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Las madres de Obama

Las madres de Obama

Si es verdad que una imagen vale por mil palabras, también lo es que algunas imágenes muestran mucho más de lo que los ojos dejan ver.

En la foto que ilustra esta página aparece la familia de sangre de Barack Hussein Obama II, el 44º presidente de los Estados Unidos. Y fue obtenida mediante una gestión del Centro de Estudios Americanos. Era la mejor manera, coincidieron los responsables del número 17 de la publicación Multiculturalismo: e pluribus unum, para reflejar en tapa la tarea que habían emprendido: un análisis sobre el proceso cultural estadounidense y sus consecuencias al sur del Río Bravo, con especialistas de todo el continente.
No hace falta ser muy ducho para darse cuenta de que es una “de entre casa”. Como la que cualquier hijo de vecino sacaría en una fiesta íntima. Y efectivamente, corresponde al casamiento de la media hermana de Barack, Maya Soetoro (es la mujer que abraza el actual presidente) con el canadiense de ascendencia china Konrad Ng (el tercero desde la derecha). Fue tomada en Hawaii en 2003 y acompañan a los casales las hijas de Obama (Sasha y Malia), su abuela Madelyn Lee Dunham, los padres del novio, el medio cuñado presidencial y la ahora primera dama de los Estados Unidos, Michelle.
Esta toma personal, cedida por Maya Soetoro Ng y Konrad Ng a la ONG dirigida por Luis María Savino, es llamativa por lo que muestra, pero también por la ausencia de quien la hizo posible: Stanley Ann Dunham, la madre del primer mandatario estadounidense, que había muerto de cáncer ocho años antes.
La mujer, con un doctorado en antropología, había nacido en plena guerra, en 1942, en Wichita, Kansas. El abuelo materno de Obama, un trabajador curtido en la adversidad, dejó bien en claro que esperaba un varón, por eso no tuvo empacho en bautizarla con su propio nombre, aunque ella a partir del secundario se hizo llamar Anna. El caso es que ni bien estalló la guerra, don Stanley Armour Dunham se alistó en el Ejército y partió para Europa. La madre, que aparece en silla de ruedas en la foto en cuestión, fue a trabajar en una planta de la Boeing, donde armaban los bombarderos B-29.
Al fin de la contienda, y luego de varias mudanzas, los Dunham se instalaron en Honolulu. El archipiélago acababa de convertirse en el 50º estado de la Unión y la joven Anna, influida por la época, estaba interesada en las culturas no occidentales. De modo que fue a estudiar antropología a la Universidad local. Allí, en una clase de idioma ruso, esta mujer blanca conoció a un joven alumno negro, Barack Obama I, nacido en Kenia. Dos años más tarde, en 1961, cuando ella tenía 18, nacía el pequeño Barack II. Pero la pareja no prosperó. Entre otras cosas porque el economista inició el retorno a su patria, donde según dicen las malas lenguas, el hombre tenía otra esposa. Hasta allí no llegaba la amplitud cultural de la mujer, a pesar del flower power y la moral hippie y pacifista de los sesenta.
Anna volvió entonces a sus estudios universitarios en Hawaii, donde trabó relación con el indonesio Lolo Soetoro. Se mudó a Yakarta, y en 1967 nació Maya. Cuenta la leyenda familiar que en la capital indonesia los Soetoro-Dunham vivieron en una casa sin luz eléctrica y sin pavimento en las calles. Más allá de la anécdota, se terminaron separando, y Anna volvió a quedar sola y con hijos. Lo que no impidió que hiciera una maestría en antropología indonesia y se convirtiera en investigadora del desarrollo rural en ese país asiático.
