China alienta el espíritu nacionalista de la población para enfrentar la guerra comercial que plantea Donald Trump, mientras el presidente Xi Jinping presiona para que sus empresas apuren las investigaciones de manera de lograr la soberanía tecnológica lo antes posible. Todo esto en el marco del bloqueo anunciado para los productos de la telefónica Huawei, que la Casa Blanca justificó amparada en supuestas amenazas a la seguridad nacional.
Los ejecutivos del segundo fabricante mundial de teléfonos celulares, en tanto, aseguran que tendrán listo su propio sistema operativo (para reemplazar Android, luego de que Google anunciara que les quitaría el soporte) para el otoño boreal (nuestra primavera) o a más tardar en diez meses. Este es el talón de Aquiles de la empresa que lidera el desarrollo del sistema 5G, el verdadero meollo de esta escalada en el conflicto comercial entre Washington y Beijing.
A la andanada de aumentos de aranceles con que Trump se descargó semanas antes del encuentro de líderes del G20 de Buenos Aires, en noviembre pasado, le siguieron nuevos escarceos para negociar nuevas condiciones en el comercio entre ambas potencias. Pero pronto desde el gobierno de EEUU mostraron la hilacha. Si bien el déficit comercial es un problema grave, y que arrastra décadas, el campo de batalla para esta guerra está en la tecnología.
China adquirió gran parte de su desarrollo en base a inversiones directas de empresas capitalistas de todo el mundo, aceptadas en el gigante asiático a condición de que transfirieran tecnología. Otra parte de su despegue se produjo con el viejo artilugio de todas las grandes potencias a lo largo de la historia de la humanidad: copiando lo que hacen los otros.
En esta etapa, la gran maravilla del futuro es el sistema 5G, en el que Huawei, una empresa creada por el ex ingeniero militar Ren Zhengfei, les lleva varias cabezas a sus competidores. Algo de lo que se ufanan pero que al mismo tiempo los hace vulnerables, ya que en gran medida los aparatos fabricados por la compañía china son dependientes de un sistema operativo, Android o Windows, y utilizan aplicaciones hoy día imprescindibles en el mercado como Google Maps o Youtube. Todas ellas subsidiarias de Alphabet Inc., la nueva denominación del conglomerado nacido en Sillicon Valley.
Además, también necesitan de los chips que elaboran Qualcomm, Intel, Broadcom o Xilinx, que ya anunciaron, lo mismo que Google, que dejarán de proveer a Huawei para así cumplir con las directivas del gobierno estadounidense.
Trump,con esa capacidad de síntesis que lo caracteriza, desató este ataque mediante un tuit. Pero luego dijo ante un grupo de periodistas que «Huawei es algo muy peligroso». Xinhua, la agencia de noticias oficial china, en un artículo posterior tildó a Trump de «egoísta y arrogante» y señaló que «Estados Unidos viola las reglas internacionales, reniega de sus acuerdos de cooperación y nos machaca los oídos con su ‘Estados Unidos primero’, sus privilegios y su concepto de excepcionalidad estadounidense».
El próximo paso desde Beijing fue volver a los valores nacionalistas de la población china al recordar «La larga marcha», aquella epopeya de los revolucionarios comunistas entre 1934 y 1935 durante la que se fueron construyendo los cimientos para la toma del poder por Mao Zedong en 1949.
En ese momento se puso fin al llamado «siglo de la Humillación», los más de cien años entre la derrota de los ejércitos imperiales ante las tropas británicas en 1840, que dejó un país sometido que padeció invasiones y ocupaciones militares, como la de los japoneses.
Esta nueva Gran Marcha es hacia la independencia tecnológica, según planteó Xi. El desafío es construir sus propios procesadores con un desarrollo propio y el software que pueda competir con lo que actualmente están usando, que es, aunque sea fabricado en China, casi exclusivamente de Estados Unidos.
Esta vuelta al nacionalismo fructificó en un video que se viralizó en el gigante asiático, armado por un dirigente político jubilado que utilizó la música de una película patriótica sobre la guerra entre China y Japón (1937-1945).
