por Alberto López Girondo | Nov 15, 2016 | Sin categoría
California es el estado más rico de Estados Unidos, tiene 39 millones de habitantes y aporta cerca del 20% de su PBI anual. Si fuera un país independiente su economía sería la sexta del mundo, peleando el lugar con Gran Bretaña. Ahora, tras el resultado de la presidencial, comenzó a crecer la idea de la secesión, habida cuenta de que como lo vienen haciendo tradicionalmente, votaron a los demócratas, que ganaron la elección pero pierden en el colegio electoral contra un candidato que representa valores diametralmente opuestos a los liberales que imperan en ese territorio. Para no perder originalidad, lo que plantean, tomando el modelo británico, es el Calexit, que no es dar una vuelta el carrousel sino irse de la Unión.
Mientras tanto, los analistas desmenuzan las razones del triunfo de Donald Trump en lo que se conoce como el «cinturón de óxido», la cuenca industrial ahora venida a menos por la globalización y la deslocalización de empresas hacia confines con menores salarios, México o China.
Entre el óxido de la devaluada Detroit, y la sofisticada tecnología de Sillicon Valley se fue produciendo una grieta que la llegada del misógino y xenófobo Trump a la Casa Blanca puede exacerbar si es que no incorpora los tratos que suele exigir la política estadounidense. La pregunta es cómo pudo ocurrir eso, tanto el triunfo de Trump como la grieta social y económica.
Las respuestas son variadas. Por un lado, la industria de los «fierros» fue perdiendo competitividad con Alemania, China y los países asiáticos. Barack Obama planeaba resolver esa situación con los tratados transatlántico y transpacífico, pero el magnate percibió que ahí había una brecha en la que colar un discurso sencillo pero eficaz. «Hay que poner freno al ingreso de mercadería importada y defender la mano de obra local con frenos aduaneros», dijo, y se ganó la estima de los nuevos pobres blancos.
Las tecnologías de punta estadounidenses marchan a la vanguardia en el mundo, y en el plano específico de la informática, casi nada de lo que ocurre en el planeta queda al margen de algún sistema -incluso de vigilancia- que no pase por Estados Unidos. Allí no necesitan trabas sino más bien que los mercados permanezcan abiertos tanto como sea posible. No sea cosa que el ejemplo cunda.
El obrero del fierro del que se habla es un ciudadano blanco y sin demasiada preparación teórica acostumbrado a salarios altos y beneficios sociales que ya no están a la moda por aquellos sitios. El tecnológico tiene estudios universitarios y trabaja con las mejores condiciones laborales, desde horarios flexibles hasta participación accionaria.
El mundo de Henry Ford se da de bruces con el de Steve Jobs. Por eso en el «rustbelt» se inclinaron por Trump los obreros de cuello azul, mientras que son demócratas las capas medias ilustradas de jean gastado. En California aparecen, en este contexto, voces que se plantean dejar de pertenecer a Estados Unidos. No hay mucha diferencia en lo que plantean desde hace algunos años los catalanes en España. No extrañaría que los escoceses repitieran su deseo independentista, ahora que en Gran Bretaña ganó el Brexit, pero no en ese norte que también supo tener un cordón industrial próspero y orgulloso de su destino.
Tiempo Argentino
Noviembre 13 de 2016
por Alberto López Girondo | Nov 8, 2016 | Sin categoría
Por Alberto López Girondo y Ricardo Gotta
Foto: Diego Paruelo
Nuevamente en Buenos Aires, donde fue jurado en el certamen de novela de Clarín, Leonardo Padura, el creador del detective Mario Conde, habló con Tiempo sobre cómo se ve el mundo desde una esquina de La Habana en la que nació y de la nunca se quiso ir.
–¿Viste muy distinto al país desde la última visita?
–Estuve justo hace un año. Lo veo más caro. Se nota la carestía. Son impresiones, lo que he leído y oído, pero siento que la gente está muy preocupada por la cuestión económica y laboral, con planes sociales que parece que han dejado de existir.
–Toda la región cambió mucho. ¿Cuál es ahora la preocupación principal?