Con apoyo de un banco indonesio, de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) y de la Fundación Ford –entidades no del todo bien vistas en el resto del mundo– promovió el microcrédito entre los sectores más pobres de la sociedad, principalmente mujeres. Hasta que en 1992 le detectaron cáncer de útero y ovario, y regresó a HawaiI, con su madre, Madelyn.
Barack II vio por última vez a su padre cuando tenía diez años. Barack I murió en 1983. A mediados de 1995, el inquieto hijo mestizo del economista keniano, ya recibido en Harvard y haciendo sus primeros pasos en algunas ONG de corte liberal de Chicago, publicó Sueños de mi padre, el libro autobiográfico en que cuenta sus primeros años de vida. Meses más tarde, en noviembre, moriría Stanley Anna Dunham.
La carrera política de Obama fue creciendo a partir de ese año. Fueron duros sus inicios, por tratarse de un hombre que no era del todo negro, pero que para los cánones conservadores tampoco es blanco. Y que por mestizo, es también un marginal. Lo demás es la historia conocida de su ascenso hasta la Casa Blanca.
Cuando consiguió aprobar la Ley de Salud, en la ceremonia de firma estuvo rodeado de las principales espadas demócratas junto con un niño negro al que muchos confundieron con el actor Gary Coleman, el pequeño Arnold de la serie Blanco y Negro de finales de los ’70. Se trataba, en realidad, de Marcelas Owens, un chico de diez años que había perdido a la madre cuando tenía siete porque el servicio de salud no la había atendido por falta de dinero.
“Esta ley es un homenaje a mi madre, que peleaba contra las compañías de seguros mientras moría de cáncer”, dijo entonces el mandatario. La Ley de Salud era una vieja reclamación de los sectores progresistas de los Estados Unidos. En la película Sicko, de Michael Moore, se ve claramente por qué. Un sistema en que la salud es mercancía más allá de los valores humanos, es útil para disciplinar a la sociedad. Modificar esa ley no sólo significa poner límites a un formidable negocio. Es también dejar abierta la posibilidad de que la población de menores recursos pueda escapar de esta nueva esclavitud, que consiste en saber que para tener un servicio de salud hay que sacrificar cualquier lucha reivindicativa de otros derechos esenciales.
Obama declaró alguna vez que había escrito su primer libro para cubrir la ausencia de su padre en su niñez. Pero que cuando murió su madre se había dado cuenta de que debería haber escrito otro muy distinto, pensado por ella.
Otras madres estuvieron presentes en el discurso que el presidente estadounidense dio el jueves en la ONU. Madres comprometidas en otras luchas contra genocidas entrenados por expertos del país de Obama.
Podría interpretarse que este homenaje tardío a las Madres de Plaza de Mayo se inscribe en un momento muy particular de la campaña electoral de noviembre, donde según los sondeos, el Tea Party amenaza con llenar el Capitolio de ultraconservadores que seguramente no harán más que poner trabas en el último tramo de la gestión demócrata. Y que entonces, Obama saca a relucir esas promesas de cambio que lo llevaron al gobierno hace dos años. Entre las cuales, la defensa de los Derechos Humanos en todo el mundo fue sin dudas la principal, al punto que recibió un Premio Nobel de la Paz antes de haberse ganado el mérito.
Pero también podría ser que, después de todo, se mantuviera esa fuerte presencia de aquella foto del casamiento de su media hermana. La de Stlaney Ann Dunham, contribuyendo con su rebeldía juvenil a esa alianza de razas y genes que son un reflejo de los Estados Unidos de hoy, mal que le pese a la derecha más retrógrada de ese país. Y que ese espíritu finalmente florezca en el actual ocupante de la Casa Blanca.

