por Alberto López Girondo | Nov 4, 2017 | Sin categoría
Putín reniega del pasado. Un acontecimiento central para la historia del siglo XX ahora parece incomodar a la sociedad y al gobierno.
Mientras en muchos rincones del mundo el centenario de la Revolución Rusa será recordado con emoción y nostalgia, en las calles de San Petersburgo nadie parece darle gran relevancia al hecho de que esa ciudad fue el epicentro de un cambio histórico que enmarcó definitivamente al siglo XX. Ya sea por las adhesiones que concitó en quienes vieron en la Toma del Palacio de Invierno la antesala de la gran utopía de una sociedad sin clases, como entre quienes la combatieron sin piedad.
O más bien, como murmuran algunos lugareños, el 7 de noviembre de 1917 fue un acontecimiento en la gran historia del pueblo ruso, pero ahora son otros tiempos y es mejor mirar hacia adelante.
Hay algunos hechos del pasado de esa nación que les sirven de justificación ante una pregunta que les resulta incómoda. Esa ciudad fue creada en 1703 de la nada sobre un pantano por el zar Pedro I para que el imperio tuviera una salida al mar por el Báltico, y fue la coronación de más de dos décadas de guerra con Suecia por el control de esa región estratégica.
Fue capital del imperio más grande en extensión de su tiempo y cada milímetro de sus edificios fue construido con directivas de los más grandes arquitectos italianos y franceses de la época para ser una Paris eslava. Y en la segunda guerra mundial, cuando era conocida como Leningrado, las tropas nazis sitiaron de 900 días en que murieron más de 1,2 millones de habitantes de hambre y frío, pero no se rindió.
“La celebración incomoda a todos, porque hay temas que nos dividen y la discusión de esa parte de la historia nos llevaría a enfrentamientos”, señala Nadia, quien estudió Humanidades e idiomas durante el período soviético y vivió como tragedia cotidiana la caída de la URSS. “De pronto el estado se retiró y no sabíamos qué hacer para sobrevivir, perdimos todo, los ahorros, los trabajos, las pensiones”.
No se muestra particularmente atraída por los últimos tiempos de la Unión Soviética, pero lo que vino es un mal recuerdo que no querría volver a vivir. Y como dato anecdótico, y porque conoce algo de la Argentina, recuerda que en los años 90 del siglo pasado recorrieron el país “expertos” (dibuja las comillas en el aire) de todo el mundo. De Estados Unidos, de Europa y hasta nuestro conocido Domingo Cavallo viajó para dar sus consejos a las autoridades que se fueron sucediendo en esos momentos de caos.
Hasta que llegó Vladimir Putin y la situación se calmó. Si tuviera que resumir en una frase cuál podría ser el milagro del actual presidente ruso es: «Nos devolvió la dignidad”. ¿De qué forma? Los convenció de que Rusia es una gran nación y que Estados Unidos se estaba aprovechando de un momento de debilidad.
“Obligó a que los oligarcas paguen impuestos”, añade Nadia.
La historia fue en su momento dramática: en medio de una situación explosiva y la desaparición real de las instituciones, las empresas y bienes que habían sido de propiedad estatal pasaron a manos privadas. Esos nuevos ricos eran los dueños reales del país y habían dictado las reglas que les permitían prosperar en detrimento de la sociedad.
Putin, nativo de San Petersburgo, hizo carrera en la KGB y luego fue escalando posiciones dentro del gobierno central, ya en la era que llaman “de la transición”, y sucedió a Boris Yeltsin en 2000. ¿Cómo logró convencer a los nuevos ricos de que el que ahora imponía las reglas era él?
Para Nadia, porque sabía mucho de cada uno de ellos por su paso por el servicio de espionaje soviético. En Argentina diríamos que apeló al “carpetazo”.
Y los que no se avinieron a esta nueva era, como el magnate petrolero Mijail Jorodkovski, terminaron procesados por evasión impositiva, presos y en la ruina.
Hurgar en esta época de incertidumbre implicaría revolver una época en que la sociedad vivió convulsionada y temerosa de su futuro. Cruzada por acusaciones sobre quiénes eran los culpables de lo que ocurría. Para unos, los responsables eran los comunistas, que habían dirigido el país desde 1917, sin distinciones. Para otros, la injerencia de los estadounidenses y los oligarcas, también sin distinciones.
