por Alberto López Girondo | Abr 4, 2021 | Sin categoría
Joe Biden busca el renacimiento económico de Estados Unidos con un ambicioso plan de ocho años de alcance con inversiones en infraestructuras y la creación de millones de empleos en blanco a un costo de 2,5 billones de dólares que espera el visto bueno bipartidista para convertirse en una política de Estado. El único problema es que para financiar ese monumental proyecto no piensa contraer deuda ni imprimir billetes sino aumentar el impuesto a las sociedades, lo que ya genera fuertes controversias porque va en contra de lo que hace décadas es la Biblia neoliberal: para que haya derrame, los que más tienen deben pagar menos impuestos. A su favor tiene amplia documentación que prueba más bien lo contrario.
El miércoles el mandatario estadounidense brindó un discurso para anunciar el plan Build Back Better (Reconstruir mejor), cuya primera parte consiste en inversiones en carreteras y puentes, vías férreas, servicios de agua, banda ancha en todo el territorio e incentivos para nuevas tecnologías respetuosas del medio ambiente.
Habló desde Pittsburgh, antiguamente la “Ciudad del Acero” porque era la cuna de la industria siderúrgica estadounidense. Es uno de los distritos tradicionalmente demócratas que cambiaron de bando por las promesas de Donald Trump. Gran parte de aquellas industrias afincadas en esa zona, el “cinturón de óxido” –desde Milwaukee y Chicago a Detroit y Cincinatti–, sufrió la deslocalización de empresas hacia China. La propuesta es que vuelvan, para lo cual la reconstrucción pasaría por ponerles una alfombra roja. El caso es si lograrán que las paguen los empresarios.
Es que mientras los sectores conservadores –entre los que están los republicanos y no pocos demócratas– amenazan con rechazar la propuesta, y desde la izquierda le encuentran sabor a poco. La representante neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez consideró que para recuperar puestos de trabajo y promover el crecimiento económico esa montaña de dinero es poca. El activista ambiental Ralph Nader, excandidato verde a la presidencia, recordó que Trump bajó los impuestos a las sociedades del 35% al 21% y que Biden apenas intenta elevarlos al 28%. “Los demócratas vuelven pequeños”, ironizó en un tuit. Y además dividió el monto total por los años previstos para el plan y halló que “son menos de 300 mil millones de dólares anuales para una economía de 21 billones en total”.
Más allá de estas críticas, la sola idea de aumentar impuestos resulta, para los tiempos que corren en el mundo occidental, toda una osadía. Y los republicanos están copados por el grupo Tea Party, que alude a la rebelión contra el impuesto al té que dio origen a la independencia de EE UU.
Sin embargo, estratégicamente es quizás la única posibilidad de volver a plantarse de manera pacífica en el escenario mundial. “Es un plan grande, audaz y podemos hacerlo”, alentó Biden. “Creará la economía más resistente, fuerte e innovadora del mundo para ganar la competencia con China”, agregó.
“No se trata de penalizar a nadie, no tengo nada contra los multimillonarios, creo en el capitalismo estadounidense –aclaró–, pero nuestra infraestructura se está desmoronando, estamos en el puesto 13 en el mundo”.
Este es el gran problema de la competitividad de EE UU con relación a China. El país asiático, por aquellas leyes económicas del ruso Nikolai Kondriatev hace un siglo, como potencia naciente llega al desarrollo de un modo casi virginal: está en condiciones de acceder a lo más nuevo y eficiente. La base económica estadounidense quedó antigua y el gobierno de Biden espera resucitarla. Trump también sabía que ahí estaba la clave para recuperar el liderazgo mundial, pero lo enfocó desde la perspectiva empresarial solamente.
