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El valor docente de la derrota

El valor docente de la derrota

Suele decir el técnico de fútbol Marcelo Bielsa que perder enseña mucho más que triunfar. «El liderazgo está directamente relacionado con la derrota. Porque es ahí cuando se verifica la consistencia del conductor», dijo alguna vez. Y completó: «Lo mejor del ser humano sale cuando el éxito nos abandona.»

Cualquier idea que refleje la importancia de «no darse por vencido ni aun vencido» resulta útil para reflexionar sobre este momento particular que vive la región luego de la contundente victoria de la oposición venezolana en las elecciones del domingo pasado. Sobre todo porque representa un traspié significativo en términos simbólicos para un proceso que había inaugurado Hugo Chávez cuando llegó al poder el 2 de febrero de 1999. Y también porque es como el colofón para una serie de retrocesos que se venían dando con los ataques al gobierno de Dilma Rousseff en Brasil y que en Argentina se evidenció con el ajustado triunfo de Mauricio Macri.

Que lo simbólico tiene su peso lo demuestra el hecho de que a la asunción de Macri vino el rey emérito de España, Juan Carlos de Borbón. El mismo que en una cumbre de jefes de Estado en Chile, en noviembre de 2007, lanzó el grito destemplado de «¿Por qué no te callas?» ante una denuncia de golpismo contra el gobierno del PP que lanzaba el mismísimo Chávez. El rey, que se vio obligado a abdicar en favor de su hijo Felipe en julio del año pasado luego de varios escandaletes –entre ellos una caza furtiva de elefantes- quería silenciar al líder bolivariano en un encuentro creado para concertar acercamientos entre los países iberoamericanos. Una estrategia que con un fuerte anclaje en el neoliberalismo buscaba tejer lazos entre la «Madre Patria» y las ex colonias latinoamericanas, con la idea lejana de establecer una suerte de Commonwealth ibérico.

Otro gesto encaramado en este cambio de rumbo que hoy tratará de extender Macri hacia el resto del continente está marcado por las declaraciones de su canciller, Susana Malcorra, para quien el ALCA «no es mala palabra en tanto y en cuanto encontremos una vinculación que sintamos que nos beneficia». A exactos diez años de aquel «alcarajo» del mismo Chávez en Mar del Plata no suena a respuesta de compromiso sino a una declaración de principios.

La reanudación de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, lograda con la intervención del Papa Francisco hace un año, significó un giro inesperado para una política «negacionista» de sucesivos gobiernos estadounidenses en más de medio siglo. Implicó el reconocimiento de los errores que las administraciones de la Casa Blanca habían cometido en su empecinamiento por ahogar a una revolución que se mantuvo en firme a pesar del bloqueo y el aislacionismo. Pero en estos doce meses, lejos de ese triunfo de honda significación histórica, se fueron despeñando en un muy bien estructurado efecto dominó una serie de calamidades sobre los gobiernos progresistas de la región que manifiestan algo palpable: los enemigos de la integración nunca descansan.

A los pocos días de aquel primer diálogo entre Barack Obama y Raúl Castro, tomó su segundo mandato Dilma Rousseff y se inició un calvario que ahora dramáticamente la tiene a ella y al Partido de los Trabajadores contra las cuerdas. Pocos días más tarde se abre el capítulo Nisman, que golpeó de lleno en el gobierno de Cristina Fernández. Mientras tanto, la crisis económica y política iba desgastando la gestión de Nicolás Maduro. Fue un ataque económico despiadado calcado del que sufrió Salvador Allende en los ’70 y que no tuvo una respuesta adecuada del gobierno bolivariano ante la sociedad. En esta fisura caló el discurso de la derecha. Como lo probaron las elecciones que en este año se desarrollaron en Grecia, en esta etapa de la globalización la democracia consiste en que los pueblos voten con una pistola en la cabeza.