Tiempo Argentino, 25 de Septiembre de 2010

El pequeño Sarkó ilustrado

Las muestras de xenofobia de Sarkozy no deberían sorprender a nadie que recordara las promesas de mano dura y orden surgidas cuando ocurrieron los levantamientos en los suburbios de París, hace justo cinco años.

No hay suficiente trabajo ni viviendas para regularizar la situación de todos los inmigrantes indocumentados. Por lo tanto, haré que los acompañen de regreso a sus países.” La frase salió de la boca de Nicolas Sarkozy, pero no en el marco del enfrentamiento con la Unión Europea por la expulsión de gitanos. Fue en junio de 2006, cuando era ministro del Interior de Jacques Chirac.
“No aceptaré a los clandestinos y haré que los envíen de vuelta a sus países”, prometió entonces, cuando ya estaba de lleno en la candidatura para llegar al Palacio del Elíseo. Y con muy poco más como propuesta, ganaría un año después, con el 53% de los votos.
Las posteriores muestras de xenofobia de Sarkozy no deberían sorprender a nadie que recordara esos compromisos de mano dura y orden surgidos en un momento crucial para la Francia del siglo XXI, como lo fueron los levantamientos en los suburbios empobrecidos y el rechazo a la Constitución europea, hace justo cinco años. Más si se registra la forma en que resolvió ambas cuestiones este pequeño hijo de un aristócrata húngaro exiliado de la persecución nazi.
Sarkó, como se lo conoce en su tierra, desde muy joven mostró dos virtudes que lo llevaron a los más altos cargos dirigenciales: la voluntad de poder y la grandilocuencia. Virtudes ambas que lo muestran como un hiperactivo y poco escrupuloso líder de la derecha democrática de Europa.
Protegido de Chirac, entonces líder de la Unión por un Movimiento Popular (UMP ), Sarkozy fue ministro de Presupuesto y vocero del premier Edouard Balladur. Fruto de su inexperiencia o de una mala evaluación política, en 1995 apoyó la candidatura de Balladur a la presidencia, pero el elegido resultó Chirac, que pasó a considerarlo un traidor sin moral.
Como en política nada es para siempre, en 2002 volvió al calor del poder, para el segundo mandato de Chirac, esta vez como ministro del Interior y posteriormente titular de la cartera de Economía, Finanzas e Industria. En ambos lugares mostró su hilacha de inflexible libremercadista.
Hasta que en 2005, dos hechos relacionados y casi simultáneos pusieron nuevamente a Sarkozy en las marquesinas, esta vez como protagonista destacado. En el referéndum del 29 de mayo de ese año la ciudadanía rechazó la Constitución de la Unión Europea y el 27 de octubre estallaron las graves revueltas en los banlieues parisinos.
Los franceses rechazaron un proyecto constitucional que ponía en negro sobre blanco algunas de las reglas básicas del neoliberalismo, entre ellas la baja en los beneficios sociales y laborales. Unos días más tarde, también los holandeses se mostraron contrarios a la Carta Magna continental y a los dirigentes paneuropeos les temblaron las piernas.
En este contexto, Chirac modificó el gabinete y llamó al moderado aristócrata Dominique de Villepin como premier. Para equilibrar la balanza, convocó a Sarkozy al Ministerio del Interior. Eran dos rivales implacables en busca de la sucesión y no se dieron tregua. Pero el pulcro y atildado Villepin no estaba hecho para disputar batallas como las que se le presentaban, y al día de hoy debe enfrentar cargos en la justicia por zancadillas que le tendió su impiadoso antagonista.
“Minucias” aparte, Sarkó comenzó a tejer alianzas con la derecha europea (la alemana Angela Merkel y el entonces presidente de gobierno español José María Aznar, entre otros) para sacar a la Unión Europea del atolladero legal.
Hasta que dos jóvenes musulmanes de origen africano murieron mientras escapaban de la policía en Clichy-sous-Bois, una comuna pobre al este de París, y durante varios días, literalmente, ardió Francia.
Lejos de poner paños fríos a la situación, el ministro Sarkozy prometió solucionar la cuestión “aunque sea a golpe de manguera”. Así, tildó a los jóvenes de racaille (gentuza) y agregó que iba a “limpiarlos con Karcher” (una conocida marca de aspiradoras francesa). Lo que exasperó aun más a multitudes indignadas por la desocupación y la falta de oportunidades.
Sin embargo, los sondeos demostraron que con ese perverso expediente, Sarkozy podía soñar con algo más grande. Así fue que en julio de 2006 envió una segunda ley “relativa a la inmigración y a la integración”, según la denominación oficial, que complementa la dureza de la de 2003.
Fue por estos meses que su situación matrimonial mostró signos de crisis terminal. La estocada final fue la foto de su esposa, Cécilia, en la tapa de Paris Match, muy de romance con Richard Attias, ejecutivo de una agencia de comunicación responsable de acontecimientos como el Foro de Davos. En su descargo podría decirse que ni Cécilia María Sara Isabel Ciganer Albéniz, nieta del músico español Isaac Albéniz, ni el propio Sarkozy, se habían caracterizado por respetar los votos maritales.
Al mismo tiempo, los principales líderes de la UE fueron pergeñando una salida a la demorada ley fundamental. Y la respuesta ostenta el sello del francés: el Tratado de Lisboa, aprobado por los representantes de cada país y votado en los parlamentos, tiene fuerza de ley y obliga a los estados miembros en los mismos términos que la fallida Constitución, pero sin que los habitantes del continente –y sobre todo los más rebeldes, como los franceses, holandeses o irlandeses– hubieran podido expresarse.
El tratado, sobre todo, institucionalizó las metas que lograr y elevó a la categoría de institución supranacional las leyes de mercado y el neoliberalismo. Desde la independencia del Banco Central hasta un juramento solemne por la libertad de competencia y de circulación de capitales.
Con ese perfil, Sarkozy llegó a la presidencia. La frutilla del postre fue su romance con la cantante y modelo italiana Carla Bruni, hija del compositor Alberto Bruni-Tedeschi. La prensa del corazón dijo que fue un flechazo, que el jefe de gobierno es un picaflor incorregible. Los analistas políticos la vieron como una estrategia para no poner a un flamante jefe de gobierno en la categoría de cornudo. Pero la pareja subsiste, a pesar de los dolores de cabeza mutuos de estas últimas semanas.
El Tratado de Lisboa entró en vigencia el 1 de diciembre de 2009 y, a poco de andar, estalló la crisis en Grecia y España. ¿Casualidades? Sarkozy y Merkel apelaron a recetas neoliberales. Recortes en los planes de salud y aumento en la edad jubilatoria, lo de siempre.
El francés, fiel a sus antecedentes, inició la expulsión de gitanos, primer paso en una escalada que incomoda a sus aliados allende las fronteras. Pero por eso de que quien avisa no es traidor, nadie puede decir que el exiguo presidente galo –1,65 m con tacos– haya sido una sorpresa para la orgullosa Francia y la no menos arrogante Europa.

