por Alberto López Girondo | Nov 13, 2015 | Sin categoría
La sorpresiva conversión del alcalde porteño Mauricio Macri, la misma noche en que por muy poco retuvo el Gobierno de la Ciudad -fue el 19 de julio, hace apenas tres meses y monedas- autoriza a algunas reflexiones de cara al balotaje, pero mucho más al debate de este domingo entre los dos aspirantes a la presidencia. En temas como la política exterior, que no asomaron como parte de las campañas.
Aquella noche, con el rostro casi desencajado porque en el conteo de votos en el búnker del Pro temieron haber perdido con Martín Lousteau, y ante la protesta de sus seguidores, Macri salió a defender algunos logros del gobierno kirchnerista. Habló de la Asignación Universal por Hijo, de la recuperación de YPF y Aerolíneas y de otras cuestiones muy sensibles a los oídos de quienes creen que el rol del Estado es fundamental para reducir la desigualdad.
Tras conocerse el no menos impactante resultado de la primera vuelta nacional, una rápida conclusión fue que prácticamente la totalidad del electorado había votado a opciones que -de creer en la sinceridad de las promesas del candidato de la alianza Cambiemos- coincidían con políticas que se desarrollaron durante estos 12 años. Si a la recta final llegaron Daniel Scioli y el propio Macri, puede decirse que las alternativas que se presentan -de la boca para afuera- serían las mismas.
Más aún, ese lunes aciago para el oficialismo, Macri confirmó que Scioli había llamado para felicitarlo y prometió que una vez que se calzara la banda celeste y blanca, «el 11 de diciembre quiero hablar con todos los candidatos a presidente para acordar políticas de Estado, también con los gobernadores (sic)». No fue muy preciso pero si mencionó una modificación en el sistema electoral, «la recuperación de las economías regionales, el fomento de una justicia independiente y una Argentina de pobreza cero».
Ya que está dispuesto a establecer políticas de Estado, ¿Por qué no aprovechar que los dos contendientes se verán las caras este domingo para firmar un documento que establezca esas políticas de Estado que la ciudadanía plebiscitó el 25 de octubre? Que quede rubricado ante esa audiencia que será sin dudas multitudinaria -qué mejores escribanos que los espectadores- el compromiso de que gane quien gane ese será un compromiso férreo que de no cumplirse la ciudadanía deberá exigir. Si ya hay consenso en una YPF y una aerolínea estatal, y se emiten señales desde el PRO de que la educación y la salud públicas, los planes sociales y el apoyo a la ciencia se van a mantener, debería ser apenas un trámite y entonces sí «que gane el más mejor». Todo esto va en consonancia con las promesas de concordia y felicidad que se pueden ver en los spots que atruenan los medios masivos, de modo que no se perciben excusas válidas para negarse.
Pero a ese histórico compromiso debería agregarse un rubro que se nota descuidado en las campañas. Tal vez porque no aparece como una preocupación en los «focus group» con que se diseñan las estrategias publicitarias. Sin embargo, mal que les pese a analistas apresurados, Argentina no vive dentro de una burbuja y lo que ocurre del otro lado de las fronteras influye de manera decisiva.
Se podrá discutir la pertinencia de políticas llevadas a cabo por el oficialismo en esta década larga, pero ignorar de qué modo la crisis internacional afectó a la economía local debería ser considerado casi como un delito grave. Sin embargo, las acusaciones que de unos años a esta parte recibe el gobierno nacional son directamente maliciosas. Porque cuando había crecimiento a tasas chinas hablaban de «viento a favor» para minimizar la eficacia de las políticas locales. ¿Ahora que hay viento en contra lo exterior no existe? Porque las cifras locales, siendo menos auspiciosas que en el primer tramo kirchnerista, no son todo lo que auguraban desde las usinas opositoras y ni siquiera son tan malas como las que muestra Brasil, el socio comercial más cercano y determinante para le economía nativa.
