por Alberto López Girondo | Oct 24, 2016 | Sin categoría
Hace un año, cuando Donald Trump era sólo un mediático empresario con muy buenos dotes para la provocación, sorprendió con una frase que si no llegó a preocupar al establishment estadounidense fue sólo porque nadie imaginaba que podría llegar a convertirse en el candidato republicano. «El mundo sería más seguro con (Muahammar) Khadafi y (Saddam) Hussein. Hacer algo similar con Bashar al Assad (es decir, eliminarlo) tendrá las mismas consecuencias para Siria», dijo.
Estos días se realizó el último debate entre los dos aspirantes a la presidencia de Estados Unidos y el polémico Trump volvió a repetir esa sentencia, como lo vino haciendo en los dos ásperos encuentros que había tenido ante las cámaras de tevé con la representante demócrata, Hillary Rodham Clinton.
El punto es clave para entender el eje sobre el que Trump sustenta su oferta electoral: Estados Unidos debe encerrarse en sus fronteras, defender los puestos de trabajo de sus ciudadanos y no malgastar dinero en aventuras militares en el resto de mundo. Para eso, levanta banderas que en 2008 enarboló Barack Obama, al que indirectamente reprocha de haber incumplido con sus promesas de campaña sumergiendo a su país en nuevas encerronas bélicas de las que no se sale tan fácilmente, como muestra su experiencia.
El dato adicional es que la ejecutora de esas políticas intervencionistas es precisamente su contrincante del 8 de noviembre, secretaria de Estado hasta que en febrero de 2013 renunció para luchar por ser la primera mujer en ocupar el Salón Oval. El mismo recinto que disfrutó su marido en los ’90, aunque esa es otra historia.
El discurso y las propuestas de Trump suenan corrosivas si uno se atiene solamente a eso de levantar un muro para que no crucen los mexicanos. Pero resultaría difícil para el que firma no suscribir palabra por palabra esa diatriba contra Rodham Clinton sobre su responsabilidad en los desastres libio y sirio.
Con el agregado que Trump no menciona de que la ex primera dama y ex canciller estadounidense fue responsable de las ofensivas para derrocar en 2009 al presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, y al paraguayo Fernando Lugo en 2012. Y de haber aceitado mediante esos atentados contra la democracia el mecanismo de golpe blando que se aplicó en Brasil hace dos meses contra Dilma Rousseff.
Pensándolo bien, tal vez un muro podría ser una buena forma de poner distancia entre la América Latina y las intentonas intervencionistas de los gobernantes del norte del Río Bravo. Pero tampoco se debería confiar demasiado en esa eventualidad.
Las posibilidades de que Trump triunfe parecen hoy por hoy bien escasas, de acuerdo a las últimas encuestas. Influye para esto el hostigamiento mediático que viene denunciando. No hay medio hegemónico occidental donde no se lo compare con lo peor del género humano. Con razones valederas en el caso de sus rasgos misóginos y sus actitudes impredecibles.
Pero atención, también cabe pensar lo peor de Hillary, con el agregado de que ella ya demostró de lo que es capaz. ¿Sería mejor que estuviera ella en posesión de las claves nucleares?
En todo caso, ¿qué cosa peor le podría ocurrir a la región y el mundo con Trump en la Casa Blanca?
Una más: ¿sería posible pensar que un presidente estadounidense, por díscolo que se muestre en la previa, pueda cambiar la agenda imperial, por más respaldo electoral que logre?
Finalmente, después de Obama, ¿es factible pensar que un candidato cumplirá con sus promesas?
Tiempo Argentino
Octubre 23 de 2016
por Alberto López Girondo | Jul 19, 2016 | Sin categoría
El mundo está convulsionado por dos hechos sucesivos de un dramatismo que aterra. Y la pregunta que muchos se hacen es por las razones para el demencial ataque en los festejos de la Revolución Francesa en Niza y para una intentona golpista en Turquía que dejó un saldo de cerca de 300 muertos y más de mil heridos, además de una purga como no se recuerda en las fuerzas armadas y el Poder Judicial.
La cuestión es si ambos hechos tienen alguna relación o se los puede considerar aislados. Y la verdad es que si hay un hilo común es la inestabilidad de la región que alguna vez ocupó el imperio otomano, desmembrado hace un siglo en plena guerra mundial. Desde entonces la situación en Medio Oriente y el norte de África (en inglés se lo engloba bajo el acrónimo MENA) es explosiva.
De Túnez era originario el joven que manejaba el camión de la masacre en Francia, la situación en Turquía se aceleró desde que el presidente Recep Tayyip Erdogan, a fines de junio, impulsó negociaciones cruciales para limar asperezas con Israel, Rusia e Irán. Eso, sumado a la situación interna en Ankara que bien se describe en estas páginas y el rol central de Turquía en el combate de los yihadistas y como paso obligado para los emigrantes que quieren cruzar a Europa, hacen que la preocupación tenga fundamento.
En 1916 los gobiernos de Francia y Gran Bretaña firmaron los acuerdos secretos Sykes-Picot para repartirse los despojos del imperio. Pero en esa contienda se comenzó a esfumar el poderío de franceses y británicos. Ahora el imperio que pretende dictar las pautas y tranquilizar –en su beneficio– a una región rica en petróleo es Estados Unidos.
En noviembre hay elecciones para la sucesión de Barack Obama. Por ahora picó en punta la demócrata Hillary Clinton, que mucho tuvo que ver con esta actualidad conflictiva desde que ocupó el cargo de secretaria de Estado en el primer tramo de la gestión “obamista”.
El primer presidente negro en la historia estadounidense está tratando de dejar un mundo ordenado según las nuevas pautas de la “pax americana”, para lo cual deberá torcer el rumbo multipolar que había alcanzado en esta última década. Si gana Clinton, tendrá el trabajo medio hecho, si el triunfador fuera Donald Trump –que llegó a declarar que es necesario recuperar la amistad con Rusia– le deja un paquete que le resultará difícil de desatar.
El golpe en Brasil, que integra la alianza que compite por el poder global del siglo XXI, los BRICS, se lo debe entender en el marco de esta estrategia. El golpe contra Erdogan, que en 2010 se había asociado con Lula para impulsar un acuerdo por el plan nuclear iraní, también. Por eso el mandatario turco reclama la extradición de Fetullah Güllen, el líder exilado en Pennsylvania al que acusa por la intentona. Y que perdió a muchos de sus seguidores en los estrados judiciales y los cuarteles luego del fracaso del putch.
Tiempo Argentino
Julio 17 de 2016
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