por Alberto López Girondo | Dic 7, 2025 | Sin categoría
El 7 de septiembre de 1822, Pedro I de Braganza, desde las orillas del río Ypiranga, en San Pablo, anuncia la creación (independencia) del Imperio de Brasil. Hasta ese momento, el inmenso territorio formaba parte del Imperio de Portugal, y el emperador era Juan de Braganza, su padre, que había huido de las tropas napoleónicas a Río de Janeiro y debió volver a las apuradas para no ser destronado en Lisboa.
En enero de ese año, el ministro de Asuntos Extranjeros del Imperio, José Bonifacio, había pergeñado la idea de construir una Federación de Brasil y las Provincias Unidas, que no prosperó ni en Rio ni en Buenos Aires. Tropas brasileñas ocupaban desde 1817 la Provincia Cisplatina, como llamaban a la Banda Oriental, y estallaron hostilidades entre los militares que pretendían seguir al mando de Juan y los que se integraron al Imperio de Pedro. Los orientales miraban a Buenos Aires, pero Bernardino Rivadavia mandó a decir al Cabildo de Montevideo que “no podía comprometer su dignidad ni el orden público iniciando una contienda con un poder vecino”. El encargado de negocios de los Estados Unidos, John Murray Forbes, le orejeó las cartas y escribió al secretario de Estado, John Quincy Adams, que “por el tono de desafío de este Gobierno se diría que estamos ante hostilidades inminentes, pero la verdad es que ese tono se adoptó simplemente para gozar de alguna popularidad (…) La gran carnada (…) es una guerra con Portugal, para reconquistar la Banda Oriental”. Ese Quincy Adams fue el que dos años antes había diseñado la llamada Doctrina Monroe, por el presidente que la proclamó.
En 1824 se había decidido la suerte de América en la batalla de Ayacucho, y desde Buenos Aires Manuel Dorrego apostaba a que las tropas multinacionales de Bolívar continuaran su cruzada libertadora hasta Río de Janeiro. Tampoco prosperó.
Así llegamos a ese dramático 1825. El 23 de enero los diputados aprobaron de manera unánime que el manejo de las relaciones exteriores de las Provincias Unidas estuviera en manos del gobierno de Buenos Aires. El 28 de enero era asesinado en Lima Bernardo de Monteagudo. Bolívar calculó que iban a por él y acusó a esbirros de la Santa Alianza, esa entente de monárquicos reaccionarios vueltos al poder a la caída de Napoleón. El caraqueño intenta hacer un Congreso Panamericano para organizar y unificar las colonias democráticamente. Lo acusan de tirano. El 28 de marzo, la Junta de Gobierno del Mato Grosso acepta el pedido de anexión al Imperio de Chiquitos, en el Alto Perú y los adelantados brasileños ocupan Moxos, la otra provincia jesuítica.
Para entonces, el mariscal Antonio José de Sucre convoca a una asamblea en Chuquisaca para decidir qué se hará con esos territorios tan alejados de la capital virreinal. Bolívar le pide informar a los porteños, que el 9 de mayo responden que hagan lo que les parezca. El 6 de agosto se decreta la independencia de la nueva República, Bolivia, en honor al Libertador.
En el puerto de Santa María de los Buenos Aires, en tanto, un grupo de nacionales de ambas orillas, conocido con el masónico apelativo de “Los 33 Orientales”, harto de promesas y esquives oficiales, había decidido encarar por las suyas la expulsión de los brasileños de la otra orilla. Estaba a la cabeza Juan Antonio Lavalleja de la Torre. Cruzaron desde San Isidro y Quilmes y el 25 de agosto, el Congreso instaurado en San Fernando de La Florida declara la independencia oriental de toda dominación brasileña y pide la reincorporación a las Provincias Unidas. El 29 de agosto Portugal reconoce la independencia del Imperio de Brasil, una deuda pendiente entre padre e hijo.