Tiempo Argentino, 18 de Septiembre de 2010

Economías de guerra

A menos de dos meses de las elecciones legislativas, el presidente Barack Obama parece haber tomado conciencia de que, si no patea el hormiguero, las va a tener difíciles con los republicanos en noviembre.

«La guerra es padre de todos, el rey de todos”, decía Heráclito de Éfeso, según la mejor traducción de una de las pocas frases que se conservan de aquel misterioso filósofo presocrático que, a casi 25 siglos de su muerte, todavía cautiva a los jóvenes estudiantes de periodismo.
A menos de dos meses de las elecciones legislativas, el presidente Barack Obama parece haber tomado conciencia de que, si no patea el hormiguero, las va a tener difíciles con los republicanos, que vienen montándose en un discurso sinuoso y muy inclinado a la derecha, pero contundente detrás de errores, inconsistencias y limitaciones de su gestión.
Por supuesto que siempre es más fácil ser opositor, porque desde la vereda de enfrente basta contar costillas ajenas para encontrar audiencia. No por eso deben minimizarse gruesas fallas de los demócratas en esta primera parte del mandato de un presidente no blanco en la historia estadounidense. Porque justamente el principal déficit, de cara a la ciudadanía, pasa por la cuestión económica.
Tiene razón Obama en culpar a su antecesor George W. Bush y a los republicanos en general por la formación de la crisis y sus consecuencias actuales. Pero en política no basta con tener razón. También se necesita que los votantes estén de acuerdo con esa versión de los hechos.
Ese es uno de los motivos para que el inquilino de la Casa Blanca se haya puesto la ropa de candidato, y con la camisa arremangada (como correspondía al ámbito) diera un discurso de corte populista en Milwaukee, ante trabajadores y sindicalistas sorprendidos.
El Premio Nobel Paul Krugman, en su habitual columna para The New York Times y un sinfín de diarios internacionales, comentó entonces que este momento político podría ser asimilado al año 1938 de Franklin Roosevelt. Para el economista, el presidente Obama repitió el error que ya había cometido Roosevelt en 1937, “cuando retiró demasiado pronto los estímulos fiscales”. Y recalcó que en 2009 el gobierno federal alentó el crecimiento para salir de la crisis, pero que al dejar de lado demasiado pronto esa política, el país volvió a estancarse ni bien los actores económicos notaron que el viento de Washington dejaba de soplar. Por lo tanto, aplaudió este regreso a las fuentes keynesianas.
En aquel 1938, también de año de elecciones legislativas, habían prosperado cuestionamientos contra el New Deal y se generó un consenso importante como para sostener medidas en sentido contrario, a pesar de que ese acuerdo social había sacado a la Nación de una crisis terminal. Algunos biógrafos de Roosevelt –el único presidente reelecto cuatro veces en la historia de ese país– señalan que la decisión de volver a los estímulos económicos se basó en la evaluación de que la guerra europea era inminente. Y la guerra, padre de todas las cosas, fue “un arrebato de gasto gubernamental financiado con déficit, a una escala que en otras circunstancias jamás se habría aprobado. En el transcurso de la guerra, el gobierno federal pidió prestada una cantidad equivalente a aproximadamente el doble del valor de PBI en 1940”, explica Krugman.
No lo dice el Nobel, por políticamente incorrecto, pero también la economía de guerra había logrado terminar con la depresión y el estancamiento en la Alemania nazi, en el Japón, en Italia y en general en el resto de Europa, que encontró en la salida militar la forma de activar las economías sin sentir las culpas por los déficits presupuestarios y las críticas de los teóricos monetaristas.