Titulada Guerra Comercial, pretende que «la gente tome conciencia de que hay que estar unidos y ser solidarios para llevar a cabo esta batalla», explicó Zhao Liangtian, autor de la letra, a la agencia AFP.
Al mismo tiempo, la televisión pública difundió durante estas semanas y en el horario de mayor audiencia, películas sobre la guerra de Corea (1950-1953), una contienda que fue el primer intento de Estados Unidos, triunfante en Japón unos años antes, de poner fin por la vía militar con la experiencia comunista en el país asiático.
La paradoja del momento es que quizás quien termine ganando en esta guerra sea una empresa surcoreana, Samsung, que ya es la principal vendedora de teléfonos móviles del mundo y ahora podría quedarse también con esa suculenta porción del mercado que inevitablemente se va corriendo de Huawei. Dato importante: Lee Jae-yong, el heredero de Samsung, fue condenado en 2017 a cinco años de cárcel por corrupción. La presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye, fue condenada a 24 años de cárcel unos meses más tarde, acusada de beneficiar al conglomerado industrial desde el gobierno.
La ruleta electoral europea comenzó a rodar el jueves en Gran Bretaña y Holanda. Hasta hoy a la noche no se sabrá cómo quedará la bola en cada distrito y cómo quedará constituido el Parlamento Europeo, la instancia legislativa de la Unión Europea. Los primeros sondeos a boca de urna, en los Países Bajos y el Reino Unido, tranquilizan en un caso mientras que en el otro, se diría que le costó la cabeza a la primera ministra Theresa May.
La principal preocupación en el continente es el avance de los grupos ultraderechistas, y no por su exacerbado sentimiento xenófobo, sino porque en su furor nacionalista plantean poco menos que la disolución de la Unión Europea. Grupos como el partido de Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia, el Partido de la Libertad en Austria, a los que se suma Vox en España, buscan limar la integración regional, a la que acusan por la crisis económica que se extiende en esa parte del mundo y afecta a la fuerza de trabajo y las capas medias de la población especialmente.
En Gran Bretaña, UKIP, el partido de Nigel Farange, es un socio privilegiado de este sector, que pacientemente viene reuniendo el estadounidense Steve Bannon en su cruzada para crear una Internacional de la derecha populista. La trabazón por el divorcio de la UE provocó una paradoja, ya que los británicos participaran de este comicio a pesar de que teóricamente ya no pertenecen a la unión. El ultraderechista Farange, que venía golpeado en la consideración pública desde hace un par de años, aprovechó el caos reinante para crear el Partido del Brexit. Los sondeos le daban un 37% de votos, muy por encima del Laborismo. Los conservadores con suerte llegarían al 10%, la peor performance en su historia. Por eso May anunció su renuncia desde el 7 de junio.
En Holanda, sin embargo, el proeuropeopartido laborista holandés (PvdA) superaba el 18% de los votos. En concreto, casi siete de cada diez holandeses votaron opciones integracionistas, contra cerca de un 20% que se inclinaron por partidos antieuropeos.
Una noticia de alivio ya que Geert Wilders, del Partido de la Libertad de Holanda, fue uno de los primeros en plantear el secesionismo continental desde 2005 y amenazaba con un crecimiento que finalmente no se dio.
Wilders se juntó hace una semana en Milán con los otros líderes ultranacionalistas como Le Pen, el búlgaro Veselin Mareshki, el checo Tomio Okamura, el eslovaco Boris Kollar y representantes del húngaro Victor Orban, convocados por Matteo Salvini, de la Liga del Norte y vicejefe de gobierno italiano. El reclamo común es defender las fronteras de Europa, bajar impuestos y liberar al continente de los «okupas de Bruselas».
Se supone que este agrupamiento de extrema derecha, autodenominado Movimiento Europa de las Naciones y de las Libertades, podría sumar hasta 150 bancas en el Europarlamento de 751 curules. Sería el cuarto grupo, detrás de los dos tradicionales desde la fundación de ese estamento legislativo, los conservadores y los socialistas, y peleando un espacio con los liberales. Pero el que plantea las posiciones más disruptivas.