–Muchas. Para Cuba ha sido un tiempo complicado: la situación de crisis en Venezuela no cede, tal vez explicada porque en Cuba hubo una revolución, pero en Venezuela, no. Pero además, lo que ocurrió en Brasil es lamentable, y Argentina con una situación económica complicada, aunque acá hubo una salida institucional.
–En Cuba misma son tiempos de cambios profundos.
–Había mucha expectativa de que las cosas se movieran más rápido. Hace varios años que Cuba está en un proceso de cambio de estructuras económicas y sociales que se ha llamado actualización del modelo cubano. Lamentablemente, aún no ha conseguido lo más importante y que es que la economía cubana funcione. Este año se prevé un crecimiento de un 1%, insuficiente para un país en la situación en que está Cuba. (El presidente) Raúl Castro lo dijo: la asignatura pendiente de Cuba es la economía y no acabamos de dar las respuestas que puedan ser las correctas después de una crisis muy profunda y unos años de estancamiento muy lamentables. Hay un elemento que retrata la situación económica y es la existencia de dos monedas que, todo el mundo sabe, es absolutamente antieconómico y contraproducente. El gobierno no acaba de eliminar una, porque no encuentra una manera de hacerlo que no sea catastrófica. Al final va a haber que asumir la catástrofe.
–Influye no haber podido resolver el bloqueo.
–Mira, no es que estemos bloqueados por Haití. Ni siquiera por Argentina. Estamos bloqueados por EE UU. Y hace 60 años. Lo que ocurrió hace unos días en la ONU, por primera vez (en lugar de votar en contra de la moción cubana del levantamiento del embargo, EE UU se abstuvo), es una señal muy clara de lo que pretende el presidente (Barack) Obama. De todas maneras, escribí en una columna en la Folha de San Pablo, en horas habrá algo que va a influir a nivel planetario: ¿quién será el próximo presidente de los EE UU? A pesar de que las encuestas, dicen que va a vencer el mal menor, no se puede confiar en ellas. Lo que ocurra allí será importante para Cuba: un gobierno de (Donald) Trump puede ser cualquier cosa. Hillary (Clinton) puede ser una continuidad de la política de Obama, aunque no con la misma intensidad. Obama en un año y medio cambió muchísimo la relación y si no ha cambiado más es porque no ha podido, porque depende de lo que le apruebe el Congreso, dominado por republicanos. Mientras exista el embargo no va a existir una relación normal entre ambos países, un mercado, un comercio eficiente. Y aquí viene la parte peligrosa: ¿dependeremos otra vez de los EE UU? ¿El levantamiento del embargo significará otra vez una invasión de capitales norteamericanos? El gobierno cubano está otra vez ante una situación complicada.
–Nunca te fuiste de Cuba, de la casa familiar. ¿Costó mantener esa posición, tanto dentro de Cuba como fuera, donde muchos intentan que critiques al gobierno, y que seas representante de la oposición?
–No soy el representante de nada. Me represento a mí mismo y malamente. Me gustaría que me consideraran lo que soy: un representante de la cultura. No soy un hombre de militancia política, ni un activista social. No hago otra cosa que escribir y opinar. Mi gran lucha en Cuba ha sido por poder ser independiente, económica, social e intelectualmente. Afortunadamente, hace 20 años que una editorial en España publica mis libros. Viajo con frecuencia a distintos países. Hago mis películas con productores que la mayoría de las veces no son cubanos. Logré crearme ese espacio independiente, dentro del cual digo lo que pienso, dentro y fuera del país. No tengo un doble discurso. No digo algo en Argentina que no sería capaz de decir en Cuba. A veces, cuando te agreden mucho, pues, tú reaccionas. A veces los periodistas tratan de sacarte esa declaración…
–Ese título…
–Me pasó en la tevé de Brasil: el tema era cuán pobres eran los cubanos y tuve que decirle a la periodista que sí, que en Cuba hay una gran pobreza, pero no se ha muerto nadie de hambre, y que en el camino hasta este canal he visto más gente durmiendo en la calle de la que hay en Cuba completa.