Revisando los programas
Dicho esto, hagamos un recorrido sobre el lugar en que está parado cada aspirante al sillón de Rivadavia. Scioli avisó con tiempo que apuesta a profundizar la integración regional. Para lo cual se reunió con Lula, con Dilma, con Evo Morales, con Tabaré Vázquez y con José Mujica. Lo dice y lo repite: la Argentina bajo su gobierno será una continuación de la gestión exterior de Cristina Fernández. Aunque sus voceros ya adelantaron que piensan al mismo tiempo estrechar lazos con Estados Unidos y la Unión Europea. Lazos que por otro lado no estaban rotos. Sucede que la Casa Rosada en estos años negoció duro con la UE por la firma de acuerdos comerciales y se plantó frente a Washington de un modo que otras administraciones no habían hecho en asuntos como Cuba, Venezuela, golpes en Paraguay y Honduras, Irán e incursiones bélicas estadounidenses en el mundo. Sólo basta recordar las relaciones carnales y el envío de buques para el primer bloqueo a Irak del menemismo y los votos a favor del bloqueo a Cuba con la Alianza para ver la diferencia. ¿Esto implica que las relaciones con Barack Obama están rotas? De ninguna manera, pero negociar es como comprar un auto usado, hay que doblar la apuesta hasta que se llega a algún precio razonable. La asociación de YPF con Chevron prueba que los empresarios no tienen dudas al respecto.
Por el lado de Macri, la falta de definiciones en este tramo se puede cubrir en abundancia con declaraciones previas a la campaña y por gestos bien claros y contundentes. En primer lugar, sus amigos son el Partido Popular español y especialmente el ex presidente del gobierno José María Aznar y el actual Mariano Rajoy. En la región, su amigo es Álvaro Uribe, ex presidente colombiano y principal opositor a la firma de un acuerdo con la guerrilla que ponga fin a más de medio siglo de una guerra civil que causó miles de muertos y millones de desplazados en medio siglo y que está a punto de culminar en La Habana con un pacto que dé nacimiento a una nueva Colombia. Por otro lado, un triunfo del PRO es esperado como una señal de nuevos rumbos para la derecha latinoamericana por Henrique Capriles en Venezuela, Aecio Neves en Brasil y toda la dirigencia que aspira a poner fin a estos años de integración.
Argentina no solo logró que la UN apruebe declaraciones por Malvinas y contra los fondos buitre sino que se convirtió en un referente sobre Derechos Humanos y sobre la necesidad de integrarse en nuevos espacios democráticos a nivel internacional. CFK reclamó en reiteradas ocasiones cambiar las reglas de juego en ese organismo creado para consolidar el poder de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cambiemos también impulsaría cambios en la UN?
El mundo está en las vísperas de algo nuevo. Estados Unidos sigue siendo una potencia relevante, pero su poder viene declinando y nuevos jugadores se suman al escenario. Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS), están llamados a ser las potencias del siglo XXI y Argentina ya avisó que quiere estar en esa liga. Los voceros en política exterior del PRO repiten que con el triunfo de Macri llega la felicidad y aseguran que lo mismo ocurrirá en cuanto a las relaciones exteriores. Es más, sostienen que el país debe reinsertarse en el mundo. Una forma de ocultar que Argentina nunca estuvo afuera -en todo caso se abrió a rumbos no tradicionales- y que el mundo del que hablan es el de las viejas estructuras que, la realidad demuestra, vienen en caída. Es cierto que esa caída, como la del imperio romano, puede durar centurias y tal vez ni quien escribe ni quienes lean estas líneas la verán. Pero ¿no es que un estadista debe ver mas allá de la próxima elección?
Macri, como jefe de gobierno, no fue muy feliz con la comunidad boliviana y paraguaya cuando la toma del Indoamericano en 2010. Evo ya avisó que apoya a Scioli, Bolivia es el nuevo socio del Mercosur, ¿Qué plantea el PRO en relación con eso? ¿Qué haría con Brasil y Uruguay, que también eligen al candidato del FPV como garante de continuidad en política exterior? ¿Qué haría con los acuerdos con Rusia y con China? Su padre, sus empresas, tienen negocios con el gigante asiático, sabe que se puede ganar mucho con la relación, pero él mantuvo distancia y cuestionó esos convenios. Ahora Techint salió nuevamente a denostarlos, porque cree amenazados sus intereses particulares. ¿Lo que es bueno para Techint será bueno para los argentinos? Eso no sólo es economía, es política exterior y también es conveniencia a largo plazo ¿Macri estaría dispuesto a sostener estas políticas de Estado? Buena pregunta para el debate.