Por eso bajó tasas y amenazó con beneficios para las firmas que volvieran a producir localmente, pero se quedó a esperar que las empresas aceptaran esas reglas. En cierto modo, los demócratas apuestan a un ida y vuelta. Habrá una tímida suba fiscal, proseguirá el “compre EE UU” que había comenzado a desplegar Trump, pero promete volcar dinero contante y sonante a través de obra pública. La vocera de la Casa Blanca, Janet Yellen, detalló incluso que la propuesta beneficiará a “las empresas que inviertan en los trabajadores estadounidenses” y que en última instancia, “pondrá fin a la carrera mundial por impuestos más bajos y hará que las corporaciones dejen de llevar sus ganancias a paraísos fiscales en el extranjero”.
Es decir, un plan que tranquilamente podría verse como peronista, aunque sigue postulados de Franklin Delano Roosevelt de los años ’30. Dato a mencionar; en 1940 ese impuesto era del 24% y en 1968 fue elevado por Lyndon Johnson al 52,8% para gastos de la Guerra de Vietnam, para quedar en torno al 35% hasta 2017. «
Ambicioso pero con muchos obstáculos
El plan del presidente Joe Biden recibió críticas aun antes de darse a conocer. Para analistas del mundo financiero estadounidense, la propuesta tendrá que atravesar una gran cantidad de escollos y quizás en el tortuoso camino –no menos de nueve meses, un verdadero parto– deba sacrificar algunas de sus mejores intenciones.
Por lo pronto, la iniciativa propone las siguientes inversiones, entre las más sobresalientes.
Ciento ochenta mil millones de dólares a investigación y desarrollo no relacionado con la industria de la defensa.
Ciento quince mil millones de dólares para carreteras y puentes.
Ochenta y cinco mil millones de dólares para transporte público.
Ochenta mil millones de dólares para el ferrocarril de carga y Amtrak, de pasajeros.
Ciento setenta y cuatro mil millones de dólares para fomentar el desarrollo de autos eléctricos y fabricación de baterías.
Cien mil millones de dólares para banda ancha.
Cien mil millones de dólares para modernización de la red eléctrica y el cambio de cañerías de agua de plomo en algunos distritos.
Cincuenta mil millones de dólares para ayudar a trabajadores de la industria de combustibles fósiles que deban reconvertirse.
Diez mil millones de dólares para la creación de un “Cuerpo Civil del Clima”, destinado a vigilar el cumplimiento de normativas medioambientales.
Tiempo Argentino, 4 de Abril de 2021
por Alberto López Girondo | Abr 4, 2021 | Sin categoría
Se dijo varias veces en estos dramáticos dos años en la historia de Brasil. Pero cada día las señales de descomposición del gobierno de Jair Bolsonaro son más claras y nadie apostaría a que llegue a cumplir su mandato. A la nueva crisis de gobernabilidad de estos días, que culminó transitoriamente con un profundo cambio de gabinete y de la cúpula militar, se agregan las alarmas de todo el mundo por el desastre sanitario que amenaza no solo a los brasileños sino a la región y al resto del planeta. Dos contundentes editoriales de medios muy influyentes del Reino Unido y de Estados Unidos coincidieron en su prédica contra el mandatario de la potencia económica sudamericana con un ex vocero del Planalto que literalmente califica a Bolsonaro de “inmaduro intelectual”.
Las últimas movidas políticas podrían significar que están tratando de ver cómo sacarse de encima al personaje sin comprometer demasiado a las Fuerzas Armadas y, sobre todo, sin que regrese al poder el cuco de Lula da Silva, el protagonista del ascenso del excapitán del Ejército al más alto cargo electivo de ese país.
Si bien las élites brasileñas no se caracterizan por sus rasgos de humanidad, el crecimiento explosivo del Covid 19 les preocupa. Con más de 3000 muertos diarios a la fecha, los analistas estiman que el mes de abril cerrará con un promedio de 5000 fallecidos cada 24 horas. Si la justificación para no tomar medidas que daba Bolsonaro es que se debía privilegiar la economía, por ese lado tampoco puede mostrar un éxito. Es así que, al cierre de las plantas de la automotriz Ford en Bahía, el interior de San Pablo y en Ceará, ahora podría sumarse el retiro de Nissan-Renault.
