por Alberto López Girondo | Jul 17, 2015 | Sin categoría
Son muchos los que comparan al primer ministro Alexis Tsipras con el ex presidente Fernando de la Rúa. Por haber cedido a todas las imposiciones de los organismos financieros internacionales y a los caprichos del ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble. Pero los integrantes de Syriza, la coalición de centroizquierda que ayudó a crear, lo ven más cercano a Carlos Menem, que llegó al gobierno con promesas de revolución productiva y terminó convertido en una «paloma de iglesia», porque –hablando con cierta elegancia- les enchastró la ropa a los fieles.
Probablemente los 39 miembros de Syriza que rechazan el nuevo paquete de ajustes que logró aprobar el miércoles Tsipras sean la versión helena del Grupo de los Ocho, por los diputados peronistas que nunca aceptaron las privatizaciones, integrado por el recordado Germán Abdala, Carlos Chacho Álvarez, Juan Pablo Cafiero y Darío Alessandro entre otros. Conviene recordar que, a nivel nacional, lo de esos legisladores fue un gesto de dignidad que sin embargo no impidió el remate el patrimonio público. El planteo de los rebeldes griegos va por ese camino. Con el ex titular de Finanzas, Yanis Varoufakis, a la cabeza de las protestas, porque estuvo en la línea de fuego en las conversaciones con los durísimos negociadores de la troika y pudo contarles las costillas a cada uno.
Esta praxis acelerada para un académico de fuste como Varoufakis, lo llevó a sostener que el ala recontradura del Eurogrupo, capitaneado por su archienemigo Schäuble, logró un triunfo a lo Pirro, por el general cartaginés que luego de una batalla ganada al costo de la vida de más de 4000 de sus hombres, exclamó: «Otra victoria como esta y estoy perdido.»
Más allá de los análisis que puedan hacerse sobre las razones de Tsipras para aceptar ese feroz ajuste y de someterse a la humillación de hacerlo votar luego de ganar el referéndum donde pedía lo contrario, el bloque proalemán venció, pero no convenció, parafraseando el discurso de Miguel de Unamuno a un general franquista. Y ese éxito pasajero tiene destino de derrota futura para el proyecto europeísta. Logró apoyos para «pegarle al caído» pero enfrentado a socios como Francia e Italia, que pretenden morigerar los efectos de la crisis griega.
También el FMI mostró su distanciamiento del bloque germano, al insistir en que el plan que le obligan a cumplir a Atenas es inviable a menos que haya una quita al monto de la deuda. Lo mismo desliza ahora el director del Banco Central Europeo, una de las patas de la troika, Mario Draghi. Como toda respuesta, la canciller Angela Merkel secundó a su inefable ministro y dice que no ve con malos ojos alejar a Grecia, aunque sea temporalmente, del euro.
El Grexit es la solución que quiso evitar Tsipras, porque teme el costo político y social de implementar un bono – emulando los vernáculos patacones, o un pagaré como le recomendó Varoufakis – para que la economía funcione a pesar del euro. En este caso, el ejemplo que suele ponerse es el de Ecuador, que adoptó al dólar como moneda de circulación interna en el año 2000. Desde la llegada de Rafael Correa, académico también él, se especula con que su gobierno vuelva a tener una divisa local. Sin embargo el mandatario, que pateó el hormiguero en todos los rincones de la política ecuatoriana, sigue considerando como un riesgo muy fuerte para la sociedad salirse del dólar.
La moneda común europea surgió en enero de 1999, poco antes que la dolarización ecuatoriana y para la misma época en que el creador de la convertibilidad argentina, Domingo Cavallo, era asesor del gobierno de Abdalá Bucaram. Nació en medio de convulsiones en los mercados mundiales. Eran los tiempos del efecto Caipirinha en Brasil, del Vodka en Rusia, una ola que había comenzado en 1997 en Corea y Tailandia.