Por estos días, Obama anunció un plan de construcción de infraestructuras ferroviarias y viales por 50 mil millones de dólares, un programa de incentivos fiscales por 100 mil millones a empresas que inviertan en investigación y desarrollo, otra tanda de beneficios impositivos para compañías que lo hagan en nuevos equipamientos y recortes en beneficios a los más ricos.
La semana estuvo cruzada por la amenaza de un cazador de spots televisivos, Terry Jones, el pastor radical de Florida que prometió quemar ejemplares del libro sagrado musulmán como un provocativo homenaje a las víctimas de los atentados a las Torres Gemelas, de los que hoy se cumplen 9 años. Jones se convirtió, con ese gesto amenazante, en la expresión pública de miles y miles de fanáticos en los Estados Unidos que manifestaron su rechazo a la construcción de una mezquita cerca del Ground Zero, el hueco que dejaron los edificios destruidos ese 11-S. Que alimentan el deseo de un combate final contra el Islam.
Luego de una alarma internacional por las presumibles repercusiones y dramáticas respuestas ante la incendiaria manifestación de intolerancia religiosa, y después de llamadas y presiones del gobierno federal, Terry decidió que era hora de guardar los fósforos, al menos por esta vez. Para los que lo tildaron de “cobarde”, dijo que le habían jurado que no se construiría el edificio sagrado en una zona no menos sagrada para el orgullo estadounidense, y que con eso se daba por satisfecho.
Esta noticia, en otro contexto, no pasaría de una boutade, una anécdota sin relevancia periodística. No más de un recuadrito mínimo en alguna columna de Breves, que sin embargo recibió una amplia cobertura en la gran mayoría de los medios de todo el mundo por sus implicaciones, aunque planteó cuestiones éticas para el periodismo. La agencia AP y la cadena Fox, de la derecha yanki, propiedad del magnate australiano Rupert Murdoch, por ejemplo, dijeron que si la quema se produjera no difundirían imágenes, para no hacerse eco de una provocación innecesaria.
En contraposición, a pocos días de que las últimas tropas de combate cruzaran la frontera de Irak, se conoció también un nuevo escándalo que involucra a efectivos militares estadounidenses, esta vez en Afganistán, aunque la noticia no recibió la misma difusión masiva que la posible quema del Corán. Y eso que se trata de un escándalo que no por repetido debe ser escamoteado. Según la información difundida por una revista que circula entre familiares de soldados estadounidenses, Army Times, un grupo de militares había armado un equipo que se dedicaba a matar civiles, a los que hacían pasar por talibanes, y que luego se quedaban con partes de los cuerpos como trofeos de guerra.
Si es verdad que, como decía el viejo Heráclito, la guerra es padre de todos, y que, “a unos ha acreditado como dioses, a otros como hombres; a unos ha hecho esclavos, a otros libres”, es posible que el estadounidense promedio y los académicos conservadores, para aceptar medidas de reanimación económica, necesiten de una guerra que logre unificar a toda la sociedad detrás del esfuerzo bélico, como ocurrió en los años cuarenta.
Pero desde Vietnam a esta parte, cada nueva incursión de tropas estadounidenses no deja más que un reguero de atrocidades, desde la masacre de la aldea de My Lay, en 1968, hasta las cárceles de Abu Ghraib y Guantánamo, pasando por otros “daños colaterales” registrados en estos años. Tal vez sea buen momento, entonces, para que la gran guerra, el padre de todos los combates, no consista en recurrir a la épica para poner en marcha las economías, sino en aplicar las energías de la sociedad en construir una ética. Una ética de justicia y de igualdad social.