El 10 de diciembre de 1825, Pedro Il declara la guerra a las Provincias Unidas y el 22 de diciembre ordenó el bloqueo del puerto de Buenos Aires. El 1 de enero de 1826 el gobierno de la incipiente nación declara la guerra al Imperio de Brasil y otorga patente de corso para combatir las naves que comerciaban desde todas las costas de ese país. Fue el inicio de una sangrienta contienda que terminaría tres años después con el triunfo en los campos de batallas de las tropas rioplatenses, la derrota en la mesa de negociaciones encaradas por Manuel José García y la independencia de la República Oriental del Uruguay.
El resto es otra historia que continúa hasta estos días, con acercamientos virtuosos y divergencias calamitosas -como la actual- entre las dos naciones más grandes de la América del Sur.
Tiempo Argentino, 7 de Diciembre de 2025
por Alberto López Girondo | Nov 2, 2025 | Sin categoría
El domingo pasado, el presidente Lula da Silva se repantigó en un sillón frente a Donald Trump en un aparte de la Cumbre del grupo ASEAN en Kuala Lumpur y mostró a un líder que habla de tu a tu al líder de la principal potencia de occidente. La tirria del empresario inmobiliario contra el tornero mecánico era evidente. Por su encono a todo lo que suene a izquierdista y que le pueda hacer sombra. Pero básicamente porque si hay dos personajes más opuestos en el mundo son ellos.
Uno, heredero díscolo de una fortuna, que siempre se codeó con lo más granado de la sociedad y recorrió sus caminos de degradación. Un cheto, bah. El otro, hijo de la pobreza nordestina emigrado a San Pablo junto con su madre y sus seis hermanos en un desvencijado camión desde Caetés a Guarujá, va por su tercer mandato y se postula a un cuarto período. Un laburante, digamos, que justo el lunes cumplía 80 años. El martes, las favelas Penha y Alemão se vestían de sangre y horror en una nueva “chacina” como se dice en portugués. Mismo origen etimológico que “chacinado”, para ser más preciso.
En esta ojeriza hay dos componentes cruciales. Lula es la contracara del ultraderechista Jair Bolsonaro, pero además es un grano en las posaderas para recomponer el patio trasero con el que soñaba James Monroe y que trastabilló hace justo 20 años cuando junto con un grupo de lideres regionales le dijeron No al Alca.
Trump tuvo que reconocer el jueves en Corea del Sur, ante Xi Jinping, que el mundo ya no es unipolar y hay otro que tiene con qué. El argumento para aplicar sanciones a China era el tráfico de fentanilo, pero todos saben que el tema es otro. Con Brasil, al principio era salvar al expresidente amigo, pero la excusa del narcotráfico sirve más a los intereses de la Casa Blanca.
Así lo entendió el secretario de Seguridad Pública de Río de Janeiro, Victor Santos, quien entregó a las autoridades estadounidenses un informe policial con el objetivo de que se inscriba a los grupos como el PCC y Comando Vermelhjo como organizaciones terroristas. Música para los oídos de Marco Rubio, que impulsa la ordalía de ataques a supuestas “narcolanchas” en el Caribe y elevó la presión contra Nicolás Maduro y la cúpula chavista, a las que se acusa de liderar el supuesto Cartel de los soles. En la volteada cayó también el colombiano Gustavo Petro, más que nada por haber denunciado que la ofensiva esconde la avidez por el petróleo y otros minerales venezolanos.
Brasil tiene otro aditamento: es socio fundador del grupo BRICS. El Operativo Contención en las favelas es en realidad la estrategia para contener, para pegarle debajo de la línea de flotación, al Brasil de Lula. ¿Cuánto pasará hasta que Brasil también se denomine narcoestado, como piden los bolsonaristas?
En 1994, un asesor de Richard Nixon, John Ehrlichman, que terminó enchastrado por el escándalo Watergate, reveló en una entrevista con Dan Baum, de Harper’s Magazine, que el republicano tenía dos enemigos en la campaña de 1968, “la izquierda pacifista y la población negra”.
“Sabíamos que no podíamos ilegalizar la oposición a la guerra ni la raza, pero al lograr que el público asociara a los hippies con la marihuana y a los negros con la heroína, y luego criminalizar ambas sustancias, podíamos desarticular esas comunidades”. Así explica la guerra contra las drogas que desató Nixon en 1971 y que tanto le atrae ahora a Trump y a sus adláteres.