Con los años, esa romántica posibilidad de unificación europea pensada como colofón a siglos de guerras, se convirtió en un corset que aprieta a los países menos competitivos del sur del continente y atosiga a Francia e Italia, las dos naciones más industrializadas de la zona luego de Alemania.
Muchos comentarios circularon en estos días sobre la explícita humillación con que Berlín somete a Grecia. Un poco en castigo al gobierno de Tsipras porque desafió al Eurogrupo con un referéndum sobre nuevos ajustes. Y otro poco porque pretende disciplinar a los ciudadanos de otros distritos que pretendan salidas democráticas como la que intentó Atenas. Apuntan a Syriza para pegarle a Podemos en España.
El propio Varoufakis se encargó de aclarar cómo son las cosas. Dijo que en sus cinco meses de gestión conoció qué es el poder. Que cada vez que le explicaba a Wolfgang Schäuble las consecuencias de los recortes que pedía, el alemán le decía que si, que era cierto, pero que lo iban a tener que hacer igual, les gustara o no.
El germano, además, dijo que los planes económicos habían sido aprobados por anteriores gobiernos y que no podían cambiar las reglas cada vez que hay elecciones en alguno de los 19 países.
-Si es así entonces quizás tendríamos que dejar de tener elecciones- le comentó irónicamente el economista.
-Sí, esa sería una buena idea, pero muy dificultosa de poner en práctica, así que firme sobre la línea punteada o salgase del euro- dice Varoufakis que le insinuó Schäuble.
Si de nada vale una elección en los temas que pesan, y si los gobiernos apenas son administradores de lo ya establecido, poco queda del sentido profundo de la democracia. Mucho menos sentido tiene que Tsipras piense que a pesar de haberlo entregado todo aún le queda un resquicio por donde poder hacer algo fuera del libreto.
Un proceso de integración regional como el europeo tuvo como objetivo la construcción de un estado supranacional. Era federal, la suma de sus partes. La foto de hoy muestra a los alemanes saliéndose con la suya luego de dos terribles guerras perdidas, empeñados en la construcción de un supraestado unitario que pretende sojuzgar a todos los países de la Eurozona a través del control de la moneda, un fluido vital en toda sociedad capitalista.
Es lo que marcan los críticos del brutal castigo a Syriza. Que un verdadero federalismo no puede tener como solución que uno de sus miembros sufra la expulsión, aunque sea temporal. Como en aquellos juegos infantiles en los que, curiosamente, los que perdían tenían que ir «al Berlín».
Vaya un ejemplo de la época del menemismo. Funcionarios del ministerio de Economía de aquellos años comentaban que uno de los problemas de la convertibilidad era que algunas provincias no eran «viables». Esto es, que no tenían economías adecuadas para funcionar con eficiencia en un esquema de paridad con el dólar. Anotaban en esta lista a Catamarca, Formosa, el Chaco y La Rioja, entre otras. Este mismo concepto se escucha de economistas ortodoxos en relación con Grecia. Por eso la quieren echar del euro. Pero hablando sensatamente, la posibilidad de que con semejantes recortes pueda tener superávit presupuestario para algún día pagar su deuda es prácticamente nula.
Una pregunta clave si se habla de federalismo y de integración: ¿Cómo soluciona un país solidario los problemas en alguno de sus distritos? En Argentina hay una ley de coparticipación federal mediante la cual las provincias más productivas, como Buenos Aires, aportan para un pozo común que distribuye de acuerdo a un esquema de fomento a las otras. En Estados Unidos sucede algo similar. A ningún ocupante de la Casa Blanca se le ocurriría expulsar del dólar a un estado con déficit. Pueden quebrar y refinanciar sus deudas pero no quedar afuera de la Unión. Es como si en 1861 hubieran aceptado la secesión de los estados del sur. Hubieran evitado la guerra civil, pero tendrían la mitad del territorio.
Merkel y Schäuble ganaron a lo Pirro, ya se dijo. Por ahora Tsipras recibe los cascotazos y luce una imagen desgajada. Pero quién sabe cómo será el próximo capítulo de esta novela. Quien crea que la historia llegó a su fin, no tiene la menor idea del devenir.