Desde junio de 2014 los precios del petróleo se fueron desmoronando luego de tres años de estabilidad y una media situada en torno de los 105 dólares por barril. En enero de este año bajaron de los 50 dólares y ahora se ubican en los 37 dólares el barril. El resto de los commodities y minerales también está en caída, o debiera decirse que el dólar se está revaluando en todo el mundo provocando una crisis de ingresos en los países emergentes, sobre todo en las economías china y rusa, y pega de lleno en las latinoamericanas.

El sueño de igualar en estas sociedades- las más inequitativas del planeta- se sustenta en gran medida en el precios de las exportaciones y ese sigue siendo un límite a toda expectativa de justicia social. No es que los gobiernos no lo sepan, pero modificar esas variables es una tarea que lleva décadas. Por otro lado, el capitalismo sigue dando muestras de contar con una alta capacidad de renacer de sus cenizas tras cada nueva crisis. Y los medios dominantes no tienen intención de apoyar y sustentar ningún cambio cultural sino más bien tienen como función reprimir cualquier intento de rebeldía.

No sólo las formas molestan e incomodan a esa dirigencia globalizada. Es el contenido. Pero si de formas se tratara, podría verse allí que también hay un cambio de paradigmas en cuanto al modo de operar de la derecha regional y el establishment latinoamericanista, con capital en Miami.

El giro de la Casa Blanca hacia Cuba fue un renunciamiento estratégico con relación a los golpes de Estado que hasta no hace tanto fomentaban la CIA y el Pentágono. Desde la revolución cubana, cuanta interrupción democrática hubo en la región tenía como excusa evitar el «camino al comunismo» que representaba el gobierno a atacar. Con el sostén imprescindible de las fuerzas armadas entrenadas en la Escuela de las Américas en la doctrina de seguridad nacional. La barbarie fue tan tremenda que poco a poco se fue instalando el proyecto «democratizador», con las trampas y variantes constitucionales al uso de cada país.

La constitución que el pinochetismo legó a los chilenos es la herencia maldita para poder construir una verdadera democracia en el país trasandino que a los tumbos intenta reformar Michelle Bachelet. El sistema electoral brasileño, que obliga a alianzas y coaliciones, ahora entierra bajo el lodo al PT por sus acuerdos con un partido que, además de venal, no duda en traicionarlo cuando percibe que el buque se hunde. Por supuesto que hay corrupción, el caso es cómo frenarla, cuando los propios corruptos son los que fijan las reglas, como es el caso del jefe de la Cámara Baja brasileña, Eduardo Cunha.

Chávez tuvo la perspicacia y aprovechó el poder político inicial para crear una nueva constitución, igual que lograron hacer Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Los intentos golpistas que padecieron Morales en 2009 y Correa en el 2010 tienen su origen en esta nueva institucionalidad, que amplía derechos de una manera que el liberalismo político no tendría más que aplaudir. Pero pone límites a las aspiraciones de las minorías.

Para el resto, el papel que antes cumplían los uniformados ahora lo cumplen los togados. Es un Poder Judicial constituido a la usanza y bajo el molde del sistema creado en Estados Unidos con el argumento, James Madison dixit, de que » las democracias siempre han sido incompatibles con la seguridad personal o el derecho a la propiedad; y han sido, en general, tan cortas en su vida como violentas en su muerte».

El sistema judicial es el nuevo organismo de intervención, como lo padece el gobierno de Brasil y lo denunció la ahora ex presidenta argentina en reiteradas ocasiones. Un poder que también recibe entrenamiento en organismos de Estados Unidos para controlar eso que Madison, uno de los «Padres Fundadores», consideraba un riesgo: los posibles «excesos» de las mayorías sobre los intereses de las minorías. Los intereses económicos, se entiende, porque aún hoy las minorías étnicas bien que sufren todo tipo de excesos en la cuna del constitucionalismo americano, a pesar de contar con un presidente negro.

