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Un camino propio

Un camino propio

En tiempos tan azarosos como estos a nivel internacional, el Gobierno nacional produjo dos movimientos casi simultáneos que escandalizaron a sectores ligados con intereses corporativos. Tras el anuncio de que Argentina se retiraba del llamado Grupo de Lima, el presidente Alberto Fernández tuvo un fuerte entredicho con el mandatario uruguayo, Luis Lacalle Pou, en la celebración del 30º aniversario del Mercosur. Dos gestos que contradicen el camino de alineamiento con Estados Unidos que la gestión de Mauricio Macri había iniciado y que, como colofón, se realizaron cuando el ministro de Economía, Martín Guzmán, negociaba en Washington la deuda con el FMI.
El 24 de marzo, cuando en todo el país se recordaba el golpe cívico-militar de 1976 (ver recuadro), la cancillería anunció el retiro de ese grupo creado en 2017 con el objetivo de enterrar a la UNASUR con Venezuela en la mira, «al considerar que las acciones que ha venido impulsando, buscando aislar al Gobierno de Venezuela y a sus representantes, no han conducido a nada».
Dos días más tarde, en un encuentro virtual entre presidentes del Mercosur y los mandatarios de Bolivia y de Chile como invitados, el jefe de Gobierno de Uruguay, Luis Lacalle Pou, sacó a relucir el enfrentamiento que se potenció desde el triunfo de Fernández-Fernández acerca de los aranceles comunes de la organización regional y la posibilidad de que cualquiera de sus miembros pueda hacer acuerdos comerciales sin consenso del resto.
Uruguay, que además expresó la voluntad de Paraguay y especialmente Brasil, dejó un par de frases que no será fácil que pasen al recuerdo: Lacalle Pou usó las palabras «corset» y «lastre» para definir elípticamente la postura argentina en este punto. Alberto Fernández respondió que el que quiera dejar el barco, que lo haga.
La oposición más dura y los medios afines salieron a cuestionar lo que se apresuraron a declarar como una «venezuelización» y un brote de aislacionismo.
Si la única manera de interpretar las acciones del Gobierno es en el marco de una puja continua entre los dos integrantes de la fórmula más votada en 2019, categorizar a esos dos gestos como un avance de Cristina Fernández era casi una obviedad para esos analistas. Y si se agrega la exégesis del discurso de la vicepresidenta en un acto en Las Flores sobre Estados Unidos, no tenían otro camino que hablar también de una deriva del Gobierno.
La cuestión es que siempre hay algo más cuando se observa en detalle. Macri siempre fue antichavista, incluso con el líder bolivariano vivo, y basó su política exterior en un seguidismo con la administración de Donald Trump, a tono con el resto de los Gobiernos conservadores que llegaban al poder desde 2016. Eso implicó minar a la UNASUR y un ataque continuo a Nicolás Maduro. Tal adhesión a los postulados estadounidenses le valió el acceso al extraordinario crédito del FMI cuando comenzó a trastabillar su gestión económica. Vale la pena repetir que el actual titular del Banco Interamericano de Desarrollo, Mauricio Claver Carone, reconoció que ese dinero tenía como objetivo apuntalar el camino de Macri hacia la reelección.
Se sabe que el voto de EE.UU. es indispensable para lograr un acuerdo con el FMI, de modo que para quienes creen que el alineamiento a rajatabla es la única alternativa, hablar de la responsabilidad de Washington en el golpe genocida y decir que el país no tiene cómo pagar lo acordado por el Gobierno anterior resuena no solo como una herejía sino también como un error de cálculo de imprevisibles consecuencias. O en realidad, revela que la única propuesta aceptable para esos intereses es aceptar las reglas de juego ajenas. Pagar sin chistar.