Tiempo Argentino Julio 17 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Jul 14, 2015 | Sin categoría
Si hay alguien que entendió claramente de qué venía el juego entre Grecia y la Eurozona fue el ex ministro de Finanzas Yanis Varoufakis. Economista y docente de prestigio en su país, Gran Bretaña y Australia, Varoufakis pronto encontró rechazo en su par germano Wolfgang Schäuble, que reclamó expulsarlo de las reuniones conjuntas. Tenía dos buenas razones: no es fácil embaucarlo porque sabe de lo que habla. Pero lo peor es que publicó en su twit todo lo que se discutía puertas adentro, y eso es particularmente irritativo para las «fuerzas oscuras» de la troika.
En un reportaje a la publicación británica New Statesman, Varoufakis tira un puñado de frases que desnudan el trasfondo que llevó al premier Alexis Tsipras a convertirse en la contracara de lo que prometía. «Los ‘poderes reales’ son como temías…»; «quizás los países endeudados simplemente deberíamos dejar de celebrar elecciones»; «nuestra Eurozona es un lugar muy inhóspito para la gente decente».
La pregunta que se hacen todos quienes apoyaron a Syriza y le habían dado crédito al último discurso antes del referéndum del 5 de julio es: ¿Por qué Tsipras se entregó tan rápidamente? ¿Es que no tenía opciones? Mejor aún: ¿Para qué la consulta popular?
Que la deuda griega es impagable se sabe desde hace cinco años. Las comparaciones con la Argentina del 2001 no son posibles, pero es bueno recordar cómo Néstor y Cristina respondieron ante las amenazas de los acreedores: doblando la apuesta. Así demostraron que cuando hay voluntad política se puede mucho más de lo que parece.
¿Tsipras pensó que podía correr a Schäuble con un referéndum demoledor? Para eso faltó la última puntada, doblar la apuesta. Pero pidió a Varoufakis que diera un paso al costado y después llevó al parlamento una serie de recortes que mostraban sus temores. Era muy probable que en ese contexto desde Bruselas le respondieran que no era suficiente.
A Grecia se le pide disciplina fiscal y económica. Pero en realidad se le exige simplemente disciplina, acatamiento, humillación. ¿Por qué Tsipras no aceptó ofertas de ayuda que le hizo Vladimir Putin? ¿Por qué no aceptó convites de los BRICS de hace unos días?
Grecia tiene mucho más en común con el mundo europeo oriental que con el occidental. Desde la religión ortodoxa hasta los caracteres con que escriben. ¿Es que no quería convertirse en la Ucrania del Mar Egeo? Varoufakis dice que en sus cinco meses de gestión le vio la cara al poder real. Y que esos «poderes oscuros» son como se los imaginaba. ¿Tsipras entendió que los griegos no se querían ir del euro ni de Europa? ¿Comprendió que la democracia ya estaba muerta y fue un gesto inútil convocarla hace apenas diez días?
Tiempo Argentino
Julio 14 de 2015
por Alberto López Girondo | Jul 10, 2015 | Sin categoría
Difícilmente Grecia, sea cual fuera el resultado de la negociación que encara el premier Alexis Tsipras tras el referéndum del domingo pasado, pase al olvido tan rápidamente como quisieran los popes de la troika europea. Porque la crisis helénica desempolvó viejas rencillas en el mundo académico y desató controversias a granel entre los expertos en esa tan difusa disciplina social que es la economía, con el rol del Estado en el centro del debate.
Los que se anotaron esta vez con una carta abierta a la canciller alemana Angela Merkel son cinco economistas de renombre: un alemán, un estadounidense, un británico, un turco y un francés. Este último, Thomas Piketty, es el autor del best seller El capital en el siglo XXI, y aparece en los medios donde se difundió el texto como el gestor de esta iniciativa a contracorriente de lo que los organismos europeos están exigiendo a Grecia.