Putin, como lo viene haciendo desde que está en el poder, se fijó el objetivo de reconstruir una nación que se había derrumbado. Y lo hace desde los gestos simbólicos más insignificantes como tener, según se dice, un cuadro de Nicolás I, el zar que lideró la guerra de Crimea en 1853. Además, en 2014 encabezó él mismo la recuperación de esa península estratégica en el mar Negro luego de una movida de la Unión Europea para poner en el gobierno de Ucrania a los sectores antirrusos de esa nación, tan íntimamente ligada al nacimiento de Rusia.
¿Eso quiere decir que no va a haber ningún tipo de recordatorio? Si, los habrá en la ciudad donde se inició la Revolución Rusa y en Moscú. Pero aún no es época de recordar a Lenin o a los bolcheviques con la mirada integradora que pueden tener en París con Napoleón o con la Revolución Francesa, un acontecimiento clave en la construcción de la nacionalidad gala.
Pero hay un dato a tener en cuenta: desde 2004 y a instancis de Putin no hay feriado nacional el 7 de noviembre. El núcleo de la ceremonia es el 4 de noviembre, día de la Unidad Nacional, que recuerda la expulsión de los polacos de Moscú en 1612 y coincide con el día del Ícono de Kazán, el origen de la conversión del pueblo ruso al cristianismo. Kazan es la capital de Tartaristán y sera una de las sedes del Mundial de 2018.
En estos días se preparaban escenarios para actos y juegos de luces que prometen ser espectaculares en los lugares donde aquel proceso histórico tuvo lugar, como el Palacio de Invierno, ahora el impresionante museo Hermitage, o el crucero Aurora, desde donde se disparó el cañonazo que dio origen ataque sobre el portentoso edificio donde estaba reunido el gobierno provisional, que había surgido de la revolución burguesa de febrero del 17, la que derrocó al zar.
En el museo creado sobre la base de las riquezas culturales atesoradas por los Romanov, también se inauguró una sala especial que conmemora aquel hecho en el mismo recinto donde fueron detenidos los ministros. Las imágenes del zar Nicolás II compiten en importancia con las de Lenin. Putin ya había adelantado que no iba a haber ninguna celebración especial.
Tiempo Argentino Sábado 4 de Noviembre de 2017
por Alberto López Girondo | Nov 4, 2017 | Sin categoría
Los rusos se mueven entre la nostalgia y el desconocimiento. De todas maneras, existe cierta incomodidad oficial al celebrar el centenario de la toma del Palacio de Invierno.
La primera impresión que se tiene al llegar a la cuna de la revolución rusa, San Petersburgo, es que busca aceleradamente dejar atrás ese período que comenzó hace justo 100 años. Las calles de la capital imperial están atestadas de gente y los negocios lucen a pleno. Las grandes marcas occidentales están en todos los escaparates y eso se ve incluso en la vestimenta de los jóvenes. Es cierto que este fenómeno no es nuevo, pero hay que imaginarse lo que pasaría si a uno lo dejaran con los ojos tapados en la avenida Nevsky, aquella por donde hace un siglo desfilaban las multitudes para celebrar la toma del poder por los bolcheviques. Solo se daría cuenta de que está en Rusia por los caracteres cirílicos de los carteles luminosos. Por la rara tipografía que sigue a la M característica de McDonalds, por el extraño grafismo que acompaña al símbolo de Starbucks. ¿Pero por dónde andarán las huellas de aquellos 74 años de intensa historia?
Víctor Jeifets es historiador e investigador en la Universidad de Estatal de San Petersburgo en temas de Latinoamérica. Camino a un bar que podría ser cualquiera de cualquier parte del mundo para hablar con Tiempo, en el barrio donde pasó sus últimos años el escritor Fedor Dostoievsky, dice que parte de la tradición soviética sigue en las calles. Solo que hay que buscarlas.
Por ejemplo, en los nombres y en estatuas, como las de Lenin, que permanecen sin mella. Otras, es cierto, fueron quitadas, pero resulta ser que había una sobreabundancia de copias que incluso eran de mala calidad. De hecho, si bien la ciudad recuperó su nombre de San Petersburgo tras un referéndum en 1991, el oblast o región a la que pertenece se sigue llamando Leningrado.
Pero se ven situaciones curiosas. El palacio de la bailarina polaca Matilda Kshesínskaya, amante del zar Nicolas II y otros nobles de alto rango, donde Lenin se instaló tras la revolución de febrero y hasta abril de 1917, fue durante el período soviético Museo de la Revolución. Ahora es el Museo Estatal de Historia Política de Rusia. Un eufemismo para ocultar rispideces y donde ahora el sesgo de sus exhibiciones es hacia una visión más amable con la monarquía de los Romanov.
