por Alberto López Girondo | Ago 1, 2010 | Sin categoría
‘Quiero que la gente vea la verdad’, dijo el joven analista de inteligencia al famoso hacker, que lo delató al Ejército. Había copiado centenares de miles de documentos sobre la guerra desde Irak. Estuvo preso en Kuwait.
El muchacho se presentó ese verano de 1969 en el aula magna del Haverford College, de Filadelfia, atestada de pelilargos indignados por el curso de una guerra que había definitivamente dividido a la población de los Estados Unidos y despertaba protestas en todo el planeta.
“Mi nombre es Randy Kehler, soy graduado de la Universidad de Harvard –dijo el joven, de 25 años recién cumplidos–. Mi país depende de que personas como yo se conviertan en dirigentes de empresas, que sirvan en oficinas públicas. Mi país depende de que lo dirijan personas como yo.” En el auditorio, entre los estudiantes rebeldes, había un correcto funcionario del gobierno federal, de 38 años, atravesado por una duda existencial.
“Lucho por causas justas –continuaba Kehler–, y no creo que nuestra causa en Vietnam sea una de ellas. Por eso no iré a pelear allá. Soy americano y me niego a servir en otro país para defender intereses personales. Dentro de unos días iré a prisión. Creo que la mejor manera, la única manera de luchar, es sacrificándome.”
Daniel Ellsberg, analista de la Rand Corporation que trabajaba para el Departamento de Estado se revolvía en la grada, junto a cientos de jóvenes que buscaban la forma de combatir lo que entendían como una barbarie. Ellsberg también era un brillante egresado de Harvard, y estaba en las filas de Robert McNamara, quien de la Ford Motor Company pasó a la Secretaría de Defensa durante los años más dramáticos de Vietnam, y luego sería director del Banco Mundial.
Kehler era lo que se llama un objetor de conciencia. Como Muhammad Alí, ese extraordinario boxeador de peso completo nacido Cassius Marcellus Clay que en la plenitud de su carrera había tomado dos decisiones fundamentales: se convirtió al islamismo y se negó a hacer el servicio militar en Vietnam. “No tengo ningún conflicto con el Vietcong, nunca un Vietcong me insultó llamándome niger”, decía. Alí fue despojado de su título mundial, y durante cuatro años no pudo boxear porque le retiraron la licencia.
Hay una larga tradición en los Estados Unidos en torno a la objeción de conciencia que encuentra un gran exponente en otro egresado de Harvard, Henry David Thoreau. Escritor y filósofo, en 1849 se negó a pagar impuestos porque se oponía a la guerra contra México y a la esclavitud, por lo que pasó una temporadita entre rejas. Sus ideas están volcadas en La desobediencia civil.
“Cuando salga de la prisión –adivinaba Kehler desde el estrado del Haverford– quedaré marcado. Nunca seré un ejecutivo. Nunca podré servir en una oficina pública. Nunca más seré confiable para muchos. Esa marca quedará en mí… pero la llevaré con orgullo.” Era el tipo de discurso que necesitaba Ellsberg para decidirse a fotocopiar los cerca de 7000 documentos sobre Vietnam que había atesorado en su oficina. Algunos de esos expedientes los había elaborado personalmente, ya que para tener información de primera mano se había internado por meses en las selvas del Extremo Oriente con las tropas de su país.
Ellsberg era un patriota y quería saber en qué se estaban equivocando, por qué razones estaban empantanados en una guerra que creía necesaria en favor de la libertad, la democracia y la civilización. “En Vietnam no estamos del lado equivocado. Somos el lado equivocado”, descubrió amargamente. Y eso pretendió explicar en despachos de funcionarios de alto rango de la administración central y de legisladores en el Capitolio. Pero la realidad le demostró que, si quería cambiar las cosas, debería hacer circular esa información ante el público. La sociedad tenía que saber por qué morían de a miles los hijos de su país y en qué se dilapidaban los fondos públicos.