–¿Cómo es tu relación con el gobierno cubano?
–Soy un ciudadano que vive en Cuba. Mi pertenencia social está hecha con la Unión de Escritores y Artistas. Tengo el estatus de escritor independiente desde 1996: soy el primero que lo pidió y el primero que lo tuvo. Pago mis impuestos como un trabajador privado. El resto, tengo los mismos deberes y derechos que todos.
–Decías que tu única tarea es la de escribir. ¿Y la de mirar? Tus libros siempre reflejan aspectos de la sociedad cubana.
–Trabajé como periodista muchos años y no dejo de hacerlo. Hace dos, decidí cortar algunas colaboraciones: me vi trabajando más como periodista que como novelista. Todo el que ha transitado este oficio sabe que te da una cierta deformación profesional: tratas de ver las cosas y encuentras una explicación. Vivo en un barrio donde toda la gente me conoce y la gente entra y sale de mi casa. Mi padre murió hace tres años. Mi madre sigue allí. Esa es una casa de puertas abiertas. Uno se entera de muchas cosas con el contacto con los vecinos, con la calle. Siempre me interesó esa perspectiva. Las conclusiones, las reflexiones, la síntesis es la que utilizas como material periodístico o novelístico de modo más elaborado. Ese punto de vista trato de mantenerlo en el sitio de la agencia Interpress Service, la “Esquina de Padura”, que es el lugar donde los cubanos que vienen por una calle se encuentran con los que vienen por la otra y se ponen a conversar. Es una perspectiva desde el nivel de los ojos de un hombre. Desde ahí trato de entender el mundo. Sí, hay una búsqueda del reflejo de lo social. Escribir entraña una responsabilidad y no me interesa para nada escribir solo por contar una buena historia. La literatura tiene una función cívica social y trato de cumplirla.
–Hay una diferencia con el mero reflejo de la realidad, que es la función básica de un periodista.
–En mi caso todo pasó junto. Siempre me permitieron hacer grandes reportajes, como llamamos a los trabajos de investigación. Los hice sobre cultura, historia, costumbres, que tuvieron mucho éxito, El periodismo cubano del período revolucionario ha padecido la enfermedad de la pertenencia a organismos del partido, del Estado o del gobierno, y reflejó esa perspectiva. De pronto, un periodismo que escapaba de ese carácter propagandístico y hablaba de la historia cubana, personajes y situaciones, con un estilo muy literario, cambió el panorama. Ese periodismo me nutrió y me ayudó a dar el salto como escritor. Entre el joven escritor que era cuando empecé y el que escribió la serie de Mario Conde hay una evolución evidente, que se produjo haciendo periodismo.
–¿Es fácil investigar en Cuba temas históricos como en varios de tus últimos libros?
–Es complicadísimo. Requiere de un esfuerzo especial Yo tengo que cargar libros de todas partes del mundo. Como tengo acceso casi inexistente a Internet, debo pedirles a amigos que viven en España, Francia, México, que me bajen archivos y me los manden por correo electrónico. Cuando estamos de viaje con mi esposa nos conectamos y bajamos información. No hay bibliotecas que estén actualizadas.
–¿Por eso Mario Conde se transformó de detective a revendedor de libros?
–Fue una decisión complicada. Cuando termino Paisajes de otoño, Mario Conde deja la policía. Mi intención es que ahí terminara la vida del personaje. Y cuando decido rescatarlo, me digo: a qué pongo a trabajar a este inútil, que malamente hace su trabajo como policía… Ya se vivían los años tan jodidos de los ’90, un período en que la gente se tuvo que reciclar para poder sobrevivir. Y uno de los negocios que se montó fue el de vender libros viejos. Hubo gente que vendió su biblioteca para ganar un dinero y sobrevivir. Además, las editoriales cubanas dejaron de publicar. La compra y venta me pareció adecuada para Conde, una profesión lo suficientemente cerca de la calle y de la literatura.
–¿Seguís sintiendo dolor cuando terminás una novela?