Por eso Jeifets dice, ya sentado en un taburete del ruidoso localcito donde se hace la entrevista, que es cierto que hay incomodad en la celebración de los 100 años para las autoridades nacionales. “No pueden olvidar por completo a la revolución, porque hay una parte importante de la sociedad para la cual fue parte de su historia personal”. ¿Entonces?
“El gobierno no puede decir ya cerramos este capítulo, por eso es que festejos hay, pero al mismo tiempo es Centenario pero sin Revolución. Todo está, pero nada está”.
Gran parte de los habitantes de ese extenso país nacieron luego de 1991 o eran muy chicos en esa caótica época de transición. No tienen cómo comparar este de ahora de consumismo con aquel del comunismo como no sea con los recuerdos, sospechados de subjetivos, claro, de padres y abuelos. El académico corrobora ciertos comentarios de pobladores locales que vivieron la era soviética y tienen algo para comparar. Y en cierto modo cuestiona la liviandad con que toman por naturales cuestiones que tienen su pequeña explicación.
“Muchos deslegitiman ese pasado reciente, lo que para mí es un error porque la gran herencia social, las leyes laborales, de salud y educación, son herencia de la revolución”, dice Jeifets, para luego detallar cada una de las conquistas que permanecen en la cultura rusa y no nacieron de la nada sino de las legislaciones soviéticas que, a duras penas durante mucho tiempo, sin embargo se mantienen.
En momentos en que América Latina ve cómo gobiernos democráticos y no tanto buscan arrasar con las conquistas obreras de añares, Jeifets, que conoce la región, resalta que la jornada de ocho horas no se cambió, que los trabajadores tienen derecho a vacaciones y una jubilación digna y que los hombres se retiran a los 60 años y las mujeres a los 55. “No se gana en proporción lo que se ganaba durante la era soviética, porque el rublo se devaluó mucho, pero el Estado se sigue haciendo cargo de eso”.
En cuanto a la salud, cuenta una anécdota que refleja hasta dónde llega la cobertura. Jeifets está casado con una mexicana y tienen dos hijas que, además, y por ese matrimonio internacional, son bilingües desde la cuna. Ya verán de qué manera podrán aprovechar de esta ventaja en el futuro. “Cuando nació nuestra primera niña mi mujer no lo podía comprender: a los tres días vino una enfermera de la policlínica a nuestra casa. Es obligación ir para ver en qué condiciones vive el recién nacido y si necesitábamos algo. No la habíamos llamado, es así como funciona. Además, tu puedes llamar a un médico a su casa para que te atienda en cualquier urgencia”.
Con la educación pasa algo parecido. Los chicos reciben casi todos los libros en forma gratuita y tienen garantizada la enseñanza hasta la universidad. Allí deberán revalidar y según los puntajes que hubieran logrado en los tramos previos, tendrán una subvención estatal. Caso contrario, puede acceder pero mediante un pago.
Hay una gran proliferación de publicaciones y hasta debates en los medios sobre el significado de aquella gesta. Muchos son publicaciones de libros de historia hechos luego de la revolución, quizás la mayoría son de los que hablan de los sectores desplazados en octubre del ‘17 o, como dice Jeifets, “de cómo Lenin traicionó a la revolución y cosas así, es decir, panfletos a favor y en contra pero no libros de Historia”.
La carencia de investigaciones académicas serias sobre ese pasado tan reciente para una nación como la rusa, que lleva más de 1100 años, genera el olvido sobre de dónde vino este presente. Para los más jóvenes, toda esa etapa es como una película sin vinculación con el día a día. “Creen que lo que tienen estuvo desde siempre y no es así. En esos detalles cotidianos está la revolución. Esas leyes no estaban antes del ‘17”, resume el historiador. «
Tiempo Argentino Sábado 4 de Noviembre de 2017
por Alberto López Girondo | Nov 4, 2017 | Sin categoría
El académico de la Universidad Estatal de San Petersburgo analizó en diálogo con Tiempo la construcción de la historia rusa impulsada por el oficialismo gobernante.
“Es irónico que gran parte de la gente que esta deslegitimando la herencia soviética es la misma que si hoy hubiera estado en el poder los comunistas hubieran festejado con ánimos la revolución. Son lo que en los tiempos soviéticos se llamaría oportunistas”, dice con un tono de queja Víctor Jeifets, el académico de la Universidad Estatal de San Petersburgo.