Corría el año 1971 cuando Daniel Ellsberg envió el material a The New York Times y al Washington Post. Que los dieron a conocer como “Los papeles del Pentágono”. Fue a prisión, por traición a la patria. El gobierno de Richard Nixon demandó a los diarios, que lograron un fallo de la Corte Suprema a favor de la libertad de prensa que se usa como jurisprudencia en varios países del mundo.
Nixon no era precisamente una hermana carmelita. Lo corroboró por esos meses, cuando un grupo de “plomeros” instaló micrófonos para espiar la convención demócrata en el Hotel Watergate, donde se elegiría al candidato para las presidenciales de ese año. Investigando el caso, dos curiosos periodistas del Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, se toparon con información que les pasaba un misterioso personaje que les hizo jurar a rajatabla que mantendrían su anonimato.
El informante, bautizado “Garganta Profunda”, en alusión a una famosa película pornográfica de la época, les fue dando las pistas que permitieron recomponer la maniobra de espionaje, y sobre todo la responsabilidad presidencial. Nixon tuvo que renunciar en medio del escándalo, en 1974. La fuente anónima había sido William Mark Felt, número dos del FBI al momento del escándalo Watergate. Lo confirmaron luego de que el propio Felt se diera a conocer en 2008, cuando le quedaban pocos meses de vida.
En estas tierras también hubo personajes dispuestos a todo en defensa de causas justas. Tal vez el más emblemático sea el coronel Felipe Varela, catamarqueño de Valle Viejo, que se plantó contra el gobierno porteño para oponerse a la guerra contra el Paraguay. No tuvo empacho, Varela, en vender sus propiedades y ponerse al frente de un sentimiento popular muy arraigado. La de la Triple Infamia era una guerra de Mitre, el imperio brasileño y los comerciantes británicos contra los pueblos rioplatenses. Un genocidio.
“¡Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón, sin conciencia!… ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo los mercaderes de los cruces de Uruguaiana, a precio de oro, de lágrimas y de sangre argentina y oriental!…¡ Abajo esta guerra premeditada, guerra estudiada, guerra ambiciosa de dominio, contraria a los santos principios de la Unión Americana, cuya base fundamental es la conservación incólume de la soberanía de cada República!”, escribió Varela en el Manifiesto a los Pueblos Americanos.
El mismo espíritu es el que animó ese milico que, en medio de una partida, descubrió que el gaucho al que intentaban reducir no merecía morir ante esos soldados del gobierno. “¡Cruz no consiente / que se cometa el delito / de matar ansí un valiente!”, dice el verso del Martín Fierro. Jorge Luis Borges, en su biografía apócrifa de Isidoro Tadeo Cruz, reflexiona: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.”
Ese momento le llegó hace unos meses a Bradley Manning, un analista de inteligencia de la Segunda Brigada de la Décima División del Montaña del Ejército de los Estados Unidos apostada en Irak, de apenas 22 años. El chico conoce todos los secretos de la tecnología web, estaba en contacto con información privilegiada y admiraba a Adrián Lamo, un hacker condenado por violar los sistemas informáticos de Microsoft, The New York Times y Yahoo.
En un correo electrónico le describió su conmoción al ver de qué modo la policía iraquí detenía a un grupo de personas que imprimían panfletos que catalogaban de antipatrióticos. “Después de eso… vi las cosas de manera diferente. Estaba activamente implicado en algo con lo que estaba totalmente en contra”, escribió, según la agencia AP.
“Si tuvieses acceso a redes clasificadas 14 horas al día y siete días a la semana durante más de ocho meses, ¿Qué harías?”, quiso saber en otro mail. Y mientras escuchaba a Lady Gaga, copió centenares de miles de expedientes y videos que mandó a Wikileaks, el sitio creado por Julian Assange. “Quiero que la gente vea la verdad”, se justificó ante Lamo. Pero el hacker lo delató al ejército.
Manning fue arrestado en mayo pasado, luego de que circulara un video llamado Daño colateral, donde se muestra un ataque desde un helicóptero estadounidense en Bagdad, en julio de 2007, en que fueron masacrados desde el aire una docena de civiles, entre ellos dos periodistas de Reuters.