Tiempo Argentino, 11 de Septiembre de 2010

El enemigo que viene de afuera

Los gestos de racismo son cada vez más evidentes en ese conglomerado de naciones que, aún en tiempos de vacas flacas, necesita de la inmigración para contrarrestar su baja tasa de natalidad y su necesidad de mano de obra barata.

La decisión del gobierno de Nicolás Sarkozy de expulsar de Francia a los gitanos no fue más que el último eslabón de una cadena que se había iniciado con el debate por el uso del velo islámico en los colegios, en 2004, y tuvo un fuerte impulso el año pasado, con una campaña implementada desde el gobierno para que los ciudadanos determinen cómo es la identidad francesa. Extraña iniciativa en manos de un presidente con apellido tan poco francés, hijo de un aristócrata húngaro exiliado.
Ya en ese momento, las voces más sensatas de la sociedad gala advertían sobre el peligro de una escalada racista en un país que ya tiene el 13% de la población de inmigrantes, algo fácil de advertir en los equipos nacionales de fútbol. Pero a fines de julio Sarkozy, que venía en picada en los sondeos de popularidad, decidió deportar a gens du voyage, comunidades nómades, muchas de ellas de origen gitano, pero con un 95% de nativos franceses. Los que figuran como extranjeros, rumanos o búlgaros, son sin embargo ciudadanos de la Unión Europea (UE), lo que los habilita para entrar y salir sin problemas de Francia, de donde en teoría sólo pueden ser echados si cometen delitos.
La experiencia indica que, en momentos de crisis, suele ser más fácil encontrar enemigos entre los diferentes que buscar razones en raíces más profundas relacionadas con un sistema básicamente injusto. De este modo, a medida que en Europa se extendió el riesgo de debacle económica, fueron apareciendo expresiones de rechazo hacia emigrantes de todos los rincones del mundo. Lo padecieron incluso miles de argentinos y latinoamericanos en la madre patria.
Los gestos de racismo son cada vez más evidentes en ese conglomerado de naciones que, aún en tiempos de vacas flacas, necesita de la inmigración para contrarrestar su baja tasa de natalidad y su necesidad de mano de obra barata. En primer lugar para realizar las tareas que los oriundos no harían ni por todo el oro del mundo y, además, para competir con la industria china.
El caso es que, tras las primeras repatriaciones de gitanos, se alzaron voces críticas en el mismo seno de un continente con un pasado nefasto en cuestiones raciales. A las marchas como la coordinada para hoy en Bruselas por la Red Europea contra el Racismo (ENAR) que representa a más de 700 ONG que luchan contra la discriminación en la UE, se suman partidos políticos, en su mayoría del centro hacia la izquierda, que convocan al mismo tiempo a la movilización en Francia.
El martes, el Parlamento europeo debatirá el tema en una sesión extraordinaria. La institución comunitaria, se hizo eco de voces como las del socialdemócrata rumano Ioan Enciu, quien pidió actuar ante lo que calificó de “deportaciones masivas”, y la también socialdemócrata española Carmen Romero López, quien denunció violaciones de los derechos fundamentales de ese pueblo milenario, y señaló que Francia “no hace una revisión de caso por caso antes de la repatriación, a pesar de la exigencia legal”.
Pero la Comisión Europea –el órgano ejecutivo del Parlamento- no quiso todavía echar culpas sobre el gobierno de Sarkozy. “Necesitamos más información”, coincidieron la directora general de la sección de derechos fundamentales, la francesa Françoise Le Bail, y la comisaria de Justicia de la UE , Viviane Reding.
Varios hechos registrados en estos días, sin embargo, deberían ser un aviso de que es necesario fijar desde las instituciones políticas posiciones más contundentes. De esto se hacen eco las ONG antirracistas, que meten el dedo en la llaga al recordar el caso del hombre que en Bratislava, la capital eslovaca, disparó contra una familia gitana y mató a siete personas para luego, según la información oficial, acabar con su propia vida. Para los voceros policiales fue un simple desquiciado que discutió con un vecino. Para la ENAR, el hombre en cierto modo también fue una víctima, pero “de un clima” en que se crean “estereotipos negativos” dirigidos contra las minorías étnicas en toda Europa.