Avances y retrocesos
Ciertamente, como expresa la Cancillería, el Grupo de Lima no produjo ningún avance hacia una salida pacífica y democrática a la crisis venezolana. Solá explicó incluso que Argentina sigue en el llamado Grupo de Contacto que integran países europeos junto con México y del que hasta el triunfo de Lacalle Pou también formaba parte Uruguay. El dato a tener en cuenta es que si Trump era una amenaza de intervención armada, no fue el grupo de Lima el que le impidió actuar. Por otro lado, Joe Biden viene demostrando que en política exterior no difiere mucho de su antecesor. Basta solo atender a los cruces con Vladimir Putin y Xi Jinping, los recientes ataques en Siria, además de sus posturas con Venezuela y Cuba.
El tema más delicado es el de Mercosur, que con la llegada de Gobiernos progresistas, en el albor del siglo XXI, se convirtió en una plataforma de integración política y fue clave en el rechazo al ALCA en 2005, en sociedad con el líder bolivariano, Hugo Chávez. Pero desde entonces florecieron las diferencias, tanto políticas como económicas.
Con la crisis de 2008 aparecieron destellos proteccionistas que afectaron a los socios menores y los Gobiernos de Dilma Rousseff y Cristina Fernández se fueron encerrando en sus propias dificultades internas. El ingreso de Venezuela se demoró por el rechazo del Senado paraguayo, que al mismo tiempo fue muy veloz para destituir a Fernando Lugo en 2012. Suspendido temporalmente por el resto de los miembros del Mercosur, Paraguay recién pudo regresar cuando se celebraron elecciones democráticas, pero el golpe en el corazón de la organización había sido letal. En represalia, Venezuela fue suspendida en 2017. Ya Dilma Rousseff había sido expulsada del Gobierno en un golpe parlamentario similar al paraguayo.
A esa altura, el Mercosur se debatía en propuestas de salidas neoliberales para «abrirse al mundo». Incluso en Uruguay con el Frente Amplio en el poder, las voces que hablaban de «corset» iban creciendo. Lacalle Pou sabe que no está solo cuando se expresa de ese modo. Para colmo, busca seducir a magnates argentinos para que crucen el charco y así pagar menos impuestos.
La irritación de Alberto Fernández tiene sus razones. El desafío de Lacalle Pou también. En Brasil, mientras tanto, este cruce no es el mayor problema que enfrenta Jair Bolsonaro, repudiado por una gestión desastrosa en lo sanitario y peligrosa en lo social.
Pese a todos los inconvenientes y las diferencias, la integración regional sigue siendo tanto una esperanza como una necesidad imperiosa para los países del sur, especialmente en el contexto de una pandemia feroz, en la que los poderosos acaparan vacunas y desoyen los llamados a una atención igualitaria de la grave crisis sanitaria.

Valores solidarios para la construcción democrática

En un comunicado titulado Las asignaturas pendientes de la democracia, emitido en ocasión de conmemorarse el 45° aniversario del golpe cívico-militar de 1976, el Instituto Movilizador del Fondos Cooperativos (IMFC) sostiene que «bajo el pretexto de imponer la “reorganización nacional”», aquella dictadura «dejó el saldo doloroso de 30.000 detenidos desaparecidos, la destrucción de gran parte del aparato productivo, un endeudamiento externo condicionante e insostenible para la economía de nuestro país y profundos cambios en la cultura de la sociedad, entre otras gravísimas consecuencias». El IMFC considera que ese golpe «fue parte de un proceso destituyente de los Gobiernos elegidos democráticamente, cuyo denominador común fue el terrorismo de Estado y sometió a los pueblos de Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y el argentino bajo la denominación común de Plan Cóndor» y que el objetivo final fue «profundizar el sometimiento a los grandes grupos económicos locales y transnacionales». Con ese propósito –prosigue– «los golpistas –insistimos, militares y civiles– secuestraron, asesinaron y desaparecieron para imponer el terror y aplicar un plan destinado a la concentración de la riqueza y la exclusión social». Finalmente, el IMFC puntualiza que «aún persisten muchas asignaturas pendientes para que la democracia no se limite a la elección de autoridades cada dos años. Hacen falta cambios profundos en todos los órdenes de la vida republicana, para garantizar el ejercicio pleno de los derechos humanos, incluyendo los económicos, sociales y culturales». Entre los temas a resolver, la entidad cooperativa enumera: democratizar la economía y las finanzas, fortalecer la salud pública, asegurar la pluralidad de voces en materia de comunicación social, la educación pública de excelencia en todos los niveles y la adecuada remuneración a los cuerpos docentes y privilegiar la solidaridad, la ayuda mutua y el esfuerzo propio. En el marco de la batalla cultural, concluye el documento, «estos son los valores que nos han guiado siempre y continuaremos ejerciendo para contribuir a la construcción de una Argentina con más democracia y justicia social».