El Pentágono dice que Mannig fue el responsable de la filtración de 92 mil documentos sobre la Guerra de Afganistán que aparecieron en la Web. Hace dos meses fue detenido y estuvo preso en un centro de detención de Kuwait. El viernes lo trasladaron a Virginia. La única imagen que se conoce de él es una con boina militar y sonrisa de niño recién salido del secundario.
Tiempo Argentino, 1 de Agosto de 2010
por Alberto López Girondo | Ago 1, 2010 | Sin categoría
La imagen de los presidentes de Rusia y Estados Unidos, comiendo una grasosa hamburguesa en el restaurante Ray’s Hell Burger como dos colegiales que faltaron a clases, tal vez quería mostrar el nuevo clima entre los dos países que años ha podrían haber llevado al mundo a una guerra nuclear. Cuando Washington y Moscú eran sede de dos grandes potencias y tenían cada una a medio mundo bajo su influjo. Esa escapada era, supusieron los medios, una forma de mostrar de qué modo cambió todo desde la caída del muro de Berlín y cómo los últimos acuerdos en el ámbito nuclear se extendían a otros espacios políticos comunes.
Con lo que viene sucediendo desde entonces en el círculo del espionaje de ambas naciones, podría interpretarse que el Ray’s era el único sitio donde Dmitri Anatólievich Medvedev y Barack Hussein Obama II podrían confiarse algún secreto sin la incómoda presencia de micrófonos ocultos como los que seguramente pululan por los despachos oficiales.
Porque, es bueno recordarlo, no habían aún digerido la comida cuando el FBI anunció, con bombos y platillos, que se había desarticulado una amplia red de espías al servicio de Rusia que operaba en Estados Unidos desde hacía una dos décadas.
Entre la decena de presuntos agentes había una periodista peruana, Vicki Peláez, que durante años publicó una columna en un diario anticastrista de Miami; su marido, un fotógrafo que se hacía llamar Juan Lázaro, y una Mara Hari que según parece operaba en Gran Bretaña, Anya Kushchenko, más conocida como Anna Chapman, de insinuantes curvas y se dice que varios protagónicos en películas porno en su haber.
Voceros rusos salieron enseguida a comentar que había «muchas contradicciones» en las informaciones sobre la detención de los espías del SVR, el Servicio Ruso de Inteligencia Exterior. «El momento en el que se hizo fue elegido con especial delicadeza», deslizaron. Y por supuesto, como se usa en los protocolos diplomáticos, el Kremlin pidió explicaciones a la Casa Blanca. Pero todo se resolvió sospechosamente rápido. Los detenidos se reconocieron culpables ante la jueza federal Kimba Wood. Y a la semana fueron intercambiados por Igor Sutiagin y Seguei Skripa, que espiaban para EE.UU. y Gran Bretaña desde Rusia.
El operativo de canje fue armado como para Hollywood: en la mañana del 9 de julio un avión Jakolev Jak-42 blanco con bandera rusa descendía sobre Viena-Schwechat, el aeropuerto de la capital austríaca. No habrá sido casual la elección del lugar, ya que operan allí unos 3.000 agentes internacionales, dedicados al espionaje económico, científico, técnico y está la sede del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Después de la nave rusa bajó un chárter de la empresa Vision Airlines. Quedó bastante disimulada la escena de la permuta, pero es fácil imaginarla.
Megacanje
Los personajes implicados en la operación de megacanje fueron el director de la oficina que reveló el caso, y el titular de la CIA, la agencia que encabezó el canje. Robert Mueller ocupa su cargo en la FBI desde exactamente una semana antes del 11 de setiembre de 2001. Fue nombrado por George W. Bush luego de la renuncia del anterior jefe del espionaje interior, Louis Feeh, envuelto en el escándalo de Robert Philip Hanssen, un agente que había espiado para Moscú durante más de 20 años.
Leon Edward Panetta, en cambio, llegó a la CIA de la mano de Obama. Es un viejo militante demócrata sin experiencia previa en el mundo de la vigilancia. Fue una propuesta pensada para lavar la imagen de la agencia de espionaje más cuestionada.