Tiempo Argentino
Diciembre 11 de 2015

Ilustró Sócrates

Mal clima

El año pasado la emisión de gases de efecto invernadero alcanzó un nuevo récord, según un informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), la agencia de Naciones Unidas que analiza el impacto de la actividad humana en el cambio climático. De acuerdo con este estudio, entre 1990 y 2014 el nivel de emisiones de los tres gases más perniciosos para la atmósfera –dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O)– creció un 36% por las actividades industriales, agrícolas y domésticas.

«La concentración atmosférica de CO2 –principal gas de efecto invernadero de larga duración– alcanzó 397,7 partes por millón (y) en el hemisferio norte, las concentraciones de CO2 sobrepasaron el valor simbólico de 400 ppm en primavera, época en la que el CO2 es más abundante», alerta el documento.

El dato de que el mayor incremento se registra en el hemisferio norte es entendible porque en esas regiones se concentra la mayor superficie terrestre del planeta. Pero además es la zona donde están ubicados los países más desarrollados, que son los máximos responsables de este dramático deterioro registrado desde la revolución industrial en las condiciones generales de la esfera que habita el hombre.

Son ellos, por lo tanto, la parte esencial del problema y, al mismo tiempo, tendrían que serlo de la solución. Sin embargo allí es donde se concentran las principales resistencias a generar el marco adecuado para ponerle fin a un modo de explotación del medio ambiente que a corto plazo –y ya se ven algunas de sus consecuencias– resulta suicida para cualquier especie viva tal como la conocemos.

El Protocolo de Kioto, de 1997, establecía la reducción de las «emisiones antropogénicas agregadas, expresadas en dióxido de carbono equivalente, de los gases de efecto invernadero» a no menos del 5% de las de 1990 en un período de 15 años, esto es, hasta 2012. Pero el compromiso, el primero de significación desde que se conocieron las consecuencias del cambio climático, no fue firmado por todas las naciones. Algunos gobiernos se tomaron su tiempo para analizar las consecuencias en torno a su propio desarrollo. Porque para algunos emergentes había una trampa en pretender reducir emisiones cuando intentaban crecer como potencias económicas. Además, estaba el debate de quién y cómo debería pagar los costos de la conversión industrial.

Poco a poco casi todos se fueron sumando a la propuesta y aceptaron las condiciones establecidas en el documento, pero siguen reacios Kazajistán, Croacia, Australia y el principal contaminante del globo terráqueo, Estados Unidos. Las autoridades estadounidenses –y en ese sentido George W. Bush también fue un «cruzado»– tampoco querían ponerle coto a su propia industria ni aumentar sus costos internos cuando intentaban recuperar competitividad en relación con Japón, Alemania, Corea del Sur y China.

Pero hay otra razón de peso: existe un fuerte lobby ideológico negacionista, ligado con grupos extremos principalmente del ultraconservador Tea Party, y de corporaciones económicas, que consideran a toda regulación estatal –y el control ambiental lo es– como una intromisión en las libertades individuales. Los hay también que inscriben a las advertencias contra el cambio climático como operaciones de grupos antiestadounidenses.

Las evidencias en torno al daño a la capa de ozono y el aumento en la temperatura de los océanos son incontrastables. Y no es una cuestión que pueda inscribirse como un asunto interno de cada país. Sería como someterse al riesgo de un cáncer pulmonar por permitir que un fumador empedernido acabe con un cigarrillo detrás de otro en el mismo recinto.

El presidente de EE.UU., Barack Obama, prometió poner a su país en consonancia con el resto del mundo y firmó un convenio con 81 empresas multinacionales para la reducción de emisiones. No logró que se sumaran las petroleras, pero es un avance.

El desafío de la Conferencia del Cambio Climático de París, la COP21, será que todos los países, sin excepciones, cumplan con los acuerdos climáticos y, siguiendo la metáfora, vayan dejando el cigarrillo. En la Tierra no hay espacio para un salón de fumadores.