Ese desafío, que no es menor para la dirigencia europeísta, se suma a los otros temas que subyacen en esta elección. Como el de los recursos a destinar para la recepción de migrantes y el debate para una reformulación de la moneda común. En ambos casos, sería la respuesta a la demanda que crece por ultraderecha por no encontrar cauces institucionales. El problema de las migraciones –oleadas provenientes de regiones del mundo como Siria o Liba, donde las intervenciones militares de la OTAN y de EE UU tienen directa responsabilidad en el desastre– es uno de los caballos de batalla de los xenófobos. El otro problema es que el euro implica para algunas naciones aplicar políticas de ajuste feroz que generan situaciones sociales no menos explosivas entre los nativos. Y que las respuestas neoliberales no hicieron sino agravar.
A todo esto se suma la guerra comercial que desató el gobierno de Donald Trump y las amenazas de conflictos en Irán más las tensiones crecientes con Rusia y Turquía. Que también afectan al continente pero hasta ahora no se dio lugar para un mayor protagonismo. Quizás desde este lunes nazca, como esperan muchos, una nueva etapa en la integración continental, con la posibilidad más cercana de que con Brexit se saquen un lastre que el expresidente francés Charles De Gaulle siempre quiso lejos del proyecto de unidad.
Este viernes hubo elecciones en República Checa y en Irlanda, ayer en Lituania, Eslovaquia y Mallta, y hoy votan los 21 países restantes de la UE. España, además, celebra municipales y autonómicas en algunas regiones (ver aparte) al igual que Grecia. También habrá comicios generales en Bélgica. «
España es una caja de Pandora
Doce de las 17 comunidades autónomas españolas renovarán hoy parlamentos y gobiernos regionales, mientras que en todo el país se elegirán 54 representantes al Europarlamento. Así como en el resto de la UE, la principal preocupación es lo que pueda ocurrir con la derecha extrema, representada por el neofranquista VOX. Pero el panorama allí tiene otros condimentos que despiertan la atención.
Hace cuatro semanas el PSOE logró pasar la primera prueba en elecciones adelantadas por el jefe de Gobierno, Pedro Sánchez. La jugada le salió bien, pero ahora espera refrendar la recuperación del socialismo para ver la posibilidad de gobernar sin la ayuda que le ofrece Pablo Iglesias desde Unidas-Podemos ni otros sectores de la derecha.
UP enfrenta en la comunidad de Madrid a uno de los fundadores de ese espacio, Iñigo Errejón, que rompió con Iglesias y va con la alcaldesa Manuela Carmena. En Cataluña, la clave pasa por el independentismo, que creció con ERC hasta convertirse en otro factor de poder en la nación. Pero el viernes el Congreso suspendió a cuatro diputados independentistas catalanes, electos el 28A estando en prisión, en medio del juicio por el intento de secesión de 2017. Son el líder de ERC, Oriol Junqueras, de Jordi Turull, Josep Rull y Jordi Sánchez. El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, en tanto, sigue en una suerte de exilio en Bruselas. Una situación algo extraña que tal vez las urnas ayuden a resolver hoy.
Las horas de Theresa May en el 10 de Downing Street estaban contadas desde hace meses, pero ella no quería -o no podía- dar el brazo a torcer. Había llegado al poder tras la renuncia de David Cameron, envuelto en un entuerto que él mismo había creado como la consulta popular sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión europea, y el liderazgo del Partido Conservador había quedado por el piso. Irse significaba tirar la toalla, bajarse del ring sin al menos dar pelea. Pero la señora que alguna vez soñó con ser la primera mujer en ocupar el cargo de jefe de gobierno británico tuvo que anunciar este viernes que se va irremediablemente el 7 de junio. Muchos de los tiburones que a su alrededor olfateaban sangre ahora se lanzan a una lucha feroz para determinar quién habrá de conducir los destinos de la nación en medio del caos generado por el Brexit y el enfrentamiento con el organismo de integración continental.