La caída en la producción es asombrosa: pasó de 4 millones de vehículos anuales en tiempos de Lula a los 2 millones de ahora. “Para competir en Brasil es preciso tener una montadora fuerte, con voluntad de superar los ciclos específicos de la economía local y si la empresa no tiene esa voluntad, queda todo el tiempo saliendo y entrando en el país, echando y contratando personal, parando y volviendo a trabajar. Ese stop and go es peor para la marca que para los empleados”, declaró Carlos Ghosn, extitular de la firma franco japonesa a la revista Veja.
Estas señales repercuten en el escritorio del ministro de Economía, Paulo Guedes, discípulo de Milton Friedman en la Universidad de Chicago y responsable de un plan neoliberal a rajatabla. Pero a la vista de los resultados, entre los partidos que aún apoyan al gobierno -el llamado “centrón”- están pidiendo su cabeza. El propio Guedes no descartó tener que dejar el cargo, aunque culpa de los fracasos a que no le aprobaron el presupuesto y a que no pudo avanzar con las privatizaciones.
Para el The Economist, una publicación que refleja el pensamiento del mundo financiero internacional, “la mala gestión del Covid 19 en Brasil amenaza al mundo” y dice claramente que el presidente tiene mucho que responder sobre el avance de la variante de Manaos. “Bolsonaro promovió curas charlatanescas, protestó contra los cierres y trató de impedir la difusión de datos de la pandemia”, destaca.
El The Washington Post, a su vez, dice que “en lugar de luchar contra el coronavirus, Bolsonaro parece estar preparando las bases para otro desastre: un golpe político contra los legisladores que podrían removerlo del cargo”. Y pone el foco en “el expresidente Lula da Silva emergiendo como potente adversario en las elecciones del año que viene”.
Otro que tronó fuerte fue el general de división Otávio Santana do Rêgo Barros, que acompañó la gestión de Bolsonaro como vocero hasta que el año pasado se fue tras un cruce con el presidente. En un claro objetivo de despegar a la institución de las calamidades desplegadas por el excapitán, escribió en una columna que levantó el portal de Veja: “El mandatario ya no es un militar”, aclara.
“Detenta solamente un documento que indica haber obtenido en un determinado momento de su vida los requisitos para ejercer funciones intermediarias en la jerarquía de la oficialidad de las Fuerzas Armadas -dice do Rêgo Barros en el tramo más picante del texto– (pero) la madurez intelectual, característica destacada en la formación de los actuales jefes, no estuvo presente en su trayectoria”.
Y concluye: “Permaneció como alumno, cadete y oficial cerca de 15 años. Como político, más de 30. Los atributos que le fueron enseñados como militar, quedaron en el camino, sustituidos por conceptos no aplicados dentro de una institución como el Ejército Brasileño”.Las cartas están echadas para el remplazo de Bolsonaro y en su lugar, quedaría el vicepresidente, el general Hamilton Mourão. Tan defensor del golpe de 1964 y enemigo de Lula como Bolsonaro. Pero con la astucia de haberse mostrado más civilizado. Al punto que lució barbijo desde el primer día y se vacunó esta semana. En su tuit colgó la foto y anotó que se dio la primera dosis de Coronavac, la vacuna del laboratorio chino Sinovac. “Hoy puse de mi parte como ciudadano consciente (…) Espero que en breve el mayor número posible de vacunas llegue a la población brasileña”.
Tiempo Argentino, 4 de Abril de 2021
por Alberto López Girondo | Mar 30, 2021 | Sin categoría
A pocas horas de celebrarse un nuevo aniversario del golpe del 31 de marzo de 1964, estalló en Brasil una feroz interna militar en torno al gobierno de Jair Bolsonaro que dejó en el camino a seis ministros, los comandantes de las tres armas y dejó al descubierto la orfandad en que queda un gobierno acuciado por la crisis sanitaria y el regreso a la arena pública del expresidente Lula da Silva.
