticias. Da por sentado que hubo una conspiración, «pero no para proteger a Wilson de ser sometido a juicio», acota Isquith, sino para «organizar el anuncio de la exoneración del modo más provocativo posible». ¿Para qué? Pues para «manipular al público y a la prensa en el sentido de olvidar la real historia de Ferguson y desviarla hacia la moralidad de los incidentes posteriores». Isquith apunta para su argumentación que el jurado se expidió fuera de la fecha inicialmente establecida, que el fiscal fue estirando el anuncio durante todo el día y que cada tanto se deslizaba un trascendido favorable al policía. «Todo lo que querían era mejorar la maltrecha imagen de la estructura de poder en Ferguson, no para hacer parecer a las cosas bien, sino para hacer que los manifestantes parezcan peor. Es una estrategia probada, como Rick Perlstein ha documentado, y que ayudó en su momento al presidente Richard Nixon.» En Nixonland, Perlestein define la estrategia del mandatario del Watergate para abortar los levantamientos antirraciales de fines de los ’60 en el sur de Estados Unidos mediante la manipulación del resentimiento social como arma política.
El otro punto importante en el debate es el de las diferencias sociales y de oportunidades entre negros y blancos y de cómo la pobreza termina siendo un elemento criminalizador para el establishment y los medios más conservadores. Sin embargo hay otro aspecto que sectores liberales estadounidenses –en el buen sentido de la palabra– se encargaron de destacar en estos días.
Paul Craig Roberts es un viejo invitado de esta columna. El hombre fue subsecretario del Tesoro durante la administración de Ronald Reagan y uno de los máximos predicadores de las llamadas Reaganomics, de triste recuerdo. Pero es un liberal consecuente cuando se habla de derechos civiles. Así es que en su sitio web publicó con cierta nostalgia: «Puedo recordar los tiempos en que la policía en Estados Unidos era confiable. Ellos se mantenían a sí mismos bajo control y veían a su papel como útil a ciudadanos e investigadores de delitos. Se encargaban de no presentar cargos contra personas inocentes y de matar ciudadanos sin causa. Esos policías dejarían sus vidas con tal de no cometer un error en el uso de su poder.»
Pero todo cambió tras el 11 de septiembre de 2001, o incluso algo antes, señala Roberts. «La policía fue militarizada (…) está enseñada para considerar al público, especialmente a cualquier sospechoso o infractor de tránsito, como una amenaza potencial a la policía. La nueva regla que se les enseña es aplicar violencia al sospechoso o delincuente con el fin de proteger al agente y para interrogarlo sólo luego de asegurarse de que todavía están vivos después de haber sido golpeado, electrocutado (NdR: con una pistola Traser) o baleados.»
Roberts se alarma de que la policía actual haya sido preparada, no para investigar crímenes, a la usanza de los viejos detectives de novelas de suspenso diría uno, sino para «protegerse a sí mismos de un público inclinado al crimen, ya sea negro como blanco».
John Whitehead es un abogado y criminalista que hace 32 años fundó el Instituto Rutherford, para la investigación y defensa de las libertades civiles y los Derechos Humanos. Rutherford, aclara en su página de Internet, por un sacerdote escocés que consideraba que ni siquiera un rey podría estar por sobre las leyes. Whitehead comienza su último artículo sobre el caso Ferguson con una frase de un ex oficial de policía y profesor de criminología, Thomas Nolan, nostálgico también de otros tiempos. «Si usted viste a un agente policial como soldado, lo pone sobre vehículos militares y le da armas militares, ellos adoptarán una mentalidad guerrera. Nosotros luchamos contra enemigos, y los enemigos son el pueblo que vive en nuestras ciudades, particularmente la gente de color.»
Este clima bien pudiera haber influido en el agente Wilson, quien en su declaración ante el Gran Jurado describió el momento crucial en que comenzó a disparar: «Me atacó y yo disparé pero el arma no funcionó (…) Presioné por tercera vez y disparó (…) Brown me miró con su cara más agresiva, la única forma en que puedo describirlo es que parecía un demonio de lo enfadado que estaba.» Luego apretó el gatillo varias veces más, recordó.
Whitehead, montado sobre la certeza que le dejaron las imágenes de policías pertrechados de combate durante la represión de los incidentes en Ferguson, afirma que el debate sobre el racismo es una «efectiva arma de propaganda usada por el gobierno y los medios para distraernos sobre el problema real». ¿Cuál es el verdadero problema?
Tras un recuento sobre el rol del aparato militar industrial en esta era y dentro del propio territorio de Estados Unidos, Whitehead considera que «Ferguson es importante porque nos brinda un anticipo de lo que está por venir. Es una señal de alarma, por así decirlo, para alertar sobre cómo seremos tratados si no intentamos cautelosamente cambiar a la policía estatal. Y no importa si somos negros o blancos, ricos o pobres, republicanos o demócratas. A los ojos del estado corporativo, somos todos enemigos.»
La conclusión es para preocupar no sólo a los estadounidenses, pero a ellos en primer lugar. «Desde que cayeron las Torres Gemelas, el pueblo estadounidense ha sido tratado como a combatientes enemigos, y puede ser espiado, seguido, escaneado, cacheado, buscado, sometido a todo tipo de intrusiones, intimidado, invadido, asaltado, maltratado, censurado, silenciado, baleado, encerrado, y se les niega el debido proceso.»
Esto no ocurre sólo puertas adentro y hace unos días el gobierno de Estados Unidos tuvo que comparecer ante el Comité de la ONU contra la Tortura en Ginebra a raíz de múltiples denuncias de abusos y maltratos a prisioneros, migrantes y minorías étnicas.
Una delegación integrada por una treintena de funcionarios estadounidenses tuvo que responder un cuestionario del organismo elaborado en base a las inquietudes de grupos de defensores de las libertades civiles de todo el mundo, y también de Estados Unidos. Era la primera vez que funcionarios de Barack Obama iban a Ginebra a responder por acciones reñidas con los Derechos Humanos. La Casa Blanca admitió haber «cruzado la línea», bastante más de lo que hicieron sus antecesores. Pero tradicionalmente Washington no suele pagar por las faltas que comete.
Tiempo Argentino
Noviembre 28 de 2014
Ilustró Sócrates
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