por Alberto López Girondo | Nov 7, 2014 | Sin categoría
Si algo dejaron en claro las elecciones en Estados Unidos es que el último tramo del mandato de Barack Obama no será precisamente un lecho de rosas. Y parafraseando a Bon Jovi en su canción homónima, el presidente está «sentado frente a un viejo piano, golpeado y herido, tratando de capturar ese momento de la mañana en que no sabe porque todavía la cabeza le da vueltas».
No por previsto, el mazazo electoral duele menos a los demócratas. Es que tanto el resultado como el índice de votantes que prefirieron continuar con su trabajo de cada día en lugar de ir a las urnas, es una prueba, la mas tangible, del descontento con la gestión del primer mandatario negro que ocupa el salón oval de la casa de gobierno de Washington.
Como se sabe, los republicanos recuperan empuje tras la derrota de 2008 y la última de 2012 y ahora tendrán el control total de ambas cámaras. Para el imaginario popular, un presidente de la principal potencia económica y militar del mundo es un señor superpoderoso que hace y deshace a voluntad. Pero si hay un sistema que limita precisamente la voluntad del inquilino de la Casa Blanca es el legislativo estadounidense. Muy pocas cosas se le permiten al mandatario sin lograr el aval del Congreso. Para lo cual, un Parlamento amigo es la mejor noticia que pueda resultar de cualquier comicio, ya sea presidencial como de medio término.
Cierto es que el caso de Obama no es inédito en la historia reciente de Estados Unidos. De hecho, el líder demócrata Bill Clinton había perdido su primera legislativa en 1994, a Ronald Reagan le ocurrió lo mismo en 1986 y el propio Dwight Eisenhower, recordado por Obama el martes mismo, debieron enfrentar escenarios fuertemente opositores y de todas maneras se las arreglaron para terminar reelectos dos años mas tarde.
Pero para Obama, quien deberá dejar el cargo en enero de 2017, la situación tiene aristas más complicadas. Es que llegó al gobierno con la promesa de cambios tan profundos como para hacer pensar en el nacimiento de una nueva era para Estados Unidos. Su triunfo hace seis años ya era en sí mismo una señal de cambios, teniendo en cuenta al color de su piel en un país que para el año de su nacimiento, en 1961, mantenía graves problemas de discriminación con un resultado en violencia racial que hoy podría parecer exagerado.
Además, su promesa de modificar el sistema de salud creado con la matriz individualista del más rancio liberalismo en la época de Richard Nixon, y la de terminar con las guerras en Irak y Afganistán, le habían acarreado la voluntad de millones de ciudadanos del amplio círculo progresista y de las comunidades minoritarias, incluidos negros y lo que genéricamente se conoce como latinos o hispanos.
A poco de andar, sin embargo, Obama pretendió más convencer a las grandes mayorías que forzar las nuevas propuestas. Sabía que los medios iban a ser su gran opositor, pero también que lo sería el consenso generalizado en la sociedad acerca de ciertos marcos legalistas que conforman lo que el estadounidense medio considera positivo y deseable.
No es moralmente aceptado que un presidente, y menos proviniendo de una comunidad étnica que ciertamente una gran masa crítica desprecia, se enfrente enérgicamente con los poderes constitucionales ni con los medios de comunicación. Así fue que eligió el camino de negociar su principal emblema, la ley sanitaria, antes que imponerla, con lo que logró aprobar una normativa que se parece bastante poco a su propuesta original.
Hubo otras dos promesas que en su momento alentaron expectativas: el cierre de la cárcel en Guantánamo, donde acusados de terrorismo pasan años en prisión sin ningún juicio ni derecho a una defensa digna.
La otra fue crear un nuevo régimen para legalizar la inmigración que cada día cruza la frontera sur para buscar mejores condiciones de vida en el país del norte.
En ambos casos los republicanos y los medios masivos –con su impronta amarillista y sobre todo conservadora– le fueron con todo a las reformas que pretendía Obama. Que justo es decirlo, tampoco es que contaba con el apoyo total de los miembros parlamentarios de su propio partido. Es que el sesgo conservador atraviesa a toda la sociedad estadounidense, que se permitió apenas el desliz de elegir a Obama y de allí no pasó.
Esos sectores derechizados, tomaron la posta y llegaron a decir que Obama no era nativo de Estados Unidos, porque su madre había vivido muchos añois en Hawaii y en Indonesia y su padre era nigeriano, hasta considerad que las políticas que se proponía eran de tinte socialista.
La respuesta de Obama siempre fue una moderación rayana con la inmovilidad. En algún momento dijo que prefería hacer las cosas como manda el ideario democrático occidental y no terminar acusado de totalitario, como le sucedía al venezolano Hugo Chávez. Elegía exagerar su fervor constitucionalista para no generar mayores rechazos. Una política que no sólo le acarreó tanto a él como al partido demócrata una derrota apabullante y dos años que prometen ser de espanto –ya los líderes republicanos adelantaron que harán lo posible para voltear la ley de salud, y nada indica que no volverán a bloquear iniciativas presupuestarias para dejar otra vez sin presupuesto a la administración pública– sino que le hicieron un daño muy profundo a las esperanzas de los millones que ansían y necesitan de cambios de raíz en el concepto de lo que un estado debe ser y hacer.