Revista Acción
Diciembre 1 de 2015

 

Las guerras ajenas

Las guerras ajenas

Son febriles estos días para François Hollande, el presidente francés, que intenta armar una fuerte coalición internacional para combatir a Estado Islámico (EI). Ya había reforzado su amistad con el británico David Cameron y había intentado lo propio con el estadounidense Barack Obama. Ahora se fue hasta Moscú para sumar a Vladimir Putin a ese equipo de estrellas.

El viaje de Hollande representa no sólo la intención de convencer al jugador que cambió el esquema que se venía desarrollando en Siria al iniciar ataques contra la oposición a Bashar al-Assad, sino que busca tranquilizar los ánimos luego del derribo de un avión ruso en territorio turco. Y además, se posiciona como un líder global en momentos en que Estados Unidos no tiene capacidad de respuesta tras los fracasos en Irak y Afganistán.

El tablero regional se viene complicando en las últimas semanas, y todo se aceleró tras la decisión de Putin, acordada con Obama aunque no en forma pública, de atacar desde el aire a los yihadistas en Siria. Allí hay un conglomerado de agrupaciones financiadas desde países occidentales más Turquía y Arabia Saudita que se enfrentan al régimen de Damasco. Pero también figura en la lista de enemigos el EI, que con el tiempo mostró toda su barbarie en la amplia región que controlan en parte de Siria y de Irak y ya dieron muestras de su capacidad de daño en París el 13N. Aliados yihadistas también han golpeado en países africanos y amenazan en otras naciones europeas.

Para complicar más la situación, el martes aviones turcos dispararon contra un caza ruso, elevando al máximo la tensión entre Ankara y Moscú. Al correr de las horas primó la cordura y no hubo que lamentar más incidentes que las protestas airadas del gobierno de Putin y una tenue condolencia –que no disculpas– del presidente Tayyip Erdogan.

La incursión de Rusia en el conflicto era previsible y sólo cabía apostar a cuándo y cómo se produciría. Como se sabe, en Siria está la base militar de Tartús, la única fuera de territorio ruso y un puesto clave para la estrategia militar de aquel país. Integra junto con Crimea, donde está la base de Sebastopol, dos ejes fundamentales para señalar la determinación de Moscú –o fundamentalmente de Putin– para recuperar el rol de potencia que Rusia tiene desde hace más de tres siglos. No iba a dejar sin ayuda a Al Assad y menos ante la perspectiva de una sucesión surgida de la guerra civil notoriamente anti rusa como es fácil de prever si los grupos opositores logran su objetivo.

El bloque occidental, sin embargo, pretendía que Rusia sólo atacara a EI, convertido en el enemigo número uno en los papeles. Putin, en cambio, no hizo distinciones y no dejó de tomar como objetivo a los vehículos que circulaban sobre los territorios controlados por los yihadistas.

El ataque sobre el avión SU24 es entendido por no pocos analistas como una respuesta de la OTAN perfectamente planificada, un mensaje inocultable de que nadie juega con chiquitas en ese escenario peligroso. Los atentados del 13N, a su vez, muestran una escalada de imprevisible final. Por un lado, sumieron a la población de Francia y la mayoría de los países europeos en el terror, como se proponían los autores. Y fomenta respuestas calcadas de las que en Estados Unidos provocó la caída de las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001. Es decir, se amplían las capacidades de vigilancia de los organismos estatales en detrimento de las garantías civiles de los ciudadanos.

El escándalo que se armó cuando el analista de la CIA Edward Snowden reveló el programa de espionaje de la agencia NSA es apenas la punta de un iceberg que no será sino ampliado luego del golpe en París. Así lo adelantó el gobierno de Hollande, que ya avisó al Consejo de Europa que «algunas de las medidas introducidas tras los atentados en París probablemente implicarán una derogación de las obligaciones derivadas de la Convención europea de los Derechos Humanos». O sea, que en aras de la seguridad, se sacrificarán algunas de las mejores creaciones de Occidente.