Tiempo Argentino
Noviembre 13 de 2015
por Alberto López Girondo | Nov 6, 2015 | Sin categoría
Me preocupa parte de la retórica que empleó él y algunos que le rodeaban. La retórica incendiaria logra fácilmente titulares pero no necesariamente resuelve los problemas diplomáticos». Dos joyitas conceptuales que le destina el 41 presidente de Estados Unidos al número 43. Un dato anecdótico si no fuera porque se trata de George H.W. Bush hablando de su hijo George W Bush en un momento en que su otro hijo, Jeb, ex gobernador de Florida, lucha por hacerse un lugar entre los candidatos republicanos a suceder al demócrata Barack Obama.
Bush padre, que alguna vez fue director de la CIA y vicepresidente de Ronald Reagan, se sinceró ante el ex director de Newsweek, Jon Meacham, autor de Destino y Poder, la Odisea Americana de George Herbert Walker Bush y reveló ácidas críticas sobre el rol que desplegaron en el gobierno de su párvulo el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, dos halcones que participaron estrechamente en el diseño de la agresiva política exterior que comenzó luego de los atentados a las torres gemelas.
«Cheney tenía su propio imperio, marcaba su propio ritmo. Las cosas no se pueden hacer así», deslizó GHW Bush sobre el hombre que impulsó las incursiones armadas en Afganistán e Irak, un poco subido al carro de la lucha contra el terrorismo y otro porque era un buen negocio para la empresa Halliburton, contratista del Pentágono, de la que había sido presidente. Rumsfled también pertenece al mundo empresarial, e integró directorios en la farmacéutica G. D. Searle & Company y en Gilead Sciences.
Jeb, acrónimo de John Ellis Bush, fue el hombre clave para que GW pudiera llegar a la Casa Blanca en las elecciones del año 2000. El candidato de Bill Clinton, Al Gore, que obtuvo más de medio millón de votos que su oponente, disputaba palmo a palmo un distrito clave con Florida, que en un sistema indirecto como el estadounidense -en que se eligen electores- inclinaba la balanza para un lado u otro.
Pero el gobernador ayudó a su hermano mediante la manipulación lisa y llana de los votos y luego de presiones a la Corte «amiga», que avaló el triunfo del republicano mediante artimañas bastante poco éticas. Un trago amargo para Gore, que sin embargo, decidió no seguir la pelea para no continuar embarrando la cancha en el supuestamente democrático ejemplo de Occidente. Eso ocurrió al cabo de cinco semanas sin definición sobre quién sería el próximo presidente y ante una furibunda campaña mediática para que se bajara.
Bush padre, Rumsfled y Cheney se conocían desde la época de Reagan, donde habían formado parte del sólido equipo que impuso en los 80 las ideas neoliberales a rajatabla, en una funesta alianza del ex actor de Hollywoodcon la premier británica Margaret Thatcher. Cheney y Rumsfled fueron con su hijo los más duros en la privatización de la guerra para fomentar los negocios con las empresas proveedoras en un momento particular de la historia. Al mismo tiempo que se desarrollaban dos guerras en simultáneo, el Estado iba dejando de ocuparse de resolver los problemas del habitante de a pie a ritmo acelerado. Las consecuencias pudieron verse cuando el huracán Katrina destruyó los barrios pobres de Nueva Orleans, hace ya diez años.
Lo que ahora Bush padre critica no fue sino el barrial generado por la aguas de la era de Reagan. Que llevaron al país más desarrollado y rico del mundo a tener hoy día 47 millones de personas viviendo en la pobreza, 1,5 millones de «ultrapobres» (como los definió el escritor y periodista Michael Snyder) que viven con menos de dos dólares al día y el 65% de los niños de ese país viviendo en una casa que recibe alguna forma de ayuda del gobierno federal. Los estadounidenses que habitan en áreas de pobreza concentrada, además se duplicaron desde ese año 2000. Son datos de la Oficina del Censo estadounidense que no parecen alarmar mayormente a la dirigencia política. Al menos no es uno de los temas principales de la campaña que ya se inició con sendos debates televisados.
