por Alberto López Girondo | Sep 22, 2016 | Sin categoría
Siria era hasta hace poco más de cinco años, era uno de los países más desarrollados del Medio Oriente con un gobierno laico y una clase media próspera que creía en una idea del progreso en base al esfuerzo personal. No era el paraíso, pero en el contexto de una región inestable y en conflicto permanente, era un lugar donde se podían tejer proyectos de futuro. No había matanzas monstruosas ni millones de personas buscaban refugio fuera de sus fronteras.
Contó, en tiempos de la, con el apoyo de la Unión Soviética, un apoyo consolidado tras la derrota en la Guerra del Yom Kippur contra Israel, en 1973.
El acercamiento fue logrado a instancias de Hafez al Assad, el padre del actual presidente, Bashar al Assad. Así fue que los soviéticos instalaron una base naval en Tartus. La caída de la URSS no evitó que Moscú continuara manteniendo ese destacamento desde el que puede mantener un ojo alerta en el Mediterráneo.
Hasta que en 2011, al calor de lo que se dio en llamar la Primavera Árabe, grupos opositores a Al Assad iniciaron una ofensiva para derrocar al mandatario.
Esa ola, que contó con el descontento de ciertos sectores sociales pero el apoyo de grupos ligados a los servicios de inteligencia occidentales y afines a la política estadounidense, terminó por derrocar a los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, donde incluso fue asesinado su líder, Muhamar Khadafi.
En el caso sirio, la situación fue tensándose hasta niveles brutales y en poco tiempo los grupos opositores conformaron milicias irregulares. De ahí al surgimiento de grupos extremistas como el Estado Islámico hubo un solo paso.
Pero a diferencia de Libia, donde el país fue literalmente desmembrado, y de Egipto, donde los países occidentales fomentaron un golpe para que volvieran las Fuerzas Armadas al poder, la Siria de Al Assad resiste.
El factor ruso es esencial, pero también lo es que las fuerzas que defienden al gobierno se mantienen mayoritariamente leales a Damasco.
Los que sufren la devastación y los peores actos de violencia son pobladores de las zonas donde los “rebeldes” y los grupos yihadistas mantienen un permanente hostigamiento con los métodos más bárbaros.
La crisis humanitaria golpeó en amplias capas de la sociedad siria, pero rebotó en Turquía y en Europa, con los miles de refugiados que continuamente buscan cruzar fronteras para hallar un lugar donde poder soñar con otra vida.
Los datos de esta guerra contra el gobierno sirio son escalofriantes.
Según diversas organizaciones, entre ellas Amnistía Internacional, en cinco años murieron 366000 personas y el país perdió al 15% de su población. La esperanza de vida, que era comparable a los países más desarrollados de Europa -75,9 años- bajó a 55,7 años. Como quien dice, le han robado 20 años a cada sirio. Lo que repercute en Europa es otra cosa.
Y es que además de los 6,6 millones de desplazados internos hay alrededor de 4,8 millones de sirios que huyeron de su país y golpean “a las puertas” del continente y terminan instalados en los campamentos de refugiados.
Gran parte de ellos llegan a través del mar o de verdaderos éxodos terrestres. Pagan fortunas, los que tienen dinero, para llegar a otros “paraísos”, donde cada vez son recibidos con mayor hostilidad.
El crecimiento de los partidos xenófobos en el este europeo es señal de ese rechazo. El levantamiento de muros fronterizos es la otra respuesta. El debate entre las mentes “bien pensantes” es sobre el nivel de humanitarismo que se permite cada país. Se escucha menos argumentar en contra una política que en pos de derrocar a Al Assad sigue profundizando esa sangría de víctimas.
Vladimir Putin, el presidente ruso, dio acabadas muestras de que no piensa abandonar a Al Assad y menos a la base de Tartus. Estados Unidos y sus socios europeos buscan terminar de conformar una región amiga de Occidente en su estrategia de cercar a Rusia y controlar las regiones productoras de petróleo de Medio Oriente y el Norte de África. Siria es un sitio destacado para esta estrategia y Al Assad un grave impedimento.
No es ajeno a este escenario el conflicto en Ucrania y la vuelta de Crimea al redil de Moscú.
La trabajosa tregua alcanzada entre el canciller ruso Serguei Lavrov y el secretario de Estado John Kerry puede quedar hecha trizas luego del ataque a un camión de ayuda humanitaria.
Mientras, se sabe que Siria perdió unas cinco veces su PBI y que dentro de ese castigado país el 80% de la población sobrevive sumergida en la pobreza, y casi 14 millones de personas necesitan ayuda urgente para sobrevivir.