Diez días más tarde, el diario The Washington Post comenzó la publicación de un extenso y profundo trabajo de investigación sobre las agencias secretas que operan en Estados Unidos. Se trata de una monumental pesquisa que demandó dos años
–o sea, desde que Obama se mostró como seria opción de poder en reemplazo de Bush– y ocupó a un equipo de 17 periodistas, diseñadores y fotógrafos.
Los datos más concluyentes de ese trabajo del matutino más cercano a los demócratas –conocido porque en los 70 publicó la trama de «Watergate» que volteó al gobierno del republicano Richard Nixon– muestran que desde ese fatídico 11 de setiembre de 2001, los servicios secretos se incrementaron hasta tal punto que actualmente hay 1.271 organizaciones gubernamentales y 1.931 compañías privadas relacionadas con el contraterrorismo, la seguridad interior y la inteligencia, que se extienden en unas 10.000 locaciones a lo largo de todo el país y que ocupan nada menos que a 854.000 espías.
Estas cifras muestran un universo de intereses impresionante, comparable al lobby bélico y militar sobre el que hace décadas alertaba el ex presidente Dwight Eisenhower, que podrían explicar en parte los hechos ocurridos desde aquella inocente hamburguesa presidencial.
El minucioso informe firmado por los periodistas Dana Priest y William Arkin, puede consultarse en (http://projects.washingtonpost.com/top-secret-america/). Allí se muestra que muchas de las oficinas superponen esfuerzos y están fuera de todo tipo de control estatal. Peor aún, que trabajan fuera de los códigos éticos o políticos que pretenda dictarle cualquier gobierno.
Un mapa incluye la ubicación de 786 sitios donde el Departamento de Defensa desarrolla tareas de inteligencia en todas sus particularidades (desde operaciones especiales hasta acciones psicológicas). Del total, 535 pertenecen al Departamento de Seguridad Nacional y 449 de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI). Además, hay 234 que dependen del Departamento de Justicia, 92 de la Dirección de Control de Drogas, 36 de la Agencia Central de Inteligencia, 34 de otras agencias civiles relacionadas con la «seguridad nacional» y 20 de la NSA, la Agencia Nacional de Seguridad, un departamento clave que concentra su actividad en el espionaje electrónico.
La base de la NSA está en Fort Meade, Maryland, considerada por el Post como «la capital de EE.UU. secreto». El diario señala que allí se desarrolla una tarea discreta, pero que tiene impacto en la sociedad. Cómo será de discreta que, dice el informe, «la mayoría de la gente no se da cuenta de que se aproxima, por ejemplo, al epicentro de Fort Meade, puesto que el sistema de orientación satelital (GPS) en sus automóviles empieza a dar direcciones incorrectas que atrapan al conductor, porque el gobierno interfiere con todas las señales», agrega.
La cuestión más peligrosa en términos de ciudadanía, sin embargo, es la cantidad de compañías privadas que tienen conchabo en el área del espionaje estadounidense. Y de personal contratado, casi un tercio del total. Unos 265.000 contratistas que, para las autoridades, representan un peligro ya que «son gente que trabaja sólo por la paga y no por vocación patriótica», corrobora el secretario de defensa Robert Gates.
El director de la CIA, Leon Panetta, declaró que trabajan en un plan de cinco años para reducir costos en ese rubro. Pero que aún dependen de los contratistas para hacer muchas tareas de inteligencia.
Algo importante parece estar ocurriendo en el secreto mundo de los agentes secretos. El caso es cómo seguirá esta historia.
Revista Acción, 1 de Agosto de 2010
por Alberto López Girondo | Jul 25, 2010 | Sin categoría
La escalada de Uribe tiene hondas razones ideológicas y estratégicas. Pero también puede entenderse como una forma de crear razones para tranquilizar a los accionistas de un puñado de empresas privadas.
