Seleccionar página
Lujo asiático y Mercedes Benz en la Rusia de hoy

Lujo asiático y Mercedes Benz en la Rusia de hoy

La vieja tradición zarista de boato y ornamento pasó a los nuevos ricos, que lo muestran en un parque automotor de altísima gama por las calles de Moscú.

Cuando se habla de “lujo asiático” se quiere hacer referencia al exceso de bienes materiales o de ornamento innecesariamente caro simplemente como ostentación. Para mostrar cuanta plata se tiene, dirían en algún barrio porteño. Los rusos tienen una larga historia en este tipo de suntuosidades y la atribuyen a la herencia tártara, como se refieren a las invasiones de los mongoles al mando de Sobutai , el lugarteniente del Gengis Khan, en 1223.

Los zares fueron tal vez el mayor exponente de fasto y oropeles. Hoy día, los rusos postsoviéticos no le van en zaga y las calles de Moscú exponen los productos más preciosos que el dinero puede comprar. Joyas, relojes, vestimenta de las marcas más caras. Asombra la cantidad de autos de altísima gama que circulan como si nada. Así, grosso modo, cuatro de cada diez vehñiculos son Mercedes Benz, pero hay una proporción similar de Audis, BMW y Land Rover. Cada tanto, incluso, se ve, estacionado como es usual, con el chofer adentro, algún Rolls Royce.

También podés leer: Lenin y la permanencia del imaginario soviético 

Los palacios de la capital imperial, San Petersburgo, son una exposición continua de riquezas y derroche de dinero, con gusto dispar. El Palacio de Invierno se comenzó a construir en 1732 para alojar a la familia de los zares. El edificio donde comenzó la Revolución Rusa tiene 150 metros de ancho, 30 de alto y 1500 habitaciones. Fue Catalina la que lo llenó de obras de arte y piezas antiguas que hacía comprar a cada uno de sus embajadores en las sedes europeas. En la actualidad tiene unos tres millones de piezas de todo el mundo y es el Museo Hermitage, visitado cada año por millones de turistas.

El Palacio de Verano de Catalina, en la localidad de Pushkin, a pocos kilómetros de allí. Tiene entre sus reliquias, la conocida Sala de Ámbar. Una habitación totalmente recubierta con paneles de esa piedra semipreciosa de oleos vegetales fosilizados trabajadas por dos equipos de artesanos entre 1700 y 1710. Llegó a tener 55 metros cuadrados de superficie. Un exceso obsceno de riqueza en un país feudal con millones de pobladores en la miseria más absoluta.

¿Qué pasó entre la revolución de Octubre y la caída de la Unión Soviética? La tradición en cierto modo se mantuvo en la era socialista en los grandes edificios, las estatuas de un realismo y minuciosidad encomiables en cada esquina. En cuanto a los edificios imperiales, los gobiernos soviéticos remozaron los que habían sido dañados durante la guerra civil. Y luego volvieron a hacer lo mismo en la Segunda Guerra

En cuando al Palacio de Catalina, hasta allí habían llegado las tropas nazis en 1941. Los soviéticos no alcanzaron a quitar todos los paneles del famoso cuarto de Ámbar y los alemanes quitaron toda la cobertura para llevarla a exponer al Castillo de Konisgsberg, en la actual Kaliningrado, una de las sedes del Mundial de 2018.

Al finalizar la guerra las placas de ámbar no fueron encontradas y sigue siendo ese uno de los misterios. La famosa cámara finalmente fue reconstruida con ayuda de artesanos de Alemania con fotos de la época.

Para el viajero de a pie, las estaciones de los subtes, tanto en Moscú como en San Petersburgo, son manifestaciones artísticas que llaman la atención y bien vistas, pueden ser entendidas como expresiones de lujo asiático.

Aunque la iconografía –o la estatuaria, en muchos casos- representa siempre los valores de la revolución y los personajes son obreros y trabajadores con sus familias. O los soldados de la Segunda Guerra, o los escudos con la hoz y el martillo, o, también, Lenin. Esto dicho, con la mirada de quien conoce los subtes porteños, cuyas estaciones más nuevas parecen despojadas de todo intento de belleza.

Esa tradición de lujo entronca con los nuevos ricos, aquellos que pudieron aprovechar el momento de desconcierto a la caída de la Unión Soviética y se quedaron con los bienes del  socialista a precio de ganga. Según se dice, habían entregado un bono a cada ciudadano como parte de la propiedad estatal. Los más rápidos, directivos de las empresas, burócratas del partido o especuladores, fueron comprando a los que no sabían qué hacer con esos papeles.