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Setiembre 20 de 2016
por Alberto López Girondo | Sep 19, 2016 | Sin categoría
Cuando el 20 de marzo pasado el Air Force One se posó sobre el aeropuerto José Martí, quienes esperaban bajo la lluvia confiaban en que ese día histórico sería el puntapié inicial de una nueva era entre EE UU y Cuba. El “¿qué bolá Cuba?” del presidente Barack Obama sonó como una invitación a soñar en que los temas pendientes desde la vuelta al diálogo bilateral, el 17 de diciembre de 2014, iban a ser un trámite sencillo. Lo pensaron Raúl Castro y la plana mayor del gobierno revolucionario, que reclaman desde hace décadas terminar, entre otras cosas, con el sistema de castigos de la principal potencia del mundo contra los habitantes de una pequeña isla que eligió su propio camino.
Ahora, que se avecina una nueva votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el principal reclamo de La Habana, el levantamiento del bloqueo económico, la sensación es que nada cambió en cuanto a una medida que cuenta con el más amplio repudio internacional y que, para el gobierno cubano, depende en primer lugar de la voluntad política del mandatario estadounidense.
El bloqueo, decretado por John F. Kennedy en febrero de 1962 en el marco de la Guerra Fría, se fue incrementando con los años y causando enormes pérdidas que, un trabajo preparado para la previa al encuentro de Nueva York, estima en 753.688 millones de dólares a valor actualizado. Solo desde la visita de Obama en marzo, quien luego embarcó hacia Buenos Aires, el costo para Cuba suma 4680,3 millones de dólares.
La promesa de levantar las sanciones económicas –que el propio Obama reconoció que “solo hace daño al pueblo cubano en lugar de ayudarlo”– se choca con la realidad de que incluso desde diciembre de 2014 se acrecentaron las trabas de todo tipo para comerciar. A Cuba, sin ir más lejos, se le prohíbe abrir cuentas en bancos de Estados Unidos y sigue sin poder hacer pagos ni depósitos en efectivo en dólares en terceros países. Ni siquiera puede utilizar libremente tarjetas de crédito.
Para colmo, los bancos internacionales no quieren arriesgarse a operaciones legítimas con Cuba porque pueden sufrir sanciones. No olvidan que en marzo de 2015, cuando ya estaban avanzadas las conversaciones para reanudar relaciones diplomáticas, el alemán Commerzbank recibió una multa de 1710 millones de dólares en Estados Unidos.
“Aplican una ley extraterritorial y no queda resquicio por donde hacer movimientos de dinero”, se quejan los cubanos. Y añaden que no se trata apenas de manejarse con el turismo receptivo o las compras al exterior de productos esenciales para la actividad económica, sino del pago de alimentos o medicamentos imprescindibles para el tratamiento de ciertas afecciones. Eso obliga a realizar algún tipo de rodeo mediante terceros países, lo que encarece ostensiblemente cualquier producto.
“El presidente de los Estados Unidos posee aún amplias facultades ejecutivas que no ha usado, para continuar modificando la aplicación de las regulaciones del bloqueo, incluso más allá de lo hecho hasta la fecha que le permitirían, de usarlas con determinación, desmantelar de forma sustantiva la política de bloqueo”, dice un documento oficial que circula entre las cancillerías para preparar la próxima votación en Nueva York, el 26 de octubre.
¿Qué ocurrirá entonces? Con los años, el voto contra el bloqueo a Cuba fue creciendo y el año pasado fueron 191 votos positivos contra dos negativos, Israel y Estados Unidos, a pesar de la promesa de Obama. Ya no hubo abstenciones, que fue durante mucho tiempo el subterfugio de muchos países europeos e incluso latinoamericanos para no comprometerse en un tema diplomáticamente complicado para ellos. ¿Habrá algún cambio en el voto argentino, teniendo en cuenta el cambio de ocupante de la Casa Rosada? Por ahora, nada hace sospechar que se modifique una postura que, por otro lado, ya no debería resultar irritativa para Washington. «
Tiempo Argentino
Setiembre 18 de 2016
por Alberto López Girondo | Sep 17, 2016 | Sin categoría
Si bien para las elecciones de medio término falta más de un año, puede decirse que la campaña ya comenzó. Será el primer test electoral de la alianza Cambiemos en el gobierno y el panorama para el oficialismo se muestra complicado, con una crisis económica que no parece tener fin, el reclamo social en aumento y la aparición de disputas internas entre funcionarios. A favor, cuenta con que las cosas tampoco parecen claras en el principal sector de la oposición, que está representado por los grupos dispersos del peronismo, entre ellos los «desgajados» del Frente para la Victoria.