Revista Acción, 15 de Abril de 2021

Felipe y el final de toda una época en la monarquía británica

Felipe y el final de toda una época en la monarquía británica

Le faltaban dos meses para cumplir un siglo. Con él termina una era para la dinastía gobernante en el Reino Unido, que se nacionalizó inglesa y que ya no busca parejas con sangre azul, más que les pesen las consecuencias. Nacido Philippos Andreou de Schleswig-Holstein-SonderbergGlücksburg el 10 de junio de 1921 en la villa Mon Repos, en la isla griega de Corfú, Felipe de Edimburgo fue consorte de la reina Isabel II por más de 73 años. Era hijo del príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca y de la princesa Alicia de Battenberg y nieto de la gran duquesa de Rusia Olga Konstantínova Románova, y bisnieto del zar Nicolás I por rama paterna y de la Reina Victoria por vía materna.

Tras la caída de la monarquía en Grecia, Felipe finalmente recaló en Gran Bretaña con sus abuelos y fue educado en el colegio Gordonstoun, de Escocia, una escuela creada por un alemán cercano al nazismo. Es la misma institución que padeció como internado Luca Prodan y de la que huyó en cuanto pudo.

Cuando en 1917 la casa real se vio obligada a nacionalizarse -su origen alemán con ramificaciones en Rusia en momentos en plena guerra contra ambas naciones era un verdadero problema- su apellido devino en Mountbatten, la traducción de Battenberg. El abuelo de Isabel II, Jorge V, cambió de Sajonia-Coburgo-Gotha a Windsor, por el castillo que más los identificaba.

Su vida estuvo marcada por la necesidad de permanecer junto a la reina sin un cargo específico. De allí que, para calmar sus inquietudes, recibió varios títulos a lo largo de su vida: duque de Edimburgo, conde de Merioneth y barón de Greenwich, caballero de la Liga, caballero del Cardo, caballero Gran Cruz de la Orden del Imperio británico, compañero de la Orden de Australia, compañero de la Orden de Servicio de la reina, consejero privado. No fueron pocos los escándalos en los que se vio envuelto, para solaz de los medios amarillos de su país. Pero no fue el que con sus andanzas más afectó a la familia real. Lo que si se recuerdan son las imposturas y hasta el menosprecio a los que sometió a muchos de sus interlocutores. Después de haber participado en más de 22 mil compromisos oficiales, el duque se retiró de la actividad pública en agosto de 2017.

Aún no se sabe cuándo serán las exequias. De acuerdo con los deseos de Felipe, la ceremonia póstuma se celebrará en la capilla de San Jorge, del castillo de Windsor, que ayudó a erigir hace más de medio siglo.

Tiempo Argentino, 11 de Abril de 2021

A 90 años de la II República Española, una utopía popular que terminó en una tragedia

A 90 años de la II República Española, una utopía popular que terminó en una tragedia

La lenta caída de la monarquía tocó fondo el domingo 12 de abril de 1931, cuando el resultado de los comicios municipales dejó en claro que si algo querían los españoles era terminar con el reinado de Alfonso XIII. En otras condiciones, el heredero de la casa de Borbón podría haber intentado formar un gobierno parlamentario, pero había gastado su último cartucho con la dictadura fascista de Miguel Primo de Rivera y ya no había espacio. Dos días más tarde, el 14, se proclamó la Segunda República Española. El rey se exilió en Francia sin la menor resistencia. Un inicio auspicioso y sobre todo, pacifico. Pero por debajo iban creciendo las oscuras fuerzas de la reacción que estallarían en julio de 1936 con la sublevación que dio inicio a una sanguinaria guerra civil. España fue entonces un enorme campo de pruebas para la maquinaria bélica que el 1 de setiembre de 1939, exactamente cinco meses después del fin de la contienda española, daría inicio a la Segunda Guerra Mundial.