Esa decepción se reflejó en la escasa asistencia a la elección, el principal castigo que se le puede hacer a los demócratas. La experiencia indica que los republicanos suelen ser más fieles a la hora de acudir a las urnas. En un país donde el voto no es obligatorio y se necesita anotarse previamente para ejercer ese derecho, y donde además la elecciones siempre son en martes, un día laborable –lo que compromete la voluntad ciudadana– los demócratas ganan cuando logran convencer a los remisos de que los representan. Si no van es que no se sienten representados, que es lo que está ocurriendo.
No viene a cuento repetir que el premio Nobel de la paz fue a una esperanza fallida. Si alguien pensaba en 2008 que todo podría estar peor en política exterior –la única que maneja un presidente de Estados Unidos con cierta libertad– ya habrá comprobado qué lejos estaba de la verdad. Todo fue para peor en cada uno de los lugares en donde Washington intentó meter baza. Y esa es otra cuenta que se le carga a Obama.
Las cifras del ausentismo son para preocupar a quienes se reconocen democráticos. Sobre 227.224.334 ciudadanos autorizados a votar, solo fueron a hacerlo 83.255.000, o sea, el 36,6% en la general, aunque en estados de predominancia hispana, y sobre todo los sur, no llegó ni al 30 por ciento.
Algunos think tanks estadounidenses, como el Pew, se plantean quiénes son ese principal partido estadounidense, el de los no votantes. Y encuentra que un gran sector de ellos son jóvenes de menos de 30 años (se los conoce como «millennials», y son la tercera parte) pero que siete de cada diez son menores de 50 años. Casi el 43% de los no votantes son de las minorías étnicas, entre ellos hispanos, afroamericanos. Pero hay otros datitos interesantes. El 43% de los «milennials», están convencidos de que «Washington está roto». Y en la general, sin distinción de edades, el 54% ciento no les cree ni a los demócratas ni a los republicanos.
Este descrédito de los partidos, que en España alumbra movimientos como el de Podemos, fue un indicativo de cambios en 2008 en Estados Unidos. Lo percibió Obama, que utilizó como lema de campaña «Yes, We Can». O sea, «si, podemos».
Seis años después, la sociedad protestó por lo que Obama no supo, no quiso o no pudo. Y lo hizo como se hace en Estados Unidos, sin votar. Porque entendieron que daba lo mismo. Grave señal.
Tiempo Argentino
7 de Noviembre 2014
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Nov 6, 2014 | Sin categoría
Fue el notable historiador Eric Hobsbawm quien acuñó el concepto «corto siglo XX» para referirse al período entre el comienzo de la Primera Guerra Mundial y la disolución de la Unión Soviética, 1914- 1991. Razones no le faltan al investigador de origen británico, porque hay una continuidad significativa en esos 87 años que marcan el surgimiento del primer ensayo comunista y su posterior derrumbe, en medio de la desaparición de los imperios europeos y el surgimiento de Estados Unidos como potencia global dominante.
Hay sin embargo una fecha que simbólicamente preanuncia ese final. En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, hace justo un cuarto de siglo, comenzó literalmente la demolición del muro de Berlín, ese paredón de unos 120 kilómetros de extensión y casi 4 metros de altura que había separado a las dos Alemanias desde 1961. Era el fin efectivo de la Guerra Fría en su principal campo de batalla de esa disputa entre el mundo occidental o capitalista y el oriental o socialista.
Esa permanente tensión que se expresaba en el territorio desde donde el nazismo intentó construir un imperio para mil años, implicó a partir de 1945 la creación de dos entidades diversas: la República Democrática de Alemania, dentro del campo soviético, y la Republica Federal de Alemania, alineada con Estados Unidos y ocupada con tropas estadounidenses, francesas y británicas.
El paredón se había levantado en agosto de 1961 entre los sectores que dividían la Berlín oriental de la que ocupaban los países occidentales. Mucho se dijo sobre las razones y sinrazones de esa construcción.
Lo cierto es que de un lado de la pared los europeos iban tejiendo alianzas entre tradicionales enemigos como Alemania y Francia que llevaron a la creación de la actual Unión Europea. También cimentaron una coalición de tipo militar con Estados Unidos a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ambos dos son protagonistas principales de esa disputa que no cesa, ahora en una de las ex repúblicas soviéticas, Ucrania (ver aparte).