–Se nota una intención de Vladimir Putin por construir una historia de Rusia intentando recuperar todos los retazos de ese pasado que va de Iván el Terrible y Pedro el Grande a la actualidad. ¿Será posible darle continuidad a eso?
–Lo que el gobierno quisiera hacer es darle continuidad a los tiempos del imperio. O sea, hubo imperio, inmediatamente surgió el poder soviético, sin la revolución. Sin negar por completo la herencia comunista, pero diciendo que no fue tan importante. Es decir, (Putin) quisiera ver al poder soviético como heredero del imperio, lo cual es imposible. Sin embargo, está elogiando últimamente al personaje de José Stalin. No Stalin como comunista sino como imperialista.
–¿Stalin podría ser el hilo que uniera toda la historia rusa, se trata de eso, se podrá eso?
–Lo está viendo como una persona que mantuvo la unidad del país. Lo ve a Stalin como el personaje que logró administrar el sistema y ganar la guerra y que desarrolló la industria, la ciencia, que hizo la bomba atómica. Sin negar que Stalin era un asesino y que organizó una ola de represiones políticas. Eso no lo niegan. Pero lo ven como el administrador de una situación compleja. Eso se ve incluso en los libros de educación infantil.
–¿Cómo es eso?
–Si tu le preguntas a cualquier niño quién fue Lenin, tendrá dos frases para decir de él, no mucho más. Quizás tendrán algunas palabras más sobre Pedro o Iván el Terrible. Pero seguramente sabrán más de Stalin.
–¿Así se explica el rol que ocupa cada día con más énfasis Putin en el mundo? ¿Cómo se toma a esta posición en política exterior en Rusia?
–Gran parte de la sociedad quiere que el país siga manteniendo su peso internacional. Hay muchas críticas que le podrían hacer al presidente, pero los rusos hacemos como decía nuestro poeta Pushkin: «Puedo decir cualquier cosa contra mi gobierno pero no aceptaré que ningún extranjero haga lo mismo».
–Ahora mismo en Estados Unidos hay graves acusaciones contra el presidente Donald Trump por la posible injerencia rusa a su favor en la campaña y contra Sputnik y Russia Today, dos medios de gran influencia en el mundo.
–Si, dicen que están haciendo propaganda. Pero la CNN y la cadena Fox también están haciendo propaganda. Putin tiene una visión del mundo integral, cuando muchos de los políticos de Europa la tienen para cuatro años. Tal vez porque él sabe que si bien hay elecciones en 2018, su perspectiva es a más largo pazo. Los comicios de renovación presidencial son en abril del año que viene, previos al Mundial de Fútbol y hoy por hoy no hay perspectiva de que le surja un competidor con posibilidades al líder ruso. «
Tiempo Argentino Sábado 4 de Noviembre de 2017
por Alberto López Girondo | Nov 3, 2017 | Sin categoría
Además de haber sido la cuna de la revolución rusa, la capital imperial también será sede del Mundial de Rusia 2018. Idas y vueltas de la construcción del estadio más caro y la historia de los Stalinets, luego convertidos en el Zenit, el equipo local donde juegan cinco argentinos.
Se sabe que el fútbol es pasión en todo el planeta y se convierte en una enfermedad cuando el mundial se disputa en la propia tierra. Lo comprenden ahora los rusos desde que se estableció que la copa de la FIFA de 2018 se disputará en esa tierra. Y lo viven con mayor intensidad en San Petersburgo, donde se construyó el estadio más caro, el más impactante y seguramente el que más críticas despertó de los 12 en que rodará la bola el año que viene.
Pero en las calles de esta bella ciudad no se percibe aún todo el marketing que seguramente saldrá a la luz el 1 de diciembre en el Kremlin, de Moscú, cuando se sorteen los equipos que compondrán los distintos grupos y se sepa entonces quiénes serán los que competirán en la antigua capital imperial.
En las calles se ven unos macetones con el dibujo de los gajos de una pelota de futbol y en los locales de ropa deportiva por ahora se vendían solo las camisetas de los que lideran el ranking aspiracional: Barcelona, Paris Saint Germain, y el local Zenit, donde juegan nada menos que cinco argentinos, Matías Kraneviter, Emanuel Mammana, Leandro Paredes, Emiliano Rigoni y Sebastián Driussi. Por supuesto que las miradas están todas puestas en Messi y entre las casacas es la del diez argentino la más requerida, comenta entre señas un vendedor con el que no hay otra forma de comunicarse. Tampoco hacía falta.