«Se le pide al gobierno griego que se ponga una pistola en la cabeza y apriete el gatillo. Tristemente, la bala no sólo acabará con el futuro de Grecia en Europa. El daño colateral matará a la zona euro como un faro de esperanza, de democracia y prosperidad, y podría conducir a largo plazo a consecuencias económicas en todo el mundo», dicen los economistas. Entre las razones para instar a rever la política de austeridad a cualquier precio, recuerdan que «el impacto humanitario (en Grecia) ha sido colosal, el 40% de los niños ahora viven en la pobreza, la mortalidad infantil se disparó al cielo y el desempleo juvenil está cerca del 50 por ciento».
Tras detallar cómo se llegó a esta situación, entre ellas corrupción y fraude en la contabilidad cometida por anteriores gobiernos, más los posteriores recortes salariales, de gastos públicos y pensiones, señalan que los programas de ajuste «infligidos a Grecia han servido sólo para producir una Gran Depresión como no se vio en Europa desde 1929 a 1933. El medicamento prescrito por el Ministerio de Finanzas alemán y Bruselas ha desangrado al paciente, pero no ha curado la enfermedad.»
Los otros autores del texto son un ex secretario de Estado del Ministerio de Hacienda germano, Heiner Flassbeck; un catedrático de la Universidad de Oxford, Simon Wren-Lewis; y dos que en su momento se ocuparon, desde rincones dispares, de la explosión globalizadora a fines del siglo XX –para mejor decirlo, de la doctrina del shock económico-: Dani Rodrik y Jeffrey Sachs, hijos dilectos de la Universidad de Harvard.
Sachs tuvo su cuarto de hora de fama desde que se puso a asesorar al sindicato polaco Solidaridad cuando su líder, Lech Walesa, aspiraba a la presidencia, en1989. También fue «partícipe necesario» en la transición entre la Unión Soviética y la creación de la Rusia capitalista, con Boris Yeltsin, y de las políticas que terminaron por llevar al caos a Yugoslavia, por esos años. Por supuesto, el entonces ministro de Economía argentina Domingo Cavallo también se ufanaba de tenerlo entre sus consejeros. En esa época, Sachs promovía el paso urgente a las políticas de mercado porque el neoliberalismo era la panacea para todos los males. Lo que incluía el desguace de todo lo estatal, a la mayor velocidad posible. Eso que en criollo se llama «desplumar la gallina antes de que chille».
Tardó poco, Sachs, en arrepentirse de su entusiasmo por ese modelo de apertura sin límites. Lo que le llevó darse cuenta de que las mismas instituciones que le habían dado empuje para tirar por tierra con el sistema económico socialista, le daban la espalda cuando comenzó a advertirles sobre los excesos que cometían. Comprendió, entonces, que la teoría fue apenas un buen fluido para llevar adelante reformas que sólo beneficiaron al sistema financiero internacional.
El que lo sabía era Rodrik, cuando se asombró de la perspicacia del Banco Mundial por su «invención y su comercialización del concepto de ajuste estructural», que «incluye en un mismo paquete reformas tanto microeconómicas como macroeconómicas». Y directamente apuntó al corazón de la teoría del shock. «No ha habido un solo caso significativo de reforma librecambista en un país en desarrollo en la década de 1980 que se haya producido fuera del contexto de una crisis económica grave.»
Heiner Flassbeck, otro de los autores de la carta, escribió junto con el griego Costas Lapavitsas (ahora integrante del partido Syriza), un libro que exime de comentarios sobre su contenido: Contra la troika. Allí elaboran un plan estratégico para la salida del euro de los países periféricos como única forma de evitar una catástrofe final para unos y otros.