Porque ese momento histórico dio para pensar en qué mundo estaba naciendo en ese adelantado inicio del siglo XXI. Fue en ese contexto que un hasta ese momento desconocido politólogo de origen japonés, Francis Fukuyama, lanzó desde la tapa de un libro una frase de la que después se arrepentiría. La humanidad había llegado, según el catedrático de la Universidad John Hopkins, a la cima de su desarrollo, era «el fin de la historia». Que es como decir, el futuro terminó.
Ese lugar paradisíaco, según deslizaba Fukuyama, era el momento de las democracias liberales, el capitalismo como sistema económico excluyente y el dominio absoluto de Estados Unidos desde un lugar de imperio político, faro cultural y gendarme mundial. El neoliberalismo, que primero prosperó en América Latina mediante el consenso de Washington en el marco de gobiernos afines, dio lugar a la extensión del poder financiero hasta los últimos rincones del planeta.
UNIPOLARIDAD
Fue entonces que Estados Unidos emprendió cruzadas como la primera guerra del Golfo pérsico, en 1991, tras la invasión de Kuwait por tropas iraquíes enviadas por el gobierno de Saddam Hussein. Hussein, que había fluctuado en acercamientos a la Casa Blanca tras la revolución iraní al punto de ser funcional al combate de la República Islámica, de pronto aparecía como enfrentado a los ganadores de la Guerra Fría.
La administración del republicano George Bush padre, el hombre que había sido director de la CIA de 1976 a 1977 y luego vicepresidente de Ronald Reagan entre 1981 y 1989 fue protagonista fundamental de todo ese período previo a la caída de la URSS. Conocía a fondo y había incluso promovido muchas de las decisiones que llevaron a Fukuyama y a muchos otros líderes internacionales a pensar que efectivamente ya no había más que hacer, la historia había llegado a su conclusión. Bush llegó a decir que su lucha era por un Nuevo Orden Mundial. Y pocos lo intentaban desmentir.
Fue en este contexto que la operación contra el Irak de Hussein encontró un fuerte apoyo en las Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad, que comenzaría a integrar Rusia como heredera del sitial que correspondía a la Unión Soviética, aprobó junto con las otras cuatro potencias –EE UU, China, Francia y Gran Bretaña- una incursión para desplazar a los ejércitos iraquíes de Kuwait. La operación recibió, además, el apoyo de 34 países entre los que estaba la Argentina de Carlos Menem, que envió dos fragatas para sumarse a la Operación Escudo del Desierto.
Durante estos años de oro del imperio estadounidense, ya sea con el primer Bush o con el demócrata Bill Clinton, Estados Unidos y la OTAN tuvieron un rol fundamental por acción o por omisión en algunos de los conflictos más dramáticas de la posguerra fría, como las guerras balcánicas tras la desaparición de Yugoslavia y la de Somalia. Pero poco a poco, esa alianza férrea se fue a su turno disolviendo. Un poco por el propio peso de errores y de los enormes costos que implicaba poner tropas a lo largo y a lo ancho del globo y por el despliegue de bases militares en los lugares clave para consolidar la Pax Americana.
«La última década del Siglo XX ha sido testigo de cambios teutónicos en los asuntos mundiales… La derrota y el colapso de la Unión Soviética fue el paso final en el rápido ascenso de una potencia del hemisferio occidental, los Estados Unidos, como único, y, en realidad, primer poder verdaderamente mundial», escribió por esos años Zbigniew Brzezinski, quien fuera consejero de seguridad del gobierno de Jimmy Carter y es uno de los estrategas geopolíticos más respetados por los círculos de poder de Washington y alrededores.
«La cuestión de cómo los Estados Unidos, comprometido mundialmente, se enfrentaría a las complejas relaciones de poder en Euro Asia—y particularmente si ha de prevenir el surgimiento de un poder euroasiático dominante y antagonista—es crucial para poder ejercer su dominio mundial» agregó en «El gran tablero mundial: la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos», su libro publicado en 1997 donde desde el título adelanta la conclusión.
EL HIJO PRODIGO
Sin embargo, poco duraría esa era de supremacía por la que luchaba Brzezinski. Tras los dos períodos de Clinton sobrevendría una nueva gestión de los Bush, esta vez en manos de George W, un hombre de escasas luces que se había aferrado al metodismo –esa vertiente puritana protestante nacida en la Gran Bretaña del siglo XVIII- para escapar del alcoholismo. GWB llegó al gobierno luego de una elecciones con el que fuera vicepresidente de Clinton, Al Gore, que terminaron ajustadamente y con denuncias bastante certeras de que hubo fraude en el conteo de votos en el estado de Florida, gobernado entonces por Jeb, otro hermano de la dinastía. Un baldón para la democracia que se mostraba como ejemplar y que tras más de un mes de incertidumbre y de presiones políticas de todo calibre, fue laudado por la Corte Suprema dándole el triunfo a Bush pero en medio del mayor de los desprestigios, que pusieron al sistema electoral estadounidense a la altura de las repúblicas bananeras que habían auspiciado a lo largo de sus intervenciones en al sur del Río Bravo.