“Algunos los cambiaron por vodka en los pueblos del interior”, lamenta Irina, que atiende un puesto de información en una calle rusa.

El caso es que esos “oligarcas”, como pronto se los llamó, se hicieron supermillonarios y dueños del aparato productivo construido durante décadas por toda la sociedad. Y fueron los primeros en comprar Mercedes Benz o Volvos, los autos considerados como mejor exponente de riqueza.

Es común verlos circulando por el centro o esperando en fila a un costado, por ejemplo, del Teatro Bolshoi, con el chofer adentro y esperando al patrón, que fue a ver el espectáculo. Que esas costumbres no se pierden.

Durante años la automotriz alemana Daimler Benz tuvo en el mercado ruso a su principal comprador externo. Hace un  par de meses la firma anunció un acuerdo para montar una planta ensambladora en cercanías de Moscú.

El gobierno aumentó los impuestos a autos no fabricados en la Federación Rusa y ya BMW se adelantó a tener su propia producción local. Por ahora, y la idea del gobierno es cambiar esto en breve, la mayoría de los componentes son importados, incluso provenientes de Argentina, de acuerdo a anuncios hechos el año pasado por la fabrica que está en González Catán.

 

Tiempo Argentino   Jueves 9 de Noviembre de 2017

Lenin y la permanencia del imaginario soviético

Lenin y la permanencia del imaginario soviético

Putin prefiere dejar las cosas como están, pero regularmente reaparece la polémica sobre si corresponde enterrar su cuerpo, que está embalsamado en una cripta vidriada en el Mausoleo frente al Kremlin.

Contaba John Reed, el cronista de la Revolución Rusa, que el 8 de noviembre de 1917  “la vida continuaba en toda su rutinaria complejidad, que ni la guerra interrumpe”. Dice que los tranvías circulaban normalmente, la gente iba a su trabajo, los restaurantes estaban abiertos y se anunciaban exposiciones de pintura como si nada. Un siglo después, la Plaza Roja amaneció cubierta con hierros y containers repletos de maderas que decenas de trabajadores iban acomodando frente al Mausoleo de Lenin, que ahora abrió como era lo usual hasta el desfile militar del 7 y los festejos del día de la Unidad Nacional del 6. Estaban preparando una gran pista de patinaje sobre hielo que cubrirá ese histórico lugar durante toda la temporada invernal. La gente circulaba a sus trabajos como si nada hubiera ocurrido.

En el monumento en homenaje al líder revolucionario, donde descansa su cuerpo embalsamado en una urna vidriada desde su muerte, en 1924, el movimiento de turistas era incesante y afuera, a pesar del frío, se agolpaban cientos de personas que aprovechaban, también, el día soleado luego de una seguidilla de varias jornadas nubosas.

Cada fecha clave de la era soviética se renueva la polémica desde la desaparición de la URSS, en diciembre de 1991. Qué hacer con el cuerpo del hombre que comandó la revolución bolchevique y murió joven, a los 54 años, dejando, para muchos, un enorme hueco en el proceso iniciado en 1917. Pero esa es otra polémica.

Como es de imaginar, la implosión del socialismo generó un caos generalizado en una población habituada a estrecheces pero no a perder el rumbo. El cambio de régimen se llevó puesta a toda una iconografía comunista y hubo enormes tensiones para borrar esa parte de la historia rusa por parte de los dirigentes más extremos del momento.

El caso es que todos provenían de aquellos años dorados del socialismo y algunos no tenían cómo explicar el deseo de hacer cuenta nueva en medio del marasmo.

Ana cuenta que se formó en la URSS y recibió su título universitario apenas unos meses después de su desaparición, y que para ella y toda su generación, Lenin era una figura enorme a la que todos se querían parecer. “Era abnegado, valiente, generoso”, dice con una sonrisa melancólica recordando todos los valores que se encarnaban en Vladimir Illych Ulianov.

Cuenta que desde la primaria recibían la impronta del revolucionario y que en un momento determinado tenían que hacer un juramento por la memoria de Lenin. Suena a parecido la promesa a la bandera que hacen los alumnos argentinos.