La descomposición del régimen se tradujo en la pérdida de la influencia internacional y la desaparición del Imperio Español. Desde Cuba y Filipinas hasta Puerto Rico y Guam, el reino iba dejando los últimos jirones de su antiguo esplendor de comenzar el siglo XX en manos de la potencia ascendente, Estados Unidos. Tras los desastres en la guerra de Marruecos, las tropas africanas comenzaron a ser un grupo de presión importante. Siempre una derrota necesita culpables y Primo de Rivera, que había perdido un hermano en la batalla de Annual, encabezó una arremetida contra el poder político, ya bastante desgastado.

En setiembre de 1923 Alfonso XIII convocó Primo de Rivera. El militar, con el grado de Teniente General, desarrolló un gobierno corporativo y se acercó al que por esos mismos años iniciaba Benito Mussolini. De hecho, Alfonso de Borbón viajó a Roma con Primo de Rivera para estrechar lazos entre ambos gobiernos y ambas coronas: en la península itálica regía Víctor Manuel III, que tendría el mismo destino del español, pero esa es otra historia.

La crisis mundial de 1930 arrastraría el leve crecimiento logrado por Primo de Rivera, que terminó renunciando ese año. Alfonso XIII ya no tenía cómo volver el reloj siete años atrás, ya que se habían disuelto todos los organismos institucionales, incluso la Constitución de 1876. Urgía elecciones constitucionales, pero la “dictablanda” del general Dámaso Berenguer no tenía ya poder para eso.

La monarquía había quedado tan ligada a la dictadura que el avance de las fuerzas socialistas y anarquistas daba como resultado un crecimiento irrefrenable de la voluntad republicana. En una sociedad mayoritariamente rural, semifeudal y atrasada como la española, con la miseria instalándose en todos los rincones, era la salida menos explosiva.

En agosto de 1930 se firmó el Pacto de San Sebastián entre las fuerzas republicanas y se elaboró la estrategia para expulsar a los Borbones. Adherían no solo dirigentes políticos -de izquierda a derecha- sino intelectuales de la talla de José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno.  La prueba de fuego para el futuro ibérico eran los comicios municipales del abril.

En las zonas rurales, el voto fue mayoritariamente para los monárquicos, fruto de presiones de los caudillos locales, pero en 41 de las 50 capitales de provincia, y fundamentalmente en los dos grandes distritos, Madrid y Barcelona, los republicanos se impusieron de un modo demoledor. El rey entendió el mensaje, lo mismo que las Fuerzas Armadas y la Iglesia.

El 14 de abril se proclamó la Segunda República Española en medio de la algarabía de la población. Nació un gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá-Zamora, un abogado republicano pero más bien conservador que se terminó exiliando y moriría en Buenos Aires en 1949.

En diciembre de 1931 se aprobó la nueva constitución, surgida de las Cortes Constituyentes votadas en junio. Definía a España como una “República de trabajadores de toda clase, que se organizan en régimen de Libertad y de Justicia” y especifica que “los poderes de todos sus órganos emanan del pueblo”. Establece una presidencia y una jefatura de gobierno, a la manera de varias repúblicas europeas actuales.

Al mismo tiempo, declara que el Estado es laico, reconoce el matrimonio civil, el divorcio, da igualdad de derechos a las mujeres, prevé la posibilidad de expropiaciones de latifundios y de nacionalizaciones de empresas e instaura la educación libre y gratuita. En un país donde la mayoría era analfabeta, las Misiones pedagógicas desarrollaron una tarea ímproba, gracias también a la construcción de 27.000 escuelas.