Como fuera, Bush hijo tendría su bautismo de fuego el 11 de setiembre de 2001, cuando dos aviones de línea se estrellaron contra las Torres Gemelas, provocando lo que para algunos representa el primer ataque a gran escala fronteras adentro de los Estados Unidos, y justo en lo que era el símbolo máximo del poder financiero internacional, en el corazón de Nueva York.
Fue entonces que la historia daría una nueva voltereta, aunque más no fuera para demostrar que seguía habiendo futuro. Los temores azuzados por los medios y los poderes fácticos desde entonces sirvieron para justificar eso que para los estadounidenses mas aferrados a las libertades civiles comenzaría a ser una de las épocas más oscuras, mediante la profundización de los mecanismos de control social y el endurecimiento de penas por nuevos delitos en el marco de la lucha antiterrorista. Si Bush padre tejió alianzas para un Nuevo Orden Mundial, Bush hijo lo intentaría hacer lo propio para una lucha a muerte contra el «eje del mal».
Para ejercer el control, GWB contó con las nuevas herramientas tecnológicas que se habían desarrollado en Estados Unidos, como internet, y que había explotado a través de la red web durante los años 90, en la era Clinton. Nacida como una red militar y defendida desde entonces como un arma estratégica fundamental por el Pentágono, internet es el principal reservorio de información sensible de ciudadanos de todo el mundo para las agencias de espionaje estadounidense.
Los años de Bush hijo sumieron a EE UU y al mundo en una catarata de guerras por el dominio de los recursos cada vez más sofisticadas y al mismo tiempo más desembozadas. La invasión de Afganistán en ese mismo 2001 tuvo como excusa el combate del terrorismo y la búsqueda del presunto autor intelectual de los ataques en Nueva York, el saudita Osama bin Laden y de los talibanes que lo acompañaban, quienes también habían sido aliado de Washington durante la invasión soviética en los 80.
La invasión a Irak en 2003 fue la forma de culminar la guerra que había iniciado su padre una docena de años antes. La excusa en este caso sería la peligrosidad de Hussein, que tenía un arsenal de armas de destrucción masiva listas para utilizar contra las «naciones libres». El argumento fue expuesto ante la Asamblea de la ONU por el entonces secretario de Defensa, Colin Powel y logró el apoyo de una coalición occidental bastante menor. La poca credibilidad de argumento, que desoía la información de un comité de el mismo organismo internacional y pasaba sobre las sospechas que se extendían desde varios gobiernos, lograría solo el sostén político y militar de los gobiernos del español José María Aznar y el británico Tony Blair.
INQUILINO NEGRO
Barack Obama pasará a la historia por haber sido el primer ciudadano de raza no blanca en ocupar el Salón Oval de la Casa Blanca. Llegó en representación de los demócratas tras la caída del banco Lehman Brothers en 2008, que desencadenó la crisis económica más importante en el capitalismo desde la de 1930. Llegó, también, en medio de la aversión generalizada por el estado belicista que dejaba Bush y con la promesa, no solo de reimpulsar el crecimiento de la todavía principal economía del mundo y de poner fin a todas las guerras que llevaba adelante Estados Unidos. Asumió, como es de rigor en ese país, un 20 de enero y a fines de ese mismo año de 2009, basados en las promesas de cambio y en medio de lo que se llamó la Primavera Árabe, que hacía presagiar nuevas realidades, le entregaron el Premio Nobel de la Paz.
Pero el mundo de Obama ya era otro. China y Rusia son ahora cabezas de puente de una nueva multipolaridad en la que, a través de entidades como los BRICS, nuclea a Brasil, India y Sudáfrica, cada uno con su propio esquema de ambiciones pero con el objetivo común de disputar el futuro de los próximos años. Europa, con sus contradicciones, ahora marcha al ritmo que le marca Alemania, una nación que fue superando viejas antinomias internas y desde 2006 tiene como líder a una mujer formada en lo que fuera el área comunista, pero que es ferviente defensora del sistema capitalista.
Poco a poco, las promesas de Obama se fueron convirtiendo en esquivas realidades incluso para quienes habían sostenido con fervor su candidatura en tiempos de Bush. Para peor, no solo no pudo dejar de lado las guerras –de hecho si bien retiró tropas de Irak y Afganistán, terminó forzando nuevas intervenciones- sino que perfeccionó métodos que escandalizarían a los «padres fundadores». Los procedimientos de asesinatos selectivos, como hizo un comando en el refugio de Bin Laden en Pakistán, se suman a la extensión del espionaje en las redes informáticas y los teléfonos celulares de ciudadanos y mandatarios internacionales, como demostró el ex agente Edward Snwoden. Y también apañó golpes en América Latina –Honduras y Paraguay- y hasta en Egipto cuando las cosas amenazaban con irse de rumbo.