La celebración de un nuevo aniversario de la consagración como gobernador bonaerense de Antonio Cafiero, que aquel 6 de setiembre de 1987 coronó el proceso de renovación peronista, fue la excusa perfecta para que un amplio abanico de dirigentes del PJ se juntara con el objetivo de crear las condiciones para lograr la unidad en este nuevo escenario.
Se entiende que el recuerdo del dirigente fallecido hace dos años fue la excusa, porque los 29 años de aquella «patriada» de Cafiero contra una dirigencia que se había quedado en el tiempo no son un número «redondo» –que son los que normalmente llaman a los grandes festejos– y menos cuando la fecha no tuvo semejante relevancia en estas casi tres décadas. Pero era buena ocasión para juntar a gobernadores, intendentes y legisladores de los bloques de origen justicialista, aunque sin la presencia de los nucleados en torno al kirchnerismo. Más bien, el objetivo era mostrar que la «renovación», por más que sea al sello identificatorio de quienes ya en 2011 se habían ido detrás de Sergio Massa, puede llegar a ser un paraguas para competir en 2017.
Se reunieron en un hotel porteño, entre otros, Daniel Scioli, Alberto Fernández, Diego Bossio, el presidente del PJ, José Luis Gioja, la intendenta de La Matanza, Verónica Magario, el excandidato a gobernador bonaerense por el massismo, Felipe Solá, y Héctor Daer, integrante del triunvirato de la CGT. No todos son «anti K», pero sí preferirían armar una estructura, competitiva electoralmente, sin la participación de la expresidenta, algo que por ahora no parece viable. Mientras tanto, cuentan porotos y no porque se sientan urgidos por el tiempo electoral, sino porque están acuciados por las circunstancias. La protesta va creciendo en amplios sectores de la sociedad, desde la clase trabajadora y los nuevos desocupados hasta empresarios vinculados con el mercado interno, políticos y sindicalistas de base, y el principal partido de la oposición tiene que salir a conectarse con esa bronca social.
Los tres tercios
Para el gobierno, la mejor noticia –mientras no haya respuesta para los que se vieron afectados durante estos nueve meses de gestión por la devaluación, el aumento de tarifas y la pérdida de empleo– es una oposición disgregada. Tanto para gobernar sin mayores sobresaltos, como para esperar con buenos augurios la elección del año que viene. Si es verdad que las sociedades modernas están divididas en tres tercios asimilables con la derecha, la izquierda y un centro fluctuante, ese resultado no sería grave para Cambiemos en términos de remplazos legislativos.
Los primeros escarceos del oficialismo necesitaban romper con lo que en teoría implicaba un Congreso con mayoría del FPV, y fue así que celebraron largamente el alejamiento de grupos que no comulgaban demasiado con la jefatura de Héctor Recalde en Diputados. En Senadores, con la anuencia de Miguel Pichetto y el apoyo explícito de gobernadores deseosos de fondos nacionales y de evitar diatribas contra sus gestiones, lograron contar con vía libre a los proyectos más necesarios para la voluntad de Balcarce 50, aun cuando fueran a contrapelo de lo que aprobaban hace no tanto.
El objetivo desde el que partieron las principales espadas políticas del macrismo –el jefe de Gabinete, Marcos Peña y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio– es sostener la gobernabilidad mientras, confían, se van consolidando los cambios que se proponen. En aras de esa gobernabilidad, el diputado Sergio Massa acercó posiciones desde el mismo 10 de diciembre con Mauricio Macri. La foto de ambos en el foro de Davos fue la muestra más elocuente. En esos pasos iniciales del nuevo presidente en el poder ambos se necesitaban: Macri porque el exintendente de Tigre podía liderar una oposición amigable con su proyecto de demoler todo vestigio de populismo remanente en la sociedad luego de la derrota del kirchnerismo en el balotaje. Massa porque aspiraba a juntar tras sí a los peronistas descontentos con Cristina Fernández, que acompañaron su mandato por eso de que el poder atrae como un imán, pero estaban dispuestos a dar el salto cuando hubiera posibilidad.
La única verdad
Pero la realidad se impone y a medida que se demora la lluvia de inversiones y se sienten en los bolsillos ciudadanos las consecuencias de las nuevas medidas económicas, ya no es tan atractivo mostrarse cercano al gobierno macrista. Más cuando las encuestas vienen revelando un crecimiento del rechazo a la administración nacional. En tal sentido, el diputado Facundo Moyano pasó una factura impensada hace unos meses. «Está bien acompañar las medidas y la iniciativas legislativas que consideremos que estén bien y ayudan a la gente, pero hay cosas que creo que no se tenían que votar o no servían para nada y terminamos pegados al oficialismo», dijo hacia el interior del Frente Renovador. Por eso Massa tuvo que salir a mostrar los dientes, aun desde un lugar no confrontativo, y se ganó la repulsa del propio Macri.