Las relaciones entre Colombia y Venezuela no eran una maravilla este jueves, cuando Hugo Chávez aprovechó la visita de Diego Maradona para anunciar la ruptura de relaciones diplomáticas. Ni lo habían sido días antes, cuando Álvaro Uribe prometió presentar pruebas de que en territorio venezolano reciben apoyo y protección efectivos de las FARC y el ELN, las dos organizaciones guerrilleras colombianas. De hecho, los presidentes se habían enfrentado el año pasado, cuando Uribe firmó la extensión de los acuerdos militares con los Estados Unidos, que implicaron la creación de siete bases militares en territorio colombiano. Lo que puede asegurarse ahora es que la llegada del nuevo gobierno de Juan Manuel Santos quedará fuertemente condicionada por lo que la mayoría de los medios tradicionales prefieren tomar como bravuconadas de Chávez y Uribe de cara a sus propios frentes internos.
Santos fue el ministro de Defensa que ordenó el ataque sobre territorio ecuatoriano en 2008, donde fue muerto el número 2 de las FARC, Raúl Reyes, junto con otras 16 personas. Desde entonces las relaciones con Ecuador también estaban rotas y Santos es investigado en relación con aquella incursión armada. Las tres son naciones bicentenarias surgidas bajo el influjo de Simón Bolívar, que comparten –con detalles– la bandera bolivariana y que alguna vez conformaron el intento de una gran nación construida sobre la base del virreinato de Nueva Granada. Naciones con las que Santos se comprometió a una política de buena vecindad.
Las relaciones de Colombia y los Estados Unidos no debieran ser precisamente amistosas, si se recuerda que Washington promovió la independencia de la provincia de Panamá porque no logró que el gobierno colombiano del 1900 aprobara que tropas estadounidenses vigilaran el flamante Canal. Sin embargo, por lo menos desde 1952 los lazos con la clase dominante colombiana se fueron estrechando y, desde 1974 –con el argumento de la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla– culminaron en pactos militares.
En 1998, cuando faltaban pocos meses para que el canal fuera devuelto a los panameños tras los acuerdos Torrijos-Carter, el ex presidente Andrés Pastrana anunció el Plan Colombia, “un programa de desarrollo económico sin drogas”. La conducción estratégica de las fuerzas militares estadounidenses sabía que ya no habría espacio para nuevas camadas de militares formados en la Escuela de las Américas de Panamá, y Colombia ofrecía todos los condimentos para ser su avanzada en la región. Por la mezcla de fuerzas insurgentes y producción de narcóticos que sólo podrían verse en Afganistán o el Extremo Oriente, entre otras explicaciones.
La violencia se potenció de tal manera desde entonces –sin entrar en demasiados detalles bastante conocidos que involucran a tropas regulares, paramilitares, mercenarios, cárteles y narcotraficantes– que según la ACNUR, la organización de la ONU que atiende a los refugiados, desde 2004 el número de desplazados internos se incrementa en 250 mil personas por año hasta superar actualmente los tres millones, y los refugiados sobrepasan los 650 mil personas, sobre todo en Ecuador y Venezuela, por la obvia cercanía fronteriza.
Hasta el 11 de septiembre de 2001, las guerrillas colombianas eran catalogadas por el Departamento de Estado como “fuerzas políticas beligerantes”. Desde entonces están en el rango de “organizaciones terroristas”. Y a medida que en los Estados Unidos se fueron incrementando los presupuestos para la lucha contra el terrorismo en todo el mundo, también fue aumentando la injerencia de los civiles contratados por Washintgon, no sólo como fuerzas armadas sino como servicios de espionaje.
Para 2002, se modificó una cláusula del convenio original que permite el ingreso de “subcontratistas” de seguridad sin límite. Esa es figura legal para los mercenarios y agentes civiles con permiso y protección de las leyes estadounidenses que actúan en este país sudamericano.
Entre los contratados figura personal de compañías como DynCorp y XE, la antigua Blackwater, la más grande empresa de seguridad global privada, con ingresos de unos 1000 millones de dólares al año y 40 mil empleados, la mayor parte de ellos en Irak y Afganistán. Estos contractors son conchabados por el Departamento de Estado, el Pentágono o la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo.