No pudo hacerlo en Siria para derrocar a Bashar al Assad por el rechazo firme del presidente ruso Vladimir Putin –en ese país está una de las bases militares que queda de la era soviética- como tampoco pudo intervenir en Crimea, donde hay otra. Pero el escenario que enfrenta Obama no desmerecería a su antecesor: guerras e inestabilidad en Irak, Afganistán y Libia y un nuevo enemigo, el grupo yihadista Estado Islámico, que justificaría una intervención militar con los aliados que le quedan: Gran Bretaña, Francia y en menor medida la OTAN.
A nivel político, la orfandad de Estados Unidos tal vez quedó reflejada con la nueva votación en la Asamblea de la ONU contra el embargo a Cuba: de 193 naciones miembro, 188 votaron por el levantamiento del castigo impuesto en 1961 a la revolución. Hubo tres abstenciones de países que poca influencia tienen a nivel diplomático, como Palau, Islas Marshall y Micronesia, y solo dos a favor de la permanencia del embargo, Israel y el propio Estados Unidos. La situación resulta tan comprometida en términos diplomáticos que un editorial del influyente The New York Times, que viene generando consenso para la apertura hacia el gobierno de La Habana, lo resumió así: « Es irónico que una política destinada a aislar a Cuba ha causado el efecto contrario y el que se ha quedado solo es Estados Unidos».
Noviembre 6 de 2014
por Alberto López Girondo | Nov 2, 2014 | Sin categoría
José Ignacio Torreblanca es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid, columnista en el diario El País y dirige la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, “un intento de construir un pensamiento paneuropeo”, explica, con lo que se puede considerar el Ricardo Forster de Europa. De hecho, en su paso por Buenos Aires, además de una serie de charlas, mantuvo un encuentro con el titular de Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.
“El discurso tradicional de la izquierda europea no ha bebido de los movimientos latinoamericanos. Pero ahora hay gente como Pablo Iglesias, que ha estado en México, con el zapatismo, con el chavismo, y estamos viendo un influjo, una exportación de esas ideas a Europa”, adelanta Torreblanca. Podemos, el partido de Iglesias, amenaza desbancar a los tradicionales PP y PSOE.
-¿Qué le plantea ese Latinoamericanismo a Europa?
-Tiene el diagnóstico de que la socialdemocracia se entregó, que bajó los brazos y que fracasó tanto por la democracia representativa -que no representa porque las elites se aíslan- como por el mercado, porque el proyecto político de mercados libres es como se diría destituyente. Ese doble diagnóstico es el que articula con movimientos como el de Podemos, donde veo mucho más latinoamericanismo del que ha sido tradicional en los eurocomunistas o el de las izquierda escandinavas.
-Se siente un dejo de nostalgia es ese análisis.
-No digo yo que fracasó, no convalido el análisis, solo describo lo que dicen esos populismos de izquierdas, que se contraponen a nuestros populismos de derechas, xenófobos, excluyentes. Cuando ves una crisis tan grave como la del euro y miras los niveles de gasto social, participación del Estado en el PBI, esperanza de vida, los europeos nos quejamos y desde afuera puede parecer que decimos que el sistema ha fracasado, pero hay que ver dónde pone uno el umbral. La socialdemocracia ha sido enormemente exitosa a la hora de embridar el capital y generar democracias incluyentes con cohesión social. El grado de movilidad social que hemos visto en España en los últimos 30 años no tiene precedentes en la historia, en cohesión y redistribución de la renta.
-Pero siempre un alto nivel de desocupación. Ese modelo de flexibilización incluso se importó en la Argentina de los 90.
-Hubo un choque entre un pasado ligado a la permanencia en determinadas empresas y la necesidad de flexibilidad, y se hizo un pacto que yo creo perverso en el que quedó gente con contratos para toda la vida y 45 días de indemnización por año trabajado con otros que tuvieron contratos sin indemnización por seis meses. No puedes tener un sistema tan dual con unos privilegiados y otros sin privilegio ninguno, como es el caso de los jóvenes. Ahí es donde comienza una lucha ideológica y un debate profundo. Los escandinavos dicen que no pasa nada en que el mercado sea muy flexible si a cambio tienes un estado que recoge a la gente que queda afuera. “Puedo aceptar una lógica precarizante porque tengo un estado fuerte detrás”, dicen. En ese pacto entra la izquierda y la socialdemocracia escandinava, pero en otros países se quedan simplemente con la precarización: “no, no va a haber un estado fuerte porque eso es insostenible”. Creo que hay repetición a escala local de una contienda avanzada de lo que le va a pasar a todo el mundo.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Es que a los chinos les va a pasar lo mismo. Ya crecieron, ya sacaron a la gente de la pobreza, los brasileños también. Ahora tendrá que decidir cuánto redistribuyen, con qué servicios sociales, qué hacen con las pensiones, con la educación, con el seguro de desempleo, cual es el balance adecuado entre protección social y competitividad.