May, nacida Theresa Brasier, hija de un vicario de la iglesia de Inglaterra -esa que fue creada en 1534 por Enrique VIII para divorciarse de Catalina de Aragón sin rendir cuentas a Roma- usa el apellido de su marido desde que se casaron, allá por 1980. Se habían conocido en la Universidad de Oxford, donde fueron presentados en una fiesta por la que luego sería primera ministro de Pakistán, Benazir Bhutto, asesinada en 2007, y desde entonces conforman una sólida pareja que, como no pudieron tener hijos, tienen todo el tiempo disponible para que cada uno se ocupe a full de lo que más le interesa. Él, Phillip May, al mundo de las finanzas, ella a la política.
Desde que comenzó a militar en el partido tory, se propuso ser la primera mujer en gobernar la nación. Pero le ganó de mano Margaret Thatcher, en 1979. Libriana, como la Dama de Hierro -Thacther del 15 de octubre de 1925, Theresa del 1 de octubre de 1956- también tenía que ser una mujer dura y sin concesiones, como mandan reglas tácitas para manejarse en un mundo tradicionalmente regido por hombres.
Pero los tiempos no eran los mismos, Cameron le dejó un campo minado y ella terminó envuelta en lágrimas.
Porque el hasta entonces líder conservador, que había llegado al poder en una alianza con el partido Liberal Demócrata en 2010, no tuvo mejor idea cinco años después que apostar a un referéndum para determinar si Gran Bretaña quería continuar en la Unión Europea. En medio del avance de los denominados «euroescépticos», a raíz de una fenomenal crisis económica que se iba extendiendo por el continente, era una forma de tranquilizar los ánimos dejando la decisión en las urnas. En 2014 el intento separatista escocés había sido ahogado en una consulta popular, ¿qué podría salir mal?
Sin embargo, la derecha eurófoba logró imponer el Brexit, el no a la UE, el 23 junio de 2016 por 52 a 48%. Luego se sabría de la actividad de la consultora Cambdrige Analytiuca en la difusión de fake news en los redes sociales y la manipulación de datos, en una operación ligada a los intereses de los grupos neoconsevadores internacionales cercanos a Steve Bannon, el que fuera asesor de Donald Trump. Pero ya era tarde.
El adalid de aquella liga antieuropea fue Nigel Farange a través del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), una agrupación xenófoba y ultranacionalista que atribuye los males de los ciudadanos británicos a los extranjeros que emigran a las islas y a las relaciones no beneficiosas con los socios continentales.
Ahora podría decirse que Farange lo hizo nuevamente.
May intentó vanamente desde que tomó el cargo hacer un acuerdo con Europa que no fuera demasiado desastroso para los intereses británicos. Ella, que había militado por permanecer, terminó defendiendo el Brexit como política de estado en defensa de lo que en el Reino Unido es una marca de distinción: si los ciudadanos votaron por irse, hay que respetar la decisión democrática.
Pero en Bruselas no se la hicieron fácil. Es que tanto Cameron, hasta que se fue en octubre de 2016, como ella, aplicaron en estas negociaciones otra característica muy británica como es sacar ventaja de toda oportunidad que se presente. Con sorna, en la capital belga decían que Cameron hacía como un tipo que va solo a un club de swingers.
Con ese mismo nivel de acidez, ahora aducen que los ingleses son como quien dejó de fumar pero pide un puro. Por eso de que se van pero no terminan de irse. Y a May le llegaron a decir que sus propuestas eran «nebulosas», lo que generó una fuerte réplica al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.
En estos tres años, May llevó tres iniciativas diferentes a Bruselas. Desde una separación pero con un mercado común abierto y la posibilidad de veto ante decisiones europeas que no les resultaran convenientes, a plantear un frontera abierta en Irlanda del Norte, un puñal clavado en medio del archipiélago ya que deberían retornar controles militares a una región que a duras penas conserva la paz entre el Ulster británico y la Irlanda independiente, que no piensa en irse de la UE.
Entre tanto devaneo, y como en Westminster le rechazaron cada uno de los acuerdos preliminares que pudo alcanzar en el continente, la Dama de Hierro II se tiró a la pileta y en el 2017 adelantó elecciones. No le fue como esperaba y quedó en minoría en el parlamento. Otra jugada equivocada de los tories que debilitó más al sesquicentenario partido.