Así como todo el país está padeciendo las consecuencias de una pandemia sin control -el país se convirtió en una verdadera amenaza mundial- el excapitán del Ejército brasileño se fue cavando lenta pero persistentemente su propia tumba. Primero con el desdén con que trató al coronavirus y el cuestionamiento a las medidas sanitarias que fueron implementando los gobernadores estaduales. Luego con el alineamiento acrítico con el gobierno de Donald Trump. Y finalmente, con la alianza férrea con las políticas neoliberales de su ministro de Economía, Paulo Guedes.
Todo el esquema articulado en torno al apoyo que los uniformados le brindaron para que llegara al gobierno y luego para acompañarlo en la gestión, se fue diluyendo a medida que el poder judicial le fue soltando la mano a la estrategia establecida por el exjuez de Curitiba Sergio Moro para dejar fuera de carrera el fundador del PT. Cuando el Supremo Tribunal Federal mandó a fojas cero las causas contra Lula y luego ordenó investigar las maniobras ilegales de Moro y el fiscal Deltan Dallagnol, la suerte de Bolsonaro quedó echada.
Aunque es difícil de prever qué puede ocurrir de aquí en adelante, es evidente que los magistrados de la corte entendieron que Bolsonaro -con más de 330 mil muertos por COVID-19 y sin un verdadero plan para impedir la diseminación del virus, que además produjo una variación más peligrosa en Manaos- no tenía mucho rollo en el carretel. Y avanzaron hacia el reconocimiento de que la situación procesal de Lula era un mamarracho insostenible.
El rechazo de la sociedad hacia el presidente es también fundamental para que otros actores de peso en la vida política y económica brasileña decidieran que “no va más”. Una cosa era sacar del medio a Lula, indigesto para las elites, pero otra es soportar a un presidente con pocas luces y que lleva al país hacia el precipicio. La pandemia, que en gran medida llevó a la derrota a Trump, dejó a Bolsonaro también al desnudo.
La suerte del canciller Ernesto Araújo, terraplanista si los hay, que no solo concretó un seguidismo vergonzante con la Casa Blanca sino que enfrentó al país con China, el principal comprador de los productos agrarios que, además, podría haber provisto al país e la vacunas que necesitaría para frenar la expansión del virus. Araújo tenía los días contados desde la derrota de Trump, pero se terminó yendo porque terminó acusado por la falta de previsión y su incapacidad para negociar la compra de vacunas.
En un contexto, en el que lo menos que se podría decir es que Bolsonaro estaba contra las cuerdas ante un futuro de impeachment, el fin de semana se viralizaron temores de que el alocado presidente estuviera intentando un autogolpe para sacar del medio al Congreso y de paso intervenir al Poder Judicial.
El lunes obligó a renunciar al ministro de Relaciones Exteriores, al de Defensa y al de Justicia. (Ver acá) Y a continuación hizo unos enroques para fortalecer a sus leales. De tal manera que el general Walter Braga Netto pasa de la Casa Civil -jefatura de Gabinete- a Defensa en sustitución de otro general, Fernando Azevedo e Silva. Braga Netto es un antilulista empedernido que durante la gestión del PT fue agregado militar en la Embajada de Brasil en EEUU, donde mantuvo estrechos contactos con el Pentágono.
En 2016 la presidenta Dilma Rousseff lo convocó para coordinar las tareas de seguridad en torno a la Olimpíadas de Río de Janeiro. Dos años más tarde, luego del golpe, Michel Temer lo puso al mando de la Secretaría de Seguridad. En ese lugar militarizó la ciudad carioca, bastión de los Bolsonaro, y fue clave para apoyar la candidatura del actual presidente. Presionó sin mayores pruritos a la justicia para que Lula estuviera entre rejas lo suficiente como para no poder participar de las elecciones de 2018.
