Lenin Boltaire (sic) Moreno Garcés tuvo que apartar de su cargo a la vicepresidenta que él mismo había designado hace once meses, luego de sacarse de encima al que por fórmula presidencial había sido elegido en las urnas. En abril de 2017, Jorge Glas Espinel integró el dúo que Rafael Correa había armado para ser la continuidad de la Revolución Ciudadana que había comenzado con su llegada al Palacio Carondelet, en 2007, tiempos dorados de gobiernos progresistas latinoamericanos.
Pocos meses más tarde Glas fue involucrado en las investigaciones por coimas de la constructora brasileña Odebrecht y a casi cuatro meses de reasumir el cargo -había sido el último vice de Correa- Moreno lo exoneró del puesto. En su lugar fue designada, a «dedo legislativo», a María Alejandra Vicuña, una de sus aliadas extrapartidarias. Este miércoles, la mujer terminó renunciando luego de verse implicada en un escándalo por cobros indebidos de dinero.
Si el objetivo de Moreno al ungirse como presidente era desprestigiar la política, lo suyo no deja de ser un rotundo éxito: se puso de enemigo a quien lo nombró sucesor, Correa, que perseguido por un caso típico de lawfare y por ahora exiliado voluntario en Bélgica, la nación de origen de su esposa, se enfrentó con gran mayoría del partido que integraba; volvió a políticas neoliberales y acuerdos con los medios de comunicación oligárquicos; se puso en la vereda de enfrente del gobierno bolivariano de Venezuela; negocia autorizar una nueva base militar de Estados Unidos y además, está tratando de dejar al refugiado político Julian Assange a la buena de Dios. Lo que en el caso del hacker australiano implicaría que termine juzgado por violar una ley anti espionaje norteamericana de 1917 y, quién sabe, condenado a pena de muerte, por publicar documentos secretos en Wikileaks.
A poco de comenzar su mandato, en su momento considerado con una perspectiva favorable por el progresismo porque era el hombre de Correa, pronto se vio que el proyecto de Moreno estaba en las antípodas del hombre al que había acompañado como vicepresidente por cinco años.
De allí que ni bien la prensa hegemónica -ahora afines al oficialismo ya que Moreno reformó la ley de Medios de Correa- batieron el parche con la presunta injerencia de Glas en un hecho de corrupción con Odebrecht, Moreno lo echó, poniéndose el sayo de que no toleraría actos de corrupción en su gestión, a pesar de que el acusaado no había sido ni siquiera llamado a declarar.
El caso fue visto como una maniobra de quienes detrás del presidente en realidad esperan agazapados para tirarlo en la banquina. Esta sospecha de incrementó luego de la renuncia de Vicuña, a quien primero había suspendido en su cargo para «enfrentar las acusaciones». Si Moreno no satisface a los poderes que ahora lo sustentan podría él también terminar acusado, dejando el mandato en alguien que no fue elegido para el cargo por la ciudadanía. El puesto de Vicuña será para un personaje elegido dentro de una terna que Moreno enviará al Congreso. Por ahora sus funciones fueron tomadas por José Augusto Briones, secretario de Planificación y Desarrollo.
Vicuña fue denunciada por un antiguo colaborador suyo de cuando fue legisladora. El denunciante dice que ella la obligó a depositar en una cuenta bancaria una suma de dinero proporcional a lo que él cobraba. La primera reacción de la mujer fue pedir la suspensión del cargo hasta el 31 de diciembre para poder presentarse a declarar en la fiscalía que investiga el caso. Un día después- como el escándalo no amainaba- presentó directamente al renuncia para «dejarle las manos libres al presidente».
Correa, desde su residencia de Bruselas, argumentó que el caso Vicuña es para tapar una denuncia contra el propio Moreno, acusado de haber recibido el amoblamiento completo de la vivienda que ocupó en Ginebra entre 2013 y 2017, cuando volvió para ser candidato a la presidencia, de parte de la empresa Sinohydro, constructora de la represa Coca Codo Sinclair. «Pueblo ecuatoriano: alguien que traiciona, miente y reparte la Patria como lo ha hecho Moreno, necesariamente es un corrupto… Todo era cuestión de tiempo», dice Correa.
El exvicepresidente Glas, en tanto, fue detenido en octubre del año pasado pero como todavía está sin condena -él dice que no hay pruebas en su contra y que tiene cómo demostrar su inocencia- inició una huelga de hambre el 21 de octubre pasado. El Premio Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel envió el lunes una carta el primer mandatario ecuatoriano en la que manifiesta su preocupación por la salud y la vida de Glas, «quien fuera trasladado desde el Centro de rehabilitación Social de Quito al de Cotopaxi (…) donde no contaría con las condiciones adecuadas para los tratamientos se salud y seguridad que requiere».