El diario The Washington Post publicó durante tres días un profuso informe denominado “EE UU secreto”. Es una investigación sobre el mundillo de las agencias de inteligencia. Durante dos años, un equipo de unas 17 personas al mando de Dana Priest y William Arkin fue desmenuzando un conglomerado que, según publicaron en el tal vez más influyente diario de los Estados Unidos, desde los atentados a las Torres Gemelas creció hasta ocupar hoy a 854 mil agentes. Son pocas las ciudades argentinas que llegan a esa población (Buenos Aires, Córdoba y Rosario). De esa cifra, 265 mil son contratados y pertenecen a las 1931 empresas privadas del rubro, que compiten con 1271 organizaciones gubernamentales.
“La floreciente industria de la inteligencia corporativa se lleva a los trabajadores más calificados del gobierno con mejores salarios y bonificaciones. Los contratistas pueden ofrecer el doble de dinero a empleados experimentados del gobierno federal”, dice el Post. “Los contratistas componen el 29% de la fuerza de trabajo en las agencias de inteligencia, pero cuestan el equivalente del 49% de su presupuesto de personal”, concluye el matutino. Al mismo tiempo, se multiplicaron los edificios donde se realizan tareas secretas y se desarrolló toda una industria para la construcción de salas de seguridad equipadas con alarmas, sistemas de comunicación protegidos y aparatos para la vigilancia que recuerdan en mucho a las películas más imaginativas del género.
No es la primera investigación sobre el tema en los Estados Unidos, aunque sí la primera que aparece en alguno de los medios top. Porque el periodista Jeremy Scahill había investigado sobre Blackwater. Y su colega Tim Shorrock había hecho lo propio en un libro que llamó Spies for Hire (Espías de alquiler).
Precisamente fue Shorrock quien en un reportaje radial se asombró el jueves de que nadie haya protestado antes por lo que estaba ocurriendo. “Las empresas privadas venden acciones en el mercado, se ufanan ante sus inversores de las altas ganancias, tienen edificios lujosos con el logo en la puerta y páginas web donde vuelcan sus logros. Hacen todo a la vista del público”, dijo. Esto es tan así que a principios de este año el fundador de Blackwater, el ex marine Erik Prince, habló efusivamente de sus negocios en una nota de tapa de la revista Vanity Fair, como si fuera un divo.
Durante décadas, la economía de los EE UU funcionó sobre la base de la asignación de recursos del Estado a través de la industria bélica. Los analistas más sensatos venían advirtiendo sobre los riesgos que para la democracia implica este tipo de relación con el aparato industrial militar. Ahora se le agrega esta nueva variable del complejo empresarial del espionaje.
Un complejo de tal magnitud necesita incrementar su tasa de ganancia continuamente, como cualquier empresa privada. Y sus ingresos provienen de la capacidad que puedan ofrecerles a los gobiernos para la resolución de conflictos. Como le pasaría a cualquier sofisticado técnico que vende su mano de obra supercalificada, en la medida en que se solucionan las fallas desaparecería también su posibilidad de conseguir contratos y el negocio se termina.
Son muchos los funcionarios de las áreas de inteligencia de los Estados Unidos que pasaron por la actividad privada y al término de su gestión volvieron a su anterior empleo. Uno diría que son técnicos de los que conviene desconfiar.
La escalada de Uribe tiene hondas razones ideológicas y estratégicas que van más allá de la guerrilla y apuntan directamente al corazón del gobierno chavista. Pero también pueden entenderse como una forma de crear razones para tranquilizar a los accionistas de un puñado de empresas privadas.
Las mismas que acercaron las presuntas pruebas esgrimidas por su embajador en la OEA.
Tiempo Argentino, 25 de Julio de 2010
por Alberto López Girondo | Jul 18, 2010 | Sin categoría
En el origen de la crisis mundial resulta crucial el rol de Goldman Sachs. Un papel oculto por una trama de intereses que supo articular el banco y al que no es ajeno el principal grupo de medios de la Argentina.