Por estos días, en Alemania, un miembro del consejo directivo del Bundesbank, el Banco Central germano, desató un escándalo al presentar un libro, Alemania se disuelve, en el que echa pestes sobre los inmigrantes turcos y el riesgo que, según él, entraña el islamismo para la civilización occidental. Otro caso que podría encuadrarse como de travestismo racial, dado el apellido tan poco alemán del autor, Thilo Sarrazin, sin dudas originario de Oriente –como sugiere el término sarraceno– con el que la mayoría de las lenguas europeas identifican a los árabes desde la Edad Media.
No es que al banquero racista, con un frondoso curriculum como economista doctorado en la universidad de Bonn, se le haya soltado el lazo, porque ya había sido amonestado varias veces por su ímpetu intolerante. Pero ahora, como bien señaló el vicepresidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, Dieter Graumann, “definitivamente ha sobrepasado la línea roja.” El presidente alemán, Christian Wulff, analiza por estas horas el pedido de la comisión directiva del banco de exonerar a Sarrazin. Pero su prédica tiene seguidores.
En Holanda, una figura controvertida como la de Geert Wilders también despierta temores por su extremismo racial. Creador del Partido para la Libertad (PVV), propugna ponerle límites a la inmigración de países musulmanes, la prohibición del velo, el recorte de ayuda a los ciudadanos islámicos y el cierre de mezquitas. No hace falta recorrer muchos kilómetros para encontrar más muestras de “incomodidad” ante el extraño, el diferente. Incluso entre simpatizantes de corrientes políticas de mayor contenido social. Hace pocos días, en Buenos Aires, el presidente del partido de la independentista Esquerra Republicana de Catalunya manifestaba su preocupación ante Tiempo Argentino, porque en pocos años el 15% de la población en esa región española será musulmana.
La inquietud, como en el resto de Europa, pasa por las manifestaciones más evidentes, desde el uso de la burka y la construcción de mezquitas, hasta los cambios que registran en las costumbres, muchas de ellas nacidas, paradójicamente, al calor de la ocupación de la mayor parte del territorio peninsular durante ocho siglos, hasta 1492.
Una intranquilidad similar muestran en los Estados Unidos los grupos más radicalizados de la derecha, que intentan trabar la construcción de una mezquita cerca del Ground Zero, el hueco que dejó la caída de las torres gemelas. Son los mismos sectores que “acusan” al presidente Barack Obama de ser musulmán.
Muchos de ellos estuvieron en el mitín de la semana pasada en Washington, organizado por el también controvertido Glenn Beck junto con la ex candidata a vicepresidenta republicana, Sarah Palin. El mediático presentador de la cadena Fox, convertido en emblema del movimiento ultraconservador Tea Party, aseguró que el encuentro se proponía “restaurar el honor” en los Estados Unidos y que no tenía nada de racismo. Como prueba, llevaron a Alveda Celeste King, sobrina del legendario pastor bautista Martin Luther King. Sucede que en ese mismo lugar, exactamente 47 años antes, el líder religioso había dado su famoso discurso Tengo un sueño. Casualidades, dijo Beck con cara de asombro, como si fuera un personaje de Peter Capusotto.
Lo preocupante es que Beck y Palin juntaron 400 mil personas frente al Lincoln Memorial, y que más de un millón y medio de holandeses –el 10% de la población– votaron en junio a Geert Wilders, colocando a su partido en el tercer lugar en el Parlamento local. Además, el 48% de los franceses está de acuerdo con la expulsión de los gitanos, según un estudio realizado por la empresa Csa. Y de acuerdo a un sondeo del Instituto Emnid, de Alemania, el 51% de los consultados piensa que Sarrazin debe conservar su cargo.

Tiempo Argentino, 4 de Septiembre de 2010