El último de los firmantes es Simon Wren Lewis, quien en su blog http://mainlymacro.blogspot.com.ar/ suele volcar columnas de opinión que reproducen medios de varios países. Hace algunas semanas hizo una crítica feroz pero esclarecedora de las razones detrás de los últimos recortes del gobierno conservador de David Cameron en Gran Bretaña. «Cuando George Osborne impuso una dura austeridad fiscal en sus primeros dos años como ministro de Hacienda, al menos tenía una excusa. Podía apuntar a Grecia y decir: tenemos que hacer lo que sea necesario para evitar ese destino (…) pero ahora (tras el anuncio de recortar 37 mil millones de libras esterlinas) no hay posibilidad de que el Reino Unido vaya a ser como Grecia». ¿Por qué lo hace entonces? «Es una gran excusa para reducir el tamaño del Estado, sobre todo cuando se ha comprometido a no aumentar la mayoría de los impuestos.»
Es que el Estado está en el eje de toda esta presión al gobierno griego, como lo está en los objetivos que la troika exige a todos los países de la eurozona –a la que no pertenece Gran Bretaña pero con cuyos líderes comparte ideales neoliberales- y como está en las exigencias de los buitres financieros.
Michael Hudson (http://michael-hudson.com), presidente del Instituto para el Estudio de Tendencias Económicas de Largo Plazo (ISLET por su siglas en inglés), analista financiero en Wall Street y profesor Investigación de Economía de la Universidad de Missouri, sostiene que tanto los organismos de crédito como los gobiernos acreedores y los tenedores de bonos «son capturados ideológicamente por guerreros financieros antiobreros y antigubernamentales». Y abunda: «Impuesta por el monopolio de las instituciones financieras intergubernamentales – el FMI, BCE, del Tesoro de EE UU, y así sucesivamente – la influencia financiera del acreedor se ha convertido en el nuevo modo de la guerra del siglo XXI. Algo tan devastador como la guerra militar por su efecto sobre la población: aumento de las tasas de suicidio, esperanzas de vida más cortas y emigración de quienes siempre han sido las principales víctimas de la guerra: los adultos jóvenes”.
«En lugar de ser reclutado por el ejército para luchar contra los enemigos extranjeros –dice el autor de La burbuja y más allá, otro título que evita aclaraciones- son expulsados de sus hogares en busca de trabajo en el extranjero. Lo que solía ser un éxodo rural a las ciudades desde el siglo XVII es ahora un «éxodo deudor» de países cuyos gobiernos deben altas sumas de dinero a los gobiernos acreedores y a los bancos y tenedores de bonos en cuyo nombre se impone su política».
Más aún, estos organismos «transforman la guerra de clases del siglo XIX en una crisis puramente destructiva» con el objetivo casi explícito en Grecia de remplazar al gobierno díscolo de Tsipras por tecnócratas y «ex gerentes de Goldman Sachs», cosa de imponer «una guerra contra el trabajo -en forma de austeridad- y contra el poder de los gobiernos para determinar su propia política fiscal, su política financiera y su política de regulación pública».
Hudson agrega que «Grecia, España, Portugal, Italia y otros países deudores han estado bajo el mismo modo de ataque como el del FMI y su doctrina de austeridad que llevó a la quiebra a América Latina desde la década de 1970». Y tras proponer nuevas reglas de juego a nivel global, acota que «el derecho internacional debe reconocer que las finanzas se han convertido en el modo actual de la guerra. Sus objetivos son los mismos: la adquisición de la tierra, las materias primas y el monopolio».
Tiempo Argentino
Julio 10 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Jul 3, 2015 | Sin categoría
A Herman Goering, uno de los más encumbrados barones del nazismo, se le atribuye la frase «cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola». Alemanes más modernos y derechistas, aunque no nacionalsocialistas -como la canciller Angela Merkel y el ministro de Hacienda Wolfgang Schäuble- podrían decir hoy que «cuando oigo la palabra democracia, saco mi pistola».
A Herman Goering, uno de los más encumbrados barones del nazismo, se le atribuye la frase «cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola». Alemanes más modernos y derechistas, aunque no nacionalsocialistas -como la canciller Angela Merkel y el ministro de Hacienda Wolfgang Schäuble- podrían decir hoy que «cuando oigo la palabra democracia, saco mi pistola».