Mientras recita el juramento pensando en la mejor traducción posible, muestra la posición de la mano derecha para ese rito. Como haciendo sombra, a 45 grados y a pocos centímetros de la frente. Es una especie de venia militar pero a distancia. “Ensayábamos el ángulo exacto y los movimientos”, dice como quien habla de esos tesoros infantiles perdidos vaya uno a saber dónde.

“Ahora los jóvenes apenas saben quién fue Lenin”, dice la mujer, en la fila para la visita al Mausoleo donde además de Lenin, están los restos de dirigentes del Partido Comunista desde 1917. Allí está John Reed, el periodista estadounidense que conto en un relato vibrante lo que fueron aquellos “Diez días que estremecieron al mundo”.

El recorrido alrededor del cuerpo de Lenin resulta estremecedor. Es cierto, parece estar dormido, y los visitantes fijan la mirada, primero a su derecha y luego a la izquierda, como hipnotizados. No hay modo de quedarse un minuto más porque atrás la fila empuja.

La polémica en torno a ese monumento incluye, por supuesto, a los otros dirigentes enterrados allí, de los que se habla menos. Son los representantes de un tiempo que no es este pero de alguna manera siguen estando presentes a cada paso. Por lo menos Lenin, tiene estatuas por todo el país y salvo en algunos países del Este europeo, todas se mantienen en pie.

Regularmente fuerzas políticas de la derecha e incluso de Rusia Unida, el partido de Vladimir Putin, se hacen eco de publicaciones periodísticas donde se realza el costo de mantener el cuerpo y se señala que la voluntad última del jefe revolucionario fue que lo enterraran en cementerio Vólkovskoye de San Petersburgo. De hecho, su viuda, Nadezhda Krúpskaya, no había estado de acuerdo, según los testimonios, en que un ateo se convirtiera en una figura religiosa.

En abril pasado se presentó en la Duma, la cámara baja rusa, un proyecto de ley donde es especifica que el cuerpo de Lenin debe ser sepultado como era su deseo. Pero la declaración era tan laxa que dejaba en manos de Putin la decisión sobre tiempo y modo.

El secretario general del Partido Comunista ruso, Guennadi Ziuganov, exigió entonces, garantías al gobierno de que el Mausoleo seguirá a un costado del paredón del Kremlin y de cara a la Plaza Roja. El presidente prefirió dejar las cosas como están. No quiere comprarse otro problema cuando el fundador del estado soviético continúa siendo un referente para muchos que se criaron haciendo esa promesa que, después de todo, él también hizo.

 

Tiempo Argentino  Miércoles 8 de Noviembre de 2017

El reclamo por Santiago llegó a Moscú

El reclamo por Santiago llegó a Moscú

Viajeras argentinas mostraron al mundo el caso del joven desaparecido en Chubut.

La bandera que lleva Marta Salazar la hizo Marianita, la hija de Adriana, dice. Es otra de las viajeras que en la marcha del miércoles por las calles de Moscú llevó el reclamo por Santiago Maldonado. Ella, docente jubilada, viene juntando peso sobre peso y se sumó a un tour para recordar el centenario de la Revolución Rusa que le permitió estar en ese acontecimiento histórico pagando en cuotas. De otra manera, recalca, hubiese resultado imposible.

Además de sostener una punta de la más grande de las banderas que llevaban los militantes que conmemoraron aquel histórico 7 de noviembre de 1917, tenía una wipala, la insignia de los pueblos originarios. Pero lo que más la movilizó fue llevar ese reclamo argentino hasta la capital rusa para que todos los ojos del mundo lo vean.

Junto a ella estaba Nora Castillo, también docente y trabajadora estatal. Ella, más modesta, llevaba un cartel con el rostro del joven desaparecido en la Lof de Cushamen el 1 de agosto pasado. También ella tiene para más de un año de cuotas por el viaje, pero dice que valió la pena.

“Eso si, estoy sorprendida por la forma en que convive el pasado con la actualidad”, dice Nora. Y detalla: las imágenes de Lenin y la iconografía soviética con las grandes marcas internacionales y los Mercedes Benz que se muestran en la ciudad.

Marta, en cambio, asegura no estar sorprendida porque ya estaba al tanto de cómo había cambiado el país desde la caída de la Unión Soviética. “Quise ver si se había cumplido lo que alguna vez dijo el Che”, resalta.