Por estos días también corre riesgo la salud de Julian Assange. El experto informático, creador del sitio Wikileaks y asilado en al embajada ecuatoriana en Londres desde 2012, se convirtió en un personaje incómodo para Moreno tras la voltereta que dio el ecuatoriano desde su presidencia.
El lunes el diario New York Times publicó una novedad que ya circulaba en sitios habitualmente bien informados sobre negociaciones de Paul Manafort con el gobierno de Moreno desde que Trump ganó las elecciones en EEUU. El consultor había sido jefe de campaña del republicano por cuatro meses hasta que sus negocios con Rusia lo pusieron en la mira de los medios afines al partido demócrata, por lo que tuvo que irse para no complicar las cosas.
Eso no impidió que siguiera haciendo negocios, ahora como «contacto» con Trump. Con ese perfil llegó a Quito en junio de 2017 y se presentó ante Moreno, ofreciendo inversiones de una empresa china. Según los trascendidos, el novel mandatario le dijo que quería arreglar con EEUU y que estaba dispuesto a poner en la mesa de negociaciones a Assange, a esta altura acusado de haber sido el que filtró los mails de Hillary Clinton que le habrían acercado espías rusos y que circularon en medio de la campaña electoral limando bastante la imagen de la candidata republicana. Una maraña en la que el mismo Trump aparece como implicado.
El caso es que en diciembre pasado, Ecuador le dio la ciudadanía a Assange que, de acuerdo a planes de los que no se sabe si él mismo estaba al tanto, sería enviado a Rusia como representante del gobierno de Quito. Pero los británicos bloquearon esa posibilidad. Y además Manafort terminó juzgado por fraude y lavado de dinero -básicamente por sus negocios con los rusos -y en agosto encontrado culpable. Un mes más tarde aceptó declarar como arrepentido ante el fiscal que investiga el Rusiagate para reducir su sentencia.
Lo increíble es cómo ese caso golpea incluso en las puertas del Palacio de Carondelet, la sede del gobierno ecuatoriano.
Emmanuel Macron tuvo que ceder y anunció la suspensión durante seis meses del aumento de impuesto a los combustibles. Podría decirse que el presidente francés no pudo contra los «chalecos amarillos» a pesar de aplicar una brutal represión y que los manifestantes lograron un triunfo al menos parcial. Mientras tanto habrá febriles negociaciones, algo que le faltó al mandatario desde mediados de noviembre, cuando la protesta fue creciendo desde el interior del país y se limitó a doblar la puesta cada vez.
El argumento para el incremento en el tributo es el impulso al uso de energía renovables en lugar de combustibles fósiles. Peor en el bolsillo de los franceses de menos recursos, es casi una afrenta ya que paralelamente el gobierno bajó impuestos a los más ricos (ver aca). El sábado pasado, mientras el mandatario galo se subía al avión que lo llevaba de la cumbre del G-20 en Buenos Aires, Paris se incendiaba.
El lunes se sumaron a la protesta estudiantes secundarios y paramédicos, revelando que el problema no es solo con un grupo de campesinos pobres indignados porque les suben el precio de la nafta. La represión ordenada por el gobierno no hizo sino elevar el resquemor contra las autoridades, sobre todo ante las imágenes de la feroz golpiza a un manifestante que huía en solitario por la Rue de Berri, a unas pocas cuadras del Arco de Triunfo y fue atacado por siete policías antidisturbios fuertemente pertrechados.
Muestras similares de crudeza contra el reclamo se podían ver en las redes sociales. Incluso en escuelas secundarias se veía cómo lanzaban granadas de gas lacrimógeno contra los estudiantes, secundarios que no aceptan las reformas a la enseñanza que impulsa el gobierno. En Marsella, una mujer de 80 años murió luego de ser herida cuando una de esas granadas ingresó por la ventana de su casa.
En otros distritos galos, como en Pau, en los Pirineos, varios policías y gendarmes se quitaron los cascos frente a los chalecos amarillos que cantaban el himno francés. Al diario Le Monde, en riguroso anonimato, los uniformados dijeron cosas como que «lo que está sucediendo es el resultado de años de fragmentación de la sociedad francesa. Por ahora, la respuesta está al lado de la placa (policial)», se lamenta uno. «Estoy muy preocupado porque el poder está en una burbuja tecnocrática. Están separados de Francia por personas valientes que no pueden llegar a fin de mes», destaca otro.
Yves Lefebvre, del sindicato de la policía de Unité SGP, si habló públicamente, y en un reportaje con la radio France Info consideró que las fuerzas de seguridad enfrentaron los peores disturbios en la capital francesa desde 1968. Pero también alertó: «Los oficiales no quieren permanecer como el último baluarte contra la insurrección. No podemos soportarlo. Le pido al presidente que asuma sus responsabilidades».