Un eufórico José Luis Rodríguez Zapatero recibió el lunes al equipo de “La Furia” en el Palacio de La Moncloa. La primera Copa del Mundo de la historia del balompié español no es poca cosa. Porque si hay algo que caracterizó a los equipos de la Península es la poca fe con que tradicionalmente encararon el certamen de la FIFA. Una escasa confianza que se tradujo en decepción cuando, el mismo día en que Zapatero anunciaba sus drásticos planes de ajuste, la selección debutaba perdiendo con Suiza en Sudáfrica.
España era centro de miradas ajenas, también, porque comenzó a recibir a las primeras tandas de presos liberados por La Habana, lo que habría permitido otro gesto de euforia de Zapatero. Pero coincidía con el debate del estado de la Nación. Y el presidente del gobierno español se las tuvo que ver con un durísimo Mariano Rajoy, el jefe de la oposición derechista, que el miércoles pidió la cabeza del socialista. Sin embargo al otro día M. R. faltó al Parlamento. No fuera cosa de que realmente J. L. R. Z. renuncie y le quede a ellos la papa caliente de la crisis entre los dedos.
Barack Obama, para no ser menos, anunció un triunfo con la aprobación de su ley de reforma financiera, mientras la BP mostraba –también como un éxito– el cierre de la fuga en el pozo petrolero del Golfo de México, muy cerquita de Cuba. La banca Goldman Sachs, mientras tanto, aceptaba pagar una multa de 550 millones de dólares por haber mentido a sus inversores.
Aunque parezca traído de los pelos, hay un eje común que relaciona a todos estos hechos. Y en este eje resulta crucial el rol de la Goldman (“Hombre de oro”, curiosamente). Un papel oculto en las primeras planas por una trama de intereses que supo articular el fondo creado en 1869 en Manhattan, y al que no es ajeno el principal grupo de medios de la Argentina.
Como es conocido, la actual crisis económica explotó a mediados de 2008 en los Estados Unidos, cuando se diluyó la burbuja especulativa armada por un complejo sistema de hipotecas revendidas a inversores del resto del planeta. Una de las primeras víctimas de la onda expansiva fue precisamente España, donde un economista llegó a catalogar a esa crisis como de créditos NINJA (por no income, no jobs, no assets, esto es: “préstamos a gente sin garantía de ingresos, ni trabajo o activos de ninguna índole”).
En el origen de esa ola especulativa estaban varios bancos estrella del universo financiero internacional, como el Lehman Brothers, que quebró en ese otoño boreal. Goldman pudo salvarse gracias al apoyo del entonces presidente George W. Bush y de algunos de sus ex empleados, como Henry Merritt “Hank” Paulson Jr., secretario del Tesoro y miembro del Directorio de Gobernadores del FMI en esa época. Un cargo al que accedió luego de haber sido presidente del directorio y presidente ejecutivo de GS. Curiosamente.
El segundo en caer fue Grecia, que había conseguido ingresar al selecto grupo de países de la zona Euro “por la ventana”, porque nunca se acogió a las estrictas reglas que impone la moneda común europea. El apoyo de la gente de GS le permitió manipular las estadísticas y enmascarar su déficit presupuestario, mediante una complicada y sutil ingeniería. Según destacaba la revista alemana Der Spiegel, “Grecia no ha sido capaz de cumplir nunca con los criterios de Maastricht establecidos en 1999 y para maquillar los datos han llegado a excluir gastos militares o deudas hospitalarias.” GS gestionó la colocación de unos 15 mil millones de dólares en bonos tóxicos griegos y ganó unos 735 millones de euros desde 2002, según datos de Bloomberg.
No es la primera vez que Goldman estaba en el ojo de la tormenta. Un muy lúcido economista keynesiano muerto en 2006 a los 98 años, el canadiense John Kenneth Galbraith, que conoció en forma directa y desmenuzó en varios trabajos la crisis de 1929, escribió alguna vez: “In Goldman Sachs we trust” (“en GS tenemos fe”, en referencia a la confianza en Dios que figura en los billetes estadounidenses). Es que los GS boys habían impulsado sistemas no menos complejos de inversión que mucho contribuyeron para hinchar la burbuja financiera de los años veinte. Las acciones de GS, recuerda Galbraith, se desplomaron de 104 dólares a poco más de 2 en poco tiempo. Pero el banco sobrevivió incólume.