Las posibilidades de que estos datos dramáticos se reduzcan en los próximos años resultan escasas dado que, en primer lugar, no están mayormente en la agenda de los grandes medios. Es así que mientras las cifras oficiales revelan una desocupación de 5,1 en la general y un 11 % entre los menores de 25 años, un total de 8,3 millones de personas en agosto pasado, estadísticas de organizaciones no gubernamentales indican que hay alrededor de 90 millones que oficialmente no se consideran dentro de la fuerza laboral, porque no lo buscan, mientras que el 48,8 % de los menores de 25 aún viven con sus padres, o sea, no se pueden ir a vivir solos. El censo destaca que el 0,1% de las familias estadounidenses tienen tanta riqueza como el 90% de todas las familias menos pudientes juntas.
Este dato resulta clave para entender hasta donde la propia democracia está en riesgo. Porque a la política de los halcones que critica Bush padre -que no sólo fue ferozmente belicosa en lo exterior sino que cercenó derechos individuales consagrados por la Constitución en lo interior- se le sumó en 2010 una decisión de la Corte Suprema que impide que el gobierno le pueda poner algún tipo de límite a los aportes de las corporaciones a las campañas políticas. Iguala a particulares con los grandes conglomerados y abre un espacio de graves consecuencias para acudir a las urnas en condiciones medianamente equitativas.
De hecho, los candidatos demócratas –Hillary Clinton y Bernie Sanders- firmaron un petitorio de una organización, End Citizen United (ECU), que pretende crear una masa crítica importante como para que los magistrados revean la medida. El diario New York Times publicó hace unas semanas un informe alarmante sobre el estado de la situación. Según el matutino, apenas 158 familias y las firmas que controlan hicieron la mitad de los aportes que ya se registraron hasta ahora, o como dicen los militantes de ECU, «158 familias compran la elección». El 87 % del dinero fue a parar a candidatos republicanos.
La familia Wilks, de Texas, que ganó miles de millones con el boom del fracking, donó 15 millones para la campaña del senador texano Ted Cruz, una de las espadas del Tea Party. Un conocido de los argentinos como el buitre Paul Singer también puso en los bolsillos de Cruz, aunque por ahora sólo un millón.
En tiempos de sinceridad brutal, los hermanos Koch, que amasaron la cuarta fortuna de Estados Unidos desde el sector petrolero, no tuvieron tapujo en revelar el trasfondo de su interés en destinar parte de su dinero en campañas ultraconservadoras como las que apoyan regularmente. Preguntado por el conductor de Morning Joe, un programa que se emite por el canal de cable MSNBC, sobre la justificación para que los ricos pongan sin límites, Charles dijo: «Depende de con qué fin (se haga): si se trata de lograr políticas que abran oportunidades para las personas y deshacerse de todo este corporativismo y del Estado de bienestar, ¿qué?”
-¿Qué espera a cambio?, fue la repregunta.
-Me encantaría detener a este gobierno del (Estado de) bienestar corporativo.
Curiosamente, Koch habló también ese día de Bush hijo, al que acusó de haber sido uno de los presidentes más gastadores en la historia de su país, «creando más regulaciones destructivas» y poniendo a Estados Unidos «en contraproductivas guerras hechas sin sentido todo el tiempo».
Es aquí donde la serpiente se muerde la cola. Hay sectores, como ahora parece decir el Bush grande y los Koch, que interpretan de un modo tan extremo el rol del Estado como recaudador y beneficiador de las clases populares que ven un gasto innecesario el hecho de ir a la guerra. El problema sería la contraria, esto es, que la única forma de defender los derechos sociales sea a través de la industria bélica. Vaya paradoja estadounidense.
Tiempo Argentino
Noviembre 6 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Nov 5, 2015 | Sin categoría
Para la región, esta fue una década ganada. Porque desde aquel ya mítico encuentro en Mar del Plata que selló la suerte de un mercado común desde Alaska a Tierra del Fuego -de la mano de un grupo irrepetible de presidentes democráticamente electos- la región pudo construir un proceso de integración como no se vio en los 200 años anteriores de historia latinoamericana.