-Suena duro para los trabajadores…
-Solo puedes legitimar un proyecto político sobre la base de la inclusión, eso está claro, sobre todo porque hay algo evidente y es que la gente vota cada cuatro años…
-Pero en muchos lugares la gente votó algo y después los gobiernos hicieron otra cosa, como en Francia con François Hollande. En Argentina un presidente dijo que si decía la verdad no lo votaban.
-Esa es precisamente la consecuencia más negativa desde el punto de vista político. En algunos países se generó un círculo vicioso entre democracia y populismo, que se alimentan mutuamente. Todo lo que la gente quiere no es posible y lo que es posible la gente no lo quiere. Eso genera que uno cambie de gobierno pero el nuevo adopta las mismas políticas porque perdió el margen de maniobra.
-Cambia el mandatario pero no la política.
-Nosotros tenemos una oportunidad de recuperar la capacidad de emisión en Europa. La política monetaria se hace en el Banco Central Europeo, donde el voto del gobernador del BC griego vale lo mismo que el del BC alemán. Esta institución se puede legitimar, a pesar de ser técnica, si defiende el interés general de los europeos incluso pasando sobre Alemania. Estamos en un momento único en que mucha gente tiene la sensación –y esa es la tesis de mi libro ¿Quién gobierna Europa?- de que la democracia se ha vaciado de contenido en el ámbito nacional y está intentando rearmarse en el ámbito supranacional, con las instituciones europeas. Pero se ha quedado en una especie de tierra de nadie, porque se acusa a las instituciones de tecnócratas.
-Pero es que están ligadas e intereses financieros internacionales, como Goldman Sachs y otros.
-Todos entendemos que hay instituciones que deben estar en manos de técnicos, como serla el caso de un consejo de seguridad nuclear.
-También hay quienes ironizan que la economía es algo demasiado serio para dejársela a los economistas.
-Es verdad que estas instituciones independientes se deslegitiman cuando son incapaces de probar que son independientes de aquellos que deben regular y que son capturadas por intereses particulares. Ese es un problema clásico de la política, toda institución tiende a ser capturada por intereses particulares. La forma de legitimarse es no sirviendo a esos intereses sino al interés general, ahí es donde entra el control democrático
-Qué es lo que estaría faltando.
-Estos últimos años hemos visto la toma de conciencia de que una cosa es la independencia técnica y de gestión de un órgano y otra el control de sus responsabilidades. Es una pelea enormemente difícil y complicada de la cual va a salir una articulación mayor y la ganancia de espacios políticos para la ciudadanía. Para muchos el conflicto del control político en Europa es un síntoma de una degeneración. Pero quizás es por fin la toma de conciencia de que el viejo despotismo ilustrado de que “gobiernan para ti pero sin ti” abre el espacio para la captura de determinadas instituciones por ciertos intereses y que el que se queda en su casa no cuenta. En las últimas elecciones hemos empezado a elegir proyectos bien diferenciados. La Comisión Europea no termina de ser un gobierno ni Europa termina de armar un sistema político completo, pero ese paso es mucho mejor que aislarse tecnocráticamente y refugiarse en esas instituciones.
–Pero al mismo tiempo surgen movimientos antieuropeos y xenófobos.
– Aunque distorsiones mucho la realidad, ellos nos devuelven una imagen lo suficientemente dislocada o irracional y contraria a los valores europeos que puede tener un efecto reconstitutivo. Es verdad que muchos han sentido que el proceso de integración ha ido demasiado lejos y se ha convertido en una amenaza a sus identidades nacionales. Pero esos populismos de derecha han hecho más visible que Europa debe ser un espacio de valores y democrático y la necesidad de contrarrestar eso con políticas inteligentes. No podemos dar por perdido que un 20 o 30% del electorado se refugie en este tipo de opciones.
-Para los latinoamericanos tiene un profundo significado esa necesidad de encontrar una identidad. ¿Europa también la está buscando?
-Lo que se ha aprendido en esta crisis es que este populismo de derechas es una elección, no es natural ni fatalista ni algo predeterminado. Porque en los países del sur, donde las tasas de desempleo han sido más altas es donde menos extrema derecha tenemos. Hay quienes dicen que esta crisis va a ser como la de los 30 y que la gente se va a echar en manos del fascismo. Eso será en los países ricos, en los países pobres no ha ocurrido. España, con la tasa de desempleo más alta de la UE, convive con una tasa de inmigración elevadísima y no ha habido ningún incidente.
-Sin embargo, en España está el problema con Cataluña.