El año pasado, el premio Nobel y profesor de economía en Princeton Paul Krugman escribía para The New York Times: “El papel de Goldman en los EE UU ha sido similar en esta crisis al de otros actores, salvo por una cosa: Goldman no cayó en su propio lazo. Otros bancos invirtieron muchísimo dinero en la misma basura tóxica que vendían a los ciudadanos de a pie. Goldman ganó un montón de dinero vendiendo seguros respaldados por hipotecas de alto riesgo y luego otro montón más vendiendo en descubierto seguros respaldados por hipotecas, justo antes de que su valor se hundiese. Todo esto era perfectamente legal, pero el resultado neto fue que Goldman obtuvo beneficios tomándonos al resto por bobos.”
Cuando la SEC, la Comisión de Valores de Nueva York, decidió investigar el comportamiento de GS, en abril pasado, otra vez Krugman mostró su ingenio. El artículo esa vez se llamó “Looters in Loafers” (saqueadores en mocasines) y en él contaba la anécdota de un estudiante al que un profesor le pidió construyera una frase con la palabra saqueador (con un sinónimo inglés, to sack). “El alumno respondió: ‘Goldman SacKs’”.
“Hay algo muy sospechoso en el hecho de que nadie esté llorando en Wall Street 24 horas después de que Washington aprobó lo que se anuncia como reforma ‘histórica’, para evitar una repetición de las maniobras del sector financiero que derivaron en la peor crisis económica desde la Gran Depresión”, sintetizó. David Brooks, corresponsal del periódico mexicano La Jornada. Esa tímida ley de la que se ufanó Obama el jueves, por ahora es mucho más de lo que se atrevió a hacer la UE.
Ese mismo día, como publicó Tiempo Argentino, la SEC acordó –caballerosa forma de resolver el entuerto– una multa a GS de 550 millones de dólares. La acusación es haber engañado a clientes para invertir en valores que GS apostó a que fracasarían. En la siguiente rueda, las acciones de GS subieron un 3%. Tampoco aquí hubo lágrimas, curiosamente.
El diario Clarín publicó ayer sábado la noticia de la multa. Y dice que eso ocurrió un día después de la reforma, algo falso. Pero tampoco explica allí cuál es su relación con GS.
Unos días antes de que terminara el milenio, con una Argentina sumida en su más profunda crisis económica –de la que el banco no era ajeno, por cierto– el Grupo Clarín salía a la Bolsa de Nueva York en busca de fondos. Lo hizo de la mano de GS y así lo cuenta en su propia página institucional . “El 27 de diciembre de 1999, el Grupo Clarín SA y Goldman Sachs –una de las firmas globales líderes de banca de inversión– suscribieron un acuerdo de asociación, por el cual Goldman Sachs realizó una inversión directa en el Grupo Clarín SA. La operación implicó un aumento de capital de Grupo Clarín SA y la incorporación de Goldman Sachs como socio minoritario del mismo, con una participación del 18% del capital accionario.”
Otra página Web, en este caso de Naciones Unidas , revela que Peter Denis Sutherland, “fue nombrado Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la migración internacional y el desarrollo el 23 de enero de 2006”. Luego, señala algunos datos del CV del irlandés. “Durante su carrera pública ha ocupado los cargos de Fiscal General de Irlanda, Comisario europeo y Director General del GATT y la OMC (…) Actualmente es el Presidente de BP y Goldman Sachs Internacional.” Como broche, acota que Sutherland recibió “numerosas condecoraciones y títulos honoríficos nacionales por su labor en materia de interdependencia regional y mundial”. El hombre también es consejero financiero del Vaticano.
Una carrera impecable, sin dudas.
Tiempo Argentino, 18 de Julio de 2010
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