El hijo del líder camionero no hablaba solo de posicionarse frente al clima de protesta que desbordó la Plaza de Mayo el 2 de setiembre en la culminación de la Marcha Federal y puede llevar a la primera huelga general, sino al acercamiento de Massa con Margarita Stolbizer. «La alianza que hizo con Margarita Stolbizer lo aleja del PJ», le respondieron a Massa desde el peronismo que homenajeó a Cafiero. Como para que le quede claro de qué renovación hablan los popes justicialistas.
Revista Acción
Setiembre 15 de 2016
por Alberto López Girondo | Sep 12, 2016 | Sin categoría
Si la pista para encontrar al asesino debe partir de quiénes se benefician con el crimen, sin dudas que los atentados a las Torres Gemelas beneficiaron a quienes necesitan sociedades hipervigiladas. Cada nuevo golpe en Europa, como los que viene sufriendo Francia, es un nuevo escalón hacia abajo en la pirámide de derechos civiles nacidos del imaginario de la Revolución Francesa. Estados Unidos en 1776 y Francia en 1789 marcaron estos últimos dos siglos de la historia universal, fueron los faros para la construcción de la república como modelo de convivencia democrática y liberal.
Pero ese modelo es enemigo del poder financiero y económico global y las élites gobernantes, que solo se pueden sostener mediante un entramado de intereses en que el capital, las instituciones político-judiciales y los medios de comunicación conforman una red que necesita ser inviolable para perpetuarse.
Los atentados del 11S en Nueva York sirvieron para cercenar derechos civiles en Estados Unidos con el argumento de que es necesario sacrificar algo de libertad para ganar en seguridad. Los medios acompañaron sin dudarlo, lo mismo que capas importantes de la sociedad, y no era para menos: era una Ley Patriótica la que los empujaba. Algo así como Patria o Muerte pero a la usanza del norte, es decir, nada de nacionalismos explícitos.
El ataque en el Trade Center se produjo nueve meses después de la llagada al salón Oval de George W. Bush, quien logró luego ser reelegido en 2005, y eso que tenía muchas menos luces que su padre, uno de los pocos presidentes no reelectos en la ese país. El 11S también lo benefició a George W. y con él todos sus halcones del gobierno, ligados a la industria militar.
Es bueno recordar que en Argentina, el 14O, el gobierno de la Alianza sufría una derrota electoral que aceleró su caída final en diciembre de ese 2001. La Argentina y América Latina desde entonces fueron alcanzando niveles de integración y logrando derechos civiles y políticos como pocas veces antes en su historia.
La llegada de Barack Obama en 2009 pudo ser la coronación de un momento de cambios. De irritación en la sociedad estadounidense por la pérdida de libertades individuales y también por la belicosidad desplegada en todo el mundo. El primer presidente afrodescendiente en una nación con semejante nivel de racismo fue una esperanza para muchos y así logró un Premio Nobel de la Paz por su promesa de terminar con las guerras de su antecesor.
La historia lo recordará, en cambio, como el que profundizó esa matriz imperial apelando a las políticas tradicionales la política exterior, sin miramientos. Las grandes revelaciones de cómo se maneja el poder estadounidense que estallaron en estos años lo muestran sin tapujos. Desde el analista de la NSA Edward Snowden, pasando por el creador de WikiLeaks, Julian Assange, llegando ala soldado Chelsea (Bradley)Manning. Todos ellos criminalizados por sus destapes.
Ahora, que Obama se dispone a entregar el mandato, logró cambiar el escenario al sur del Río Bravo, por las buenas y las no tan buenas, para expulsar a gobiernos que desarrollaron una mayor autonomía desde 2001.
El presidente francés François Hollande(socialista) quiere imponer reglas laborales altamente resistidas por la clase trabajadora porque cercenan (flexibilizan) derechos obtenidos en décadas de lucha. La cadena de atentados es conducente a la militarización de la sociedad y facilita leyes patrióticas que justifiquen la criminalización de la protesta. El gobierno golpista de Brasil también busca flexibilizar las relaciones laborales y también arma un entramado represor para imponerlas.
Las repúblicas liberales son cada vez más contradictorias con el capital financiero y su sostén mediático judicial. A nivel global hay una República Imperial, como adelantaba en los ’70 otro francés, Raymond Aron.
Esa República Imperial necesitaba un 11S. Lo tuvo hace 15 años.
Tiempo Argentino
Setiembre 11 de 2016
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