Más que identificado con Bolsonaro, Braga Netto es el sostén de una estrategia de gobierno militar y estaba en la Casa Civil luego de las primeras crisis de gobierno, a modo de garantía de quién era el que verdaderamente mandaba en el país. Pero no todos los uniformados estaban dispuestos a inmolarse por un proyecto ultraderechista, y menos cuando en el continente los vientos están cambiando.
Eso fue evidente en la mañana de este martes. Se sabía que las cúpulas militares estaban incómodas. Y que Bolsonaro estaba articulando con fuerzas policiales del país para dar una suerte de autogolpe.
Un comunicado de la presidencia, con la firma de Braga Netto, dice que los jefes de la Marina, la Aeronáutica y el Ejército fueron echados de su cargo. Se sostiene que el mandatario estaba descontento con Edson Leal Pujol, de las fuerzas de tierra, porque no salió a protestar como otrora hacían sus pares contra la decisión de liberar a Lula. Hubiera sido una presión a los cortesanos que hubiese favorecido los intereses bolsonaristas. La versión que dejaron entrever los jefes militares, por el contrario, es que decidieron renunciar para frenar un autogolpe.
Mientras tanto, los grupos neofascistas que siguen el presidente comenzaron a mostrar su violencia en las calles de Bahía y prometen hacerlo también en otros distritos -sobre todo los gobernados por “trabalhistas”, contra decretos estaduales que restringen la movilidad para frenar los contagios. Con la consigna que por estas tierra hablan de “libertad” y “no al barbijo”.
Tiempo Argentino, 30 de Marzo de 2021
por Alberto López Girondo | Mar 28, 2021 | Sin categoría
Fue el cruce más fuerte en 30 años de Mercosur entre dos gobernantes. Y lo fue básicamente porque tanto el mandatario uruguayo como el argentino rompieron reglas tradicionales de la diplomacia que contemplan el trato amable y, de haber puñaladas, que no sean a la vista del público. La pandemia fue la excusa para que la celebración no fuera presencial y el anfitrión, Alberto Fernández, en su condición de presidente pro témpore de la organización regional, cerró el encuentro respondiendo agriamente al desafío de Luis Lacalle Pou. Quedará en la memoria de la integración regional ese “si somos un lastre, que tomen otro barco”. Tanto como el corset en que dice sentirse el uruguayo por las reglas de una institución a la que adhirió su padre, Luis Alberto Lacalle de Herrera, junto con Carlos Menem, Fernando Collor de Mello y Andrés Rodríguez Pedotti, el 26 de marzo de 1991.
Como una vela que fue perdiendo iluminación, el Mercosur venía empañándose luego de varios años de decadencia innegable. Tal vez el enfrentamiento despabile a una organización nacida con el regreso a las democracias locales tras las violentas dictaduras en el Cono Sur, y que habían impulsado Raúl Alfonsín, José Sarney y José María Sanguinetti en 1985.
Alberto Fernández recordó lateralmente aquellos antecedentes y se ciñó al postulado de que el Mercosur debe ser una plataforma de unidad. “‘Nadie se salva solo’, suele decir el Papa Francisco, y tiene razón”, dijo, aludiendo, de paso, a un líder mundial salido de estas tierras.
Las tensiones que afloraron este viernes no son nuevas y ni siquiera son desconocidas para todos los que participaron del encuentro virtual en el que se destacaba la gigantografía del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros en el Museo del Bicentenario con un gesto que claramente en el contexto del debate implicaba: “Paren la mano”.
Es que el gobierno nacional es consciente del escenario en que se desenvuelven las actuales controversias. El Mercosur venía estancado desde la crisis financiera mundial de 2008, por la forma en que cada uno reaccionó a las consecuencias. En Argentina el proteccionismo se exacerbó, con Guillermo Moreno en la Secretaría de Comercio Interior, al punto de que generó roces con los mandatarios del momento. Y eso que había coincidencia ideológica fundamental entre los Kirchner, el Frente Amplio y el PT brasileño.