Por otro lado, en un encuentro del premier galo con un grupo de periodistas que buscaban explicaciones de lo que significa la frase «Francia está en guerra», Manuel Valls señaló que «El control de fronteras exteriores es esencial para el futuro de la Unión Europea (…) Europa debe encontrar soluciones para que los inmigrantes sean tomados a cargo en los países vecinos de Siria. Si no, Europa va a poner en cuestión la forma de controlar eficazmente sus fronteras (…) Nosotros debemos evitar una amalgama que es insoportable», se explayó. Hollande desmintió a las pocas horas que la administración socialista estuviese pensando en cerrar fronteras, pero el sincericidio de Valls seguramente no tardará en verificarse.

Putin, mientras tanto, prosiguió con su respuesta diplomática contra el gobierno turco y amenaza con represalias económicas. Ya su canciller Sergei Lavrov había indicado que la inquina de Moscú no era con los turcos sino con sus autoridades. Lavrov es el mismo que cuando estalló la revuelta contra el gobierno ucraniano, que terminó con la renuncia del presidente Viktor Yanukovich, dijo que los europeos parecían aficionados por no haber sabido que la respuesta rusa sería recuperar Crimea.

Ahora el gobierno de Putin directamente acusó a Ankara de estar apoyando al EI y además, de ser el principal comprador del petróleo que se produce en las zonas controladas por los yihadistas. Cuando se pregunta cómo se financia la organización, no hay más que analizar que se sigue extrayendo petróleo en esas regiones y que es llevado en camiones hacia compradores no revelados. Pero hay otro detalle: es muy fácil saber quién compra, porque cada gota del combustible tiene elementos característicos en cantidad y calidad que son particulares de cada sitio, como arenas y azufres varios, sin ir más lejos. Hace algunas semanas el gobierno estadounidense preguntó de dónde salían las camionetas Toyota que los milicianos del EI muestran en las fotos que cuelgan en la Web. Porque son todas nuevitas. O sea, que si se quiere ir al hueso, es fácil encontrar las huellas de quienes financian, abiertamente o no, a los grupos terroristas. Alguien compra el petróleo, alguien vende camionetas, así de sencillo.

Hay otra pata de este intríngulis y es quiénes ingresan a esos grupos como militantes. El Papa Francisco dijo lo suyo al pisar suelo kenyata en su gira africana. «La experiencia demuestra que la violencia, los conflictos y el terrorismo que se alimenta del miedo, la desconfianza y la desesperación, nacen de la pobreza y la frustración», evaluó, punzante.

No sólo Francia tiene el cuchillo entre los dientes en estos momentos. Y el derribo de un avión podría ser una formidable excusa para iniciar una Tercera Guerra Mundial a las puertas de Europa. Allí mismo donde comenzó la primera. Turquía forma parte de la OTAN y por lo tanto un ataque a su territorio merecería respuesta de sus socios militares. Pero Turquía no logró nunca entrar a la Unión Europea. Siempre se buscaron excusas para dejar al país mirando con la ñata contra el vidrio. Y los turcos se quejan: «¿somos buenos para pelear pero no para ser miembros del mismo club?»

Hay voces que desde el nuevo gobierno argentino, y el propio presidente lo dijo con insistencia, reclamaban reinsertarse en el mundo. La canciller designada, Susana Malcorra, es una mujer con experiencia en la actividad privada, como es el perfil mayoritario de la futura administración local, y acredita varios años en la ONU, por lo que conoce los botones que hay que tocar ante cualquier emergencia.

El riesgo de entrar a ese mundo en crisis es grande, porque podría implicar la compra de una guerra que Argentina no provocó ni tiene nada que ganar con ella. Seguramente ahora estas palabras suenen a exageradas. Pero la experiencia de las relaciones carnales fue dramática para el país, y no solamente en el plano económico.