No se puede entender la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) ni la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), sin esa comunión de ideales y decisión política. Tampoco el giro que se vio obligado a dar el gobierno de Barack Obama en torno de las relaciones con Cuba, lo que desencadenó también un cambio de agenda para la Organización de Estados Americanos (OEA), la institución creada a gusto y necesidad de Estados Unidos al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Esta proliferación de siglas es un indicativo de los diferentes procesos que se fueron llevando a cabo durante esta década. Un recuento detallado de estos años también marcaría la influencia que esas organizaciones tuvieron en la defensa de la democracia y de los avances logrados por la ciudadanía. La UNASUR fue clave en la defensa del gobierno de Evo Morales cuando la derecha golpista de la media luna del Oriente boliviano amenazaba con la estabilidad constitucional. También lo fue cuando fueron derrocados por golpes institucionales los gobiernos de Manuel Zelaya en Honduras y Fernando Lugo en Paraguay.
Lo fue al impedir un conato bélico entre Colombia y Venezuela en 2010 y en la intentona policial contra Rafael Correa en Ecuador. En ninguna de estas circunstancias la OEA o cualquier otro organismo internacional tuvieron la misma efectividad ni empuje, como lo demuestra la historia de nuestros países.
El rol de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en el cono sur en los 70 es apenas un ejemplo, sin dudas el más brutal, pero la retahíla de horrores podría comenzar tranquilamente en la Guatemala de 1954 pasando por cuanto golpe hubo en nuestros países a medida y voluntad del Departamento de Estado de turno.
De allí la importancia de recordar aquella jornada que hoy se celebra y de mantener en la memoria cómo fue que se llegó a que un grupo de mandatarios elegidos por el voto popular tuvieran la decisión de decir NO al ALCA. Pero sobre todo resulta imprescindible sostener como políticas de estado las ideas de la integración regional que se desplegaron desde entonces. Que no son eslóganes más o menos izquierdistas sino necesidades elementales de cualquier gobierno que quiera resolver los problemas de su pueblo con soluciones surgidas desde su mismo pueblo. La unión nos hace fuertes, en cualquier circunstancia, para no padecer imposiciones foráneas que obedezcan a los intereses de los centros de poder internacionales y no a los habitantes de estas tierras.
En tal sentido este momento del país resulta crucial para confrontar los dos proyectos en pugna. Poco es lo que se discute en los días previos al primer balotaje en la historia de la Argentina sobre política internacional. Como si la crisis económica mundial no tuviera una obvia y decisiva influencia en lo que sucede fronteras adentro. Uno de los postulantes al cargo, Daniel Scioli, ya demostró cuál es su postura sobre las relaciones exteriores que deberá sostener desde su gobierno: antes de la primera vuelta se entrevistó con Raúl Castro en Cuba, con Tabaré Vázquez y José Mujica en Uruguay, y recibió a Evo Morales, en una demostración de continuidad en un aspecto clave para el futuro de los argentinos.
Del lado de Mauricio Macri, más allá de subirse a la difusa propuesta de no confrontación que manifiesta su estrategia electoral y de volver a insistir en la idea de “reinsertarse en el mundo”, que demuestra su poco apego a fortalecer las relaciones con los vecinos y una cercanía mayor con Estados Unidos, no es mucho lo que se habla. Como contrapartida, eso poco que dice es de una relevancia definitiva y por eso, preocupante.
Tanto el alcalde porteño como algunos de sus voceros ya habían adelantado cuál es su visión del mundo. Hace poco, el propio Macri dijo en una conferencia en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires que piensa “revitalizar el Mercosur para integrarlo a la Alianza del Pacífico”, la organización de tinte neoliberal que integran Chile, Perú, Colombia y México y que el establishment mundial aplaude a dos manos. En el mismo sentido se expresó Rogelio Frigerio, actual titular del Banco Ciudad. “»La Argentina también tiene que empezar a mirar más al Pacífico», dijo el economista.
¿Cuál es el problema de esta tesitura a esta altura del campeonato? Es cierto que el ALCA recibió un golpe mortal en la cumbre de Mar del Plata de 2005. Pero luego de la firma hace un par de semanas del Acuerdo de Cooperación Trans Pacífico (TPP por sus siglas en inglés) entre Estados Unidos y un grupo de países asiáticos más Chile, Perú y México, los sectores de la derecha regional miran con ganas la posibilidad de subirse a ese tren. Que no difiere demasiado del que se rechazó hace diez años en Mar del Plata.