Los pocos lugareños que no hablan solo ruso (dato a tener en cuenta para quienes viajen el año que viene, pocos pueden mantener una conversación en inglés y muchísimos menos español), se muestran entusiasmados con el certamen pero los críticos, que no escasean en ningún lado del mundo, deploran los gastos que insumió el estadio Krestovski, internacionalmente conocido como San Petersburgo Arena, o también Gazprom Arena, ya que la empresa de energía de capitales mixtos es dueña del equipo y fue la que aportó para la construcción. Hasta cierto punto…
Porque como dice un joven que atiende en un restaurante de la avenida Nevski, la principal de la ciudad, el estadio es “un monumento a la corrupción”. Parece que la figura no solo es usada en Argentina para reflejar gastos en obra pública con amplios beneficios para bolsillos particulares. Pero en este caso, el escándalo llegó a golpear en el despacho del presidente Vladimir Putin, quien en una conversación con el titular de la FIFA, Gianni Infantino, le reconoció que detrás de lo que ocurría con la construcción del soberbio edificio del Zenit había “una historia triste”.
La historia se refiere a los enormes costos y la demora en terminar de construirlo, diez años. Desde 2007 cuando Gazprom, la principal compañía rusa, decidió convertir al Zenit en un top ten dentro del mundo futbolístico europeo.
En ese lapso, el precio de las obras, construidas bajo el proyecto de un japonés, Kise Kurokawa, quien murió a poco de comenzar los trabajos, se multiplicó por cuatro y llegó un momento en que Gazprom dijo que no iba a poner un rublo más.
Fue allí que Putin tuvo que intervenir para que el estadio de su ciudad natal finalizara en tiempo y forma para el mundial que, espera, consagre su figura en todo el mundo, como líder y organizador.
La mole de cemento y metal se erige en la isla de Krestovsky, de allí su nombre. La ciudad de San Petersburgo está construida en una zona pantanosa del estuario del río Neva, uno de los más caudalosos de Rusia, que desemboca en el mar Báltico. Son meandros y recovecos que conforman una red de canales que convierten a ese escenario en una joya paisajística. Esos canales crean un rosario de islas, unas 40, comunicadas por multitud de puentes. Una de ellas es la de Krestovsky.
Este año, cuando se acercaba la fecha planificada para su inauguración, en ocasión la apertura de la Copa Confederaciones, el nerviosismo atravesó a la dirigencia del club y de la ciudad: en un amistoso jugado en abril se habían detectado fallas en la estructura. Los inspectores de la FIFA, además, dijeron que faltaban terminar obras en los baños.
En el partido que abrió el certamen, entre Rusia y Nueva Zelanda, el propio Putin llegó en helicóptero para dar una arenga de mariscal ante una batalla para alentar a los jugadores locales. Esa vez solo hubo problemas con el césped, bastante destruido por las obras reclamadas por la FIFA dos meses antes y hechas a las apuradas.
Nadie se anima a determinar el costo real de las obras. Algunas estimaciones hablan de 800 millones de dólares, otro insinúan que pasó de los 1200 millones. Eso sí, está hecho como para no desentonar con la ciudad. Es una mole con forma de nave espacial, techo retráctil y capacidad para más de 68.000 espectadores sentados.
El Zenit tiene una historia muy relacionada también con San Petersburgo. Formado por la fusión de varios equipos de esa ciudad íntimamente ligada a la industria naval, fijó como fecha de fundación el año 1925. Y no es ocioso decir que “fijó” porque hubo bastante controversia sobre como armar su historia cuando hubo que dar cuenta de su origen, al nacer el mundo de internet y aspirar a estar en ese selecto mercado.
Uno de los equipos que luego pasó a llamarse Zenit es el de los Stalinets. Acá también es difícil saber de donde viene el nombre porque si bien es cierto que este equipo corría en las canchas en los años de Stalin, es bueno recordar que el sobrenombre del controvertido líder soviético deriva de la palabra rusa Stal, acero. Y los muchachos que se calzaban entonces la camiseta azul metálico eran trabajadores de los astilleros, o sea metalúrgicos.
Durante el sitio de Leningrado, como se llamaba entonces la ciudad, algunos jugadores se fueron hacia Moscú o Kazan. Pero otros se quedaron a resistir con sus familias murieron esos trágicos días y perdieron la vida.
Remozado por Gazprom para convertirse en estrella mundial, en poco tiempo se llevó a figuras prominentes del futbol argentino y contrató al italiano Roberto Mancini. No le va tan mal, esta primero en la Liga rusa y primero en el Grupo L de la Europa League.
Tiempo Argentino Viernes 3 de Noviembre de 2017
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