-Hay un elemento histórico, un independentismo estable, generacional, que se ha nutrido y aprovechó la crisis para engordar con un discurso que me parece fácil y victimista de que España tiene la culpa y “sin ella nos iría mejor”. Yo creo que todo ese discurso del expolio fiscal en el fondo es un lamento de país rico, parecido al de Alemania cuando dice que los pobres somos unos vagos y que trabaja para subsidiarnos. No digo que todo el independentismo sea así, pero el discurso de ERC (Izquierda Republicana de Cataluña) es que la única solución es el independentismo. Resulta difícil entender que a la comunidad internacional se le haya pasado que desde 1714 a 2014 hubo una colonia que es Cataluña oprimida por una potencia colonial que es España, de la que debe independizarse.
– Pero si se crean instituciones supranacionales ¿por qué voy a depender de Madrid o de Londres como el caso escocés, pudiendo depender directamente de Bruselas?
-Ese argumento también funciona al revés. Es curioso que cuando has conseguido dentro de un estado como puede ser el español, el régimen de descentralización y autonomía casi más alto de Europa, cuando tienes el 90 % de la capacidad de gobierno y queda solo un 10 %, digas “tengo que romper la baraja y salirme”. Es para reflexionar por ambas partes. España es un estado miembro de la UE, no puedo concluir tratados comerciales, no determino mi cuadro macroeconómico, no tengo moneda. No tengo nada. Quedan muy pocas cosas a la estatalidad autónoma y de todas maneras alguien dice que es un estado enorme y opresivo. Creo que es posible construir una estatalidad sin tener que salirse de lo que hay para luego pedir el reingreso. España es un estado que no termina de construirse completamente. ¿Pero quién cumple su estado de forma completa, Francia que arrasó con todas las lenguas?
Tiempo Argentino
Noviembre 2 de 2014
por Alberto López Girondo | Oct 31, 2014 | Sin categoría
Hubo un tiempo en que Europa era un paraíso, pero como suele suceder, no lo sabía. Hasta que la crisis económica se extendió desde el sur del continente a raíz de la explosión de la burbuja inmobiliaria, y quedaron al descubierto ciertas inconsistencias macroeconómicas que los intereses neoliberales se encargaron de magnificar para llevar agua hacia su molino.
En ese tiempo dorado, los europeos, que acababan de levantarse de las ruinas que había dejado la Segunda Guerra Mundial, construían a pasos agigantados un Estado de Bienestar que era mirado desde este lado del mundo con «la ñata contra el vidrio», como quien dice.
Ese arquetipo ideal se formó en torno a sociedades dispuestas a superar diferencias históricas que habían dejado millones de cadáveres y bajo el influjo de dirigencias políticas que apostaban a un modelo que repartía para conservar. Dirigencias que habían decidido que era mejor negocio aceptar que todos estuvieran económicamente mejor al precio de mantener la paz y el progreso como posibilidades de futuro.
Con la crisis, el modelo cambió rotundamente y ahora muestra un neoliberalismo extremo, que expresa muy bien la alemana Ángela Merkel pero que se monta sobre consensos tecnocráticos que van de Bruselas a Frankfurt, de la sede del gobierno europeo a la del Banco Central, sin escalas. Y que castigan a los que, dentro de ese marco conceptual, aparecen como menos eficientes. En esa «bolsa» colocan a las naciones del sur del continente, como España, Portugal e Italia.
Antes, en aquellos buenos viejos tiempos, ganara quien ganara una elección daba lo mismo para las grandes mayorías, porque las garantías sociales eran inconmovibles. Nadie les iba quitar los derechos laborales, o a la salud y la educación, o a una jubilación digna.
No es que con la crisis se perdieron consensos, más bien que los acuerdos inconmovibles ahora son en perjuicio de los que menos tienen. Da lo mismo quien gane una elección, el caso es que siempre van a implementar un plan de ajustes permanentes y darán de baja conquistas sociales afianzadas en la sociedad.
Lo saben ya los socialistas franceses, que pensaron que François Hollande era la esperanza de recuperar viejas consignas y ahora llegan a decir que apoyan a otro François, el Papa Jorge Bergoglio, toda una señal en un partido que tiene entre sus fundamentos la creación de una sociedad laica. Los van sabiendo también los italianos, que comienzan a develar el camino que emprende Mateo Renzi, por ahora algo más tímidamente.
Como contrapartida a todo eso, surgen movimientos que por ultraderecha rechazan la construcción paneuropea. Porque ante la imposibilidad de cambiar el curso de las cosas por medio de las urnas, son pocas las alternativas a las que puede aspirar una sociedad que por primera vez en décadas ve que sus hijos vivirán peor que ellos. Son grupos que promueven retirarse de la Unión Europea y azuzan tendencias xenófobas de las distintas sociedades. Así crecen el UKIP en Gran Bretaña, el Frente Nacional en Francia y grupos más o menos extremos de Holanda y Grecia, sin ir más lejos.
América Latina, y especialmente los países del Cono Sur, padecieron las políticas del consenso de Washington, aquel proyecto que la Casa Blanca acometió durante los ’90 y que extendió el proyecto neoliberal por todo el continente, con las consecuencias que se conocen sobremanera.