Y piensa en el lujo de los palacios que recorrió y en eso que le dijeron, de que muchos habían quedado destruidos luego de la guerra civil y el gobierno popular los reconstruyó fielmente. “¿Para qué habran gastado esa plata?” se pregunta.

Tiempo Argentino  Miércoles 8 de Noviembre de 2017

La gente tuvo que ver el desfile en la Plaza Roja por el celular

La gente tuvo que ver el desfile en la Plaza Roja por el celular

La Plaza Roja estuvo vallada y solo se podía ingresar con autorización especial. El público comun lo miraba por la pantalla de los teléfonos.

La Plaza Roja de Moscú fue escenario de un desfile en conmemoración de la histórica parada militar del 7 de noviembre de 1941, cuando las tropas nazis estaban a pocos kilómetros de la capital soviética y el gobierno de Stalin quiso mostrar que tenían resto para soportar una guerra llevando tropas a que desfilaran frente al Kremlin para luego volver al campo de batalla.

El desfile solo pudo ser presenciado por invitados especiales ubicados a un costado del Mausoleo de Lenin, el líder de la revolución rusa, de la cual se cumplía precisamente un siglo.

La gente, que intentaba ocupar lugares cercanos a las tropas y batallones de estudiantes vestidos con uniformes de época, tuvieron que quedar lejos, detrás de vallados y detrás de policías que hicieron una guardia de honor pero tapaban la visual de la ceremonia.

Muchos de los que fracasaron en un intento de ver de cerca lo que habían preparado las autoridades para la ocasión, debieron contentarse con mirar por la pantalla del celular la transmisión televisiva de eso que ocurría a pocos metros de sus narices.

A las puertas de Moscú quedaron los intentos de dos invasores, derrotados por la resistencia de los rusos y por un clima que en invierno es letal para quién no está preparado.

Primero fue Napoleón, en 1812. Luego serían derrotados los ejércitos de Adolf Hitler, claro que a un costo en vidas que supera los 20 millones de muertos. Casi la mitad de la población argentina cayò entre la invasión de 1941 y el fin de la guerra, que tras haber vencido en Moscú realizó un avance arrollador con el Ejército Rojo hasta Berlín, el 9 de mayo de 1945, la otra gran fecha patria luego de la caída de la Unión Soviética.

Por eso en el desfile de este 7 de noviembre había uniformes desde los de la guerra contra Napoleón y hasta los que se usaron en la Segunda Guerra Mundial. Pero el gobierno de Vladimir Putin no decretó feriado (lo había hecho el lunes 6 por el Día de la Unidad Nacional) y por lo tanto el público que quiso ver el espectáculo lo tuvo que hacer en un día laborable. Pero además no se la hicieron fácil.

La Plaza estaba rodeada de vallas y había cada tanto un marco para detección electrónica de metales. Pero no había manera de pasar sin una tarjeta de invitación especial.

Muchos quisieron observar lo que ocurría desde el Shopping Gum, ubicado justo frente al Kremlin, y que tenia las puertas abiertas. Solo un par de locales tuvieron la gentileza de dejar mirar por la ventana un rinconcito de la plaza.

Del otro extremo del playón, al lado de la Catedral de San Basilio y cercano a la costanera del río Moskva, se había agolpado otro grupo que se contentaba con mirar la salida de los que habían desfilado. Modesta limosna para curiosos y turistas de todo el mundo que no tuvieron el privilegio de la autorización.

En una calle lateral del edificio del Shopping una mujer mayor concitaba la atención de cámaras de teve y curiosos. Estaba rodeada de jóvenes cadetes de la escuela de paracaidismo y un hombre de unos 50 años con uniforme de la guerra. Un chico de no más de 12 años, con uniforme de cadete, sostenía un viejo casco agujereado y oxidado. Era de su marido, el padre del soldado y abuelo del preadolescente. Compungida, decía que no la habían dejado presenciar el desfile.

El homenaje comenzó a las 10 horas, hubo marchas militares y jinetes de uno de los ejércitos de caballería mostraron sus destrezas. Detrás de las valla apenas se divisava el penacho de los jinetes y las lanzas.

Para las 11,30 la plaza ya estaba despejada y limpia. Un batallón de personas de limpieza con uniformes anaranjados se volcó a dejar todo impecable, como si nunca hubiera habido una parada militar. Tampoco ellos pudieron ver el homenaje desde adentro.

Tiempo Argentino  Martes 7 de Noviembre de 2017