Cada una de estas medidas fue generando enemigos que, en un contexto internacional adverso -el crecimiento del nazismo y el auge de la ultraderecha- generaron las condiciones para una crisis política terminal. Con escasos apoyos externos, la República estaba malherida. El levantamiento de un destacamento del Norte de África encendió una chispa que luego catapultó al general Francisco Franco, con el apoyo de Hitler, Mussolini, la Iglesia Católica. Esa también es otra historia.

Los colores de la República

Si algo identifica a los republicanos españoles es la bandera roja, gualda (amarilla) y morada.  De hecho, el color morado -violeta en estos pagos- forma parte de la heráldica del partido Podemos, liderado por Pablo Iglesias, hasta el 31 de marzo vicepresidente segundo del gobierno español. No hay certeza sobre el modo en que el morado simbolizó a la república, lo concreto es que ni bien se proclamó el fin de la monarquía, fue de las primeras muestras del cambio de rumbo de España, y para estos días luce en frentes y balcones de todo el país.

Con el fin de la Guerra Civil, el dictador Franco volvió a la bicolor con dos franjas rojas y una amarilla y el escudo real en el medio. Más adelante, designó a su sucesor: Juan Carlos, el nieto de Alfonso XIII. El monarca abdicó en 2014 en medio de escándalos sexuales. La debacle del Borbón continuó y a mediados del año pasado se exilió tras difundirse que evadió impuestos.

El apoyo ciudadano a la monarquía sigue en baja y según los últimos sondeos, los que quieren dejar todo como está y los que prefieren no tener reyes están casi empatados en 47%, centésimas más o menos. En diciembre pasado, había un 52% de promonárquicos contra 40.8 de republicanos.

Regularmente aparecen debates sobre la necesidad de hacer un referéndum para definir el futuro de las instituciones. La situación catalana, sumada a la crisis económica y el comportamiento de Juan Carlos I y sus hijas, las infantas Cristina y Elena, no son un buen motivo para creer en los reyes.

Por ahora los Borbones la van esquivando, pero nunca se sabe.

Tiempo Argentino, 11 de Abril de 2021

Cuidado con la vacuna zarista

Cuidado con la vacuna zarista

El aviso sonaba a la enésima proyección de alguna de Rocky, de Sylvester Stallone. Pero no, era el anuncio del enfrentamiento de Joe Smith y Maxim Vlasov por el título de la OMB en Tulsa, Oklahoma. Y el locutor presentaba a los boxeadores como un estadounidense contra un soviético. ¿Soviético? Mmmmh.

En diciembre se cumplen 30 años de la disolución de la Unión Soviética. También por estos meses se cumplió un siglo de la fundación de los Partidos Comunistas europeos y latinoamericanos. Pero los PC (que no eran Personal Computer) dejaron de tener la influencia determinante que solían y la Guerra Fría perdió sentido desde 1991.

Sin ir más lejos, en 2017, para celebrar el centenario de la Revolución de Octubre, el PC de la Federación Rusa –que ocupa el segundo lugar en las elecciones– apenas juntó unos miles de manifestantes que recorrieron un carril de la avenida Tverskaya desde la plaza Pushkin hasta la de la Revolución, en Moscú.

Eso no impide que “comunismo” y “soviético” sean herramientas útiles como recurso político a todo nivel y en todo el mundo. A falta de un enemigo adelante, qué mejor que hurgar en el pasado, como quien compra una vieja marca en una quiebra para ganar el mercado de los nostálgicos. Y no le echen la culpa a Donald Trump, aunque es cierto que el ex inquilino de la Casa Blanca aportó mucho para el renacimiento de la fobia comunista. Pero él se ensañó más con el PC chino, responsable del coronavirus, como se sabe.