El llamado a referéndum del gobierno de Alexis Tsipras en relación con las exigencias de la troika por el pago la deuda griega pone incómoda a la dirigencia europea. Sobre todo al eje París-Berlín, que comanda el núcleo duro en la Unión Europea, que al decir del premier heleno, no está tan interesado en solucionar un tema mínimo como el del default y la posible salida del euro de uno de los socios como por castigar sus irreverencias y las de cualquier otro que quiera seguir su camino.
El tema de las decisiones democráticas es un puñal clavado en la historia de la UE. Es que la consolidación de la entidad como una asociación política fue acelerada en los inicios del siglo, tras crearse la moneda común. Los ciudadanos de cada país debía plesbicitar una Constitución Europea. Todo iba relativamente bien –consultas con poca asistencia pero con aprobación mayoritaria- hasta que le tocó el turno a franceses y holandeses. Entre mayo y junio de 2005, hace justo diez años, galos y neerlandeses dijeron que no. Y la arquitectura armada para sustentar la creación de un estado supranacional se vino abajo. Fue en ese contexto que se suspendieron las consultas programadas para Gran Bretaña e Irlanda, cosa de no ir a un fracaso, mientras la dirigencia del momento armaba un plan B. Ambos referendos fueron suspendidos ilimitadamente y la única consulta sobre el asunto será el año que viene, en el Reino Unido. Pero para saber si los británicos quieren permanecer o no en la UE. Los irlandeses fueron hace poco a las urnas, pero para aprobar el matrimonio igualitario.
¿Cómo se resolvió el tema de la Constitución? De un modo no tan prolijo pero a todas luces efectivo: se elaboró un documento que contempla las mismas prerrogativas y obligaciones de una Carta Magna tanto para países como a ciudadanos. El Tratado de Lisboa se firmó el 1 de diciembre de 2009 y de la Constitución Europea no se habla casi ni en los libros de historia. Ese tratado habla de la composición y funciones del Banco Central Europeo, uno de los malos de esta película que se despliega sobre la península helénica.
Las controversias entre Schäuble y su par griego, Yanis Varoufakis, comenzaron ni bien Syriza llegó al gobierno en Atenas, en enero pasado. Como se recordará, esa elección fue forzada por la crisis política de los partidos que habían comandado el país desde la caída de la dictadura militar en 1974 y que eran los responsables de una deuda impagable. En esa ocasión la dirigencia europea amenazó con los peores infortunios si los griegos no votaban a un candidato del establishment. No lo decían directamente, pero se trataba de que no eligieran a quien no prometiera pagar bajo sus reglas.
Tsipras, con una coalición de centroizquierda, venía creciendo en la consideración popular por los fracasos del bipartidismo. Pero especialmente por la caracterización que lograron incorporar al sentido común griego sobre la naturaleza y el origen de la crisis. Los recortes continuos y la miseria que se extendía sobre capas cada vez mayores de la población hicieron el resto.
En su discurso del viernes, donde explicó las razones para llamar a referéndum, Tsipras recordó que en los seis meses su gobierno «estuvo librando una batalla en condiciones de asfixia económica sin precedentes, con el fin de poner en práctica su mandato». Y protestó contra lo que consideró una extorsión de la troika (FMI, BCE y la Comisión Europea, el Poder Ejecutivo establecido en aquel acuerdo de Lisboa). Agregó, lapidario, «Grecia es, y seguirá siendo, una parte integral de Europa, y Europa en una parte integral de Grecia. Pero una Europa sin democracia será una Europa sin identidad y sin brújula.»