Unirse a ese grupo como piden sectores de la oposición brasileña y de los actuales gobiernos de Paraguay y Uruguay, implicaría decirle SI al ALCA. Con lo que implica como amenaza a fuentes de trabajo locales y las economías nacionales tanto como a la propia democracia. Tal cual enseña la historia.
Tiempo Argentino
Noviembre 5 de 2015
por Alberto López Girondo | Oct 30, 2015 | Sin categoría
Hace apenas seis años Evo Morales era un gobernante que al decir de Patrick Hall en un artículo que tituló «La presidencia fallida», no podía durar mucho. Venía de enfrentamientos con la derecha golpista y de una dura pelea por aprobar una nueva constitución que institucionalizó la República Plurinacional. Es más, a principios de ese año se lo veía haciendo una huelga de hambre porque el Congreso no aprobaba una convocatoria a comicios generales que le permitiría la reelección. Evo, el primer presidente aymara en la historia de Bolivia, era para los medios del establishment un hombre autoritario y una mala palabra para los inversores, luego de que en sus primeros mandatos había expropiado empresas públicas privatizadas durante la «larga noche neoliberal», como gusta decir al ecuatoriano Rafael Correa.
Lula da Silva, por entonces, era «El hombre del año» para el diario francés Le Monde y el británico Financial Times lo ponía al tope de las 50 personalidades más destacadas de la década que terminaba, mientras que The Economist ilustró una tapa con un Cristo Redentor que parecía un cohete despegando que simbolizaba el Brasil que crecía sin límite de la mano del líder metalúrgico. A tal punto llegaba el fervor por el fundador del Partido de los Trabajadores brasileño que el presidente Barack Obama llegó a decir «amo a este hombre, el político más popular de la Tierra».
En Venezuela, Hugo Chávez era el demonio que, para Estados Unidos y la derecha regional, envenenaba las mentes de sus colegas latinoamericanos con ideas revulsivas. Hacía poco que en Honduras se había echado al presidente democráticamente elegido con un golpe institucional, el mismo día en que en Argentina el Frente para la Victoria era derrotado en elecciones de medio término. Dos gobiernos, el de Manuel Zelaya y el de los esposos Kirchner, que contradecían los deseos de los centros de poder mundial. Cuatro años antes, los países habían gritado en Mar del Plata un rotundo NO al proyecto de construir un mercado común de Alaska a Tierra del Fuego, el ALCA.
Algo ha cambiado en América Latina en este período. Principalmente porque tanto Chávez como Néstor Kirchner murieron, dejando un hueco difícil de llenar. Pero los vientos también trajeron acomodamientos y sorpresas que no se podrían explicar como no sea por los vaivenes de la política y las turbulencias de los tiempos.
Porque ahora Evo Morales es el nuevo «niño mimado» del Financial Times, que dedicó una amplia separata ahora que el mandatario boliviano se paseó por el centro financiero del planeta, Nueva York, en búsqueda de inversiones para esta nueva etapa en la vida de su país. El viaje coincidió con una decisión de al Corte de Justicia que autoriza el llamado a consulta para una reforma constitucional que le habilite una nueva reelección cuando venza su actual período, el 22 de enero de 2020.
Lula, en tanto, padece el declive del gobierno de su «delfina», Dilma Rousseff, que está enrollada en una crisis que hace temer a muchos por el futuro no sólo de su gestión sino del partido oficial, embarrado por denuncias mediáticas y con varios procesados -propios y aliados- por delitos de corrupción. Entre las acusaciones figura en primer lugar el llamado Petrolao, por el presunto pago de coimas surgidas de las arcas de la petrolera estatal a distintos dirigentes políticos. Ayer, sin ir más lejos, el ex presidente argumentó con muy buen criterio que el objetivo de los ataques que ahora buscan enlodarlo a él y a sus allegados apunta a socavar su base de apoyos en vista de la campaña para la renovación presidencial, que será en 2018. «Nadie debe tener lástima. Aprendí con la vida a enfrentar la adversidad. Si el objetivo es truncar cualquier perspectiva de futuro, entonces serán tres años de mucha golpiza. Y pueden estar seguros: voy a sobrevivir», declaró el ex «hombre del año».