En lo que va del siglo, la región cambió su eje y creó instituciones que se convirtieron en herramientas de cambio, a instancias de un puñado de mandatarios que supieron interpretar el momento y fueron consecuentes con las medidas que se necesitaban. En el caso del Mercosur, Lula y Néstor Kirchner fueron esenciales para modificar el enfoque aduanero de los ’90 por una línea más inclinada a la defensa del trabajo local y del crecimiento con inclusión social. Algo que, por consiguiente, llevó a mantener políticas comunes y posiciones coordinadas en las relaciones exteriores.
Se cumplen nueve años desde que con el apoyo de Hugo Chávez se le dijo No al ALCA, aquel proyecto de mercado común para único beneficio de las multinacionales y el poder financiero.
Las elecciones en Brasil y Uruguay y el clima preelectoral que se vive en Argentina son un espejo donde contrastar la idea de integración que aún mantiene su llama ardiente en Europa y la que defienden los candidatos de las derechas locales.
Aparecen en ese marco electoral voces que claman por abandonar los organismos regionales y que basan su discurso y propuesta en soluciones individualistas. Cierto que la crisis económica deja sus consecuencias incluso de este lado del océano, lo que provocó un menor crecimiento en los principales países y cierto debilitamiento externo en el bloque en general.
Esta realidad permite que empresarios poderosos de todos los rincones del continente ensalcen las posibles ventajas de acomodarse con los centros de poder, como han hecho toda su vida. Un mensaje explícito que distribuyen los medios de comunicación, acicateados por los grupos concentrados que se beneficiaron en los ’90 y son conscientes de que su única posibilidad de mantener los privilegios sería la «desintegración» regional.
No es casualidad que la derecha más acérrima fomente la condena a muerte del Mercosur y que sostenga, sin poder dar una sola prueba consistente, las ventajas que habría en ceñirse a las reglas de los organismos internacionales.
Es preocupante, por otro lado, que los grandes fogoneros ideológicos apuesten a destruir eso que con paciencia y oportunidad se fue construyendo desde que Raúl Alfonsín y José Sarney dieron el puntapié inicial al Mercado Común del Sur cuando firmaron el Tratado de Asunción, en noviembre de 1988.
Es preocupante que esa idea de salvación individual haya prendido como para que propuestas como esas hayan alcanzado importantes cuotas electorales en Brasil y en Uruguay y que incluso se presenten como panaceas electorales. En momentos en que la influencia de los estrategas de campaña es tan determinante para las diligencias políticas, sobre todo entre los candidatos de la derecha, se sabe que nadie se peina sin antes consultar a su asesor de imagen. Los hay que cambiaron la dentadura con la ilusión de ganar un voto.
De modo que ese mensaje antiintegración, que sin dudas busca endulzar los oídos del establishment –que aporta a los fondos electorales y sustenta los medios de comunicación amigos–, también llega a importantes capas de la población. Seguramente no todos los que votaron por Aécio Neves el domingo pasado lo hayan hecho por su promesa de acercarse a la Alianza del Pacífico y de firmar tratados de libre comercio con Europa por fuera del Mercosur. Pero esa información no los detuvo a la hora de depositar la papeleta. Y fueron más de 50 millones de personas.
También en Europa son muchos los que se quieren bajar del colectivo y de hecho en Gran Bretaña el líder conservador David Cameron promete un referéndum para determinar si los británicos quieren seguir dentro de la Unión Europea. Los grupos xenófobos buscan en el fondo algo parecido, pero en Europa ellos son la derecha de la derecha y no representan a las abrumadoras mayorías. El consenso, con las críticas que cosechan los planes de ajuste, es que la Europa será unida o no será. Hay quienes lo dicen de un modo algo más brutal: «al fin de la Segunda Guerra, el continente estaba cubierto con 25 millones de cadáveres. Ahora son 25 millones de desocupados. Es duro y cruel, pero es un avance.»
En América Latina no hubo guerras como esas y las diferencias culturales y nacionales son mínimas. No hay que construir una nacionalidad, hay que reconstruir una Patria Grande que contenga a «todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar este suelo», como dice el preámbulo de la Constitución.
Cierto es que en Brasil y en Uruguay, al fin y al cabo, las elecciones mostraron un consenso mayoritario a favor de la integración y en contra de los medios y de la derecha. Y que además todos y cada uno de los que votaron sí saben lo que eso significa. Pero sigue siendo un dato a tener en cuenta el perfil pro dependiente en muchos sectores de la ciudadanía, acicateados por un establishment que se indigna con el populismo, pero en estos años dorados latinoamericanos «la juntó en pala» sin rubores. Sigue siendo preocupante, en definitiva, esa sensación de que aspiran a llegar al poder para tirar todo abajo y volver al pasado, disfrazado de «cambio de ciclo».
Tiempo Argentino
Octubre 31 de 2014
Ilustró Sócrates
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