Políticamente, el gobierno se fue quedando aislado a medida que la protesta fue ganando espacio en la sociedad. Es así que según las encuestas de la consultora Ifbop-Fiducial el índice de aceptación del presidente Macron es de apenas 23%, seis puntos menos que hace un mes. Hay que aclarar que es casi el porcentaje que obtuvo en la primera vuelta electoral. El mandatario «olvidó que el 52% de los que votaron por él en la primera ronda lo hizo por defecto, sin adherirse a su política», recordó el columnista Aurélien Soucheyre en el periódico L´Humanité.
El fin de semana se registraron más de 130 heridos en Paris y alrededor de 400 detenidos, y desde el 17 de noviembre, la primera marcha sobre Paris, hubo tres muertos. El reclamo pasó de rechazar el impuesto al combustible a pedir por «una justicia fiscal justa», como resaltó en su página de Facebook Thierry Paul Valette, uno de los que fungen como coordinadores de los chalecos amarillos. «Quieren justicia social»; resumió.
Además de los estudiantes, los choferes de ambulancias también salieron a las calles y las enfermeras armaron enormes hisopos bajo el lema: «Para que Macron se destape los oídos». El candidato de la izquierda «populista», Jean-Luc Mélenchon -quien en el comicio pasado quedó a un punto apenas de entrar al balotaje contra Macron- también reclamó que el gobierno escuche lo que se grita en las calles parisinas. «El gobierno debe ceder a los reclamos»; dijo.
A su regreso de Buenos Aires, el mandatario se reunió con su mesa chica y el primer ministro Edouard Philippe. «Ningún impuesto merece poner en peligro la unidad de la Nación», explicó el premier al anunciar la suspensión temporaria de la suba impositiva. «Hay que estar sordos» para «no escuchar la cólera» de los franceses, añadió, ahoora si.
Desde la otra vereda Benjamin Cauchy, uno de los representantes visibles de los chalecos amarillos, un movimiento que carece de líderes, declaró a AFP que «los franceses no quieren migajas». El ya conocido Vallette, en tanto, quien se alegra de que «los chalecos amarillos somos los patrones ahora», posteó que no piensan negociar nada. «Es solo una moratoria de seis meses. Esto es demasiado tarde e insuficiente».
Xi Jinping y Mauricio Macri se verán este mediodía en una bilateral que quedó un tanto empastada luego de que la vocera de Donald Trump metiera su púa tras la reunión del viernes a la mañana entre el presidente argentino y el mandatario estadounidense. Los temas sobre la mesa ya habían sido adelantados por el gobierno nacional y confirmados por la diplomacia del gigante asiático. Los convenios a firmarse dentro de lo que se denominó como Segundo Plan Quinquenal de Acción Conjunta pasan por inversiones, cooperación en ciencia, tecnología, turismo y seguridad.
No habrá avances en los proyectos para ampliación de la planta Nuclear Atucha III –cajoneado con la excusa de la crisis económica local hace un par de meses–, aunque desde Balcarce 50 informaron que se tratará la relación argentina con la Obor (las siglas en inglés para «Un cinturón, un camino», como se llama a la ruta de la Seda con que China viene apostando fuerte para el desarrollo del comercio con sus países amigos). Además, se hablará de la ampliación del swap otorgado para reforzar las reservas del Banco Central Argentino y de Vaca Muerta.
Para el embajador chino en Buenos Aires, Yang Wanming, el total de documentos a firmarse será cerca de 40. Nada hace prever que habrá cambios de última hora, a pesar del disgusto de los chinos tras aquella calificación de «depredadora» que según la jefa de Prensa de Trump habría sobrevolado la conversación mantenida en la Casa Rosada.
No suele ser con un portazo que los asiáticos muestran su irritación, de manera que por ahora seguramente todo transcurrirá entre sordinas diplomáticas pero, como dice la canción de León Gieco, «todo queda en la memoria» y habrá que ver cómo se corrige este desvío hacia futuro, en vista de que China es para la Argentina un socio comercial y estratégico ineludible, más allá de la voluntad política o las presiones de Washington para quitar esa competencia del medio.
Ni bien Macri asumió el gobierno, la construcción de las represas que el gobierno de Cristina Fernández había licitado para la provincia de Santa Cruz con financiación y socio chino, Gezhouba y contrapartida de Electroingeniería. Luego, el Gloriagate puso el foco en las constructoras nacionales y en la brasileña Odebrecht, acusadas de coimas para obtener licitaciones. El dueño de Electroingeniería, Gerardo Fereyra, de hecho está preso, aunque no es el único, se sabe.