Con el cambio de los vientos y la llegada del recetario neoliberal –tras sendos golpes en Paraguay y Brasil y el triunfo de la derecha en Argentina y Uruguay–, el Mercosur ya no solo era un escenario de disputa comercial sino de concepciones del mundo a la medida de las élites tradicionales. De allí que el primer paso fuera la expulsión de Venezuela, que había penado durante años para que el Senado paraguayo terminara por aceptar su ingreso (ver aparte).
En lo político, precisamente, el gobierno bolivariano es un límite y una excusa. No es casual –por más que en la Casa Rosada intenten negarlo– que horas antes de la cumbre la Cancillería formalizara el retiro del Grupo de Lima, el bloque inventado para forzar un cambio de régimen en el país caribeño.
Desde el punto de vista económico, las presiones por bajar los aranceles comunes y liberalizar acuerdos por fuera del Mercosur son alentadas tanto por Bolsonaro y su ministro Paulo Guedes como por el paraguayo Mario Abdo Benítez. De hecho, desde diciembre pasado habían planteado que vendrían a este encuentro con el objetivo de hablar de acuerdos con Corea del Sur, el Bloque del Pacífico, la Unión Europea, los bloques asiáticos y China.
Es cierto que en lo que va del siglo XXI el comercio interzona fue reduciéndose en volumen frente al impulso de las compras de China, un mercado fabuloso para los productos agroindustriales. Por eso Fernández habló de que se debe defender ese aspecto de la economía regional pero también la industria en general, que para Argentina puede terminar perjudicada si hay más apertura. Pero no es menos cierto que el Mercosur es el mercado natural para los productos de cada uno de los países y que Argentina tendría razones para quejarse porque es deficitaria con todos desde hace décadas.
Las críticas de la derecha local y la oriental, como era de esperar, apuntan a lo que consideran un exabrupto albertista y justifican a Lacalle Pou. Hablan de aislacionismo y ridiculizan las propuestas argentinas para, por ejemplo, “cuidar la calidad democrática, combatir la violencia de género y apostar a un desarrollo sostenible”. Ignoran olímpicamente la presentación del Estatuto de la Ciudadanía del Mercosur, lo que sería un avance fundamental en el camino para que la integración no sea solo para beneficio de las multinacionales y los grandes jugadores de las economías locales sino para la construcción de una nacionalidad sudamericana.
Por ahora, en ese sentido hay poca cosa en vigencia, más allá de las patentes de los vehículos.
Contra de los augurios apocalípticos, no se espera que alguien se baje del Mercosur en mitad del río. Las conversaciones sobre la baja de aranceles se llevarán a cabo, como estaba previsto, el 22 de abril. Desde las cancillerías se apuraron a reflejar el buen trato personal que mantuvieron desde el inicio Fernández y Lacalle Pou, y minimizan el disgusto por las reiteradas ofertas del uruguayo para que magnates argentinos crucen el charco para pagar menos impuestos que acá.
Vacunas y algo más
“Quisiera enfatizar la importancia de tener una posición firme y unida del bloque para la obtención de las vacunas contra el COVID-19”, dijo Mario Abdo Benítez en la cumbre. Lo que no dijo es que entre las pocas vacunas que se consiguen en esta parte del mundo están las chinas, y Paraguay no tiene relaciones con el gigante asiático porque nunca quiso romper con Taiwan, un territorio que Beijing señala como propio. El Senado paraguayo rechazó el ingreso de Venezuela al Mercosur por una cerrazón similar. Solo fue aceptado tras el golpe contra Fernando Lugo y la expulsión temporal de ese país. Ahora es la Cámara alta brasileña la que demora el ingreso pleno de Bolivia, como reclamó el presidente Luis Arce. ¿Hubiera habido golpe en el país andino de haber sido parte del Mercosur?
Tiempo Argentino, 28 de Marzo de 2021
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