–De pronto te pasas dos, tres, cinco años viviendo en ese planeta que has creado y conectado por todas las vías, la física, la mental, la sentimental. Y de pronto debes abandonarlo, como si te fueras de un país a otro en el que tienes que construirlo todo de nuevo. Una sensación de pérdida muy grande. A veces he tenido la sensación de que cuando termino ese libro me voy a morir. Que ese libro es el fin de muchas cosas. Una sensación dolorosa a la que uno se acostumbra, como pasa con otros dolores, a determinada edad, un dolor de rodilla, de hombro… Lo asumimos y aprendemos a vivir con él.
–A los lectores muchas veces nos pasa lo mismo.
–En mi caso, eso se resuelve tratando de pensar un nuevo libro. Tengo una imaginación bastante limitada, y por eso escribo tanto sobre la realidad. Invento muy poco. Cuento lo que está documentado por la vida o por la literatura. Que se me ocurra una idea para otro libro es bastante agónico y hay momentos que me empieza a preocupar. Por ahí pasan dos o tres meses y no se me ocurre cuál va a ser la idea. Lleno los espacios trabajando mucho en temas periodísticos, ensayísticos, de cine. Escribo todos los días, de lunes a domingo.
–¿Cómo es tu día en Cuba?
–Me levanto temprano, tomo mi café, fumo mi cigarro, tomo la computadora, respondo los dos o tres mails más urgentes, y empezar a escribir, o a investigar. Unas cinco horas con mucha intensidad. Después una siesta. Leo un par de horas y luego bajo a mi patio, que me gusta muchísimo , a ver las plantas, las riego… Y hago un poco de ejercicio físico, que lo necesito por mi espalda.
–Esas horas de escritura: ¿cuánto tienen de método y cuánto de placer?
–Chico, hay días en que uno se siente que no conecta bien con la historia, un poco disperso, por muchas cosas. Y días en que estás muy metido. Es un trabajo en el que no hay regularidades. Milan Kundera lo fundamenta muy bien: por su característica, la novela es un género en que el escritor que comienza a escribir es diferente al que lo es cuando la termina. Pueden pasar años, la vida de las personas inevitablemente cambia. Como decía Heráclito, nunca te estás bañando en la misma agua del río. Si aplicas un método, de alguna forma estás limitando lo más lindo que tiene escribir una novela que es la gran libertad que te permite. La novela es el reino de la libertad.
–Aunque se le de una enorme importancia al rigor histórico.
–Si escribo de un asunto que tiene un momento histórico, trato de hacer la investigación lo más exhaustiva posible. Nada tiene que ver con la forma en la que investiga un historiador, que necesita el documento que le permita hacer una afirmación de valor universal y científico. El escritor debe tener la certeza de conocer ese momento y los personajes que allí se movieron. Somos individuos que vivimos en la historia, y la historia, lo queramos o no, afecta nuestras vidas de manera drástica.
–Antes eran los papeles que llenaban el cesto. ¿En el proceso de escritura, ahora también se tira mucho?
–Yo escribo por versiones. Trato de completar la historia y la vuelvo a reescribir muchas veces pero voy anotando los cambios. Hasta llegar a versiones muy cambiadas, diez versiones. Si fueran papeles, habría roto una cantidad enorme…
–¿También en Herejes, que es como tres libros en uno?
–Fue una novela muy difícil de escribir porque tenía tres registros narrativos distintos, personajes distintos, tres épocas. Lograr ese hilo conductor… más que el cuadro de Rembrandt, me interesaba tejer bien el tema de la libertad del individuo, el derecho de ejercer su albedrío, en distintas épocas, de distintas modos. Es una condición esencial de la propia espiritualidad del hombre. El hombre aspira a ser libre. Nadie es esclavo por voluntad propia.
–¿Sigue habiendo un espacio para la utopía?
–El espacio está reducido pero la necesidad de la utopía no ha desaparecido. No hay ningún proyecto utópico suficientemente convincente. No hemos podido crear la gran utopía igualitaria del siglo XXI, tras el desastre que significó el comunismo en Europa. El mundo va al desastre económico, ecológico, social, migratorio. Estamos llenos de crisis por todas partes. Hace falta refundar una utopía. ¿Cómo? No sé, no soy sociólogo, ni político. Ni siquiera astrólogo. Si lo fuera… Hace falta hallar una tabla de salvación para el futuro de la humanidad.