Tiempo Argentino
Noviembre 27 de 2015

Ilustró Sócrates

Paradojas de la familia Bush

Paradojas de la familia Bush

Me preocupa parte de la retórica que empleó él y algunos que le rodeaban. La retórica incendiaria logra fácilmente titulares pero no necesariamente resuelve los problemas diplomáticos». Dos joyitas conceptuales que le destina el 41 presidente de Estados Unidos al número 43. Un dato anecdótico si no fuera porque se trata de George H.W. Bush hablando de su hijo George W Bush en un momento en que su otro hijo, Jeb, ex gobernador de Florida, lucha por hacerse un lugar entre los candidatos republicanos a suceder al demócrata Barack Obama.

Bush padre, que alguna vez fue director de la CIA y vicepresidente de Ronald Reagan, se sinceró ante el ex director de Newsweek, Jon Meacham, autor de Destino y Poder, la Odisea Americana de George Herbert Walker Bush y reveló ácidas críticas sobre el rol que desplegaron en el gobierno de su párvulo el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, dos halcones que participaron estrechamente en el diseño de la agresiva política exterior que comenzó luego de los atentados a las torres gemelas.

«Cheney tenía su propio imperio, marcaba su propio ritmo. Las cosas no se pueden hacer así», deslizó GHW Bush sobre el hombre que impulsó las incursiones armadas en Afganistán e Irak, un poco subido al carro de la lucha contra el terrorismo y otro porque era un buen negocio para la empresa Halliburton, contratista del Pentágono, de la que había sido presidente. Rumsfled también pertenece al mundo empresarial, e integró directorios en la farmacéutica G. D. Searle & Company y en Gilead Sciences.

Jeb, acrónimo de John Ellis Bush, fue el hombre clave para que GW pudiera llegar a la Casa Blanca en las elecciones del año 2000. El candidato de Bill Clinton, Al Gore, que obtuvo más de medio millón de votos que su oponente, disputaba palmo a palmo un distrito clave con Florida, que en un sistema indirecto como el estadounidense -en que se eligen electores- inclinaba la balanza para un lado u otro.

Pero el gobernador ayudó a su hermano mediante la manipulación lisa y llana de los votos y luego de presiones a la Corte «amiga», que avaló el triunfo del republicano mediante artimañas bastante poco éticas. Un trago amargo para Gore, que sin embargo, decidió no seguir la pelea para no continuar embarrando la cancha en el supuestamente democrático ejemplo de Occidente. Eso ocurrió al cabo de cinco semanas sin definición sobre quién sería el próximo presidente y ante una furibunda campaña mediática para que se bajara.

Bush padre, Rumsfled y Cheney se conocían desde la época de Reagan, donde habían formado parte del sólido equipo que impuso en los 80 las ideas neoliberales a rajatabla, en una funesta alianza del ex actor de Hollywoodcon la premier británica Margaret Thatcher. Cheney y Rumsfled fueron con su hijo los más duros en la privatización de la guerra para fomentar los negocios con las empresas proveedoras en un momento particular de la historia. Al mismo tiempo que se desarrollaban dos guerras en simultáneo, el Estado iba dejando de ocuparse de resolver los problemas del habitante de a pie a ritmo acelerado. Las consecuencias pudieron verse cuando el huracán Katrina destruyó los barrios pobres de Nueva Orleans, hace ya diez años.

Lo que ahora Bush padre critica no fue sino el barrial generado por la aguas de la era de Reagan. Que llevaron al país más desarrollado y rico del mundo a tener hoy día 47 millones de personas viviendo en la pobreza, 1,5 millones de «ultrapobres» (como los definió el escritor y periodista Michael Snyder) que viven con menos de dos dólares al día y el 65% de los niños de ese país viviendo en una casa que recibe alguna forma de ayuda del gobierno federal. Los estadounidenses que habitan en áreas de pobreza concentrada, además se duplicaron desde ese año 2000. Son datos de la Oficina del Censo estadounidense que no parecen alarmar mayormente a la dirigencia política. Al menos no es uno de los temas principales de la campaña que ya se inició con sendos debates televisados.