Tiempo Argentino, 2 de Noviembre de 2025
por Alberto López Girondo | Nov 2, 2025 | Sin categoría
Brasil es grande incluso en masacres cometidas por fuerzas policiales y de seguridad. Y a su manera sigue el lema positivista de su bandera: Orden y progreso. Aunque ese orden tenga tanto de inexplicable caos. No es de ahora que el horror por lo ocurrido en las favelas de Penha y Alemão estremece y remite a las organizaciones que fueron creciendo desde hace décadas en sus cárceles más feroces.
Por estos días se recordó una matanza reflejada en una tremenda película de Héctor Babenco, Carandirú, de octubre de 1992, en la Casa de Detenção, el nombre oficial del penal paulista. En esa matanza -111 presos desarmados asesinados sin misericordia- está el origen del Primer Comando Capital (PCC), como agrupación contra el maltrato, en agosto de 1993. Esto que se decía de Orden puede verse en el Estatuto del PCC, una suerte de Constitución de una de las bandas “fuera de la ley” que se mantienen en Brasil como parte de la organización nacional.
Cuentan las historias carcelarias que Mizael Aparecido da Silva sabia que para poder defenderse de la barbarie carcelaria no sólo había que estar unidos, sino que había que tener códigos estrictos. De miembros de la Camorra habría aprendido que la primera ley debe ser la fidelidad. Así, el primero de los 16 artículos dice: “Lealtad, respeto y solidaridad por encima de todo al Partido”.
Vale la pena leer el corpus elaborado a fines de 1992, cuando Mizael estaba preso en Taubaté, San Pablo. El pobre idealista fue asesinado por otros presos, encabezados por Ricardo Alexandre Lúcio, Gordo, en febrero de 2002. Triste fin para el hombre que había escrito como artículo 9º: “El partido no tolera las mentiras, la traición, la envidia, la avaricia, la calumnia, el egoísmo ni el interés personal, sino más bien: la verdad, la lealtad, la integridad, la solidaridad y el bien común, porque somos uno para todos y todos para uno”.
Un dato interesante de estos pasos iniciales del PCC es que el Fiscal General de San Pablo en octubre de 1992 era Michel Temer, luego secretario de Seguridad de ese Estado y con los años vicepresidente de Dilma Rousseff y protagonista en agosto de 2016 del golpe institucional que lo depositó en el Planalto. WikiLeaks había revelado que Temer era informante de la CIA.
En 2006 hubo otra matanza también en San Pablo. Fue cuando las autoridades decidieron el traslado de centenares de presos a la cárcel de Presidente Bernardes, a 589 kilómetros de la ciudad, donde también había estado un capo de Comando Vermelho, ahora en boga por esta nueva “chacina”. Entre los trasladados estaba Marcos Willians Herbas Camacho, Marcola, uno de los líderes del PCC. Hubo un levantamiento generalizado en la ciudad y al cabo de varios días habían quedado unos 150 cadáveres. Se había cumplido el artículo 9º, que los que estaban afuera debían ayudar a los de adentro. El traslado era visto como una violación de los Derechos Humanos del recluso.
En un artículo de junio de 2006 para la revista Acción, del IMFC, el autor de esta nota escribió algo que guarda actualidad sobre el origen de esa organización que logró vencer al tiempo: “Corría el año 1969 y para imponer su rigor contra las agrupaciones revolucionarias de izquierda, la dictadura militar no tuvo mejor idea que equiparar la protesta política con el delito liso y llano mediante la Ley de Seguridad Interior. En consecuencia, los militantes sociales fueron alojados junto a detenidos comunes para rebajarles la moral y someterlos a la misma degradación que a los delincuentes ordinarios. (…) Pero la condena resultó al revés de lo previsto. Y los reclusos por delitos “civiles” aprendieron lo que era la solidaridad, la disciplina, la mística y la fe revolucionaria de los que habían sido arrestados por sus ideas. También tuvieron verdaderas lecciones de economía política y tácticas de guerra urbana. Se dice que algunos de aquellos aprendices alojados en la Galería B del presidio de Ilha Grande, más conocido como “La caldera del diablo”, comenzaron a reclamar por sus derechos y formaron el Comando Vermelho. El éxito de esta organización en sus inicios, según cuentan los reclusos con más memoria, fue que logró unificar la lucha contra los abusos de las autoridades penitenciaras al tiempo que puso un freno a los ataques, violaciones y robos entre detenidos”.