A principios de año Theresa May superó dos embates contra su cargo. Uno de su propio partido y otro de los laboristas, que de la mano de Jeremy Corbyn ven la posibilidad de volver a Downing Street. Así transcurrieron el 29 de marzo, primera fecha para la separación, y el 15 de abril, la segunda oportunidad. La primer ministro logró una ampliación del plazo hasta el 31 de octubre. Por esa razón, y contra toda lógica, los británicos a votaron este jueves para elegir 71 representantes al Europarlamento.
El resultado no se conocerá sino el domingo a la noche, cuando cierren todos los países. Lo que adelantan las encuestas en boca de urna es que el nuevo sello electoral de Farange, el Partido del Brexit, obtendría el 37% de los sufragios, los laboristas el 21% y los Liberal Demócratas el 12%. Los conservadores, en el mejor de los casos, rondarían el 10%, la peor elección en su historia. El golpe al bipartidismo que rige desde el fin de la segunda guerra mundial es catastrófico.
May se va el 7 de junio y no hoy, entre otras cosas, porque el 3 alguien tiene que recibir a Donald Trump en su visita oficial. La convención de los tories estaba planeada para el 15.
Antes, ya salieron a disputarse el cargo varios dirigentes conservadores. En el sistema británico, el partido que gana la elección elige a quien los representará y será la reina quien convocará para formar gobierno. Boris Johnson ya se está peinando su díscolos cabellos rubios para la foto. Es el más controvertido de los candidatos de los que figuran en esa lista. Con posiciones homófobas y racistas, fue dos veces alcalde de Londres y es lo más parecido a un Trump, incluso físicamente, que podría encontrase en las islas.
También entran en este selecto grupo Dominic Rabba, ex secretario del Brexit; Matt Hancock, ex secretario de Salud; o incluso Jeremy Hunt, ex secretario de Relaciones Internacionales.
En la mira tienen a Bruselas y a Corbyn, que con un planteo de izquierda antineoliberal viene sumando adeptos en el laborismo.
A horas de que comience la ronda de elecciones al Euro parlamento, un comicio clave para el futuro de la Unión Europea e incluso del Reino Unido, la primera ministra Theresa May lanzó el último intento para que en el Palacio de Westminster le aprueben la última versión del tratado de divorcio del continente. Mientras tanto, las consecuencias de tanta idas y vueltas con el Brexit, que debería haberse producido el 29 de mayo y fue prorrogado al 29 de octubre, se hacen sentir en la economía real. Es así que al concurso de acreedores de los locales del mediático chef Jamie Oliver, que hace peligrar 1300 puestos de trabajo, se sumó el quiebre el grupo siderúrgico British Steel, que en este caso deja literalmente en la calle a 25.000 personas.
Luego de varios intentos fallidos, la premier conservadora hizo lo que seguramente serán las últimas concesiones al parlamento británico en torno de la ruptura con la UE. Este martes envió un nuevo proyecto a la cámara de los Comunesa, el cuarto, para un acuerdo de separación en el que incluso aceptaría la convocatoria de un segundo referéndum.
El plebiscito de 2016 dio como resultado un 52% a favor del Brexit contra un 48% que querían permanecer dentro de la comunidad continental. A simple vista el resultado parece muy ajustado para una decisión de semejante envergadura, ya que compromete el futuro de los habitantes actuales y los por venir. Con un agregado, en regiones como Escocia o Irlanda y hasta en Londres, de que la mayoría votó por quedarse en la UE, de modo que en esos territorios el descontento fue creciendo en estos años.
Hay, por otro lado, un grave problema en Irlanda, ya que el norte de la isla, genéricamente conocida como Ulster, en caso de que el Reino Unido deje la UE, deberá establecer fronteras con la República de Irlanda, al sur, independiente de Londres y parte de la unión regional. Se sabe de lo delicado que sería poner nuevamente fuerzas armadas en un límite que hasta no hace tanto fue escenario de fuertes enfrentamientos.