Las posibilidades de que estos datos dramáticos se reduzcan en los próximos años resultan escasas dado que, en primer lugar, no están mayormente en la agenda de los grandes medios. Es así que mientras las cifras oficiales revelan una desocupación de 5,1 en la general y un 11 % entre los menores de 25 años, un total de 8,3 millones de personas en agosto pasado, estadísticas de organizaciones no gubernamentales indican que hay alrededor de 90 millones que oficialmente no se consideran dentro de la fuerza laboral, porque no lo buscan, mientras que el 48,8 % de los menores de 25 aún viven con sus padres, o sea, no se pueden ir a vivir solos. El censo destaca que el 0,1% de las familias estadounidenses tienen tanta riqueza como el 90% de todas las familias menos pudientes juntas.

Este dato resulta clave para entender hasta donde la propia democracia está en riesgo. Porque a la política de los halcones que critica Bush padre -que no sólo fue ferozmente belicosa en lo exterior sino que cercenó derechos individuales consagrados por la Constitución en lo interior- se le sumó en 2010 una decisión de la Corte Suprema que impide que el gobierno le pueda poner algún tipo de límite a los aportes de las corporaciones a las campañas políticas. Iguala a particulares con los grandes conglomerados y abre un espacio de graves consecuencias para acudir a las urnas en condiciones medianamente equitativas.

De hecho, los candidatos demócratas –Hillary Clinton y Bernie Sanders- firmaron un petitorio de una organización, End Citizen United (ECU), que pretende crear una masa crítica importante como para que los magistrados revean la medida. El diario New York Times publicó hace unas semanas un informe alarmante sobre el estado de la situación. Según el matutino, apenas 158 familias y las firmas que controlan hicieron la mitad de los aportes que ya se registraron hasta ahora, o como dicen los militantes de ECU, «158 familias compran la elección». El 87 % del dinero fue a parar a candidatos republicanos.

La familia Wilks, de Texas, que ganó miles de millones con el boom del fracking, donó 15 millones para la campaña del senador texano Ted Cruz, una de las espadas del Tea Party. Un conocido de los argentinos como el buitre Paul Singer también puso en los bolsillos de Cruz, aunque por ahora sólo un millón.

En tiempos de sinceridad brutal, los hermanos Koch, que amasaron la cuarta fortuna de Estados Unidos desde el sector petrolero, no tuvieron tapujo en revelar el trasfondo de su interés en destinar parte de su dinero en campañas ultraconservadoras como las que apoyan regularmente. Preguntado por el conductor de Morning Joe, un programa que se emite por el canal de cable MSNBC, sobre la justificación para que los ricos pongan sin límites, Charles dijo: «Depende de con qué fin (se haga): si se trata de lograr políticas que abran oportunidades para las personas y deshacerse de todo este corporativismo y del Estado de bienestar, ¿qué?”

-¿Qué espera a cambio?, fue la repregunta.

-Me encantaría detener a este gobierno del (Estado de) bienestar corporativo.

Curiosamente, Koch habló también ese día de Bush hijo, al que acusó de haber sido uno de los presidentes más gastadores en la historia de su país, «creando más regulaciones destructivas» y poniendo a Estados Unidos «en contraproductivas guerras hechas sin sentido todo el tiempo».

Es aquí donde la serpiente se muerde la cola. Hay sectores, como ahora parece decir el Bush grande y los Koch, que interpretan de un modo tan extremo el rol del Estado como recaudador y beneficiador de las clases populares que ven un gasto innecesario el hecho de ir a la guerra. El problema sería la contraria, esto es, que la única forma de defender los derechos sociales sea a través de la industria bélica. Vaya paradoja estadounidense.

Tiempo Argentino
Noviembre 6 de 2015

Ilustró Sócrates