Tiempo Argentino, 2 de Noviembre de 2025
por Alberto López Girondo | Oct 19, 2025 | Sin categoría
La visita de Javier Milei a la Casa Blanca dejó la vergonzosa sensación de que el país está en manos de un grupo de enajenados dispuesto a entregar el país por un puñado de dólares para aguantar hasta el 26-O y que el diablo nos lleve. O, peor aún, que todo sí está saliendo de acuerdo al plan, pero que el plan siempre fue convertir a la Argentina en un protectorado. Y que cada paso no fuera otra cosa que la consecuencia de un plan fríamente calculado para el coloniaje, como de alguna manera deslizó Carlos Heller, diputado y columnista de este diario.
En cualquier caso, no habría que caratular al presidente como un loquito suelto. Como se dice en Hamlet, hay método en esa locura. Un método nocivo para el país, pero método al fin.
A poco de aterrizar, entrevistado por Eduardo Feinmann en el canal A24, el mandatario explicó lo que entiende por estrategia geopolítica.
“Dije (en la campaña) que iba a ser aliado de EE UU y de Israel y eso hice”.
“Somos un aliado incondicional de EE UU, es una cuestión de ordenamiento geopolítico”.
“Trump vino a poner en orden una cosa que estaba totalmente desequilibrada”.
“Ese mundo va a tener bloques. Un bloque es el que está alineado con EE UU, otro va a estar alineado con China y el otro con Rusia”.
“Los aliados son esos con los que usted sabe que va a contar siempre. Ellos deciden quiénes son sus aliados. Esa es la parte que ellos (los críticos) no entienden”.
Ahora vayamos a lo finito: esa es la geopolítica de Trump y explica cómo se mueve el presidente estadounidense, pero no implica que sea un análisis certero ni mucho menos adecuado para nuestro país. El empresario inmobiliario busca romper la alianza que sellaron Vladimir Putin y Xi Jinping y Beijing el 5 de febrero de 2022 en los juegos Olímpicos de Invierno de Bejing, 19 días antes del inicio de la operación militar en Ucrania. Si no impedir la sociedad de Rusia-China fue un error de Joe Biden, como cuestiona Trump, su voluntad no será suficiente. Sobre todo porque los estadounidenses no se caracterizan por cumplir los acuerdos que firma. Sino jamás se hubiese llegado a esta guerra.
La otra parte de la geopolítica de Milei es su férrea amalgama con el pensamiento de los paleolibertarios argentinos, que se disemina desde el patriarca de los Benegas Lynch, el primer Alberto, que trajo al país las ideas de la Escuela austríaca. Ese ALB es abuelo de Berty y padre del fundador de la ESEADE, la «academia» que le otorgó el título honorífico del que el presidente quiere jactarse como si hubiera sido fruto de una sesuda tesis de investigación.
Ese espacio considera que los militares de los ’40, con Perón a la cabeza, eran pro nazis y en lugar de hacer como Brasil, que envió tropas a favor de los aliados, esperó hasta lo último para declarar la guerra a Alemania. Así explican que Brasil despegó por el apoyo estadounidense. Que claro que existió.
Esos paleolibertarios están convencidos de que ese pecado capital impidió que Argentina fuera como Australia o Canadá. Pero que no digan que no se intentó: el tratado Roca-Runciman de 1933 convirtió al país, como dijo el entonces vicepresidente, Julio Argentino Roca hijo, “desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico». La dictadura también lo intentó, enviando expertos en aberraciones a hacer el trabajo sucio por EE UU en sus guerras contrarrevolucionarias en Centroamérica. ¿Se acuerdan cómo terminó la historia en Malvinas?
Tiempo Argentino, 19 de Octubre de 2025
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