En una nueva comparencia en Westminster, el edificio del parlamento británico, May recibió ataques de todos los costados: amigos y enemigos coincidieron en repudiar la última propuesta. «Se han convertido en un ritual doloroso en un proceso tortuoso: la primera ministra presenta una visión para el Brexit y los diputados hacen cola para demolerla en la Cámara de los Comunes», fue la síntesis más exacta que dio la BBC.
Mientras tanto crece una grieta que se generó en Gran Bretaña desde que el entonces primer ministro David Cameron decidió descomprimir presiones antieuropeas llamando a un plebiscito que pensó que podría ganar fácilmente. Dos años antes había aceptado una consulta para decidir sobre la independencia de Escocia y el desafío le había salido bien. Aplico esa vez la máxima presión de la amenaza de las empresas que se irían de esa región del norte si dejaban de pertenecer a la corona de los Windsor.
Ahora ya no se trata de amenaza sino de realidades más concretas. el lunes pasado, Jamie Oliver, un chef y activista inglés que se hizo famoso en programas de televisión, anunció que está en literal bancarrota. Y culpó de esa situación a la incertidumbre por el Brexit.
Oliver abrió su primer local en Londres en 2002, The Fifteen, donde ubicó a cocineros y camareras provenientes de oficinas de desempleados y centros de rehabilitación. No tardó en replicar ese modelo de inclusión en otros distritos del país y del continente. Logró imponer otras marcas como Jamie´s Italian y Barbecoa con precios moderados «e ingredientes de calidad superior».
Pero hace un par de años todo se fue desmoronando lentamente y ahora se anunció que la consultora KPMG se hará cargo de la gestión y tratará de vender los activos para pagar a los acreedores y eventualmente las indemnizaciones de los trabajadores, que suman en total cerca de 1300.
Este miércoles, para colmo, las autoridades nacionales informaron que fue liquidada totalmente la mayor acería británica, British Steel, con 4500 empleados directos y una cadena de valor que eleva la cifra de afectados a 25.000. «La Alta Corte ordenó la liquidación de British Steel Limited (BSL). Se nombró al administrador judicial oficial como liquidador», dice el comunicado oficial.
BSL es una firma privada perteneciente al fondo de inversiones inglés Greybull Capiutl, del millonario Marc Meyohas. Hace diez días había enviado un comunicado al gobierno advirtiendo que necesitaba dinero fresco de manera urgente para continuar con sus actividades y señaló como lo más grave de su situación a la tensión por el Brexit.
Creada en 2016 sobre la base de la acería del grupo indio Tata, tuvo un par de años de prosperidad hasta que desde fines de año pasado viene tecleando. La posibilidad de que Gran Bretaña se salga de la UE afectará sus planes a futuro y quizás la quiebra sea un curarse antes de que todo empeore. «El Brexit ha despojado a British Steel de su cartera de pedidos en el extranjero», declaró la diputada laborista Jo Stevens.
Por ahora no está tan claro quién esta de cada lado en el universo político británico. Hay euroescépticos en cada partido, de allí la imposibilidad de acuerdos para el divorcio. Y en Bruselas solo se limitaron a darles más plazo, sin aminorar ninguna de las exigencias que los británicos deben cumplir para irse de la unión.
Para ilustrar lo que se piensa en la UE sobre el Brexit, nada mejor que una figura de un periodista español, que comparó el rol que cumple Theresa May, yendo de Londres a Bruselas para una negociación que parece clausurada, con el caso de un invitado pesado que «cuando terminó la fiesta y el anfitrión no para de bostezar, pide otro whisky junto a la estufa como si nada».
Pero este jueves los británicos tendrán posibilidad de expresar algo de esto en las urnas. Sucede que como el Brexit no se consumó, la convocatoria a europarlamentarias los incluye. Hasta el domingo, 430 millones de europeos elegirán a sus futuros representantes en Estrasburgo. Tratándose de comicios no obligatorios, el primer dato será cuántos ciudadanos acudan a los centros de votación. El otro será qué eligen.
Quizás ahí este la respuesta a Bruselas. Una estampida sin acuerdo como piden los ultras o una nueva consulta popular que remedie lo que ocurrió hace tres años.
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