Ácido como en sus mejores momentos, Lula replicó al proceso contra uno de sus hijos por sus presuntos contactos con una red de corrupción para el pago de sobornos. «Tengo otros tres hijos que no fueron denunciados, siete nietos y una nuera que está embarazada. Bueno… esto no va a terminar nunca. Y me generaron un gran problema. Dijeron que una nuera mía recibió 2 millones de reales. Ahora van a querer saber quién es el rico de la familia. Dentro de poco una nuera procesará a otra», destaca Lula, según testimonia un cable de la agencia dpa.
En Venezuela, en tanto, el presidente Nicolás Maduro, que enfrenta elecciones legislativas el 6 de diciembre, redobla esfuerzos por encarrilar una economía bastante golpeada por la escasez de productos de consumo y la inflación. Una de las medidas fue el cierre de parte de la frontera con Colombia, por donde muchos de los productos terminan contrabandeados ante la diferencia de precios en cada país. Por allí también se cuelan paramilitares que vienen asolando en los distritos más pobres desde hace meses, causando actos de violencia que elevan el temor en la población más expuesta a estos actos de vandalismo.
Estos días el presidente anunció un plan antigolpista para garantizar los comicios, que resultan cruciales en vista de los tiempos que se vienen en ese país. Una de las medidas que había propuesto era la firma de un compromiso en el tribunal electoral para que todos los partidos reconocieran el resultado de las urnas. Pero la oposición, nucleada en el Mesa de Unidad Democrática, MUD, se negó a refrendar el documento.
En este marco, el que mostró las cartas de un modo grosero fue jefe del Comando Sur estadounidense, el general John Kelly, quien en un reportaje a la cadena CNN declaró que todos los días reza «por lo que está sufriendo el pueblo venezolano». Y en lo que sin dudas debe ser leído como una amenaza, no descartó la posibilidad de una intervención militar. Claro que, aclaró, una «intervención humanitaria», que es la figura con que Estados Unidos logró aprobación de las Naciones Unidas para operaciones militares en Irak en 1991, en Somalia en 1992 y en los Balcanes en 1994.
¿Cuál podría ser la excusa para desembarcar tropas en Venezuela? Surge de la propia declaración del muy piadoso Kelly: «estamos viendo una inflación de 200% y faltan productos básicos». Dos cuestiones que podrían ser claves para declarar una crisis humanitaria. Con lo que se demuestra que el desabastecimiento resulta un arma en esta lucha contra un gobierno democráticamente elegido y que se dispone a someterse nuevamente a las urnas (¿valdrá la pena recordar los ataques desabastecedores contra el presidente chileno Salvador Allende en 1973?). «Ellos tienen un plan bien detallado. Lo repiten para decir que es un fracaso de la revolución. No, es una guerra económica planificada al más alto nivel», protestó Maduro al reclamar solidaridad latinoamericana.
El problema para acudir en ayuda del gobierno bolivariano es que cada uno de los países que vienen sosteniendo la cruzada latinoamericanista también están en el medio de batallas difíciles y muy bien orquestadas. Bien lo dice Lula, a quien se podría agregar Rafael Correa, que tuvo un par de meses de levantamientos contra leyes que rechazaban las clases pudientes.
En el caso de Argentina, la incertidumbre electoral dificulta acciones más concretas y del resultado electoral dependerá el rumbo que tome la cancillería. No es casual la alegría con que recibieron el resultado del domingo pasado referentes de la derecha como Henrique Capriles. Devolución de gentilezas, porque Macri ya había dicho que, de ganar la elección, pediría a Maduro por la libertad del opositor Leopoldo López, preso por golpista.
Queda Evo Morales, que sigue siendo consecuente aún ahora que está arriba en el subibaja. Pero también Bolivia es un objetivo de las fuerzas de la reacción, que por ahora en el altiplano están agazapadas. ¿Alguien imagina un NO al Alca con Macri y Capriles en el poder?
Tiempo Argentino Octubre 30 de 2015
Ilustró, como siempre, Sócrates
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