En España la presidenta de la Comunidad de Madrid –Isabel Díaz Ayuso, del Partido Popular– sostuvo que en la elección regional del próximo 4 de mayo la disputa es entre “libertad o comunismo”. Le respondieron desde Unidas Podemos y ella dobló la apuesta: “Si te llaman fascista es que lo estás haciendo bien”.

Los muchachos de Vox –la agrupación neofranquista que viene creciendo a expensas de la derecha tradicional– llaman a “frenar el avance del comunismo” en América Latina combatiendo al Grupo de Puebla y al Foro de San Pablo, dos espacios progresistas. Por Argentina, adhieren los influencers libertarios Javier Milei, José Luis Espert y Luis Rosales.

Hay otros nativos que avizoran un peligro rojo en ciernes. Una es Florencia Arietto, que pasó de enfrentar a las barras bravas del rojo de Avellaneda al Frente Renovador de Sergio Massa para recalar finalmente junto a Patricia Bullrich.

Arietto alertaba hace poco desde un video que el partido peronista había sido cooptado por comunistas. Y calificó a la vicepresidenta Cristina Fernández de “burócrata soviética”. Ya que estaba con la moto en marcha, puso quinta. “Cuando Cristina dijo que ella iba de vacaciones a New York y Disneyworld confirma que son comunistas. Los comunistas estatizan los medios de producción, intervienen los precios, empobrecen a los ciudadanos mientras se van de vacaciones a EE UU con la guita del pueblo”. Lo publicó en su cuenta de Twitter.

No es la única sommelier de peronismo. Miguel Ángel Pichetto había acusado a Axel Kicillof de tener “una ideología soviética, cubana y chavista”. A la derecha peronista de los ’70 le bastaba con autodefinirse como “ni yanqui ni marxista”.

El columnista de La Nación Carlos Pagni publicó en 2012 una semblanza del entonces viceministro de Economía donde lo calificaba de “marxista (…), hijo de un psicoanalista, bisnieto de un legendario rabino llegado de Odessa” para rematar con que su ideología “parece ser una sucesión de dogmas”.

Seis atributos alarmantes por donde se los mire: soviético, cubano, chavista, marxista, hijo de psicoanalista y nieto de un rabino. Para colmo, según el mismo diario, el gobernador bonaerense facilitó las negociaciones para la adquisición de la vacuna Sputnik V. Que sigue siendo la “vacuna rusa”, denominación de origen que comparte con las elaboradas en China y Cuba, pero no con las Pfizer, AstraZeneca o Moderna.

Hubo una presentadora de noticias de TN que fue trending topic cuando aseguró que: “Argentina es la primera nación fuera de la Unión Soviética en aprobar la Sputnik V. Por eso somos noticia en el mundo”. Lo raro es que no hubiera hablado de que la traían del Imperio Zarista, si se tiene en cuenta que la desarrolló el Instituto Gamaleya, fundado en 1891 por Alejandro III y no en tiempos de la URSS ni de Vladimir Putin. Un descuido.

La confusión también llegó a la serie Stranger Things, que emitió Netflix desde 2016. Los malos son los rusos. El problema es que la historia está ambientada entre 1983 y 1985, plena era de Ronald Reagan y con la Unión Soviética en crisis pero vivita y coleando.

Claro que para aplicar epítetos izquierdofóbicos no es necesario conocer la nacionalidad de la vacuna. El diputado español Rafael Caracuel, del PP también, asegura que Asturias recibió mayor cantidad de dosis de anti Covid-19 porque está gobernada por comunistas y Pedro Sánchez, del PSOE, les hace un guiño. Es que la Unión Europea no aprobó la Spuntik V, de modo que no hay vacunas soviéticas. O zaristas. Ni siquiera chinas.

PD: Maxim Vlasov nació en septiembre de 1986 en Kuybyshev, Rusia. Técnicamente, vino al mundo en la Unión Soviética. ¿Qué culpa tiene de que cuando tenía cinco años ese país se disolviera, su ciudad natal pasara a llamarse Samara y para cuando le hicieran los documentos, haya resultado ruso?

Tiempo Argentino, 11 de Abril de 2021