De carros y beisbolistas
–Vivo en Cuba como un ciudadano normal, aunque tengo privilegios enormes, como tener un automóvil, el mismo carro hace 19 años, uno pequeñito, un Subaru Vivio…
–¿No un almendrón (los clásicos autos de los ’50)?
–No, el almendrón era de mi padre y mi hermano quiso venderlo. Muy costoso mantenerlo. Tener un auto es un privilegio que pude mantener gracias a mi trabajo. Cuando traté de comprar uno nuevo, no me dieron autorización: costaba 30 mil y lo subieron a 180 mil… Imagínense cómo debo cuidar mi carro viejo.
–¿De chico te gustaba oír lo que hablaban los grandes?
–A todos los muchachos les gusta. No sé ahora: pasan más tiempo con una tablet, una PC, o una tevé. Me gustaba, aunque pronto, antes de lo que hubiera sido lo correcto, decidí no ir de visitas con mis padres. Me aburría. Lo que me gustaba era jugar béisbol. Logré que me dejaran en la esquina de casa, con una sola prohibición: la de cruzar la avenida principal. La frontera. En los barrios estaba como en mi patio.
–¿Soñabas con ser beisbolista?
–Sí. Era más hábil e inteligente que buen jugador. Nunca tuve las mejores aptitudes físicas. Hubiera sido un buen director técnico. Sé mucho de «pelota». La entiendo muy bien. Es un deporte muy complicado.
–Acá somos fanáticos del fútbol. Soñamos, más allá de las edades, con hacer un gol en nuestro equipo favorito.
–Lo soñé muchos años, todos los días. En los últimos tiempos estoy decepcionado con el béisbol cubano. Como en el fútbol en Argentina: los principales talentos se van del país a jugar en ligas profesionales. Y en Cuba esos talentos luego no pueden jugar en el equipo nacional. Cuba negocia contratos con ligas del Caribe, Europa y Japón (con EE UU no, por el embargo) pero la calidad del béisbol cubano bajó muchísimo. Nos resulta difícil identificarnos con los clubes. Soy hincha de “Los Industriales” y cada año es un equipo distinto… Aunque aparecen nuevos valores: el pitcher que cerró el partido de las grandes Ligas, es un cubano, Aroldis Chapman que este año hizo 54 de los 55 lanzamientos más veloces. ¡Lanza a 105 millas por hora!
Tiempo Argentino
Noviembre 6 de 2016
La foto es de Diego Paruelo
por Alberto López Girondo | Nov 5, 2016 | Sin categoría
Es curioso pero los más lúcidos estrategas de la política exterior de los Estados Unidos del último medio siglo no son nacidos en América. Uno de ellos es más popular: Henry Kissinger, impulsor del histórico encuentro de Richard Nixon y Mao Zedong en 1972 y de los golpes genocidas en Latinoamérica desde un año después, nació en la ciudad bávara de Fürth y emigró con su familia huyendo de la persecución nazi.
El otro, Zbigniew Brzezinski, dio sus primeros berridos en Varsovia en 1928, se educó en Canadá, donde la invasión hitlerista encontró a su padre diplomático en 1938, y se graduó en Harvard, ya con ciudadanía estadounidense. Entre sus logros diplomáticos podría contarse el acercamiento del cura Karol Wojtyla a la CIA y a los centros del poder real en Washington que aceitó la llegada del obispo polaco al Vaticano. Ese fue, visto a la distancia, el inicio de la caída del poderío soviético porque Juan Pablo II fue el ariete para los levantamientos anticomunistas en el país más católico del este europeo.