Fue una respuesta contundente a las versiones que indicaban que el objetivo de Syriza es irse del euro o de la UE si no se aceptan sus pedidos de extender créditos y hacer una quita de la deuda. Los alemanes –no sólo el gobierno de Merkel- consideran que la crisis es culpa absolutamente de los griegos. Por su indolencia, por haber dilapidado dinero a raudales en la época de las vacas gordas. La realidad es algo diferente: Grecia disfrutó algo del Estado de Bienestar y seguramente hubo dispendio en el uso de fondos públicos. Pero si alguien dibujó los presupuestos fue la banca Goldman Sachs, que ayudó a maquillar las cuentas para cumplir con las imposiciones del Tratado de Maastricht, otra de las bases estructurales de la Unión. Así fue que los gobiernos conservadores y demócratas socialistas obtuvieron más crédito del que les hubiese correspondido de mostrar los papeles en regla. Cuando estalló la crisis, en 2008, se reveló la amarga verdad. Hubo algunas publicaciones que señalaron la responsabilidad de la banca de inversión y hasta de organismos de control de la UE. Pero era más fácil culpar a los griegos. Y ni siquiera a todos: a los pobres, que de acuerdo a las exigencias, han sido y deberían seguir siendo los que paguen los platos rotos de la fiesta.
Varoufakis, que no anda con vueltas, dijo todo esto en las reuniones con los popes de Bruselas desde que fue ungido ministro. Cómo será de irritativa su posición en esos lares que en los últimos encuentros el propio Schäuble exigió que saliera de la sala. No sólo eso, «fuentes» de Bruselas filtraron a la prensa masiva aspectos de la negociación que hacían quedar mal parados a los gobernantes griegos. Varoufakis publicó con pelos y señales cómo se desarrollaron esas negociaciones en su blog (http://yanisvaroufakis.eu/), para no ser tergiversado.
Tsipras salió reiteradamente a informar a la población sobre qué se discute y de qué va el referéndum. Para contrarrestar los presuntos «arrugues» que le atribuyen la delegación griega para llegar a un acuerdo, la forma de desprestigiar públicamente a Syriza. «Propusimos un acuerdo más justo socialmente y que haya una negociación sobre la deuda. Si esto no lo aceptan, ¿qué podemos hacer?», se lamentó el premier.
«Rechazamos las propuestas de las instituciones del 25 de junio por una variedad de razones poderosas. La primera es la combinación de austeridad y de injusticia social que impondrían sobre una población ya devastada por … la austeridad y la injusticia social», puntualizó Varoufakis, para luego revelar en una entrevista con el portal Bloomberg que antes de firmar nuevos recortes presupuestarios se cortaría un brazo. Luego prometió que si el domingo ganara el SI a los ajustes él se iría a su casa. Tsipras, tras reclamar el voto por el no, dijo que aceptará el resultado, pero que si su postura resultara perdidosa dejaría el gobierno. «No voy a firmar un acuerdo así, pero si nos vamos seguramente haya otros que lo hagan».
Ambos dirigentes, que llevan la voz cantante en este entuerto, varias veces dijeron que la solución está cerca, pero que el problema no es económico sino político. Que quieren castigar a Grecia por desafiar el pensamiento único vigente en Europa. Y si, Syriza es un mal ejemplo que podrían copiar los españoles y quién sabe, también los italianos –que tienen un gobierno hace lo contrario de lo que prometió- y los franceses, que quizás olvidaron su rechazo a la Constitución de hace una década y no encuentran explicación a lo que en sectores del oficialismo se tilda directamente de traición de François Hollande a sus electores y al socialismo francés.
Una de las primeras medidas que tomó Tsipras en el gobierno fue reabrir la televisión pública, cerrada en el marco de los planes de ajuste perpetuo. Es una herramienta esencial para poder mostrar su versión de los hechos ante el embate nervioso y criminal de los medios privados, donde las amenazas y presiones de la UE encuentran cauce privilegiado. Mientras tanto, los griegos irán a las urnas con una pistola en la cabeza. En enero no le tuvieron miedo, habrá que ver cómo influye en ellos una semana de corralito.
Tiempo Argentino
Julio 3 de 2015
Ilustró Sócrates
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