Entre los documentos que el ministro de Economía Nicolás Dujovne firmó en el marco del G20 con su par estadounidense Steven Mnuchin figura uno de cooperación energética que abre las puertas a constructoras norteamericanas para participar en licitaciones. Para los malpensados, ese era el objetivo inicial de las denuncias contra empresarios argentinos: meter una pata en la obra pública. Como parte de los PPP, los planes público-privados, tras la vista de Trump se acordó la inversión de 250 millones de dólares de la estadounidense Astris. Desde el otro lado del mundo, la empresa China Construction American formó una UTE para construir la autovía Anguil-Santa Rosa de la Ruta 5.
En el encuentro de hoy –será la quinta vez que Xi y Macri están frente a frente– esas cuestiones no quedarán al margen de la charla que llevarán a cabo en la Quinta de Olivos. Tampoco los convenios firmados en marzo para la renovación de la línea San Martín y Belgrano de cargas con la asiática CRCC.
Era la final más esperada de este encuentro de líderes mundiales en Buenos Aires. Por el peso de sus economías y por el impacto que tiene una guerra comercial entre los dos jugadores más grandes en el resto del mundo, parecía que los demás jefes de estado eran teloneros en un escenario preparado para que se sacaran chispas o arreglaran un acuerdo que calmara las aguas. Finalmente, la cena entre Donald Trump y Xi Jinping termin{o con aplausos en un clima que dio para la foto familiar para el recuerdo. No es que hayan sellado la paz, pero se dieron espacio para una tregua.
Declaraciones desafiantes del estadounidense en la previa, la zancadilla al gobierno argentino esbozada en el comunicado de la prensa sobre lo conversado en la bilateral Trump-Macri más la información de que había muerto el ex presidente George Bush padre daban el entorno necesario para suspender el cónclave sin que sonara a un desaire de nadie.
Los chinos no mostraban demasiado interés a esa altura en que los mandatarios se encontraran y que por la contraparte norteamericana no había mucho para añadir a lo ya dicho hasta ese momento.
Trump, que unas pocas horas antes había firmado un nuevo acuerdo de libre comercio con México y Canadá podía exhibir un logro a su vuelta a Washington. Pero en el fondo, los dos tienen más que perder si al menos para las fotos no muestran una actitud civilizada.
«Vamos a llegar a algo que sea bueno para China y EEUU», dijo Trump antes de ingresar al salón donde se celebró la cena clave de este G-20. «La cooperación es la mejor opción para China y Estados Unidos», dijo Xi. Dos horas después, la cena había concluido y si bien no hubo comunicado oficial, la oficina de prensa estadounidense dijo que Xi le había dado las condolencias por Bush y que de su parte le pido solucionar “el problema del fentanyl”, un opiáceo usado en medicina pero que también tiene usos recreativos. “Criminalizarlo en China sería una gran cosa”, dijo Trump.
Xi, a su turno, insistió en que “solo con la cooperación entre nosotros podemos servir al interés de la paz mundial”. «Como dos países importantes con gran influencia, asumen responsabilidades importantes en la promoción de la paz y la prosperidad mundiales», dijo Xi, según la agencia oficial Xinhua, cuando aparecían las primeras fotos de la mesa en el Palacio Duhau., del Hotel Hyatt, donde se alojó Trump.
Todo un gesto el de Xi, aceptar el encuentro en «cancha visitante». La cena, regada con un malbec de Catena Zapata, fue en tono amable, destacan los testigos citados por un diario de Hong Kong.
Trump había anunciado en marzo pasado la suba de aranceles al acero y el aluminio que venían de China con una frase que tiene todo su estilo desafiante a través de un tuit, su medio de comunicación más utilizado, la red twitter : “Las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar».
La réplica no se hizo esperar y Beijing también anunció gravámenes por unos 60 mil millones de dólares sobre productos norteamericanos, entre ellos gas natural licuado, aeronaves, computadoras, químicos y vino.
En setiembre, hubo una nueva escalada, con la imposición de nuevos aranceles a unos 6000 artículos producidos en el país asiático, entre los cuales figura arroz, textiles, bolsos y papel higiénico. A lo largo del año lasd penalizaciones sumaron unos 20 mil millones de dólares.
Los dos líderes acordaron reunirse luego de mantener una conversación telefónica a principios del mes pasado. Pero a medida que se acercaba la fecha de este encuentro con Xi, fue doblando la apuesta. Con un pie en el avión que lo traería a Buenos Aires, dijo a los periodistas que intentaron obtener un título, «Creo que estamos muy cerca de hacer algo con China pero no sé si quiero hacerlo».
El 1 de enero próximo deberían entrar en vigencia nuevos aranceles a productos chinos por 200 mil millones anuales. China “debe abrirse a la competencia con los Estados Unidos”, insistía el martes pasado el inquilino de la Casa Blanca. Tras la cena con Xi, Trump partió hacia Washington para las ceremonias fúnebres por Bush. Xi permanece una noche más para ver a Macri.
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