Brzezinski acompañó a James Carter y dio sustento pragmático a su política exterior en un momento crítico para la región, por los crímenes de las dictaduras sudamericanas de la era Kissinger. A esa altura, ZB ya trabajaba –además de su cátedra universitaria- para el magnate David Rockefeller, que lo había contratado para solventarle una propuesta muy conveniente para el esquema imperial que –en esto se iguala con HK- quería defender y extender al resto del planeta: la Comisión Trilateral, llamada a ser un colosal thinktank entre EE UU, Europa y Japón para vencer al sistema comunista.
El experto diseñó desde su puesto de Consejero de Seguridad del mandatario demócrata (1977-1981) la estrategia de defensa que exacerbó el ataque político contra la URSS cuestionando a ese enemigo por su política de derechos humanos. Cierto que eso ayudó en muchos casos puntuales a víctimas del terrorismo de estado en Argentina y el cono sur de América. Pero era un intento por un lado de arreglar desaguisados que el propio Departamento de Estado había promovido y por el otro para acorralar al Kremlin ante los organismos internacionales. Esto se hizo más patente luego de la invasión soviética a Afganistán en 1979.
Todo este prolegómeno quizás no sea más que una presentación de un personaje determinante en la política exterior estadounidense. Un personaje escuchado y respetado por lo que sabe y por lo que es capaz de prever. Por así decirlo, es uno de los gurúes del imperio cuya palabra tiene verdadero peso en las grandes decisiones del Departamento de Estado, por más que no ocupe cargos públicos desde hace décadas.
De hecho, cuando Barack Obama asumió su cargo, el 20 de enero de 2009, era uno de los pocos a los que el primer presidente afrodescendiente en llegar a la Casa Blanca prestaba oídos. Una forma, quizás, de soslayar las críticas que lo acusaban de saber poco y nada del manejo de las relaciones exteriores. Porque, se decía, era para eso que la había nominado a Hillary Clinton, su candidata ahora a sucederlo.
Desde hace algún tiempo, Brzezinski no es tan optimista sobre el futuro de Estados Unidos como potencia imperial. Más bien, si en 1997 había pergeñado en El Gran Tablero Mundial (La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos) el modo en que ese imperio debía consolidar su poderío cuando habían pasado casi diez años de la desaparición de su rival de la Guerra Fría, ahora tiene una perspectiva casi opuesta. Lo que no implica que renuncia a mantener una posición hegemónica.
Así, en un artículo para la revista The American Interest que tituló “Hacia un realineamiento global”, Brzezinski reconoce que “los Estados Unidos ya no son una potencia imperial mundial” y prevé que ante esta circunstancia pueda ocurrir un proceso de caos mundial que, considera, debería evitarse por lo riesgoso para el planeta.
«A medida que termina la era de su dominación global, Estados Unidos tiene que tomar la iniciativa en el reajuste de la arquitectura de poder global”, señala el gurú polaco-estadounidense. Su recomendación es hacer las paces con Rusia o con China o con ambos (“incumbe a los Estados Unidos modelar una política en la que al menos uno de los dos estados potencialmente amenazantes se convierta en un socio en la búsqueda de la estabilidad regional y luego global”, escribe), y por lo tanto, involucrarlos para dirigir de alguna manera la cuestión del Medio Oriente y las relaciones con el mundo musulmán, dos conflictos de gravedad extrema hoy día.
Y desde allí reorganizar el mundo de modo de mantener un rol destacado para su patria de adopción.
A unos días de la crucial elección en Estados Unidos, es bueno recordar a este pensador clave en la política imperial, porque sin dudas su palabra indica un rumbo más que probable para la política exterior de quien gane el comicio. Sea quien sea, y a pesar de que el hombre ya anda por los 88 años.
Donald Trump ya dijo que se amigará con la Rusia de Vladimir Putin, aunque muestra cierto resquemor ante la producción industrial china, que se llevó parte de las industrias que se fueron de EEUU. Hillary ya mostró qué es capaz cuando fue secretaria de Estado. Dura y belicosa, pero en aquellos tiempos (2009-2013) entre Obama y Putin había “buenas vibras”.
Obama aparece en estos últimos meses enfrentado tanto a Moscú como a Beijing, pero por debajo de la superficie hay una corriente que en todo tiempo y lugar lleva siempre a lo inevitable. Y la decadencia de Imperio Americano ya no es una sorpresa o una elucubración de la izquierda internacional.
Hasta el gurú más respetado del imperio lo dice, y en el fondo las dos caras que ofrece hoy día el sistema electoral estadounidense, dos figuras de las menos convocantes de la historia, representan seguramente el momento que vive esa nación con la mayor claridad que cualquier elaboración académica.
Tiempo Argentino
(www.tiempoar.com.ar)
Noviembre 4 de 2016
por Alberto López Girondo | Oct 24, 2016 | Sin categoría
Hace un año, cuando Donald Trump era sólo un mediático empresario con muy buenos dotes para la provocación, sorprendió con una frase que si no llegó a preocupar al establishment estadounidense fue sólo porque nadie imaginaba que podría llegar a convertirse en el candidato republicano. «El mundo sería más seguro con (Muahammar) Khadafi y (Saddam) Hussein. Hacer algo similar con Bashar al Assad (es decir, eliminarlo) tendrá las mismas consecuencias para Siria», dijo.
Estos días se realizó el último debate entre los dos aspirantes a la presidencia de Estados Unidos y el polémico Trump volvió a repetir esa sentencia, como lo vino haciendo en los dos ásperos encuentros que había tenido ante las cámaras de tevé con la representante demócrata, Hillary Rodham Clinton.
El punto es clave para entender el eje sobre el que Trump sustenta su oferta electoral: Estados Unidos debe encerrarse en sus fronteras, defender los puestos de trabajo de sus ciudadanos y no malgastar dinero en aventuras militares en el resto de mundo. Para eso, levanta banderas que en 2008 enarboló Barack Obama, al que indirectamente reprocha de haber incumplido con sus promesas de campaña sumergiendo a su país en nuevas encerronas bélicas de las que no se sale tan fácilmente, como muestra su experiencia.
El dato adicional es que la ejecutora de esas políticas intervencionistas es precisamente su contrincante del 8 de noviembre, secretaria de Estado hasta que en febrero de 2013 renunció para luchar por ser la primera mujer en ocupar el Salón Oval. El mismo recinto que disfrutó su marido en los ’90, aunque esa es otra historia.
El discurso y las propuestas de Trump suenan corrosivas si uno se atiene solamente a eso de levantar un muro para que no crucen los mexicanos. Pero resultaría difícil para el que firma no suscribir palabra por palabra esa diatriba contra Rodham Clinton sobre su responsabilidad en los desastres libio y sirio.
Con el agregado que Trump no menciona de que la ex primera dama y ex canciller estadounidense fue responsable de las ofensivas para derrocar en 2009 al presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, y al paraguayo Fernando Lugo en 2012. Y de haber aceitado mediante esos atentados contra la democracia el mecanismo de golpe blando que se aplicó en Brasil hace dos meses contra Dilma Rousseff.
Pensándolo bien, tal vez un muro podría ser una buena forma de poner distancia entre la América Latina y las intentonas intervencionistas de los gobernantes del norte del Río Bravo. Pero tampoco se debería confiar demasiado en esa eventualidad.
Las posibilidades de que Trump triunfe parecen hoy por hoy bien escasas, de acuerdo a las últimas encuestas. Influye para esto el hostigamiento mediático que viene denunciando. No hay medio hegemónico occidental donde no se lo compare con lo peor del género humano. Con razones valederas en el caso de sus rasgos misóginos y sus actitudes impredecibles.
Pero atención, también cabe pensar lo peor de Hillary, con el agregado de que ella ya demostró de lo que es capaz. ¿Sería mejor que estuviera ella en posesión de las claves nucleares?
En todo caso, ¿qué cosa peor le podría ocurrir a la región y el mundo con Trump en la Casa Blanca?
Una más: ¿sería posible pensar que un presidente estadounidense, por díscolo que se muestre en la previa, pueda cambiar la agenda imperial, por más respaldo electoral que logre?
Finalmente, después de Obama, ¿es factible pensar que un candidato cumplirá con sus promesas?
Tiempo Argentino
Octubre 23 de 2016
Comentarios recientes